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PRELUSIÓN

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PREVISIONES SINGULARES DE UN NUEVO MUNDO

Los antiguos han presentido ó profetizado la existencia de otro Mundo desconocido en la región occidental de la Tierra: este presentimiento estaba arraigado en la imaginación de algunos filósofos y sabios de aquella época lejana.

Estrabón[22] en su Geographia, que consta de diezisiete libros, se ocupa extensamente de las opiniones asentadas por Platón[23], Aristóteles[24], Eratóstenes[25], Hiparco[26] y Ptolomeo[27], acerca de la forma del Globo Terráqueo. Citando á Eratóstenes, que en los años 270 á 290 antes de Cristo, coleccionó los tesoros geográficos de la célebre biblioteca de Alejandría, reuniendo en tres libros los descubrimientos realizados hasta entonces en el campo de la geografía física, matemática y política, reproduce el siguiente pasaje de este sabio filósofo africano, que en su Geographicorum dice: "Si no fuere un obstáculo la colosal extensión del Océano Atlántico, podría llegarse fácilmente por mar, siguiendo el mismo grado de latitud, desde la península Ibérica hasta las Indias. La parte medida de este grado comprende más de una tercera parte de la circunferencia terrestre." Añadiendo Estrabón: "Sería muy probable que en esta extensión se hallase mayor número de partes habitadas del Mundo."

Herodoto[28] en sus Historias, que constan de nueve libros (á los que la justa admiración de la antigüedad ha impuesto el nombre de las nueve Musas), asevera que "no habría inconveniente en atravesar el Océano Atlántico en descubierto de otros habitantes desconocidos."

Fedón, filósofo griego, que fué discípulo de Sócrates y que después de la muerte de su maestro fundó una escuela, que dió origen á la secta eleática, habla de un Mundo oculto, que más tarde debe aparecer á las miradas de las naciones conmovidas.

Según Theopompo[29] en su Diatriba contra Platón, Sileno probó á Midas, rey de los Frigios, que "más allá de Asia, de Europa y de Africa, existía un verdadero continente habitado por los Meropios," continente al que Theopompo dió el nombre de Meropis, por ser gobernado por Meropi, hijo de Atlas, rey de Libia, y contemporáneo de Hércules, Theseo y Laomedonte (50 años antes de la toma de Troya). Sileno refirió también á Midas, que aquel continente tenía grandes ciudades, animales, usos y costumbres, como así mismo abundancia de oro y plata.

Cuarenta y cinco años antes de la presente era, Diodoro de Sicilia[30], que escribió sobre los diversos pueblos del Mundo, llama isla á la América, ignorando su configuración y extensión, y dice: "Está distante de la Libia (Africa) muchos días de navegación, y situada al occidente; su suelo es fertil, de gran belleza y regado por ríos navegables. Allí se ven casas suntuosamente construidas." En seguida hace una descripción de la zona montañosa, los frutos de ésta, el clima, etc., y termina diciendo: "Los Fenicios se habían hecho á la vela para explorar el litoral situado más allá de las Columnas de Hércules[31], y cuando costeaban las playas de la Libia, fueron arrojados por vientos demasiado fuertes adentro del Océano, siendo juguete, por muchos días, de la tempestad; llegaron al fin á la isla de que hablamos."

Virgilio[32], en su Eneida, se detiene también en esa idea y salva con el pensamiento, los movedizos espacios del Océano, para ir á sentarse en una tierra lejana y venturosa.

Pero no eran tan sólo los filósofos y sabios de la antigüedad los que tenían presentimiento de la existencia de uno ó de varios países en medio del Océano Atlántico, sino que también algunos navegantes intrépidos, de aquella época lejana, trataron de descubrir aquellos países, pues según nos refiere Hornius, "los Fenicios, 1000 años antes de la era de Cristo, traspasaron las Columnas de Hércules y con audacia sin ejemplo, hasta entonces, emprendieron tres viajes dilatados, siendo indudable que descubrieron la Insula Fortunata ó Archipiélago de las Canarias, ó, quizá, algún otro país situado más al occidente del Atlántico, (ó sea la América). Estos tres viajes los efectuaron los Fenicios,—dice Hornius,—el primero bajo las órdenes de Atlas, hijo de Neptuno; el segundo, cuando fueron lanzados por una violenta tempestad lejos de las costas de Africa; y el tercero, en tiempo de Salomón, cuando los Tirios, descendientes de los Fenicios, fueron á buscar el oro de Ophir y Tarsdchisch.

A los Fenicios siguieron más tarde (año 500 antes de J. C., según unos, y 600, según otros) los Cartagineses, que emprendieron desde Cartago una gran expedición á órdenes del almirante Hannón, compuesta de sesenta naves de á cincuenta remos cada una y con más de 30,000 personas de ambos sexos, cuya expedición, con el objeto de descubrir nuevos países y poblarlos con colonias cartaginesas, navegó más allá del Senegal y costas de Guinea hasta el Cabo Bojador, en la Africa Occidental, que fué entonces el punto extremo de la Tierra conocido. Hannón dejó una relación escrita en lengua Púnica del itinerario de su viaje[33].

Más tarde, 340 años antes de J. C., Pythias, astrónomo, geógrafo y navegante galo, emprendió también una expedición marítima, desde el puerto de Marsilia (Marsella), en cuya navegación por los mares del Norte, fué llevado hasta una isla que se cree sea la antigua y misteriosa Thule ó actual Islandia.

En igual época, Euthimenes navegaba á lo largo de la costa oeste de Africa hasta el Senegal.

Más tarde aún (62 años antes de J. C.) ha sido arrojado sobre las costas de Alemania, entre los ríos Weser y Elba, un bote tripulado por hombres pertenecientes á una raza hasta entonces desconocida en Europa, los que fueron recogidos por un jefe germano, que los obsequió después al Cónsul galo, Cancilio Metelo Celer, acontecimiento del que hacen referencia los historiadores Pomponio Melo, en el tomo III, págs 5 á 8 de su De Chorographia, y Cayo Plinio, en el tomo II, pág 67 de su Historia Natural.

Quizá este extraordinario acontecimiento inspirase á Séneca[34], las palabras que pone en boca del coro que figura en su bella tragedia Medea; ó si no, fundándose este filósofo en la noticia que de las islas del mar Atlántico dió Platón por tradición; ó bien en la especulación de sus predecesores, los filósofos antiguos, sobre la figura del Globo terráqueo; ha vaticinado con espíritu profético la existencia de un rico Continente; ó, por mejor decir, el convencimiento que este sabio tenía de los secretos de la Naturaleza y de la Historia, le hicieron prever que no era imposible que, al fin, se descubriera un país que se suponía ya conocido de los Fenicios y Cartagineses, pues en su referida tragedia Medea, al fin del acto segundo, el coro exclama:

Venient annis
Sæccula seris, quibus Oceanus
Vincula rerum laxet, et ingens
Patebit tellus, Tethisque novos
Deteget Orbes, nec sit terris
Ultima Thule.

Que traducido libremente al castellano dice:

Tras luengos años vendrá
Un siglo nuevo y dichoso,
Que al Océano anchuroso
Sus límites pasará.
Descubrirán grande Tierra,
Verán otro nuevo Mundo,
Navegando el mar profundo
Que ahora el paso nos cierra.
La Tule tan afamada
Como del Mundo postrera,
Quedará en esta carrera
Por muy cercana contada[35].

Son verdaderamente maravillosas las palabras de Séneca, quien, cediendo á una inspiración profética, á una intuición precisa, hace vislumbrar la conquista de un rico Continente desconocido entonces: no solamente anuncia el descubrimiento, en lo futuro, de ese nuevo Continente, sino que parece que vé lo que predice.

Séneca, como Eratóstenes, tenía el conocimiento de la configuración de la Tierra, pues en otro lugar de su citada tragedia exclama: "La Tierra que os repartís tan ávidamente por medio de la espada y del fuego, es un punto insignificante en el Universo." Y luego pregunta: "¿Cuánta distancia hay desde las costas limítrofes de España hasta las de la India?" Y contesta: "Sólo algunos días de navegación á la vela con viento favorable."

La feliz y conocida predicción del filósofo Séneca es la más notable de que hay memoria en los anales de la antigüedad, porque no anuncia una simple extensión de las partes del Globo terrestre conocido, sino la existencia de un nuevo Mundo que se descubrirá más allá de los mares, en los siglos venideros.

Interesante es el relato del origen de la náutica que Séneca hace preceder á su célebre predicción; relato del que insertamos en seguida la traducción de algunos pasajes que figuran en el segundo acto de su Medea: este gran filósofo se expresa, al intento, en los siguientes términos:

"Bien osado fué el primer navegante que se atrevió á surcar las pérfidas ondas en una frágil navecilla, dejando tras sí su tierra natal, á confiar su vida al capricho ó soplo de los vientos, y á proseguir en los mares su carrera de aventuras, sin otra barrera entre la vida y la muerte que el grueso de un delgado y ligero leño. No se conocía entonces el curso de los astros, ni aún se sabía cómo gobernarse por la posición de las estrellas que brillan en el espacio:......

"Tiflis[36] fué el primero que se atrevió á desplegar velas en el grande abismo, y á dictar á los vientos nuevas leyes. Tan pronto supo soltar enteramente las velas, tan pronto recogerlas y bajarlas para recibir el viento de lado, abatir con prudencia las entenas hasta medio palo, ó levantarlas hasta el tope cuando el ardor de los marineros llama toda la fuerza de los vientos y la banderola de púrpura se agita con viveza al pie de la nave......

"La nave de Tesalia aproximó los mundos que sábiamente separó la naturaleza; sometió el mar á la presión de sus remos, y agregó á nuestras miserias los peligros de un elemento extraño. La desgraciada embarcación pagó caro su imprudencia en aquella larga serie de riesgos que tuvo que correr entre las dos montañas que cerraban la entrada del Euxino, y que chocaban una contra otra con el estruendo del rayo, mientras que el mar, preso entre ellas, lanzaba hasta las nubes sus espumosas olas. El animoso Tiflis se puso pálido al verlo, y dejó escapar el timón de su desfallecida mano. Calló Orfeo y enmudeció la lira entre sus dedos. El mismo Argos perdió el uso de la palabra, y cuando la virgen del Peloro de la Sicilia, rodeada de sus perros furiosos, les hizo ladrar á todos á la vez, ¿á cuál de los navegantes no le temblaban todos los miembros, al escuchar aquellos gritos dados por un solo mónstruo? ¿cuál debió ser también su terror, á los armoniosos cantos de las crueles sirenas, que se oyen en el mar de Ausonia, y que acostumbradas á detener las naves con el encanto de su voz, casi se dejaron arrastrar de los dulces sonidos de la lira de Orfeo, luego que éste la hizo vibrar convenientemente?

"¿Cuál fué, sin embargo, el precio de tan atrevido viaje? Un vellocino de oro, y Medea: Medea, más cruel que las mismas sirenas, y digna recompensa de los primeros navegantes.

"Ahora la mar está sometida, doblégase á nuestras leyes, y ya no hay necesidad de una nave construida por Minerva y montada por reyes. La menor barca puede arriesgarse en las ondas; derribados yacen los linderos antiguos, y los pueblos van á construir ciudades en las nuevas tierras. Abierto está el mundo, recorrido está en todas direcciones, por dó quiera está impreso el movimiento, y por todas partes vagan nuestros deseos.

"El indio bebe la helada agua del Araxes, y el Persa apaga su sed en las del Albis y el Rin. Tiempo vendrá, con el trascurso de los siglos, en que el Océano ensanche el cerco del Globo para descubrir al hombre una tierra inmensa y desconocida: el mar nos revelará nuevos mundos, y Thule[37] dejará de ser el límite del Universo."

Posteriormente y como para confirmar las opiniones emitidas por los filósofos y sabios citados, San Clemente, romano y discípulo de los Apóstoles, que murió el año 99 de la era cristiana, asegura en su célebre Carta á los Corintios, "que más allá del Océano habían otros Mundos."

También Ælianus, en su Variæ Historiæ, lib. III, cap. XVIII, obra que escribió el año 136 de la era de Cristo, asegura que "un extenso Continente existía más allá del Océano; que los habitantes de ese Continente son de mayor altura que los del Antiguo Mundo, con leyes y costumbres distintas de las de los demás pueblos;" agregando este autor, que "en ese Continente hay tal cantidad de oro y plata, que estos metales son menos estimados que el hierro."

Pausanias, insigne geógrafo griego, que vivió en el siglo II de la era cristiana, en su Itinerario de Grecia, cuenta que un tal Euphemus descubrió en el año 150, algunas islas cuyos habitantes, de piel roja, tenían largas colas como los caballos, los que no serían otros, según el P. Lafiteau, que los Caribes, dueños entonces de las Antillas: estos indios cuando se hallaban en guerra, entre otros adornos horrorosos, se ponían largas colas postizas.

R. Festo Avieno, que vivía en el siglo IV de la era vulgar, asegura que: "más allá del Océano, hay tierras y márgenes de otro Mundo."

Y más posteriormente aún, el franciscano inglés, Rogerio Bacón, apellidado el "Doctor Admirable"[38], y con él el domínico alemán Alberto el Grande[39], ambos florecidos en el siglo XIII, creían que del otro lado del Océano habían países desconocidos, supuesto que se decía que en tiempos lejanos los navegantes Fenicios habían atravesado el Océano Atlántico, que habían poblado las islas Canarias y habían continuado navegando hasta abordar á la costa de la Florida, cerca de Cuba.

Según testimonio de autorizados historiadores, el Atlántico ha sido cruzado frecuentemente por los antiguos: de allí surge la probabilidad de que América era conocida desde época remota por los pueblos antiguos que surcaban los mares cuando había facilidad de comunicación entre los Continentes del Antiguo y Nuevo Mundo, que en aquellos remotos tiempos se hallaban casi unidos por la gran isla Atlántida.

En resumen, el presentimiento y casi la convicción que algunos antiguos sabios tenían de la existencia de otros países desconocidos, situados en las regiones occidentales de la Tierra, que suponían habitados, están confirmados por las diversas expediciones que, desde el siglo IX hasta el XII, realizaron los escandinavos á las costas de la América Septentrional; expediciones que, desgraciadamente, no han producido ningún resultado favorable para América, siendo preciso que trascurrieran tres siglos más para que Cristobal Colón legara un Nuevo Mundo á la Corona de España.

Debe agregarse, que las diversas expediciones marítimas que en tiempos antiguos se efectuaron en el Océano Atlántico, se realizaron sin el uso de la brújula, que aún no era conocida, pues se guiaban, de día, por la marcha del sol, y de noche, por la de la luna y las estrellas, principalmente por la observación de las constelaciones de Canope, Hélice ó Grande Osa, y por Cynocura ó Pequeña Osa. Empero, este instrumento tan necesario para las largas navegaciones, fué conocido de los Chinos, que lo inventaron, se dice, 2697 años antes de la era cristiana, ó sea, bajo el reinado del emperador Hoang-Ti; pero, por el extracto que Leroux y De Guignes hicieron de los anales de ese Imperio, parece que solamente fué inventado 1115 años antes de nuestra era. Marco Polo, en su libro Las Maravillas del Mundo, confirma este hecho.

Cierto es, que los Fenicios, los Griegos y los Arabes, según opinión de algunos autores, han conocido, antes de la invención de la brújula, la aguja imantada ó hierro magnético; pero no la han aplicado á la navegación.

Juan Clopinel[40], en su Román de la Rose, y Guyot de Provins en su poema Biblia Guyot, dicen que desde el siglo XII se usaba en Francia un instrumento algo parecido á la brújula llamado marinette ó calamite, que arreglaba la marcha de las embarcaciones en los tiempos nebulosos; otros autores creen que la brújula fué descubierta por un napolitano llamado Flavio de Gioja, de Amalfi, que vivió en el siglo XIII; algunos otros autores dicen que es de origen inglés ó, á lo menos, que en Inglaterra se ha perfeccionado la manera de suspender la caja en que se halla la aguja imantada. Lo cierto es, que es difícil, si no imposible, decir de una manera absoluta cuál sea el verdadero origen de la brújula.

Lo único que consta al respecto, es que Vasco de Gama fué el primero que en 1497 hizo uso de la brújula en su viaje al cabo de Buena Esperanza, y hacia el año 1500 se generalizó en Europa el uso de este instrumento nautico.


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INTRODUCCIÓN

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El origen de los aborígenes del Nuevo Mundo ha sido cuestión, desde hace más de cuatro siglos, de múltiples y profundos estudios de los etnógrafos, arqueólogos y língüistas, que se han propuesto escudriñar los tiempos prehistóricos mediante las tradiciones seculares de los indios, la arqueología y la lingüística; pero este punto histórico no ha sido aún resuelto de una manera clara, terminante y decisiva.

Hubert Bancroft en su obra The native races of the Pacific States of North America, y, con él Brasseur de Bourbourg, en la Revue d'Édimbourg (1876), opinan que sería quimérico el pretender determinar con precisión la manera como el Hombre ha hecho su aparición en América. Aunque el primero de estos escritores cree que el Hombre ha sido creado sobre diversos puntos del globo, y que la América habría sido uno de esos centros de creación, muchos sociólogos opinan que la especie humana desciende de una pareja única, fundándose en que las tradiciones están de acuerdo sobre este punto, y, sobre todo, que es un hecho revelado en la Sagrada Escritura y un dogma de fe recibido por la Iglesia.

Pero antes que Bancroft, Lord Kames, en el "Discurso preliminar" de su obra Sketches of the history of Man, impresa en Edimburgo en 1788, expone su parecer al respecto de esta manera: "Dios ha creado varias parejas de seres humanos diferentes las unas de las otras, interior y exteriormente; cada una de estas parejas fué colocada en el clima apropiado á su organización. El carácter original se conservó intacto entre sus descendientes, los que, no teniendo otra asistencia que sus medios naturales, por experiencia han debido adquirir progresivamente ciertos conocimientos y formarse cada tribu un idioma particular......... Para creer que todas las razas, tal como existen hoy, descienden de una pareja única, sería preciso admitir la idea del milagro."

Voltaire, en apoyo de lo opinado por Lord Kames, en su Essai sur les mœurs et l'esprit des nations, dice: "Si se pregunta dónde han venido los Americanos, se debe también preguntar dónde han venido los habitantes de las tierras australes, y se debe contestar, que la Providencia que ha poblado la Noruega ha poblado también la América.

Al mismo respecto, Bernardo Romans, en las págs. 38-39 de su obra A concise natural History of east and west Floride, expone: "No creo absolutamente que los hombres de raza roja de América desciendan de pueblos situados en las partes orientales ú occidentales de Asia. Creo firmemente que Dios ha creado una raza de hombres originarios de este país, diferentes de los otros pueblos."

También Isaac de La Peyrère, monje francés, en su obra titulada Prædamitas, publicada en 1655, (la que fué condenada al fuego por el Parlamento de París), afirma que "Dios, el sexto día de la Creación del Mundo, formó varones y hembras en diversas regiones del Orbe, como también muchas plantas y animales de cada especie en varios parajes de la Tierra; que después creó á Adán y Eva, cuya creación es la que expresa el segundo capítulo del Génesis; y, por último, que Adán no es cabeza ó progenitor de todos los hombres, sino tan sólo del pueblo judáico."

El sabio antropólogo Burmeister, tratando de esta misma cuestión, se expresa así: "Basta fijarse con alguna atención en el color de los individuos que constituyen las diferentes naciones, para comprender que las actuales razas humanas descienden de varias y distintas parejas...... Para sostener el aserto bíblico de que todos los hombres descienden de una sola pareja, es preciso dar explicación cumplida á los milagrosos hechos y portentosos acontecimientos que indispensablemente debieron tener lugar para que, en sólo 4,000 años mil millones de hombres procedentes de un mismo punto y descendientes de una sola pareja, poblaran toda la Tierra."

El célebre anatómico Alejo Littré, en sus Memorias relativas á la anatomía patológica, opina que: "Diversas preocupaciones teológicas y la tendencia á la inquisición absoluta de las causas primeras, son las que han hecho admitir la derivación de todas las especies de una pareja única, rechazando las diferencias específicas de los hombres, en vez de recibirlas tales como la observación las demuestra."

Finalmente, el ilustre general colombiano D. Tomás C. de Mosquera, en su Cosmogonía ó Estudio sobre los diversos sistemas de la Creación del Universo, asienta que: "El Hombre lo crió Dios en varios puntos de la Tierra á un tiempo, cuando las condiciones necesarias á su nacimiento aparecieron en los medios físicos de toda especie, que obraron determinando y produciendo ese nacimiento, es decir, cuando la fuerza general que se llama vida animal, que ha obrado y obra perpétuamente sobre nuestro planeta, llegó á una época en que aparecieron en juego las varias influencias y condiciones que obrando necesariamente, debieron producir por modo inevitable esta manifiestación de la vida, de la cual hizo Dios al Hombre."

No obstante, desde la iniciación de los estudios arqueológicos americanos, los etnógrafos se han dividido en dos grupos. El uno, de los poliphiletes ó poligenistas, formado por los que sostienen que la adelantada civilización de los antiguos habitantes de América es debida al desenvolvimiento natural y sucesivo de una raza aborígene ó autóctona, afirmando que los antiguos pueblos del Nuevo Mundo tienen su origen en este Continente, y que las civilizaciones cuyas antiguas grandezas se admiran hoy, son resultado del desenvolvimiento gradual de esa raza primitiva. El otro grupo, de los monophyletes ó monogenistas, es compuesto por los que creen que las civilizaciones de los antiguos pueblos americanos tienen su origen en las numerosas emigraciones posteriores al Diluvio Universal, estableciendo que la población primitiva se componía de varias razas diferentes las unas de las otras; que la forma del Continente americano no siempre ha sido la que es actualmente, pudiendo, con las trasformaciones sucesivas de la Tierra, haber hecho parte ó haber sido próximo á otro Continente; concluyendo, en resumen, que esas emigraciones á América han sido diversas: de Asia, los Hebreos, Fenicios, Troyanos, Chinos y Tártaros; de Africa, los Egipcios, Cartagineses y Etiopes; y de Europa, los Griegos, Frisios, Romanos, Curlandeses, Noruegos, Dinamarqueses, é Islandeses. En esta hipótesis, los aborígenes americanos pertenecerían á razas diversas venidas de distintos puntos de Asia, de Africa y de Europa.

Sin detenernos, por ahora, en la teoría sostenida por ambos grupos, veremos más adelante las opiniones formuladas por los etnógrafos y paleontógrafos.

Acudiendo á las fuentes de consulta que tenemos á nuestro alcance, vemos que todos los pueblos de la antigüedad, ó sea de la época postdiluviana, han sido considerados por sabios americanistas, como los progenitores de la raza americana, principalmente los asiáticos, no solamente porque estos pueblos han tenido más probable comunicación con la América, por el antiguo estrecho de Annian, (hoy Behring, que tiene ochenta kilómetros en la parte más ancha y sirve de canal de comunicación entre el Mar Glacial y el Mar Pacífico); sino, también, porque los usos, carácter, instituciones, costumbres y hasta el lenguaje de algunos americanos con otros de la raza asiática, guardan algunas analogías.

El objetivo primordial de los estudios llevados á cabo en este sentido por dichos sabios, ha sido indagar si los indígenas americanos son descendientes de una sola ó de varias razas; investigaciones que hasta ahora no han tenido completa solución, prevaleciendo, sin embargo, las opiniones á favor de la pluralidad de razas, basadas en que las muchas y diversas tribus aborígenes esparcidas por todo el Continente americano difieren en sus usos, creencias, lenguajes, costumbres y demás condiciones etnogenéticas.

Luis Moreri, en su Grand Dictionnaire Historique, tomo I, pág. 353 (París, 1732), sin determinar con fijeza su parecer al respecto, observa: "Los Americanos deben su origen á los europeos ó á los asiáticos, y quizá la deben á los unos y los otros." Francisco Javier Clavijero, en la "Disertación primera" de su Historia antigua de México, tomo II, pág. 138, es algo más explícito, pues formula su opinión en este sentido: "Los americanos descienden de diversas naciones, ó, más bien, de diferentes familias dispersas después de la confusión de las lenguas;" y en apoyo de su aserto trae á colación, en primer lugar, la variedad y diferencia de las lenguas americanas; y prosigue: "Puedo asegurar, sin riesgo de engañarme, que entre las lenguas vivas y muertas de Europa, no se hallan dos más diferentes entre sí, que lo son la Otomita, la Tarasca, la Maya y la Misteca, que son las dominantes en diversas provincias de México;" agregando nosotros, la Puquina y la Quechua, en el Perú.

Pero, tratándose de averiguar á qué raza ó razas pertenecen los habitantes de América, el abate Juan Andrés opina en su obra, en lengua toscana, titulada Origen, progresos y estado actual de toda la Literatura, que "la Geografía y la Cronología se llaman, y son realmente, los dos ojos de la Historia; porque valiéndose de la tradición constante de la historia y del estudio de los lugares, esos trabajos propenderían, talvez, á resolver, en gran parte, el problema de la población del Nuevo Mundo."

También el Sr. Tulio Febres Cordero, en su selecto Estudio sobre Etnografía americana, que presentó en 1892 al Congreso Internacional de Americanistas, reunido en el histórico convento de la Rábida, para conmemorar el cuarto centenario del descubrimiento del Nuevo Mundo, asienta juiciosas observaciones sobre la onomatología geográfica de América, probando la semejanza de muchas voces, en varias lenguas indígenas, correspondientes á pueblos ó comarcas de distintos Continentes, para lo cual llama, en apoyo de su teoría, las opiniones de los notables publicistas Humboldt, Prescott, Restrepo, Rojas, Castro, Calcaño y Graty.

A las opiniones que al respecto emiten el abate Andrés y el señor Febres Cordero, podemos agregar, que también la antropología, la etnografía y aún la craneología, son las ciencias que con igual acierto podrían conducir al conocimiento de las antiguas razas indígenas que primitivamente han habitado el Continente del Nuevo Mundo.

Finalmente, haciendo abstracción de las opiniones de los etnógrafos que están, unos por la autoctonia de una sola raza, y otros por la pluralidad de ellas, creemos que la tan debatida cuestión de la población de América está por resolverse, pues aún no se ha podido dar una explicación satisfactoria de su origen.

En el presente trabajo no pretendemos solucionar este problema tan árduo, tan intrincado y de tan difícil investigación, sobre el cual, desde la época del descubrimiento de Colón hasta nuestras días, se han escrito muchísimas disertaciones; pero, sí, trataremos de exponer los diversos juicios de los autores que han tratado esta materia, y del cotejo de esas opiniones diversas y aún contradictorias, trasluciremos, talvez, alguna conclusión, sino definitiva, á lo menos algo problemática. Suplicamos, por tanto, al lector, que disculpe cualquiera deficiencia que notare en este trabajo, en gracia del propósito que nos anima.

Habríamos podido darle mayor extensión de la que tiene, contemplando la importancia de este asunto; pero una obra en estas condiciones, aunque de mucha utilidad é interés científico, sería leída tan sólo por hombres consagrados al estudio, no por la generalidad, y no habría llenado el propósito que tenemos en mira, cual es, que nuestra obra sea leída por un público extenso.

Escritores españoles[41] han tratado ya este asunto con más amplitud que nosotros y, más tarde, vendrán otros que llenen el vacío que hemos dejado, llevando más adelante sus investigaciones sobre materia de tanta entraña que ahora imperfectamente diseñamos.

Por último, debemos confesar ingénuamente, que no tenemos la pretensión de titularnos etnogenítico, ni paleontógrafo, ni etnógrafo, ni arqueólogo, sino simplemente nos consideramos como un humilde factor para la formación de la historia antigua, pues que comprobamos, identificamos y valorizamos los hechos del pasado: en una palabra, somos un auxiliar modesto que hace el paciente trabajo de la hormiga, acumulando con prolijidad el material histórico adecuado á la presente obra, porque en el Perú poco se conoce el pasado, y mucho menos algo de las épocas pre-incáica y pre-hispánica, ó sea de las grandes y heróicas civilizaciones indianas de esas mismas épocas.

 

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ORIGEN DE LOS INDIOS
DE
AMÉRICA

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PRIMERA PARTE

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HABITANTES DE AMÉRICA ANTES DE LA CONQUISTA

Antes de abordar el asunto del presente trabajo, debemos indicar, de preferencia, cuáles fueron los habitantes del Continente de América cuando Cristóbal Colón hizo el descubrimiento de él, á fines del siglo XV.

Tanto el Hemisferio Norte como el Hemisferio Sur, estaban habitados por naciones y pueblos indianos, algunos de carácter belicoso y guerrero, otros de genio dócil y humano, viviendo casi todos en pleno estado de barbarie. No obstante, algunos habían alcanzado un grado de civilización relativamente tan avanzado, que formaban Estados regularmente constituídos, entre otros el de México y el del Perú.

La totalidad de esta colectividad indiana se dividía en dos grandes ramas distintas: Rama Septentrional (América del Norte) y Rama Meridional (América del Sur), teniendo ambas, caracteres ó rasgos generales que permitían distinguir la una de la otra; se calcula que entre las dos ramas habría cerca de 4,000 tribus distintas, que formarían, se colije, una población de más de 50.000,000 de habitantes.

Va en seguida, la relación de las principales tribus, de las que omitimos las del territorio actual del Perú, para enumerarlas al principiar la Segunda Parte de esta obra.

RAMA SEPTENTRIONAL

Crecido era el número de las tribus de esta rama; pero citaremos tan sólo las más notables, por orden alfabético:

APACHES, nómades por las fronteras de la California, en el Alto México. Esta familia estaba dividida en varias parcialidades: Apaches-Mescaleros, Apaches-Mimbreños, Apaches-Gilenos y Apaches-Tontos; todos estos indios tenían la tendencia del robo y el crimen.

APALACHES ó ALEGAMIOS, del Sur de la Georgia y de la bahía de Mobila, hacia la embocadura del Mississipí.

ARICARIS, del río Missouri, antes de la desembocadura del Mississipí.

ARKANZAS, del territorio de Ohio.

ASSINOBOINS, de las comarcas del Bajo Canadá.

ATHABASCANAS, del norte de las Montañas Rocosas ó Rocallosas, y de las llanuras y bahía de Hudson.

CARIBES, numerosa é inhumana tribu de las Antillas.

CHACTAS, del territorio bañado por el Mississipí, en el Estado de la Florida, que eran más apacibles que las demás tribus septentrionales.

CHEROKEES, de los territorios de Carolina del Sur, Alabama y Yowa: formaban y forman aún una república, cuyo poder ejecutivo se ejerce por un jefe principal, al que asisten tres consejeros elegidos por el legislativo: cuenta este gobierno con dos cámaras que, reunidas, tienen el título de Asamblea General de la nación Cherokee: el poder judicial lo ejerce una Corte Suprema; tienen imprenta y un periódico titulado El Fénix, redactado en las lenguas cherokee é inglesa, que sale á luz desde 1828.

CHICACHAWS, del territorio de Nueva Orleans.

CHICHIMECOS, del Estado de Durango, en México.

CHINNOCKES, tribu numerosa que formaba una monarquía, la cual subsistió durante 500 años, y perdió su autonomía con la conquista: después ha estado errante por la embocadura del Oregón, en la costa occidental del Pacífico.

CHIPPEWAIS, ó ALGONQUINES, del Lago Superior y otros lagos hacia las cabeceras del Mississipí: familia que se subdividía en varias tribus, entre las cuales se contaban como principales los Saltadores, los Zorros y los Ayomas.

CHOCHONIS, errantes por la zona de las Montañas Rocallosas.

CHOCTAWS, de la comarca situada al este del río Mississipí.

COMANCHES, de las praderas del Arkansas.

CREEKS, del oeste de la Georgia y parte de Alabama, entre los ríos Chatahorkee, Tallapoosa y Coosa: formaban, en unión de los Siminoles, una confederación que era la más fuerte de la América Septentrional.

DELAWARES, de los territorios de Pensylvania y Ohio: otra parcialidad había en el extenso territorio comprendido desde el río San Lorenzo hasta el interior de las Montañas Rocallosas: de esta familia dependían las tribus de los Knistenos, Miamis é Illinois.

HURONES, del Alto Canadá, entre los lagos Erie, Hurón y Ontario: eran gobernados por jefes hereditarios.

IROQUESES, del Alto Canadá y Estado de Michigán: era familia entonces muy poderosa, que se componía de seis tribus: Mohawks, Ousides, Onondages, Senaas y Cayugas, constituídas en una especie de república salvaje, y que se daban el título de Onquehouwe, es decir, más grande que los demás.

KACHAQUIS, de los bosques de Guatemala.

KANSAS, de las llanuras entre el Arkansas y el Río-Rojo.

KOLIONGES, del territorio de Nueva Norfolk y Nueva Cornwall.

MENOMEDES, de los alrededores del lago Michigán.

MINATARES, del río Missouri.

MISSOURIS, del río de su propio nombre.

MIXTECAS, del Estado de Oajaca, en México.

MOHICANOS, del río Connecticut, en los territorios del Vermont y Nueva Hampshire y del Bajo Canadá.

MOQUIS, del territorio del Estado de Arizona.

MOSKITOS, de los bosques regados por el río San Juan, en Nicaragua.

MUSCOMULGOS, del oeste de la Georgia y parte de Alabama.

NAHUALTS ó AZTECAS, que se extendían desde el lago de Nicaragua hasta el Río del Norte, y constituían el Imperio Anahuac ó México, que llegó á un grado de civilización bastante adelantado, pues era el único pueblo que entonces poseía una literatura propia, debido al empleo de una escritura simbólica particular: habían subyugado á las tribus Oajacas, Mixtecas y otras.

NATCHEZES, del territorio regado por el Mississipí, en la Florida, que se distinguían por signos característicos apacibles.

NAVAJOS, del Sur del territorio de Colorado.

NIQUIZAS, del territorio de Nicaragua.

NUALTECAS, de la meseta de Anahuac, en México.

OLMECOS, del extenso país de Anahuac, algo civilizados, que dejaron en México y Centro América monumentos ciclópeos, como los de Mitla y Palenque, cuyas ruinas subsisten aún: los Olmecos emigraron más tarde hasta el lago de Nicaragua.

OMAHAS, del Alto Missouri.

OSAJES, de los parajes entre el Mississipí y el Missouri.

ONANDOGAS, de las comarcas de Nueva York.

OTOGAMIS, de los tupidos bosques regados por el río Missouri.

OTOMITAS, del territorio de Mechoacán, en México: de esta familia son las tribus de los Mayas y Leucas, situadas entre los Istmos de Panamá y Tehuatepec.

PAWNEES, de las riberas del río Mississipí.

PAKIS, de las orillas del río Missouri.

PIELES ROJAS, numerosa tribu que ocupó los dilatados territorios de Tennessee, las Carolinas, la Virginia, el Maryland, la Pensilvania y una parte del Estado de Nueva York, replegándose después en los bosques del Arkansas.

PIPILES, de los territorios de Guatemala y San Salvador.

POCOMANES, de los bosques de Guatemala.

PONCAS, de la ribera izquierda del Missouri.

POYAS, del territorio de Honduras.

QUICHEES, del territorio de Guatemala.

SAKIS, de las orillas del río Mississipí.

SHAWNESSES, del Lago Hurón.

SEMINOLES, del interior del territorio de la Florida.

SIOUX, de la comarca de la Luisiana: tenían dominio sobre todas las tribus esparcidas en el territorio situado entre los ríos Missouri y Mississipí, entre los cuales se hallaban los Dakotas, Vinebagos, Osajes, Kansas, Mandanes, Mitures, Otoes y Omahos.

TARASCOS, de la comarca de Mechoacán, en México.

TEPANECAS, del territorio de Guatemala.

TLASCALES, de las comarcas de Veracruz y Oajaca, en la costa del Pacífico: componían una república independiente, que los emperadores de México jamás pudieron subyugar.

TOLTECOS, de México: tribus cuya civilización era algo adelantada, pues fueron ellos los que erijieron en México las pirámides, dividieron el año solar é inventaron los geroglíficos: más tarde, emigraron á la parte meridional de América.

TULARENAS, del territorio de California.

WAKISHES ó NOOTKANES, de la Isla de Nootka y costas inmediatas.

WALKASKI, del territorio de la Nueva Georgia.

ZAPOTECAS, del territorio de Oajaca, en México.

ZUNIS, de la región de Puebla, en México.

ZUTUGILES, de los bosques de Guatemala.

Y muchas otras tribus de segundo orden, diseminadas en el resto del Continente de la América Septentrional, como las denominadas:

CATAWAS ó CHICOAS

CHICASAWS

MANADANES

MIAMIS

MOKAWKS

MUSKEJOS

OJIBBEWAYS

OTAWWAWS

SENECAS

TUSCARORAS

UCHEES, y otras.

Cuando los colonos ingleses se lanzaron sobre el territorio de la América del Norte, vivían allí muchas tribus diversas[42]. Todos estos indios desposeídos, primero, del suelo que ocupaban desde tiempo inmemorial, y en seguida, diezmados por las cruentas guerras con que los provocaran los sajones, no tuvieron ya asilo en sus propios tupidos bosques, en los que, antes, no sospechaban que llegarían á ser sacrificados por los inhumanos invasores, quienes so pretexto de llevar allí la civilización, aniquilaron casi completamente la raza indiana. Este aniquilamiento ha tenido que ser obra de algún tiempo, pues los ingleses, primero, y los yankees, después, exterminaron todas estas tribus indígenas, organizando con la sangre fría que los caracteriza, sistemadas cacerías, en que los perseguían tenazmente á balazos, como á fieras, hasta conseguir hacerse dueños de toda la extensión del Atlántico al Pacífico, esto es, del vastísimo territorio que hoy constituye los Estados Unidos de Norte América.

RAMA MERIDIONAL

Los indianos de la Rama Meridional, que habitaban la parte Sur del Continente de América, cuando Cristóbal Colón descubrió el Nuevo Mundo, eran entonces mucho más numerosos que los de la Rama Septentrional. Muchas de estas tribus aborígenes existen todavía, principalmente aquellas que viven en los bosques, ríos y montañas que todavía no han sido explorados ni conquistados, y cuyos habitadores, por consiguiente, se hallan hasta hoy, en un estado de completo atraso.

Enumeraremos en seguida, siempre por orden alfabético, las principales de estas tribus, á excepción de las del actual territorio del Perú, de las que, como hemos dicho ya, nos ocuparemos en la segunda parte de esta obra.