Si hubiéremos de ahondar profundamente en la materia, podría dudarse si, después de todo, hubo algún cambio en la sórdida, raída, insignificante y mal pergeñada figura del espantajo; o si únicamente alguna ilusión fantasmagórica y cierto curioso efecto de luz y sombra la coloreaba y delineaba en forma de engañar los ojos de muchas personas. Los milagros de la brujería adolecen siempre de artificio muy superficial; y por último, si esta explicación no llega al fondo del proceso, no puedo ofrecer otra mejor.
—¡Muy bien, lindo mancebo!—exclamó de nuevo Mamá Rigby.—Vamos, otra buena y vigorosa inhalación, y lánzala con fuerza y violentamente. ¡Fuma, por tu vida, te lo digo! ¡Aspira desde el fondo de tu corazón, si corazón tienes, y si éste tiene fondo! ¡Bien, ahora! Aspira esta bocanada como si gozaras en hacerlo.—
Y la bruja hizo un ademán con la cabeza al espantajo, poniendo tal potencia magnética en su gesto que inevitablemente debía éste obedecer, como obedece el hierro a la misteriosa atracción del imán.
—¿Por qué te quedas holgazaneando en tu rincón, perezoso?—dijo Mamá Rigby.—¡Avanza! ¡Tienes el mundo delante de ti!—
Palabra, que si no hubiera oído yo mismo esta relación en el regazo de mi abuela y no hubiera quedado completamente establecida entre las cosas verosímiles cuando mi infantil credulidad no podía aún analizar su posibilidad, jamás habría tenido el atrevimiento de referirla ahora.
Obedeciendo a la voz de Mamá Rigby y alargando el brazo como para coger su mano extendida, la figura avanzó un paso, una especie de sacudimiento o salto más bien que paso; vaciló luego y casi perdió el equilibrio.
¿Qué más podía esperar la hechicera? No era nada, después de todo; solamente un espantajo de madera armado sobre dos estacas. Pero la enérgica bruja se enfadó, y sacudió la cabeza, y lanzó la fuerza de su voluntad tan poderosamente sobre aquella miserable combinación de madera podrida, paja mohosa y raída vestimenta, que se vió obligado el espantajo a mostrarse hombre, a despecho de la realidad de las cosas. Así avanzó hasta la faja luminosa. Detúvose allí ¡pobre diablo de invención! revestido solamente de una capa ligerísima de apariencia humana, a través de la cual era visible la rígida, desvencijada, incongruente, vieja, harapienta, múltiple e inútil combinación de su esencia, pronta a desplomarse en tierra en un montón de residuos, por la conciencia de su propia indignidad para erguirse. ¿Confesaré la verdad? En este punto de vivificación, el espantajo me hace recordar ciertos caracteres indefinidos y anormales, compuestos de elementos heterogéneos y empleados mil veces, a despecho de su insignificancia, por los escritores de novelas (yo también como los demás) que han poblado con ellos superabundantemente el mundo de la fantasía.
Mas la feroz bruja comenzaba ya a encolerizarse y a mostrar los rasgos de su naturaleza diabólica, que asomaba sibilante como una cabeza de serpiente desde el fondo de su pecho, ante el comportamiento pusilánime de la cosa que ella se había tomado la molestia de componer.
—¡Fuma, miserable!—gritó con ira.—¡Fuma, fuma, fuma, tú, criatura de paja y vacuidad! ¡tú, andrajo! ¡tú, saco de harina! ¡tú, cabeza de calabaza! ¡tú, nada! ¿Dónde encontraré una palabra suficientemente vil para calificarte? ¡Fuma, te digo, y aspira tu vida fantástica junto con el humo; o si no, arrancaré la pipa de tu boca y te arrojaré al lugar de donde ha venido aquella brasa ardiente!—
Amenazado así, el infeliz espantajo no tenía más remedio que inhalar aquella peligrosa vida. Haciendo de necesidad virtud, aplicóse vigorosamente a la pipa, arrancando nubes de humo tan espeso que la pequeña cocina de la choza estaba envuelta por completo en los vapores del tabaco. Un rayo de sol luchaba por atravesar esta niebla y podía apenas reflejar vagamente la imagen de la hendida y empolvada vidriera de la ventana sobre el muro opuesto. Entretanto Mamá Rigby, con un brazo en jarras y el otro extendido hacia la figura, se destacaba ferozmente en medio de la obscuridad, con el mismo porte y expresión que cuando provocaba alguna terrible pesadilla en sus víctimas y permanecía al lado del lecho para saborear su agonía. El pobre espantajo fumaba y fumaba, trémulo y lleno de terror. Mas es preciso reconocer que sus esfuerzos servían perfectamente para el objeto; pues a cada sucesiva exhalación, perdía la figura visiblemente su aspecto informe y confuso y parecía condensar su esencia. Aun la misma vestimenta participaba de este mágico cambio, brillando con reflejos de novedad y resplandeciendo con el bello bordado de oro que por tan largo tiempo había estado opacado sobre el terciopelo. Y, revelándose apenas entre el humo, un rostro amarillo dirigía hacia Mamá Rigby sus ojos sin expresión.
Al fin la vieja bruja cerró el puño crispado, sacudiéndolo en dirección a la figura. No estaba iracunda verdaderamente; mas procedía bajo el principio, falso quizá pero profundo, como todos los que profesara persona de las cualidades de Mamá Rigby, de que las naturalezas débiles y entorpecidas, incapaces de sentir mejor inspiración, deben aguijonearse por medio del terror. En caso de que fracasara lo que ella intentaba, tenía el inhumano propósito de desparpajar al miserable simulacro en sus primitivos elementos.
—Tienes el aspecto de un hombre,—dijo la bruja severamente.—¿Tienes también, por acaso, algún eco o remedo de voz? ¡Te ordeno hablar!—
El espantajo abrió la boca, hizo algunos esfuerzos y emitió al fin un murmullo tan entremezclado con el humoso aliento, que apenas podría decirse si era voz en realidad o solamente una bocanada del humo del tabaco. Algunos narradores opinan que los conjuros de Mamá Rigby y la fuerza de su voluntad habían evocado un espíritu familiar dentro de la figura y que ésta era la voz que respondía.
—¡Madre,—murmuró la pobre voz ahogada,—no seáis tan cruel conmigo! Yo bien desearía hablar; pero ¿qué puedo decir, careciendo de sesos?
—¿Que no puedes hablar, querido mío? ¿que no puedes hablar, tú?-exclamó Mamá Rigby, suavizando con una sonrisa la dureza de su continente.—Y ¿qué podrías decir, preguntas? ¡Vaya, en verdad! Perteneces a la confraternidad de los cráneos vacíos, y ¿preguntas lo que habrías de decir? ¡Dirás mil cosas, y repitiéndolas mil y mil veces más, no habrás dicho nada todavía! ¡No tengas miedo, te digo! Cuando entres en el mundo donde me propongo lanzarte, no te faltará lo necesario para poder hablar. ¡Habla! ¡Vamos! Hablarás tanto como un murmurador arroyo de molino, si tú quieres. ¡Tienes suficiente talento para eso, estoy segura!
—A vuestras órdenes, madre,—respondió la figura.
—Eso ha estado muy bien dicho, tesoro mío, respondió Mamá Rigby.—Entonces, habla como se te ocurra y no te preocupes. Encontrarás un centenar de frases hechas y quinientas personas que las aprovechan. Y ahora, querido mío, me he tomado tanto trabajo por ti, y eres tan hermoso que, a fe mía, te amo más que a cualquier otro muñeco de brujería en todo el mundo; y los he hecho de todas clases: de yeso, de cera, de paja, de palos, de niebla nocturna, rocío de la mañana, espuma del mar y humo de las chimeneas. Pero tú eres el mejor de todos. Así, atiende a lo que voy a decirte.
—¡Sí, bondadosa madre,—dijo la figura;—con todo el corazón!
—¡Con todo el corazón!—exclamó la bruja, dejando caer las manos sobre los costados y riendo estrepitosamente.—Tienes una linda manera de expresarte. ¡Con todo el corazón! ¡Y pusiste la mano sobre el lado izquierdo de tu chaleco, como si realmente tuvieras corazón!—
De excelente humor por su fantástica invención, Mamá Rigby dijo al espantajo que debía ir a representar su papel en el gran mundo, donde ni un hombre entre ciento, aseguraba ella, estaba dotado de esencia más refinada que su propia creación. Y para que pudiera mantener muy alta la cabeza entre los mejores, dotóle al punto de incalculables riquezas. Consistían, parte en una mina de oro en Eldorado, y parte en diez mil acciones en una bancarrota fraudulenta; medio millón de acres de viñedos en el polo norte; un castillo en el aire y un castillo en España; agregado a la renta que todo aquello pudiera producir. Hízole donación asimismo del cargamento de sal de Cádiz que llevaba cierto buque al cual hizo naufragar la hechicera diez años atrás en mitad del océano por medio de sus artes nigrománticas. Si la sal no se hubiera disuelto y pudiera introducirse en el mercado, permitiría levantar una bonita suma entre los pescadores. Para que no careciera de dinero en efectivo, le dió un cuarto de penique de cobre, sellado en Bírmingham, que era todo lo que poseía; y, además, muchísima calderilla[37] que al aplicarse sobre la frente, la volvía más y más refractaria a colorearse.
—Con esta clase de moneda solamente,—dijo Mamá Rigby,—puedes hacer carrera en el mundo. ¡Bésame, tesoro mío! He hecho por ti lo más que me ha sido posible.—
Además, con el objeto de que tuviera el aventurero todas las ventajas necesarias para un bello ingreso en la vida, la excelente anciana le dió una contraseña que le haría reconocer por cierto magistrado, miembro del consejo, mercader, y funcionario eclesiástico: cuatro dignidades que constituían un solo hombre que se encontraba a la cabeza de la sociedad en la metrópoli vecina. La contraseña era ni más ni menos que una sola palabra que Mamá Rigby murmuró al oído del espantajo y que éste debía murmurar a su vez al oído de mercader.
—Gotoso y todo como es este viejo camarada, hará por ti cualquiera correría tan pronto como hayas pronunciado esta palabra en sus oídos,—dijo la vieja bruja.—¡Mamá Rigby conoce muy bien al digno juez Gookin, y el digno juez conoce bien a Mamá Rigby!—
A estas palabras la bruja acercó su arrugada faz a la del muñeco, riendo inconteniblemente y estremeciéndose con deleite de pies a cabeza a la idea de lo que iba a comunicarle.
—El digno magistrado Gookin,—murmuró,—tiene por hija una donosa doncella. Y ¡escucha bien, mi favorito! Tú tienes bello continente y bastante ingenio natural. ¡Sí, bastante viveza de entendimiento! Lo comprenderás mejor cuando hayas podido apreciar el ingenio de los demás. Ahora bien; con ese exterior e interior tuyos, eres el hombre llamado a conquistar el corazón de una joven. ¡No lo dudes jamás! Te garantizo que así será. Pon solamente de tu parte bastante aplomo en el asunto, suspira, sonríe, agita tu sombrero, adelanta el pie como un maestro de baile, coloca la mano derecha sobre el lado izquierdo de tu chaleco, y la linda Polly Gookin será tuya.—
Todo este tiempo la nueva criatura había estado inhalando y exhalando la vaporosa fragancia de su pipa y parecía ahora continuar en esta ocupación por propio placer y no como condición indispensable para su existencia. Era maravilloso observar cuán extraordinariamente se asemejaba ahora a un ser humano. Sus ojos—que a este tiempo parecía ya tenerlos—estaban fijos en Mamá Rigby, y movía o inclinaba siempre la cabeza en el momento oportuno. Tampoco dejaban de acudir a sus labios las palabras propias para la ocasión: “¿Realmente? ¿En verdad? ¡Dígame, se lo ruego! ¿Es posible? ¡Palabra de honor! ¡De ninguna manera! ¡Oh! ¡Ah! ¡Jem!” y muchas otras exclamaciones de rigor que implican atención, interrogación, asentimiento o disentimiento de parte del oyente. Aun después de haberse encontrado por allí y haber visto fabricar desde el principio al espantajo, era difícil resistirse a la convicción de que el sujeto comprendía perfectamente el alcance de los astutos consejos que la vieja bruja depositaba en su remedo de oído. Mientras aplicaba con mayor entusiasmo sus labios a la pipa, su expresión se volvía más sagaz, sus gestos y ademanes adquirían mayor vida y su voz resonaba de manera más inteligible. Sus vestidos lucían también más y más con ilusoria magnificencia. La misma pipa en que ardía el conjuro de toda esta obra maestra, dejó de aparecer como un pesado artefacto de tierra ennegrecida para convertirse en un artístico objeto de espuma de mar con cabeza pintada y boquilla de ámbar.
Podría temerse, sin embargo, que dependiendo del vapor de la pipa la vida de esta ilusión, hubiera de terminar simultáneamente con la reducción del tabaco a cenizas. Pero la bruja había previsto esta dificultad.—Sostén la pipa, hermoso mío,—dijo,—mientras la lleno de nuevo para ti.—
Era penoso ver cómo el elegante caballero comenzaba a retroceder hasta espantajo mientras Mamá Rigby sacudía las cenizas de la pipa y procedía a llenarla otra vez con el tabaco de su caja.
—¡Dickon!—exclamó con su voz fuerte e imperiosa,—¡más fuego para esta pipa!—
Apenas lo había dicho, cuando la partícula de rojo intenso brillaba dentro de la cabeza de la pipa; y el espantajo, sin aguardar las órdenes de la bruja, aplicando el tubo a sus labios, comenzaba a arrancar cortas y convulsivas bocanadas que pronto, sin embargo, se convirtieron en más iguales y regulares.
—Ahora, chiquillo de mi corazón,—dijo Mamá Rigby,—suceda lo que quiera debes adherirte a tu pipa. Tu vida reside allí; y esto lo sabes bien, aun cuando no sepas mucho más fuera de esto. ¡No te desprendas de tu pipa, te digo! Fuma, aspira, lanza nubes de humo, y si alguien te pregunta, di a la gente que es por salud, que tu médico lo ha recomendado así. Y cuando tu pipa esté concluyéndose, ve, delicia mía, a cualquier rincón y, penetrándote primero bien de humo, exclama con imperio: “¡Dickon! ¡una nueva pipa de tabaco! ¡Dickon! ¡fuego para mi pipa!” y fúmala tan pronto como sea posible. De lo contrario, en lugar de un galano caballero con casaca bordada de oro, te convertirás en un haz de palos y vestidos destrozados, un saco de paja y una arrugada calabaza. ¡Ahora parte, tesoro mío, y la dicha sea contigo!
—¡Nada temáis, madre!—dijo la figura con voz sonora, lanzando una vigorosa bocanada.—¡Yo arribaré, si esto es dado a un caballero y a un hombre honrado!
—¡Oh, tú me harás morir!—exclamó la vieja bruja, en una carcajada convulsiva.—Eso estuvo muy bien dicho. ¡Si es dado a un caballero y a un hombre honrado! Representas tu papel a la perfección. Continúa siendo un elegante caballero; y yo apostaré en tu cabeza como hombre de meollo y de substancia, provisto de talento y de lo que llaman corazón, y de todo aquello que debe poseer un hombre, contra cualquier otro animal de dos pies. Por ti me creo yo ahora hechicera más hábil que antes. ¿No te he formado acaso? ¡Y desafío a hacer cosa parecida a la mejor bruja de la Nueva Inglaterra! ¡Mira, llévate mi vara!—
La vara, que era un simple palo de roble, tomó inmediatamente la apariencia de un bastón con puño de oro.
—Esta cabeza de oro tiene tanto talento como la tuya,—dijo Mamá Rigby,—y te guiará directamente a la casa del digno magistrado Gookin. Ve allá, mi lindo, querido, precioso, tesoro mío; y cuando pregunten tu nombre, di que te llamas Feathertop (Cabeza Emplumada). Llevas plumas en el sombrero, y arrojé todo un manojo en el hueco vacío de tu cabeza; tu peluca es también del estilo llamado Feathertop. ¡Así, Feathertop será tu nombre!—
Saliendo de la cabaña, Feathertop marchó virilmente hacia la ciudad. Mamá Rigby permaneció en el dintel, profundamente complacida de ver los rayos del sol reflejándose en su obra, como si toda aquella magnificencia fuera real; y observando cuán empeñosa y amorosamente fumaba su pipa Feathertop, y con qué elegancia marchaba, a pesar de cierta ligera rigidez en las piernas. Le miró alejarse hasta que se perdió de vista y envió su bendición a su favorito cuando una revuelta del camino le ocultó completamente a sus ojos.
Cerca del mediodía, cuando la calle principal de la vecina ciudad se encontraba en el colmo del bullicio y animación, seguía la acera un extranjero de aspecto muy distinguido. Su porte y sus vestidos estaban llenos de nobleza. Llevaba casaca color ciruela ricamente bordada, chaleco de suntuoso terciopelo magníficamente adornado de hojas doradas, un espléndido par de calzas encarnadas y las más bellas y brillantes medias de seda. Su cabeza estaba cubierta con una peluca tan lindamente arreglada y empolvada que habría sido un sacrilegio desordenarla con el sombrero de encaje dorado y adornado de una pluma nevada, que el caballero llevaba bajo el brazo. En el pecho de la casaca resplandecía una estrella. Manejaba este personaje su bastón de puño dorado con la gracia peculiar de los gentilhombres de aquella época; y, para completar su atavío, llevaba en los puños volantes de encaje de delicadeza etérea, delatando a las claras cuán ociosas y aristocráticas debían ser las manos que ocultaban a medias.
Circunstancia digna de notarse en el continente de este brillante personaje, era que llevaba en la mano izquierda una pipa fantástica, con cabeza deliciosamente pintada y boquilla de ámbar. Aplicábala a sus labios cada cinco o seis pasos e inhalaba una profunda bocanada de humo que, después de retener un momento en sus pulmones, arrojaba en graciosos remolinos por la boca y la nariz.
Como es fácil imaginar, en toda la calle se trataba activamente de conocer el nombre del extranjero.
—Es, sin duda, algún gentilhombre de elevada alcurnia,—decía un vecino de la ciudad.—¿Veis la estrella que lleva sobre el pecho?
—¡No; vaya que es poco brillante para verse!—decía otro.—Sí; debe ser forzosamente un gentilhombre, como decís. Mas ¿qué ruta imagináis que su señoría haya tomado para venir acá? No ha llegado barco del viejo mundo desde el mes pasado; y si hubiera venido del sur por tierra, ¿queréis decirme dónde están sus criados y su equipaje?
—No necesita equipaje para establecer su alcurnia,—hizo observar un tercero.—Así se presentara en harapos, brillaría su nobleza a través de los agujeros de sus codos. Jamás he visto semejante dignidad de aspecto. Tiene la antigua sangre normanda en sus venas, lo juraría.
—Mas bien le tomaría por un holandés o un alemán de sangre noble,—dijo otro de los ciudadanos.—Los hombres de aquellas regiones tienen siempre la pipa en la boca!
—Así son también los turcos,—respondió su compañero.—Pero, a mi juicio, este extranjero ha nacido en la corte francesa y aprendido allí la cortesanía y dignidad de maneras que en ninguna parte se despliegan como entre la nobleza de Francia. ¡Aquel modo de andar también! Un espectador vulgar lo juzgaría algo rígido, lo calificaría quizá de sacudimiento o trote; pero a mis ojos tiene indecible majestad, y debe haberlo adquirido por la observación constante de las maneras del gran monarca. El carácter y profesión del extranjero están bastante evidentes. Es algún embajador francés que ha venido a conferenciar con nuestros gobernadores sobre la cesión del Canadá.
—Verosímilmente es un español,—dijo otro,—y de allí viene su tez amarillenta; o más bien es de la Habana o de algún otro puerto de los dominios españoles, y viene a investigar las piraterías con las cuales se dice que contemporiza nuestro gobernador. Aquellos colonizadores del Perú y Méjico tienen la piel tan amarilla como el oro que extraen de sus minas.
—¡Amarillo o no, es un hombre muy hermoso! protestó una señora;—¡tan alto, tan esbelto! con un semblante tan fino y distinguido, una nariz tan bien delineada y una boca tan deliciosamente expresiva! Y ¡Dios me bendiga, qué estrella más brillante! ¡Positivamente arroja llamas!
—Lo mismo que vuestros ojos, hermosa dama,—dijo el extranjero, haciendo una reverencia y agitando su pipa; pues pasaba justamente en aquel instante.—¡Por mi honor, casi me han deslumbrado!
—¿Se ha oído alguna vez cumplimiento más exquisito y original?—murmuró la dama, en éxtasis de delectación.
En medio de la admiración general que excitaba el extranjero, sólo se escucharon dos voces discordantes. Una de ellas fué la de un impertinente can que después de olfatear los talones del resplandeciente personaje, metió la cola entre las piernas y se lanzó al corral de su amo, vociferando un execrable aullido. El otro ser en desacuerdo con la opinión pública fué un chico que lanzó un chillido con toda la fuerza de sus pulmones, balbuceando no sé qué ininteligible tontería acerca de calabazas.
Entretanto Feathertop seguía su camino por la calle. Con excepción de las pocas palabras corteses que dirigió a la dama y una que otra ligera inclinación de cabeza correspondiendo profundas reverencias de los espectadores, parecía completamente absorbido en su pipa. No era necesaria mayor prueba de su alcurnia e importancia que la perfecta ecuanimidad con que se manejaba mientras la admiración de la ciudad crecía hasta convertirse casi en clamor en torno suyo. Con una multitud congregada tras de sus huellas, llegó el extranjero finalmente a la casa del digno juez Gookin, atravesó la reja, subió los peldaños de la escalera central y llamó a la puerta. Pudo notarse que, en el intervalo entre su llamada y la respuesta, sacudía el extranjero las cenizas de su pipa.
—¿Qué dijo con aquella voz tan imperiosa?—preguntó uno de los espectadores.
—No sé, no podría decirlo,—respondió su amigo.—Pero el sol me deslumbra de manera extraña. ¡Qué ajado y descolorido se ha puesto repentinamente su señoría! ¡Dios me bendiga! ¿Qué es lo que me pasa?
—Lo maravilloso es que su pipa, apagada hace un momento, aparece otra vez encendida y con el fuego más intenso que he visto en mi vida. Hay algo misterioso en este extranjero. ¡Qué bocanada de humo más espesa! ¿Decíais que estaba ajado y descolorido? ¡Mirad! Cuando se vuelve, brilla la estrella en su pecho como una llamarada.
—Así es, en verdad,—dijo su compañero;—y deslumbrará probablemente a la linda Polly Gookin a quien veo asomándose a la ventana de aquella habitación.—
Tan luego que se abrió la puerta, volvióse Feathertop hacia la multitud, inclinóse majestuosamente, como un gran hombre que reconociera los homenajes en la forma más estricta, y desapareció en la casa. Brillaba en su semblante una especie de sonrisa misteriosa, una mueca, mejor dicho; pero entre la muchedumbre que le contemplaba, nadie tuvo la penetración suficiente para descubrir su ilusoria personalidad, salvo un chiquillo y un miserable can.
Nuestra leyenda pierde aquí algo de continuidad, y saltando sobre las explicaciones preliminares entre Feathertop y el comerciante, pasa en busca de la linda Polly Gookin. Era ésta una damisela de suaves y redondeadas formas, cabello rubio, ojos azules y bello rostro sonrosado, ni demasiado ingenuo, ni demasiado perspicaz. La joven descubrió por la ventana al brillante extranjero que se encontraba a la puerta y, preparándose para la entrevista, se acicaló inmediatamente con una cofia de encajes, un collar de cuentas, su pañuelo más hermoso y su falda de damasco de la mejor calidad. Mientras se apresuraba a bajar de su aposento al salón, mirábase en los grandes espejos ensayando lindos modales, ya una sonrisa, ya cierta dignidad ceremoniosa, ya una sonrisa más dulce que la primera, mientras besaba su mano, moviendo la cabeza y manejando el abanico; en tanto que, dentro del espejo, una insignificante doncellica repetía todos sus ademanes y gestos ridículos sin lograr que Polly se avergonzara de ellos. En suma, si la linda Polly no llegaba a producir ilusión tan completa como el ilustre Feathertop, era culpa de su poca habilidad y no de su poca voluntad para conseguirlo; de manera que al demostrar así su simplicidad, no era aventurado suponer que el fantasma creado por la hechicera pudiera conquistarla.
Apenas oyó Polly el ruido de los pasos gotosos de su padre, aproximándose a la puerta del salón acompañados del rígido resonar de los zapatos de altos tacones de Feathertop, sentóse recta como una flecha y comenzó inocentemente a entonar una canción.
—¡Polly! ¡Polly, hija mía!—gritó el viejo mercader.—Ven acá, chiquilla.—
El continente del magistrado aparecía turbado e indeciso cuando abrió la puerta.
—Este gentilhombre,—continuó, presentando al extranjero,—es el caballero Feathertop, no, perdonadme, es Lord Feathertop, que me trae un recuerdo de una antigua amiga. Cumplid vuestros deberes sociales con su señoría, niña, y honradle como su calidad merece.—
Después de estas pocas palabras de presentación, el magistrado abandonó el salón. Mas si en este breve instante hubiera mirado Polly a su padre en vez de dedicarse por entero a la contemplación del brillante caballero, habría podido comprender que algún peligro se cernía a la inmediación. El viejo estaba nervioso, inquieto y muy pálido. Tratando de esbozar una sonrisa cortés deformaba su rostro en una mueca galvánica, que se convirtió en ceño feroz tan pronto como Feathertop hubo vuelto las espaldas; al mismo tiempo que amenazaba con el puño cerrado y golpeaba el suelo con su pie gotoso; falta de cortesía que trajo consigo su inevitable y doloroso resultado. Parece, en verdad, que la palabra de introducción de Mamá Rigby, sea cual fuere, actuaba más por el temor que por la voluntad sobre el rico mercader. Siendo además hombre de extraordinaria sagacidad y penetración, advirtió que las figuras pintadas en la pipa de Feathertop estaban dotadas de movimiento. Mirando con mayor atención, pudo convencerse de que aquellas figuras eran una partida de diablillos debidamente provistos de cuernos y cola, y danzando con las manos enlazadas y gestos de regocijo diabólico en toda la circunferencia de la cabeza de la pipa. Para confirmar sus sospechas, mientras guiaba Master Gookin a su huésped a través de un obscuro pasadizo desde su despacho particular hasta el salón, la estrella que Feathertop llevaba al pecho arrojó verdaderas llamas, reflejando trémulos rayos sobre los muros, el techo y el pavimento.
Con tales siniestros pronósticos que se manifestaban de maneras tan diversas, no es sorprendente que el mercader pensara que comprometía a su hija en relaciones muy dudosas. Maldecía en el fondo de su alma la elegancia insinuante de los modales de Feathertop cuando este atrayente personaje se inclinaba, sonreía, posaba la mano sobre el corazón, inhalaba una profunda bocanada de su pipa y enriquecía la atmósfera con el aliento vaporoso de un suspiro fragante y visible. Alegremente habría puesto en la puerta el pobre Master Gookin a su peligroso visitante; pero había de por medio cierto grave terror que le constreñía.
Este respetable anciano, se había dejado arrastrar algo en mal camino en su temprana juventud, lo tememos, y quizá se veía ahora obligado a redimirlo por el sacrificio de su hija.
La puerta del salón era en parte de cristales cubiertos por una cortina de seda, cuyos pliegues quedaban un poquillo al sesgo. Tan vivo interés acosaba al comerciante por presenciar lo que iba a acontecer entre la bella Polly y el galante Feathertop que, después de abandonar el aposento no pudo impedirse de mirar por la abertura de la cortina.
Mas nada de milagroso le fué dado observar; nada, fuera de las bagatelas antes enunciadas, que le confirmaron en la idea de que algún peligro sobrenatural amenazaba a la bonita Polly. El extranjero era indudablemente hombre de mundo, práctico, metódico y dueño de sí mismo; y, de consiguiente, el personaje preciso a quien un padre no debe confiar sin la debida precaución una ingenua y sencilla muchacha. El digno magistrado que conocía la humanidad en cualquiera esfera o condición, no podía menos de advertir que todos los gestos y ademanes del distinguido Feathertop respondían en absoluto a las conveniencias del momento: nada de rudeza natural había quedado en él; las convenciones sociales estaban tan adaptadas y asimiladas a su naturaleza íntima, que le transformaban en una obra de arte. Quizá si esta misma peculiaridad era lo que le prestaba cierto aire pavoroso y fantasmagórico. Todo lo que es consumado y perfectamente artificial en el hombre le hace aparecer sobrenatural ante nuestros ojos, algo así como si su individualidad bastara apenas para dibujar en el suelo una sombra. Tratándose de Feathertop, esta impresión se confundía en un sentimiento extravagante, fantástico y original, como si su vida y esencia dependieran del humo rizado que se escapaba de su pipa.
Pero la linda Polly Gookin no pensaba de esta manera. La pareja paseaba entonces a través de la habitación: Feathertop, con su andar distinguido y su no menos distinguido semblante; la joven con cierta gracia femenina natural, realzada por un toque ligero de afectación que no la perjudicaba y que parecía aprendido del arte perfecto de su compañero. Mientras más se prolongaba la entrevista más encantada estaba la linda Polly; hasta que, pasado un cuarto de hora, la joven comenzó positivamente a sentirse enamorada, como pudo notarlo el viejo magistrado desde su escondite. No era necesaria magia alguna para provocar este rápido resultado; el corazón de la pobre niña era sin duda tan apasionado que se fundía a su propio calor, reflejado en la hueca semblanza de un amante. Nada importaba lo que Feathertop dijera: sus palabras levantaban profundo eco y repercutían en los oídos de la joven; nada importaba lo que hiciera: sus acciones revestían siempre caracteres heroicos ante los ojos de Polly. Y puede suponerse que en aquellos momentos se encendían las mejillas de la joven y brillaba en sus labios tierna sonrisa, y húmeda dulzura en sus miradas; mientras la estrella chispeaba en el pecho de Feathertop y los pequeños demonios corrían con regocijo más y más frenético alrededor de la cabeza de la pipa. ¡Oh, linda Polly Gookin! ¿Por qué se regocijan tan locamente aquellos diablillos de que una necia doncella esté a punto de dar su corazón a una sombra? ¿Es acaso una desgracia tan inusitada, un triunfo tan raro?
De pronto se detuvo Feathertop y adoptando una actitud majestuosa pareció imponer a la joven la contemplación de su figura y desafiarla a que resistiera su atractivo si esto era posible. La estrella, los bordados, las hebillas, brillaban en aquel momento con esplendor indecible; los matices pictóricos de su atavío tomaron mayor riqueza de colorido; desprendíase de toda su persona el lustre y cortesanía que traduce el encanto de modales refinados. La doncella levantó los ojos y los fijo en su compañero con expresión tímida y maravillada. Luego, como deseosa de juzgar por sí misma el valor que su sencilla belleza pudiera tener al lado de tal esplendor, lanzó una mirada al espejo de grandes dimensiones enfrente del cual se hallaban incidentalmente. Era una lámina de las más claras e incapaz de lisonja. Apenas tropezaron los ojos de Polly con las imágenes allí reflejadas, lanzó un agudo grito, alejóse del extranjero, le miró un momento con desordenado espanto, y se desplomó insensible sobre el pavimento. Feathertop, siguiendo la dirección de su mirada en el espejo, contempló también, no el brillante remedo que su exterior aparentaba, sino la imagen del sórdido conjunto de su composición real, despojada de toda hechicería.
¡Miserable simulacro! Casi debiéramos compadecerle. Levantó los brazos con expresión desesperada, más intensa que todas sus manifestaciones anteriores para vindicar sus pretensiones de considerarse humano; pues quizá por primera vez desde que inició la vida mortal, tan a menudo vacía y decepcionada, se había forjado y aceptado plenamente la ilusión de su propia personalidad.
Mamá Rigby estaba sentada al fondo de su cocina hacia el crepúsculo de este día tan lleno de acontecimientos, y sacudía justamente las cenizas de una pipa nueva, cuando escuchó un paso precipitado a lo largo de la carretera. No se asemejaba mucho al ruido de pasos humanos, sino que parecía más bien el golpeteo de leños o el chocar de huesos descarnados.
“¡Ah!” pensó la vieja bruja, “¿qué pasos son éstos? ¿Qué esqueleto ha salido fuera de su tumba?”
Una figura se precipitó por la puerta de la cabaña. ¡Era Feathertop! Su pipa estaba todavía encendida; la estrella flameaba aún sobre su pecho; los bordados brillaban todavía en su atavío; y tampoco había perdido aún, en forma apreciable, el aspecto que le hacía asemejarse a los mortales. Sin embargo, por algo indescriptible en su continente, como sucede en todos los casos en que el desengaño se ha apoderado por completo de nosotros, la triste realidad, se discernía bajo el hábil artificio.
—¿Qué cosa salió mal?—preguntó la bruja.—¿Olfateó el hipócrita juez más de lo preciso y arrojó a mi niño de su casa? ¡Infame! Enviaré veinte demonios para atormentarle hasta que te ofrezca su hija de rodillas!
—No, madre,—dijo Feathertop desesperadamente;—no es eso.
—¿La chica desdeñó a mi precioso?—preguntó Mamá Rigby lanzando rayos feroces de sus ojos, semejantes a dos brasas de Tóphet.—¡Cubriré su rostro de barros! ¡Volveré su nariz tan roja como el fuego de tu pipa! ¡Haré caer sus dientes delanteros! ¡Dentro de una semana no será ya digna de ti!
—Dejadla tranquila, madre,—respondió el pobre Feathertop;—la doncella estaba casi vencida; y creo que un beso de sus dulces labios me habría hecho sentirme completamente humano. Pero,—añadió tras breve pausa y con un grito de desprecio para sí mismo,—¡me he visto, madre! ¡He visto la miserable, harapienta y vacía criatura que soy! ¡No quiero vivir más!—
Arrancando la pipa de su boca, la estrelló con toda su fuerza contra la chimenea, y se desplomó en el mismo instante convertido en una mezcla de paja y andrajos con algunos palos sobresaliendo del montón y una arrugada calabaza en el centro. Los huecos de los ojos carecían ya de luz; pero la abertura toscamente rasgada, que había hecho las veces de boca, parecía retorcerse aún en desesperada mueca y tenía aspecto casi humano.
“¡Pobre chico!—exclamó Mamá Rigby, lamentándose ante los restos de su desventurada creación.—¡Pobre querido mío, lindo Feathertop! Hay millares y millares de mequetrefes y charlatanes en el mundo, formados de la misma mescolanza de desechos, andrajos y cosas inútiles que entraban en su composición. Gozan, sin embargo, de buena fama y jamás se aprecian a sí mismos en lo que valen. ¿Por qué mi pobre muñeco había de ser el único en conocerse y en sufrir y perecer por ello?—
Murmurando estas palabras, había llenado la bruja una nueva pipa de tabaco, y sostenía el tubo entre sus dedos vacilando entre colocarla en sus propios labios o en los de Feathertop.
—¡Pobre Feathertop!—continuó.—Podría darle fácilmente ocasión de ensayar una nueva vida haciéndole salir mañana al mundo. Pero no; es demasiado tierno, demasiado exquisitamente sensible. Tiene demasiado corazón para manejarse con provecho en este mundo tan vacío e indiferente. ¡Vaya! ¡vaya! Le haremos servir de espantajo, después de todo. Es un oficio inocente y útil, y vendrá bien a mi protegido. Si todos sus semejantes encontraran ocupación tan adecuada, sería un gran bien para la humanidad. Y en cuanto a la pipa, yo la necesito más que él.—
Diciendo así, Mamá Rigby llevó el tubo a sus labios.
—¡Dickon!—gritó con su aguda e imperiosa voz,—fuego para mi pipa!
LA EXPEDICIÓN proyectada el año 1725 en defensa de las fronteras, y que terminó en la renombrada “batalla de Lóvell,” es uno de los pocos incidentes de la guerra india susceptibles de la luz fantástica del romance. Dejando a la sombra judiciaria ciertas circunstancias, la imaginación encuentra mucho que admirar en el heroísmo de una pequeña banda que presentó batalla a enemigo dos veces superior, en el corazón de su propio país. La valentía desplegada por ambas partes estuvo de acuerdo con las ideas civilizadas sobre el valor; y aun la caballería andante no se avergonzaría de registrar en sus anales las hazañas individuales de uno o dos de aquellos combatientes. La batalla a que nos referimos, aunque fatal para los beligerantes, no tuvo consecuencias funestas para la nación, porque derrocó el poderío de una tribu y condujo a la paz que subsistió durante varios años consecutivos. La historia y la tradición son minuciosas en sus crónicas sobre este asunto; y el capitán de una partida de exploradores en la frontera adquiría renombre militar tan positivo como el del jefe que condujera millares de hombres a la victoria. A pesar de la substitución de nombres ficticios por los verdaderos, será fácil reconocer algunos de los incidentes que se refieren en las páginas siguientes, como el mismo relato escuchado de labios de los ancianos sobre la suerte de los pocos combatientes que sobrevivieron en la retirada de la “batalla de Lóvell.”
Brillaban alegremente los primeros rayos del sol sobre la copa de los árboles a cuyo pie reposaron la noche anterior dos hombres, sus miembros fatigados y heridos. Habían preparado su lecho de hojas secas de roble sobre el pequeño plano que se extendía al pie de una roca situada cerca del punto prominente de una de aquellas ondulaciones del terreno que prestan tan variado aspecto a la comarca. La masa de granito, elevando su bruñida y lisa superficie a quince o veinte pies sobre sus cabezas, semejaba una gigantesca piedra tumularia, en que las venas naturales parecían formar una inscripción en caracteres olvidados. En una extensión de varios acres en torno de esta roca, los robles y otros árboles de madera dura habían reemplazado a los pinos, producto ordinario del terreno, y un joven y vigoroso renuevo de roble se erguía inmediatamente detrás de los viajeros.
Las graves heridas del hombre más anciano le habían privado del sueño evidentemente; pues apenas se posó el primer rayo del sol en la copa del árbol más elevado, enderezóse penosamente de su posición yacente y se sentó. Las líneas profundas de su rostro y algunas hebras grises en sus cabellos acusaban que había pasado de la edad mediana; pero su musculoso cuerpo habría sido capaz de resistir la fatiga como en la fuerza de la juventud, a no ser por el efecto de sus heridas. La languidez y el agotamiento se revelaban en sus macilentas facciones; y la mirada desolada que arrojó a las profundidades de la selva manifestaba la íntima convicción de que su peregrinaje había terminado. Volvió en seguida los ojos al compañero que estaba acostado al lado suyo. Era un joven que apenas habría alcanzado la edad viril, y yacía, con la cabeza sobre el brazo, entregado a un sueño intranquilo, que un estremecimiento causado por el dolor de sus heridas parecía a cada instante a punto de romper. Su mano derecha asía un fusil; y a juzgar por el juego violento de sus facciones, su sueño le mostraba de nuevo la visión del conflicto del cual era uno de los escasos sobrevivientes. Un grito, agudo y fuerte sin duda en su soñadora fantasía, llegó a sus labios en vago murmullo; y, estremeciéndose a este ligero eco de su propia voz, despertó repentinamente. Su primera preocupación al recobrar sus sentidos fué preguntar ansiosamente por el estado de su compañero herido. Éste sacudió la cabeza.
—Rubén, hijo mío,—dijo,—esta roca tras de la cual nos encontramos servirá de piedra tumularia a un viejo cazador. Hay todavía largas millas de tétrica soledad ante nosotros; y sería lo mismo para mí aun cuando el humo de la propia chimenea de mi casa estuviera al extremo de esta ondulación del terreno. Las balas indias son más mortíferas de lo que yo pensaba.
—Estáis débil por efecto de nuestra caminata de tres días,—replicó el joven,—y un poco de descanso os devolverá la fuerzas. Quedad aquí mientras busco en el bosque las hierbas y raíces que deben sustentarnos; y después de haber comido, apoyándoos en mí, emprenderemos la vuelta al hogar. No dudo de que con mi ayuda podréis llegar hasta una de las guarniciones de la frontera.
—No tengo dos días de vida, Rubén,—dijo el otro, serenamente,—y mi cuerpo inútil no debe ser más tiempo una carga para ti, que con dificultad puedes sostenerte a ti mismo. Tus heridas son profundas y tus fuerzas decaen rápidamente; sin embargo, puedes salvarte aún, si te apresuras a avanzar solo. Para mí no hay esperanza, y aguardaré aquí la muerte.
—Si es así, permaneceré a vuestro lado y velaré por vos,—dijo Rubén con resolución.
—No, hijo mío, no,—insistió su compañero.—Deja que se imponga la voluntad de un moribundo; dame tu mano, que yo la estreche, y parte. ¿Piensas que mis últimos momentos serían más tranquilos con la idea de que te condenaba a morir de muerte más lenta? Te he amado como un padre, Rubén; y en momentos como éste debo tener la autoridad de un padre. ¡Te ordeno marchar, para que yo pueda morir en paz!
—Y porque habéis sido un padre para mí, ¿he de dejaros perecer y quedar insepulto en esta soledad?—exclamó el joven.—No; si vuestro fin se aproxima en verdad, velaré a vuestro lado y recibiré vuestra eterna despedida. Cavaré una tumba aquí, bajo la roca, en la cual descansaremos juntos, si la debilidad me hace desfallecer; o si el Cielo me da fuerzas, buscaré el camino de mi hogar.
—En las ciudades y en cualquiera parte donde viven los hombres,—replicó el otro,—se acostumbra enterrar a los muertos. Ocúltanlos así a la vista de los vivos; pero aquí, donde ningún ser humano pasará quizá en cien años, ¿por qué no habría de descansar bajo el cielo, cubierto únicamente por las hojas de roble cuando las hagan caer las ráfagas de otoño? Y si de monumento se trata, aquí tenemos esta roca gris, donde mi mano moribunda esculpirá el nombre de Róger Malvin, para que los viajeros futuros sepan que reposa aquí un cazador y un guerrero. No te retardes, por consiguiente, sino apresúrate al contrario, ya que no por ti mismo, ¡por ella, que quedaría desolada!—
Malvin pronunció con voz trémula las últimas palabras que produjeron visiblemente hondo efecto en su compañero. Hiciéronle recordar que existen deberes menos cuestionables que el de compartir la suerte de un hombre a quien la muerte de su camarada no iba a beneficiar. No podría afirmarse si algún sentimiento egoísta se abrió paso en el corazón de Rubén, a quien su conciencia hizo aun resistir obstinadamente las súplicas de su compañero.
—¡Cuán terrible sería aguardar la muerte en esta soledad!—exclamó el joven.—Un hombre valiente no tiembla en el campo de batalla; y aun la mujer puede morir valerosamente cuando los amigos rodean su lecho; pero aquí...
—Tampoco temblaré aquí, Rubén Bourne,—interrumpió Malvin.—Soy hombre de corazón; y aunque no lo fuera, hay una fuerza superior a la que pueden prestar todos los amigos del mundo. Eres joven y amas la vida. Tus últimos momentos necesitan comodidades que mi naturaleza no reclama; y cuando me hayas depositado en tierra y te encuentres solo, y la noche caiga sobre la selva, sentirás toda la amargura de la muerte a que ahora podías haber escapado. Mas no daré razones egoístas a tu generoso corazón. Abandóname por mi propia conveniencia, para que, después de haber murmurado una plegaria por tu salvación, tenga tiempo de arreglar mis cuentas sin sentirme perturbado por pesares terrenales.
—¿Y vuestra hija! ¿Cómo me atreveré a afrontar sus miradas?—exclamó Rubén.—¡Me interrogará sobre la suerte de su padre, cuya vida juré defender con la mía propia! ¿He de decirla que marchasteis tres días conmigo desde el campo de batalla y que os abandoné luego, dejándoos perecer, solo, en el desierto? ¿No es preferible que me acueste en la tierra y perezca al lado vuestro, antes que regresar salvo y verme obligado a decir esto a Dorcas?
—Dirás a mi hija,—repuso Róger Malvin,—que, a pesar de encontrarte dolorosamente herido, débil y fatigado, sostuviste por muchas millas mis pasos vacilantes y te separaste de mí sólo a mis ruegos, porque no quise yo que tu muerte pesara sobre mi alma. Le dirás que fuiste fiel en medio del sufrimiento y los peligros, y que si tu sangre hubiera podido salvarme, la habrías derramado hasta la última gota; y dile también que serás para ella algo más querido que un padre, y que os bendigo a ambos y que mis ojos moribundos pueden vislumbrar una vía larga y placentera que recorreréis juntos.—
Mientras hablaba, habíase erguido Malvin, y la energía de sus últimas palabras pareció llenar la selva solitaria con una visión de felicidad; mas, al caer exhausto de nuevo sobre su lecho de hojas de roble, se apagó la luz que por un momento había brillado en los ojos de Rubén. Sintióse loco y culpable de pensar en la dicha en momentos semejantes. Su compañero espiaba su movible fisonomía, tratando de arrastrarle con arte generoso a procurar su propio interés.
—Quizá me equivoco respecto al tiempo que me resta de vida,—prosiguió.—Es posible que con pronta asistencia llegara a recobrarme de mis heridas. Los primeros fugitivos deben haber llevado ya a la frontera las nuevas de nuestro desastroso encuentro, y probablemente recorren el campo partidas para recoger a los que se hallan en condiciones semejantes a las nuestras. Si tropezaras con una de estas partidas y la guiaras a este sitio, ¿quién puede asegurar que no me vería otra vez sentado al fuego de mi hogar?—
Una dolorosa sonrisa vagó por las facciones del moribundo al insinuar esta infundada esperanza que, sin embargo, produjo efecto en Rubén. Ningún motivo puramente egoísta, ni siquiera la situación desolada de Dorcas le habría inducido jamás a abandonar a su compañero en momentos semejantes; pero sus deseos acogieron la idea de que era posible salvar la vida de Malvin, y su entusiasta naturaleza llegó casi a posesionarse de la remota posibilidad de encontrar ayuda humana en aquella soledad.
—Seguramente que hay razones, y razones poderosas para esperar que nuestros amigos no se encuentran muy distantes,—dijo a media voz.—Un cobarde huyó en salvo al comienzo de la pelea y es probable que haya ido bien de prisa. Todos los fieles de la frontera han empuñado sin duda el fusil a tales nuevas; y, a pesar de que ninguna partida se aventuraría tan adentro de los bosques, puedo encontrarla quizá después de un día de marcha. Aconsejadme escrupulosamente,—añadió, volviéndose a Malvin, desconfiado de su propio criterio.—Si estuvierais en mi lugar, ¿me abandonaríais mientras tuviera vida?
—Hace veinte años,—replicó Róger Malvin, suspirando, sin embargo, al reconocer íntimamente la disimilitud de ambos casos,—hace veinte años que escapé con un amigo muy querido del cautiverio de los indios cerca de Montreal. Vagamos durante muchos días entre los bosques, hasta que al fin, desfallecidos por el hambre y el cansancio, mi amigo se desplomó y trató de persuadirme que le abandonase, porque sabía que al permanecer pereceríamos ambos; y con muy poca esperanza de encontrar socorro, amontoné una almohada de hojas secas bajo su cabeza y me apresuré a partir.
—¿Y volvisteis a tiempo para salvarlo?—preguntó Rubén, pendiente de las palabras de Malvin como si fueran el profético anuncio de su propio éxito.
—Sí;—respondió el otro.—Llegué al campamento de una partida de cazadores el mismo día antes del ocaso. Los guié hasta el paraje donde mi amigo aguardaba la muerte; y ahora es un hombre sano y vigoroso que trabaja en sus propias tierras muy lejos de la frontera, mientras que yo estoy herido aquí pereciendo en las profundidades del desierto.—
Este ejemplo, actuando poderosamente sobre la decisión de Rubén, se fortalecía inconscientemente con muchos otros motivos en el alma del joven. Róger Malvin comprendió que el triunfo estaba cerca.
—¡Ahora ve, hijo mío, y que el cielo te proteja!—dijo.—Vuelve con nuestros amigos tan pronto como puedas encontrarlos, a menos que las heridas y el cansancio te hagan desfallecer; pero en este caso, envía dos o tres, los que sea posible, en busca mía; y créeme, Rubén, mi corazón se sentirá más ligero a cada paso que te acerque al hogar.—
Mas podía quizá observarse cierto cambio en su voz y en su fisonomía mientras hablaba así; porque era, en verdad, suerte horrible verse abandonado para expirar en la soledad.
Rubén Bourne, convencido sólo a medias de que procedía con rectitud, alzóse y se preparó para la partida. Pero antes, aunque contrariando los deseos de Malvin, reunió un montón de las hierbas y raíces que habían sido su único alimento en los dos últimos días. Colocó la inútil provisión al alcance del moribundo, para quien dispuso igualmente un lecho fresco de hojas secas de roble. Subiendo entonces al ápice de la roca, que era áspera y rugosa por uno de sus lados, inclinó el joven roble y ató su pañuelo en la rama más alta. La precaución no era innecesaria para guiar a cualquiera que pudiese venir en busca de Malvin; porque los costados de la roca, salvo el ancho y bruñido frente, quedaban ocultos a poca distancia por la densa vegetación de la selva. El pañuelo era el vendaje de la herida del brazo de Rubén; y al atarlo en el árbol juró, por la sangre de que estaba manchado, que regresaría, ya fuera para salvar la vida de su compañero o para depositar su cuerpo en la tumba. Bajó después y se mantuvo con los ojos bajos, escuchando las últimas palabras de Malvin.
La experiencia de éste le sugería numerosos y detallados consejos respecto al viaje del joven a través de la intrincada selva. Habló de ello con serena gravedad, como si enviara al joven de caza o a la guerra mientras quedaba él en seguridad; y de ningún modo como si el rostro humano que contemplaba en aquellos momentos fuera el último que había de ver en su vida. Pero su firmeza se conmovió antes de concluir.
—Lleva mi bendición a Dorcas y dile que mi última plegaria será por ella y por ti. Encarécele de mi parte no conservar amargos sentimientos por tu abandono—aquí palpitó dolorosamente el corazón de Rubén—porque sé que si tu vida hubiera pesado en favor mío, la habrías sacrificado sin vacilar. Ella se casará contigo después de haber llorado algún tiempo a su padre; y ¡quiera el Cielo concederos largos y felices días, y puedan los hijos de vuestros hijos rodear vuestro lecho de muerte! Y vuelve, Rubén,—añadió, pues la debilidad de la muerte le vencía al fin,—cuando tus heridas estén curadas y tu cansancio haya pasado; vuelve a esta roca solitaria, a depositar mis huesos en la tumba y a murmurar una plegaria sobre mis restos.—
Los habitantes de la frontera prestaban atención casi supersticiosa a los ritos de la sepultura; lo cual se originaba quizá en las costumbres de los indios que hacían la guerra tanto a los muertos como a los vivos; presentándose muchos casos en que se sacrificaba la vida por el propósito de enterrar a los que habían perecido “en las fauces del desierto.” Rubén comprendía, por consiguiente, toda la importancia de la solemne promesa que hizo de volver y de llevar a cabo las exequias de Malvin. Era digno de notarse que éste, al hablar a corazón abierto en sus palabras de despedida, no trataba ya de persuadir al joven de que quizá un rápido socorro podría salvarle. Rubén estaba íntimamente convencido de que era la última vez que veía vivo el rostro de Malvin. Su naturaleza generosa le impulsaba a quedarse a cualquier riesgo hasta que todo hubiera terminado; pero el ansia de vivir y la esperanza de la felicidad se habían fortalecido en su corazón, y fué incapaz de resistir.
—Es suficiente,—dijo Róger Malvin, después de escuchar la promesa de Rubén.—¡Ve, y que Dios te guíe!—
El joven oprimió su mano silenciosamente, volvióse y partió. Sus débiles y vacilantes pasos le habían conducido muy poco trecho, sin embargo, cuando la voz de Malvin le llamó de nuevo.
—¡Rubén, Rubén!—dijo débilmente; y Rubén regresó, y arrodillándose junto al moribundo.
—Levántame y déjame reclinado contra la roca,—fué su última petición.—Mi semblante se dirigirá así hacia mi hogar, y podré divisarte un instante más cuando desaparezcas bajo los árboles.—
Habiendo satisfecho Rubén el deseo de cambiar de postura al moribundo, comenzó otra vez su solitaria peregrinación. Avanzaba al principio más rápidamente de lo que correspondía sus fuerzas porque una especie de remordimiento, que atormenta a veces al hombre en sus actos más justificados, le incitaba a ocultarse cuanto antes a los ojos de Malvin; mas, después de avanzar bastante lejos sobre las crujientes hojas, retrocedió agazapándose, empujado por una ardiente y dolorosa curiosidad, y oculto por las raíces medio enterradas de un árbol caído, miró ansiosamente al hombre abandonado. El sol matinal estaba claro y los árboles y arbustos inhalaban el suave ambiente de mayo; pero había, sin embargo, cierta melancolía en el aspecto de la naturaleza, como si simpatizara con los dolores y sufrimientos de la muerte. Las manos de Róger Malvin se elevaban unidas en ferviente plegaria, de la cual pudo percibir Rubén en medio de la tranquilidad de la selva algunas palabras que penetraron en su corazón torturándole con sufrimiento intolerable. Eran acentos interrumpidos que imploraban por la felicidad del joven y de Dorcas; y al escucharlos, su conciencia o algún sentimiento análogo, luchó fuertemente para persuadirle a volver y reposar de nuevo junto a la roca. Sintió todo el horror del destino del noble y generoso ser a quien había abandonado en tal extremidad. La muerte llegaría lentamente como un fantasma, avanzando poco a poco hasta él a través de la selva, y mostrando de árbol en árbol, cada vez más cerca, su faz horrenda e implacable. Mas el destino de Rubén le impulsaba probablemente a no retardarse un día más; y ¿quién le reprocharía haberse retraído de sacrificio tan inútil? Cuando lanzaba en derredor la postrera mirada, la brisa hizo ondear la pequeña bandera en la copa del roble, recordando a Rubén su juramento.
Muchas circunstancias contribuyeron a retardar al viajero herido en su marcha a la frontera. El segundo día las nubes, densamente apretadas sobre el horizonte, descartaron la posibilidad de regular su camino por la posición del sol; y el joven ignoraba si los esfuerzos de su naturaleza casi exhausta le llevaban más cerca o más lejos del fin apetecido. Proveían escasamente a su subsistencia las bayas y otros productos naturales del bosque. Rebaños de ciervos pasaban, es verdad, muy cerca de su lado y las perdices se levantaban ante su paso; pero había consumido sus municiones en la batalla y no podía siquiera intentar la caza. Sus heridas, inflamadas por el constante esfuerzo de que dependía su sola esperanza de vida, disminuían sus fuerzas y muchas veces perturbaban su razón. Pero, aun en medio de su desvarío, el joven corazón de Rubén se aferraba fuertemente a la existencia; hasta que, incapaz absolutamente de movimiento, desfalleció al fin bajo un árbol, viéndose obligado a esperar allí la muerte.
En tal situación fue descubierto por una partida despachada en socorro de los sobrevivientes, a las primeras nuevas de la batalla. Lleváronle a la colonia más cercana, que resultó por azar su propia residencia.
Dorcas, con la sencillez de los tiempos primitivos, velaba al lado del lecho de su amante herido prodigándole aquellos cuidados que son privilegio exclusivo del corazón y las manos de la mujer. Durante varios días los recuerdos de Rubén vagaron pesadamente entre los peligros y obstáculos que había tenido que vencer, y el joven fué incapaz de dar respuesta definida a las preguntas con que muchas personas se apresuraban a fatigarle. No habían circulado aún detalles auténticos del combate; ni era dado tampoco a las madres, esposas e hijos saber si los seres amados de su corazón estaban cautivos o yacían entre las cadenas inquebrantables de la muerte. Dorcas guardaba en silencio sus temores hasta que una tarde, despertando Rubén de un sueño intranquilo, pareció reconocerla más claramente que las veces anteriores. Observó que el joven había reconquistado por completo sus sentidos y no pudo dominar más largo tiempo su ansiedad filial.
—¿Y mi padre, Rubén?—comenzó; mas el cambio de la fisonomía de su amante la obligó a detenerse.
El joven se estremeció como a impulsos de agudo dolor y la sangre subió violentamente a sus descoloridas y flacas mejillas. Su primer impulso fue ocultar el rostro; pero, con desesperado esfuerzo se enderezó y habló con vehemencia defendiéndose contra una imaginaria acusación.
—Tu padre quedó mal herido en la batalla, Dorcas; y me prohibió embarazarme con el peso de su compañía, permitiéndome solamente acompañarlo hasta la orilla del lago para que pudiera saciar su sed y morir en paz. Pero yo no quería abandonar al anciano en tal situación; y, aunque herido yo mismo, le sostuve prestándole la mitad de mis fuerzas, y le llevé conmigo. Durante tres días vagamos juntos, y tu padre resistió mucho más de lo que yo esperaba; pero al despertar del cuarto día, le encontré desfallecido y exhausto; no podía proseguir; la vida se le escapaba; y...
—¡Murió!—exclamó Dorcas débilmente.
Rubén sintió cuán imposible era confesar que su egoísta amor a la vida le había obligado a partir antes que la suerte del padre de la joven se hubiera decidido. No habló; solamente inclinó la cabeza, y se desplomó, desfallecido y avergonzado, ocultando, el rostro entre las almohadas. Dorcas sollozó al ver confirmados sus temores; pero como se había anticipado este golpe largo tiempo, pudo rehacerse mejor contra su violencia.
—¿Abriste una fosa para mi padre en el desierto?—fué la pregunta que expresó inmediatamente su piedad filial.
—Mis brazos estaban débiles; pero hice lo que pude,—replicó el joven en voz baja.—Elévase una magnífica piedra tumularia sobre su cabeza y, ¡pluguiera al cielo que me sea dado reposar tan tranquilamente como él!—
Observando Dorcas el extravío de sus últimas palabras, no inquirió más en aquella ocasión; pero su corazón se tranquilizó a la idea de que Róger Malvin no había carecido de los ritos funerarios que era posible procurar. La historia del valor y la fidelidad de Rubén no perdió nada de su fuerza cuando Dorcas la refirió a sus amigos; y el pobre joven, al dejar con vacilante paso su cuarto de enfermo para respirar la brisa soleada, hubo de sufrir la miserable y humillante tortura del inmerecido elogio general. Todos reconocían que era digno de solicitar la mano de la hermosa doncella a cuyo padre había sido fiel “hasta la muerte;” y como mi cuento no es de amor, baste decir que pasados algunos meses Rubén llegó a ser el esposo de Dorcas Malvin. Durante la ceremonia nupcial el rostro de la desposada brillaba con reflejos sonrosados; pero el semblante del esposo estaba pálido.
Atormentaba ahora el corazón de Rubén Bourne un sentimiento incomunicable; algo que debía ocultar cuidadosamente a la persona que más amaba y en quien más confiaba en el mundo. Deploraba amarga y profundamente la cobardía moral que había retenido sus palabras cuando estuvo a punto de confesar la verdad a Dorcas; pero el orgullo, el temor de perder su cariño, la obsesión del desprecio general, impidiéronle rectificar la falsedad. Comprendía que no era acreedor a censura alguna por haberse separado de Róger Malvin. Su presencia, el sacrificio gratuito de su vida, habría agregado solamente una nueva angustia a los últimos momentos del moribundo; pero al disimular este hecho justificable, le había prestado la apariencia misteriosa de una falta; de manera que Rubén, a quien su razón decía haber procedido honradamente, experimentaba, sin embargo, en alto grado los terrores mentales que constituyen la expiación de todo aquel que ha perpetrado un crimen oculto. Por efecto de cierta asociación de ideas llegaba hasta considerarse a veces casi un asesino. Durante muchos años, también, le asaltaba de repente una idea que no podía arrojar por completo de su mente aun cuando comprendía toda su insensatez y extravagancia. Tenía la obsesión torturadora de que su suegro permanecía aún sentado al pie de la roca, sobre las marchitas hojas, vivo y aguardando el socorro que había implorado. Estas alucinaciones mentales, aparecían y desaparecían sin que, a pesar de todo, jamás las hubiera tomado Rubén por realidades; pero cuando su ánimo estaba tranquilo y despejado, sentíase consciente de haber faltado a una promesa solemne, y de que un cuerpo insepulto clamaba por él desde el desierto. Mas, a consecuencia de su prevaricación, veíase en la imposibilidad de obedecer a la llamada. Era demasiado tarde para invocar la asistencia de los amigos de Róger Malvin para llevar a cabo el entierro diferido por tanto tiempo; y el supersticioso temor a que eran dados más que nadie los colonos extranjeros, retraía a Rubén de aventurarse solo en esta empresa. No sabía siquiera hacia qué lado de la inmensa selva debía buscar la bruñida roca con sus fantásticos caracteres, a cuya base yacía el insepulto cadáver: sus recuerdos de todo el viaje eran muy indistintos, y la última parte no había dejado impresión alguna en su memoria. Sentía, sin embargo, un impulso constante, una voz perceptible sólo a sus oídos, que le ordenaba volver y redimir su promesa; y tenía la convicción extraordinaria de que, al tratar de efectuarlo, llegaría directamente hasta los restos de Malvin. Mas año tras año seguía desobedeciendo esta intimación desoída aunque sentida. Este único y secreto pensamiento llegó a convertirse en una cadena que liaba su espíritu y roía su corazón como una serpiente, transformándole poco a poco en un hombre irritable, melancólico y abatido.
En el transcurso de algunos años de matrimonio, se presentaron notables cambios en la prosperidad de Rubén y Dorcas. Toda la riqueza del primero había consistido en su corazón sano y sus brazos robustos, mientras Dorcas, única heredera de su padre, hizo dueño a su esposo de una granja cultivada de antiguo, más extensa y mejor provista que la mayor parte de los establecimientos de la frontera. Rubén Bourne era, sin embargo, un propietario descuidado: en tanto que las tierras de los otros fructificaban anualmente cada vez más, las suyas se arruinaban en igual proporción. El desaliento por la agricultura había disminuído con la terminación de la guerra india, durante la cual viéronse los hombres obligados a manejar con una mano el arado y el mosquete con la otra, juzgándose afortunados si los salvajes no destruían el producto de su arriesgada labor, ya en las sementeras o en los graneros. Pero Rubén no aprovechó de las nuevas condiciones del país; ni tuvieron éxito sus escasos intervalos de aplicación industriosa a sus negocios. La irritabilidad por la cual había llegado a distinguirse era otra de las causas de su decreciente prosperidad, ocasionándole continuos disgustos en sus inevitables relaciones con los colonos vecinos. El resultado de todo esto fueron juicios innumerables; porque el pueblo de la Nueva Inglaterra, en los primeros tiempos y en medio de las salvajes condiciones del país, adoptaba siempre que le era posible el método legal para zanjar sus diferencias. En una palabra, la gente no simpatizaba con Rubén Bourne; y, completamente arruinado algunos años después de su matrimonio, restábale un sólo recurso para luchar contra la mala suerte que venía persiguiéndole: abrirse paso entre los rincones más escondidos de la selva y procurarse la subsistencia en algún paraje virgen del desierto.
Rubén y Dorcas tenían un hijo de su matrimonio, llegado ya a la edad de quince años, hermoso adolescente que prometía gloriosa virilidad. Estaba especialmente dotado para las salvajes proezas de la vida de la frontera, en las cuales empezaba ya a sobresalir. Tenía el pie ligero, la puntería exacta, rápida comprensión y corazón animoso y jovial; de manera que todos los que preveían la repetición de la guerra india, hablaban de Cyrus Bourne como de un jefe futuro para la colonia. Rubén amaba al mancebo con profundo y reconcentrado ardor, como si todo lo que había de bueno y feliz en su naturaleza se hubiera transmitido a su hijo con la fuerza de su afección. Aun Dorcas, amante y amada, le era mucho menos cara que el joven; porque los secretos pensamientos y emociones solitarias de Rubén habíanle vuelto egoísta poco a poco, y sólo era capaz de amar profundamente aquello que representaba, o que él imaginaba, un reflejo o renovamiento de su propia naturaleza. Se reconocía en Cyrus, como había sido en sus lejanos días; y parecía a veces compartir el espíritu del mancebo y revivir a una vida nueva y feliz. Rubén partió acompañado de su hijo a la expedición emprendida con el objeto de elegir el trozo de terreno que deberían cultivar, y derribar y quemar los árboles; labor necesariamente preliminar al transporte de sus enseres domésticos. Transcurrieron así dos meses del otoño; pasados los cuales Rubén Bourne y el joven cazador regresaron a pasar el último invierno en las colonias.
A principios del mes de mayo la pequeña familia, cortando los vínculos de afecto que la encadenaban a los objetos inanimados, se despidió de los pocos que aún se apellidaban sus amigos a despecho de la ruina de su fortuna. La tristeza de la partida mitigábase en diversas formas en cada uno de los peregrinos. Rubén, hombre caprichoso y misántropo a causa de su desdicha, partió con su severa fisonomía habitual y con los ojos bajos, sintiendo poca pesadumbre y desdeñando reconocerla. Dorcas, sollozando fuertemente por el desgarramiento de los lazos con que su naturaleza sencilla y afectuosa se había unido al lugar, sentíase de otro lado confortada a la idea de que los seres queridos de su corazón marchaban con ella y que estarían reunidos dondequiera que se dirigiesen. Y el mancebo, a la vez que enjugaba una lágrima en sus ojos, pensaba en el placer de las aventuras que le brindaba la selva jamás hollada.
¡Oh! ¿quién no ha deseado, en el entusiasmo de un ensueño a ojos abiertos, vagar en la inmensidad de un desierto estival, sintiendo en el brazo el peso ligero de una criatura dulce y bella? Los jóvenes no encontrarían más barrera a su paso libre y triunfante que el bullente océano o las montañas coronadas de nieve; el hombre tranquilo elegiría su hogar allá donde la naturaleza ha provisto doble riqueza, en el valle de algún transparente arroyuelo; y cuando la edad provecta le alcanzara allí, tras largos años de esta pura existencia, encontraríale convertido en el padre de una raza, en el patriarca de un pueblo, en el fundador de lo que estaba llamado a ser una nación. Y cuando la muerte llegara hasta él, como el dulce sueño que invocamos tras un día de felicidad, sus numerosos descendientes llorarían sobre sus venerados restos. Envuelto por la tradición en misteriosos atributos, sería semejante a un dios para las generaciones venideras; y su posteridad más remota le miraría en un pedestal, dominando el valle milenario en el esplendor de su gloria.
La intrincada y sombría selva a través de la cual vagaban los personajes de mi cuento era completamente diferente de la tierra fantástica del soñador. Posesionábase de su existencia la naturaleza, a pesar de todo; y las aflictivas preocupaciones traídas del mundo exterior eran lo único que se oponía ahora a su felicidad. Una robusta y peluda caballería, que conducía todas sus riquezas, no protestaba por el pequeño peso de Dorcas que se le agregaba a veces; ya que generalmente el vigor de su raza la sostenía al lado de su marido durante la última parte de la jornada diaria. Rubén y su hijo, con el mosquete al hombro y el hacha colgada a la espalda, conservaban su paso infatigable, espiando con ojos de cazador las piezas que servían para su sustento. Cuando el hambre se dejaba sentir, deteníanse y preparaban su alimento en el bosque, en el margen de algún inmaculado arroyo que protestaba con dulce murmullo, como una doncella al primer beso de amor, cuando se arrodillaban para beber rozándolo con sus labios sedientos. Dormían en una choza fabricada de ramas y despertaban al brotar la aurora, frescos para emprender las tareas del nuevo día. Dorcas y el mancebo viajaban alegremente, y aun el espíritu de Rubén brillaba a intervalos con muestras exteriores de placer; pero interiormente le agobiaba un pesar frío, tan frío que lo comparaba a las masas de nieve acumuladas en las profundidades de los valles y en las hondonadas de los riachuelos, mientras arriba se ostentan las hojas de verde brillante.
Cyrus Bourne tenía suficiente conocimiento de la selva para advertir que su padre no seguía el mismo rumbo que tomaron en su expedición del pasado otoño. Dirigíanse ahora más hacia el norte, abandonando la dirección de las colonias y penetrando en una región de que bestias y hombres salvajes eran los únicos posesores. El joven hizo alusión algunas veces a esta materia, y Rubén le escuchaba atentamente, llegando a cambiar una o dos veces la dirección de su marcha siguiendo los consejos de su hijo; mas apenas lo había hecho, parecía encontrarse intranquilo. Lanzaba hacia adelante miradas rápidas y escudriñadoras, buscando aparentemente enemigos ocultos detrás de los troncos de los árboles; y no encontrando nada peligroso por aquel lado, tornábalas atrás como si temiera ser perseguido. Observando Cyrus que su padre volvía gradualmente a su primera dirección, no trató ya de intervenir: no permitiéndole su naturaleza aventurera lamentar la mayor extensión y misterio de su ruta, aunque sentía involuntariamente oprimírsele el corazón.
En la tarde del quinto día, hicieron alto y armaron su sencillo campamento una hora antes del ocaso. El aspecto del país en las últimas millas aparecía diverso a causa de las ondulaciones del terreno que semejaban las olas enormes de algún mar petrificado; en una de cuyas depresiones, paraje romántico y agreste, levantó la familia su tienda y encendió su hogar. Había algo que estremecía y emocionaba a la par en el espectáculo de aquellos tres seres, unidos por los fuertes lazos del amor y aislados de toda otra criatura humana. Los obscuros y tétricos pinos se inclinaban sobre ellos y cuando el viento barría sus altas ramas, un rumor misericordioso escuchábase en el bosque; ¿o quizá se lamentaban aquellos viejos árboles, temiendo que los hombres intentaran al fin destrozar sus raíces con el hacha? Rubén y su hijo se propusieron marchar en busca de caza, de la cual no tenían provisión aquel día, mientras Dorcas preparaba la cena. El mancebo, después de prometer que no se alejaría mucho del campamento, partió con paso tan ligero y elástico como el ciervo que se proponía derribar; mientras su padre, sintiendo pasajera felicidad al mirarle, pensaba enderezar sus pasos en dirección opuesta. Dorcas, entretanto, sentóse cerca del fuego de secas ramas, sobre un tronco de árbol caído hacía largos años, enmohecido ahora y cubierto de musgo. Su ocupación, alternada con una mirada incidental al puchero que comenzaba a hervir sobre el fuego, era la lectura del almanaque de Massachusetts del año en curso que, con excepción de una vieja Biblia en gótico, constituía toda la riqueza literaria de la familia. Nadie presta mayor atención a la división arbitraría del tiempo que aquéllos que se encuentran excluídos de toda sociedad; y así Dorcas hizo notar como dato de importancia que era el doce de mayo. Su marido se estremeció.
—¡El doce de mayo! ¡Debería recordarlo bien!—murmuró, mientras un torrente de pensamientos ocasionaba cierta confusión momentánea en su mente.—¿Dónde estoy? ¿Dónde me encuentro vagando? ¿En dónde le he dejado?—
Dorcas, demasiado acostumbrada a las maneras inciertas de su marido para notar especialmente esta nueva peculiaridad, dejó el almanaque a un lado y se dirigió a él con aquel tono melancólico que los corazones tiernos dedican a los pesares largo tiempo enfriados y desvanecidos.
—Por estos días, en este mismo mes, hace dieciocho años, mi pobre padre abandonó este mundo por otro mejor. Tuvo un brazo cariñoso para sostener su cabeza y una tierna voz para alentarle en sus últimos momentos, Rubén; y el pensamiento de los afectuosos cuidados que le prodigaste me ha consolado muchas veces desde aquel tiempo. ¡Oh! ¡La muerte sería horrible para un hombre solitario en un lugar tan abandonado como éste!
—¡Ruega al Cielo, Dorcas,—dijo Rubén con voz interrumpida,—ruega al Cielo que ninguno de nosotros muera solitario y quede insepulto en esta triste soledad!—Y se apresuró a alejarse, dejándola cuidar del fuego bajo los tétricos pinos.
La rapidez de la marcha de Rubén Bourne disminuyó poco a poco conforme se hacía menos sensible el dolor que las inocentes palabras de Dorcas le habían producido. Mil extrañas reflexiones se apoderaron, sin embargo, de su mente; y, avanzando más bien con paso de somnámbulo que de cazador, no podía atribuirse a precaución alguna de su parte que su tortuosa marcha no le arrastrara muy lejos del campamento. Sus pasos se encaminaban maquinalmente casi en círculo; y no observó siquiera que se encontraba en el margen de un trozo de terreno cubierto de espesa arboleda, entre la cual no había ya pinos. En vez de éstos, veíanse aquí robles y otras clases de árboles de madera dura; y en torno de sus raíces brotaba densa y apretada maleza dejando, sin embargo, espacios vacíos y cubiertos de gruesas capas de hojas secas. Cada vez que el roce de las ramas o el crujido de los troncos producía algún rumor, como si la selva despertara de un sueño, Rubén levantaba instintivamente el mosquete que reposaba en su brazo y lanzaba una mirada rápida y escrutadora por todos lados; mas, convencido por su ligera observación de que ninguna pieza se aproximaba, entregábase de nuevo a sus pensamientos. Meditaba sobre la extraña influencia que le había arrastrado tan lejos en las profundidades del desierto y fuera de su rumbo premeditado. Incapaz de penetrar hasta los secretos repliegues de su alma, donde el motivo yacía oculto, creyó que una voz sobrenatural le había hecho adelantar y que una potencia sobrenatural había impedido su regreso. Confiaba en que la Providencia le procuraría la ocasión de expiar su pecado; esperaba encontrar los huesos tan largo tiempo insepultos; y que, una vez depositados bajo tierra, la paz arrojaría sus resplandores sobre el sepulcro de su corazón. Distrájole de estas ideas un rumor en el bosque a corta distancia del sitio a que había llegado. Observando el movimiento de algún objeto detrás de la espesa cortina de maleza, hizo fuego con el instinto del cazador y la seguridad del buen tirador. Un suave quejido, que decía de su certeza, y con el cual aun los animales pueden expresar su agonía mortal, pasó inadvertido para Rubén Bourne. ¿Qué recuerdos se atropellaban en su mente?