EL DIVORCIO DE JEANNETTE
Affaire Daudet-Hugo

¿Recuerdan nuestros lectores el ruido que hizo en el mundo el matrimonio laico de la nieta de Víctor Hugo y el hijo de Alfonso Daudet? El tremendo Drumond tuvo a la sazón grandes desahogos.

El escándalo del matrimonio civil del hijo de Daudet, decía el antisemita, no es, desde luego, una excelente ocasión de ver claro en el alma de un gran letrado de fines del siglo XIX, de saber exactamente la idea que un escritor ilustre se forma de esas cuestiones religiosas, que a través de las edades han interesado y apasionado a los más nobles espíritus de la humanidad.

El padre de Daudet era un realista convencido; la madre, brava y digna mujer si las hubo, era una católica ferviente, como hay tantas en Mediodía; murió con el rosario en la mano; la hermana de Daudet es también una católica practicante. El hijo más joven del escritor, Luciano, gentil muchacho que tiene el aire tan distinguido y tan dulce, se ha educado en un Establecimiento religioso, en la escuela Bossuet; frecuenta San Sulpicio; su madre le acompaña, y para ayudarle, toma notas sobre el sermón, con la tranquila y sonriente bondad que pone en todo. Drumond mismo ha conducido a Luciano a misa, y se ha edificado con aquél buen comportamiento.

A León Daudet, estudiante, se ha referido recientemente, en el Courrier Français, el señor Groussac; Drumond nos dice que ha visto crecer su inteligencia. «Le he preguntado a menudo sobre el vocabulario médico, y me he extrañado de la precoz lucidez de espíritu de ese joven, que si hubiese querido trabajar[1] hubiera tenido las intuiciones filosóficas de su padre, con la ventaja de una educación más rigurosamente científica; ¡jamás, en cambio, he descubierto en él la sombra de una hostilidad contra la religión! La conmoción, justamente, lo que daba idea del asombro general, es ver a esas gentes renegar del Dios de sus padres públicamente, cínicamente, ante todo el mundo, únicamente porque hay una gruesa dote: tres millones». Y sobre Juanita: «¿Conocéis más antipática criatura que esta joven casada, que se estrena en la vida con una manifestación escandalosa?

Tiene veintitrés años—era en 1891—, edad en que se cree en Dios como en el amor, en la poesía, en la esperanza... Ella no se da cuenta de que hay pobres muchachas que no tienen tres millones, que están colocadas entre la prostitución y el hambre, y que tienen necesidad de que se les deje creer en alguna cosa para resistir a las tentaciones de la miseria». «La desgraciada niña no es tan culpable como parece. Era, en verdad, graciosa, cuando, dando los buenos días a todos, se paseaba alrededor de la mesa, en las comidas de Víctor Hugo... Es Lokroy quien»... Y aquí la ineludible conclusión: ¡el semitismo tiene la culpa!

Esa infancia de Jeannette, de George, de esos nietos que tuvieron por arrullo un inmortal y amable coro de versos: El arte de ser abuelo, ha sido una especie de leyenda. Ellos fueron los infantes de Hugo, emperador de la barba florida.

Por el secretario de Hugo, Lesclide, se saben cien pequeñas cosas, ligeros detalles, adorables incidentes y simples monadas. Recordemos algo de Jeannette en la vida íntima.

El maestro, anotaba Lesclide, adora a su nieta, y cuando no es madame Drouet quien nos trae sus «mots d'enfant», él lo hace voluntariamente.

—¿Cuándo tendré la muñeca que me has ofrecido?—preguntó Juana a una dama poco antes de los «etrennes».

—Pues—respondió la dama—el día 1.º del año que viene; es la época en que nacen las muñecas.

—Te aseguro, replicó Juana, que no hay necesidad de esperar tanto tiempo. ¡Nacen muy bien por Pascuas; hay huevos que están llenos de ellas!

Augusto Vacquerie, el escritor que acaba de morir, le dijo un día con tono serio:

—Señorita Juana, ¿sabes que tienes una cuenta a cobrar en el Rappel?

—¿Qué cuenta?

—Tres francos setenta y cinco, por tres mots de la semaine.

Juana duda y se vuelve a mirar a su abuelo.

—Papá—así llamaban a Hugo sus dos nietos—, ¿es cierto eso?

—¿Cómo?—responde el poeta—. ¿Tú escribes en los diarios? ¡Y sin avisarme!

Un día Juana dice a su abuelo:

—Papá, ¿no soy suficientemente grande?

—Sí, amor mío, lo eres.

—Y bien, yo quisiera no acostarme temprano esta noche.

—¿Por qué?

—Vienen senadores a hablar contigo; quiero verlos.

—Pero, querida, vas a aburrirte.

—No me aburriré.

—Querrás jugar.

—No jugaré.

—Harás ruido.

—Estaré bien formal.

—¡Y bien!—dijo el abuelo—. Arregla eso con tu madre; por mi parte, acepto con gusto.

La chiquilla estaba contenta con aquella muestra de confianza.

—¿Sabes política?

—No; oiré lo que dirán.

Por la noche los senadores concurrieron.

La señorita Juana, agarrada de la levita de su abuelo, los escucha atentamente. Una formalidad ejemplar. Víctor Hugo muestra una gran vivacidad oratoria, se exalta, y su voz sonora hace resonar el salón rojo.

—¡Papapá!

—¿Qué, hija mía?

—¿No es conmigo con quien estás enojado?

—No, «Ma mignone».

La tertulia se acaba; los senadores se van; no hay sino una voz para alabar la ténue de mademoiselle Jeanne.

Lo cual le hace venir otra idea.

—Abuelo, ¿quieres llevarme al Senado mañana?

—Sí, si eso te divierte; no tienes sino que ir con tu madre.

—¡No, con mamá no quiero, contigo!

—No es posible, no te dejarían entrar.

—Pero si tú lo dices...

—Aunque lo diga yo.

—Y bien, tú no dirás nada; me tomarás de la mano, entraremos y me pondrás sobre tus rodillas.

—Sí, pero vendrá un ujier vestido de negro y con una gran cadena, y te dirá: ¡Señorita, vos no sois senador!

—Y yo responderé: ¡Señor, yo soy su nieta!

Una noche, en el salón un tanto sombrío de la rue Drouot, 20, madame Charles Hugo tenía un bebé sobre sus rodillas y lo vestía para dormir.

A alguna distancia, Víctor Hugo hacía arrodillarse a Juanita, dans le plus simple appareil, y le hacía decir su plegaria. En esa plegaria, extraña a las liturgias conocidas, Juana pedía a Dios ser discreta y obediente, le recomendaba a su padre muerto, a su tío Francisco Víctor, enfermo entonces, y todas las personas que le rodeaban.

La pequeña Juana interrumpía la oración con bien ingenuas reflexiones. No se cuidaba, por ejemplo, de orar por su hermano, que le había dado un mojicón.

Un día Juanita y su hermano Jorge se divertían ruidosamente en el salón rojo de la rue Clichy, con la efusión natural a su edad. Entre otros juegos, se había tomado al gato Gavroche para un steeplechase; pero Gavroche, pacífico y serio, no había querido. Su amiga Juana lo llevó entonces al nido maternal despidiéndole: «tú quédate con tus padres». Después de lo cual llamó a su abuelo y le explicó sus intenciones. Y el abuelo puso su gloria en cuatro patas.

La chiquilla recibió al día siguiente estos versos:

L'autre soir, en jouant avec votre grand-père
dans l'antre où ce buveur de sang fait son repaire,
vous lui fîtes porter le plus doux des fardeaux,
O Jeanne! et je vous vis lui monter sur le dos.
Résigné, comme on dit que le fut Henry Quatre,
où jugeant inutile et vain de se débattre,
Papapa sous le joug se courba doucement
et sur l'épais tapis marcha docilement.
Sans être un grand devin, je puis, mademoiselle,
dévoiler l'avenir en partie a vos yeux:
avant qu'il soit longtemps, vous serez grande et belle,
et fière de porter votre nom glorieux;
vous tiendrez d'une mère une grâce infinie;
votre sang doit vous faire un esprit sans rival;
vous aurez la beauté, peut être le genie...
mais vous n'aurez jamais un semblable cheval.

Después, el dios entró en el Panteón... y Jorge y Juana en el mundo.

De ambos se volvió a oír hablar; de Juana, por su matrimonio laico con el hijo de Daudet; de Jorge, por ciertos escándalos de mozo de vida alegre...

Y luego, cinco años después de casada, Juanita se separa de su marido.

León Daudet es un espíritu altivo, un cerebro fuerte, un pensamiento quizá con demasiados músculos. Muy poco de artista, muy mucho de «sabio». Estudió para médico. Ya nos ha dicho Drumond cómo le consultaba el joven sobre tecnicismos médicos. Dejó la carrera y se tornó escritor, con un bagaje y una médula científica que dan a sus escritos cierta firme y enraizada fortaleza. Y ha ido a rápidos pasos. De Hœenes a L'Astre Noir hay un visible progreso. Y en sus críticas de la Novelle Revue revela un juicio personal. Su padre ha dicho: «A los escritores, como mi hijo, pertenece la literatura del siglo XX», en una reciente interview.

Y se atrevió León Daudet a publicar el Astro Negro... La Prensa de París ha respetado la más sagrada de las memorias, el más alto de los nombres de la poesía francesa, y no se ocupó del libro.

La Prensa no dijo media palabra sobre el Astro de Seneste—cuya figura y descripción están bien claras para el menos entendido—. Se dijo que León Daudet aseguraba haber querido pintar en el incentuoso grande-hombre—«¡Vous êtes un homme, monsieur Goethe»...—¡a Wagner! Más a la vista estaba la tempestad en el hogar de Juana Hugo. Luego la dedicatoria del libro, por León Daudet, a su abuela... Se murmuró de revelaciones y secretos escabrosos... A Buenos Aires envió J. Lermina una correspondencia sobre el asunto, que Mariano de Vedia no publicó. Después, el divorcio, iniciado hace más de un año, y que acaba de resolverse, según lo ha comunicado ha pocos días el corresponsal de La Nación, en París.

Algunos han pensado que León Daudet ha hecho el escándalo público, para tener un ruidoso éxito de librería.

Juana Hugo es hoy una de las divorciadas más tentadoras de París. Probablemente se casará pronto: es rica y princesa de la sangre; bella e inteligente. Mas si ha logrado todo o gran parte de lo que le anunció su abuelo en los versos que le hizo cuando imitó hípicamente a Enrique IV, no tendrá ciertamente ni una cabalgadura como aquella, ni las horas de oro que conducían su vida cuando

Jeanne était au pain sec dans le cabinet noir...

Febrero, 25-1895.

[1] Cuando Drumond publicaba estas líneas, el autor de Hœnes a L'Astre Noir no había dado a la luz ningún libro.