[251] Compárense estas cruces con las peruanas de la Fig. 9, cap. III.

[252] Pata, andén agrícola (Véase la lámina del Yamqui Pachacuti).

[253] Otro ejemplar precioso con cruces, que sintetizan en estos emblemas los demás símbolos de la alfarería funeraria, es la urna de San Fernando (Belén), que encontramos en nuestra reciente expedición arqueológica, y que ofrecemos.

Urna de San Fernando (Catamarca).

Tan bella como típica alfarería, de 0.34 m. de alto, lleva dos artísticas cruces en su sección ventral, semejantes á la del huaquero cruciforme de Jiménez de la Espada, ofrecido en el cap. III.

Estas cruces, de color encarnado sobre fondo rojo oscuro, no están grabadas ni pintadas en la urna, sinó que se destacan en relieve, lo que contribuye á hacer más artístico el conjunto cruciforme. Las dos bellas cruces, cada una con su Toco al centro, están ligadas por un detalle lateral común, y miden 0.12 m. de alto.

[254] John Lubbock, Orígenes de la Civilización, pág. 178.

[255] G. de Mortillet (Le Signe de la Croix, cap. III, pág. 96), tratando del cementerio de Villanova hacía notar que la Cruz, tan abundante en los cilindros de dos cabezas, parece disminuir con la aparición de representaciones de objetos orgánicos (Véanse sus Figs. 44 á 47).

[256] Adán Quiroga, Cacllas y Caylles (1899)—J. Toscano, La Región Calchaquina, pág. 74.

[257] Toscano, cit., pág. 73.

[258] Bernabé Cobo, Historia del Nuevo Mundo, tom. III, págs. 336 y 339; Relación del Yamqui Pachacuti, págs 155 y 156.

[259] Cobo cit., págs. 334, 335 y 346, tom. III.

[260] Adán Quiroga, Canopas (1899)—Toscano cit., pág. 73.

[261] En el Viejo Continente la Cruz es más frecuente en la época de bronce, disminuyendo en cuanto comienzan á aparecer las figuraciones orgánicas. Hablando Mortillet del cementerio de Villanova, escribe: «Hecho curioso á constatar: la Cruz parece disminuir con la aparición de representaciones de objetos orgánicos. En Villanova, donde se vé ya serpientes, gansos y pequeños bonshommes, ella parece menos frecuente que en la época de bronce, en la que no existe la menor representación orgánica, aún vegetal. En la necrópolis de Marzabotto los dibujos etruscos y los ídolos la han reemplazado casi completamente» (Le Signe de la Croix, cap. II, págs. 96 y 97).

[262] Es curioso que los marineros ingleses acostumbran llamar el viento, silvando, cuando reina la calma en el mar.

[263] Hist. de la Provincia del Paraguay, lib. III, cap. XXII, tom. II, pág. 398.

[264] Entre los indios moki la Cruz maltesa ✠ es el emblema de una virgen, y significa la virginidad (Annual Report, etc., 1888-89, Picture writing of the American Indian, y Garrick Mallery, The Cross, cap. XX, pág. 729).

[265] Véanse El Símbolo de la Serpiente en la Alfarería funeraria, de J. B. Ambrosetti, y The Serpent Symbol in America, de E. G. Squier, etc.

[266] Wiener, Pérou et Bolivie, págs. 702 y 703.

En el Dios-Sol, llamado así por este autor, que reproducimos, vénse los monstruos dragones ó Huayrapucas del disco de Lafone Quevedo, rodeando la cara circular de Aticci. Estos monstruos son cuatro, y claro es que representan los cuatro vientos.

Dios-Sol de Wiener

[267] Fernández y Holguín, Dicc., verb. hapiyñuños—Véanse Adán Quiroga, Supay, Mikilo y los Hapiyñuños (Revista de Der. Hist. y Letras), tom. I, págs. 122 y sigtes., Buenos Aires, 1898; Tres Relaciones de Antigüedades Peruanas, pág 232 y sigtes. (M. J. de la E., Madrid 1879).

[268] Entre los Dakotas la Cruz griega representa los cuatro vientos que provienen de las cuatro cavernas, en las que el alma de los hombres existía antes de su encarnación en el cuerpo humano (Annual Report, Op. cit., The Cross, pág. 724).

La Cruz latina, era y es usada por los mismos Dakotas en la pintura, y significa, tanto en pictografía como en la figuración de los signos del movimiento, el mosquito-hawk (halcón de los mosquitos), llamado generalmente dragon fly (alguacil)—Op. y lug. cit., pág. 725.

Estos alguaciles vimos figurados en la Plancha XXXV del capítulo V, nota; y efectivamente que una Cruz latina figura su largo cuerpo, del cual salen para arriba y para abajo sus aletas. No olvidemos la relación entre los alguaciles y el agua.

[269] La Región Calchaquina, cap. VII. pág. 73 (Buenos Aires, 1898).

[270] Chacatasca, crucificado. Esta palabra encierra una raíz chaca.

[271] Véase Adán Quiroga, Mamazaras y Huazas (1900).

[272] Montesinos, Memorias Antiguas Historiales del Perú, pág. 211 (Publicadas por el Dr. V. F. López en la «Rev. de Buenos Aires», tom. XXII)—Véase nuestro artículo El Tincunacu («La Provincia», Tucumán, Setiembre de 1898).

[273] Op. y lug. cits.

[274] El amuleto es el siguiente:

Andrógino de Tinogasta

[275] Adán Quiroga, El culto fetiquista de Mortero (1897)—Lafone Quevedo, Culto de Tonapa, pág. 15.

[276] Montesinos cit., quien agrega: «Nombran á estos ídolos Huacanqui ó Cayam Carumi; véndence en mucho precio, y el uso de ellos dura hasta hoy entre las mujeres; intrúyenlas el enemigo común en que ayunen las lunas nuevas, que se abstengan de conversación con varón por tres días y así serán amadas. Ponen al ídolo en una canastilla adornada de plumas de varios colores, y algunas yerbas olorosas, échanle harina de maíz que renueva todos los meses, y con la que quitan supersticiosamente se limpian el rostro haciendo varias ceremonias.»

Ambrosetti (Notas de Arqueolog. Calchaquí, IV, págs. 33 á 37), ha escrito párrafos interesantes sobre estos Huacanquis.

[277] Véase Ambrosetti, Las grutas Pintadas y los Petroglyfos de la Provincia de Salta (Bolet. del Inst. Geográf. Arg.—Buenos Aires).

[278] Sobre clasificación de totemismo y fetichismo, véase el interesante capítulo de John Lubbock (Orígenes de la Civilización) pág. 178 (Madrid, 1888).

[279] Empadronamientos, Legajo 14 (Archivo de Tucumán).

[280] Schoolcraft, Indian Tribes, lib. II, cap. III, pág. 91.

[281] Notas de Arqueología Calchaquí, § VII, págs. 136 á 138.

[282] Tesoro de Catamarqueñismos, verb. Caille (Buenos Aires, 1898), sobre el que escribe: «Ídolos de los indios Calchaquinos». Eran, según el Padre Lozano, «imágenes labradas en láminas de cobre», que traían consigo, y eran las joyas de su mayor aprecio, etc. De estas láminas, existen varias, y una de ellas de singular valor artístisco. Caille es voz del Cacan, porque la usaban los Calchaquinos. (págs. 61 y 62).

[283] Hist. de los Jesuitas del Paraguay, etc.

[284] Markham, Rites and Laws of the Incas, pág. 33. Lafone Quevedo, Los ojos de Imaymana, etc., pág. 452, Bolet. del Inst. Geográf. Argent., tom. XX, Núms. 7 á 12.

[285] Aquí Caylla sustituye á Imaymana, pues como dice Lafone Quevedo en el lugar apuntado en la nota anterior, «por eliminación llegamos á saber que el Dios Imaymana llamábase también Cailla».

[286] La Cruz, como observa Mortillet, no solo aparece en el viejo mundo dibujada por líneas que se cortan, sino de diferentes maneras, como por cuatro ó cinco círculos convenientemente distribuidos, como en los ejemplares de los cilindros de Villanova, figuras 95 y 96,—lo cual no puede ser efecto de la casualidad, pues que se ha tenido intención formal de figurar la Cruz. Ciertas monedas de Raimundo de Turena nos muestran una Cruz compuesta de una O gótica al centro y cuatro anillos que forman los brazos. La numismática de Normandia ofrece también cruces formadas por anillos, distribuidos regularmente (Mortillet, Le Signe de la Croix, cap. V, págs. 167 y 168).

[287] La mayor parte de los dibujos son obra de nuestro distinguido compañero de expedición. Eduardo A. Holmberg, cuya colaboración ha sido siempre de mucho mérito y eficacia para los que en el país dedicámonos á esta clase de estudios.

[288] Nuestra obra sobre Petrografías y Pictografías de la Región Cacano-Calchaquí está terminada (1899-1900).

[289] Annual Report of the Bureau of Ethnology, J. W. Powell (1888-89), Picture-Writing, pág. 25.—Véase también á Mallery, op. cit., y su interesante trabajo Pictographs of the North American Indian (tom. IV. Con 83 planchas).—Sobre grabados de la roca Tinéri, J. Crevaux, Voyages dans l’Amérique du Sud, X, págs. 210 y 211 (París, 1883).

[290] J. B. Ambrosetti, Las grutas pintadas y los Petroglyfos de la Provincia de Salta (Bolet. del Inst. Geográf. Argent., tom. XVI, págs. 312 á 334).

[291] A. Quiroga, op. cit., cap. V, Gran gruta de Siquimí (petrografías).

[292] El Calchaquí, Problema Arqueológico (The American Antropologist), vol. I, January 1899, en cuyo artículo ocúpase de nuestra obra Calchaquí (Tucumán. 1897).

[293] F. P. Moreno (Revista del Museo de la Plata, 1890) sobre la roca traquítica del bajo de Canota, etc.—Die Calchaquís, Von Dr. A. von Ihering, Das Ausland—Janr. LXIV, Nos. 48 y 49.

[294] Keane (Man Past and Present 1899). pág. 30, escribe: «El hombre primitivo balbucea y garabatéa (bawl y scrawl) siempre por un mismo estilo,»—y por eso critica que M. Latourneau se tome el trabajo de comparar cinco garabatos Libios de estos, que se hallan en el Museo Bardo, en Tunes, con otros de igual especie encontrados en la Bretaña y en dólmenes Islandeses, á saber:—«el círculo pelado y con punto en el centro O ⊙, la cruz en su forma más simple ✚, el gancho y segmento del cuadrado; todos los cuales se ven en los sistemas Feniceos, Keltiveros, Etruscos, Libios ó Tauregos».

[295] Nuestro naturalista Eduardo L. Holmberg, por ejemplo, refiérenos cuán caprichosas son las pinturas de los salvages Pampas, las que carecen de intención artística. (La Sierra de Curá-Malal, Buenos Aires, 1884). Tratando este autor del arte Pampa, y con motivo de las figuras humanas de ocre rojo de la «Gruta de los Espíritus», interrogaba en esta forma sobre los motivos de las pinturas á un cautivo de Namuncurá:

—«¿Y no serán hechas (las figuras) para ahuyentar al Hualichu, para propiciarse á la Luna, al Sol.....?»

—«No, señor (contestó el cautivo) estas figuras las hacen los indios para entretenerse, cuando no tienen otra cosa qué hacer» (pág. 50).

«Los comentarios huelgan en casos como éste.»

[296] Muy atinadas observaciones sobre estos temas hacen A. D’Orbigny, L’Homme Américain, tom. I, págs. 126 á 140: Angrand, Lettres sur Tiahuanaco á M. Daly, y Wiener, Pérou et Bolivie, págs. 567, 703, etc.

Es de advertir que la lámina 79 fué tomada por nuestro auxiliar dibujante, señor Wenceslao Gomez.

[297] El señor Presidente del Congreso Latino-Americano, Dr. Paulino Alfonso, hizo la exposición del trabajo de Grez, que lleva por título: Interpretación de la Inscripción Prehistórica de la Casa Pintada del Cajón de Tinguiririca (tom. V de la publicación del primer Congreso Científico Latino Americano, Buenos Aires, 1900).

[298] Indianicche Zeichnungen in der Casa Pintada, Tinguiririca, Fig. 1 (Santiago de Chile, 1888).

[299] Carlos Itolp, Conferencia en la Sociedad Científica Alemana de Santiago (22 de Agosto de 1888).

[300] Posiblemente cántaras con boca, ó vasos del Trueno, divinidad de Arauco.

[301] Lo más seguro de todo es que las pictografías de Tinguiririca sean, como la Plancha del Pachacuti, una tabla ó clave de los símbolos, generalmente acuáticos, empleados por los naturales de allende la Cordillera, entre los que se ven muchos de ellos comunes á los peruanos, si no la mayor parte.

[302] Las Grutas Pintadas, etc., cit. (Bolet. del Inst. Geográf. Argent. tom. XVI, cuads. 5 á 8, págs. 312 á 334).—La reproducción de la Gruta en colores, fué hecha por Eduardo A. Holmberg, y publicada con el trabajo citado.

[303] En los valles, á la «Madre del Viento» llaman simplemente La Viento, con el artículo en femenino, para distinguir su sexo.

[304] En la plancha del Yamqui (Fig. 21) un árbol de ramas espirales dirigidas hacia el tallo, lleva la leyenda de «árbol maliqui»

[305] Es de advertir que los indios llaman «piedra pintada» á toda piedra escrita, aunque ninguno de sus dibujos sea pintado.

[306] Muy semejantes á estos hombrecillos son los que reproducen los Kiatéxamut, una tribu Sunuit, en E. Unidos. Estas figurillas, con cruces, aparecen del modo siguiente:

Las figurillas humanas con Cruz en la cabeza, son tenidas por un espíritu maligno, ó demonio de los Shamanes (Annual Report of the Bureau of Ethnology (1888-89), Picture Writing of the American Indian, y Garrick Mallery, cap. XX, pág. 729).

[307] Ropachicoc (Véase el Dicc. Quichua del P. Diego de Torrez Rubio).

[308] Sobre castigos inflingidos á los fetiches, léase John Lubbock, Orígs. de la Civiliz., pág. 189 y sigtes.

[309] Sobre los bramidos del Ambato, véase Daniel Granada, Reseña Hist. Descrip. de las Antigs. y Moderns. Supersticiones del Río de la Plata, pág. 144 (1896).

[310] J. B. Ambrosetti, Notas de Arqueol. Calchaquí, págs. 237 y 238.

Seguramente que el ilustrado americanista Benigno T. Martínez nos suministrará preciosos datos de folk-lore ribereño cuando de á luz su tan esperada obra sobre la etnografía del Río de la Plata y sus afluentes.

[311] A. Ambrosetti, lug. cit., llamó también mucho la atención esta ceremonia, sobre la que escribe: «Curiosísima es también la cruz de ceniza sobre la que estaquean al sapo en Entre Ríos, pues en el valle Calchaquí hacen la misma cruz, y le ponen un huevo parado en el centro (á nuestro juicio el huevo sustituye al ojo Imaymana, germen ó yema) para conjurar el granizo, y más curiosa es todavía la persistencia con que el sapo se halla representado en la alfarería funeraria, mostrando una cruz en el cuerpo».

[312] Que el elemento atmosférico Sapo simbólico aparece muchas veces como inseparable del ave de la tormenta, pruébalo el espíritu de la leyenda del Sapo y el Urubú (cuervo), que se reproduce al final, según la cual el ave y el Sapo caen desde las nubes á la tierra, después de pasear por el cielo.

En Catamarca, lo mismo que en Entre Ríos, con pocas variantes, perdura otra singular leyenda, según la cual el Sapo corre tan velozmente como el Suri, el ave de la tormenta, llegando siempre juntos al final de la carrera, ó á la raya, señalada con un mortero.

Un día se encontraron el Sapo y el Suri. Cruzadas las palabras de cumplimiento, y después de ponderar el Suri la ligereza de su carrera por los campos, el Sapo le dijo que él era capáz de ganarlo, por más que le viera saltar tan menudo sobre el suelo.

—¡Vd!... Pero, si yo no corro, sino vuelo!—dijo el Suri.

—¡No importa! probemos, probemos, y verá,—replicó el Sapo.

—¡Pero si Vd. irá saltando, saltando despacito; yo volando, volando; con mis largas canillas, ayudado por mis alas no habrá suelo que no se acabe.....

—No importa: probemos, probemos: le ganaré, compadre.

—¡Vd. ganarme!....

—Le juego mis prendas.

—Acepto; pero lo robo, compadre.

Y eligieron un largo campo para correr. Al final de la cancha, colocaron un mortero, que señalaba la raya.

El astuto Sapo dió cuenta de la apuesta á los suyos; y eligiendo compañeros que se le parecieran, los colocó escondidos á lo largo de la cancha, y al más vivo de todos dentro del montero, á fin de que unos tras otros, aparecieran siempre durante la carrera, engañando así al Suri.

El Suri parte huyendo. Con asombro suyo, vé siempre saltando al Sapo á su lado. Llega aquel á la raya, y cuando alardea de triunfo, sentándose en el mortero, el sapo que estaba dentro del mismo, le grita:—¡alto, que yo llegué de antemano!—De modo que éste fué el ganador.

El Suri es la nube. Su carrera, es la que le impulsa el viento en el aire. El mortero es el objeto en el que se muelen las mieses producidas por la lluvia, de que aquel es portador. El Sapo, junto con la nube, llegando al mortero, representa, sin duda, otro elemento atmosférico.

[313] Así, sería posible que, para que no caigan ni piedra ni granizo, y sí lluvia, se castigaran con rupachico á los sapos estaqueados.

[314] L’Urubú et le Crapaud, pág. 203 y sigtes. del Folk-lore Brésilien, por F. J. De Santa Anna Nery, París 1899 (cit., por Ambrosetti, Notas etc., págs. 236 y 237).

[315] «Retrerez-vous pierres et rochis, criat’il en approchant de terre, ou je vous écrase».

[316] Tan interesante fábula ha dado tema á la siguiente poesía:

EL SAPO Y EL URUBÚ
Invitados á unas fiestas en el Cielo Son el Sapo y Urubú de largo vuelo. «Oh! compadre! me han contado que va á irse Á las fiestas,—dijo el Cuervo, por reirse. Sí, mi amigo,—dice el Sapo, muy ufano, Ir mañana he decidido, bien temprano. Más que todo, una ascensión me es necesaria ..., Que harto sufro con mi vida sedentaria. A seguirle me dispongo, pero cuento Con que lleve, bien templado, su instrumento». «Tengo lista mi vihuela,—dijo el Cuervo, Y usted cuente, señor Sapo, con un siervo; Más su bombo precisamos en la fiesta, El bum! bum! acompasado de la orquesta». El buen Cuervo, con luciente, negro traje Está listo de mañana para el viaje. «Buenos días»; «que los tenga; tome asiento, Dijo el Sapo,—deje á un lado su instrumento». «Usted sabe que yo marcho dulcemente».... «Si le place, partiré primeramente». Y metióse, sin ser visto, en la vihuela. A la hora el Urubú con ella vuela. Cuando llega, le interrogan los del cielo Por el Sapo y otras cosas de este suelo. «Vaya! vaya! ¿imaginabais,—les contesta, Que aquel joven asistiera á vuestra fiesta Por vivísimo que fuera su deseo, Cuando es largo para el Cuervo este paseo? Si en la tierra ni cien saltos aventura, ¿Es posible que remonte tal altura?» Lo cual dicho, su vihuela deja á un lado, Ocupando su lugar de convidado. De improviso, deja el Sapo su escondite, Y aparece muy finchado, en el convite. Gran asombro en la asamblea! Baila y canta Con el trémolo fugaz de su garganta. Cuando acaba, todo el mundo victorea, Y es el mismo del aplauso en la asamblea. Canta el Cuervo, y habla el Cuervo. Mientras dura Su discurso, el ardidoso se apresura O ocultarse nuevamente en la guitarra, Pues termina ya la célica fanfarra. Baja el Cuervo del empíreo firmamento, Más ya sabe quién hospeda en su instrumento. ¡Como nunca, la venganza es oportuna! Cuando pasa por debajo de la Luna, De improviso la vihuela vuelca y baja, Escapando por la boca de la caja El viajero de los aires y del cielo Sin más alas que sus patas para el vuelo. De las nubes cae el Sapo, como cosa, Y así grita con palabra lastimosa: «No en vosotras, piedras, rocas, de mi pecho! Oh! arenas! preparadme vuestro lecho!» Malicioso el Urubú, cuando súplica, «¡Es tan rápido su vuelo,—le réplica, Y seguro al mismo tiempo, mi compadre, Que sin duda fué un águila su madre!»
Cuenta el Sapo que las manchas de su lomo Le salieron con su caida como un plomo; Pero niega que esta historia, ya muy vieja, Tener pueda su estilada moraleja.

[317] Notas cit., pág. 237.

[318] En nuestro Pomán hay un lugarejo que se denomina Apoycco (Apu-Yaco), que dice:—Agua Señor—por la construcción de la doble palabra quichua.

[319] Barros Grez (Gaucho, Actas del Primer Congr. Latino-Amer., sec. IV, págs. 21 y 22) sostiene, por ejemplo, que los antiguos indios que poblaron á Cauquenes pasaron de las Pampas Argentinas á Chile, y que lejos de ser originarios de la Pampa, procedían de un pueblo venido de las zonas intertropicales.

[320] A D’Orbigny, L’Homme Américain, tom. II, págs. 90 y siguientes; P. Mantegazza, Río de la Plata, etc., pág. 400 y sigtes. (Milán, 1877); G. Pelleschi, Otto mesi nel Gran Ciacco, pág. 247 y siguientes (Firenze, 1881); F. F. Outes, Los Querandíes, caps. I y III (Bs. Aires, 1897); Guido Boggiani, Lingüística Sudamericana. Congreso Lat-Amer. cit., sec. IV, § V, págs. 242 y sigtes.; Lafone Quevedo, La Raza Pampeana y la Raza Guaraní, Actas del Congreso cit., part. 4a, § III (1900); Benigno T. Martínez, Etnografía del Río de la Plata (1898); P. Scalabrini, Demostración filológica de los conocimientos de los Indios (1898); F. Ameghino, Excursiones en la Prov. de Buenos Aires (Bolet. de la Academia de Ciencias de Córdoba, VI), y las monografías de M. R. Trelles, V. F. López, G. Burmeister, F. P. Moreno, etc. Generalidades sobre el asunto, pueden verse en La Antropología y Craneología de Robert Lehmann Nitsche (Rev. del Museo de la Plata, tom. IX, págs. 21 y sigtes., 1898) y en las obras General Anthropology and Ethnology (1886) y The American Race (New York, 1891) de D. G. Brinton, etc.

[321] J. W. Harshberger, Maize (1893).

[322] Los nombres de los cuatro hermanos Wabun, Kabun, Kabibonokka y Shawano, significan en algolkin los cuatro cardinales y los cuatro vientos que de ellos soplan.

[323] Barros Grez (Congr. Cient. Lat.-Americano, IV., pág. 200), en su estudio de interpretación de las pictografías de Tinguiririca, á propósito de la Fig. 11 de su lámina, ó de la Cruz griega, dice que ella es el signo de la tierra, con sus cuatro puntos cardinales, que han figurado con esta misma significación en otras piedras escritas.

[324] Este dios, no obstante haber sido sustituido más tarde por Motezuma, el último continuó siendo «el Señor de los vientos y de las aguas» (Squier, Travels in Nicaragua, II, págs. 3 y 4).

[325] Además de la nuestra, la de Lafone Quevedo, Museo Nacional, de la Plata é Instituto Geográfico, la colección Zavaleta (cuyo material no hemos podido aprovechar en este trabajo, á causa de estar encajonada en el Museo Nacional) es rica en alfarerías con cruces, y como lo hicimos notar en una monografía describiendo y clasificando la misma, cruces de cuadrados alternados, rojos y amarillos, pueden verse en diez urnas funerarias de Tafí y en cinco de Amaicha; los suris con cruces son también numerosos, sobre la parte ventral de otras urnas, siendo dignas de especial mención las que llevan los nos. 11, 19, 42, 63 etc. (Adán Quiroga, La Colección Zavaleta—tom. VII., cuads. 4 á 7 no II del Bolet. del Institut. Geográf. Argent., Buenos Aires, 1896).

[326] El Vaso, como símbolo de agua, fuente de la vida, es una figura conspicua en los mitos y artes americanos. El gran vaso Huecomitl juega un gran rol en el drama de la creación, entre mayas y aztecas. El vaso Ticci ó Ticcu del Perú, es un interesante símbolo atmosférico. En el valle de Méjico, en Tlascala y Yucatán se han exhumado imágenes portadoras de vasos. Estos vasos son una representación de los dioses del lago, de las aguas y de la agricultura.

D. Jesús Sánchez ha hecho una buena colección de interesantes ejemplares de vasos-símbolos en un artículo que publicó en el tom. I de los Anales del Museo de Méjico. Leo V. Frobenius, en la Revista Antrop. de Berlín (1895) estudio al vaso en las primitivas concepciones cosmogónicas (Brinton, The Myths of the New World, cap. V., página 152).

Nosotros poseemos una regular colección de vasos simbólicos de nuestro Calchaquí, que aún no hemos estudiado.

[327] De la propia manera que en las razas del sur y del centro, en las del norte figura invariablemente un ave mítica en sus cosmogonías y en las leyendas diluvianas, que guardan íntima conexión con las de la creación.

Los algonquines tienen su cuervo sagrado; lo mismo los thlinquit, con su gran volátil de la tormenta. A sus pájaros míticos llaman respectivamente Estas, Nikilstlas, Kanoakeluh y Caugy, los carrier, haidah, kwakiutl y tshimsshians. Yetl es el pájaro de los esquimales; los natchez tienen su ave cardinal; un pájaro sobre un árbol aparece en el diluvio del Codex Mejicano; un ave es un gran personage entre los aztecas, y en el Codeice Chimalpopoca figuran las aves míticas Xecotcovach, Cotzbalam y Tecumbalam (A. Krause, The Thlinquit Indian., cap. X; Brasseur, Le Liv. Sacré, pág. 27; Id., Hist. du Mexique, Cod. Chimolpop.; F. Desjardins, Le Pérou avant la Conq. Espagn., págs. 26 y sigtes).

[328] Lafone Quevedo, en sus Huacas de Chañar Yaco, limitóse á consignar el hallazgo curioso de los loros de malaquita dentro de las urnas funerarias, sin darse cuenta de este hecho, de sencilla explicación para nosotros.

[329] El facultativo alemán Dr. Bruno S. Scharn se ha dignado darnos estas noticias, desde su residencia de Santa María, por considerar muy interesante el caso.