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Discurro que es este un punto bien delicado. Se necesita ser un equilibrista maestro para no caer en lamentables equivocaciones. Hablar de las relaciones entre franceses y españoles en los actuales momentos sin herir á los unos ó á los otros es empresa que debiera hacerme retroceder por lo peligrosa. ¡Callad! ¡Desconfiad! ¡Los oídos enemigos os escuchan!, se lee hoy en París por todas partes: en las estaciones de los ferrocarriles, en los tranvías, en los cafés, en los comercios. No quiero seguir el consejo. Para lanzarme al espacio sobre esta cuerda tirante poseo un balancín, del cual me he servido siempre con buen éxito. Este balancín se llama sinceridad.
Pero el citado esparcido letrerito se presta á algunas consideraciones. Desde luego hace ostensible que el carácter francés es expansivo. En Berlín no hará falta, ciertamente. Y si mis casi paisanos los gallegos se hallasen en guerra (que no se hallarán) con alguna otra potencia europea, tampoco.
Tenía yo un amigo de esta región con el cual tropecé en la calle después de larga ausencia.
—¿Cuándo ha llegado usted?—le pregunté.
—Hace tres días—me respondió.
Y arrepentido inmediatamente de haber dejado escapar la verdad, añadió:
—Y algo más.
Maestros como éste hacen falta, por lo visto, en Francia.
Hablemos sinceramente de nuestra amistad con los franceses. Es manifiesto que en España no son todos amigos y admiradores de la Francia. Antiguos resentimientos, cóleras, despechos; esto es lo que sale á la superficie en cuanto se remueve un poco el estanque.
Es la historia de todos los vecinos. Cuando vivimos largo tiempo en estrecho comercio con una persona, las pequeñas molestias, desatenciones, injusticias, que nuestro congénito egoísmo arrastra consigo, se van depositando lentamente en lo que los psicólogos llaman «conciencia subliminal». La educación, el amor á la tranquilidad, la pereza, también retienen prisioneros todos aquellos elementos de discordia. Pero llega un momento en que cualquier acontecimiento imprevisto les abre la puerta y entonces salen furiosos, brutales, con los ojos inyectados.
Hay que convenir en que los franceses no se han preocupado mucho hasta ahora de ganar nuestra simpatía. La Prensa particularmente no ha vacilado en zaherirnos y en manifestarnos su desprecio en más de una ocasión. Cuando el actual presidente de la República nos hizo el honor de visitarnos, algunos de los periodistas que con él vinieron no estuvieron exageradamente amables con nosotros. En una de sus correspondencias leí con estupefacción que las calles de Madrid eran lóbregas. Es sencillamente ridículo, porque en todas las capitales de Europea hay calles más lóbregas que en Madrid. Un francés me dijo en cierta ocasión que le bastaba 25.000 hombres para conquistarnos.
Sabido es que en todas partes existen groseros y necios; pero no hay que maravillarse de que estos alfilerazos repetidos lleguen á producir el efecto de una puñalada. Son pocas las personas de sangre fría capaces de asignar á las cosas su verdadero valor. Hay un teorema en la Etica de Spinosa, que dice: «Aquel que imagina que es odiado por otro y no cree haberle dado ningún motivo de odio, le odia á su vez.»
Todo esto, repito, procede de la vecindad. Si los vecinos de una casa supiesen lo que los otros dicen de ellos en voz baja, pronto se convertiría aquella mansión en un campo de Agramante. Cuando uno es bastante estúpido, para decirlo en voz alta, es cuando estallan esas reyertas de Montechi e Capuleti que todos conocemos.
Por lo demás, no creo que si tuviésemos cerca á los alemanes fueran más piadosos con nosotros. Recuerdo que hace ya bastantes años vino á visitarme un periodista germano. Estaba encantado de nuestra nación; todo le interesaba, todo le conmovía; recorría los pueblecitos de la provincia de Madrid, y se pasaba semanas enteras con los labriegos y aprendía unas canciones bárbaras, que repetía de un mondo que me hacía estallar de risa. Sin embargo, yo abrigaba algunas vagas sospechas de que aquella admiración por España no era de buena ley. Un día vino él mismo á confirmarlas.
—Ayer—me dijo—he tropezado con un amigo y compañero de Leipzig que desde hace unos días está en España. El pobre hombre se queja de todo, se queja de los ferrocarriles españoles, se queja de los hoteles, de los servicios públicos, del correo, del pavimento de las calles, de la Policía, del alumbrado... Yo le he dicho:—Hombre, eres un tonto. A España no se viene á buscar buenos hoteles, ni buen pavimento, ni Policía, ni Correos, sino por otras cosas muy distintas.
Confieso que me subieron los colores al rostro. Aquel joven periodista nos tomaba por africanos y hablaba de Madrid como si estuviera en Mequinez.
Aparte de estas antipatías dispersas, engendradas por el despecho, existen en nuestra nación poderosos elementos que en la presente contienda se han puesto del lado de los germanos. Se puede decir, sin temor á equivocarse, que de los tres estamentos, clero, milicia y estado llano, sólo el último simpatiza con los aliados. Los dos primeros, más o menos ostensiblemente, se han colocado de parte de los Imperios centrales. Veo el fundamento que tiene para mantenerse en su actitud el segundo. Siendo Alemania un Imperio esencialmente militar, es lógico que todo aquel que profese las armas en Europa se sienta inclinado hacia él. Si en vez de los explosivos y los líquidos inflammables predominase en Alemania el dulce de almíbar, y la fábrica Krupp, en vez de cañones, fabricase mantecadas, todos los confiteros españoles serían germanofilos.
No encuentro tan justificada la actitud del primero. ¿De dónde ó de qué procede ese amor que nuestro clero regular y secular manifiesta hacia los alemanes?
—No es el amor por los alemanes lo que les impulsa—me decía un amigo—. Es el odio hacia los franceses.
—¡Imposible!—le respondí—. En la doctrina cristiana la palabra odio no tiene beligerancia. Un ministro del Crucificado está obligado á proceder por amor en todos y en cada uno de los momentos de su vida. Además, es posible odiar á una persona ó á una docena de ellas; pero monstruoso y absurdo, aborrecer á cuarenta millones de seres humanos.
Hablando con la sinceridad que he prometido, diré que me inclino á creer en la existencia de alguna revelación sólo conocida de religiosos y sacerdotes y oculta para la mayoría de nosotros. Es más que probable que alguna monja, en uno ú otro convento de España, haya tenido una visión celestial como las de Santa Teresa o su discípula la beata Marina de Escobar, en que Nuestro Señor le revelase que debiéramos colocarnos resueltamente del lado de los germanos y turcos. En ese caso juzgo vituperable que no se haga pública, á fin de que no vivamos en pecado mortal los fieles cristianos que en España hemos tomado parte por los aliados.
Comprendo, no obstante, que ciertos católicos se hayan dejado extraviar por la ley de asociación en los sentimientos de que también habla Spinosa. Cuando una persona ó cosa nos ha causado una impresión desagradable, todo lo que se relaciona con aquella persona ó cosa nos la produce igualmente. Quiero decir que hacen extensiva á todos los franceses la aversión que les han inspirado unos pocos.
El sectarismo había llegado á hacerse odioso en Francia. Era un terrorismo blanco remedo de aquel otro rojo del 93, del cual aun guarda en su memoria el género humano la imagen espantosa. No se cortaban cabezas, pero sí carreras y bolsillos. Eran sacrificios incruentos con desastrosas consecuencias para las víctimas y sus familias. El Poder central, como en tiempo de Robespierre, tenía delatores en todos los pueblos de la República. A las oficinas del ministerio del Interior y de la Guerra llegaban noticias de los funcionarios civiles y militares. Era una Inquisición invertida. Había una lista de las personas que confesaban y comulgaban; otra de las que asistían solamente á misa los domingos; otra, por fin, de los que acompañaban á sus señoras hasta la iglesia y se quedaban á la puerta. ¿No es verdad que esto hace reir? Parece imposible que los franceses, tan finos, tan avisados, con tanto instinto de lo cómico, hayan podido sufrir tamañas ridiculeces.
Pero no veo motivo para odiarles. Es una de tantas consecuencias de la cobardía social, como en todas las épocas y en todos lo países se registran. Un demagogo logra encaramarse y siembra el terror en la nación, no por medio de la guillotina como sus antiguos colegas, sino por la cesantía y la postergación. ¿Tiene esto algo de sorprendente? Figurémonos que en aquellos desdichados tiempos en que nuestra España se hallaba entre las garras de una minoría grosera y anárquica, cuando se ponían restricciones al culto católico, cuando se insultaba en la calle á sus ministros, cuando en el Congreso de los diputados se proferían blasfemias repugnantes; figurémonos que existiese á nuestro lado una nación timorata que en vista de tales excesos nos dedicase un odio mortal y se alegrase de cuantas desgracias nos cogiesen; ¿no clamaríamos inmediatamente contra tal injusticia? Francia se encuentra, con respecto á España, en este caso á la hora presente.
Con razón ó sin ella se halla aquí esparcida la opinión de que los españoles les somos hostiles. Se sienten heridos y se irritan, y esta irritación se traduce en frialdad aparente, por lo menos. Algunos españoles, lo mismo señoras que caballeros, se me quejan de que en ciertos sitios se les recibe con descortesía; que en los comercios donde realizan sus compras escuchan, aunque pronunciadas en voz baja, palabras desagradables. Yo les respondo: «Señoras y caballeros, no debe sorprenderles mucho que esto suceda. Es fácil olvidarse de que el amor no se halla esparcido entre la Humanidad tan copiosamente como fuera de desear. Cuando un perro forastero entra en un pueblo, todos los demás se ponen á ladrarle sin motivo. Entre personas que se hayan tratado largo tiempo y que parecen estimarse, una nada determina el rompimiento y el odio. Cuando un criado nos insulta en la calle aborrecemos á su amo, que no se ha movido de casa. Mi padre tenía un perro que no podía entrar en cierto caserío cuando íbamos de paseo, y se veía obligado á volverse por tener allí un enemigo formidable de su misma raza. Aconteció que el dueño de este perro vino un día á visitarnos; el nuestro, con gran sorpresa de todos, porque era muy pacífico, se arrojó sobre él furiosamente y costó gran trabajo impedir que le despedazase. Así es el mundo de los perros y de los hombres. Nosotros pagamos aquí los vidrios que allá, en Madrid, rompen los germanófilos.»
Esto no obstante, me cumple declarar que ni yo ni las personas que me acompañan hemos escuchado hasta ahora ninguna palabra que pudiera molestarnos, antes por el contrario, nos vemos acogidos en todas partes con irreprochable corrección. Acaso sea todo aprensión y bobería de estos buenos españoles.
Pero aunque existiese cierta hostilidad en el vulgo no debe esto desconcertarnos. ¿Qué significa el vulgo? Lo que nos importa aquí y en todas partes es la gente que piensa, lo que ahora ha dado en llamarse clase intelectual. París es algunos millares de personas, y Madrid algunos cientos. Estos son los que gozan de permanencia en sus sentimientos, y, por lo tanto, dignos de respeto. La masa se inclina de un lado o de otro al más ligero soplo; lo que hoy ama mañana lo aborrece; la roca Tarpeya en todas partes ha estado cerca del Capitolio. Recuerdo que cuando vine por primera vez á París, hace más de veinte años, me recomendaban que hiciese lo posible porque no me tomasen por italiano á fin de evitarme molestias. Hoy me convendría afectar el acento toscano ó napolitano.
Los intelectuales franceses están de nuestra parte han recibido con gratitud el manifiesto que el año anterior les han enviado los nuestros; saben estimar nuestras cualidades, y si he de confesar la verdad, nos aprecian á veces más de lo justo. En un estudio sobre la literatura española publicado recientemente por el sabio catedrático de la Sorbona Ernesto Martinenche leo las siguientes palabras: «De todas las literaturas extranjeras, la española es quizá la que ha ejercido en Francia la acción más profunda y continua.» Es falso, pues, que nos desprecien los únicos capaces de apreciar y despreciar. Y como éstos son, en definitiva, los que guían la opinión y dirigen el mundo, debemos estar seguros de la amistad de la Francia.
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«Francia tiene un «gato»; es necesario quitárselo», decía el Príncipe de Bismarck á sus amigos. Y, en efecto, siguiendo sus instrucciones, los discípulos de hoy quisieron repetir la hazaña. Pero los franceses han guardado tan bien el gracioso animal que es ya caso imposible que aquéllos pongan la mano sobre su lomo.
¡Pobre animalito! ¡Tan dulce, tan inocente, tan rollizo! Sería triste que los bárbaros se apoderasen de él. Seguro que con su piel harían correas de fusiles y con sus mantecas engrasarían las llaves de los cañones.
No hay casa en Francia, por humilde que sea, donde no ronque en algún oscuro rincón uno de estos felinos, pequeño o grande. Conocí á un funcionario del Municipio que mantenía á su esposa, su suegra y dos hijos con un sueldo de 140 francos mensuales. Así y todo, me confesó que separaba 15 todos los meses para su «gato». El día en que no pudiese darle siquiera unos céntimos de cordilla, el francés se moriría de ictericia.
El Shah de Persia declaraba hace años á un periodista que lo que más le admiraba en Francia era el ahorro.
Yo creo que si hubiera visto á una estanquerita que vive en la rue de Clichy lo hubiera puesto en segundo lugar.
De todos modos, no ofrece duda que tiene en este país una importancia capital y que á él se debe el grado inaudito de prosperidad material á que había llegado. Es incalculable el número de Sociedades que aquí se encargan de promover y facilitar el ahorro, todas inspeccionadas y vigiladas estrechamente por el Gobierno. Esto me trae al pensamiento aquella famosa «Tutelar», de dolorosa memoria para muchos españoles. La estanquerita de la calle de Clichy nos decía ayer á un joven profesor de la Sorbona y á mi que mediante una pequeña cantidad que imponía todos los meses en la caja de dos de estas Sociedades tenía la seguridad de disfrutar en su vejez una renta de cinco francos diarios.
—¿Pero es que tendrá usted el mal gusto de envejecer?—le preguntó el joven profesor.
La estanquerita se echó á reir, ignoro si porque le «hizo» gracia la salida de mi amigo ó por enseñar unos lindos dientes sevillanos.
El ahorro francés no es sórdido ni repugnante; es prudente, metódico, sabio. Un francés no se priva jamás de lo necesario y se autoriza todos aquellos goces compatibles con él. Entre nosotros se dan casi siempre los dos casos extremos: un sujeto que despilfarra cuanto gana ó ha ganado su padre y otro que se alimenta y viste como un pordiosero poseyendo millones.
Los tenía un viejo solterón que existía hace años en mi pueblo. Para su regalo había adquirido una famosa cueva de vinos: Burdeos, Madera, Rioja, Manzanilla, Jerez; todo añejo y exquisito. Por lo menos eso se decía entre nosotros. Pues bien; este ricacho cenaba indefectiblemente todas las noches un plato de patatas guisadas. Como ya le iban cansando y le era pesado engullirlas, bajaba á la cueva antes de cenar, tomaba una botella de Jerez y la colocaba sobre la mesa delante de su plato. «El que se coma las patatas—decía—se bebe la botella de Jerez.» En efecto; se comía las patatas; pero al descorchar la botella, la miraba con enternecimiento, se apiadaba de ella y bajaba de nuevo á la cueva para colocarla en su sitio, repitiéndose la misma escena al día siguiente.
Aquí se bebería la botella de Jerez así que hubiera apartado lo bastante para comprar otra.
Es una pasión el ahorro en Francia; pero es una pasión discreta, reservada, que huye de exhibirse, como el amor en los viejos. Los franceses se entienden con los ojos en este punto. Un obrero, un pequeño empleado toma los domingos su caña de pescar, después que ha almorzado, y se va al río. En la apariencia es un recreo; él así lo manifiesta. Pero los vecinos saben á qué atenerse. «Monsieur F*** va por la cena», dicen para sí. Nadie sonríe, no obstante, ni menos se autoriza la más ligera broma.
En Francia todo es digno de risa menos el dinero. Sucede lo mismo que en nuestras provincias de Galicia. El gallego es un ser pacífico, cortés, insinuante; alguna vez también poeta melancólico. Pero tocad el asunto del dinero; inmediatamente asomará á sus ojos la tragedia.
Cualquiera que á París venga en este momento y no conozca el carácter francés quedará estupefacto. La gente ríe, canta, se divierte como si se hallase en una Arcadia feliz y la sangre de sus hermanos no corriera á torrentes á pocos pasos de aquí. En los rostros no se pinta zozobra ni tristeza alguna: se espera la llegada de los zeppelines, como si fuera un caso de risa. Hay extravagancias que horrorizan: los negros velos de la viudez se han puesto de moda, y las solteritas se visten de viudas por coquetería. Mucho se engañaría el que juzgase por estos signos el espíritu de Francia. Bajo su aparente frivolidad, este es el país más prudente y sensato de la tierra. El francés suena los cascabeles para disfrazar su cordura, como otros se retuercen el bigote para ocultar su demencia.
¡Demasiado sensato, demasiado cuerdo! Este es su defecto capital, y no la vanidad, como generalmente se sostiene. Todos somos vanos en el mundo. Si los franceses lo son un poco más que los otros, el caso no tiene excesiva importancia. Pero sí la tiene enorme la frialdad que tanta cordura ha engendrado. Entráis en el seno de una familia y observáis con sorpresa que los hijos, así que comienzan á ganar dinero, lo colocan en las Cajas de Ahorro y sólo dan á sus padres lo que gastan en mantenerlos, como si se hallasen en un hotel. Al matrimonio que tiene más de un hijo se le mira con cierta compasión despreciativa. Le dije en cierta ocasión á una señora que dirige una tienda de bisutería:
—Uno de sus sobrinos ha venido hoy á visitarme. No sabía que tuviese siete hermanos.
La comerciante frunció el entrecejo y exclamó con amargura:
—¡Qué quiere usted, caballero! ¡Campesinos! ¡Salvajes!
En Francia se concede tal importancia al dinero, que un sujeto que posee 500.000 francos se cree en el caso de no saludar á otro que sólo posee 300.000 y éste á su vez de no mirar siquiera al que tiene 100.000. ¡Cómo contrasta esta ridícula actitud con la cordialidad y modestia que se observa generalmente en los ricos españoles!
En sus relaciones con los menesterosos se observa también cierta frialdad: los socorren, pero sin emoción. Nuestra ilustre compatriota doña. Concepción Arenal puso como lema á una de sus obras las siguientes palabras: «La Beneficencia envía al enfermo una camilla; la filantropía se acerca á él; la caridad le da la mano.» Los franceses hasta ahora se contentaban generalmente con enviar la camilla. Sin embargo, hay que reconocer que su Beneficencia era tan eficaz, tan copiosa y previsora que la nuestra, aunque más cordial, no podía comparársele. Si no tenía calor el corazón lo tenía la cocina, y esto es ya mucho.
Paseando hace unos meses por las calles de Madrid tropecé con un ciego que pedía limosna tocando el violín. Entablé conversación con él y me informé de su patria y sus desgracias. Era un minero asturiano que había perdido la vista á consecuencia de una explosión de grisú. Cuando le ocurrió este percance alguien le dijo que en París existían médicos especialistas que seguramente curarían su ceguera. Como poseía algunos ahorros, aquí se vino lleno de esperanzas. Poco tardaron en disiparse. Quedó ciego y sin recurso alguno en medio de esta gran capital. Los últimos francos los empleó en comprar un violín y aprender á rascarlo. Durante doce años recorrió, mendigando, de un cabo á otro la Francia. Cuando estalló la guerra se le hizo salir, como á todos los demás mendigos extranjeros. Así que conocí su historia me puse á hablar con entusiasmo de este país, que tanto admiro; de su organización tan perfecta, de su autoridad previsora, de la feliz distribución de sus riquezas. El ciego me replicó, suspirando:
—Sí, señor, sí; todo eso es cierto... Pero en Francia un caballero como usted no estaría ahora hablando con un mendigo como yo.
Líbreme Dios de imaginar que en Francia no existen muchas, muchísimas almas ardientemente caritativas, grandes y tiernos corazones. Tengo el honor de ser amigo de algunos. Lo único que afirmo es que aquí la importancia del dinero había llegado á hacerse incompatible con la importancia de las leyes morales. La ganancia era la musa inspiradora por excelencia y el comerciante, el artista y el guerrero la rendían por igual fervoroso culto.
En septiembre del año pasado vino con licencia de cuatro días, como todos los soldados, al pueblecito donde yo veraneaba M. Pierre, peluquero. Ostentaba, sobre su pecho la cruz de guerra. Se había batido valerosamente allá, en las trincheras. Se le había citado en los periódicos regionales por una hazaña admirable. Pues bien; ¿qué suponen ustedes que hizo aquel guerrero que sólo traía cuatro días de licencia? Inmediatamente abrió las puertas de su establecimiento, cerradas desde hacía más de un año; se puso en mangas de camisa y comenzó á afeitar á sus parroquianos.
Yo entré en la peluquería cuando hacía la barba á M. Despretis, el propietario más rico de la localidad. Y mientras le pasaba delicadamente la navaja por las mejillas narraba con vivos colores una de las batallas en que había tomado parte.
—Los obuses nos barrían materialmente. Filas enteras caían y los cadáveres se amontonaban delante de nosotros, cerrándonos el paso. Nuestros pies chapoteaban sangre. Pero avanzábamos siempre, y en cuanto nos pusimos en contacto con los «boches», nuestras bayonetas hicieron una carnicería espantosa: cortaban, rajaban, se hundían en el vientre de aquellos cochinos...
—¡Nom de Dieu! ¡Monsieur Pierre, me ha hecho usted daño!—exclamó monsieur Despretis, abriendo los brazos y echándose hacia atrás vivamente.
Monsieur Pierre retrocedió asustado y contempló con espanto una gotita de sangre en las cándidas mejillas de monsieur Despretis. Se puso pálido y balbució algunas palabras incoherentes.
¿Por qué se turba y empalidece aquel héroe á la vista de una gotita de sangre cuando tanta había visto verterse y él mismo había derramado? ¡Ah! Porque aquella gotita no brotaba de ninguna entraña palpitante, sino que corría de su bolsillo.
Ahora no puedo menos de preguntarme: ¿Este espíritu de economía es una virtud? Sería profanar tal nombre el llamarlo así. Cuando un hombre se priva de algún goce con el fin de atender á la necesidad de sus semejantes á ese hombre le diputamos por virtuoso. Pero si separa parte de lo que gana para proporcionarse más placeres en lo porvenir le llamamos interesado.
Es un error profundo el tomar exageradas precauciones en la vida. Una rabotada del Destino las echa á rodar en un instante. Cuando aquél llama con siniestros golpes á nuestra puerta de poco nos valen nuestros cuartos de baño y nuestro chocolate. Una pequeña dosis de fe y de energía nos será de mayor utilidad.
Tal ha sucedido con la nación francesa. El golpe ha sido rudo porque ruda había sido la infracción. Pero el genio francés no había naufragado todavía: extravió el rumbo, pero no se fué á pique. Sintióse aturdido unos instantes, pero inmediatamente reaccionó vivo y poderoso. Cien generaciones de héroes no pueden engendrar una de cobardes. Hijos son estos soldados de aquellos otros intrépidos, generosos, que pasearon sus gloriosas armas por todas las ciudades de Europa sin saquear sus palacios, sin beberse el vino de sus bodegas, robando solamente algún beso á las lindas muchachas que cruzaban por la calle.
Ahora se habrán convencido de que hacer muchos cálculos es bueno; pero es mejor no hacer ninguno. Llenar el bolsillo es extremadamente útil; pero es más útil llenar el corazón. Vivir con sobriedad y mesura, no complicar la vida, hacerla fácil para todos, rendir, sobre todo, culto al amor en todos los momentos y en todos los lugares. Este es el secreto de la dicha de los individuos y de la grandeza de las naciones. Si nadamos sobre la ola de la ley moral ella nos conducirá suavemente á puerto seguro.
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Paseando hace ya bastantes años por el bosque de Bologne con un español recién llegado como yo á París, acertamos á ver una linda pareja de jóvenes que hacia nosotros venía graciosamente abrazada. Cruzaron á nuestro lado con perfecta tranquilidad, sin importarles nada, al parecer, de que les viésemos de aquel modo enlazados. Mi compañero se escandalizó profundamente porque venía dispuesto á escandalizarse.
En Madrid es proverbial la corrupción de París. En Madrid todas las cosas son proverbiales. Quiero decir que lo que opina el uno lo opina el otro, y así sucesivamente.
Dice un amigo mío, muy inclinado á la paradoja, que en España existen 240 personas que piensan por sí mismas. Las demás piensan por cuenta del vecino, exceptuando aquellas que no piensan de manera alguna, que es la clase más numerosa.
Esta cuchufleta no está desprovista por completo de verosimilitud. Los españoles, que hemos sido audaces aventureros por mar y tierra, cuando nos lanzamos á navegar por el océano de las ideas nos tornamos encogidos marineros. Un viajero americano afirma que en Inglaterra exigen á cada uno que se atreva á tener opinión propia que perdonan fácilmente á todo el que rompa con las convenciones sociales si lo hace con ingenio. En ello ven una garantía de la fuerza y progreso de su nación. Pues en España acaece lo contrario. Aquí se mira con malos ojos á cualquiera que diga ó ejecute una cosa no dicha ó ejecutada antes por otro. Alemania es, según dicen, el país de los uniformes; España, igual; pero lo llevamos dentro.
Volviendo á mi compañero de paseo diré que rugió de indignación y exclamó:
—¡Qué desvergüenza, qué cinismo! ¡Hay que venir á París para ver estas cosas!
—No hay que hacer un viaje tan largo—le respondí—. Se conoce que no pasea usted por las avenidas del Retiro.
La capital de Francia, en lo que á las relaciones de los dos sexos se refiere, no está más corrompida que Londres, Berlín y Nueva York. Téngase presente que en París existía antes de la guerra una población flotante mucho más numerosa que en ninguna otra ciudad. Todos los alegres compadres de Europa y América se daban aquí cita para divertirse.
Fuerza es confesar que la mala fama de las francesas se la han dado los franceses. Son sus mismos padres, esposos y hermanos los que las han deshonrado á los ojos del mundo. En el teatro y la novela no se hallará de cincuenta años á esta parte otra cosa que las ruindades y picardías cometidas por las mujeres francesas con sus maridos. La liviandad es la única musa de los autores modernos; el adulterio, su único argumento. De tal modo, que el que se sature de esta bazofia literaria (que no otro nombre merecen las producciones que ven á diario la luz en París) pensará que en toda Francia no existe una esposa fiel ni una soltera con pudor.
Es una infame calumnia. Saliendo de París hallaréis en todas las provincias de Francia las mismas costumbres que en España. Yo, que desde hace tiempo habito parte del año en una de ellas, no he observado aquí mayor inmoralidad. Hay alguno que otro divorcio, es cierto; pero las damas francesas miran de través y con menosprecio á la mujer divorciada, lo mismo que sucedería en una provincia española. Por otra parte, ¿no habría divorcios entre nosotros si la ley los consintiese?
Pero tiene la mujer francesa tanto en su abono, que podría perdonársele un suplemento de coquetería. Tiene la gracia, el ingenio, la elegancia, la cultura; tiene, sobre todo, el inquebrantable propósito de hacerse amable. La decantada cortesía francesa no reside en los franceses (y que me perdonen los buenos amigos que aquí tengo), sino en las francesas.
El poder de la mujer francesa es infinito. Nadie resiste á su influencia. Sin belleza, muchas veces; sin alta posición social, sin ricos trajes, sin sólida instrucción, sabe, no obstante, arreglárselas para fascinar primero y sujetar después á cuantos á ella se acercan. Si leéis la correspondencia de Voltaire os causará asombro la inmensa variedad de frases ingeniosas que aquel hombre tenía á su disposición para lisonjear á sus corresponsales. Pues todas las francesas son pequeños Voltaires. Cuando penetráis en un círculo de damas francesas estad seguros de oir muchas frases que halaguen vuestro amor propio pronunciadas con tal arte, con una sencillez tan refinada, que no os dais cuenta de que os adulan. Y esto constituye un verdadero peligro, porque salís de aquella reunión haciendo la rueda como un pavo real.
Es una particularidad digna de notarse que la mujer francesa, cuanto más envejece, más amable se hace. Así como las inglesas, al decir de viajeros y novelistas, se tornan agrias con la edad, la francesa concentra su dulzura y se escarcha como las mermeladas. Entonces es cuando desplegan los recursos todos de su arte. En Francia no es fácil sostenerse contra una joven: imposible resistir á una vieja.
Días pasados espero la llegada de un tranvía. Ignoro que hay que arrancar un papelito, con un número, de cierta columna donde están fijados. Una señora de pelo gris observa mi descuido y me dice:
—Monsieur, vaya usted á tomar su número, porque de otro modo no conseguirá entrar en el coche.
Otro día entro en una iglesia y dejo olvidado sobre el reclinatorio donde había estado arrodillado mi gabán. Cuando ya estoy cerca de la puerta, siento detrás de mí una respiración jadeante y oigo una voz que me dice:
—Monsieur, tome usted su gabán que ha olvidado.
Era una dama también de cabellos blancos. ¿Cómo es posible dejar de adorar á estas buenas viejas francesas?
Otra curiosa particularidad es que en Francia no existen como en España provincianas. Todas son parisienses. El mismo gusto para vestirse, el mismo ingenio, la misma cortesía, la misma distinción de modales. En una aldea, al aire libre, he visto bailar un rigodón á unas pobres labradoras, con tal elegancia y majestad, que si repentinamente una hada trocase el percal de sus vestidos por seda y el mísero violín que las acompañaba por una orquesta, se creería uno entre princesas. Vamos paseando y oímos detrás la voz de algunas personas que se saludan con frases ceremoniosas y entablan una conversación en que se cambian finos conceptos. Volvemos la cabeza: son unas domésticas que han tropezado con un obrero de los tranvías. Hasta he presenciado una reyerta fragorosa entre dos mujeres que vinieron á las manos, sin abandonar por completo toda cortesía.
—¡Oh, madame!—gritaba, una dando á la otra un arañazo.
—¡Oh, mademoiselle!—gritaba la otra respondiendo con un estirón de pelos.
Vengamos ahora á la política. En Francia casi todos los hombres son republicanos; pero las mujeres casi ninguna. Por lo menos, cuantas señoras be tropezado me han preguntado por nuestro Rey, por la Reina, por los Príncipes e Infantes, con tanto interés y afecto, que revelan sentimientos monárquicos acendrados. Es un interés vivísimo el que sienten por conocer las particularidades de la vida y costumbres de nuestra familia Real. En vano les digo que yo no puedo satisfacer su curiosidad porque no soy cortesano ni voy jamás á Palacio. Ellas se obstinan, quieren sacar de mí algún pormenor atractivo, alguna noticia ó anécdota. Entonces me acuerdo de que soy novelista y les cuento una historia que las enternece.
Su actitud al declararse la guerra no ha podido ser más admirable. Las he visto confiadas, serenas, resueltas como el hombre; pero con más dignidad aun.
Algunos hombres, completamente enloquecidos, estallaron delante de mí en denuestos contra sus enemigos, profirieron frases de mal gusto. Las mujeres no descienden á la injuria grosera. Ellas, tan comunicativas ordinariamente, permanecían graves y silenciosas; pero en sus ojos, en todo su cuerpo, se leía la inquebrantable decisión de ayudar á sus esposos y hermanos hasta morir.
¡Y vaya si lo han cumplido! La mujer es cobarde en una guerra de agresión y de conquista. Para marchar necesita ir acompañada de la justicia. Pero cuando la siente á su lado entonces es más intrépida que el hombre. Acordaos, españoles, de aquel baluarte de Gerona defendido por nuestras heroicas abuelas, donde se gritaba: ¡Ni damos ni queremos cuartel!
Una vez convencidas las francesas de que su patria había sido atacada injustamente, desplegaron, para aliviar la suerte de los suyos, los maravillosos recursos de su naturaleza. En el campo tomaron sobre sus hombros, la pesada carga del cultivo, aquí, en París, desempeñan con igual éxito los oficios de los hombres, lo que engendra un problema que ya preocupa á éstos. Un obrero me decía, no ha mucho, con cierta inquietud y amargura:
—Vea usted, señor; las mujeres en estos momentos lo invaden todo: son los cobradores de los tranvías, los mozos de café, los dependientes de los comercios, los cocheros, los obreros en nuestras fábricas, hasta en las de municiones... ¿Qué va á pasar cuando la guerra termine? Los hombres hallarán ocupados sus puestos y será difícil que puedan recuperarlos. La mujer se contenta con la mitad del salario de un hombre. Como es natural, los empresarios y los propietarios de establecimientos comerciales preferirán que ellas sigan. Será un grave conflicto, puede usted creerme.
Sí lo creo; pero no he podido menos de preguntarme: ¿Cuál es la causa original de este conflicto? Las mayores necesidades de los hombres, y si hablásemos con toda claridad, pudiéramos decir sus vicios. La mujer no necesita alcohol ni tabaco; es más sobria en la alimentación; no exige placeres costosos. La única manera de resolver el problema será que los hombres se hagan más sobrios y morigerados y puedan vivir con igual salario. Con esto ganarían ellos mismos, su nación y la raza entera.
Millares de jóvenes en brillante posición abandonaron el regalo de su hogar y partieron al frente para servir en las ambulancias; otras permanecieron en los hospitales creados hasta en los más apartados rincones del territorio para recibir á los heridos; otras, en fin, recorren el país haciendo todo lo que humanamente es posible para arbitrar recursos.
Fuí testigo y lo soy de sus trabajos en estos hospitales. No se limitan á cuidar á los heridos, á curar sus llagas, á velar su sueño; hacen mucho más. Como saben que la alegría es el medicamento más eficaz que se conoce, capaz por sí sólo de realizar curas maravillosas, se esfuerzan en proporcionársela á sus enfermos. Lo primero que hacen es instalar un piano, y si les es posible, un cinematógrafo. Según las circunstancias y el estado de los heridos, dan conciertos vocales o instrumentales, representan comedias, leen novelas, les divierten con juegos de prestidigitación y, sobre todo, ríen y charlan y los tienen embelesados.
Inútil es decir que el dios alado hijo de Venus y Marte acude á estos recintos, que debieran ser de dolor, y lo son muchas veces de regocijo. Y con inaudita crueldad remata la obra de los alemanes disparando sobre aquellos infelices heridos, no ya flechas de oro como antiguamente, sino flamantes granadas de mano con gases asfixiantes. Algunos de ellos van á convalecer á la sacristía de la parroquia; otros se marchan al frente, prometiendo á sus enfermeras venir pronto otra vez heridos.
Hace pocos días visité el famoso colegio Rollin, soberbio edificio, transformado, como otros muchos, en hospital. A una de estas simpáticas enfermeras le pregunté:
—¿Son ustedes aquí todas voluntarias?
—Hay algunas profesionales; pero las más somos voluntarias.
Ella fué la que me contó la siguiente tristísima anécdota:
Existe en París un comerciante inmensamente rico llamado Vilmorin. El hijo de este comerciante quedó, á consecuencia de uno de los combates, sin piernas y ciego. De éstos hay varios. Cuando su padre fué á verle por primera vez al hospital, el hijo le preguntó:
—Padre, ¿me quieres todavía?
—Infinitamente más que antes, hijo mío.
—Pues voy á pedirte un favor.
—Cuanto tú quieras. Hasta mi último franco está á tu disposición.
—Mátame.
—¿Qué es lo que estas diciendo?
—Sí, mátame; dame un veneno; nadie lo sabrá.
Que cada cual se represente lo que habrá experimentado aquel padre.
——
Después de los políticos, los literatos somos lo peor en cada país. La política es la región del interés y la vanidad; el arte solamente de la vanidad. Un artista prescindirá sin inconveniente del almuerzo si os dignáis elogiar sus obras: en el caso de que habléis mal de las de sus colegas prescindirá también de la cena. Un político necesita además «champagne» y buenos cigarros. Tratándose no obstante de adulación tiene el estómago menos delicado que el literato. Cuando yo era joven y asistía á ciertas tertulias de políticos he visto á más de uno engullir con fruición verdaderos platos de taberna.
Se habla, sin embargo, demasiado de la vanidad de los poetas; como si los que no lo son estuvieran exentos de ella. Todos los que ejecutan alguna obra en este mundo, y hasta los que no ejecutan ninguna, se juzgan dignos de ser celebrados.
Entre los grandes literatos, según dicen, el francés es el más puntilloso e insufrible. Ignoro si esto es así, porque no tengo el honor de tratar á ninguno. Pero en España existía hace años un famoso poeta á quien preguntaba en cierta ocasión uno de sus jóvenes admiradores:
—Dígame, usted, don M..., ¿quién es más grande poeta, Shakespeare ó usted?
—Te diré—respondió el poeta español gravemente, dispuesto á esclarecer el asunto.
No imagino que Víctor Hugo hubiese ido más allá.
De todos modos yo perdono á los literatos su impertinencia. Y si el lector quiere perdonarlos también fácilmente, no tiene más que hacer lo que yo: vivir alejado de ellos.
Un amigo mío, gran aficionado á los toros, me decía: «Me encantan las corridas; pero detesto á los toreros. Si yo fuese un déspota como Calígula, una vez terminada la fiesta los encerraría en la cárcel y no los dejaría salir hasta la siguiente.» De igual manera encerremos á los autores en la cárcel de sus libros y no los saquemos sino en los momentos en que sintamos necesidad de ellos. Cuando estuve en París, hace ya muchos años, pertenecían al número de los vivos Zola, Daudet, Maupassant, Renan y Taine. A pesar de la grande admiración que me inspiraban estos hombres no di un paso para ponerme en relación con ellos. En cambio anduve no pocos para visitar en el cementerio las tumbas de Alfredo Musset y de Balzac. Y puedo asegurar que me recibieron con toda cordialidad y que no tuve motivo para quejarme de su orgullo[1].
[1] Después de publicado este artículo en El Imparcial he tenido ocasión de conocer personalmente á algunos eminentes escritores franceses que han sido para mi mucho más corteses y amables aun que Musset y Balzac. Queda, pues, borrado por lo que á ellos se refiere cuanto acabo de decir.
Ni es caso de sorpresa que los artistas y literatos franceses se disputen con encarnizamiento los rayos de sol de la gloria. Esta existe realmente en Francia. Los artistas y literatos constituyen aquí la más alta aristocracia social, y sin ser precedidos de líctores y fasces el público les abre paso y les saluda con respeto. Pero en España no existe ni nunca ha existido, aunque supongo que existirá con el tiempo, porque no hemos de seguir siendo eternamente el pueblo más rústico de Europa. Cuando recuerdo aquellos desdichados y famélicos literatos nuestros del siglo XVIII, que pasaron su vida injuriándose, sin que el público advirtiese siquiera su presencia, me acometen deseos de reir y llorar al mismo tiempo.
Aquí, no sólo se disputan la gloria, pero también el dinero. Porque la literatura vale dinero, aunque no tanto como por ahí se dice. Las ganancias que realizan estos autores no pueden compararse con las que obtienen sus colegas en Inglaterra y los Estados Unidos. Sin embargo, la hay, y hay, sobre todo, mucha gloria. Por eso se lucha rabiosamente y se hacen esfuerzos increíbles por conseguirla. Estos esfuerzos llegan á veces hasta los últimos extravíos de lo ridículo. Un poeta anuncia en los periódicos que el gallo que le inspiró su comedia se ha vendido en cuatro mil francos. A este reclamo contesta otro poeta vaticinando que tal día de tal mes, á las cuatro en punto de la tarde, morirá de muerte natural en su propio lecho. Unos sonríen y se encogen de hombros al leer estas cosas; pero otros quedan estupefactos, y este es el fin que se persigue.
La notoriedad en Francia tiene tal valor, que se comprende bien lo que Alejandro Dumas (hijo) decía de su padre: «Mi padre es tan glorioso, que se disfrazaría con gusto de lacayo y se sentaría en la trasera del coche con tal de que el público pensase que iba dentro.» Un joven periodista me iniciaba estos días en el arte de adquirirla, en los secretos de esta guerra submarina que los autores necesitan llevar á cabo para bloquear y rendir á la opinión.
—Un artículo de M. D... cuesta tres mil francos—me decía—. Uno de M. L... tres mil quinientos. El de M. F... no vale más que dos mil, porque su periódico tiene menos circulación.
—¡Pero esos críticos deben vivir en la opulencia!—exclamé yo con asombro.
—Esos críticos no perciben un céntimo de ese dinero.
—¡Cómo! ¿Entonces venden su pluma por el sueldo que les tienen asignado en el periódico?
—Nada de eso. Si la vendieran perderían enteramente su crédito. No tienen otra obligación que escribir acerca del libro que el director les presenta delante. Son libres para decir lo que piensan de él, bueno o malo.
—¿De modo que hay sujeto en Francia que entrega tres mil quinientos francos porque le, llamen tonto en un periódico?
—Así es—replicó mi joven interlocutor—, porque aquí vale más ser un tonto conocido que un genio ignorado.
Entonces no pude menos de pensar con patrio orgullo en los honrados directores y propietarios de periódicos españoles que dejan el paso libre en las columnas de sus diarios á toda clase de adjetivos arrulladores sin cobrar un perro chico por la entrada.
Por estos datos podrá el lector inferir la enorme significación que aquí tiene la literatura. Todo el mundo lee, le mismo el prócer que el plebeyo, las damas y los caballeros. El número de librerías es asombroso. En una de ellas tuve que hacer cola para comprar un libro. La señorita del comercio donde compráis galletas ó corbatas os hablará de las últimas producciones literarias con acierto y sagacidad sorprendentes, y á veces tratará de nuestra literatura misma con mayor conocimiento de ella que algunos millonarios españoles. Después de la guerra, empobrecidos, agobiados por la desgracia, no les falta ni les faltará dinero para comprar libros. Mientras la Casa Nelson no ha podido continuar publicando obras españolas, aunque nosotros no tengamos que soportar hasta ahora carga alguna extraordinaria, todos los meses da á luz algunos volúmenes en lengua francesa.
Por eso, porque los literatos franceses están acostumbrados á que se les mime y festeje en demasía, á que se conozcan por todo el mundo y se transmitan á los últimos rincones sus palabras y sus gestos y hasta sus estornudos por eso de vez en cuando ahuecan la voz y dejan escapar algunas simplezas. La guerra ha sido ocasión para que se profieriesen bastantes, hay que confesarlo. En una novela de Balzac, cierto noble francés, que después de la guerra de la Vendée entra en su casa con el cuerpo y el alma transidos de dolor por el egoísmo de algunos de sus compañeros, se limita á decir con magnánima sencillez: «Todos los barones no han cumplido con su deber.» De igual modo podemos decir ahora: «Todos los escritores no han conservado su dignidad.» Se han escrito y publicado muchas ridículas fanfarronadas, amenazas, frases de mal gusto. Y es lo peor que todo esto se ha dicho sin emoción y sólo para fijar las miradas del público. Esta es la plaga de la literatura francesa. Pierden los literatos su iniciativa y la sagrada libertad, para convertirse en lacayos de la opinión. Les llevamos sobre este punto los que en España cultivamos las letras una ventaja envidiable. Que escribamos tuerto ó derecho, como ángeles ó demonios sabemos de antemano que el gran público no se cuidará de nosotros; trabajamos para unas docenas de aficionados; somos libres como el búho de Minerva.
¡Oh, sacra libertad; jamás pagaremos bastante caras tus caricias! Yo he sentido siempre tus besos en la frente cuando trazaba los humildes libros que entregué al público; pero confieso que nunca los sentí más tiernos que allá en mis años juveniles cuando bajaba la escalera de un eminente político después de haber estado algunas horas en su tertulia. ¡Dios mío!—exclamaba, levantando mis ojos—. ¿De qué vale la gloria y el poder si es necesario pasar la vida escuchando tanta inepcia? ¡Pobre grande hombre! Yo soy un modesto emborronador de papel, pero no un esclavo como tú de la grandeza. Soy libre. Ahora mismo voy á sentarme en un banco de Recoletos ó á comer un beefsteak al café Habanero, y no me perseguirá, no, la turba de tus zorroclocos aduladores.
Los escritores franceses ponen demasiado el oído á los rumores de la calle; ensayan sus reverencias al espejo, como los reyes; no pueden pasarse sin mimos, como los niños. Necesitarían una escuela más ruda para adquirir sencillez. Sin embargo, transcurridos los primeros días, el buen sentido, que es el fondo del espíritu galo, se impuso. Hace mucho tiempo que se han desterrado de los periódicos las frases de mal gusto; hoy se escribe con mesura y dignidad.
Me hallaba uno de estos días sobre la terraza de la iglesia del Sagrado Corazón, en la colina de Montmartre. Era la hora del atardecer, la hora de la melancolía. El panorama que mis ojos descubrían es único en el mundo. La gran Lutecia extendía la techumbre de sus moradas hasta los últimos confines del horizonte. El Sol, ocultándose unas veces detrás de las nubes, otras asomándose repentinamente, jugaba con ella, bañándola de luz y oscureciéndola alternativamente. Allá una neblina azulada daba la impresión de una paz idílica; aquí una nube negra inspiraba tristeza y recelo. Las torres del Trocadero, la de Eiffel, los Inválidos, el Panteón, San Sulpicio, Santa Clotilde, Nuestra Señora, evocaban en mi espíritu los hechos más salientes de la historia antigua y moderna.
En aquel momento sentí como nunca la importancia de esta gran ciudad. Víctor Hugo ha dicho: «París es el cerebro del mundo.» No lo creo: es una de las muchas frases sonoras que ha proferido este genio enfático. París no es el cerebro del mundo; en todas partes se piensa, en todas partes hay cerebros. París es la mano del mundo. Los hombres sobre este planeta vivimos tan apartados los unos de los otros, no sólo por la distancia física, sino por otra moral mucho peor, que si no hay una mano que nos conduzca los unos hacia los otros, corremos peligro de helarnos en nuestra soledad.
¡Grande y noble destino el de Francia! Aquí venimos todos á lavarnos de nuestro exclusivismo. Es el centro donde se equilibran todas las fuerzas; es el alambique donde se destilan todos los resabios y groserías de que está plagado el mundo. La Francia entera parece un gran salón y París la señora de la casa, que con refinado tacto sabe mantener en actitud correcta hasta los peor educados de sus tertulios. Si los alemanes la hubieran vencido, tarde o temprano quedarían uncidos al yugo amable de esta encantadora Circe, como en otros tiempos los romanos lo fueron al de Atenas.
La Francia se encarga de poner en el fiel las grandezas y las pequeñeces de los hombres. Cuando entran en París, los reyes más déspotas se convierten en amables ciudadanos y los humildes obreros en hombres de buena sociedad. Todo el mundo se arregla aquí la barba y se quita las botas de montar. Los «pieles rojas» de América os pedirán perdón cuando pasan delante de vosotros.
Alguien me dirá que estas son apariencias y que lo que importa es poseer elevada inteligencia y recto corazón. Convenido; pero la cortesía es un antídoto contra el egoísmo y el comienzo de la caridad. Por los actos se llega á los sentimientos, dicen los modernos psicólogos. Pascal tomaba agua bendita para inspirarse fe. La naturaleza humana es tan viciosa que necesita todos los frenos de la educación para no mostrar su lacería.
Pero no es solamente distinguida y encantadora esta ama de casa: es, además, culta como ninguna. Otras naciones la han sobrepujado en ciertos lujos: Inglaterra posee una literatura más rica; Alemania, una filosofía más alta; Italia, un arte más espléndido. Sin embargo, tomada en conjunto, Francia es la nación que sobresale. Su literatura en el siglo XVII es admirable. Los nombres de Corneille, Racine, Bossuet, Fenelon, Mme de Sévigné, Molière, La Fontaine, La Rochefoucauld rivalizan con los más grandes de otros países. En el siglo XVIII hay colosos como Voltaire, Diderot, Rousseau y exquisitos escritores como Mariveaux, Prevost, Beaumarchais y Chamfort. El XIX es maravilloso. Al mismo tiempo han alentado aquí hombres como Lamartine, Alfredo de Musset, Víctor Hugo, Chateaubriand, Balzac, Michelet, Jorge Sand. Y al lado de éstos algunas docenas de escritores notables como ninguna otra nación puede ostentar.
Y si pasamos á la Ciencia, aun es mejor. Alemania la vence en sus aplicaciones industriales; pero en la ciencia pura los franceses han sido y continúan siendo los maestros. Descartes, Mallebranche, Pascal, Laplace, D’Alembert, Lavoisier, Lamarck, Champollion, Ampère, Gay-Lussac, Buffon, Cuner, en tiempos antiguos, lo demuestran. En los presentes, Pasteur, Comte, Claudio-Bernard, Quatrefages, Charcot, Taine, Brown-Sequard lo pregonan igualmente.
No hay en estos últimos años un sabio naturalista que pueda compararse á Pasteur, ni un matemático á Enrique Poincaré, fallecido recientemente, ni metafísico á Bergson, vivo aun para gloria de su nación. En los momentos actuales trabajan aquí brillantemente sabios como Le Dantec, Bichat, Bontron, Dastre, Pierre Janet, Grasset, Richet, Durkheim, Le Bon y otros muchos que me es imposible nombrar.
Cuando repaso tantos nombres ilustres, cuando observo esta juventud tan ávida de instruirse y contemplo el trabajo eficaz y armónico que realizan aquí, lo mismo los sabios naturalistas que los pensadores, los sacerdotes que los militares, los obreros que los literatos, no puedo menos de volver los ojos hacia esa patria que tanto amo. El corazón se me aprieta y una ola de amargura llega á mi garganta y quiere ahogarme.
Ese pueblo español se me representa como un hombre bien dotado, de fuerte musculatura, de inteligencia penetrante, pero dormido. Quisiera que un genio poderoso, un nuevo Ariel, fuese allá y le sacudiese rudamente y le gritase al oído: «¡Despierta, despierta! ¿No escuchas el canto de la alondra? ¿No ves al sol enfilando ya sus rayos sobre la tierra? La obra es larga. ¡Apresúrate! La Humanidad espera todavía mucho de quien ha engendrado á Cervantes y ha descubierto nuevos mundos. Quien no avanza en la marcha del progreso, retrocede. Si continúas durmiendo, el polvo formará costra sobre ti, los ratones y las arañas treparán encima y los carneros imprimirán su pezuña sobre tu rostro.»
Quizá el dormido despierte, quizá se restregue los ojos y después de vacilar le responda: «¡Para qué!» Y se vuelva del otro lado para seguir durmiendo.
Acaso tenga razón. ¿Qué es lo que vería al ponerse en pie? Campos desecados, hombres hambrientos, el nepotismo dictando órdenes, la injusticia erigida en sistema, la frivolidad soltando carcajadas estúpidas, una política mezquina envenenando las inteligencias más altas y los más nobles caracteres...
¡Duerme, pueblo español, duerme! Vale más vivir dormido que despierto y desesperado.
——
La repetición es la ley de la vida. Se repiten los hechos y también los pensamientos. Lo que pensaron nuestros más antiguos progenitores cuando comenzaron á pensar, eso es lo que ahora pensamos nosotros.
En presencia de la necesidad ineluctable, acosado por los rigores de la Naturaleza, el hombre se refugia en su propia alma y adopta un estoicismo fatalista que le emancipa del dolor. Toda la filosofía del Oriente se halla impregnada de tal estoicismo; la griega lo hizo suyo en el Pórtico; los hombres más grandes de la antigüedad le rindieron culto. Y en nuestros mismos días, cuando la fe cristiana no endulza nuestra amargura, cada hombre lucha con el dolor poniendo su alma de punta á los sucesos y entregando su pensamiento al oráculo de la fatalidad.
De todos los oráculos fatalistas el más famoso y el que más profundamente impresiona es el que se expresa en el episodio del Mahabharata indio, conocido con el nombre de Bhagavad-Gita. Los ejércitos de los Pandavas y de los Curavas se encontraban el uno frente al otro en una llanura inmensa. Suenan los cuernos de guerra, los tambores redoblan, los carros se precipitan, las flechas silban. Krishna, encarnación humana del dios Wishnú, consiente en servir de cochero al tercer hijo de Pandú, su discípulo y favorito Ardjuna. Este, á la vista de todos aquellos hombres que van á degollarse, se siente cogido por una desesperada melancolía. Contemplando esta muchedumbre de amigos y enemigos que el odio divide y que la muerte va á reunir, siente que sus manos tiemblan, su boca se seca, sus cabellos se erizan, su piel arde, sus fuerzas desmayan, el arco se escapa de sus manos. Se deja caer sobre el pescante de su carro, pálido, acobardado, el alma transida de dolor. Entonces es cuando Krishna le revela quién es y comienza á doctrinarle sobre la vanidad de las cosas terrestres y el carácter insignificante de todos nuestros actos. El verdadero sabio no debe inquietarse ni por los vivos ni por los muertos: el cuerpo no es más que la envoltura de una inteligencia inmortal que cambia de forma como si fuese un vestido. Morir ó matar es cosa en absoluto indiferente, etc., etc.
Allá en las trincheras de la Champagne se repitió esta escena, no entre dioses, sino entre dos pobres soldados de infantería. He aquí cómo llegó á mi noticia:
No hace muchos días entré en un café del boulevard de los Italianos con un amigo. Antes de sentarnos divisó éste en el fondo á uno de sus conocidos, y se apresuró á ir á saludarle. Observé que aquel sujeto tenía á su lado dos muletas, y desde luego colegí que era un inválido de la guerra. Mi amigo me hizo una seña de que me acercase, me presentó á él; y nos sentamos á su misma mesa. Era un joven de agradable aspecto, de fisonomía abierta y bondadosa. Le habían cortado una pierna hacía pocos meses; era hijo de un banquero del boulevard Haussmann, y disfrutaba, al parecer, de una brillante posición social.
La conversación rodó, como es natural, sobre la guerra. Monsieur Gardiel, que así se llamaba aquel simpático joven, nos entretuvo largo rato describiéndonos la vida de las trincheras, contándonos alguna de sus aventuras guerreras. Aunque todo era vulgar y descrito mil veces en los periódicos, yo le escuchaba con interés. Lo vulgar se hace interesante cuando está narrado con ingenuidad por la persona misma que lo ha vivido. Pero uno de los episodios de su amena charla salió repentinamente de lo ordinario y me causó profunda sensación. Lo contaré en breves palabras.
«Entre los soldados de la compañía á la cual yo pertenecía—nos dijo—había un muchacho que se distinguía por lo feo. La Naturaleza se había excedido á sí misma en este joven. Pienso que era el hombre más feo de Francia. Se le llamaba entre nosotros «la Merode», en recuerdo de una belleza que sonó mucho hace años. Lo moral respondía bastante bien á lo físico. Callado, brusco, indiferente á lo que pasaba á su alrededor, se había captado la antipatía de todos nosotros. Lo que más repelía en él era su sonrisa; una sonrisa sardónica, maligna, que no se le caía de los labios. Le hubiéramos visto destrozado por una granada sin pesar alguno.
Este joven, que se llamaba Tabourin, era, según me dijeron, profesor en un colegio de Lyon. Su vocación científica se revelaba á nosotros claramente porque aprovechaba todas las ocasiones que se le ofrecían para cazar insectos y mariposas y fijarlas en unos cartoncitos que llevaba curiosamente guardados en su mochila. Esto mismo nos lo había hecho más antipático aun. Su glacial indiferencia era repugnante. Cuando nos oía quejarnos de la humedad, del hambre ó de algún dolor, sus ojos atravesados parecían brillar con una mirada más sarcástica. El jamás profería una queja.
Vino la gran ofensiva de Septiembre. Los horrores del infierno imaginados por la mente calenturienta de algún devoto histérico no darían una idea de lo que aquello fué durante unos días. Tanta sangre habíamos visto correr, tantos miembros esparcidos, tantos gritos de dolor habían llegado á nuestros oídos, que yo concluí por hallarme en un estado de estupor difícil de describir.
Una noche, tendido en el fondo de la trinchera, á pesar de hallarme fatigado hasta el desmayo, me era imposible dormir. Oía la respiración de mis pobres compañeros, pensaba en lo que nos aguardaba á la mañana siguiente, quizá aquella misma noche; pensaba en sus madres, pensaba en la mía y me sentía triste hasta la muerte. No lloraba, porque en la guerra se pierde, por fortuna, la facultad de llorar; pero me sentía fuertemente agitado y no podía menos de suspirar de vez en cuando.
—No puedes dormir, ¿verdad?—murmuró una voz en mi oído. Era la de Tabourin.
—No—respondí secamente.
—¿Estás triste?
—Sí—respondí con la misma sequedad.
—¿Quieres un poco de éter que aun me queda en el frasco?
Me sorprendió la dulzura de aquella voz, que formaba contraste con el aspecto repulsivo del sujeto. Rehusé el ofrecimiento; pero no pude menos de agradecerlo y le dije:
—No estoy triste por lo que pueda ocurrirme mañana; lo mejor tal vez sería que me matase una bala ó una bayoneta. Lo que me contrista es ver á estos pobres compañeros durmiendo tranquilamente y pensar en lo que aun les queda que sufrir, pensar en los seres que los aman, en las lágrimas que vierten y verterán.
Guardó silencio unos instantes, y al cabo profirió suavemente, acercando su boca á mi oído:
—La sangre es nada; las lágrimas son menos aun. ¡Qué importa morir! Yo creo que debe ser un placer inmenso reposar en el seno de la gran Naturaleza. ¡Qué seguro se duerme bajo unas cuantas paletadas de tierra! La muerte, amigo, no existe en realidad: la chispa vital que nos anima no se extingue con cada uno de nosotros: marcha á encender otro fuego. Los campos, los mares, los hombres, los animales, los soles que lucen en el cielo, todo lo que se mueve y respira, todo nace y todo muere, todo cae y todo renace. Sólo el gran poder de la Naturaleza no se extingue jamás, sólo él es inmortal. Este gran poder silencioso y tranquilo es lo único que existe realmente: nosotros no somos más que apariencias, imágenes del gran cinematógrafo. ¿Por qué nos horroriza la destrucción? Esta no es más que aparente también. ¿No ves las hormigas? Enfiladas atraviesan el camino cumpliendo su tarea. El pie de un transeúnte aplasta un centenar de ellas; las demás prosiguen impasibles su tarea sin dar importancia al suceso. ¿Por qué la concedemos nosotros tan grande á la muerte de un centenar de los nuestros? Lo mismo ellas que nosotros caemos en el seno fecundo de la madre tierra. Jamás el Destino nos podrá privar de este regazo maternal. El secreto de la fuerza de las cosas reside en nosotros como en todos los demás seres. No hay vacío en el Universo. Los límites entre el mundo inanimado y el mundo de la vida son imaginarios... Consuélate, amigo mío; la muerte no es una puerta de horror y tinieblas para nadie; al contrario, es el paso de una hora sombría á otra más clara. Sometámonos alegremente á la voluntad de la Naturaleza y no veamos en ella una enemiga, sino una tierna aliada que nos emancipa de la insufrible tiranía de la vida.
No me consolé, naturalmente; pero desde entonces guardé respeto á aquel compañero, que era muy otro de lo que yo y todos los demás nos habíamos figurado.
Terminó la gran ofensiva: nuestra compañía había perdido casi la mitad de sus hombres; yo había salido milagrosamente ileso y lo mismo Tabourin. Volvimos á la vida monótona y sucia de las trincheras, que recordarán con asco cuantos la hayan sufrido. Traté de estrechar un poco más mi relación con Tabourin, porque después de aquellas graves palabras que le había oído me parecía que había nobleza en su alma. Pero mis atenciones se estrellaron de nuevo contra su actitud siempre fría e irónica. Huía de nosotros como siempre; hablaba poquísimo y en un tono casi siempre despectivo, que le hacían cada día más antipático á los compañeros y odioso á los jefes.
Tabourin pasaba sus ratos de ocio á la caza de lepidópteros, estudiando con un gran cristal de aumento sus trompas y antenas y las escamas de sus alas. Algunas vez por la noche quiso cazar con una luz las mariposas nocturnas, pero se le reprendió ásperamente y tuvo que reducirse á las diurnas y crepusculares. Al principio nos reíamos de esta afición; pero concluímos por respetarla, convenciéndonos de que era un hombre de ciencia, acaso un gran entomólogo.
Un día tuvimos que hacer un reconocimiento peligroso en el terreno ocupado por el enemigo. Fuimos doce hombre con el teniente. Ocultándonos unas veces como conejos, saltando otras como cabras, recorrimos bastante espacio sin ser descubiertos. Al salir de un bosquete observamos con sorpresa que faltaba de los nuestros un hombre. Era Tabourin. El teniente, estupefacto, pues no había sonado un tiro, se detuvo, ordenó á dos soldados volver los pasos atrás y buscarlo. Al poco rato volvieron sin haberle descubierto. Seguimos con mayor cautela aun nuestro reconocimiento, pues nos hallábamos materialmente entre las filas del enemigo. De pronto, al trasponer una pequeña quebrabura del terreno, percibimos debajo de nosotros á dos soldados que hablaban animadamente. Un soldado era alemán, el otro francés. Al divisarnos el alemán se dió á la fuga. El teniente, pensando lógicamente que se trataba de un peligroso espía, ordenó que hiciésemos fuego, á sabiendas de ser descubiertos. El alemán cayó á los pocos pasos acribillado por nuestras balas.
Entonces el teniente, loco de furor, con la faz inyectada, avanzó sobre Tabourin empuñando el revólver:
—¡Maldito perro! ¡Miserable! ¡Traidor!
Tabourin dejó caer el fusil, y con sorprendente tranquilidad abrió los brazos para recibir el tiro. La misma sonrisa enigmática y sardónica contraía sus labios.
Recibió el tiro en medio del pecho. Cayó de bruces con los brazos abiertos todavía, como si fuese á besar aquella tierra que tanto amaba.
Fuimos descubiertos; se nos persiguió de cerca; perdimos tres hombres; yo fuí herido también, pero logré arrastrarme hasta nuestras trincheras, donde fuí recogido por los míos.
Algunos días después—añadió el amable inválido sonriendo—mi pobre pierna se fué á pudrir en el cementerio de la aldea, donde estaba la ambulancia, y yo me vine á París á pudrir á ustedes y á otros con mis aventuras militares.»
—¿Está usted persuadido de que Tabourin era un traidor?—pregunté yo impresionado por aquel relato.
—Estoy persuadido de todo lo contrario. Mi opinión es que el soldado alemán era un sabio entomólogo como él, y que ambos se habían encontrado persiguiendo una mariposa y se hallaban abstraídos charlando de su ciencia.