Un «veneciano del estilo»—como Peladán llama pintoresca y acertadamente á Saint Victor, quien figura entre los contadísimos escritores que tuvieran de la significación de la Riqueza y la Finanza algunas exactas vislumbres—dice con su verba briosa, gallarda y más rica en valores subjetivos de lo que comúnmente se cree: «Si la Economía política tuviera sus poetas, éstos podrían cantar el largo y duro martirio que ha sufrido el Dinero antes de llegar á la dominación de la tierra.»
Todas las instituciones é industrias humanas pasaron por largos cautiverios y terribles pruebas, antes de enseñorearse del mundo. Basta observar las múltiples metamorfosis, penurias y malandanzas del más humilde arte, comercio ó práctica añeja, para percatarse de las infinitas depuraciones que sufren las cosas en los hornos de la alquimia social, antes de merecer la aprobación solemne de la Vida. Pero el martirologio de la Riqueza, desde el pobre capital inventivo del homo Mousteriensis Hauveri, hasta el acumulado en su castillo de las «Mil y una noches» por el mago de Menlo Park; las torturas de la Finanza, desde los morosos cambios de armas, especias, maderas olorosas y productos raros de países remotos, hasta las vertiginosas operaciones bursátiles actuales; desde las sitibundas caravanas de camellos que ponían en contacto, tal cual vez, á los pueblos comerciantes, hasta las serpientes de metal y monstruos marinos que ponen en circulación las mercancías de las ciudades y aldeas, y por medio del tráfico las une á todas entre sí más íntima y estrechamente que pudieron hacerlo la sangre ó la religión, no tiene igual. La historia de Mammon es la más aventurera y dramática de la historia de los dioses. Las maldiciones divinas y los anatemas humanos, llovieron sobre él. Crueles flagelos ensangrentaron sus robustos lomos de palestrista. Sus devotos fueron en toda la redondez de la tierra perseguidos, execrados ó expoliados siempre como representantes típicos del egoísmo y enemigos natos de la fraternidad. Y en el fondo, los sacerdotes y ascetas ocupados en la gran falsificación idealista, no se equivocaban: navegantes osados, astutos mercaderes, usureros voraces poseían los secretos del lucro, de la dominación y tendían, como los grandes capitanes por medio de las armas ó los sofistas por medio del discurso, á acaparar y oprimir. Los peligros de los mares ignotos, los azares de las rutas inciertas y temerosas, las luchas del comercio les afinaba la inteligencia y el sentido de lo real, robustecía los músculos en mil peliagudas gimnasias y hacía de ellos concurrentes temibles, y como tales, odiosos. Eran como los fermentos del mal en la levadura del pan eucarístico; los depositarios vulgares de la fuerza interior, que según Ferrero, «obra continuamente en las disposiciones intelectuales y morales de los hombres», y los obliga en cada época á crear nuevas riquezas é ideas, y á destruir los estrechos casilleros de las viejas costumbres, en que no encajan ya, ni sus apetitos ni sus ambiciones. Esa fuerza interior misteriosa, que otros nombraron antes, sin conocer su esencia ni explicarse su papel, fluido divino, voluntad, instinto vital, lo inconsciente, formas y derivaciones, en suma, más ó menos complejas y sutiles de lo que los modernos mecanistas llamarían acaso la energía, es la que se concentra en el Oro, aunque no se den cata de ello Marx y Engels al hacer de las luchas económicas el principio generador de la historia...
Con aquellos mercaderes, entraban y se hacían cada vez más preponderantes en las colmenas humanas, las substancias explosivas de las revoluciones sociales: las ambiciones de gozo, lujo y dominación, que Tito Livio, el viejo Horacio y Séneca en Roma, como antes en Grecia Theognis, Aristófanes y Platón tuvieron y condenaron por corruptoras, puesto que destruían los usos y sentimientos consagrados por innúmeras generaciones; pero que el mundo moderno, necesitado de actividades productoras y constante transformación, se inclina á considerar, en conjunto, como elementos generadores de progreso, á causa, precisamente, de que despiertan los apetitos dormidos, espolean las energías y son venero de producción de riquezas y renovaciones saludables, sin lo cual, es cosa sabida, que las sociedades consumen sus ahorros y declinan fatalmente.
Las virtudes tradicionales de los pueblos pobres y austeros, virtudes destinadas á flaquear como la inocencia paradisiaca de nuestros primeros padres al pie del Árbol del saber, no habían terminado su cometido y tenían algo que pergeñar aún, cuando los factores económicos hicieron su irrupción bárbara y empezaron á modelar á su antojo y abiertamente las sociedades. En secreto lo habían hecho siempre, porque siempre los hombres riñeron por un trozo de pescado crudo, cocido ó en salsa. Pero los antiguos no podían reconocer de buen talante el advenimiento oficial de Pluto, del dios revolucionario, que amenazaba destruir las instituciones civiles y religiosas, y á la par de ellas, los privilegios de las aristocracias seculares. Era «el vencedor, cubierto de sangre y que arrastra en su cortejo triunfal, un rebaño de vencidos y esclavos, encadenados á su carro de guerra.» Llegaba produciendo mil cataclismos y desquiciándolo todo: destruía las viejas jerarquías, libertaba á los esclavos, ennoblecía á los plebeyos, envilecía á los nobles y daba pábulo á mil actividades desconocidas, á mil costumbres nuevas y á una nueva mentalidad. No hay sino considerar las reformas de Solón y Servius, para darse cuenta de la magnitud de las revoluciones sociales que siguieron á la aparición del dinero como Majestad en Grecia é Italia, cinco ó seis siglos antes de nuestra era. Aun resuenan, repercutiendo de edad en edad, los lamentos é invectivas de los poetas contra la confusión de razas que traía consigo las bodas de los nobles arruinados con las plebeyas adineradas. Entonces, como en la magnífica corte del Rey Sol, como ahora, hubiérase podido repetir en ciertas ocasiones la graciosa y cínica frase de madame de Grignan disculpando á su hijo de haberse casado con la rica heredera de un fermier: «las mejores tierras necesitan, de tiempo en tiempo, un poco de abono». La riqueza empezaba á conferir los rangos y las dignidades en la sociedad y hasta en el ejército, como antes la religión y la sangre. Un personaje de Eurípides, á quien le preguntan de qué origen es cierto sujeto, contesta: «Rico, son los nobles de hoy». Y lo eran de fijo, los plutócratas que sabían enriquecer las ciudades con el comercio y defender las riquezas en los campos de batalla; lo cual no fué parte á impedir que los Polibios y Cicerones lamentasen acerbamente la relajación de los lazos sociales, la perversión de las costumbres, el lujo, la molicie, la gula, la avaricia, y, más tarde, las sangrientas luchas, terminadas á veces por terribles hecatombes y degollinas, entre señores y esclavos, patricios y plebeyos, ricos y pobres, en fin, con que se inicia el reinado del dios que había de ser luego tan amante de la paz. Séneca, moralista estoico, no exento, sin embargo, de concupiscencia ni codicia, clamaba airado: «Es el dinero que revoluciona los forums, que precipita las turbas hacia los tribunales, que arma á los hijos contra sus mayores y fabrica los venenos; por él los reyes roban, matan y, á fin de descubrirlo entre las ruinas, destruyen ciudades que largos siglos de esfuerzo levantaran».
Resistiendo á su influjo, en apariencia funesto, aun sin traer á colación los horrores de la guerra, pues que destruía las augustas construcciones religioso-militares, los moralistas defendían el patrimonio social, la civilización propia contra las invasiones de los bárbaros que pretendían imponer la suya. Por razones fáciles de comprender, sólo percibían los miasmas deletéreos que la riqueza produce al estancarse y que es como el exceso del bien, semejante, en cierto modo, á los excesos no menos malsanos de la cultura, la moralidad ó del arte. La economía política y la ciencia social estaban por nacer, y la severa Clio en pañales no había descubierto todavía los genios que presiden el misterioso trabajo de las civilizaciones, ni las leyes que rigen la producción y el cambio de las riquezas, verdaderos sístoles y diástoles del corazón del mundo. Á esto será bien agregar, que el hijo de Jasión y la blonda Demeter, «engendrado en una tierra tres veces labrada», no producía entonces, como ahora, el desarrollo de tantas actividades benéficas. Las hechuras de Pluto, las ambiciones voraces, aparecían como contrarias al orden social establecido y la tranquilidad de las clases dirigentes; las voluntades que, endurecidas y afiladas en el comercio y la industria, iban derechas á dominar, incomodaban y constituían una amenaza, un peligro: no eran fraternales, traían la discordia, la guerra y contrariaban la obra pacificadora y enervante de la civilización, quintaesenciada en los preceptos galanos que, plácidamente, caminando por prados floridos, caían de la boca de los maestros y recogían, ávidos de amoroso saber, efebos gráciles y desnudos.
Considerándolo atentamente, ocurre preguntarse si quizá el odio á la Fuerza invencible y su heredero el Oro, en que rematan las religiones, filosofías y morales después de Platón, á quien tan duras invectivas le merecieron las clases adineradas, no es el síntoma típico, aunque inadvertido para el poeta de «Zaratustra», de la reacción de los débiles contra los fuertes, dictada por la urgentísima necesidad, de que nos da señales inequívocas la doctrina cristiana, de atenuar la virulencia del egoísmo nativo y corregir los abusos naturales, pero anti-sociales de los poderosos, á fin de hacer posible la vida común y la santidad de la existencia.
El amor de la riqueza, la Riqueza en sí, es la objetivación condensada y cabal del egoísmo, hostil al renunciamiento, á la generosidad inútil, á los ideales humanitarios; hostil á lo que no sea el interés genuino y vital de las criaturas. Esto explica de sobra los males que causa y su condenación por los santos varones, sobre cuyas testas sin fiebres y que ignoran la razón fisiológica de los fenómenos sociales, desciende majestuosamente, como sobre Parsifal, la blanca paloma del espíritu de Dios, cuando el hombre simple, por un prodigio de la fe, hace resplandecer de nuevo la sangre de Cristo en el vaso sagrado del Graal. Pero el egoísmo, por otra parte, es la fuerza, el nervio, el jugo de la voluntad; es, en cierto modo, la virtud humana, lo cual explica, no menos cumplidamente, su triunfo en el mundo y rehabilitación por los fervientes de la Vida y la moral del esfuerzo triunfante y creador. Mas esto atañe á los sociólogos de novísimo cuño, excitadores y organizadores de los egoísmos desvirtuados por las dulzuras de la civilización, no á los moralistas de vieja cepa, de industria adormecedores, cuando no destructores de aquellos egoísmos, como cumplía, hasta cierto punto, en las épocas en que el animal humano era demasiado bravío y acometedor.
La obra del cristianismo, como antes la del budismo en la India, fué amansarlo, introduciendo en el tumultuoso corazón de la bestia el desinterés y la piedad. Y en efecto: la antipatía hacia las voluntades sobrado dominadoras se acerba, acrecienta y desborda como un río que recibe copiosos é inauditos afluentes, después que Jesús enseña el estrangulamiento del deseo y el horror de los bienes terrenales. «Vosotros no podéis amar al mismo tiempo á Dios y á Mammon», dice en el «Sermón de la Montaña», y tal repiten contritos, apóstoles, frailes descalzos y doctores de la Iglesia en la larga noche medioeval, noche de pesadillas tenebrosas y macabras, de visiones terríficas, fugaces luminosidades de fuegos fátuos y perennes sombras, cuyo misterio aumentan el murmullo de las plegarias y los gemidos dolientes al pie del confesonario. Diríase que, llenando de horrores y pavuras la existencia, iban á descepar del alma el sentimiento de las realidades y el apego de todo bien. Dios y Mammon no cabían en el mismo plato. Uno era la negación, el otro la afirmación del mundo que urgía destruir como hechura del demonio.
La mala conciencia, como un murciélago fatídico, revolotea en tomo de las almas. «Época exquisita y dolorosa para los artistas», asegura Huysmans, un fino conocedor de la voluptuosidad del pecado y del cilicio. Se vive en una pura y angustiosa zozobra, con los ojos vueltos hacia las soledades del cielo, y las flacas y pálidas manos se juntan unánimes en demanda de perdón. El goce, el amor, la vida, y, particularmente, el Oro, en el que se resumen todas las concupiscencias, son engendros satánicos. Ansias locas de purificarse y morir, agitan los pechos hundidos por la devoción y las penitencias. Y así, como esos lirios que brotan en las sepulturas, nacen en las conciencias atormentadas, el desdén de las realidades, el desprecio de los bienes positivos y la economía celeste, que sólo regula las relaciones místicas de las criaturas con el Todopoderoso sin curarse de nada más. ¿Para qué? Lo importante es la salvación de las almas: el resto, es asunto de poca monta. Las sociedades hambrientas se nutrirán como los pájaros, «que no siembran ni recogen», de lo que Dios les dé. El estado ideal será la pereza noble, la mendicidad santa, la ausencia de todo deseo egoístico y de todo apetito carnal, bien que á veces, apurados por necesidades terrenas y fatalidades fisiológicas, papas ávidos y concupiscentes, como los del siglo vi; ambiciosos patriarcas, como los de Alejandría, y caballeros andantes, como los templarios, se dieran en cuerpo y alma á la conquista de la riqueza y al demonio de la dominación. Papado, guerras religiosas, política eclesiástica y los concilios, que se transforman en campos de batalla de los ardores menos mansos y evangélicos, muestran la flagrante contradicción de la metafísica cristiana y las necesidades de la existencia. Sólo transando y deformándose mútuamente, han podido vivir codeándose durante el largo período que empieza con la revolución mística del cristianismo contra el materialismo pagano y concluye impensadamente con la revolución materialista de los proletarios contra todas las teodiceas, éticas é ideologías. Ayer las miradas y las aspiraciones, atravesando la pupila ojival, iban al cielo como las góticas flechas de las catedrales; hoy la humanidad, anemiada por los ayunos y penitencias y deseosa de retemplar su ánimo con la alegría de vivir, vuelve los apagados ojos hacia la tierra fecunda que produce las flores aromadas y el rubio trigo, ¡Dramático contraste! Él explica lo que va del Dios ciego y ventrudo, satirizado por Aristófanes y Luciano en sendos poemas, al magnífico Pluto de Goethe, cuyo carro triunfal conduce la «Prodigalidad», la Poesía; lo que va del bonete irrisorio del judío, escarnecido y confinado en la prisión del Ghetto, como una alimaña vil ó sanguijuela chupadora de la sangre noble, á la corona de oro macizo de los reyes yanquis, que tiran millones al viento con el majestuoso ademán del sembrador lanzando la simiente, y hacen brotar ciudades y vergeles en los desiertos áridos; lo que va de Shylok y Harpagón á Morgan y Carnegie; lo que va, en fin, de la sociedad de mendigos de San Juan Crisóstomo, el amor de la Pobreza del serafín de Asís y la vida penitente de los anacoretas y ermitaños al determinismo económico, las doctrinas nietzequianas y la religión de la Vida.
Aunque en realidad fuera el primer incentivo del deseo, teóricamente el Oro es la cosa maldita. Durante luengos siglos el desprecio de los bienes terrenales, que apunta en las viejas religiones, exceptuando las que florecieron con los olivos de Grecia, informa los morales idealistas, pasa al arte, á la literatura, á todo lo que toca á la inteligencia y el alma, y se dirige francamente contra lo más impuro y terrenal, por ser, sin duda, la materialización de los deseos, pasiones é instintos más intrinsecamente humanos. Sí; teóricamente el dinero es la cosa maldita. Especular, enriquecerse, son invenciones de Mara, según los discípulos de Buda; invenciones de Satán, para los cristianos: un pacto con el demonio, para todas las criaturas humildes y temerosas de Dios. Como la Fuerza, es el Oro el enemigo del Amor. «Saldrá de la obscura tierra una cosa que pondrá á toda la especie humana en peligro de muerte; que inspirará infinitas traiciones, robos y perfidias, arrebatándole la libertad á las ciudades y la vida á los individuos. ¡Cuánto mejor no sería que volvieras al infierno, oro, monstruoso elemento!» clama el gran Leonardo con el ciego furor de un apóstol de la pobreza, él, que en plena obscuridad, tuvo tan luminosos atisbos y fué sabedor de tantas cosas. Y como él, nadie barrunta las fuerzas maravillosas que duermen en el corazón del dios ciego como Eros, esperando la voz taumaturga que le ordene producir los modernos milagros. El desinterés de los filósofos y sacerdotes de la falsificación idealista, corre parejas con el inflamado ascetismo de los monjes que, por pura penitencia y mortificación de la carne, se emparedan, viviendo entre inmundicias de la limosna pública, déjanse desecar los miembros ó comer por los piojos, los gusanos y la mugre. Vivir en el desprecio del mundo es el pináculo de la sabiduría; desdeñar las riquezas y las actividades renumeradoras, es vivir filosóficamente. Hasta muy entrada la edad moderna, el púlpito, la cátedra, el libro vomitan airados las más rotundas invectivas contra la sed de lucro y las ambiciones interesadas. El dinero no pierde su olorcillo de azufre. Poetas parásitos de los grandes señores; hidalgos orgullosos y famélicos; los inútiles de todas las profesiones y los incapaces del largo y paciente esfuerzo que exigen los favores de la Riqueza, la insultan y escarnecen llenos del secreto rencor de los amantes desdeñados. Y la sempiterna incomprensión de la engolletada y casquivana Literatura, llega hasta nuestros días con la maldición de Alberich, á pesar de tener delante las maravillas realizadas por la virtud del Oro, entre las que podrían contarse, aunque inacabadas, la paz del mundo y la unión del género humano.
Los míseros vástagos de Bucaret, Harpagón y Mercadet pululan en las piezas de teatro y novelas contemporáneas, y, sobre todo, en la producción literaria francesa, como correspondía, por legítimo é indiscutible derecho, al pueblo más idealista, razonante y amoroso de la pluma caballeresca de Enrique IV y del penacho fantasioso de Cyrano de Bergerac. «Las pequeñas fortunas se hacen de vilezas, las grandes de infamias», decía en serio el admirable Becque. Afirmaciones semejantes, y aun más subidas de punto, son el pan cotidiano entre las gentes de letras. Á creerlos, todo comercio sería una maniobra obscura y vil; todo hombre de negocios, un truhán vendedor de negros, como el respetable personaje de «La Petite Noémi». Es cosa admitida que, «on ne devient riche sans se salir un peu», y que, como quiere Bloy, «el Dinero es la sangre del Pobre». Huysmans, otro monje iracundo, pretende que es un elemento misterioso, cuyo poder sobre las almas no puede explicarse sino atribuyéndole una naturaleza diabólica. Y en esta católica concepción se complacen, no sólo los poetas, mas los filósofos como Finot, que compara los halagos de la riqueza, que no satisfacen jamás, á las caricias glaciales del diablo, cuyos besos, según confesión de las embrujadas, hielan de espanto.
Los adobes y afeites de la literatura, le prestan empaque mefistofélico al rostro simple y bonachón del comerciante, y hacen de éste, que tiene más de Sancho que de Borgia, la antítesis de las virtudes cristianas, la encarnación de los apetitos groseros, el espíritu del mal. Sin embargo, los viles mercaderes permanecen sujetos aún á las reglas y cadenas morales de que alegremente se libertaron ha tiempo los artistas. Á muchos les sorprende, sin duda, que los reyes de la Bolsa no traspasen ostias sagradas haciendo cabalisticos signos, ni sacrifiquen tiernos infantes los viernes santos, como sus congéneres los perros judíos de antaño, perseguidos en todos los países, robados, sacrificados por millares y quemados en todas las hogueras, más que por herejes, por conocer los secretos del lucro, su gran hechicería.
Los curiosos é infantiles personajes de «Les Effrontés», «Les Corbeaux», «Les affaires sont les affaires», y «L'argent» enseñan que el patrón literario del financista no ha variado desde Shakespeare, Molière, Le Sage y Balzac á Augier, Becque, Fabre y Mirbeaux. Es un ejemplo, digno de rugar las frentes pensativas, de la extraordinaria ininteligencia de los retores para comprender y aquilatar la fuerza y hermosura del último símbolo. Bien es verdad que el literato, fuera del mundo de la ficción, es un hombre incomprensivo y estúpido. Diríase que, á fuerza de vivir con el oído atento á las misteriosas campanas de la Ys interior, hubiera perdido la facultad de entender los himnos gozosos de las realidades, que pasan como una teoría de sonrientes vírgenes, cargadas de frutos y coronadas de flores. Esta inferioridad, esta ineptitud conmovedora, pica en grotesca cuando se trata, no de filósofos ajenos á los vanos ruidos del mundo ó de poetas embebecidos en sus encantadas imaginaciones, sino de moralistas de teatro, mundanos y escépticos; que comprenden y disculpan las flaquezas humanas, sonríen benévolos á la voluptuosidad y al vicio y sólo se vuelven intratables al juzgar los pecados austeros de los adoradores de Pluto. Tal el amable Capus, que cito precisamente, por no tener nada de un severo moralista, ni ser un sistemático detractor de los vientres dorados, como el obtuso y pueril Fabre. Su comedia «Les Deux Hommes», nos muestra para condenar á una y enaltecer la otra, la oposición de dos morales: la del delicado Delange, quien á causa de su temperamento poco heroico, en verdad, gusto del pasado y educación caballeresca, se siente vencido antes de luchar, y espera noble y elegantemente que los apaches vengan á arrancarle los últimos sous que le quedan; y la del arrivista Champlin, sujeto vulgar, envilecido, como no podía menos de ser, según el prejuicio literario por la sed de riquezas, lujo y goces materiales. Y bien, hablando con franqueza y lealtad, Delange, el noble Delange, el personaje simpático de la pieza, pertenece á aquella dilatada estirpe de idealistas imbéciles que otro idealista de más enjundia y garra, Barrès, aconseja enviar al matadero. Es precisamente lo que hacen los hados cuando el sibarita decide, en un viril arranque, bajar á la arena, lanzarse á la lucha, envilecerse en la Bolsa. Parece resuelto á ser un hombre terrible. Sin tomarse otro trabajo que el de seguir las indicaciones de un mal consejero, interesado en arruinarlo, el buen Delange hace una jugada infeliz y pierde, como era lógico, obrando con tan poco seso, lo que le resta de su menguado peculio. Y basta, ya ha hecho todo lo que había que hacer para ablandar la esquiva suerte; ya ha dado la medida de sus fuerzas y toma una actitud resignada para morir. Como se ve, la odisea de su energía no es muy famosa. Champlin es harina de otro costal. Se agita, sufre, lucha; quiere vivir, vencer, gozar y, como el doctor Fausto, «ver á sus pies la nave rota y hundida». Á pesar de todo, no es tan bajo ni ruin como parece. La ganga de sus sentimientos groseros, contiene las partículas de oro de una ambición generosa y audaz. Corregido de sus vicios, la humanidad podría esperar algo de él. Su egoísmo puede ser fecundo. El desinterés de Delange será siempre estéril. Harta razón tiene Champlin cuando le dice al que, entre paréntesis, pretende arrebatarle, no la bolsa, sino la mujer lo cual, á lo que parece, es más lícito y noble: «Con vuestras ideas no se trabaja, no se obra, no se funda nada, no se crea nada; sólo se llega á ser un inútil y un egoísta». Bien dicho. Sin embargo, después de esta inusitada vislumbre, el autor rinde parias nuevamente al prejuicio literario y al sentimentalismo del público. La pieza termina así: «Champlin será rico: ¡pobre muchacho!» Por donde se colige que la riqueza es una especie de maldición.
Y el sentimiento es general. No recuerdo haber leído novela de la índole de «Un homme d'affaires» de Bourget ó de «L'Or» de Margueritte, sin contar muchos tomos de la «Comedia Humana»; ni visto pieza, como «La Question d'argent», donde la filosofía del autor se traduzca de otro modo que enalteciendo á los sentimentales y condenando á los viriles[1]. Porque lo vituperable é innoble, como en el teatro de Fabre, resulta que no es la ambición exclusiva de lucro, la torpe avidez de los hombres de negocios; mas la ambición en sí, la voluntad dominadora, el espíritu de empresa, el amor de la lucha y la aventura y lo contrario de las virtudes elegantes, contemplativas, que merecen los aplausos de las almas nobles.
[1] Estas páginas fueron escritas antes de aparecer «Le Trust» de P. Adam.
Aunque simple y pecador, paréceme que esta suerte de propaganda, digna del poeta de las Florecillas ó de los ascetas de la India, que aún se acuestan sobre colchones de clavos y viven de la pública caridad, es la que menos conviene á un pueblo excesivamente galante, sentimental, artista, pero nada sobrado hoy de energías viriles. ¡Mas qué sería, sin tales arrestos de desinterés, del amor de las actitudes estéticas y de los bellos discursos que tanto amamos los latinos; particularmente los más enfermos de ese mal misterioso y baladí que se llama la literatura! He ahí por qué el viejo prejuicio contra las actividades interesadas y especialmente contra el lucro, desvanecido en casi todas las clases sociales, sigue arraigado y vivaz entre las gentes de letras. Ya se sabe que ello es pura retórica; tema susceptible de dar pie á elocuentes volteos verbales; pero aun así, tanta ceguera y obstinada persistencia en un error, comprensible en la antigüedad, donde la riqueza era á veces corruptora, pero sin disculpa en las civilizaciones actuales, que han menester de los alados pies de Hermes para no quedarse rezagadas, debe de obedecer á razones profundas, aparte de indicar la poca aptitud de los irrealistas para comprender el mundo moderno y traducir la acerba inquina de los hombres de pluma por los hombres de espada, de los rêveurs por los agisseurs. Es una especie de odio sacerdotal. Quizá retores y humanistas, representantes típicos del espíritu clásico y de la disociación ideológica, se sienten amenazados en sus privilegios de clase pensante—como antes las aristocracias históricas por las actividades económicas que tendían á destruir el dominio secular de aquéllas—y lamentan la agonía de un mundo encantado que, como hechura propia, les era tan dulce y favorable; quizá niegan las aptitudes que no poseen y contra las cuales no pueden luchar victoriosamente. En cualquier caso, la condenación implícita ó categórica de la vida moderna y las virtudes necesarias del momento, tan nobles y útiles como lo fueron en el suyo las encomiadas en la «Imitación de Cristo» ó los libros de caballerías, implica en los que la formulan de una ú otra manera, la incapacidad de adaptarse al nuevo ambiente, y es como la dolorida protesta de los que van á morir...
Á pesar de la manifiesta hostilidad de los representantes del intelecto, la Vida, disfrazada con los mil antifaces del deseo y de la necesidad, seguía incubando la formación de la Riqueza, y ésta, á su turno, en secreto, pero tenazmente, modelaba las almas con sus dedos de oro y reunía en una lucha trágica, sin tregua ni término, los inmensos materiales de las grandes civilizaciones. La Riqueza, aunque por modos invisibles á veces, fué y sigue siendo la musa del mundo. El salvaje que descubre los primigenios secretos del fuego y de la simiente, de la industria y la agricultura, y el ingeniero que aplica la química á la agricultura y la industria, obedecen á la misma ley é idéntica inspiración. Estas van más allá de los limitados horizontes de la lucha por la existencia, del interés de los utilitarios y del mismo placer de los epicúreos; arrancan de la noble ambición de conquistar el universo, á que obedecen por naturaleza y secretamente los elementos, las flores, los hombres, las sociedades. La cosa maldita, la cosa vil: la Riqueza, es acumulación y conservación de voluntad, como la ciencia es acumulación y conservación de pensamiento. El poder diabólico del dinero, aborrecible é inexplicable para los moralistas, viene, sin duda, de que es el signo de aquella voluntad preciosa. Por eso delante de él, quieras que no, todo obedece, y hasta los mismos dioses bajan la cerviz y doblan las rodillas. Y por la misma causa seguramente, cuando una clase social como la burguesía, se hace, por instinto, la ejecutora del deseo de poder impuro, pero fecundo, contenido en el Oro, remueve y transforma, como por encanto, la inteligencia, el corazón y el alma del hombre; triplica sus facultades y alientos con el acicate de todos los apetitos; rompe las cadenas feudales, murallas de la China y diques religiosos opuestos á la expansión soberbia de la fuerza humana, y lanza millones de voluntades, antes pasivas y estériles, al rudo y mortal combate... que produce los bienes de la tierra y las magnificiencias de la vida. Espoleada por su calenturiento afán de posesión, que muchos llaman torpe y funesto y que habría que llamar divino, la burguesía, la clase más revolucionaria y por lo mismo la más progresista, perfora ó parte las montañas, que muestran sin dolor la carne viva de sus filones de piedra; ahonda y ensancha el cauce de los ríos; surca el planeta de carreteras pulidas como la plata y venas de hierro por las que corre la rica sangre del mundo, y vivientes alambres, y líquidos caminos de zafiro y esmeralda, llevando por doquier, junto con las mercancías, la competencia y la lucha económica, las ideas, los sentimientos y las esperanzas de los países más remotos. Así se fecundan mútuamente las almas de los pueblos que no se conocen. Es la guerra, pero también es la paz: la burguesía suprime las fronteras y une á los hombres. Nada le resiste. En un periquete destruye las antiguas formas de la producción que, insegura y torpe, arrastra los pies como una vieja centenaria, y á la par de ellas destruye también las relaciones humanas por la producción establecidas en gran parte. Y crea los prodigios de la grande industria, los milagros del maquinismo, el mercado universal, donde, fuerza es confesarlo, todo se vende y todo se compra, sin exceptuar las funciones más conspicuas y venerables, pero donde todos saben también á qué atenerse por conocer el precio de las cosas, sin excluir el precio del desinterés... Nadie pide cotufas en el golfo de los egoísmos humanos, que es mejor admitir y conocer que no disfrazar hipócritamente, pero ello no veda canalizar estos últimos hacia el altruísmo,—que es una forma superior de aquellos—y el bien de las sociedades. Sin embargo, moralistas y sociólogos hay que imputan á la burguesía, entre otros horrendos crímenes, la falta de ideales generosos y el haber reducido los lazos de la familia y las relaciones de los hombres á puras operaciones aritméticas. Falso. Ella ha tenido el magnífico ideal de la abundancia de pechos inagotables; el culto de la vida intensa, desbordante de fuerza y hermosura; la moral de la lucha, que fortifica y ennoblece. No ella, sino la ciencia, la filosofía y la historia han hecho ver la urdimbre de sentimientos interesados que constituyen la trama de la vida. Lo que hizo la burguesía, empujada por fuerzas fatales, fué sustituir la franqueza á la hipocresía, desenmascarar los intereses, libertar los egoísmos, darles libre escape ó juego á los instintos dominadores, los más vitales y sanos en el fondo, para domeñarlos, servirse de ellos sabiamente, como los marinos se sirven de las corrientes y los vientos, y convertirlos en colaboradores sumisos del progreso universal. Gracias á la virtud mágica de esos egoísmos é intereses, condenados con palpable contradicción por los mismos profetas del determinismo económico, desaparecen de la tierra los desiertos hostiles y también los páramos donde reina la Muerte blanca; los atajos ariscos y temerosos, se convierten en carreteras arboladas; las chozas humildes, en palacios suntuosos; las aldeas miserables y somnolientas, en ciudades inmensas como el mar y bullentes como él. Comparándola á otras edades que conocieron los espectros del Hambre, de la Peste y del Terror, la era capitalista transforma la miseria en riqueza, el dolor en alegría, la esclavitud en libertad. Ella ha puesto al alcance de los humildes una gran cantidad de bienes y goces que antes les estaban vedados. Sus mismas imperfecciones y vicios llevan en sí los gérmenes de futuras reivindicaciones sociales. Éstas se producirán á su tiempo y quizá de un modo contrario á lo previsto por los arúspices de la ciencia social: de un modo anti-racionalista y anti-humanitario. La acumulación capitalista produce ya, sin quererlo, la asociación, la cooperación, la repartición de capitales; la lucha de clases, tan maldecida, el vigor de todas ellas y la liberación lenta, pero segura de las explotadas. Pero la burguesía hace más: su gran obra, su obra diabólica, su misión divina, es la de convertir precisamente los sentimientos vagos, los deseos pueriles y las nostalgias enfermizas del idealismo en ambiciones audaces, en voluntad concreta de dominio, en afán de lucro, en fiebre dorada, que se comunica, como el fuego griego é inflama al mundo, engendrando más fuerzas y produciendo más maravillas en sólo un siglo, que pudieron acumular juntas las pasadas generaciones en los siglos restantes.
He ahí su crimen radioso, su vergüenza y su gloria.
Y todo ello, no por razones sociales, sino por razones metafísicas: por haber escuchado los eternos mandatos de la Divinidad en el alma heroica del Oro.
Sin caer en alambicadas sutilezas ni picar en sofista, podría aseverarse que el tenebroso parentesco de la fuerza y lo divino, existe también entre el Oro y la Fuerza. Como ésta, de quien es legítimo heredero, el Oro inspira el santo horror y la fatal atracción del arcángel desterrado del Paraíso, pero que ha hecho de la tierra su vasto imperio. Las religiones lo maldicen como á Satán trismegisto; los poetas lo execran como al símbolo de la prosa vil; los irrealistas lo aborrecen como á la encarnación perfecta del egoísmo, de la impureza humana; pero las voluntades, servidas á maravilla por un instinto inequívoco, lo desean ardientemente, lo aman con pasión y lo esperan en sueños, como la bella del Bosque durmiente al Príncipe Charmant. Es el prometido. Llega, las coge de la mano, dulce ó violento, y las conduce por caminos de rosas ó espinas, lo mismo da. Las bellas obedecen sumisas los caprichos del príncipe terrible y delicioso, y en sus brazos suspiran lánguidas y desfallecen de amor. Él, consciente de su poder diabólico sobre las almas, dicta leyes y éstas son acatadas por los mismos que lo maldicen á sabiendas... y lo adoran y obedecen sin saberlo. En su altanería señoril, no oye los insultos de los vasallos rebeldes: los somete ó anonada sin placer ni dolor, y sigue su camino imperturbable, sonriendo desdeñoso al bien y el mal que causa. Y en esa sonrisa orgullosa y cruel, se reconoce su origen olímpico, su esencia divina.
Parece cosa de encantamiento que la humanidad no haya sospechado nunca la excelsa genealogía del Oro, ni reconocido en su virtud prodigiosa de oponer hechos á la gárrula palabrería de los retores, un signo infalible de la fuerza inmortal. Las entidades metafísicas, huyen medrosas de las realidades vivientes que él crea; las falsificaciones del Espíritu, se desvanecen como fantasmas al contacto de los hechos que, por su fuerza vital, él impone. Él sólo es verídico; él sólo sabe, quiere y puede. Y no es extraño: todas las potencias servidoras de la voluntad de vivir residen en el Oro, ya que, por vías caóticas, por misteriosos medios, por extrañas condensaciones, la inteligencia, las virtudes, los deseos, los egoísmos, las quintas esencias de lo humano, han ido á reducirse y extractarse en las duras y áureas entrañas de la moneda.
Sociólogos y economistas loan, sin esfuerzo, la complejísima función social de la moneda ó del billete, que son para la economía del mundo, lo que la palabra para el pensamiento del hombre; reconocen, de buen grado, los beneficios de que las sociedades les son deudoras, entre los cuales podría citar, entre otros mil, el haber hecho evaluables y circulables comercialmente, ó lo que es lo mismo, ligeras y asutiles como los copos de nieve que empuja el viento, las cosas más pesadas é inamovibles de la tierra: los campos, los bosques, los filones de metal; algunos van hasta admitir ciertas analogías no ortodoxas, entre el punto de vista matemático y el punto de vista pecuniario, entre la ciencia que, para ser más comunicable se matematiza, siguiendo su propia ley, y los bienes materiales que, obedeciendo á los designios secretos de la vida, se monetizan para hacerse más sociables. «El imperio de las matemáticas», dice Tarde, dejándose elevar por las alas leves y enormes de los raptos de la imaginación, ajenos al fastidioso raciocinio de los economistas, «se extiende sin cesar, cada vez más lejos en el mundo del pensamiento como la moneda en el mundo de la acción». Otros, creen descubrir misteriosas similitudes entre la evolución de la fuerza y la evolución de la moneda, entre la mecánica y la economía; pero sólo se trata de parentesco material y epidérmico; nadie sospecha el parentesco divino, digámoslo así, por donde el Oro adquiere, sin embargo, su poder, seducción y misteriosa virtud existente y ordenadora. Porque el amor del Oro, como el instinto de dominación con el cual se confunde á menudo, es una forma sutil del egoísmo, de la vitalidad, de la fuerza, que busca extenderse indefinidamente, estableciendo por doquier su imperio y jerarquías, es que se adueña de todo lo humano y no se satisface jamás. Y la virtud benéfica de aquel calumniado amor, estriba ¡quién lo dijera! en la facultad milagrosa de mantener siempre ansioso el Deseo, satisfaciendo á la par los apetitos que provoca en cada etapa de la vida.
Desde tales alturas, difícil es desconocer la virtualidad suprema del Oro, ni su influencia decisiva y suma en la historia de las sociedades. Los que lo niegan, no lo conocen, no han penetrado su alma: son los observadores superficiales que sólo perciben las formas contingentes y deleznables de las cosas, sin descubrir jamás con ojo profundo, su esencia íntima y eterna. El temor religioso y goce diabólico que embargan la conciencia obscura del avaro ó del miserable á la vista de la moneda, brillante y fascinadora como la mirada de la serpiente, se me antojan sentimientos más robustos, levantados é hijos de una comprensión más musical del símbolo, que el desdén artificioso y obtuso del dinero, puesto de moda un día como signo cierto de espiritualidad y nobleza de alma.
Los torpes materialistas, los espíritus groseros son, á mi entender, los que únicamente aciertan á descubrir una fuerza impura en la que, en realidad, es el substratum de la voluntad humana. Contempladlo larga y religiosamente. Ese diminuto redondel de rubio metal, que fué en ciertos pueblos cuchillo ó cimitarra, como la zapeca china, antes de perder la hoja mortífera y convertirse en moneda—hermoso símbolo de su excelsa alcurnia,—es el habitáculo misterioso de la voluntad de dominación de los hombres y los pueblos. Todas las virtualidades de la raza, han ido á extractarse en su audaz corazón. Actos heroicos y vilezas, castidad y lujuria, penas y goces, realidad y poesía, desencanto é ilusión: la vida social, en fin, está contenida en el disco brillante y prodigioso, y por medio de él se transmite de unas á otras generaciones, como la vida fisiológica humana está contenida en el licor precioso, que transmite de unos á otros hombres la herencia de todas las edades.
¡Vida y Oro se reproducen y se heredan!
Esta sugerente similitud permitiría afirmar al menos dotado de imaginación metafísica, que la herencia económica es, bien considerada, una especie de prolongación de la herencia fisiológica, lo cual serviría para defender la Riqueza de los ataques furibundos de la crítica marxista y del anarquismo. Y, en efecto, no se comprende bien, después de lo asentado más arriba, por qué, si es legítimo heredar una neurosis ó una dispepsia, hijas de la disipación paterna, no es legítimo heredar una fortuna... producto de la paterna previsión y economía... En cualquier caso, el Dinero participa de la inmortalidad del plasma germinativo: el deseo eterno y la imperecedera esperanza se reproducen y heredan por medio de él; y es al propio tiempo la cosa viva y espiritual por excelencia, ya que añade á la virtuosidad presente y sin fin, la virtualidad extractada del pasado infinito. De ahí que represente, antes de todo y por encima de todo, valor moral. En medio del escepticismo regalado y licencioso de las clases afinadas por la cultura, y el grosero descreimiento de las masas, libertadas de todos los frenos, él, como un dios único, benigno y todo poderoso, mantiene firmes las voluntades é impide la corrupción general. Lo que no pueden hacer ya las religiones ni las morales con sus aventados preceptos y dogmas, lo hace él, descubriendo á los ojos ávidos de las muchedumbres, no fementidos paraísos, mas los goces, los placeres, los bienes reales de la vida. Es por conquistarlos en rudas batallas, que el hombre se disciplina metódicamente, doma sus ímpetus bárbaros, obedece á la ley, exalta sus facultades, tiende sus nervios, piensa, obra y sueña. El labrador, que lucha á brazo partido con la fatalidad; el banquero, á quien mil combinaciones impiden dormir en su lecho de plumas; el inventor, que enloquece á fuerza de pensar, y el millonario, que prefiere los cuidados é incertidumbres de la especulación á la renta tranquila y segura, dejarían de ser, dejarían de obrar, dejarían de vivir, convirtiéndose en corchos muertos y podridos sobre las ondas, si Mammon no les pusiera en el alma una pimienta fuerte, el grano de sal divina que enardece la voluntad y da el gusto de la aventura y la conquista. ¡El Dinero! Su acción estimulante sobre las conciencias impide que el mundo caiga en letargo mortal. De varios modos, con mil alicientes y encantados espejismos, él crea y premia las aptitudes que la vida moderna reclama y sin las cuales perecerían las sociedades. Mirándolo, sin injustas prevenciones, él, el corruptor, es una gimnasia para los músculos y una disciplina moral. El gran pecado es no amarlo con bastante ardor; pero si se ama ardientemente, purifica y enseña á vencer. Esa es la razón de que el nieto de Themis, la cual que junto á Zeus vela por el orden del universo, tenga más adoradores que todos los dioses juntos. En las Bolsas, sus templos colosales, se enfervorizan los ánimos abatidos y golpean el pecho los pecadores. Fuerza, ayuda y consuelo se le piden al dios resplandeciente como Apolo y taumaturgo como Dionisos. Su lengua es universal; su religión pasa por encima de fronteras, desiertos y mares, estimulando por doquiera las energías creadoras, los egoísmos acaparadores, las ambiciones combativas, los deseos, las esperanzas y también los intereses sórdidos, que por su misma crudeza se convierten en altruísmo. Son las virtudes que gozan de gran predicamento en la corte del dios blondo, y ellas deciden del triunfo.
Hasta los pensadores ofuscados por el prejuicio espiritualista, lo confiesan: las fuerzas productoras priman sobre todas las otras y tienen influencia decisiva en los destinos de los pueblos por ser, sin duda, las formas más universales del instinto de dominación, correlativo de la vitalidad. Es un hecho contra el cual se estrellan, como las olas contra el enhiesto peñón, las airadas y espumosas declamaciones del púlpito y la tribuna. No cabe dudar. La superioridad de un pueblo se concretaba antaño en el ejército; éste era algo así como el substratum de las virtudes y excelencias nacionales: hoy lo es la Riqueza. Sin ella ni universidades, ni industrias, ni escuadras, ni fuerza, ni hermosura. Sus altas y bajas determinan las mareas sociales. Un descubrimiento industrial, un cambio en la forma de la producción, la oscilación de los mercados, tienen más hondas y dilatadas repercusiones en el mundo, que las ideas ó sucesos, al parecer, más culminantes y transcendentes. Esto sin contar que la historia entera, sin excluir la del pensamiento, puede considerarse, en general, como el producto de la lucha de clases, determinada por la evolución del factor económico. Y como de ésta deriva todo en las sociedades, como de la diosa del duro corazón pende todo en el universo, no es mucho que el Poder abandone los tronos y castillos y siente sus reales en los despachos de los banqueros, en las usinas y los mostradores. De esta suerte el Oro se democratiza, porque liberta á los esclavos que obtienen sus favores, y establece la única igualdad positiva. Á la vez se ennoblece y, por decirlo todo, la única aristocracia real es la suya: las otras, son aristocracias convencionales, que viven de prestado y á la sombra protectora de la verdadera Majestad.
Por tantas y tan profundas razones, como brinde á una el laurel y la corona de rosas, franca ó hipócritamente, los pueblos se preparan para la conquista del vellocino de oro, que ya Jasón fué á buscar á la remota Cólquida y Colón á la soñada Cipango. Las actividades, aun las señoriles y desinteresadas, si se escudriña un poco, verase que se dirigen á la riqueza y por ella se aperciben y acicalan para la lucha. Talento, belleza, valor son, si bien se mira, filones auríferos explotables y que se explotan. Por tal arte, el dinero viene á ser el principio activo de la conducta, y las aptitudes más preciadas, las que su culto viril desarrolla. Implícitamente lo afirman educación é instrucción, cuando se proponen sistemáticamente armar hombres para la vida, para la lucha económica, en la cual, de buen ó mal grado, toman parte todas las voluntades. La Vida es actualmente la gran revolucionaria. El respeto sagrado de ella, aprendido en los laboratorios, pasa á la filosofía, con Nietzsche, Guyau y Bergson; á las religiones, con el pragmatismo; á la moral, con la vida intensa; á la política, con el imperialismo económico, y se traduce en las costumbres, con la moda y privanza de los deportes atléticos y juegos olímpicos. El arte mismo pierde la hierática impasibilidad y deja repercutir en su lírico corazón las pulsaciones rítmicas del corazón del mundo. Los manifiestos literarios de las nuevas generaciones de poetas, que pregonan en Francia la vuelta al paganismo y las virtudes de Zaratustra, ó glorifican en Italia el peligro, el hábito de la energía, la temeridad no parece sino que fueran una especie de Declaración altisonante de los derechos estéticos de la Fuerza y la Vida. «Todo lirismo es un arranque, luego una fuerza», dicen unos; «no hay belleza sino en la lucha, ni obra maestra sin un carácter agresivo» claman otros. Y templando ardorosos las liras de siete cuerdas, una para cada pecado capital, le arrojan el guante á los astros y se aprestan á cantar: la guerra, higiene del mundo, el gesto destructor de los anarquistas, el salto peligroso, el golpe de puño y el desprecio de la inmovilidad pensativa, el moralismo y lo femenino.
Y he aquí como el amor fatal de la lucha y de fuerza, mantenido cuidadosamente por el Oro en los corazones á hurto de la religión y la filosofía, se legitima, se ennoblece, se hermosea y transforma en religión universal.
Pero Mammon, como todos los dioses, es altivo y cruel: castiga ó destruye sin asomos de piedad á las criaturas ó las cosas que se oponen á los tenaces propósitos de su testa olímpica. Como Zeus tiene en sus manos el rayo que fulmina, y como Medusa la mirada que petrifica. Sin embargo, es más generoso y menos terrible que las otras divinidades. Junto al Poder torvo y al Derecho sañudo, parece un apuesto galán rendido á los pies de la Vida. Por lo general obra lentamente, dejando tiempo á las voluntades de fortificarse y seguirlo. Su procedimiento es la lucha y la selección económicas que en la sociedad han suplantado á la lucha y la selección naturales. Más aún: aquella parece ser el compendio y quinta esencia de las otras selecciones, porque todo esfuerzo, toda conquista y toda excelsitud, se convierten, de alguna manera, en jugos vitales dentro del enorme vientre de la producción.
Las sociedades que aceptan diligentes las condiciones impuestas por el nuevo ídolo, y se adaptan sin cesar á las transformaciones continuas del medio ambiente, provocadas por el trabajo formidable del dinero, fortifican los músculos en titánica gimnasia, prosperan, extienden su dominio: son las sociedades venidas al mundo á su hora, robustas y bien armadas para la inevitable concurrencia universal; las que no, decaen cualesquiera que sean los méritos que sustenten, degeneran, y no tardan en ser absorbidas ó esclavizadas: son las sociedades débiles ó enfermas, en las cuales la voluntad de dominación desaparece como la savia de las ramas que empiezan á marchitarse.
Las analogías de ambas selecciones dan testimonio de su excelso y común origen. Del mismo modo que la selección natural, la selección económica es implacable para los que no saben ó pueden luchar y vencer. La grande razón la guía: es una fatalidad, une fuerza cruel, como todas, desde el punto de vista humano, necesario y noble desde el punto de vista divino. Los débiles, los ineptos, los enfermos, los inactuales, son condenados, juntamente con su prole, á la perpetua derrota ó á desaparecer sin legarle al mundo los tristes vástagos de la miseria y del dolor. Otros depositarios de la vida, marcados en la frente con el signo luminoso y á los cuales la selección económica presta invencibles armas, ocupan los huecos dejados por los vencidos, por los superfluos, y, en resumidas cuentas, la humanidad avanza un paso, gana un punto en la evolución progresiva á que la empuja rudamente el instinto vital. De donde resulta que, contra los viejos prejuicios de la moral espiritualista y los códigos sentimentales, el Oro es un purificador, un educador de las energías más preciadas del hombre, un venero de virtudes sociales, aunque, como esencia y jugo de la fuerza y del deseo humanos, lleve en sí condensadas todas las grandezas y todas las impurezas de la vida.
Los sabios lo ignoran, pero los pueblos lo saben por instinto y obran como si de ello tuvieran plena conciencia: en los talleres, universidades y gimnasios se arman los hombres para la conquista del Oro, no sólo porque él ofrece á los apetitos ávidos los goces reales y la posesión efectiva de las bellas cosas de la tierra; no sólo porque el Oro es la posibilidad inmediata, al decir del escéptico France, mas principalmente por razones ocultas: porque representa valor humano, substancia anímica, la virtud extractada de las generaciones que fueron y es, en resumen, algo así como la semilla de la voluntad, el germen misterioso que atesora en potencia todos los actos del pensamiento y todas las realizaciones del deseo.
¡Qué mucho que lo sea todo y lo pueda todo, que atraiga y domine!
Lejos de ser una cosa muerta que pesa sobre las almas, como quieren algunos, constituye, al contrario, el estimulante más enérgico de la conducta, y es de hecho, el querer latente y realizable, la dominación: el elemento divino de las sociedades como la fuerza es el elemento divino del universo.
Si bien se mira y considera lo dicho, cualquier quisque puede predecir que en las sociedades productoras de los tiempos futuros, el Oro premiará todas las excelencias y será, por entero, lo que es hoy en parte tan sólo, al menos visiblemente: la medida de la capacidad social. ¿Cómo oponer á sus virtudes reales, patentes, eficaces, las virtudes decorativas ó histriónicas del idealismo ó el amor de la mentira del arte? ¿Cómo oponer á la necesidad, que no discute, sino que ejecuta, el capricho y la fantasía volubles de nuestra pueril razón? Vano intento. Aquí, en el terreno económico, aparece visible el antagonismo brutal de las aptitudes desinteresadas de los retores y los humanistas, y las aptitudes prácticas de los sociólogos. Y fuerza es confesar el creciente desprestigio de las primeras: son bellas é inútiles como esas damas criadas para regalo de los ojos, á quienes cuna y educación prohiben como vil cosa el lucro, y que prefieren prostituir su cuerpo en infame comercio á estropearse las pulidas manos en una tarea honesta y renumeradora.
¿Es, por ventura, la muerte de lo espiritual y de toda andante caballería? Á decir verdad, la orientación materialista del pensamiento y el predominio indiscutible de las naciones utilitarias, inducen á sospecharlo. La espada de San Luis y la lanza del buen Quijano, se mellan y rompen contra los escudos de Pluto. Las naciones que van haciendo del mundo su vasto patrimonio, no son las más caballerescas, ni las más cultas, ni las más religiosas, sino las más activas, industriales y pujantes en el mercado mundial. Lo certifican de modo irrefutable Inglaterra, Alemania y los Estados Unidos, países que con diferentes instituciones, distinto gobierno y cuasi opuesta cultura, pero vigorizados á la par por la misma enjundia económica, prosperan material é intelectualmente, y extienden cada vez más sus zonas de influencia política, lo que prueba, contra el fetichismo de las universidades, que no son las leyes, ni los mandatarios, ni tal ó cual mentalidad lo que asegura el triunfo de unos pueblos sobre otros, sino su capacidad productora, su avidez, su egoísmo, su instinto de dominación que se objetiva y hace carne en la lucha comercial. Este convencimiento obscuro, nebuloso, pero firme es lo que acaso produce en la evolución de las ideas, las reacciones contra la supremacía de la inteligencia sobre la voluntad, y en la práctica de la vida, el retorno, que los mismos gobiernos tratan de favorecer, de las carreras liberales, almácigos de mandarines, plumíferos y rectores sin don ni utilidad, al comercio y la industria. La flamante novedad de la pedagogía es la formación de voluntades audaces, no de idiotas sabios ó melenas apolínicas. Y las virtudes sociales que se premian, no son las contemplativas ó románticas del noble, pero caduco idealismo; tampoco la humildad, el renunciamiento, el desinterés del ascetismo cristiano, mas el contrario: la ambición insaciable, la combatividad, el amor de los bienes de la tierra, la facultad de arriesgarse, las virtudes activas é interesadas, en conclusión, que la lucha económica desarrolla fatalmente, destruyendo á la vez el sentimentalismo, la sensiblería y todo lo que en el alma es artificial, superfluo, desinteresado, inmoral... El mundo parece en vísperas de convencerse de que el egoísmo sano, es más provechoso para la economía social que el enfermizo desinterés. Aquel, por su propia fuerza expansiva, suele convertirse en altruísmo; éste, cuando no tiene tal origen, es un sentimiento ambiguo, inútil para el que lo experimenta y, á la postre, perjudicial para los otros. Mientras que «en el pomo de un sable ó en una moneda de cinco francos hay inteligencia siempre», podría decirse que en el desinterés no hay nada, ó sólo hay vanidad, cuando no mentira. Tengo observado que en la práctica el desdén aristocrático del lucro, destruye el sentimiento de las realidades y lleva á la insinceridad. La aptitud económica al contrario, y esa es quizá, en gran parte, la causa oculta del buen sentido, la viril franqueza y robustez de algunos pueblos, y del irrealismo, la frivolidad y flaqueza de otros. Mammon es verídico. Como la diosa de voluntad diamantina, no comulga con las patrañas ni las falsificaciones espirituales, ni se deja seducir por carantoñas ni embelecos femeninos. Cuando tercia en el juego de la vida social, acaba la comedia, concluye la farsa, caen los antifaces y cada cosa vuelve á su ser y adquiere su fisonomía propia. Un político inglés, que tenía mucho del señorío de Byron, algo del paradojal Oscar Wilde y no poco de Disraeli, me decía en cierta ocasión mientras nos alejábamos del Louvre, que él visitaba religiosamente en todos sus viajes á París: «Yo amo por igual el arte y la vida... pero no los confundo. Cuando visito un museo, me pongo mi monóculo de elegante; al salir, dejo caer el monóculo como un telón entre dos mundos y me coloco en su lugar una moneda de veinte dolars. Al través de ninguna lente se ve mejor que al través del vil metal, la verdadera naturaleza de las cosas.» Y al hablar así, bajo las antipáticas apariencias de un materialismo torpe y grosero, expresaba acaso una verdad profunda y sutil.
En el desinterés sólo hay vanidad cuando no superchería. «Los judíos no me han burlado jamás en mis negocios: los sentimentales siempre» solía decir también mi famoso Lord. Por mi parte, prefiero con mucho, en determinadas circunstancias, á los hombres y pueblos francamente egoístas y utilitarios: hablan un lenguaje claro y preciso; uno se entiende á maravilla; las palabras tienen un valor real, no engañan, ni disfrazan las intenciones como las rosas el puñal de Caserio. Además, por caóticas razones, no sometidas aún al bisturí de los psicólogos, tales hombres y pueblos son prácticamente, aunque parezca contradictorio, los más idealistas y capaces de acciones generosas. Es el lujo de la fuerza, que lleva al deber, al olvido de sí mismo y al sacrificio por los otros, como quería Guyau. No hay sino comparar para convencerse, la filantropía principesca y las funciones cuasi oficiales de los potentados yanquis, con la caridad parsimoniosa y las actividades pacatas y egoístas de sus congéneres del nuevo y del viejo continente, ó mejor aún, la obra y el carácter de las dos Américas. La inspiración protestante, el utilitarismo ardiente y austero de los puritanos de la «May Flower», supo imponer en los negocios públicos á los colonos de la América anglo-sajona, las soluciones pacíficas, convenientes al trabajo, y evitó, de ese impensado modo, la guerra civil, el caciquismo, la superstición gubernamental y la política alimenticia, miserias y lacras que con su orgullo hidalgo, desdeñoso de las actividades útiles, llevaron á la América española los vasallos de Carlos V, disertos y casuístas. Y el tal utilitarismo, andando el tiempo, había de permitir las más bellas floraciones de la inteligencia y la energía como cumplido remate de la abundancia y coronamiento de una civilización propia, castiza, elaborada con los instintos más egoístas y, por consiguiente, los más vitales de las agrupaciones humanas. Por el contrario, el fetichismo político, la idolatría de las leyes, los idealismos prestados y nebulosos no podían menos de traerle á las repúblicas de cepa española, como reacciones del egoísmo irreducible, las luchas armadas por el Poder, la palabrería gárrula de los practicones de la cosa pública y el sanchopancismo de una vida sin nervio ni hermosura ni grandeza. El resultado es la inmensa superioridad, no sólo económica, sino moral é intelectual de los yanquis, asombro del mundo por su genio mercantil, inteligencia política y valeroso idealismo. Esos rudos pioners son los pastores poetas que, sin miedo, «conducen por entre riscales y abismos el rebaño radioso de las quimeras». Si, á pesar de nuestras pretensiones de caballeros andantes del ideal, las tierras de los soberbiosos virreyes y finchados hidalgos españoles no han producido hombres universales como Washington y Franklin; filósofos como Emerson y James; moralistas tan esforzados ni de alma tan blanca como el Apóstol negro; poetas como Poë y Whitman; artistas, hombres de ciencia, archimillonarios capaces de los magníficos arrestos filantrópicos de Morgan y Carnegie, ni esos reyes de la Finanza que, desde sus torres feudales de veinte pisos, extienden su influencia á todos los ámbitos del mundo. Son los Anteos de la fábula, vigorizados al contacto de la tierra madre; las criaturas que, guiadas por un instinto vital, robusto y seguro, aciertan á vivir en perfecta é íntima comunión con ella. Natura les ha revelado su voluntad secreta de esfuerzo y lucha, de egoísmo y rapacidad. ¡Y desdichados los hijos para quienes la Madre permanece muda! Á pesar de los idealismos ornamentales y los perifollos de la retórica, caen en la corrupción, se envilecen en la pobreza, pasan hambres sin fin y mueren como el hidalgo manchego, confesando su generosa locura de justicia y razón humanas.
Es digno de meditarse, como ejercicio espiritual al salir de los templos y los museos, lo que la incapacidad económica, que trae á la grupa todas las otras, ha hecho de aquella nación que fué un día señora del orbe, y es aún hoy emporio de energías y virtudes, por desdicha inutilizables. Cumplió arduas y gloriosas empresas cuando se dejó guiar por sus instintos y apetitos de conquista y posesión. Extender sus dominios por medio de la espada, era la función fisiológica propia de un pueblo guerrero y fanático en un mundo religioso-militar. Pero los alientos de los soldados y aventureros de Carlos V, no inflamaron los pechos de los mercaderes de la Lonja, tímidos, perezosos é incapaces, como escorias que eran de la sociedad. La evolución de los intereses primero, y después el reinado de la Finanza, pedían los grandes capitanes del comercio y la industria. Los conquistadores tenían las rodillas sobrado duras para doblarlas ante la nueva Realeza. El vampiro del orgullo, el fanatismo religioso y la caballería les chupó la sangre y los tuétanos, y hoy sus descendientes no tienen fuerzas para empuñar la lanza, ni emprender nuevas aventuras, ni defenderse, siquiera, contra los mercaderes que los apalean y despojan en los caminos reales y aun en la propia casa.
Y como España, á pesar de sus relevantes méritos, excelencias y glorias, dan síntomas de lasitud, caducidad y parecen ininteligentes é inactuales, Portugal, Italia y la misma radiosa Francia.
Acaso se han adormecido escuchando el canto del ruiseñor.