Desde la infancia se distingue el tipo femenino del masculino por caractéres fisiológicos que no escapan á una observación discreta; pero las diferencias no se limitan á esto. La sexualidad, dentro del terreno patológico, se manifiesta perfectamente diversa desde ese período de la vida humana en que el indivíduo sólo tiene señalados los rasgos particulares que más adelante han de acentuar los sexos.
Estas modalidades patológicas, notorias ya en la infancia, se marcan más después que la pubertad establece el poder sexual, continuándose con la actividad funcional de órganos que han de extinguirse en la edad de la menopausia, no sin dar lugar á perturbaciones en el organismo femenil.
La aptitud morbosa de la mujer, como la del niño, ofrece, pues, caractéres de singularidad que nos obligan á dedicarle algunas líneas.
La campesina puertorriqueña, anémica por lo general, está sugeta, más que otra alguna, á trastornos funcionales de los órganos de la generación, sobre todo aquellos que dependen de causas predisponentes generales y constitucionales debilitantes, tales como alimentos de mala calidad, temperamentos linfático y nervioso, constitución pobre, etc. De aquí que la amenofánia, (ausencia de la primera evolución catamenial) y la amenorrea (supresión del flujo ya establecido) no sean del todo raras.
La dismenorrea nerviosa, vulgarmente dolor de hijada, es muy frecuente.
La menorragia, ó sea la exajeración del flujo menstrual, se observa también á menudo.
Como todo lo que es capaz de debilitar el organismo es causa de la clorosis, no es de extrañar que una afección caracterizada por el aumento de la parte serosa de la sangre y la disminución de los elementos cruóricos y fibrinosos, sea común entre personas del grupo á que nos referimos.
Entre las lesiones de la inervación, el histerismo nos merece atención especial. Causas bastantes abonan la frecuencia con que se observa esta enfermedad entre las campesinas: las condiciones climatológicas, el temperamento, el tipo moreno dominante, la debilidad constitucional, etc. Los médicos tienen ocasión de comprobar á cada paso que la histeria—mal de corazón, mal de pelea—es un padecimiento corriente.
Debemos señalar, á título de enfermedades comunes, las vaginitis, la procidencia y otras dislocaciones uterinas; no lo son ménos las metritis en sus distintas manifestaciones, las ulceraciones del cuello, los tumores y el mismo cáncer.
La leucorrea, flores blancas, es un padecimiento vulgar; las mismas causas debilitantes á que ántes hemos hecho referencia, el uso de vestidos de poco abrigo y la costumbre de no usar ciertas prendas de vestido interior, destinadas á cubrir partes del cuerpo que conviene preservar de la humedad, facilitan la presentación de este padecimiento.
Durante el embarazo la campesina está sugeta á esa multitud de trastornos que caracterizan la patología de la preñez: vómitos, hemorragias, varices, albuminúria, neurálgias diversas, eclampsia, etc.
La distocia no es más común entre las campesinas que en otros grupos femeninos; pero á causa de las razones que expusimos al tratar de las enfermedades de la infancia, ofrece mayor gravedad. Casi siempre el médico es llamado después que por la comadre ó curiosa se han puesto en práctica multitud de absurdos procedimientos, ofreciéndosele como es consiguiente al práctico dificultades sumas para salvar á la paciente. Si se trata de hemorragias puerperales, que no son raras, por desgracia, casi siempre llega tarde; y en los casos de posiciones viciosas del feto, de ordinario es imposible una oportuna rectificación.
Los cuidados posteriores al alumbramiento son nulos entre las campesinas; el régimen higiénico no existe; la madre deja el pobre lecho pocas horas después del parto, y si bien este mal parece que no las perjudica en el acto, casi todas sufren más tarde las consecuencias, manifestadas en forma de prolapsus uterino, hemorrágias secundarias, etc. No son extraños los casos de fiebre puerperal. En no pocas ocasiones la convalecencia de un alumbramiento no es más que el principio de una tísis que lleva rápidamente al sepulcro á una madre.
Durante la lactancia, hemos observado á menudo que las mamas eran asiento de linfitis, de grietas y de tumores.
La galorrea, ó sea la secreción excesiva de la leche, se presenta con frecuencia.
Por último, los tumores no malignos y el cáncer de las mamas se encuentran en el cuadro patológico de la mujer de nuestros campos.
Ninguna otra afección como el paludismo merece el primer lugar en este estudio, por la importancia que tiene en la patología puertorriqueña. Puede asegurarse que todas las enfermedades que en Puerto Rico se padecen, principalmente entre los campesinos, se relacionan con el paludismo: cuando él no las constituye, á lo ménos las complica.
Ya es franca y abiertamente una manifestación febril cotidiana, tercia ó cuarta, ya una engañosa larvada, ya una perniciosa que reviste las más caprichosas formas; es un verdadero Proteo de la patología, contra el que hay necesidad de vivir alerta para descubrirlo en sus más caprichosos y sorprendentes disfraces.
Siempre fué el paludismo, según todos los médicos que de este asunto se han ocupado, un padecimiento frecuente en Puerto Rico. Ya Fray Íñigo, en el capítulo Enfermedades que más comunmente se padecen en la Isla, decía: "Otra especie de calenturas se padecen en esta Isla y son frecuentes en las vecinas y mucho más en los valles de la tierra-firme: dánlas el nombre de calenturas de costa, de tercianas y otras diferentes. Atacan á los criollos, á los europeos y africanos, especialmente á los que habitan en los valles, tierras húmedas ó meramente desmontadas. La espesura de exhalaciones pútridas que la fuerza del sol levanta de las tierras nuevas y lagunas, impregnan el aire, éste inficciona la masa de la sangre y resultan las calenturas intermitentes que suelen guardar en las accesiones la crísis de tercianas ó cuartanas, cuya duración llega á cuatro ó seis años sin que hasta ahora hayan encontrado medios de cortarlas. Los que llegan á limpiarse de ellas convalecen con mucha dificultad y lentitud, muchos quedan en una debilidad habitual, el cuerpo extenuado y sin fuerzas. Los alimentos sin sustancia y el aire poco favorable para recuperar la salud conducen al paciente de una enfermedad á otra; los que se salvan de las calenturas vienen á morir de hidropesía."
Admira ver cómo el religioso benedictino aprecia las causas esencialísimas del modo de ser de nuestra población. Enseñanza grande nos dá este párrafo por lo que demuestra respecto de las condiciones físicas del habitante de Puerto Rico á fines del siglo XVIII. En él vemos que ya entónces era un hecho la extenuación y debilidad habitual de muchos; extenuación y debilidad que, como era lógico suponer, siguiendo como han seguido actuando las causas del paludismo en los campos, han venido á influir considerablemente en la patología actual de nuestros campesinos.
Nótese bien que todavía en la época de Fray Íñigo, allá por los años de 1781, no había medio con qué cortar las calenturas intermitentes. Se curaban porque sí, ó no se curaban, dejando en el primer caso una debilidad orgánica que ha redundado en perjuicio de la generación presente, generación sobre la cual, preciso es confesarlo, aun puede el paludismo actuar grandemente, gracias á la falta de drenajes, etc., y á la falta de ilustración y escasez de medios, lo cual hace que todavía el quinino no preste toda la utilidad debida entre las gentes del campo.
El doctor Don Calixto Romero y Togores, en sus notas á este capítulo de la Historia de Puerto Rico, decía el año de 1866: "Las fiebres intermitentes siguen siendo uno de los padecimientos más frecuente de la Isla." Habla luego de las causas, ó sea de la influencia telúrica y añade: "Por esta razón, los hombres expuestos á su acción, v. gr., los labradores, la padecen con frecuencia," y concluye diciendo: "Al cabo de cierto tiempo constituyen á los calenturientos en sugetos raquíticos que sufren infartos del bazo ó de éste y el hígado, que determinan á su vez una série de padecimientos que abrevian considerablemente la duración de la vida."
En nuestros dias los médicos que han escrito acerca de este particular, están de acuerdo en declarar endémicas las fiebres intermitentes en la Isla; así lo creen todos los profesores de medicina que practican en la provincia. Hay localidades en las que se extrema la frecuencia del elemento palustre. El doctor Don Antonio J. Amadeo, de Maunabo, y el doctor Don José de Jesús Dominguez, de Mayagüez, han escrito en el sentido expuesto luminosos artículos acerca de este particular. El doctor Don Ricardo Rey, con el mismo motivo, ha dicho hace poco:[5] "Basta recorrer la Isla de Norte á Sud y de Este á Oeste, para observar que uno de los efectos morbosos con que el médico práctico ha de luchar de contínuo, ha de ser el miasma de los pantanos. El suelo, continúa el mismo escritor, en que el astro del dia ejerce su poder, no puede ser más abonado ni reunir mejores condiciones. Por todas partes se observa una exuberante vejetación. No hay lugar en que el médico lo mismo que el botánico no admiren la rica flora que presenta la Isla; pero también admira y causa al mismo tiempo dolor, contemplar inmensos focos de infección producidos por múltiples pantanos, por ciénegas infinitas, por aguas sin corriente, que cubiertas de flores y verdor, rodeadas de impenetrables bosques, ofrecen á sus habitantes un constante y deletereo elemento que viene dia tras dia, generación tras generación, ejerciendo su influencia morbífica."
Efectivamente, dia tras dia, generación tras generación vienen actuando sobre el puertorriqueño y de un modo especial sobre el jíbaro las influencias reunidas del calor, la humedad y las sustancias orgánicas vegetales, que son los elementos necesarios para que—verificada la descomposición de las últimas—se desarrollen las calenturas intermitentes y remitentes que actúan todo el año en los campos de la Isla, en donde encuentran organismos ya predispuestos á padecerlas por el hambre y otras causas debilitantes.
No somos nosotros los primeros en decirlo: el escritor que acabamos de citar, en su estudio ya referido, lo ha dicho ántes que nosotros: "Existe, vive en esta Isla una población, y no es la ménos numerosa, vejetando (permítaseme la frase) entre ciénegas y pantanos, sostenida con alimentos vejetales y bebiendo agua fangosa." Expone luego el deber en que está la administración de hacer desaparecer esa causa de paludismo, y de ella "espera que un pueblo enfermizo y de poca vida se convierta en sano y viril."
Ciertamente, el campesino puertorriqueño es enfermizo; por muchos otros motivos, pero indudablemente á causa del mismo paludismo que, produciendo la caquéxia palúdica, nos le presenta con semblante abofado; le produce infiltración del tejido celular subcutáneo, le dá á la piel color terroso sucio, á su mirada languidez, á las conjuntivas exangües blancuras, á los miembros laxitud general, cortedad á la respiración, palpitaciones irregulares al corazón, hinchazones al hígado y bazo, é hidropesías, en fin, que todas estas lesiones suelen ser consecuencias de tan poderoso veneno.
Tócale á la anémia, en órden de importancia, lugar análogo al del paludismo. Enfermedad propia de los climas tórridos, amaga á todos los habitantes de la Isla, agobiando á la mayoría de los campesinos puertorriqueños. La influencia térmica del medio ambiente basta por sí sóla para producir la anémia. Aun en los climas templados se observa, durante el verano, cuando los calores han sido fuertes, que muchas personas pierden el apetito, se sienten incapaces de desarrollar su actividad ordinaria, palidecen; en una palabra, están bajo el influjo de un ligero grado de anémia. ¡Con cuánta más razón no ha de ser general este padecimiento en una zona cuya temperatura constante es alta todo el año!
En tésis general podemos decir que el habitante de los trópicos está sugeto á la anémia por el sólo hecho de la temperatura que soporta; pero esto tiene sus limitaciones individuales. Hay razas organizadas para sufrir los calores tropicales sin menoscabo de la salud, y otras que, aún no estando tan bien dotadas por la naturaleza, proceden de climas cálidos, han nacido en la zona ó tórrida, se han aclimatado y viven bien, aunque ligeramente anémicos; porque la anémia dentro de ciertos límites, mientras la cantidad y la calidad de los glóbulos sanguíneos no disminuye de un modo considerable, es compatible con la salud, y hasta se ha considerado como necesario y saludable acomodamiento del organismo al clima. Claro es que si pasa de estos límites, constituye un estado morboso.
Para la raza originaria de África, por ejemplo, la acción del clima puertorriqueño, por lo referente á la temperatura, no es perjudicial; para los europeos la acción morbosa de la temperatura será tanto más sensible, cuanto mayor sea la discrepancia del clima en donde nacieron, con el de este país; y por lo tanto, cuanto de más hacia el Norte procedan, más en peligro estarán de ser víctimas de la anémia térmica; sus condiciones funcionales orgánicas están muy distantes de las que les serían necesarias para resistir el ardiente sol de los trópicos. Por razones opuestas, los europeos nacidos en las zonas cálidas están mejor dispuestos para acomodarse á las necesidades del clima, y he aquí explicado por qué los españoles han prosperado y dejado descendencia viable en estas regiones, cosa que no han logrado otros pueblos.
En efecto; la península Ibérica está colocada entre las líneas isotermas de +15° y +20° formando parte de la zona comprendida entre las líneas isotermas +15° y +25° ó sea la región de los climas cálidos. Puerto Rico está comprendido en la zona que desde la línea isotérmica +25° va hasta el Ecuador termal; su temperatura media, según las observaciones meteorológicas hechas por la Jefatura de Obras públicas, en San Juan es de 26° en invierno y de 28° en verano; pero en el interior es indudablemente más baja; por lo cual la divergencia climatológica no resulta tan extrema como la latitud geográfica. Así se comprende que los españoles, y sobre todo los de la parte del medio-dia, hayan podido fundar sociedades permanentes en estas Islas; están en condiciones de adaptación de que carecen el alemán y el ruso, nacidos en zonas contenidas entre las líneas isotermas +15° y +5°.
Si el padre ha triunfado de las condiciones térmicas, por las leyes de la herencia se explica que el hijo vaya ganando en facilidades para habituarse á las influencias del nuevo clima; y así es: los descendientes de europeos soportan el clima mejor que sus progenitores, con sólo ese ligero grado de anémia de que ántes hemos hablado.
Esto no quiere decir que el campesino puertorriqueño de orígen europeo, no pueda ser víctima de la anémia morbosa, dependiente del clima tórrido que habita; de la anémia habitual y compatible con el ejercicio normal de las funciones orgánicas á la morbosa grave, el paso se efectúa con facilidad; pero hay que tener en cuenta, que la temperatura en los campos, sobre todo en las alturas, es notablemente más baja que la arriba citada, y por lo tanto más soportable, por lo cual nos permitimos asegurar que los casos de anémia tropical pura, exclusivamente debidos al calor excesivo, son escasos.
En cambio la anémia dependiente de otras causas es común; organismos ya predispuestos, fácilmente se vuelven anémicos á poco que hayan sufrido una enfermedad grave, una pérdida de sangre, etc.
Todas las causas, pues, que en otros países son capaces de determinar la anémia, obran con mayor facilidad en el campesino borincano. En las mujeres, el alumbramiento es casi siempre motivo de anémia; la lactancia, con más razón. ¡Cómo no había de ser así cuando á las naturales pérdidas orgánicas propias de esos actos, hay que añadir la insuficiencia de la alimentación!
No podemos prescindir de ocuparnos de este particular cada vez que se nos presenta ocasión de hacerlo. Tenemos, según hemos visto, que el país, por sí mismo, basta para que el hombre que lo habita se vuelva algo anémico y aun que sucumba á la anémia. ¿Qué hay que esperar que suceda cuando la alimentación es insuficiente y á veces de pésima calidad? Ya ántes hemos mencionado las sustancias que componen la mesa del jíbaro; pero nos falta añadir que muy frecuentemente algunas de esas sustancias las consume dañadas; hemos visto en no pocas ocasiones expender, principalmente las arenques, el bacalao y el pan de tan pésima calidad, que debía haberse prohibido su venta. En este particular es preciso hacer constar que la avaricia y el poco escrúpulo de algunos especuladores raya en lo increíble. Hay quien se enriquece en poco tiempo acaparando el dinero del infeliz labrador á cambio de los desechos de los almacenes de las poblaciones, alimentos podridos que se adquieren á bajo precio, para venderlos al jíbaro, en vez de elementos reparadores de su empobrecido organismo; sustancias que no sólo no le nutren, sino que pueden enfermarle. Por desgracia la falta de una organización sanitaria hace posibles estos delitos, verdaderos agiotajes con la sangre del pobre labrador.
Cierto que el jíbaro es poco escrupuloso y se conforma con que le cueste barato el alimento, aunque la inanición le consuma; pero esto no es razón para dejar que se le explote. Bastante hay ya con que de por sí sea sóbrio; admira verle satisfecho con encontrar bajo un árbol de mangó mesa puesta mientras dura la cosecha, y consumir el fruto aun ántes de que madure.
Es de notar que el jíbaro no usa el maiz con la frecuencia que debiera; prefiere el arroz, aunque no es tan nutritivo; este cereal que á menudo consume sin otra preparación que la de cocerle con agua y sal, le produce opilaciones. En ciertos casos, ántes de estar completamente formado el grano, se sirve de él como alimento; corta las espigas todavía verdes, tuesta el grano y satisface su hambre á cambio siempre de la pobreza nutritiva.
Otra de las causas de anémia consiste en la mala calidad del agua. El campesino en muchas localidades bebe la que tiene más cerca, aunque sea poco potable. Los estímulos que emplea para activar la digestión, el uso del alcohol como compensador de su régimen alimenticio, y el abuso del tabaco mascado, son causas que contribuyen á la enfermedad de que venimos tratando.
Al paludismo, á las causas debilitantes de una alimentación escasa y de mala calidad y á las enfermedades producidas por un régimen higiénico detestable, debemos atribuir principalmente la anémia del campesino puertorriqueño. Sáquesele de ese régimen y se le verá perder ese acentuado color pálido, tan frecuente entre los jíbaros. El clima debilita un poco, pero el daño no lo produce solamente el calor, lo hacen más acaso las transgresiones indicadas.
Aunque no tan generalizadas como la anémia, pueden citarse la clorosis y la leucenia misma, como padecimientos del campesino.
La escrofulósis es más común; hiere á un considerable número de indivíduos de este grupo. Y se explica: en los campos los enlaces entre parientes cercanos no son raros; no es extraño tampoco encontrar viejos empeñados en trasmitir una vida que se les escapa, y personas caquécticas vemos á cada paso llenas de numerosa familia; los hijos que de estos enlaces nacen, están, casi todos, condenados á ser víctimas de la escrófula. Si á esto añadimos las causas debilitantes de que ántes hemos hecho mención, no nos sorprenderá que el escrofulismo se haya enseñoreado de los campos de Borínquen.
Las enfermedades más comunes del aparato digestivo son las dispepsias, gastritis, gastrálgia; ésta, llamada por el vulgo pasmo y confundida con el tétanos, no es más que una neurálgia del estómago dependiente de la anémia, de la clorosis, del abuso del café, de las especies ó de un simple enfriamiento.
Entre las afecciones de este aparato, las diarreas agudas y crónicas, gastro-enteritis, disentería aguda y crónica, son las que juegan un papel más importante en la patología rural; las impresiones repentinas de la humedad á causa de los inopinados cambios atmosféricos, la mala calidad de los alimentos, las caquexias, la elevada temperatura de la estación calurosa, las malas aguas, todo esto dá razón de aquella importancia.
Las aguas impuras y el uso de las carnes de cerdo que contienen gérmenes de ténia—equinococos—exponen al campesino á padecer de lombrices.
La hidropesía ascitis se encuentra á menudo, ya desarrollada bajo la influencia de obstáculos circulatorios de la vena porta—enfermedades del hígado—ó de la cava—enfermedades del corazón—ya debida á la caquéxia palúdica, á la enfermedad de Bright, que es más frecuente de lo que pudiera creerse, á lesiones peritoneales y á un sencillo enfriamiento, sobre todo cuando la anémia existe como causa predisponente.
La dispepsia, la malaria, la disentería, aparte de la acción térmica del clima, son causas de que el hígado y el bazo sean frecuentemente asiento de lesiones crónicas—congestiones, infartos é inflamaciones. Los abscesos del hígado no se observan sino excepcionalmente. La ictericia catarral es común. En cuanto á la cirrósis hepática, su patogénia nos dice que la hemos de encontrar á cada paso. Paludismo crónico, enfermedades del corazón, alcoholismo, abuso de especias, son otras tantas causas de producción del padecimiento.
La peritonitis no es afección extraña á la patología del campesino.
Al ocuparnos de los venenos morbosos humanos, por lo que se refiere á las fiebres eruptivas, nos remitimos á lo dicho en la patología de la infancia.
La fiebre tifoidea reviste caractéres especiales que han dado lugar á que se niegue por inteligentes médicos su existencia en Puerto Rico, y que por otros se la llame tifóica para reconocer sus caractéres físicos sin declarar que sea la verdadera tifoidea; no es este el sitio de discutir si son ó no legítimas tifoideas todas las pirexias de larga duración con síntomas atáxicos y adinámicos que en esta isla se observan; pero no puede negarse que la tifoidea, aunque sea rara, existe en el país.
La fiebre amarilla castiga también á los campesinos; pero más á los blancos que á los negros, los cuales tampoco están exentos de padecerla. Cuando reina una epidemia de tifus amarillo en alguna población de la costa, son invadidos los campesinos que residen en la localidad epidemiada ó vienen á ella; á veces, aún en los mismos pueblos del interior se desarrollan epidemias mortíferas de vomito negro.
Otras pirexias se encuentran en la patología puertorriqueña, tales como las fiebres gástricas, biliosas, remitentes biliosas, etc.
Debemos citar la erisipela como exantema febril que complica á veces los traumatismos y úlceras, ó se presenta espontáneamente; pero es bueno advertir que por el vulgo se comprende bajo la misma denominación la linfagitis—inflamación de los vasos ganglios linfáticos de suma frecuencia y que se presenta á causa de simples picaduras, de la presencia de niguas ó de ligeras heridas.
Los venenos de orígen animal están representados por la rabia, que es una enfermedad rara; por el muermo, que lo es ménos, pues facilita el contagio el poco cuidado y ninguna medida de aislamiento que se toman con los caballos muermosos; la pústula maligna, picada de la mosca, suele propagarse por las mismas causas, es decir, por el descuido en que se tienen los animales enfermos, la despreocupación en utilizar los cueros de reses muertas de la epizootia, y los malos enterramientos de los animales que sucumben á causa de enfermedades carbuncosas.
Á otras infecciones ménos importantes están expuestos los campesinos; tales son las picaduras de insectos, principalmente del alacrán, escolopendra (cienpiés), arañas, que no suelen por lo general tener consecuencias funestas.
Á título de enfermedad muy general en los campos tócanos hablar del reumatismo; este padecimiento que tiene preferencias por los organismos pobres y por las personas sujetas á privaciones, necesario es que lo encontremos además entre una clase que, por las necesidades de su trabajo, se expone á menudo á las influencias atmosféricas más variadas, y que, sin embargo, se viste muy pobremente, lo necesario para no herir el pudor—y se aloja en casas pésimamente construidas, incapaces de resguardar á los que las habitan de las inclemencias del tiempo.
La nefritis catarral, la enfermedad de Bright, la uremia y la litiasis, proporcionan casos de observación al médico. Como queda indicado, el mal de Bright es más frecuente de lo que parece. Obedece á la caquéxia palúdica, al alcoholismo, á enfriamientos y á otras causas que actúan sobre los campesinos.
No faltan lesiones de la próstata de orígen venereo, dependientes del hábito de montar á caballo, etc. La cistitis es también afección corriente.
Pericarditis, endocarditis, lesiones valvulares, palpitaciones nerviosas, angina de pecho y aneurismas, representan la patología del aparato circulatorio.
Los órganos de la respiración, que se afectan por muy distintas causas, también son asiento de enfermedades entre las cuales el sencillo coriza, la laringitis, bronquitis, asma, pulmonías y pleuresías dan su contigente á la enfermería rural.
La tuberculosis, enfermedad tan común de los organismos debilitados, se hace cada dia más general entre nuestros campesinos.
El aparato de la inervación nos ofrece los meningitis, las inflamaciones del encéfalo, la anémia cerebral, el hidrocéfalo, las lesiones medulares, diversas neuroses-epilepsia-corea y las parálisis.
Pero entre las neurosis son las más frecuentes la jaqueca, las neurálgias y sobre todos el tétanos. Esta dolencia es sin género de duda bastante frecuente; suele aparecer á causa de un simple enfriamiento ó después de haber sufrido un traumatismo; en ocasiones basta el pinchazo de un alfiler, una ligera rozadura, la extirpación de una nigua. Pretenden los jíbaros precaverse del tétanos usando el tabaco mascado.
Las enfermedades de la piel más comunes son el acné, las eczemas y herpes. La elefantiasis de los griegos es aquí rara; pero la elefantiasis de los árabes está muy extendida entre las clases pobres. Favorecen el desarrollo de esta enfermedad las condiciones climatológicas y la influencia de la humedad del suelo—la inmensa mayoría de los campesinos andan descalzos.—Generalmente el punto de partida del padecimiento es una leuco-flegmasia que aumenta á cada ataque de linfitis, hasta que se manifiesta en toda su horrible deformidad la elefantiasis.
Al alcoholismo y á la locura paga su tributo también el campesino. Resultado de un vicio, el primero, va generalizándose entre hombres y mujeres lo bastante para hacernos temer por la degeneración de la especie, trasmitiéndose, como se trasmite, el envenenamiento alcohólico de padres á hijos. La afición á los alcoholes es general entre las clases proletarias de todas partes, como que obedece á las exigencias del organismo que pide combustible para entretener la vida, cuando los alimentos no se toman en la cantidad necesaria, ni son de calidad nutritiva suficiente. Por lo mismo, pues, que se conoce su causa es más sensible su generalización.
En cuanto á la locura, no son extraños á su manifestación los comunes enlaces entre parientes cercanos; tampoco faltan las monstruosidades para completar esta parte del cuadro patológico que venimos bosquejando.
Llama particularmente la atención de los cirujanos que ejercen en Puerto Rico, la facilidad con que se cicatrizan las heridas de todas clases. Casi ningún campesino ocurre al médico cuando sufre una herida, y aun tratándola del modo peor posible se cicatriza aquella rápidamente. Más frecuentes son las hemorragias tenaces de pequeños vasos que no deberían dar un chorro tan abundante, á tener el herido una sangre más rica en elementos plásticos. Las operaciones se practican con un éxito asombroso en este país, sin que la fiebre ni el delirio traumáticos intensos, ni las supuraciones, ni la absorción purulenta, las compliquen casi nunca.
Entre las enfermedades quirúrgicas, suelen encontrarse con frecuencia casos de úlceras de las piernas, rebeldes á todo tratamiento.
Entre los tumores que más comunmente padecen nuestros campesinos citaremos los fibromas, lipmass, el sarcoma á veces, frecuentemente los quistes, adenomas y cáncer.
He aquí trazada á vuela pluma la patología del campesino puertorriqueño; las enfermedades á que están sujetos esos infelices que viven diseminados por los campos de la isla, en la ignorancia, sin que puedan contar, cuando se enferman, con otra cosa que con la visita del médico, visita que resulta estéril á veces, porque si el pobre campesino consigue los medicamentos prescritos nunca es con la debida oportunidad, y se dan casos de no conseguirlos. En ocasiones hasta el médico les falta, porque, aún queriendo cumplir los dignos profesores titulares que casi todas las poblaciones tienen, no pueden hacerlo; carecen del tiempo material para acudir á barrios extremos, á donde se tarda dos ó tres horas en llegar, corriendo pésimos caminos y atravesando peligrosos rios. No es de extrañar que entre una clase sometida á estas circunstancias prosperen tanto los curiosos, curanderos y yerbateros de toda clase.
Desde luego se advierte en la reseña que acabamos de hacer, que un considerable número de las enfermedades en ella citadas no excluye á ninguna clase social, mientras que otras, ménos numerosas, se encuentran más frecuentemente en indivíduos del grupo humano que estudiamos. Algunas hemos visto que son enfermedades propias de éste y de análogos climas, y otras que son comunes á diversas regiones geográficas. Por último, esas dolencias no afectan de igual modo á indivíduos de diversas razas.
Este asunto, como se vé, es interesantísimo: la consideración de la patología humana desde el punto de vista del clima y en cuanto se relaciona con las razas, dá lugar á deducciones de importancia suma; como que el porvenir de toda colonia depende tanto de las circunstancias climatológicas, como de las aptitudes de la raza fundadora para resistir á las morbosas influencias del nuevo suelo. Para Puerto Rico mismo, colonia ya estable, y aún para los campesinos, circunscribiéndonos á nuestro problema, no deja de tener interés la materia de que vamos á ocuparnos.
El paludismo, que hemos dicho se ceba en la población rural, si bien no perdona al negro ni al mestizo, hace mayores estragos entre los blancos; no solamente las formas simples de las intermitentes palúdicas, sino también las perniciosas, formas gravísimas del envenenamiento palustre, son más comunes entre estos que entre aquellos. Por rareza se encuentran negros, de raza pura, caquéticos á consecuencia de la malaria. Ya en los mestizos se observan más casos de caquéxia, aunque nunca tantos como entre los jíbaros de orígen caucásico. Y no es que el organismo del hombre de color no resista tanto como el del blanco y sucumba con los grados de intoxicación malárica que éste soporta; nosotros, al ménos, creemos lo contrario: el negro resiste más al envenenamiento, por condiciones orgánicas que le dan esta ventaja; condiciones orgánicas acaso no muy precisadas, pero que probablemente consistirán en una fuerza eliminadora grande que se opone á que su organismo llegue á la dósis de infección necesaria, ó en que los gérmenes del paludismo encuentren un terreno pobre, ya que no estéril por completo, para desarrollarse tan á sus anchas.
Por lo que respecta al paludismo, puede asegurarse que la raza blanca tiene mejores disposiciones que la raza negra para contraerlo, y está en condiciones más desfavorables para exponerse á sus influencias.
Otro tanto puede decirse de la anémia tropical.
La anémia dependiente por modo exclusivo del clima afecta al blanco y deja indemne al negro; excepcionalmente padecerá un negro de anémia debida sólo á la temperatura de la zona tórrida. Habrá sin duda casos de anémia en esta raza, como los hay entre los habitantes de los climas templados, pero desde luego serán la excepción; y de ordinario la anémia, en los sujetos de color, será debida, la generalidad de las veces, á hemorrágias, fiebres ú otras causas.
El hombre blanco, sometido á la acción del calor constante, se vuelve anémico sin que otra causa tenga que influir para ello; obedece esto á condiciones orgánicas por virtud de las cuales no le es dado resistir impunemente á las influencias climatológicas de estas latitudes. Su gasto orgánico es más considerable que el del negro, no puede bastarle la escasa alimentación con que éste se satisface, y como la pérdida del apetito y la debilidad digestiva no le permiten nutrirse como es debido, resulta que, además del calor, causa primera de tales trastornos, contribuyen estas concausas á desarrollar la anémia en un plazo breve.
Por opuestas razones está el oscuro africano ménos expuesto á este padecimiento. Dijimos, al ocuparnos de la anatomía, que la piel del negro es más espesa y que se advierte en ella una turgencia que la hace fresca al tacto; explicamos entónces, dentro de lo posible, estos rasgos diferenciales de razas, á los cuales se unen otros sobre los que vamos á insistir un poco.
Si observamos dos trabajadores, uno blanco y otro negro, sometidos á igual faena en condiciones análogas, notaremos muy pronto que el último empieza á sudar ántes y suda de una manera más copiosa que el primero; de este hecho podemos deducir, sin violencia, que el negro posee un aparato glandular sudorífero más desarrollado y por consiguiente de una actividad funcional superior, como en efecto parece que ocurre.
Las condiciones de la secreción sudoral también son distintas en uno y en otro. Mientras el sudor del blanco apénas hiere el olfato, el del negro tiene un olor penetrante; diferencia debida á la mayor riqueza en ácidos graso valérico, fórmico, butírico y otros que, dando lugar á combinaciones complejas de estos elementos con sales sódicas y de potasa, y aún con otros productos de eliminación cutánea, le comunican ese carácter distintivo que falta de ordinario en el sudor del blanco, en cuya secreción sudoral sólo se advierten trazas de algunos de esos principios.
Pero esa misma riqueza en los ya dichos ácidos, de naturaleza volátil, es un arma defensiva contra el calor. Pocas personas habrán dejado de experimentar la refrigeración que se produce en la piel, cuando se vierte sobre ella una sustancia que se volatiliza rápidamente; pues bien, el sudor del negro, evaporándose con mucha celeridad, á causa de la composición química indicada, ejerce una acción refrigerante bienhechora, que es más tardía y mucho ménos intensa en la piel del blanco.
Ahora bien; sabemos que si por el pulmón se elimina calor, por la piel esta eliminación es casi nueve veces mayor. La transpiraría cutánea, que con la respiración pulmonar y la digestiva constituyen los principales reguladores del calor de la máquina animal, según Lavoisier, son "tres factores que no pueden olvidarse, dice Lacasagne, cuando deseamos apreciar la influencia de la temperatura exterior en los diversos climas."
Si recordamos con Gavarret que "en igualdad de circunstancias, la resistencia del hombre al calentamiento en los diversos medios de temperatura elevada que le rodean se halla en razón directa de la cantidad de vapor acuoso que en el mismo tiempo puede formarse en la superficie de la piel y mucosa respiratoria," comprenderemos fácilmente la mayor resistencia del negro, que suda más y evapora más rápidamente su sudor, para las temperaturas elevadas.
Á esta actividad funcional de la superficie cutánea, además de otras circunstancias en cuyos detalles no entraremos por no hacer prolijo este apartado, débese principalmente que el negro resista, sin anemiarse, altas temperaturas, que conserve sus fuerzas y su salud, allí donde el blanco se anémia y pierde fuerzas y salud. Á beneficio de tales disposiciones orgánicas su actividad nutritiva se mantiene en límites que están en consonancia con el clima tórrido, y á ellas debe el mantener un equilibrio conveniente, al habitante de la zona tórrida, entre la producción y la eliminación del calor.
La escrofulósis, que obedece á causas debilitantes, claro está que ha de ser frecuente en organismos débiles. La pobreza constitucional del jíbaro blanco, castigado por el paludismo y por la anémia, le predisponen al escrofulismo. Por razones fáciles de apreciar y que deben buscarse en las circunstancias á que en no pocos casos deben la existencia gran número de mestizos, se encuentran entre éstos muchos escrofulosos.
Las enfermedades del aparato digestivo, sin que dejen de padecerse por la raza de color, nos han parecido más rebeldes en la raza blanca.
La tuberculosis se halla muy generalizada tanto entre los blancos y los mestizos como entre los negros; pero en los primeros, que tienen mayor capacidad respiratoria que los últimos, un torax más desarrollado, se nota mayor resistencia á los progresos de la enfermedad; en general todas las enfermedades del aparato respiratorio son de marcha insidiosa y grave en el hombre de color.
Lo mismo debe decirse acerca de las enfermedades febriles: la tifoidea, las biliosas, ofrecen mayor gravedad en el negro porque su resistencia individual es menor, desfallece ántes que el blanco. En la misma fiebre amarilla, que sólo por excepción padece el negro, reacciona torpemente, y con dificultad.
En cuanto al tétanos, créese por la generalidad de los observadores que hace mayor estrago en los niños recién nacidos de la raza de color que entre los de la raza blanca. El tétanos, dicho espontáneo, a frigore, si aceptamos como causa inmediata del padecimiento una impresión brusca de aire frio en un cuerpo sudado, compréndese que sea más común en el negro.
Aunque la elefantasis de los árabes no es padecimiento exclusivo de la raza negra, sin duda alguna es más frecuente entre los indivíduos pertenecientes á ella.
De lo poquísimo que en materia tan vasta hemos podido decir, algunas deducciones pueden hacerse. Aparte de las ya hechas en el estudio del paludismo y la anémia, podemos sacar otras consecuencias relativas al trabajo del jíbaro, de lo cual nos ocuparemos en su oportunidad.
Para reconocer la importancia de este estudio sobran razones; pero veamos cómo aún en un terreno tan limitado como lo es el de la Isla de Puerto Rico, el instinto humano se acomoda á la ley de la patología y del clima.
El jíbaro blanco apénas viene, á ménos que esté muy necesitado, á las poblaciones de las costas á buscar trabajo; en cambio el negro abandona el interior y se aglomera en las poblaciones de las costas. ¿Obedece esto á un capricho? No ciertamente; es que en la costa la fiebre amarilla aflige al jíbaro blanco y respeta al negro; y es, además, que el negro es muy sensible al frio y huye del fresco del interior, mientras que el blanco le teme al calor del litoral.
Ya dijimos que en las regiones del Norte de los Estados Unidos de América no prospera el negro. En Europa se ha observado lo mismo; dice el Dr. Baudin que en 1817 fué de guarnición á Gibraltar un batallón de negros, el cual, durante los 22 meses que estuvo allí, perdió un 6.20% de su contingente, mientras los soldados blancos sólo perdieron un 2.14%. Cuando las enfermedades del aparato respiratorio figuran en las estadísticas de morbosidad de los batallones de blancos como 0.53%, en los negros llegaron á un 4.30%. Este hecho es de gran valor, porque se refiere á un clima como el de Gibraltar, suave, puede servirnos sin que resulte inaplicable á Puerto Rico para darnos la explicación del aflujo de negros á la costa. En cuanto la libertad les permitió establecerse á su gusto abandonaron las alturas, huyendo instintivamente de las temperaturas frescas de la isla, en donde los blancos se sienten mejor, y buscaron el calor que es necesario al organismo del hombre de color.
En este mismo órden de ideas mucho podría decirse, pero no es la ocasión de tratar tan ámplia materia; procuraremos, no obstante, al ocuparnos de la manera de remediar las malas condiciones físicas del campesino, y dentro de los límites en que nos ha sido dado abarcar este tema, hacer aplicaciones al estudio local que venimos haciendo.
Á tres orígenes podemos referir las causas á que obedece el modo de ser físico del campesino puertorriqueño. Son ellos la herencia, las circunstancias climatológicas y las condiciones higiénicas en que ha vivido y vive todavía el jíbaro.
Por lo que hace relación á la herencia, impórtanos recordar algunas de las circunstancias en que se realizó el descubrimiento de América, empresa, juzgada fabulosa, y para la cual necesitó emplear el audaz marino que la llevó á término feliz toda su constancia. Sin su perseverancia habría desistido ante los desaires con que por todas partes le recibían; aún en la misma España, destinada á dar vida nueva á un mundo, á no ser por la influencia de amigos entusiastas, habrían despedido definitivamente á Cristóbal Colón, como lo habían hecho ya de otras cortes.
Pero el "loco" se obstinaba en revelar un mundo desconocido; y mendigando, iba ofreciendo de puerta en puerta la ignota tierra americana llena de maravillas. Á pesar de la Asamblea de Salamanca, Colón debía triunfar; los destinos providenciales indefectiblemente se cumplen en la hora precisa y se ejecutan por el destinado á realizarlos. Los Reyes Católicos, que acababan de engrandecer á España con la conquista de Granada, concluyeron por aceptar los planes del ilustre genovés y se aventuraron á ayudarle en la gigante obra. El hallarse á la sazón la corte en Granada, estar la villa de Palos obligada á facilitar á Sus Altezas dos carabelas por seis meses para lo que se les mandase, y el ser "buenos y cursados hombres de mar" los habitantes del célebre puerto citado, fueron circunstancias favorables para la realización del gran acontecimiento.
Las condiciones excepcionales de los españoles para todo género de aventuras guerreras, estaban ya probadas en aquella época de la historia en que España ocupaba un lugar distinguido como nación; roto el último eslabón de la cadena árabe, la independencia, con ser suceso gloriosísimo, no era sino el comienzo de próximas grandezas que había de alcanzar en reinados posteriores. Pero aparte de esto, por circunstancias geográficas del suelo español, eran sus hijos los que estaban mejor dispuestos para soportar la acción del clima tórrido á que debía arribar Colón; y de España, precisamente Andalucía, la región más meridional, de donde convenía que el descubridor sacase los primeros compañeros de fatiga en aquellos gloriosos dias. Seguramente si los primeros europeos que pisaron el suelo americano no hubiesen tenido la ductilidad orgánica que convenía para vivir en las nuevas tierras descubiertas, se habría retardado la conquista de América.
Andaluces eran en su mayor parte los compañeros de Colón, y cuando más tarde se verificó por Ponce de León la conquista de Puerto Rico, la corriente de inmigración andaluza fué la más nutrida de las que llegaban á la Isla. Por las condiciones de esta, relativamente pobres, y á causa de las riquezas que las otras regiones americanas brindaban, podemos suponer que en Puerto Rico sólo permanecían aquellos inmigrantes obligados por los cargos oficiales que desempeñaban, y los que estaban dotados de un carácter sosegado y preferían á las aventuras guerreras del Continente, la vida en esta isla, fácilmente dominada, en donde la raza indígena había casi desaparecido y mermaba á ojos vistas, y en donde, por consiguiente, salvo las rivalidades entre los dominadores, se gozaba de tranquilidad.
Ahora bien; tales condiciones de carácter suelen, por lo común, ir unidas á un convencimiento íntimo de gran superioridad, ó, por el contrario, á cierta debilidad orgánica. En una época de guerreros como aquella, en la que además existía el incentivo de riquezas nunca soñadas, para los exploradores atrevidos, no hemos de suponer que la gente cuyo temperamento fuese inclinado á la lucha, se quedase en Puerto Rico, haciendo una vida poltrona; las personas, sinó débiles, por lo ménos no tan bien dotadas por la naturaleza como las otras, que encontraban aquí ciertas facilidades en la lucha por la existencia, eran las que aquí permanecían voluntariamente; y que estas facilidades se hallaban, lo confirma D. Alejandro O'Reylly cuando informa acerca de la gente que pobló á Puerto Rico: "Soldados sobradamente acostumbrados á las armas para reducirse al trabajo del campo, Polizones, Grumetes y Marineros desertores, gente por sí muy desidiosa, inaplicada, perezosa"—(y por lo tanto cuya organización física no sería de las más vigorosas, porque el vigor físico y la pereza son incompatibles), "que se mantenía de leche, verduras, frutos y alguna carne conseguidos con muy poco esfuerzo."
Pero aún descartando estas razones, tendríamos bastante para sospechar el influjo de la herencia en la debilidad actual del campesino, con la sola consideración del orígen andaluz de sus progenitores; porque es innegable que los climas cálidos no producen organizaciones tan robustas como los climas templados; y el clima de la Bética, de cuyas excelencias se ocuparon los escritores griegos y romanos, al fin tiene prolongados estíos durante los cuales reina excesivo calor que debilita el organismo. Así, pues, la herencia juega un papel atendible en los caractéres físicos del jíbaro.
Examinemos otro más principal, cual es la influencia climatológica del país.
No se ha hecho todavía un estudio científico, completo, del clima de Puerto Rico. El ilustrado anotador de la Historia de Puerto Rico, D. José J. de Acosta, lamenta, como nosotros, esa falta, pero es justo reconocer que algo ha empezado á hacerse con objeto de subsanarla. La Jefatura de Obras Públicas verifica hace años observaciones meteorológicas, interesantísimas por muchos conceptos, que han de servir de base al estudio deseado. Dichas observaciones sólo se hacen en San Juan, por lo cual entendemos que la temperatura media que en ellas se consigna no debe tomarse como la media de la Isla, pues sabemos cuánto hace variar la temperatura de un paraje su altura sobre el nivel del mar y otras causas que originan los climas parciales dentro de un mismo país, siquiera sea tan pequeño como Puerto Rico; pero así y todo recurriremos á esta fuente, por ser la única que nos merece fé.
La isla de Puerto Rico forma parte del archipiélago de las Antillas. Situada en la zona tórrida, se extiende unos 170 kilómetros de E. á O. y 65 de N. á S. teniendo próximamente una superficie de 10,000 kilómetros cuadrados. Bañadas sus costas por el Mar de las Antillas, hállase entre los 17° 54' y los 18° 30' 40" de latitud N. y su latitud O., según el Mediterráneo de Cádiz, entre los 59° 20' 26" y los 60° 58' 52".
La altura de sus tierras y montañas sobre el nivel del mar, varía según los accidentes topográficos; así no hay para qué decir que existen en este particular notables diferencias entre las poblaciones de la costa de la Isla y las situadas en el interior; por ejemplo, Cayey á 600 metros de altura sobre el nivel del mar, Aibonito y Adjuntas á 800 metros y aún podríamos citar el Yunque de la sierra de Luquillo á 1,520 metros, la altura de Peñuelas á 908 metros, el Torito de Cayey á 907 metros y otras; pero con las mencionadas bastan á nuestro objeto.
El terreno de la isla también varía. Según la opinión de D. José R. Abad, expuesta en su notable trabajo "Puerto Rico en la Feria Exposición de Ponce," las cordilleras Central y de la Sierra de Luquillo "han constituido, en sus orígenes, una masa más compacta y unida y sus mesetas han sido rotas y disgregadas por las primeras convulsiones volcánicas de orígen submarino."
Encuentra el Sr. Abad "en las vertientes de las altas montañas, mezclas de rocas de granito, mica, feldespato y antracita con las formaciones plutónicas de los terrenos terciarios; en diferentes direcciones de las vertientes de la Cordillera Central grandes conglomerados calizos. En las explanadas estepárias que unen en el interior algunas montañas entre sí y se extienden por el litoral hasta algunas millas del mar, materias terreas saturadas de sales minerales en fusión, particularmente de peróxido de hierro; aparte de esto existen territorios de formación moderna; terrenos de aluvión, formados por los acarreos é inundaciones de los rios, y bancos de arena, terrenos ganados al mar (manglares) y pantanos de agua dulce."
Los vientos reinantes en la isla son distintos según los meses del año en que se observen; el N. y el N. E., frios é impregnados de humedad, dominan durante la estación fresca que suele ser de Noviembre á Febrero, en el resto del año reinan las brisas frescas ó los vientos del Sur, calientes, sobre todo de Julio á Octubre.
Supónese que cada litro de agua produce unos 1,700 litros de vapor. Por este hecho deduciremos cuán cargada de humedad estará por lo común la atmósfera de la isla de Puerto Rico teniendo tan cerca esa gran masa de agua de mar que la rodea, y siendo además el país tan rico en aguas; existen considerable número de rios y siete lagunas, aparte de otros depósitos de agua ménos importantes, que son otros tantos focos de evaporación; así se explica que la media humedad relativa, representada por 100 la saturación, llegue en la capital de la isla á 77. Á esto hay que añadir las lluvias, abundantes en la costa Norte principalmente.
La temperatura media de la capital, calculada en un período de seis años, es de +26° 29' y la correspondiente á los años 1886 y 1887 de +25° 75' y +25° 44' respectivamente, con una presión media barométrica de 762.00 para el año 86 y de 752.50 para el 87.
Fundándonos en estos apuntes, podemos clasificar el clima de Puerto Rico de caliente y húmedo y perteneciente á los climas tórridos que son los comprendidos hasta la línea isoterma +25° á partir del ecuador, como hemos dicho.
Pero teniendo en cuenta que por cada 200 metros de elevación disminuye un grado la temperatura, y que se admite que en las ascensiones á las altas montañas, una subida de 100 metros equivale á un cambio de lugar de 1 ó 2 grados hacia los polos[6] convendremos en que en el interior de la isla deben existir climas parciales cuya medida anual acaso no llegue á +25° y por consiguiente puedan clasificarse entre los climas cálidos.
Sostiene el ya citado Sr. Abad que en las alturas de la Cordillera Central el termómetro suele bajar hasta +2° centígrados, y á nosotros nos han asegurado personas que nos merecen entera fé, haber visto la columna termométrica bajar á +12° en Cayey y á +8° en Aibonito. Aunque estos datos, que confirman lo que dijimos en el párrafo anterior, no se les estima de rigurosa exactitud, merecen citarse pues son temperaturas posibles á la sombra; no obstante conviene tener presente que durante el dia, que son las horas hábiles para el trabajo del campesino, nunca baja tanto el termómetro, manteniéndose, con frecuencia, más bien á alturas de +30 grados al sol aún en Diciembre.
Por fortuna tenemos un auxiliar poderosísimo para moderar la temperatura, en la superficie líquida que rodea la Isla. "La temperatura de una comarca, dice Rochard, es tanto más uniforme cuanto más se deja sentir la influencia del mar. En pleno mar, no se conocen los grandes frios ni los calores fuertes." Puerto Rico se encuentra en este caso; y así vemos cuan insignificantes diferencias se observan en sus estaciones; de modo que, si la latitud isotérmica por una parte hace ménos rudos los efectos de la latitud geográfica, por otro lado el mar modifica favorablemente las condiciones de esta última.
Bajo el influjo favorable de semejantes circunstancias, fácilmente comprenderemos que la raza blanca procedente de las regiones cálidas de Europa (Estados del Sur) pueda subsistir por sus solas fuerzas, como en efecto lo ha demostrado la experiencia que subsiste.
Un país cuya densidad de población es de 82.6 por kilómetro cuadrado no parece que debe reunir condiciones muy desfavorables para la vida. Puerto Rico ha aumentado su población en el espacio de 36 años en un 76½ por ciento, y esto en un período comprendido desde 1846 hasta 1883 en que ya habían cesado las fuertes inmigraciones procedentes de la América del Sud y de algunas Antillas, y en que la misma europea ha ido disminuyendo de una manera considerabilísima. Podemos, por estos elocuentes datos, deducir que Puerto Rico reune buenas condiciones para la vida.
Para la población negra la cosa no tiene duda; para la población blanca y mestiza, que lejos de disminuir ha aumentado también, es evidente. Mas tan bellos resultados no son absolutos. Si hemos visto que en Andalucía, clima más benigno que el de Puerto Rico, el hombre se debilita, no hay para qué decir que en este último país ocurre lo mismo de una manera algo más acentuada.
Así lo confirman las razones expuestas con motivo de la anémia térmica, la cual ha tenido que sufrir el blanco originario y sus descendientes; si bien estos hayan debido nacer, orgánicamente constituidos, en mejores condiciones para soportarla que sus padres.
Y vamos á tratar de la falta de higiene, tercera causa y la más esencial de todas á nuestro juicio.
Siempre se ha atribuido al terreno una gran influencia patogénica, y así es en efecto: el suelo, las sustancias vegetales, la humedad y el calor son, según M. Colin, los cuatro elementos necesarios para la producción de la malaria. Pettenkofer ha llamado la atención sobre la influencia que en la generación de la cólera y de la fiebre tifoidea ejerce el terreno.
Suelo muy fértil, de comarcas cálidas, que permanezca infecundo para la agricultura ó no tenga toda la vegetación que puede alimentar, seguramente es foco de paludismo. Pantanos de cualquiera clase en los que no se renueve el agua y queden bajo la acción del sol detritus vegetales, sin duda alguna serán focos del miasma palustre. Ya dijimos oportunamente cuál es la enfermedad que más castiga al campesino—las fiebres intermitentes palúdicas—y esto precisamente no es debido más que á una transgresión de la higiene, que consiste en que no se han verificado jamás trabajos de desecación y de drenaje.
El jíbaro edifica en cualquier terreno su casa y vive respirando dia y noche el veneno que le vuelve caquéctico.
Incidentalmente hemos hablado de la alimentación del campesino y de su insuficiencia en calidad y en cantidad; también mencionamos lo mal que viste; fáltanle á su vestido habitual prendas como el calzado que le preserve de la humedad del suelo; y si durante el verano y para trabajar bajo el ardiente sol en los campos necesita usar ropas ligeras, cuando no se encuentra sometido á este trabajo y el tiempo se torna frio ó lluvioso, debería usarla de más abrigo y no lo hace así. Si un chaparrón le cae encima y le empapa los vestidos probablemente los dejará secarse encima de su cuerpo.
En la estación lluviosa y en las comarcas en donde se cultiva café, hemos visto á mujeres, niños y hombres que después de haber permanecido bajo las sombras en el cafetal, húmedo y frio, recogiendo el preciado grano, mientras la lluvia menuda de los dias de Norte azotaba sus mojados cuerpos mal alimentados, sin bastante abrigo, pálidos, con los piés macerados por el agua, retornaban del trabajo con más aspecto de enfermos que de trabajadores; y no obstante, en tan pésimas condiciones habíanse procurado con su trabajo el pan que debían comer al dia siguiente.
El tabaco mascado (para no pasmarse), y el trago de ron (para calentarse), son los únicos medios que utiliza el campesino para combatir esas influencias. Medios que desde luego se convierten en daño de su organismos debilitado.
El agua que consume el campesino tampoco es siempre de buena calidad; constituyendo por sus pésimas condiciones, el vehículo de gérmenes de enfermedades; por último, como la generalidad de las madres por desgracia están anémicas, no se encuentran en las condiciones debidas para servir debidamente de nodrizas á sus hijos.
Para terminar, diremos que los instintos sexuales despiertan muy prematuramente en los campesinos y que las funciones de la generación las ejercen abusivamente contribuyendo ambas cosas á aumentar su pobreza orgánica.
Ante el cúmulo de faltas contra las prescripciones de la higiene que hemos enumerado rápidamente, sobran comentarios. Es patente la tercer causa determinante del estado físico actual del jíbaro.
De las consideraciones que hasta aquí llevamos hechas, concluimos: que el campesino puertorriqueño, de orígen africano, sin perjuicio de las pequeñas modificaciones que haya podido determinarle el nuevo clima, conserva, físicamente considerado, los caractéres esenciales de raza y subsiste bien, principalmente en las regiones más cálidas de la Isla.
El mestizo no vive mal tampoco en Puerto Rico. Por virtud de su herencia africana soporta bien el clima tropical, goza de cierta inmunidad contra algunas enfermedades —fiebre amarilla, etc.—y por lo que en su sangre tiene de la europea ostenta modificaciones orgánicas—color más claro, formas más esbeltas—que los negros, y mejor aptitud y fortaleza para el trabajo que el blanco; en cambio le hallamos propenso á las manifestaciones escrofulosas.
Tanto los negros como los mestizos son aptos para las faenas agrícolas y toleran perfectamente la influencia del espléndido sol de Borínquen; pero la aptitud del mulato,—cierta en lo que depende de sus apropiadas condiciones orgánicas y de la consecuente adaptación al clima,—por otras razones se encuentra tan disminuida, que tal como es en la actualidad el elemento mestizo, carece, á nuestro juicio, de cualidades y vitalidad suficientes para considerarle como un grupo en cuyo tipo se haya de cumplir, con respecto á Puerto Rico, la profecía de Mr. Quatrefages, de que "la posesión definitiva del suelo pertenece á las razas mestizas."
Vemos á los mestizos trabajar junto á los negros con mayor inteligencia, y aún soportar el género de vida que á estos les basta; les vemos reproducirse, pero no ofrecen un conjunto en cuyos indivíduos se observen cualidades preeminentes: no exceden al negro en organización respecto del clima, ni tienen tampoco grandes ventajas positivas sobre el blanco en este concepto.
Forman—tal nos lo parece—una agrupación transitoria, en que los tipos más fuertes, bellos é inteligentes se funden en la raza blanca, mientras que el linfatismo, la tísis y otras causas segregan á los de condiciones opuestas, limitando su reproducción hasta la esterilidad misma que anula el tipo.
En esta cuestión del cruzamiento, lo que pasa á nuestra vista nos dice que en ninguno de los tres elementos que forman la actual sociedad que habita nuestra isla, se encuentra el tipo definitivo que ha de subsistir, supuesto que alguno haya de excluir á los otros; pero indudablemente la selección, hoy por hoy, se indica en el sentido de dar la prelación á la sangre europea. En efecto; observamos una tendencia firme en el negro criollo á cruzar su sangre; si en el africano existe fuerte el instinto de raza á reproducirla, en el criollo, su descendiente, y de un modo más manifiesto en la mujer, se nota el vivo deseo de obtener descendencia de color más claro. El mestizo á su vez busca cualidades morfológicas é intelectuales que le eleven, y solicita y acepta gustoso la mezcla de su sangre con la del blanco mientras rechaza las uniones con tipos inferiores al suyo; es que aspira constantemente, á borrar ó á atenuar cuando ménos los rasgos africanos, conociendo que así se le facilita el medio de franquear el límite que le separa de la raza blanca, en donde, subsistentes como están las preocupaciones del color, es preciso que los signos exteriores apreciables de un orígen africano estén disminuidos notoriamente, para ser aceptado sin viva protesta.
La preocupación del color concurre, pues, al mejoramiento de las razas llamadas inferiores; y esa misma preocupación que tienen las familias blancas para aceptar en su seno á una persona de color, la tiene el mestizo para unirse con elementos inferiores, y aún mayor á veces es en él esta prevención, hija legítima de ese anhelo instintivo del hombre hacia el perfeccionamiento. De suerte que en la sucesión de los tiempos, á beneficio de esta evolución ascendente, lenta, pero contínua, surgirá el tipo orgánico que hoy no encontramos, y procederá de un cruzamiento en el cual predominará la sangre europea.
En un concienzudo estudio del Dr. J. Orgeás, titulado "La patología de las razas humanas y el problema de la colonización," estudio que nos ha suministrado muchos datos para la redacción de esta parte de nuestro trabajo, dice el competente médico de la marina francesa: "Se puede afirmar que en todas las antiguas colonias de esclavos de la zona tórrida, el porvenir no pertenece á los mestizos, como se ha pretendido. Á consecuencia de las revoluciones políticas hacia las cuales tiende fatalmente el antagonismo de las razas, revoluciones que no son sino una cuestión de tiempo, y de las cuales todos estos países serán teatro más ó ménos tarde, la selección natural hecha por el clima, las condiciones diversas de la vida y las luchas políticas, traerán poco á poco la disminución del número de los mestizos y acaso en un porvenir lejano su desaparición casi completa, para no dejar subsistir sino la raza pura mejor adaptada al medio."
Nosotros, refiriéndonos á Puerto Rico, diferimos en cuanto á la conclusión final que asigna al elemento negro esa estabilidad definitiva, deducida de lo que parece ocurrir en Haití y otras colonias; y pensamos así, porque ni el elemento africano ha predominado nunca en esta isla, ni el elemento europeo ha dejado de adaptarse á Puerto Rico, por las circunstancias especiales del clima. Si cuando el terreno permanecía vírgen, sin cultivo la mayor parte del territorio, pudo permanecer el español y dejar descendientes que subsisten después de cerca de tres siglos, con razón podemos esperar lo mismo hoy que la civilización ha penetrado en nuestra isla, y por lo tanto el aumento del cultivo ha hecho disminuir la insalubridad del suelo y ofrece mejores elementos para el trabajo.
Mientras de las provincias españolas arriben, como hasta aquí, elementos blancos adaptables al clima,—y la experiencia demuestra que lo son en su mayor parte casi todos los peninsulares y los procedentes de las islas Baleares y las Canarias,—el predominio pertenece á la raza blanca, que aún en los campos mismos se establece y subsiste sin dificultad.
Seguramente ella se dejará invadir por sangre extraña, confirmándose el hecho observado por los antropólogos y consignado por Mr. Ed. B. Tylor en las siguientes palabras: "En estos últimos siglos se ha comprobado perfectamente que no sólo donde viven juntas dos distintas razas se produce una, nueva ó mixta, sino que una gran parte de la población del mundo debe su existencia al cruzamiento," pero en la mezcla, siendo invariables los factores que hemos estudiado, habrá mucha más sangre europea que la que tiene el mestizo de nuestros dias; la suficiente, quizá, para ocultar mucho la sangre africana.
Del campesino blanco hemos dicho que ha conservado caractéres físicos de sus progenitores que no permiten dudar de su orígen; al adaptarse, ha acentuado algunos rasgos de sus ascendientes meridionales, tales como su color más pálido y moreno, menor actividad, etc., y ha adquirido algunas modificaciones no muy precisadas aún. Á causa de las influencias que en su oportunidad hemos señalado, se nos presenta con aspecto de convaleciente, tanto que,—si no de un modo absoluto,—en tésis muy general pudiera decirse que nuestro campesino blanco está enfermo. Pero esto obedece, insistimos en ello, á circunstancias secundarias perfectamente remediables. Reconocemos la influencia del clima en el modo de sér individual; inspirándonos en las ideas de Montesquieu y de muchos otros ilustres sabios, la aceptamos no sólo como un principio determinante de las cualidades orgánicas, sino hasta de la moral misma; pero también hallamos en otras causas la pobreza orgánica del jíbaro, pues como ha dicho brillantemente el insigne Castelar, "conocemos el estrecho parentesco que existe entre la naturaleza y el alma. Los minerales nos dan la base de nuestro esqueleto. El hierro penetra en nuestras venas, colora y enciende la sangre. Con sólo mirar al cuerpo humano se ven relaciones y armonías con las plantas. La relación es mayor en las esferas superiores de la vida. Todas las especies animales tienen afinidades físicas, químicas, fisiológicas con el cuerpo que las reune, las corona y las completa. Por todas partes nos sentimos unidos con el Universo, y en relación, así con la estrella lejana, perdida en los abismos del cielo, como con la humilde florecilla hollada por nuestros piés," de modo que, sin negar al clima su influjo como medio, damos á éste la latitud que le corresponde.
Visto así el asunto, ¿nos es dado modificar el lamentable modo de sér del jíbaro? Sí; y cuanto digamos útil para el blanco, debe entenderse como dicho para los miembros de las otras razas.
De las causas que hemos analizado, la ascendencia no es modificable; en cuanto á las condiciones climatológicas, algo podemos hacer, pues es sabido que los climas cambian, dentro de ciertos límites, por virtud de accidentes que á primera vista parecían incapaces de producir variaciones: así se ha visto que la destrucción de un monte vecino alteraba por completo el clima de una localidad; de manera que, repoblando de árboles algunas comarcas en que indebidamente se había destruido el arbolado, se han obtenido modificaciones favorables en este sentido. Impórtanos, por lo tanto, no obrar inspirados sólo por el capricho ó la utilidad de momento, y atenernos á lo que la ciencia aconseja, reconociendo en el revestimiento y cultivo del suelo una importante influencia modificadora del clima. "La influencia de las selvas sobre la temperatura del suelo, dice Arnould, ha sido expresamente estudiada por Ebermayer (de Aschaffembourg). La temperatura media anual, la cual decrece de la superficie á la profundidad y que baja medio grado de 1 á 4 piés, es todavía más baja en los terrenos poblados; el grado observado en la profundidad de éste es generalmente 21 por 100 más baja que en el suelo descubierto, en condiciones por lo demás iguales," y también añade: "De una manera general se puede admitir esta fórmula ya antigua: que el revestimiento vegetal del suelo impide el acceso de los rayos del sol, pero es también un obstáculo á la pérdida del calórico de la tierra; por consecuencia atenúa los extremos de la temperatura en la superficie... Las observaciones agrícolas de Montsouris indican bien la influencia del cesped con relación á la temperatura. Las mínimas son mucho más bajas en la superficie del cesped que á la altura de dos metros bajo resguardo."
No puede negarse que sobre las condiciones de vida del jíbaro nos es dado influir de un modo mucho más eficaz que sobre la determinante anterior, y cambiarlas á tal punto, que de enfermos se tornen, no digamos en campesinos de la robustez de aquellos de los climas templados, pero sí en hombres relativamente vigorosos.
Y que esto no es utópico nos lo demuestra la observación de lo que pasa á nuestro alrededor. En la capital, y nótese que elegimos una población en que el calor domina casi todo el año, encontramos junto al negro y al mulato, compitiendo en los trabajos de carga y descarga del muelle, carretaje, albañilería, herrería, etc., al europeo y al criollo blanco; y entre estos últimos algunos jíbaros que no tienen el aspecto de enfermos.
Multitud de sirvientes de ambos sexos han acudido últimamente á este centro de población empujados por la crísis agrícola; casi todos esos desgraciados jíbaros llegan á nuestras casas anémicos; muchos con el vientre recrecido, la respiración anhelante, cansones aún para las faenas ménos fuertes del servicio. Durante los primeros dias la alimentación les hace daño; toda una série de trastornos digestivos se presenta en ellos á causa del cambio radical á que se someten sus estómagos mal habituados; acaso se les desarrollen calenturas intermitentes; en una palabra, el sirviente que se nos entra por la puerta es un enfermo. Pero este enfermo resiste el cambio de régimen, su estómago se acostumbra á los hasta entónces desconocidos alimentos, y á la regularidad de las comidas; el cuerpo se acomoda á reposar en mejor cama y en más abrigada casa, las intermitentes se curan, y al cabo de poco tiempo aquel jíbaro color de cera, incapaz para el trabajo, se ha vuelto robusto, ágil, ha mejorado de color, y hasta su aspecto general es mejor que el de los habituales vecinos de la ciudad.
No ménos significativo es el tercer hecho en que nos apoyamos para sostener nuestro aserto. Existían las milicias disciplinadas, suprimidas por motivos que no hemos de analizar, con perjuicio de los hábitos viriles de los campesinos. Compuestas estas tropas de jíbaros que vivían en sus casas, con la única obligación de concurrir una vez por semana ó cada quince dias al ejercicio, hemos de convenir en que su aspecto marcial dejaba mucho que desear; sobre no estar convenientemente equipados, parecían una tropa de convalecientes, casi en su totalidad; pues bien, esos mismos hombres, á causa de las necesidades de la guerra de Santo Domingo, fué preciso utilizarlos para el servicio de guarnición de San Juan y de otras poblaciones de la Isla, y al clima rudo de la Capital vino un batallón de milicianos, que desde luego fué sometido al régimen militar de las tropas de línea: acuartelamiento, buena alimentación, vestido apropiado con uso forzoso de calzado. Al ejercicio semanal sucedieron los ejercicios casi diarios, al descanso en el bohío, las guardias; en una palabra: el cambio de género de vida fué radical. Hubieron de prestar un servicio árduo y desacostumbrado para ellos; porque como sólo eran cinco compañías, unos seiscientos cazadores de milicias, y las demás tropas estaban escasas, sobre ellos pesaba todo el servicio de la plaza. No obstante esto, cuatro meses después de sometidos al nuevo régimen llamaba la atención general el cambio verificado en aquellos hombres: ninguna persona extraña hubiera podido entónces, por el sólo aspecto, distinguir los soldados de milicias de los otros. El color anémico había desaparecido, robusteciéronse notablemente, y en el Hospital Militar apénas había milicianos enfermos. Resumiendo: aquellos jíbaros, en muy poco tiempo de buen régimen, se rehicieron orgánicamente y adquirieron la gallardía marcial de los soldados españoles europeos.