CONCLUSIONES FINALES
Síntesis de la obra—La Cruz como emblema sagrado—Motivos con que se la ha empleado—Su adopción general como combinación mítica y artística—Unidad de su valor simbólico—Contactos y migraciones de las naciones americanas—La forma geométrica de la Cruz—La Cruz en Calchaquí—Síntesis arqueológica—El volátil de la Tormenta—Loros en las Huacas de Chañar Yaco—Huaca de Yocavil—La Cruz y los fenómenos atmosféricos—Universalidad del culto al Agua y á las masas líquidas—La Cruz es el símbolo de la Lluvia.
Estas últimas páginas, condensación de las múltiples ideas emitidas y desarrolladas en la obra, han sido escritas por la necesidad imprescindible de sostener su unidad, y por arribar á una solución sintética y única del problema arqueológico debatido, después de haberlo encarado bajo todas sus faces, tratando de establecer el valor precolombiano del signo de la Cruz en las diversas formas y maneras cómo se presenta, ya en calidad de emblema de los dioses, de símbolo de su culto ó de carácter hierático de un misterioso lenguaje escrito.
En primer lugar, debe dejarse definitivamente sentado el hecho de su universalidad, de tal manera que pueda decirse que en América la Cruz ha sido una insignia religiosa empleada por los pueblos que salieron del imperio absoluto del fetiquismo, para entrar al período en que las religiones se valen de signos convencionales en la expresión de las disquisiciones intelectuales y de las ideas consagradas por la creencia colectiva.
Naturalmente que, estudiada la Cruz como emblema sagrado, prescindimos de su valor arquitectónico de combinación geométrica de dos líneas, que entre sí se cortan para formar ángulos rectos. Su empleo en la arquitectura y ornamentación nativas, en la mayor parte de los casos, sería naturalmente sugerido por el gusto á la línea recta y sus combinaciones, con prescindencia de las ideas religiosas del pueblo que la incorporaba á las modalidades de su arte pictórico ó escultural.
Nosotros, como se ha visto en este trabajo, nos hemos ocupado de la Cruz en cada ocasión en que el hombre americano la ha trazado, grabado ó pintado con algún intento ideológico; es decir, cuando se ha valido del signo autóctono para figurar una cosa, ó expresar alguna idea: como el agua, los vientos, la lluvia, la acción de los astros.
Muchas de las razas primitivas continentales han sido dotadas de una rara fantasía, y la Cruz ha figurado en sus manifestaciones imaginativas y en sus creaciones artísticas como la expresión representativa de cualquier cosa ó asunto sobrenaturales, ya el símbolo aparezca en la roca, en el muro del templo, en la huaca, en la tela de vestir ó en la alfarería doméstica; porque en todos los momentos de las razas, individuales ó colectivos, aún en aquellos más naturales y sencillos de la vida ordinaria, las divinidades eran la causa, aunque fueran mediata, de los sucesos, haciéndose sentir su acción en los hechos y actos más trascendentales, como en los nimios ó triviales. Cuanto menos puede el brazo del hombre, tanto más interviene la mano de los dioses.
De aquí que la Cruz simbólica aparezca reproducida con variados motivos, y sobre cualquier cosa ú objeto. Un vaso, por ejemplo, lleva labrado ó pintado el signo sobre su superficie externa, de la propia manera que un ídolo lo porta sobre su pecho ó en su rostro; y es que, aunque el primero de estos objetos sea destinado al uso diario de beber agua, en ciertas ocasiones se emplea como aparato ceremonial, como instrumento del culto, como cosa sagrada, como cuando sirve para implorar á las divinidades. El grabado ó pintura de tal Cruz, fué decidido desde el primer momento por necesidades que pueden ocurrir en el acto de beber. Cuando la Cruz aparece sobre un ídolo, la cuestión se presenta simplificada, porque aquella insinúa por sí misma uno de los atributos del dios, desde que los otros símbolos, el círculo, el meandro, la espiral expresan á la vez la acción potencial de la divinidad que los porta.
En cuanto á su profusión continental y á la rara unidad de su valor en los diversos pueblos americanos del norte, del sud ó del centro, la cuestión es árdua, en el segundo extremo; que en lo relativo al primero, podría decirse que ello es el resultado del hecho matemático de que la combinación cruciforme es adaptable como el signo general de la geometría celeste y terrestre.
En efecto: que un piel roja, un delaware, un sia, un maya, un azteca, un muysca, un peruano y un calchaquí empleen la Cruz como un signo ó emblema religioso, puede explicarse fácilmente por el papel político y social de los conocimientos astronómicos de gran parte de estos pueblos, que, como los del sud, venerarían al crucero, visible para ellos; ó por la aplicación, de parte de todos, de la geometría, en la cual eran versados, influyendo especialmente en el dibujo del signo el gusto por el ángulo recto, como que figuras elementales ó radicales geométricas eran los demás símbolos venerados, cuyo trazado ocurre á cualquier inteligencia: el círculo, el cuadrilátero, el triángulo y otras combinaciones de líneas curvas y rectas. Pero que en América tenga también la Cruz un valor universal como símbolo acuático, asunto es éste sobre el cual cuanto más se reflexiona, más se arraiga la convicción de que no hay otra manera de explicarlo sinó estableciendo desde luego las migraciones y contactos de los pueblos entre sí, mayormente si se tiene en cuenta, por ejemplo, que las divinidades atmosféricas portadoras de la Cruz aparecen al norte y en el sud dotadas de atributos idénticos, siéndoles muchas cosas comunes, como su figuración de ofidio, de volátil ó de una combinación de uno y otro, tal cual sucede con Quetzalcóatl, Gucumatz, Kukulkán, Catequil, Huayrapuca, los seres ó pájaros serpientes,—lo que no es concebible atribuir á mera casualidad, sino á influencias de una cultura sobre otra cultura, de una religión sobre otra religión; lo que equivale á decir: á una influencia mediata ó inmediata azteca ó maya sobre Perú y Calchaquí, ó viceversa, á una influencia peruana y calchaquí sobre Yucatán y Méjico, no obstante las inmensas distancias que separan á estos cuatro pueblos. Por eso creemos que la arqueología y la antropología van bien encaminadas cuando estudian comparativamente monumentos, religiones y razas, hasta que lleguen con procedimientos prácticos á establecer definitivamente la verdad, tantas veces sospechada, de las migraciones de agrupaciones humanas de norte á sur y de sur á norte, exterminándose, desalojándose, ó transformándose por la cruza después del avasallamiento, dando así con la clave de tanto fenómeno etnológico, como el de la igualdad de diversos tipos craneológicos en regiones distantes: el de Bolivia y Perú en Méjico; el del tehuelche de la Pampa en la Tierra del Fuego, por ejemplo; y vale la pena de consignar que algunas de estas migraciones están demostradas ó en vías de demostrarse: la de los chancas ó piernas al Perú, y la de otras razas que derribaron el imperio; la de los peruanos á la Argentina y Chile[319]. En el Río Negro se han encontrado restos de una raza dolicocéfala; indios yaganes viven arrinconados en la Tierra del Fuego; araucanos, para no ir lejos, han ocupado el territorio que fué de los taluhet, divihet y chechehet, ramas del tronco patagónico, uno de los grandes grupos de la Raza Pampeana de D’Orbigny; lules y vilelas, el Chaco Guaycurú; las razas Guaraní, Chaco-guaycurú, Pampa-patagona y Pampa, el Río de la Plata, seguramente[320]. Un estudio especial sobre las cosas, como sobre el uso del tabaco y la alimentación por medio del maíz, de parte de tanto pueblo americano, podría contribuir eficazmente á ilustrar estos problemas[321].
En Méjico y Perú hemos visto figurar á la Cruz como signo astronómico venerado; y posiblemente en los pueblos meridionales la distribución de las estrellas de la Cruz del Sud, como lo dijimos, ha decidido su figuración, tal cual apareció en la lámina del Yamqui Pachacuti. La Cruz en tal caso, más que un emblema general del cielo, es un signo de carácter particularmente astrolátrico, que representa la determinante acción de los cuerpos celestes en la producción de los fenómenos atmosféricos.
En cuanto á la forma geométrica del símbolo, ella ha sido indiscutiblemente determinada por la veneración al número sagrado 4, ó á cuatro cosas, distribuidas de tal manera que unidas entre sí por líneas, se corten en ángulos rectos, figurando un signo cruciforme con palos de iguales dimensiones, pues las cuatro cosas se suponen equidistantes de un punto común, ó sea el de intersección de las líneas que respectivamente los unen. Estas cuatro cosas son especialmente: los cuatro genios animados del mundo, que habitan las cuatro extremidades del mismo; las cuatro grandes cariátides vivientes que sostienen el globo; las cuatro divinidades cardinales, el norte, sud, este y oeste; los cuatro hermanos ascendientes[322], venidos de las cuatro partes del mundo, por los cuales, por ejemplo, los tupis del Brasil se creen engendrados, lo mismo que los guaraníes del Paraguay, como los muyscas de Bogatá por los cuatro gefes del dios Nemqueteba, los nahuas de Méjico por cuatro familias originales,—número que es doblado por los ottoes y pawnes; las cuatro estaciones del año, con sus diversas temperaturas y productos, obra de los genios de los cuatro vientos, al pensar de algonkines, cherokees, choctaws, creeks, aztecas, muyscas, peruanos y araucanos; finalmente, los cuatro vientos ó espíritus cardinales, invocados por los pueblos americanos como los portadores de la seca, de los huracanes, de la humedad, de la lluvia, según la manera y el lugar cómo y de donde soplan; y así, el viento norte es el de Mictla ó de la Muerte para los aztecas, mientras que el este es el del paraiso ó de Tlalocavitl, el mismo viento que para los dakotas simboliza la vida y la fuente de las cosas.
Los cuatro palos de la Cruz suelen en América ser comunmente de iguales dimensiones, por la razón sencilla de que aparecen como diámetros de un horizonte siempre circular para los ojos del indio, contemplando en todas direcciones las llanuras ó los desiertos, de modo que él se cree colocado en toda ocasión en un punto céntrico ó de origen[323]. De aquí, sin duda, que sea tan profuso en el simbolismo continental el círculo con diámetros cortándose perpendicularmente entre sí, ó el doble símbolo combinado del círculo y de la Cruz, esculpido en las figuras humanas de la tabla y bajorelieves de Palenque, y pintado con profusión en telas y alfarerías peruanas, y no pocas veces sobre los objetos calchaquíes.
Son, sobre todo, estos cuatro vientos, que soplan de las cuatro direcciones cardinales de la tierra, los que han determinado la forma geométrica y simplificada de una Cruz, por la unión con líneas rectas del norte y sud, del este y oeste, respectivamente. Y es en el punto de intersección de las líneas en el cual la persona, la tribu ó la nación se creen ubicadas; y es así mismo en tal punto, lugar de la ubicación de una zona terrestre, en donde los vientos venidos, que acarrean las nubes lejanas, producen su acción, dando lugar al nublado, al trueno, al rayo, y luego á la lluvia.
Tal es el motivo por el cual la Cruz se vuelve el símbolo sintético de todos los accidentes y fenómenos atmosféricos, obrando con su poderosa acción en el cielo y en la tierra.
No solo corrobora, sino prueba esta afirmación arqueológica el hecho de que gran número de mitos atmosféricos, de divinidades del viento, del trueno, de la tormenta y de la lluvia, llevan como insignia ó emblema la Cruz, ya entre sus manos, en su escudo, en su túnica ó en sus flotantes vestiduras. Tláloc, Amimitl, Chalchihuitlicue ó Mataclue, Tzotzitepec, Quetzalcóatl[324] ó Nanihehecatl, Wixepecocha, Huitzilipochtli, Gucumatz, Ahulneb, los Bacabs, Batchué, Atticci Viracocha, tienen por insignia la Cruz, ó la llevan figurada, cuando no constituyen cuaternos sagrados, el principio del símbolo cruciforme.
Después de haber estudiado en cinco capítulos sucesivos á la Cruz como emblema sagrado en los diversos pueblos continentales, del VI al IX inclusive, nos concretamos á establecer su valor simbólico en nuestro Tucumán, asunto que no se ha tratado hasta hoy detenidamente.
Desde el primer momento advertimos que en ninguna otra sección geográfica, como en la tucumana, y especialmente calchaquí, al noroeste de la Argentina, la Cruz se encuentra tan reiteradamente repetida, al grado de que pueden contarse, entre las diversas colecciones existentes, cerca de tres centenares de objetos con la figura cruciforme[325].
De la revista minuciosa que hemos practicado de objetos cruciformes calchaquíes tanto en la alfarería funeraria (urnas y pucos) como en ídolos, amuletos, petrografías y pictografías, ha resultado que la Cruz en estas regiones argentinas fué un símbolo sagrado transcendental, cuyo valor atmosférico y acuático es indiscutible.
Nuestros descubrimientos fundamentales han sido: en primer lugar, la determinación representativa de esa figuración antropo-zoomorfa, reproducida reiteradamente sobre las paredes anterior y posterior de las urnas, la que no es otra cosa, en definitiva, que la gran divinidad de la Atmósfera ó del Cielo fetiche, portadora del Vaso del Trueno[326], dispensadora de las lluvias; en segundo lugar, la equivalencia del símbolo antes misterioso del Avestruz ó Suri, que aquella representación mítica lleva pintado entre los arcos de sus brazos singulares, resolviendo de una manera concluyente que el ave de nuestros desiertos es ese mismo Pájaro de la Tormenta de otros pueblos, ó la figuración ornitomorfa de las nubes de la lluvia[327].
Y no tan solo el Ave-suri, sino también otros volátiles, al parecer, simbolizan la Nube: el cóndor v el loro; pues si fijamos la atención en los diversos pájaros reproducidos en la alfarería funeraria que ofrecimos en el capítulo VI, y especialmente en la forma de sus cabezas, con sus ojos y picos, al instante notaremos que en muchos casos son cóndores y loros, ó pájaros convencionalmente mixtos ó dobles, más que suris sencillos, los volátiles que el artista se ha propuesto figurar. El cóndor, ave negra de gran tamaño, podrá representar la obscura nube de la tempestad; el loro, pájaro pequeño, las primeras nubes que anuncian la tormenta, ó las nubes irisadas, por los colores amarillo, verde y rojo de las plumas del ave, siendo muy oportuno recordar que en el lejano norte el Quetzal de la tormenta es un papagayo. Los hermosos loros de cuentas de malaquita, que Lafone Quevedo encontró dentro de las urnas de Chañar Yaco (entre Andalgalá y Belén), nos ofrecen, sin duda, una prueba concluyente de la representación atmosférica de estos verdes volátiles, que en largas bandadas atraviesan los secos horizontes de Calchaquí, figurando los movimientos accidentados de una nube que se desliza por el espacio. Los loros de malaquita, dentro de las urnas para propiciar agua del cielo, claro es que son, en su carácter de símbolos de la nube de la lluvia, el motivo del acto cruento propiciatorio, en aquel lugar desierto de Chañar Yaco, antes habitado, que ha poco visitamos, y en el cual escasamente brota un miserable raudal de agua salobre[328].
En la solución de aquellos dos interesantísimos, cuanto intrincados problemas arqueológicos, ninguna dificultad se nos podía oponer para establecer el valor mítico de la Cruz, que los suris llevan reproducida en la caja de sus cuerpos, símbolo que excepcionalmente aparece sólo y sin combinaciones en el rostro de la figura antropo-zoomorfa, ó en la sección ventral de las urnas, como un signo sintético, en este caso, por la eliminación de los demás, de reconocido valor acuático.
Si el Avestruz, figura simbólica en el conjunto atmosférico de las urnas, es la Nube, claro que la Cruz que el animal alado lleva como emblema en su cuerpo, al centro mismo de la figuración del Ave de la Tormenta, representará el fenómeno que la nube produce, ó sea la Lluvia.
Esta Cruz, figuración gráfica de los cuatro vientos que han acarreado las nubes de la tormenta, es invariablemente, en el caso en cuestión, de palos iguales, ó Cruz griega, por los motivos que en los lugares pertinentes se adujeron.
Muchos ídolos, de indiscutible carácter acuático, llevan la Cruz sobre su pecho, indicando el símbolo uno de sus atributos potenciales. Tal símbolo cruciforme suele generalmente aparecer pintado en los ídolos en los lugares correspondientes á ambas mamas, con lo que el indio se propone expresar de una manera metafórica, mediante una concepción imaginativa, que el líquido vital, como la leche nutritiva, sale y surge del seno fecundo de sus divinidades, para alimentar con aquel cuanto en la tierra germina, nace y crece.
Otros ídolos de carácter ofilátrico portan también la Cruz, la que en algunas ocasiones, como en el grupo atmosférico de Capayán y en un yuro de cuatro serpientes de nuestra colección, aparece formada por cabezas de ofidios, siendo en tales casos indiscutible su valor de símbolo atmosférico combinado y mixto.
La Mamazara ó monolito esculpido de Tafí aparece con signos cruciformes; y en la lámina del Pachacuti una Cruz en forma de X lleva, con la leyenda de «chacana en general», la de «zara-mama». Estas mamazaras son piedras paradas, protectoras de los sembrados, y, por lo tanto, huacas á las cuales se imploran lluvias.
Los Caylles, protectores de las siembras, más de una vez llevan el signo cruciforme labrado sobre la plancha de cobre; ó las pequeñas figuras que adornan los mismos, aparecen de tal manera alternados sobre el objeto sagrado, que forman las cuatro radicales de una Cruz. Y estos Caylles, aparte de ser preciados amuletos para propiciar la producción de los frutos de la tierra, sabemos que pertenecen al culto de Huiracocha, el mito acuático por excelencia, ó son atributos del dios, conocido también, según la relación del P. Molina, con el nombre de «Caylla Uiracochan».
En los amuletos de fecundación ó de procreación, hemos visto figurar á la Cruz; y en cuanto á los huacanquis que la llevan, labrados estos con material de piedra lanzado por el rayo, tenemos, á más de su origen, el dato elocuente de que son cuidadosamente guardados en una «cesta de plumas», alusión al volátil de la tormenta.
La Cruz se ha esculpido con regular profusión en los petroglyfos de Calchaquí, apareciendo generalmente al lado de figuraciones acuáticas. Las cochas, ó depósitos de agua, se reproducen atravesadas por cruces, hecho que recuerda la Cruz de cuerdas en el lago de Batchué. Los petroglyfos, en general, son huacas sagradas para implorar lluvias.
En las pictografías las cruces aparecen excepcionalmente, y su valor es igual al de los petroglyfos.
Los símbolos combinados de la Cruz y del Sapo, fetiche animado que vive en la humedad ó en el agua, su medio, y que en algunas leyendas míticas es el granizo ó la piedra que caen de las nubes,—concluyen por determinar de una manera definitiva el valor sagrado del signo cruciforme, tantas veces empleado con insinuantes motivos.
Interesantísimo es el hallazgo realizado el año pasado, 1900, en el valle de Yocavil, en lo más alto de un cerro, entre San José y Punta de Hualasto. Buscándose un derrotero de minas, se notó en el suelo una rara prominencia á manera de mound, y muchas piedras encima de ella, que se reconoció que fueron amontonadas por la mano del hombre. Practicada la excavación, dióse con una huaca que contenía cinco cadáveres, acostados de espaldas, sucesivamente en línea; uno de ellos presentaba el cráneo fracturado, visiblemente á golpes de maza. En medio de los cadáveres, con sus brazos abiertos á manera de T, pues el palo superior era muy poco alargado, habíase colocado una Cruz de madera, regularmente conservada, de un metro y cuarto de alto, más ó menos. Los cadáveres eran de nativos, tanto por las formas de sus cráneos, como por las telas que vestían, por las armas y otros objetos enterrados con ellos. La Cruz aparecía indiscutiblemente americana, recordando en sus formas á la de Tláloc, llevando grabados caracteres simbólicos nativos, algunos de ellos regularmente visibles[329].
¿Se trataría en el caso de la huaca de Yocavil de un sacrificio de adultos en tiempo de las grandes sequías, que de cuando en cuando ponen en peligro la vegetación y matan de sed á los animales del valle, en el cual los sacrificios cruentos estuvieron en boga en otras épocas, como lo delata la profusión de urnas funerarias con cadáveres de párbulos?—Nosotros no lo sabemos; pero posiblemente ha sucedido así en la región en que se imploraba á la Huayrapuca, y en que se rociaban con sangre humana las huacas de piedra de Ampajango y Andaguala, con su misteriosa escritura ideológica, alusiva á la producción de los anhelados fenómenos meteorológicos.
Los datos recogidos por el folk-lore autorizan á afirmar que la Cruz es hasta hoy el símbolo conspícuo de los cambios atmosféricos. La eliminación de la cabeza del Suri, ó de la Nube portadora de la Cruz, en los sacrificios al Chiqui; la colocación de cruces en los altos morros; en medio de los rastrojos sembrados en sustitución de las mamazaras y huazas, y sobre los trojes ó pirhuas que guardan el maíz y la algarroba de las exiguas cosechas rurales, son hechos insinuantes, reveladores, que delatan á través del tiempo la persistente trascendencia de un culto extinto.
En conclusión: la adoración al Agua y á las masas líquidas es un hecho innegable, universalmente reconocido y comprobado en toda nuestra América. La Cruz es la figura transcendental en el simbolismo del culto acuático, que hacía del hombre primitivo un observador constante de la atmósfera, á la cual levantaba sus ojos para ver flotar entre las nubes á esas divinidades cuyo rostro y cuyas formas ideó su fantasía, portadoras del vaso resplandeciente y estruendoso.
En una palabra: la Lluvia es el motivo fundamental de la religión, y la Cruz, su símbolo.
FIN