Al iniciar el estudio de la materia que forma esta Segunda Parte, debemos indicar, como lo hemos hecho en la Parte Primera, cuáles eran las tribus indianas que, en la época de la conquista española, ocupaban lo que es hoy el territorio del Perú propiamente dicho, tribus que, en aquel tiempo, eran muy numerosas y de las cuales muchas se han extinguido, subsistiendo aún actualmente algunas de ellas.
El número de estas tribus era tan elevado, que no es posible enumerarlas todas, limitándonos tan solo á señalar, en seguida, las principales, por orden alfabético:
AGUARUNAS, de la orilla del Marañón y sus afluentes hasta el Imaza.
AIKEAMBEANAS ó AMAZONAS de la comarca regada por el rio Nhamunda (frontera del Perú con el Brasil), que desemboca en el gran río Amazonas. Era una república de mugeres gobernada por una reina. Los Españoles las denominaron Amazonas, por ser ellas muy adiestradas en los combates; pero en el país se las llamaba Coniapuyares (grandes señoras ó excelentes guerreras).
ARDAS, de la comarca situada entre los ríos Napo y Marañón.
AYMARÁS, de la altiplanicie de los Andes, ó sea, de las estensas mesetas del Collao hasta las comarcas de Arequipa y Paucartambo del Cuzco. Otra parcialidad era del extenso territorio abarcado desde La Paz y Oruro, en Bolivia, hasta los confines de Chile. La civilización de la preincáica familia de los Aymarás, precedió á la de los Quechuas, quienes, después, derrocaron el reino de los Aymarás y adoptaron mucho de su cultura, religión y tradiciones.
CAMPAS ó ANTIS, de la cuenca del Amazonas. Ocupaban las extensas llanuras de la Pampa del Sacramento, del Gran Pajonal y del Cerro de la Sal.
CANAS, de la cordillera del Cuzco.
CARAPACHES, de la Pampa del Sacramento y orillas de los ríos Pachitea, Ucayali y Aguaitía.
CASHIBOS, de las orillas del río Sipiria y cabeceras de los ríos Aguaitía y Pichis, afluentes del Ucayali.
COCAMAS, de los márgenes del río Huallaga.
CONIBOS, de las orillas del Alto y Bajo Ucayali.
CUISMANCUS, de los valles de Supe, Huaura, Chillón, Rimac, Lurín, Chancay y Barranca, cuya capital era Pachacamac.
CHACHAPOYAS, de las riberas del Huallaga y Marañón.
CHANCOS, del valle de Andahuaylas hasta el Nudo de Pasco y valle de Jauja.
CHIMUS, dominaban desde los confines de Chancay hasta el pueblo de Tumbez, abrazando los valles de Pativilca, Santa, Guañape, Trujillo y las poblaciones de Pacasmayo, San Pedro, Sama, Chungala y Paramonga. Esta familia confederada, que formaba un reinado, estaba gobernada por mandatarios llamados Régulos, cuyo gobierno duró algunos siglos, terminando con la definitiva anexión al Imperio de los Incas.
CHINCHAS, que dominaban la extensión de los valles de Cañete, Chincha y Lunahuaná. Formaban una especie de reinado, también gobernado por Régulos, hasta su anexión al Imperio Incáico.
CHONTAQUIROS, de las montañas del Cuzco.
CHUNCHUS ó CHUNCHOS, del valle de Paucartambo, bañado por el río Madre de Dios.
ENCABELLADOS, de las orillas del Putumayo.
HUACHIPAIRIS, de los márgenes de los ríos Tono, Ccoñipata, Qqueros, Pilcopata y Alto Madre de Dios, hasta el estrecho de Ccoñecc.
HUANCAS, de las comarcas de Azángaro, Ancohuallú, Vilcas y Urumarca.
HUANUCOS, de la región de su propio nombre.
HUAYTARÁS, de las orillas de los ríos Mantaro y Mayumarca.
JÍBAROS, de los márgenes del Marañón, entre el Pongo de Manseriche y la desembocadura del río Pastasa y Montañas de Quijos y Canelos.
MACHIGANGAS, de las riberas de los ríos Pilcopata y Teno, hasta el Ucayali.
MAYORUNAS, de la orilla derecha del Ucayali y margen izquierda del Yavarí.
MOENES, de las márgenes del Alto Madre de Dios.
MOXOS, de las orillas del río Mamoré y parte central del Bení, en los confines de Bolivia, del Perú y del Brasil. Esta familia se componía de los Moxos propios, y de las tribus de los Chapacuras, Itenamas, Canichanas, Mobimas, Cayubabas, Pacaguaras é Itenes.
NAHUMEDES, de las orillas del Amazonas, en la frontera del Brasil.
PANOS, de la región bañada por el río Sarayacú, y de las riberas y bosques del Ucayali y del Huallaga.
PIROS, de las orillas del Ucayali.
POCRAS, de la comarca de Quinua, en el valle de Huanchu y alturas de Pumacahua.
PURIS ó PURUS, de las márgenes del río de su mismo nombre.
QUECHUAS, diseminados por los territorios del Ecuador, Perú y Bolivia, hasta la Argentina. La numerosa familia Quechua fué la principal del Imperio de los Incas, y á ella estaban subyugadas las tribus de los Aymarás, Atacamas y Changos: forman en la actualidad, cerca de la mitad de la población de la América Meridional. El Imperio de los Incas llegó á ser el Estado más floreciente de todo el Continente americano, y su civilización sobrepasó la de México. Su gobierno, aunque autocrático, fué á la vez paternal. Nación asombrosamente organizada, sus sabias leyes merecieron la admiración de los historiadores, porque adelantándose á la época, sus monarcas atendieron á la felicidad de cada individuo, á la vez que á la de toda la sociedad, mediante un sistema de gobierno extrictamente socialista.
REMOS, de la comarca bañada por el Ucayali, entre los cerros de Canchahuasy y Cashiboya.
SHIPIBOS, del Bajo Ucayali y embocadura de los ríos Pachitea, Pisques y Aguaitía.
UROS, de las orillas del río Desaguadero é Islas del Lago Titicaca. Existe aún un fragmento de esta familia, que hasta ahora permanece rebelde á los adelantos de la civilización actual.
YUNGAS, de los valles de Trujillo, Zenia, Piura, Catamarca, Lunahuaná y Cajamarca.
YURACARAS, de los bosques de la vertiente oriental de la Cordillera de los Andes.
YURIMAGUAS, de las orillas del Huallaga y regiones bañadas por el Yurúa.
Y muchas otras tribus cuyos territorios no han sido explorados aún, como las de las selvas del Marañón y del Amazonas, las de la Montaña, las de los Andes, etc.
Un velo de obscuridad cubre los tiempos primitivos del Perú, como el resto de las demás secciones de América. J. H. Herrera, en su Historia Antigua del Perú, pág. 18, dice: «Las relaciones que adquirieron los primeros investigadores sobre el origen y establecimiento de las diferentes tribus que poblaban el país, están fundadas en fábulas más ó menos absurdas.»[106]
Se ha constatado, según las investigaciones practicadas en estos últimos años, que el territorio del Perú fué habitado, en tiempos antediluvianos, desde las Épocas Paleolítica y Megalítica (llamadas comunmente Edad de Piedra), por aborígenes autóctonos; pues tanto los utensilios de piedra groseramente tallados, como los instrumentos de silex pulimentados, encontrados en diversos lugares del suelo peruano, revelan que ellos pertenecen á esas épocas, y denotan ser de los primitivos aborígenes del Perú, que, en el interior del territorio, formaban tribus dispersas, rudas, salvajes y aún antropófagas, siendo las de la costa exclusivamente pescadoras.
Y es tan evidente que el Perú fué desde los tiempos antediluvianos habitado, que los muchos hallazgos hechos en su suelo, no solamente de utensilios de silex, sino también de esqueletos de animales de aquella época, junto con huesos humanos, atestiguan plenamente que el Hombre existía ya en el Perú en aquellas primitivas épocas, y que, así en la región del Norte como en la del Sud, vivía mezclado con los paquidermos. Cuanto al régimen de vida de esos hombres primitivos, está fuera de duda que en la costa tuvieron por ocupación la pesca y la caza, siendo en el interior del país, nómadas que persiguían á los animales salvajes para sustentarse con su carne, aprovechar sus huesos, pieles y otras partes útiles para su uso personal, y se albergaban en cavernas ó grutas.
Algunos autores pretenden que en el Perú no se ha encontrado aún el hombre fósil, negando así el autóctonismo de la raza peruana; pero este punto es refutable, porque sabido es, que, últimamente, la Comisión Científica de la Universidad de Yale (Estados Unidos de Norte América) ha hecho importantes estudios geológicos en el Sud del Perú, con tal éxito, que entre sus resultados se halla el descubrimiento de huesos interestratificados del Hombre prehistórico, el cual, según suponen esos sabios, son aún anteriores al Período Plioceno ó Glacial. Indudablemente, el descubrimiento de esos huesos es otra prueba de la habitabilidad del Hombre autóctono en el Perú, durante la época antediluviana.
Para tener un conocimiento pleno de la autóctonia del Hombre en el Perú, vamos á sentar una hipótesis que no admite contradicción alguna.
Si en este suelo se han encontrado algunos fósiles de mamíferos antediluvianos, ó sea, de la Epoca Cuaternaria, como el Megatherio, el Mastodonte y el Seclitotherio, y junto á esos fósiles, toscas armas de perdernal y otros objetos rústicos, evidente es, que desde esa Época Neolítica vivía el Hombre mezclado con los animales, pues que, para proveer á su subsistencia y conservación, tenía que luchar con esos paquidermos, porque la carne le servía de alimento, y con las pieles cubría su desnudez. Por consiguiente, es efectivo y fuera de toda duda, que el Hombre en el Perú ha sido autóctono, pues no era posible que en esa primitiva época de la formación del Mundo, hubiera habido inmigraciones á este territorio.
Y también viene al caso, el volver á citar el descubrimiento hecho por Mr. Hutchinson, en la Isla de Chincha, de un ídolo de piedra y algunas vajillas, enterrados en el huano de los pájaros marinos, á más de sesenta piés de la superficie, objetos que, á su juicio, tienen una antigüedad de miles de años.
Para robustecer aún más nuestra afirmación, repetiremos aquí lo que ya hemos dicho en otro lugar de esta obra: "El Hacedor Supremo, en su alta sabiduría, al iniciar su grandiosa obra de la Creación del Mundo, tuvo el propósito de que el Orbe entero fuese habitado, y con este mismo propósito crió en distintos centros de la Tierra, parejas de razas diversas, cual la blanca, la amarilla, la roja, la morena y la negra; no siendo aceptable que Adán y Era sean progenitores de todo el Género Humano, sino únicamente de los descendientes de la secta hebráica."
Otra prueba que también se puede aducir sobre la antiquísima estancia del Hombre en el Perú, son los enormes depósitos conchíferos que se han encontrado en las costas marítimas, como en Supe, Chancay, Ancón, Chala y Arica, entre los cuales halláronse infinidad de huesos y restos de animales de aquellas remotas épocas, como así mismo fragmentos de carbón y capas de ceniza y otros residuos estratificados. Esas enormes capas de residuos, producto de la cocina de aquellos tiempos (kjoekkenmoeddings, como los denominaban los Escandinavos), son otros tantos vestigios de la estancia del Hombre allí, por espacio de largo lapso de tiempo, y del modo de vivir de aquellas ignotas generaciones.
Además, salvo los paquidermos de las Epocas Paleolítica y Neolítica, el Perú presenta sus animales particulares, propios y originarios, que tan solo se encuentran en su territorio, y que vivían junto con el Hombre primitivo. Entre estos animales originarios se cuentan las especies de vicuña, llama, paco, huanaco y alpaca, como también las especies de vizcacha y aña, de la familia de los zorros, y la anta llamado comunmente la gran bestia, animales que no se encuentran en ninguno de los otros Continentes. La existencia de estos cuadrúpedos, que tampoco hay noticia de que hubieran sido encerrados en la Arca de Noé, prueban, evidentemente, que ellos son de la época antediluviana, y que salvarían del Diluvio por voluntad del Hacedor Supremo, propagándose nuevamente después de ese enorme ó colosal cataclismo.
Vislumbrando, bajo otro aspecto, la autóctonia de los peruanos, evidente es, que durante la Epoca Cuaternaria, los habitantes del Continente del Nuevo Mundo no tuvieron contacto alguno con los de los antiguos Hemisferios, razón, también poderosa, para no negar á aquellos la autóctonia que legalmente se les atribuye.
En resúmen, así como está probado que los indígenas primitivos del resto del Continente Americano son autóctonos, consiguientemente lo son los del territorio peruano.
Con referencia á los primeros tiempos del período postdiluviano, espinosa y ardua tarea es la de resolver el problema de las primeras inmigraciones al Perú, acerca de las cuales no hay nada evidenciado, sino conjeturas más ó menos verosímiles. Se supone, generalmente, que fueron descendientes de la posteridad de Noé. Unos los reputan procedentes de la rama de Cam, fundados en la semejanza de su idolatria y lenguaje; otros los derivan de la rama de Sem, fundándose en la similitud del idioma, idolatría y otras señales muy débiles. Los que más se acercan á la probabilidad, según se cree, son los que los hacen originarios de la rama de Jafet.
Se conjetura que, en época remota, vinieron al Perú sucesivas razas, siendo probable que, primero se establecieran en las costas del Perú, grupos de tribus pescadores, de los cuales nada se sabe con evidencia, cuya estancia constatóse por restos de cerámica y groceros tejidos encontrados en la costa, bajo profundas capas del suelo.
En el interior del país, vagaban hordas de salvajes errantes, que se establecían por algún tiempo en determinados puntos, para en seguida, alejarse á otros parajes, por otro término de tiempo: esas hordas nómades eran esencialmente cazadores, pues se ocupaban en ese ejercicio, por la necesidad de subvenir á su alimentación.
Tiempo después, nuevas invasiones de cultura algo avanzada, arribaron al territorio del Perú y se separaron por diversos lugares, operando en larga y progresiva evolución de los seres, una marcada existencia de pueblos florecientes, que dió lugar á cambios en la civilización de los mismos. Esa época fué caracterizada por la construcción de monumentos monolíticos de bloques de piedra de dimensiones extraordinarias, levantándose, durante ella, las construcciones gigantescas y estupendas de Tiahuanaco[107] (en las cercanías del lago de Titicaca), las de Cuelap (en la provincia de Luya)[108], las de Chavin (en la provincia de Trujillo), las de Huánuco Viejo (en la provincia de este nombre), y algunas otras más en otras provincias. La principal de esas invasiones, fué la Quechua, que se estableció en Tiahuanaco, en la altaplanicie de la laguna de Titicaca, formando un imperio teocrático, que llegó á extender su dominación y lengua hasta la costa, y á tener sojuzgadas las tribus que ocupaban los territorios conocidos hoy por provincias de Cotabambas, Aymarás, Chumbivilcas y Andahuaylas.
Trascurrido algún tiempo, los Collas ó Aymarás arrojaron á los Quechuas de sus dominios de la altaplanicie del Titicaca; teniendo éstos que refugiarse en los valles del Cuzco, principalmente en la región del Urubamba. Con la caída del Imperio de Tiahuanaco y consiguiente pérdida de la influencia de los Quechuas teocráticos, el Perú entró en una anarquía y decadencia general, que dió lugar á que las demás tribus del territorio se constituyeran en gobiernos, unos más civilizados que otros, y regidos todos por jefes denominados Curacas ó Caciques.
En los tiempos preincáicos, las principales de estas nuevas entidades sociales y políticas, eran:
Los Chimús, que fueron una agrupación respetable, cuyos Curacas ó Régulos extendieron su dominación desde Chancay hasta Tumbes. Era, se puede decir, un imperio floreciente, cuya civilización se reflejaba, principalmente, en su alfarería, en sus tejidos, en su arte de beneficiar los metales, y demás obras que elaboraban.
Los Chinchas, extendidos más al Sud, ocupaban los valles de Ica, Chincha, Camaná, Arequipa, Moquegua, Arica y Pisagua. Aunque desde un principio carecían de organización, pues no obedecían á ningún Curaca, después formaron la confederación "Chincha-Yunga", que reconocía el gobierno de los Régulos Cuis-Mancu y Chuqui-Mancu, abrazando, el primero, los valles de Supe, Huaura, Chillan, Rimac, Lurín, Chancay y Barranca; y el segundo, los de Lunahuaná, Mala y Chilca.
Los Changos, que habitaban más al Sud, desde el río Loa hasta Aconcagua eran belicosos, feroces y aún antropófagos, que lograron ensanchar sus dominios mediante alianzas con las tribus vecinas, y reducir, también, á los Parinacochas, Rucanos, Amancayes y Cotapampas.
Los Collas ó Aymarás, que después de haber arrojado de la altaplanicie del Titicaca á los Quechuas del Imperio Teocrático de Tiahuanaco, se establecieron en la meseta del Collao, extendiéndose á los valles inmediatos del Cuzco y de la actual Bolivia, desde el nudo de Porco hasta el nudo del Cuzco, entre las cordilleras oriental y occidental, en una extensión de 300 millas de largo sobre 50 á 116 de ancho: se dividian en dos fracciones, gobernadas, la una, por el Cacique Carí de Chucuito, y la otra, por el Zapana de Antuncolla. Además, se hallaban sometidos á los Collas, las tribus de los Canchis, Coras, Chumpihuillpas, Cushunas y Collaguas, que, respectivamente, habitaban las actuales provincias de Canchis, Chumbivilcas y Cailloma.
Los Quechuas, que después de ser arrojados del Collao, se refugiaron en los valles de Urubamba y Pachachaca: ellos constituían la tribu más numerosa, y su cultura se había extendido por toda la Sierra y la Costa, durante el período del Imperio de Tiahuanaco, del que fueron ellos, dicen algunos, los constructores de los grandiosos monumentos de esa ciudad: más tarde, algunas de estas parcialidades fueron los fundadores del nuevo Imperio de los Incas. Según opinión de ciertos autores, no es aventurado afirmar el hecho de que ellos fueron los constructores de los ciclópeos monumentos de Tiahuanaco, cuando en Urubamba, donde se refugiaron después de ser arrojados de la altiplanicie del Titicaca por los Collas, se han descubierto también, últimamente, monumentos semejantes á los de Tiahuanaco, como la maravillosa ciudad de Macchu-Picchu y otras.
Los Uros ó Urus, que ocupaban parte de la altaplanicie y la región de los lagos, desde Titicaca hasta Lipez, y aunque vecinos de los Aymarás, eran distintos de éstos, tanto en sus costumbres como en su lengua.[109]
Los Pocras, que habitaban la comarca de Quinua ó Huamanguillo y el valle de Huanchuy y alturas de Pumacahuanca, tenían la credulidad de haber nacidos en el lago de Castrovirreyna.
Los Canas, que moraban en el extremo territorio que se extiende desde el Collasuyo al río Pachachaca, y desde la Montaña á las cabeceras de Areqquepay.
Los Cahuinas, que vivían en el Collasuyo, al Mediodía del Cuzco: acostumbraban horadarse las orejas y traer enormes pendientes, antes que eso fuese un distintivo de los nobles Incas. Creían que sus almas habían salido del gran lago de Titicaca, al que volverían después de su muerte, para animar de nuevo á otros cuerpos.
Los Canchis ó Tintas, que eran sometidos á los Collas, y se extendían desde el Cuzco hasta las cabeceras de Areqquepay.
Los Coras, que habitaban la actual provincia de Canchis.
Los Huallas ó Guallas, los Guanaypatas y los Sausaseros, que formaban un pequeño curacazgo del territorio de Huaráz.
Los Huanucuyos, que se extendían en las márgenes de los ríos Pozuzo, Huancabamba y Mayro, en la parte alta del Marañón y del Huallaga, vivían dispersos, y solo se reunían para celebrar sus fiestas en templos que tenían erigidos en las alturas: eran indios más blancos y más robustos que los demás.
Los Atacamas ó Cunzas, que habitaban la puna de Atacama en la Cordillera, y el valle de Huasco, eran especialmente de raza cazadora. Posteriormente, las regiones que ocupaban los Atacamas, fueron invadidas por razas intrusas, llamadas Llipes ó Olipes.
Los Tarmas, que ocupaban los valles de su mismo nombre, es decir, el de Tarma y sus inmediatos.
Los Yungas, Mochicas y Tallangas, que formaban una especie de confederación, habitaban desde los linderos de Tumbes y se extendían por las orillas del Huancabamba y valles de Jequetepeque y Huailas, hasta cerca de las riberas del Marañón.
Los Huancas ó Guancas, que vivían en las comarcas situadas al Norte del Pachachaca hasta los orígenes del Marañón, y la quebrada de Jauja hasta la meseta de Junín; sostenían contínuas luchas con las tribus limítrofes, y aun entre ellos mismos, pues vivían en la mayor anarquía, sin reconocer jefe alguno.
Los Caxamallcas, curacazgo que extendía su dominio en casi toda la Sierra del Norte, en Cajamarca, Hualgayoc, Celendín, Pataz, Cajabamba y Contumazá: como todo ese territorio era muy fragoso, no pudieron congregarse en pueblos concentrados, por cuya razón su cultura no fué tan marcada como la de las tribus de la costa y del centro.
Los Chachapuyas ó Llavantus, que constituían un cacicazgo aislado, y residían en las riberas y valles del Huallaga y del Marañón, en la hoy provincia de Luya: su capital era Quelap, y apesar de que su cultura era algo adelantada, no llegó á ensancharse á otras regiones.
Los Huaccrachucos, que vivían en el valle de Pátaz, entre el Huallaga y el Marañón.
Los Chotas, que residían en la comarca de su propio nombre, en las márgenes del Jequetepeque, hasta el Marañón y cabeceras de la costa.
Los Conchucos, que moraban en la provincia de Pallasca, también hasta el Marañón y cabeceras de la costa.
Los Pimpús ó Pimpás, que vivían en la falda de la helada meseta de Junín.
Algunas otras tribus habitadoras de los bosques de la Montaña, y conocidas con el nombre de Chunchos, son también de la época pre-incáica, cuya descendencia subsiste aún, refractaria á los adelantos de la civilización actual.
Casi todas estas razas distintas, que se adueñaron sucesivamente del territorio del Perú, con intérvalos entre unas de otras, gobernaron cada cual, en sus respectivos dominios, durante un largo período de tiempo. Algunas de ellas empleaban, como escritura, los geroglíficos, cuyo uso se perdió durante el período de los Incas.
Lo que dá márgen para creer en la larga estancia de esas diversas razas en el Perú, en aquellos lejanos tiempos, es la diferencia que se observa en los estilos arquitectónicos de los monumentos que han dejado, pues por dichos estilos se comprueba que los edificios levantados en la costa, como los de Chan-Chan (Chimú), Huaca del Sol (Mocha), y Pachakamacc (Lurín), son de carácter diverso á los de Huánuco-Viejo (Sierra), no teniendo éstos tampoco semejanza con los ciclópeos de Tiahuanaco y Urubamba, cuyo estilo arquitéctico es muy distinto y especial.
Es opinión admitida por los historiadores, que el desarrollo de la antigua civilización pre-incáica ha tenido cuatro períodos bien marcados.
En el primer período, los pobladores fueron hombres salvajes, nómades, que llevaron una existencia miserable, pues su ignorancia no les permitió hacer uso de las cosas útiles á la vida, y, por eso, andaban desnudos, sin abrigo, sin fuego y sin alimento conveniente, en fin, sin leyes y sin gobierno.
En el segundo período, los indígenas diseminados y errantes, se reunieron en tribus ó pueblos, gobernados por jefes y caciques que mantuvieron su independencia y autonomía, y en cuyo tiempo se perfeccionaron los instrumentos de silex y útiles de alfarería y se inició la extracción y fundición de metales.
El tercer y cuarto períodos se distinguen por la civilización de la costa, por el Sur, descollando los indios Nazquenses é Iqueños, y por el Norte, los indígenas Chimús; civilizaciones sorprendentes, que, en ninguna otra tribu se hallaban tan desarrolladas. Empero, creemos que desde los referidos tercer y cuarto períodos, hasta la fundación del Imperio Incáica, trascurrió un largo espacio de tiempo, quizá unas larga serie de siglos, durante los cuales las antiguas civilizaciones se perdieron del todo, pues la mayoría de los historiadores están de acuerdo en que, al fundar Manco-Capacc la dinastía de los Incas, en compañía de su muger Mama-Oklla[110], el país estaba habitado por algunas tribus salvajes sumidas en la última condición del hombre en el estado social, ignorando el origen de los portentosos monumentos monolíticos dejados por sus antecesores, y sin poder descifrar sus inscripciones geroglíficas, ni tener idea, ni recuerdo, de la pasada grandeza y explendor de sus ascendientes.
Más tarde, cuando los Españoles verificaron la conquista del extenso Imperio de los Incas, esos mismos indios no tenían ningún recuerdo de sus antepasados, pues unos se suponían descendientes de las fuentes, de los ríos ó de las lagunas; otros creían que sus padres habían salido de las cuevas ó de los cerros; no faltando algunos que se preciaban de ser nietos de leones, de cóndores ó de otras fieras ó aves.
Diversas opiniones se han formulado tocante á las primeras invasiones ó inmigraciones al territorio del Perú.
Varios autores opinan que los primeros inmigrantes á este país fueron los Fenicios, intrépidos navegantes, que, en época muy remota, visitaron las costas peruanas y fueron los fundadores de su civilización. Para ello, se fundan en la semejanza que hay entre éstos y los Aymarás, en las inscripciones encontradas en las ruinas de Tiahuanaco y en las identidades fisiológicas.
Algunos etnógrafos son de parecer, que los Egipcios fueron los primeros colonos venidos al Perú, fijándose en la misma configuración de los cráneos de ambas razas, en la semejanza de las construcciones ciclópeas de Egipto y del Perú, en el mismo orden artístico manifestado en las figuras cerámicas de ambos pueblos, y, por fin, en sus ideas sobre la existencia futura, que los incitaba á dar tanta importancia á la conservación de los cuerpos.
Otros doctos escritores discurren que los indios del Perú descienden del Hindostan, por inclinarse á creer que la religión de los Peruanos ha debido tener su nacimiento en la Asia Meridional, y atendiendo á su división en castas, su adoración á los cuerpos celestes y á los elementos de la Naturaleza, y su conocimiento de los principios científicos de la agricultura, que reputan otros tantos puntos de contacto entre ambas razas.
Para otros escritores, entre ellos Fernando Montesinos, el Perú ha sido el país de Ophir, la morada del oro, de que habla la Biblia y de donde, se dice, que Salomón sacó el oro y las piedras preciosas con que adornó su soberbio templo de Jerusalém, buscando así, esos autores, como descubrir relaciones entre los Hebreos y los Peruanos.
No faltan opiniones que dan por cierto, el que los Toltecos, raza mexicana, huyendo de la peste que asolaba su país, vinieran al Perú.
Tampoco han escaseado historiadores que aseveraran que los indios Peruanos son descendientes de Suecos, Noruegos, Gaulos é Iberos, suponiendo que estas naciones habían enviado á las costas del Perú, colonias, en varias circunstancias y en distintas épocas.
Muchos escritores pretenden que los indios Peruanos derivan de los Chinos y Tártaros, entre ellos el sabio Alejandro de Humboldt y Juan Ranking, por el notable parecido de fisionomías y cuerpos, y por las similitudes filológicas que permiten que éstos puedan entenderse con los indios de Eten y los del Huallaga, como lo asevera Vicente F. López, en su obra Las Razas Arianas del Perú, siendo los Chinos, á juicio de varias otras notabilidades científicas, los que tienen más títulos á ser considerados como los progenitores de los Peruanos.
Veamos, tocante á los Chinos, la opinión de algunas de esas notabilidades científicas.
Mac Carthy, en el tom. II de su Historia de los Indios Occidentales, dice: «La civilización del Perú viene de la China, por dos analogías de costumbres. La primera, que los Peruanos, en tiempo de los Incas, tenían cuatro grandes fiestas en las épocas de los equinoxios y solsticios, en una de las cuales el Inca, en persona, araba un campo sagrado; observándose en la China las mismas fiestas, y en una de ellas el Emperador con un arado de plata abre surcos en un campo sagrado, ejemplo que es imitado por los demás mandarines en sus respectivas provincias[111]. La segunda analogía, en la China lo mismo que en el Perú, es que se acostumbraban el uso de los quipus, llamados allá "Koua". Agrega el mismo autor: "Se cree que á consecuencia de una convulsión política surgida en la China en tiempos muy remotos, el partido arrojado de aquel país fué el que vino á América y fundó los imperios de México, Perú, etc.
El doctor Hyde Clarke, en su excelente obra Researches in prehistoric and protohistoric comparative phylology, mythology, in connection with the origin of culture in America, pag. 36, trae también á colación estas analogías entre los Peruanos y los Chinos: el mismo despotismo que usaban los Incas y los Emperadores del Celeste Imperio; el uso del parasol en señal de dignidad; la costumbre de los Peruanos de mascar hojas de coca mezcladas con ceniza, igual á la de los Asiáticos de mascar una mezcla de cal con hojas de betel[112]; el empleo de los quipus en ambos países; el uso de la trenza, peculiar á los Aymarás y á los Chinos.
Vater, en sus Archivos generales de etnografía, y Humboldt en su obra Los monumentos de América, opinan, también, que la prolongada lucha de los Brahmanas y Budhistas terminó con la emigración de los Chamanes del Tibet en la Mongolia, la China y el Japón, siendo posible que éstos pasaran al Perú. Según las inquisiciones etimológicas de tan autorizados autores, esas inmigraciones al suelo peruano tuvieron lugar quinientos años antes de la era cristiana.
Prescott, en su Conquista del Perú, hace notar, igualmente, ciertas analogías entre Chinos y Peruanos, afirmando: "Los Chinos se parecían á los Peruanos en su obediencia implícita á la autoridad, en su carácter suave aunque algo tanto terco, en la cuidadosa observancia de las formas, en su respeto á los usos antiguos, en su destreza en los pequeños trabajos, en su tendencia más bien á la imitación que á la invención, y en su invencible paciencia que suplia en ellos la falta de un espíritu más audaz para la ejecución de grandes empresas".
El conde Carli, en sus Lettres Américaines, señala, también, diferentes puntos de semejanza que existen entre los Chinos y los Peruanos, precisando, entre otros, que el Emperador de la China se llama hijo del Cielo ó del Sol, y que los Chinos señalaban, como los Peruanos, los solsticios y equinoxios para determinar los períodos de las festividades religiosas, agregando "que son muy curiosas esas coincidencias."
Además, positivo es, que en el territorio peruano han sido desenterrados, en estos últimos años, algunos objetos que evidentemente prueban que los Chinos habitaron la costa meridional de la América del Sud en una época remota, descollando, entre esos objetos, uno de un valor histórico inestimable, encontrado en una huaca de la costa del Norte: es un ídolo de plata maciza, de diezinueve centímetros de alto por trece de ancho, que representa una figura humana desnuda, sentada con las piernas cruzadas sobre un conjunto de culebras, y los brazos abiertos; sostiene, en cada mano, una placa paralelogramática, siendo ambas placas iguales en tamaño, teniendo trazados, en relieve, gruesos caracteres ó letras chinas, también iguales de ambas placas: sobre la parte posterior de la cabeza, lleva un sol en forma de diadema con siete rayos de luz, sostenidos, los dos últimos, sobre los homóplatos del ídolo. Este raro ídolo se ha hecho reconocer por persona ilustrada de la China, y, según su parecer, es una divinidad que pertenece á la antigua teogonía de las Indias, introducida en la China hace más de mil quinientos años.
Otro ídolo, en su conjunto algo semejante al anterior, se encontró, en 1885 en Trujillo, en un pozo, junto con otros objetos interesantes, ídolo que representa una figura humana con las piernas cruzadas, sentada sobre una tortuga enroscada con una culebra: lleva en la cabeza un sol también con siete rayos, y adornado el cuello con un collar del que penden tres dijes en forma de huevo: sostiene, en cada mano, una tabla con caracteres chinos, al parecer, pues son muy mal trazados, siendo ambas tablas de igual hechura, aunque la sostenida por la mano derecha es un poco menos alta que la sostenida por la mano izquierda: el conjunto de esta figura tiene una fisonomía que no se asemeja á los ídolos peruanos.
En la hacienda "Las Trancas", en el distrito de Nazca, (Ica) se ha encontrado un vaso de arcilla muy fina y de pulido esmalte, de 12 centímetros de alto por 14 de ancho; la cara exterior está dividida en tres fajas; en la superior, que es la más ancha, se halla una especie de figura polícroma, llevando en la entrepierna la letra china Tien; la segunda faja, que está separada de la superior por una línea ancha, presenta un cerro con escalas que tiene en su centro un paralelógramo; la tercera faja, es uniforme y lleva cerca de su borde superior una línea blanca.
En la misma región de Nazca se ha encontrado otra vasija en forma de taza, con el asiento redondeado, y cuya cara exterior está dividida en dos fajas: la primera figura, al parecer, una serie de especie de animales con rabo corto, entrelazados unos con otros; en la segunda, se vé una cara que tiene los ojos pretillados, oblícuos, parecidos á los peculiares de los Chinos.
Para apoyar aún más la opinión de que los Peruanos derivan de raza asiática, según se cree, reproduciremos los juicios que, al intento, emiten algunos escritores.
El conde Carli, en sus Lettres Américaines ya citadas, tom. II, carta XIV, asevera que "los primeros habitantes del Perú habían venido del Asia por las grandes continuadas islas que hubo en el Mar Pacífico, las que después han desaparecido, muchas de ellas, por cataclismos provenientes de los volcanes, terremotos y otras causas"[113].
Bravo Sarabia, en sus Antigüedades del Perú, después de prolijas investigaciones sobre las tradicciones de los indígenas, asegura ser "cierto que los Peruanos eran ultramarinos, que vinieron á establecerse en las costas de la América Meridional."
Cieza de León, en su Crónica del Perú, cap. LII, también dice: "He oído referir á muchos indios la uniforme tradición de la navegación que sus antecesores habían efectuado, desembarcando cerca de Guayaquil."
El P. Acosta, en su Historia natural general de las Indias, lib. I, cap. XVI, fundándose igualmente en varias tradiciones de los indios de Pisco y de Arica, dice "que solían navegar á unas islas hacia el poniente, muy lejos y la navegación era en unos cueros de lobos marinos hinchados."
Seguiremos expresando las opiniones de otros escritores, relativas á los habitantes de las primeras épocas postdiluvianas del Perú.
Algunos autores son de parecer que los Peruanos serían directamente originarios de la Mesopotamia y de Babilonia, por las analogías sorprendentes que existen entre las lenguas de algunas del Perú y las del Armeno-Caucaso Paropamiso.
El Dr. Schmidt de Gerelsberg, en una Memoria que leyó en la sesión del Congreso Internacional de Orientalistas, habido en San Petersburgo, en 1876, dice que "estas analogías son demasiadamente íntimas, numerosas y características, para pretender explicarlas por la hipótesis de una similitud accidental."
El sabio Mr. Beaumont afirma, en el periódico de Londres The Times, que la costa occidental de la América del Sud fué habitada, en tiempos muy remotos, por una raza estrechamente emparentada con los primeros Babilonios, y que "los hombres hiperbóreos, moradores del Norte, al ser obligados, por el intenso frío, á emigrar hasta el Sud, en una época en que todavía era inhabitable el territorio actualmente ocupado por los Estados Unidos, al llegar á Centro y Sud América, encontraron que los Turanios del Perú habían pasado ya el cenit de su grandeza." Y prosigue Mr. Beaumont preguntando: "¿Cuántos milenarios han necesitado estos Turanios para perfeccionar la civilización cuyos restos se hallan todavía en el Perú? La gloriosa civilización—agrega—que fué la primera en desarrollarse sobre la faz de la Tierra, dejó sus huellas indelebles en el Perú."
El Dr. Hyde Clarke, considera "que las lenguas egipcia, china, tibetina, accadiana y peguana, son estrechamente ligadas á las de México y del Perú, teniendo todas estas lenguas un centro común en la Alta Asia, que es la cuna de la primitiva Humanidad. El idioma madre, del que derivan todas aquellas lenguas, se llama Súmero, y el pueblo que lo hablaba se denomina también Súmero (ó Accadio ó Babilonio)." El Dr. Hyde Clarke divide los Súmeros en dos grupos, y los supone emigrados á un centro común: el primer grupo comprende los Accadios, Monses, Cambogianos, Aymarás, Mayas (y Toltecos?); el segundo grupo se compone de los Georginos, Etruscos, Siameses, Quechuas y Aztecas.
Posteriormente, el Dr. Pablo Patrón (peruano) hizo también un prolijo estudio del origen del idioma Quechua, llegando á la deducción de haber descubierto la perfecta analogía que existe entre este idioma y el Súmero de los Caldeos, é infiriendo de esa misma analogía, que una parte de los primeros pobladores postdiluvianos del Perú fueron originarios de Mesopotamia de Babilonia. En apoyo de su aserto, expone que "los Quechas y Aymarás, pobladores principales del Tahuantinsuyo, vinieron en época remota de los reinos del Eufrates y del Tigris. Esta afirmación descansa en un hecho científico: los idiomas Quechua y Aymará provienen del Súmero y del Asirio. Patentizado el estrecho parentesco de ambos grupos lingüísticos, el asiático y el americano, un reguero de luz disipa las obscuras brumas del pasado."
No ponemos en duda la teoría sostenida por los etnógrafos citados, y talvez no sería aventurado el conjeturar que en tiempo de la célebre Semiramis, tuvieran lugar algunas inmigraciones al Perú provenientes de la Caldea, pues es un hecho histórico, que esta reina de Asiria extendió sus conquistas á la Arabia, al Egipto, á parte de la Etiopía y la Lidia, á la Mesopotamia, á la Babilonia y á casi toda la Asia hasta el Indo, siendo tanto más lógica esta suposición, si se tiene en cuenta que esta reina gobernó la Asiria y sus dependencias desde 1916 á 1874 años antes de la Era Cristiana; fechas que concuerdan, más ó menos, con la época en que, según Montesinos, tuvo lugar la primera invasión que asoló las costas del Perú.
Por consiguiente, admitiendo que una parte de las primeras inmigraciones al Perú hayan sido de Caldeos, como lo deducen el Dr. Hyde Clarke y el Dr. Pablo Patrón, (que no citan, con precisión, la fecha en que esa invasión pudo efectuarse), de suponer es, que esta inmigración se realizara en el siglo XIX antes de la Era Cristiana, ó sea, durante el reinado de la célebre Semiramis, cuando las guerras de la Asiria contra la Caldea y demás comarcas limítrofes obligaron á muchos habitantes de esas comarcas, á abandonar sus países natales, huyendo de la persecución de los vencedores. En tal hipótesis, los emigrantes de esa sección de la Asia Menor habrían llegado á América siete siglos antes que los Chinos y Tártaros, que, según Ranking y otros escritores, aportaron á las playas americanas en el siglo XII antes de la Era Vulgar.
Y quizá, también, esos mismos Caldeos fueron los que fundaron el antiquísimo Imperio de los Pirhuas, del que nos habla Montesinos, cuya dinastía, según él, duró cerca de dos mil años, desde el año 2145 antes de la Era Cristiana hasta el año 83 de la Era actual. Pero hay que tener en cuenta, que, por la cronología establecida por el mismo Montesinos, la fundación de ese Imperio dataría de tres siglos anteriores á la pretendida invasión de los Caldeos al Perú, lo que haría presumir que ese mismo Imperio habría sido fundado por habitantes originarios de América.
Si, por otra parte, se admite que los Caldeos fueron los primeros inmigrantes que pisaron las playas peruanas, sería, quizá, admisible también, que ellos hayan sido los hábiles artífices que construyeron algunos de los soberbios monumentos muy anteriores á la fundación del Imperio Incáico, ruinas que dan evidentemente una idea de la alta cultura de las razas anteriores á las de las conquistas de los Incas, y que aún permanecen mudas para la etnografía. Estas ruinas, que todavía perduran, causan la admiración de los arqueólogos que las visitan.
Condensando las opiniones de los autores citados en los párrafos anteriores, es un hecho positivo é incontestable, que, en vista de las antiguas ruinas que aún subsisten, diseminadas en el territorio, del Perú, han existido, en ese mismo territorio, razas que formaron brillantes centros de civilización, los mismos que, con el trascurso del tiempo, han ido desapareciendo totalmente.
Muchas son las opiniones emitidas sobre las invasiones al Perú por los pueblos de los antiguos Continentes, que lograron formar, en este territorio, en los tiempos preincáicos, no solamente centros de civilización, sino, algunos, grandes imperios.
Según una leyenda antiquísima, se refiere de un legendario Imperio llamado Inin, que limitaba al Sud con los ríos Beni y Parú, al Este con el río Cayari ó Madera, y al Oeste con el río Apú-Parú; Imperio del que no se sabe, con fijeza, el tiempo que subsistió, suponiéndose tan sólo que duró una larga serie de años.
Fray Buenaventura Salinas, en su Memorial de las historias del Nuevo Mundo, dice que "han habido en el Perú dinastías más antiguas que el Imperio Pirhua." A este respecto, refiere la tradición de cuatro épocas ó dinastías antiquísimas, en las que gobernaron insignes Caciques, y fueron:
1a Epoca, que duró más de mil años, en la que gobernó la dinastía de Huari-Huiraccocha Runa.
2a Epoca, que duró más de quinientos años, en la que gobernó la dinastía de Huari Runa.
3a Epoca, que duró mil años, en la que gobernó la dinastía de Purum-Runa.
4a Epoca, que duró mil y cien años, en la que gobernó la dinastía de Auka-Runa.
Como se vé, estas cuatro épocas forman, en conjunto, un largo período de más de tres mil seiscientos años. Si se ha de dar crédito á lo opinado á este respecto por Fray Buenaventura Salinas, estas dinastías habrían tenido su origen en el siglo XLI, ó más ó menos tres mil y tantos años antes de la Era Cristiana, que correspondería, aproximadamente, á la época en que, ateniéndonos á la Sagrada Escritura, vivían Cain y Abel, hijos de Adán y Eva, ó sea, según ese mismo texto bíblico, más de mil quinientos años anteriores al Diluvio; prolongándose esas mismas dinastías hasta el siglo XIX antes de la Era Vulgar.
El licenciado Fernando Montesinos, en su Estudio general de las Colonias Españolas en Occidente, dice que "el Perú fué poblado por Armenios seiscientos años después del Diluvio Universal, (fecha precisamente que corresponde al siglo XIX, antes de J. C., ó sea, después haber caducado la dinastía citada por Fray Buenaventura Salinas), cuando quizá esta nación fué avasallada por la Asiria." Esta fecha correspondería, á no dudarlo, al interregno de la dinastía citada anteriormente y la de Tiahuanaco. Tal vez, sea algo verosímil esta opinión de Montesinos, porque la Armenia[114], región asiática, es una de las naciones más antiguas del Mundo, y los Armenios creen ser descendientes de Haig, biznieto de Noé. Estos Armenios, según Montesinos, vinieron á las costas del Perú, unos por la vía de Chile, otros trasmontando los Andes, y otros por la vía de Tierra Firme y la Mar del Sud.
El mismo Montesinos, en sus Memorias historiales y políticas del Perú, cita también varias invasiones realizadas, algunas, siglos antes de la Era Cristiana: la primera, en el siglo XIX (que debe ser la de los Armenios); la segunda, en el XVI; la tercera, en el XII; la cuarta, en el II; la quinta, en el año 55 de la Era de Cristo; y la sexta, en el siglo VIII de la misma, que concluyó con el decadente Imperio Pirhua, anterior al de los Incas, pues Montesinos hace subir su origen cerca de dos mil años antes de Jesucristo.
Pero haciendo abstracción de tradiciones y leyendas, que pueden ser ciertas ó inciertas, veamos lo que algunos investigadores establecen tocante las civilizaciones proto y prehistórica del Perú.
Según las estudios practicados por esos investigadores, se infiere que, de las civilizaciones que florecían en el Perú durante la larga serie de centurias que forma las épocas proto y prehistórica, cinco fueron las principales: 1a la de Nazca é Ica; 2a, la del Imperio de Tiahuanaco; 3a, la del Señorío de los Chimús; 4a, la de los Emperadores Pirhuas; y 5a, la del Imperio Incáico, cuya época final se considera ya como período histórico.
La civilización de Nazca, de la que también participó Ica, data de una época muy distante, y llegó á la costa del Perú, se cree, procedente de la América Central, donde se ha descubierto una civilización semejante á ésta, y cuyos emigrantes debieron venir por mar. Su dominio se extendió, por el Sud, desde Pisco hasta Acari, y por el Norte, hasta Supe, ocupando los valles de Chincha, Cañete, Lurín, Huática, Rimac y Chancay.
La civilización de los Nazquenses é Iqueños se caracteriza por diversos adelantos, principalmente, por su arte de cerámica y alfarería, muy acabada y notable por la finura y elegancia de sus dibujos y el pulido de sus pinturas, predominando en esos artefactos las figuras de animales vivíparos, anfibios, y otros marinos[115]; por el tejido de sus telas, que resaltan por sus brillantes é inalterables colores, y que destinaban para ponchos, fajas y otras prendas de vestir; por la agricultura, á la que se dedicaron en gran escala, cosechando los vejetales propios á su alimentación; por sus trabajos hidráulicos, consistentes en canales de riego, aprovechando las aguas de los ríos para la fertilización de las pampas de sus valles; por la construcción de sus edificios, teniendo algunos de ellos más de trescientos metros de largo, construídos con bolas de barro, adheridas unas á otras con cemento, pues desconocían el empleo de los ladrillos y adobes; y, por último, por su naciente arte de beneficiar el oro y el cobre, fabricando con el primero, diversos objetos, como diademas, brazaletes, anillos, vasos para el culto, artículos para su propio uso y adorno, y máscaras para las momias que enterraban envueltas en tejidos y ligadas con cordeles trenzados, imitando la figura humana. Con el cobre hacían herramientas para la agricultura y para la pesca (pues eran especialmente pescadores), cuchillos, agujas y otros menesteres de su uso.
La civilización protonazca no solamente se ciñó á la costa, sino que se extendió aún más al interior, hasta Huamachuco, Huátara y Chosica; también se encuentran vestigios de ella en la piedra del castillo de Chavín de Huantar, de la actual provincia de Huari, cuyo trabajo en relieve es característico de los artefactos que elaboraban los Nazquenses é Iqueños.[116]
Por el relato de Cabello de Balboa, en su Historia del Perú, y por las excavaciones llevadas á cabo más tarde en la costa Norte del Perú, se ha podido indagar que, en la misma época en que florecía la civilización de Nazca, florecía también en el territorio que después fué conquistado por los Chimús, otra nación poderosa que, se supone, no solamente tuvo analogía con la adelantada civilización de Tiahuanaco, sino que fué predecesora de ésta. El jefe de esa nación, hábil y valiente, denominado Naymlap, arribó á las playas de Lambayeque en una numerosa flota de balsas, trayendo consigo una gran escolta, entre ella muchas concubinas; desembarcó en la desembocadura del río Taquislanga, y construyó en un lugar llamado Chof, un templo en el que depositó el ídolo Llampallac. Este jefe tuvo varios sucesores, cuya autoridad alcanzó á más de doscientos años, hasta que la nación cayó en tal estado de decadencia, que fué conquistada por los valerosos Chimús.
Hay diversas tradiciones indígenas sobre el orígen de la civilización de Tiahuanaco.
Una basada en referencias mitológicas, supone que en remotísimos tiempos, apareció allí, una raza megalítica procedente de otras regiones y compuesta de Huiraccochos (caballeros blancos y con barba), cuyo jefe se llamaba Pacha-Manchachecc.
Otra tradición, se refiere á otras invasiones de pueblos de desconocida procedencia, que dominaron temporalmente en Tiahuanaco.
Una tercera tradición, recuerda que hubo allí dos creaciones sucesivas, representadas por un hombre de facultades extraordinarias llamado Kon-Tito-Huiraccocha.
Pero, se debe prescindir de tradiciones, que no siempre merecen tomarse en consideración.
Los historiadores antiguos del Perú tampoco traen noticias de la civilización de la altiplanicie del Titicaca, porque después del derrumbamiento de aquel Imperio, trascurrió un período larguísimo de tiempo, en que los indios perdieron todo recuerdo de la raza y constructores de Tiahuanaco; tan sucedió así, que al iniciarse la era del Imperio Incáico, los mismos indios del Cuzco "vivían—según dice el P. Cobo en su Hístoria General de las Indias—sin cabeza, ni orden, ni policía, derramados en pequeñas poblaciones y rancherías, con pocas más muestras de razón y entendimiento que los brutos."
Sin embargo, según indagaciones históricas hechas posteriormente, se cree que el hecho más verosímil es, que los fundadores de aquel Imperio fueron los Quechuas, que establecieron allí una monarquía teocrática: en tal concepto, Tiahuanaco habría sido la cuna protohistórica de esa raza, que deriva, se dice, de los Toltecas-Nahuatl, originarios de México. Mr. L. Angrand, sabio mexicanista francés, que ha hecho profundos estudios sobre esta materia, opina, en su Lettre sur les antiquités de Tiahuanaco et l'origine présumable de la plus ancienne civilisation du Haut-Pérou, que el "pueblo que levantó los monumentos de Tiahuanaco era una rama de la gran familia Tolteca Occidental, de origen Nahuatl," de cuya rama, dice, descienden los Quechuas.
Quizá no sea hiperbólica la opinión de Mr. L. Angrand, y en todo caso, débese confesar, que los fundadores del Imperio de Tiahuanaco fueron hombres extraordinarios, de una raza superior y civilización adelantada, que esparcieron su influencia y cultura no solamente en las orillas de los ríos tributarios del Amazonas y en parte del antiguo Perú, como en Mocha, Huaraz, Pachacamacc y Ancón, sinó también hasta el Ecuador, y al territorio de los Calchaquis de Catamarca, Tucumán, Salta y Jujuy, lugares donde se hallaron artefactos semejantes á los del altiplano del Titicaca.
Además, el origen Quechua de Tiahuanaco se manifiesta en el culto del dios Huiraccocha, cuya figura se halla grabada en la gran portada de Huaccapana, del santuario inconcluso y en ruinas, de esa misteriosa ciudad.
Desde su fundación y durante todo el período de su duración, el Imperio de Tiahuanaco estuvo gobernado por varias dinastías, que se sucedieron, las más veces, por causa de trastornos internos, en los que se empeñaron luchas encarnizadas para disputarse la preponderancia y predominio de unas sobre otras, luchas que naturalmente, debilitaron el poder á tal extremo, que al fin ocasionaron su caída.
Por eso, la monarquía teocrática de los Quechuas fué relativamente de corta duración, y su civilización no llegó á su término natural, quedando inconclusas las grandiosas obras que habían emprendido, entre ellas las del soberbio santuario ya enunciado.
¿Cómo se explica la caída de ese Imperio, que marca una etapa de floreciente cultura en los anales de la historia del antiguo Perú? Quizá esa caída se realizó á consecuencia, se presume, de los abusos del poder de las diversas dinastías que reinaron en aquel territorio, y cuyos abusos trajeron por corolario, el descontento de los pueblos y la consiguiente desmembración de éstos, dando ello lugar á que una irrupción de invasores bárbaros, los Aymarás ó Ccollas, cayera sobre la altiplanicie, causando la más espantosa de las convulsiones, y con ésta, el abandono que los Quechuas, hicieron de esa metrópoli, refugiéndose en las escabrosas soledades de la región del Urubamba.[118].
Se presume que los Aymarás ó Ccollas de Cari, procedieron del Este de Bolivia y del Norte de Chile. Algunos historiadores antiguos suponen que esos mismos Aymarás fueron los constructores de la misteriosa metrópoli de Tiahuanaco; otros historiadores fueron de parecer, que no se debe atribuirles tal preeminencia, porque está históricamente probado, en cuanto al antagonismo de los Aymarás con los Quechuas, que más bien aquellos, después que lograron vencer y expulsar á éstos del territorio de la altiplanicie andina, fueron los que destruyeron todas las obras hechas allí por los Quechuas, siendo esos mismos Aymarás, también los autores de la destrucción de la protocivilización de Tiahuanaco, cuyos monumentos quedaron inconclusos. Volveremos á dilucidar este punto más adelante.
Conquistado por los Chimús el territorio que anteriormente habían ocupado los sucesores de Naymlap, el poderío del Señorío del Gran Chimú se extendió desde Chancay hasta Tumbes, y aún hasta Puerto Viejo, según afirman algunos, y abrazaba los valles de Trujillo, Guañape, Santa, Huarmey, Pativilca, y las poblaciones de Paramonga, Chungala, Saña, San Pedro, Pacasmayo y Chan-Chan, que era la capital del Señorío, y que se hallaba situada en las cercanías de la que es hoy ciudad de Trujillo. Tenía Chan-Chan de doce á quince millas de largo por cinco á seis de ancho, con edificios de estructura soberbia y notable, tanto por sus diversas formas cuanto por los adornos plásticos y las arabescas de pinturas brillantes que revestían. Además, toda la ciudad estaba circundada por una gran muralla de dos metros de espesor y veinte metros de altura, adornada con bajos-relieves, y con su respectivo parapeto que coronaba su cima, para su mayor defensa contra ataques ó asaltos posibles. Su imponente fortaleza de Paramunca, en la desembocadura del río Barranca, edificada sobre un cerro de trescientos piés de elevación, revela gran talento de parte de sus constructores, que supieron aprovechar todas las condiciones topográficas del lugar en que se halla edificada. Admirables eran sus grandes obras de irrigación, pues los acueductos, represas y canales distribuía el agua en la ciudad y en los alrededores. La ciudad de Chan-Chan podía considerarse, en ese tiempo, como la más bella de la América Meridional.
Los Curacas ó Régulos del Señorío de los Chimús ejercían un poder absoluto, autocrático. Como los Nazquenses, su civilización se reflejaba en la confección de su artística alfarería, pues contaban para sus trabajos, con artífices muy hábiles.
No eran menos diestros en el tejido de sus telas, las que fabricaban con dibujos caprichosos y con vistosos colores. En su arte de beneficiar los metales, sabían preparar el bronce ligando el cobre con el estaño, metal que utilizaban para fabricar herramientas, lanzas, espadas, mazas de armas y puntas de flechas; y con los metales finos, como el oro y la plata, hacían vasijas primorosamente adornadas con piedras preciosas[119].
El reinado de estos Curacas ó Régulos del Señorío de los Chimús imperó, al parecer, durante varios siglos, hasta que después de muchos reñidos y sangrientos combates, fueron vencidos por las valerosas legiones de los Incas, que, al invadir este territorio, destruyeron completamente la hermosa capital de Chan-Chan.
Según la cronología establecida por el historiador Fernando de Montesinos, el Imperio de los Pirhuas duró cerca de dos mil años y se dividió en cinco épocas, en las cuales gobernaron 95 Emperadores. La cronología de estos Emperadores, expuesta por Montesinos, es la que sigue en esta forma:
1a Epoca.—Fundación del Imperio Pirhua, en cuyo espacio de 305 años hubieron nueve Emperadores, desde el año 2045 hasta el 1740 antes de la Era Cristiana. En esta primera época reinaron los siguientes Emperadores:
2a Epoca.—Apogeo del Imperio Pirhua, que abraza diez y ocho siglos, desde 1740 antes de Cristo hasta el año 59 de la Era Vulgar, gobernando en este dilatado tiempo cincuenta y seis Emperadores, en la forma siguiente:
3a Epoca.—Imperio de Tampu-Tacco, ó sea la época en que los bárbaros invadieron el país y vencieron á los Pirhuas; bárbaros que reinaron allí durante más de cuatro siglos, desde el año 59 hasta el 450 de la Era actual: en ese lapso de tiempo gobernaron catorce Emperadores nombrados por esos mismos bárbaros, que son:
4a Epoca.—Restauración del Imperio Pirhua, en cuyo tiempo gobernaron cuatro Emperadores, desde el año 450 hasta el de 501 de la presente Era, que fueron los siguientes:
5a Epoca.—Decadencia del Imperio Pirhua, desde el año 501 hasta el de 833, ó sea, 332 años, gobernaron diez Emperadores, extingiéndose en es época el larguísimo período del Imperio de los Pirhuas.
En el reinado de Titu-Yupanqui-Pachacuti, décimoséptimo Emperador, una irrupción de bárbaros procedentes del Brasil y de los Andes, taló los campos; pero fortificado el monarca en las montañas de Pucará, trabó con los invasores un sangriento combate, en el que, después de una espantosa carnicería, pereció dicho monarca de un flechazo.
En el reinado de Huillcanota-Amauta, quincuaoctavo Emperador, tuvo lugar la segunda invasión de hordas extranjeras procedentes del Tucumán.
En el reinado de Toco-Cozque, octogésimosegundo Emperador, invadieron simultáneamente el Perú hordas de salvajes procedentes, en partes, de Panamá, de los Andes, y del puerto de Buena-Esperanza[120].
En el último período de los monarcas Pirhuas, el Imperio fué decayendo, hasta llegar á su estado de destrucción y ruina, tan grandes, que con su último Emperador, Inti-Maita-Ccapacc, se derrumbó totalmente, contribuyendo á esta catástrofe la corrupción de los pueblos, que llegó á tal extremo, que los gobernados no daban ninguna obediencia al soberano, y no dándola tenían que venir, para esos pueblos, el obscurantismo, la decadencia, el caos. A la caída del Imperio Pirhua, siguió un interregno de más de doscientos años, durante el cual la mayor parte de esos pueblos, por carecer de gobierno, vivieron en la anarquía, sin culto y sin ningún vínculo de familia y de sociedad, errantes por las vertientes de los Andes, alimentándose de raíces y plantas silvestres, desnudos unos y cubiertos otros con cortezas ó con pieles, sin más albergue que las cuevas y cavernas.
Los cacicazgos y las confederaciones que no cayeron en completa decadencia y permanecieron en un relativo estado semi-social, dedicándose á algunas labores agrícolas, fueron los Collas, de raza Aymará; los Chancas, de raza Quechua; los Sausaseras, Antasayaccos, Huallas, Tampus y Orejones, del Valle del Cuzco; y los Quechuas, de la región del Urubamba, perseverando estos últimos en sostener la adelantada cultura que iniciaron en Tiahuanaco. En la costa andina del Pacífico, varios pueblos conservaron también el grado de civilización que habían adquirido, y fueron, los señoríos de los Chimús, Yungas, Cuis-Manco, Chiquiz-Manco, Chincha, y algunas otras confederaciones de poca extención é importancia, como: los Chachapoyas, Cajamarquinos, Huanuqueños, Huamanguinos, Vilcohuamanos, y Andahuaylas. Pero, estos cacicazgos y estas confederaciones cayeron, más tarde, bajo el dominio de las armas victoriosas de los Incas, los que, mediante las tantas conquistas que realizaron, lograron establecer el más grande Imperio que ha existido en el Continente Americano, Imperio que, á su vez, se aniquiló con la conquista española. ¡Destino inescrutable de las naciones!......