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Otra versión es, que los Troyanos, por los años 2806 de la Creación del Mundo, ó sea 2164 años antes de la era de Cristo, navegaron á las Indias Occidentales y poblaron aquellas comarcas, pues así lo asevera el P. Simón de Vasconcelos en su Noticia del Brasil, libro X, No 90, diciendo: "Otros dijeron que estos primeros pobladores fueron de naciones Troyanas y compañeros de Eneas, que, después de derrotados por los Griegos, en la famosa destrucción de Troya, se dividieron, buscando tierras en que habitasen, como hombres avergonzados del mundo y del suceso de las armas, algunos de los cuales se engolfaron en el largo Océano y pasaron á las partes de América." Vasconcelos, para sostener ese fundamento, se apoya en un pasaje del lib. III, de la Eneida de Virgilio, que al referirse al sitio de Troya, dice que después de la destrucción de esa antigua ciudad, "los Troyanos se dispersaron, peregrinando por varias tierras lejanas y desiertas."

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Los Chinos, por su parte, conservan tradición de ser progenitores de los Indios Orientales y Occidentales, y que ellos, en unión de los Tártaros, Japoneses y Coreanos, atravesaron el estrecho marítimo de Annián, vinieron en seguida por tierra al reino de Quivirá y poblaron México, Panamá, Perú y las demás provincias y reinos de las Indias Occidentales. A este respecto, Bartolomé Leonardo de Argensola en su Historia de la Conquista de las Molucas, lib. I, fols. 11 y 12, asevera lo mismo y se funda para ello en la coincidencia de tener los Chinos é Indios el mismo color, flojedad, superstición y poca caridad. En conformidad con lo referido, se citan nombres de pueblos del Perú, México y otras partes de América, iguales á los de poblaciones de la China, del Japón y de Corea. Otras razones alegan algunos escritores para suponer que los Indios de América descienden de los Chinos y Tártaros, y es, á más de la conformidad de color, la semejanza de las facciones y disposición del cuerpo, el usar las trenzas del pelo, el aplastarse la cabeza los Conibos y los pies los Chinos, el canto de los Campas idéntico en el tono al de los Chinos; los dibujos de los Indios representando letras chinas; los muchos vocablos idénticos en el idioma de los aborígenes á los de los Chinos y que expresan la misma idea; como también ciertas costumbres y creencias, como adorar al Sol por Dios, reconocer un Dios superior á las otras divinidades, contar los meses por lunaciones, sepultarse con sus criados y riquezas, juzgando que hacían un viaje á la otra vida, y algunos otros usos y costumbres, semejantes entre ambas razas.

Autorizados autores sostienen, también, el hecho de ser los Chinos los progenitores de los Indios de América. Mr. Alejandro Darley, sacerdote que ha pasado muchos años realizando investigaciones históricas en Oriente, dice que el Continente de la América del Norte lo descubrió (diezisiete siglos antes de emprender Colón su descubrimiento) un marino de la China, llamado Hi-Li, el que desembarcó en la costa del Pacífico, el día 10 de Junio del año 207, antes de Cristo, cerca del punto donde hoy se alza la ciudad de Monterrey en California. Es tradición que el capitán Hi-Li volvió á su país con la noticia del descubrimiento que había efectuado, y, durante más de cien años, los barcos hicieron innumerables expediciones á la costa del Pacífico, sin intentar siquiera colonizar el nuevo país, y al fin suspendieron sus expediciones.

En apoyo del tiempo remotísimo en que los Chinos abordaron las playas de América, es notable el hecho del hallazgo que, últimamente, se ha hecho en las costas de Alasca, de una moneda acuñada hace más de mil años en el Celeste Imperio, la que posee, junto con otras monedas orientales, el que fué cónsul chino en Washington[50]. En la misma región hallaron los indios una antiquísima tumba en la que se lee en caracteres chinos, el nombre de Li-Lei-Lau. Además, se han encontrado otras reliquias que demuestran, de un modo evidente, que los Chinos vivieron en Alasca, muchos años antes de la Era Cristiana.

Cerca de San Miguel Amantla, en México, se descubrió recientemente una figura ó estatuita de tierra cocida, de unas siete pulgadas de alto, representando un chino, con ojos oblícuos, pantalón bombado y vestidos amplios, con grandes aros en las orejas, y en la cabeza el casquete con un botón en el medio, tal como lo llevan los mandarines. Junto á esa estatuita, que se calcula tenía ya más de 1500 años de enterrada allí, se halló el esqueleto de un hombre que representaba el tipo mongol, y que conservaba aún, al rededor del cuello, un collar de bolitas de una masa verde que jamás se encontró en México. Estos y otros hallazgos parecen comprobar que la antigua civilización de la América del Norte fué de origen chino ó mongol.

Algunos sabios del Celeste Imperio suponen, también, que los Indios de Norte América descienden de los tripulantes de algún barco chino, que hace más de veinte siglos fué arrojado por los temporales á las costas norte-americanas, y que, no pudiendo regresar á su país, se establecieron en aquella región, donde fueron extendiéndose.

Y, para corroborar aún más la existencia de Chinos en el suelo americano, en tiempos remotísimos, el Encargado de Negocios de China en México, Tun-Pul-Shun, hombre erudito y de vastos conocimientos en materia de antigüedades, ha manifestado, con pruebas abrumadoras, ante los miembros del Congreso de Americanistas, reunido en México, en 1910, que en las ruinas de San Juan Teotahuacan observó, con gran sorpresa, en uno de los artefactos desenterrados, una inscripción de uso corriente en su patria; artefacto que enseñó á los mismos miembros de ese Congreso, opinando que México fué en parte descubierto por sus paisanos. Y para afirmar más la veracidad de su dicho, Tun-Pul-Shun explicó que, efectivamente, es tradición en China, que en tiempo del reinado de Chun-Shi-Woo, una expedición compuesta de tres mil personas, entre las que iban bellísimas mujeres, salió á órdenes de un eminente sabio, de Pekin, á descubrir é invadir el Japón. Dicha expedición se hizo á la mar en pequeños bajeles, de los que nunca se volvío á tener noticias. Trascurrido algún tiempo, se descubrió la tumba del caudillo expedicionario en tierras japonesas, pero no se encontró indicios del resto de los tripulantes, creyéndose que algunos barcos hayan sido arrastrados á costas mexicanas, en donde desembarcaron, mezclándose con indios Toltecos, á quienes legaron sus costumbres y creencias.

El sabio barón Alejandro de Humboldt, en su obra titulada Monumentos de América, dice: "Por poco que se reflexione sobre la época de las primeras emigraciones Toltecas, sobre las instituciones monásticas, los ritos del culto, el calendario, la forma de los monumentos de Cholula, Sogomoso y Cuzco, se infiere que no fué del norte de Europa de donde los Quetzalcoath[51], Bochica[52] y Manco Capác[53] han sacado el código de sus leyes: todo parece conducirnos mas bien hacia el Asia y á los pueblos que han tenido contacto con los Tibetinos, Tártaros, Samnistas y Ainos barbudos de las islas de Fesso y Sachalin." El mismo Humboldt, agrega, que analogías en la conformación de la cabeza, como también analogías del idioma, hacen presumir que individuos de la raza china arribaron á la costa nordeste de América, y de allí al sud y al este de los ríos Gila y Missouri, no siendo extraño encontrar, entre los pueblos americanos, ídolos y monumentos arquitectónicos de un mismo carácter geroglífico, una noción exacta de la duración del año y algunas tradiciones referentes al primitivo estado del Mundo, que recuerdan los conocimientos, las artes y las opiniones religiosas de los pueblos asiáticos.

Juan Ranking, en su libro Conquistas del Perú, México, Bogotá, Natchez y Tolomeca por los Mongoles, para probar, á su juicio, que los Indios americanos descienden de raza asiática, dice: "Timoudgyn, hijo de Pikoutaï, jefe de una tribu de los Mongoles[54] residentes á las orillas del lago Baikal, en Siberia, fué proclamado Gran Khan, con el título de Genghis, el año 1205. Antes de la muerte de su nieto Kublai, el continente de Asia fué casi subyugado: la Europa se puso en consternación; el Japón fué invadido, y por los efectos de un temporal, el Perú y México fueron destinados para recibir á los generales y tropas que escaparon de esa poderosa expedición. Cuando estos Mongoles llegaron á América, la encontraron en un estado de completa ignorancia; pero, repentinamente, se fundaron dos imperios con la pompa, ceremonias y grandezas de los soberanos asiáticos: la arquitectura, que compite con los admirables trabajos de los Romanos; la elegancia de las obras de los plateros, que sorprenden aún á la vista de las más delicadas de los Europeos; el orden, la justicia, subordinación, leyes, instituciones civiles y militares, religión y costumbres, son tan idénticas á las de la familia Tschingis-Khan, que no puede dudarse por un momento su descendencia." El mismo autor, en un rapto de extravagante desvarío, agrega que "Manco-Capác[55] fué hijo del gran Khan-Kublai, que gobernó los Mongoles hasta el año 1257, y murió en el sitio de Hochen, en China, y por consiguiente nieto de Tschingis-Khan; que el abuelo de Montezuma fué un noble Mongol de Tangut." Ranking, pretende, además, fijar el origen de los Toltecos y Guatemaltecos, por las emigraciones tártaras que han tenido lugar hacia mediados del siglo vi, opinión que también es sostenida por Humboldt.

Mariano Eduardo de Rivero, en su Estudio general de América, y junto con él otros historiadores, opinan "que á consecuencia de las guerras entre los Brahmanes y Budhistas, que terminó con la expulsión de estos últimos al norte de Asia, una parte pasó el estrecho de Behring, y fueron esos los jefes que fundaron les imperios de América." Tchudi y Ribero, en sus Antigüedades Peruanas, dicen también "No admite duda que Quetzalcolt, Bochica, Manco-Capác y demás reformadores de la América Septentrional, Central y Meridional, eran sacerdotes budhistas que por su doctrina superior y civilizatriz, consiguieron señorear los ánimos de los indígenas y elevarse á la supremacia política." Al aceptar, á este respecto, la apreciación de Humboldt, Ranking, Tschudi y demás escritores, de presumir es, que el número de esos invasores haya sido muy considerable[56].

El anticuario inglés Mr. Brerewood pretende también que la América ha sido poblada originariamente por pueblos tártaros.

Mr. de Guignes, que ha compulsado los anales del Celeste Imperio, asegura que los Chinos comerciaban con América hacia el año 458 de la era actual, y que remontaron hasta la costa frente al Kamtchatka, siendo positivo que los Chinos poseían, en aquella época, flotas capaces de arribar á las Indias Occidentales.

Vásquez de Coronado, en su expedición (1539) vió en las costas de México, cuatro navíos con proas adornadas de oro y plata, cuyos capitanes le dijeron que acababan de navegar treinta días en viaje de la China.

Según Pedro Menéndez de Avilés, hallóse en las costas del Mar del Norte los cascos de varios bajeles chinos, y también se asegura que en el puerto de Guatusco, en México, se vió negociantes vestidos de seda, que se supone eran Chinos. Notable es, dice este último autor, que el hermoso monumento piramidal de los alrededores de Guatusco, llamado el «Castillo,» es uno de los que tiene más semejanza con la arquitectura china.

En fin, muchos autores creen que el Asia septentrional ha poblado el norte de la América.

Tocante á las lenguas, se asevera que el dialecto de los indios Mohawks es casi semejante en un todo al idioma tártaro.

Mr. Duponceau, en una disertación latina escrita por un sabio Mexicano sobre las lenguas indígenas de Anahuac, prueba la grande analogía de estas lenguas con el idioma chino, principalmente la Otomi, que no solamente tiene similitudes de palabras, sino similitudes gramaticales, cuyas formas de construcción son las mismas que el idioma chino; lo que prueba, dice este autor, la comunicación más ó menos directa que ha habido entre los Chinos y los Anahuacos.

En los tiempos más cercanos á nosotros, algunas otras relaciones entre la América y los Chinos ó Mongoles han sido señaladas.

No solamente los autores citados, sino la mayoría de los historiadores, atribuyen á los asiáticos el mérito de haber introducido la civilización primitiva en América, trazando, al efecto, muchos paralelos entre éstos y las primeras razas del Continente Americano, en sus tradiciones, costumbres, y, sobre todo, en la similitud de sus rasgos fisionómicos.

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La opinión de algunos autores antiguos y modernos al origen de los Indios Americanos, es que éstos proceden del linaje de Ophir, nieto de Heber é hijo de Lactan, quien pobló á México y al Perú, á cuyo efecto, dicen, que Ophir, de la quinta generación de la rama de Noé, pobló las costas del Océano de la India Oriental, pasando, después, estos pobladores á las Indias Occidentales, para extenderse por México, Centro América y todo el Perú hasta el estrecho de Magallanes. Los autores que sostienen esta opinión, son Benito Arias Montano, en el tom. VI de su libro Phalesus, pág. 99; Gilberto Genebrardo, en el lib. I de su Chronologia, págs. 15 y 118; Hornio, en su obra De Origen Americanum, cap. II, fols. 16 y 17; Antonio Bosio, en el lib. II, cap. III de su Signis Ecclesiastes; Pomario, en su Lexicon; Posevino, en el libro II, cap. V de su Bibliotheca; el P. Manuel de Sá, jesuita, en el tom. III de su Regum; el P. Maluenda, en el lib. III, cap. XIX de su Anticristo; Joao de Pineda, en su obra De Rebus Salomonis; y Montesinos, en sus Memorias Antiguas del Perú; los que afirman que en tiempo de Salomón se designaba con el nombre de Ophir los dos reinos de México y el Perú, y que después de pasado algún tiempo se traspusieron las letras, y de Ophir se compuso Piro[57]. Además, Arias Montano, autor también de la Biblia Regia y hombre muy versado en idiomas, dice en su obra ya citada, que "ambas regiones (México y Perú) se llamaban Piruaim ó Peruaim, que en latín quiere decir Duplex Piru y en español región que es dos veces Perú, ó sea que ambas regiones tuvieron el mismo nombre Perú." En apoyo de lo aseverado por Montano, el P. Fr. Gregorio García en su obra Origen de los Indios, lib. IV, cap. VI, parágrafo 3, pág. 140, dice: "Hallamos en la Escritura Divina una grandísima conjetura para creer que el nombre de Piru fué muy antiguo apellido, no sólo del reino del Perú, sino también de la Nueva España, porque en el Paralipomenon lib. I, cap. 3, se dice que Salomón cubrió el templo con láminas de oro muy fino, el cual oro se dice en hebreo aurum peruaim, que quiere decir claramente oro de la Tierra llamada dos veces Piru, porque aquella terminación ain es número dual en la gramática hebrea, lo cual cuadra y conviene á las dos regiones de este Piru y México, y así donde la Vulgata dice, en el Libro del Paralipomenon: Porro autem aurum erat probatissimum, traslada San Spagnino Aurum autem erat ex locu Parvaim; Vatablo pone Aurum vero erat ex auru Parvaim; Arias Montano lee Et aurum erat ex locu Parvaim; Cayetano lee Et aurum, aurum Parvaim; por lo cual Vatablo, Arias Montano y Genebrardo convienen en que Parvaim es el Perú y Nueva España.

Otros autores, para sostener que el Perú fué el Ophir de Salomón, señalan aún los límites de esa región, y dicen que se hallaba situada entre los territorios colombianos y brasileños, por las montañas de Popayán y Cundinamarca, hasta el lago Yumaguari, cuyas aguas alimentaban á uno de los afluentes del río Orinoco; de otro lado, por el río Ikiari, hasta el cerro aurífero donde nace este río; y en el último costado, por el río Yapurá. En la región superior del río Amazonas, dicen, se encontraba plata y otros objetos preciosos que las naves de Salomón conducían á Joppe (Jaffa) con destino á Jerusalem. Fué esta región superior la que recibió el nombre de Tarsdchisch (vocablo quechua), pues Tar es descubrir y chichiy es oro nativo ó en polvo. Luego, según Onffroy de Torón[58], Tarsdchisch es: el lugar donde se descubre y recoje el oro nativo ó en polvo. Dice la Biblia, que para dirigirse á Tarsdchisch el profeta Jonás, se embarcaba en Joppe, haciendo el viaje por el Atlántico. "En el mar (vers. 22, cap. X del Libro de los Reyes), había para Salomón una flota: cada tres años venían los navíos de Tarsdchisch trayendo oro, plata, marfil[59], monos y pavos reales," versión confirmada en el libro II, cap IX, vers. 21 de los Paralipomenos: "Los navíos iban de Tarsdchisch, para el rey Salomón, con los siervos de Hiram: Una vez cada tres años venían los navíos de Tarsdchisch."—En el cap. IX del Libro I de Los Reyes, se dice que en cada viaje á Ophir traían los navíos de Salomón "cuatrocientos talentos de oro"[60]; y en el cap. IX, vers. 10 del Libro II de los Paralipomenos se dice: "Los siervos de Hiram y de Salomón traían de Ophir el oro, maderas y piedras preciosas." En el Libro I, cap. IX, vers. 11 del Libro de Los Reyes, se dice: "Y también la flota de Hiram traía oro de Ophir y gran cantidad de árboles llamados almug, y piedras preciosas." Tarsdchisch se hallaba al oeste de Ophir y en la parte más rica de la región amazónica.

Onffroy de Torón juzga también haber descubierto, después de largas investigaciones, los lugares en que estuvieron ubicados Ophir, Parvaim y Tarsdchisch, nombres que, según infiere este autor, son tomados del quechua, como trata de probarlo en seguida. Como en el Libro II de los Paralipomenos, cap. III, vers. IV, se dice: "Salomón adornó su casa con piedras preciosas y oro que eran de Parvaim," deduce Onffroy de Torón que Parvaim es una alteración ó corrupción del Paruim, porque en el antiguo alfabeto latino se confundía la v con la u: por esta razón, en el texto hebreo de la Biblia, al referirse al oro de Paruim se halla escrito Zab-Paruim.": la terminación im que indica el plural hebreo se agregó á Paru, porque en la parte superior del Amazonas (territorio oriental del Perú) existen dos ríos auríferos, el Paru y el Apu-Paru ó Rico-Paru, que unen sus aguas á los 10° 30′ de latitud meridional, para vaciarlas luego en el Ucayali, que es uno de los ríos que forman el Amazonas: estos dos ríos que llevan el nombre de Paru, forman precisamente el plural y dan Paruim de los Hebreos. En este caso, Paruim es uno de los lugares bíblicos designados con toda exactitud. "Se debe advertir que el Paru y el Apu-Paru, agrega el mismo autor, nacen en la provincia de Carabaya, que es la más rica de oro en el Perú."

Sabido es que tanto en México cuanto en el Perú, se encontraba abundancia de oro y plata, riquísimas maderas y piedras preciosas, de donde colijen también Vatablo, Montano y Genebrardo, refiriéndose á la Biblia (Génesis, cap. X), que aquellos metales, maderas y piedras preciosas se sacaban de Ophir ó del Perú para la construcción y adorno del templo de Salomón[61], pues si se debe atener al texto sagrado, Salomón mandó construir en Esiongabar, sobre el Mar-Rojo, las naves destinadas á Ophir, cuya flota era impulsada por expertos pilotos y marineros que le proporcionó Hiram, rey de Tiro (con el que celebró alianza) quienes doblaron el Cabo de Buena Esperanza y se unieron con la flota aliada para dirigirse á Ophir, denominada Terra Aurea (Tierra de Oro).

Juan Goropio en sus Origenes Antuerpianæ, y Guillermo Portel en su Orbis Concordia, dice también que Ophir es el Perú, y que los bajeles de la flota de Salomón trasportaban el oro, maderas y piedras preciosas del Perú hasta el Istmo de Panamá (en el Pacífico) y que de allá otros bajeles partían del mismo Istmo (en el Atlántico), haciendo escala en las islas de Cuba y Santo Domingo, doblando en seguida el Cabo de Buena-Esperanza y rastreando, en fin, las costas orientales de Africa, entraban en el Mar-Rojo.

Arias Montano, en su obra ya citada, describe otro itinerario, pues dice: "Las naves que el rey Salomón mandaba á Ophir en busca de oro, pasaban por las Molucas, y luego por México para llegar al Perú; y de vuelta, costeando á Chile, atravesaban el Estrecho de Magallanes, y doblando el Cabo de Buena-Esperanza, entraban al Mar-Bermejo, empleando tres años en el viaje."

Para confirmar aún más las opiniones emitidas por los autores anteriormente citados, el P. Fr. Gregorio García, en el lib. IV, cap. II de su Origen de los Indios, pág. 132, dice: "Salomón fué sapientísimo, y entre puras criaturas ninguno hubo que supiese tanto como él, y como tal nos le vende la Divina Escritura, y que no hubo cosa natural, arte ó ciencia, que no la supiese ó conociese, y consiguientemente, supo la geografía y cosmografía, y con ella lo que incluían las Indias Occidentales tan llenas de portentosas novedades. Y así él mismo daría noticia, instrucciones y orden á los pilotos y marineros, enseñándoles como, por donde y á donde habían de ir con la flota."

Pero, algunos otros escritores han puesto en duda el viaje de las flotas de Salomón á Ophir ó Perú y, entre éstos, citaremos tan sólo dos, que son de bastante crédito. Juan de Solórzano Pereyra se manifiesta abiertamente en contra de las opiniones de los anteriores autores, pues en el lib. I, cap. VI de su Política Indiana, asevera que "Salomón no era tan imprudente, que desde Asiongabar, que cae en el Mar-Rojo, y tenía tan cerca la Arabia y otras provincias de la India Oriental, había de enviar sus armadas á partes tan remotas y por mares tan dilatados y poco cursados, para cuya navegación era menester muchos años." Luego prosigue: "Y así constituyen el Ophir en Sófala ó en Ormiz, ó lo que es más cierto, en algunas de las ricas provincias de la India Oriental, y especialmente en su célebre isla que solía llamar Trapobana ó Sumatra, y hoy se dice Malaca y los reinos del Pegú[62], sus confines, donde se halla todo lo que se llevaba á Salomón en grande abundancia, tanto que se solía llamar Terra de Oro ó la Aurea Chersonese, y su oro se tenía por el más perfecto y de mayores quilates; de donde el de esta calidad tenía el nombre de Ophirizo, y de allí corrompido el vocablo, los latinos le llamaban Obrizo." Y por fin, agrega: "Y no obsta en contrario lo que se ha dicho del nombre del Perú, que es parecido al de Ophir ó Opiro." El historiador William Robertson, en su Historia de América, lib. I, pág. 9, refiriéndose á la navegación entre los antiguos, parece estar, también, en contra de los autores citados, pues dice: "Salomón equipó flotas que, conducidas por pilotos fenicios, navegaron del Mar-Rojo á Tarsdchisch[63] y á Ophir[64], que probablemente eran puertos de la India ó del Africa: estas flotas volvieron tan preciosamente cargadas, que introdujeron repentinamente la riqueza y la magnificencia en el reino de Israel."

En resumen, Ophir ha dado lugar á varios alegatos sobre su situación: distintas opiniones hay á este respecto, pues mientras unos la colocan en Asia, otros la ponen en Africa, y otros en América; dividiéndose cada una de estas opiniones en varias otras.

Cuanto á Nihusio, Volaterán y otros portugueses, quieren que Ophir sea Melinda ó Sófala, en la costa de Etiopia, y Concelio pretende que sea Angola, sobre la costa occidental de Africa.

Aquellos que pretenden que Ophir estaba en América, la colocan en la isla de Santo Domingo, á la entrada del golfo de México. Genebrardo y Vatablo son los que la ponen en la isla de Santo Domingo, asegurando que Cristóbal Colón al descubrir esta isla, en 1492, acostumbraba decir que había hallado la Ophir de Salomón, porque allí había encontrado oro en cierta abundancia.

Los que suponen que Ophir se hallaba en Asia, entre otros Francisco Ribero, Torniel, Adrichomio, Massé y varios otros, la colocan en las Indias. En apoyo de la opinión de estos autores, citan á Diodoro de Sicilia y á Filistrato, quienes dicen que en todo tiempo los Etiopes hacían un gran comercio por mar en las Indias; á Estrabón, que refiere que los mercaderes de Alejandría enviaban sus mercaderías á las Indias por el golfo Arábigo; y á Plinio, que asegura que en su tiempo, y desde algunos siglos antes, se hacía un gran comercio de Egipto á las Indias por el Mar-Rojo, siendo probable que la flota de Salomón iba á aquel lado, en cuyas comarcas se encontraban todas las mercaderías que cargaban los navíos de Salomón.

Samuel Bochart, por su parte, en su Geografía Sagrada, (Caen, 1646), pretende que hay dos Ophires: la una, en la Arabia, donde David hacía venir una gran cantidad de oro; la otra, en la India, donde Salomón enviaba su flota, ó sea la Trapobana de los antiguos (hoy isla de Ceylan), donde hay un puerto llamado Hippor, que los Fenicios llamaban Ophir.

Massi asegura que Ophir es el Pegú, que tenía ricas minas de oro y plata; Peresio dice que es Malaca, sobre el estrecho del mismo nombre, al oriente de la isla de Sumatra; Juan Tzerges es de parecer que es la misma isla de Sumatra, que tenía minas de oro.

Flavio Josefo[65], y con él otros autores, sostienen que Salomón tenía dos flotas, una en Aziongabar, que negociaba en las Indias, y la otra en Tarsdchisch, en las Indias Orientales, opinando algunos que este Tarsdchisch es el Perú, donde la flota de Salomón llegaba por el Gran Mar (el Pacífico) y hacía el viaje en tres años.

Por fin, la opinión que ha sido considerada más aceptable por algunos escritores, sobre la situación de Ophir, es la emitida por Lipenio, que ha escrito expresamente un Tratado sobre Ophir. Se apoya este autor sobre el dicho de San Gerónimo, que dice, que un nieto de Heber, hijo de Noé, llamado Ophir, dió su nombre á la parte de la India situada más allá del Ganges, comprendiendo así bajo el nombre de la "Tierra de Ophir," no solamente la Chersonese de Oro, que el historiador Josefo llama "Tierra de Oro" (hoy Malaca), sino también las islas de Java y Sumatra y los reinos de Siam, del Pegú y de Bengala, comarcas donde se encontraban todos los efectos que la flota de Salomón llevaba á Jerusalem, viaje que podía durar tres años, pues los navíos al salir del Mar-Rojo costeaban la Arabia, la Persia y el Mongol, en seguida daban vuelta á la península, más allá del golfo de Bengala, tomando diamantes en Golgonda y géneros preciosos en Pegú, y de allí á Sumatra, remontando á lo largo de Chersonese de Oro ó Malaca hasta Siam, donde encontraban no solamente marfil, sino también oro.

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Varios autores, entre ellos Giraldo Cambrense, en su Topographia Historica, lib. X, cap. II; Antonio de Herrera, en su Historia General de los hechos de los Castellanos, déc. III, lib. X, cap. X; y La Peyrère, en su Relación de Islandia, art. XX, opinan que los Noruegos y Dinamarqueses, después de haber ocupado la Islandia y Groenlandia, fueron los primeros que poblaron las Indias, desembarcando en las costas de México, primero, y extendiéndose, después, hasta el Istmo de Panamá, allá por el año 820 de la era vulgar. Estos autores apoyan sus opiniones á este respecto en ciertos usos y costumbres de los Escandinavos, idénticas á las de los Indios americanos. Admitiendo esta idea tan sólo en abstracto, es un hecho confirmado por documentos que posteriormente se han encontrado en Copenhague, que los Escandinavos atravesaron el Océano y desembarcaron en playas de América, desde el siglo IX y durante el curso de los siguientes; pero no por eso se les debe considerar como los primeros pobladores del suelo americano, como lo suponen los autores citados.

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El historiador Pedro Sufrido, en su obra De Frisior Antiquitates, impresa en 1698, pretende probar que los Indios de Chile y aún los del Perú descienden de los Frisios, pueblos germanos que habitaban, según se cree, la isla de los Bátavos; al efecto, dice que los Frisios, siendo muy diestros en la navegación, intentaron en el año 1000 recorrer el Océano en descubrimiento de nuevas tierras; "que llegaron á las islas Orcadas y desde allí á Islandia, y navegando muchos días penetraron hasta el Polo Norte, de donde fueron arrojados por una furiosa tempestad hasta una isla distante rodeada de escollos, donde desembarcaron y hallaron gente escondida en cuevas, y delante de ellos, gran cantidad de vasos de oro y plata, de que tomaron cuanto pudieron." Añadiendo la Crónica de Dinamarca "que este país estaba lleno de riquezas y que es la isla donde Saturno escondió sus tesoros." Boxhornio, en su Apologia pro Navigationes, págs. 258 y 259, sostiene la opinión de Pedro Sufrido, citando en apoyo de ella un pasaje del poema de Alonso Ercilla, La Araucana, en que este poeta hace aparecer á Glaura, hija del cacique Quilacura, y á Fresolano, mozo valiente, como descendientes de sangre de Frisios.

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Algunos autores, entre ellos Marineo, en su Rerum Hispanorum, lib. XIX, cap. XVI, alega que los Romanos poblaron las Indias cuando este imperio estaba en su apogeo, ó sea, cuando Roma era dueña y señora de Europa y de Africa, fundándose en que los moradores de la Isla Atlántida habían dado, en su tiempo, á los Romanos, noticias de las Indias; que éstos poblaron sucesivamente las islas de Canarias, las de Barlovento, la Tierra Firme, México, Perú y demás comarcas de la América. También se fundan estos autores en las analogías entre Romanos é Indios, como pintar el rostro de sus divinidades con vermellón; la superstición de consultar las entrañas de los animales para inquirir ciertos hechos; contar en sus convites las hazañas de sus mayores. El convento de las Vestales de Roma, agregan, es igual al de las Vírgenes del Sol en el Perú y México; el templo del Sol en el Cuzco, semejante al Panteón de Roma; los grandes caminos y calzadas de los Incas también parecidos á los de los Romanos, y varios otros usos y costumbres análogos en ambos pueblos.

La aserción de haber los Romanos pisado el territorio americano en la época de su apogeo, parece algo acertada, pues se afirma ser un hecho que posteriormente hallóse en este territorio algunos vestigios de la existencia, allí, de los Romanos de aquella época; llamando mucho la atención el que, en las ruinas de Peten, en Guatemala, se haya encontrado monedas del tiempo de los Romanos y herraduras de caballos de mayor alzada que los comunes, en las orillas del mar que baña aquella parte del Continente; existiendo ambos objetos en el Museo Nacional de Guatemala.

Empero, el hecho de que los Atlánticos dieran noticias á los Romanos, de la existencia del Continente americano, es de todo punto inverosimil, porque de haber existido aquella isla, su hundimiento dataría de una época mucho más remota de la del Imperio Romano.

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Varios escritores afirman que los Escitas (que en tiempos remotos fueron la nación más numerosa del Orbe, pues se extendieron desde la Germania hasta los confines del mundo conocidos de los antiguos, ó sea, desde Europa hasta el Asia), pasaron en dos ocasiones y en gran número, desde el Mongol á Indias, diseminándose por diversas comarcas del Nuevo Mundo, pues dicen que en todo el Continente americano, como en Estados Unidos del Norte, Canadá, México, Guatemala, Colombia, Perú, Chile, Argentina, Brasil y otras regiones, se han encontrado usos y costumbres semejantes entre Escitas é Indios, y que eran tan bárbaros unos como otros; no dudando esos mismos escritores, que los Escitas fueron unos de los primitivos pobladores de América.

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Enrique Martínez, en su Repertorio Mexicano, cap. II, pág. 204, supone que los Indios de México eran descendientes de los Curlandeses, provincia antigua de la Livonia, alegando que, situada esa provincia en la costa del Mar Báltico, pudieron pasar sus moradores á las Indias, y aduce como fundamento de su parecer, 'que la gente de esa provincia es de la misma traza, condición y brío de los Indios de Nueva España...... y—añade—lo que más me obliga á creer que aquella gente y ésta es toda una, es la cercanía de las tierras, que es menos de lo que ponen los mapas."

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También es opinión admitida por algunos autores, que los Etiopes pasaron á Indias con los Fenicios y Cartagineses, pues suponen que los Moros fueron indios venidos á Africa con Hércules Tyrio, que venció á Anteón, rey del mismo Africa y jigante de sesenta codos, de cuyo escudo hace mención Melo en su Situ Orbis, Lib. VI, cap. IV, sabiéndose que su cadáver fué mandado enterrar por Sertorio. Algunos otros autores afirman que no queriendo estos Etiopes sufrir el yugo de los Cartagineses, se lanzaron por los mares en dirección á tierras remotas, tocando primero en las islas Canarias, y de allí en las Indias, para establecerse en Yucatán. También opinan que los usos y costumbres de estos Africanos eran semejantes á los indios Chichimecas, Chiriguanes y otras tribus bárbaras de América.

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Han pretendido otros autores que los Francos fueron los descubridores de América. Marcos Lescarbot en su Histoire de la Nouvelle France, dice que los Galos se hicieron dueños del mar desde los primeros siglos después del Diluvio. Guillermo Postel en su Origine des Américains, sostiene que esos mismos Galos visitaban con frecuencia las costas de la América Septentrional aún antes de la era cristiana, opinión que también es apoyada por Mr. Murtrie en sus Sketches of Louisville, pues asevera que en tiempos remotos una colonia de Francos habitaba los bosques de América, mezclándose con una ó varias tribus de salvajes, á los que enseñaron algunas artes más necesarias á su bienestar; pero que mas tarde surgieron desavenencias y guerras entre ambas razas, en las que los salvajes, por su superioridad numérica, exterminaron á los llamados «Indios blancos,» quienes, desde entonces, desaparecieron para siempre, como también las artes que ellos cultivaban. Y por fin, Jacobo Charron, en su Histoire Universelle, asienta que hace más de mil años que los Celtas, gente numerosísima, pasaron á América, unos por el Oriente, desde Tenduc, atravesando la Tartaria hasta el reino de Annian; otros por el norte, desde Islandia hasta el Salvador, internándose á Tierra Firme.

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En fin, es opinión de algunos historiadores, que los Ingleses é Irlandeses fueron los primeros pobladores de la costa septentrional de América, y, al efecto, dicen que Madoc Cambro, príncipe de Cambria ó Inglaterra Occidental, cansado de las guerras civiles que sostenía con sus hermanos sobre la sucesión del reino de su padre, Owen Guyueto, rey de Gales, determinó en 1170 (otros dicen 1190) dejar su patria y buscar nuevas tierras donde vivir en paz, con cuyo propósito emprendió una larga navegación hasta dar en comarcas desconocidas (que se presume sean las costas del Canadá y Terranova), en las que encontró cosas maravillosas. Después del descubrimiento de aquellas tierras, regresó á su patria, para contar á sus vasallos la felicidad que allí reinaba, y armando muchas naves, se llevó gran número de familias, con las que fué á poblar tan desiertos parajes, dando origen con ellas á formar una población importante; regresó nuevamente á Gales por más gente, y cargando diez navíos, se hizo á la vela, aumentando con este nuevo contingente de habitantes, la población de esos extensos países.

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Pero toda esa diversidad de opiniones de los autores que acabamos de mencionar, tocante al origen de los Indios americanos, ya sean ciertas ó dudosas, fundadas ó aventuradas, el hecho es, que carecen de autenticidad, porque no descansan sobre ningún dato de fuente histórica que las pueda servir de apoyo; por consiguiente, todas ellas son basadas únicamente en cálculos expuestos á resultar fallidos, y no pasan de la categoría de meras conjeturas sobre un asunto aún obscuro. No obstante, si esas diferentes opiniones disienten en los detalles, en el fondo admiten que los primeros pobladores de América, ó sea, de la época postdiluviana, proceden de los habitantes del Antiguo Mundo conocido entonces.

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Un erudito etnógrafo francés, Moreau de Jonnes, en su notable obra Statistique des peuples de l'antiquité, ha dicho: "De toutes les parties de l'Histoire, la plus féconde en erreurs est la recherche de l'origine des peuples." En verdad, refiriéndose tan sólo al Continente americano, el origen de las diversas razas de los Indios es uno de los problemas más difíciles de resolver, pues es casi imposible determinar, con exactitud, la procedencia de cada una de ellas, porque su origen se pierde entre la confusa sucesión de los siglos. El P. José de Acosta, en su Historia natural y moral de las Indias, califica de "arrojado y temerario al que pretendiera determinar la procedencia de los Indios." Apesar de haberse buscado las semejanzas entre las razas americanas y las europeas, africanas y asiáticas, las similitudes entre las lenguas del Antiguo Mundo y el Nuevo, y aún comparada la arqueología americana con la de Europa, la del Africa y la del Asia, no se ha podido aún decir la última palabra acerca de este problema sociológico.

Apesar de ello, la opinión que parece merecer alguna atención, es la expuesta por el erudito P. Fr. Gregorio Garcia en su ya citada obra Origen de los Indios en el Nuevo Mundo, religioso que, después de examinar las controversias de los muchos autores que han escrito sobre el mismo tema y de analizarlas una por una, termina por dar su parecer sobre la materia. He aquí lo que á este respecto opina este autor en el libro IV, cap. XXV de su referida obra: "Unos indios proceden de Cartagineses, que poblaron la Española ó Isla de Santo Domingo, Cuba, etc; otros, proceden de aquellas diez tribus que se perdieron, de quien hace mención Esdras; otros, proceden de la gente que pobló ó mandó poblar Ophir en la Nueva España y Perú; otros, proceden de la gente que vivía en la Isla Atlántida de Platón; otros, de algunos que partieron de las partes próximas y más cercanas á la sobredicha isla, pasaron por ella á las de Barlovento, que está bien cerca de donde ella estaba, y de aquellas á la Tierra Firme; otros, proceden de Griegos; otros, de Fenicianos; otros, de Chinos, Tártaros y otras naciones."—En seguida, agrega el mismo autor: "La primera razón y fundamento que para esto tengo, es hallar en estos indios tanta variedad y diversidad de lenguas, de leyes, de ceremonias, de ritos, costumbres y trajes; el segundo fundamento es, la dificultad que tiene creer que todos los indios proceden de gente que fuese á aquel Nuevo Mundo de sólo una parte del Viejo y con sólo un modo y manera de viaje; el tercer fundamento es, que se hallan en aquellas partes costumbres, leyes, ritos, ceremonias, vocablos y otras cosas de Cartagineses, de Hebreos, de Atlánticos, de Españoles, de Romanos, de Griegos, de Fenicianos, de Chinos y de Tártaros, argumento de mucha fuerza para probar que los Indios por su comunicación y trato amigable y por vía de conquista y guerra, se fueron mezclando de tal manera, que el linaje, costumbres, lenguas y leyes, han escapado mestizos de diversas naciones, cuales son las sobredichas. Esto es mi parecer y lo que siento acerca del origen de los Indios."

Participamos, no del todo, de la opinión del P. Gregorio García: en cuanto á lo referente al reino de Ophir y á la Isla Atlántida, lo primero, lo consideramos como una opinión aún incierta y no dilucidada del todo; y lo segundo, creemos que fué en época remota una porción de la misma América. Cuanto á lo demás, hasta cierto punto convenimos en ello, porque la diversidad de lenguas, leyes, ritos, ceremonias, costumbres, trajes y otras particularidades que en aquella época distante distinguían á las agrupaciones indígenas y que aún existen en diversas comarcas del Continente americano, puede ser una prueba aceptable ó evidente de que los Indios postdiluvianos de América son de origen diverso y proceden de razas distintas.

Además, la opinión del P. Fr. Gregorio García está robustecida por la del abnegado misionero P. Domeneck, que en su obra Desiertos del Nuevo Mundo, se expresa en los siguientes términos: "Nuestra convicción, en este interesante asunto, es que la América ha sido poblada por emigraciones voluntarias ó accidentales, de diversas naciones; que estas diversas naciones, después de multiplicarse, se encontraron, se mezclaron, y que, por el cruzamiento de las razas, la diferencia de los climas, los cambios de vida y muchas otras razones de la misma naturaleza, perdieron su carácter primitivo, para formar otra combinación heterogénea de color, de costumbres, de gustos, de lengua y de religión, que desvía la ciencia y la investigación del anticuario."

Por consiguiente, admitiendo, en parte, la opinión de los PP. García y Domeneck, trataremos de ampliar y robustecer este punto tan debatido; empresa bastante escabrosa, teniendo que atenernos, en muchos casos, á lo dicho por historiadores antiguos y modernos, que no siempre están en concordancia unos con otros.