1.—Juegos y deportes. 2.—Espectáculos. 3.—La danza. 4.—Música y cantos. 5.—Pintura y Escultura. 6.—Metalurgia. 7.—Nociones Científicas. 8.—La Religión indígena: Sus elementos. 9.—Las creencias: El Animismo. 10.—Los sueños. 11.—La Vida futura: Manismo. 12.—Los Dioses Supremos.
1.—En los intervalos de paz, cuando las necesidades materiales y urgentes de la tribu estaban satisfechas, ó la estación del año no era propicia para la caza ó la pesca, empleaba el Indio su tiempo en juegos y deportes diversos, expresando exteriormente sus emociones estéticas en danzas, cantos, esculturas, pinturas ó relatos romancescos.
Fig. 138.—Juegos atléticos (Región de los Pueblos).
Eran los indígenas aficionadísimos á los juegos de azar. Jugaban sus pieles, sus vestidos, sus armas, su libertad personal y hasta sus propias mujeres. Entre las tribus de California el perdidoso era víctima voluntaria del que ganaba. Las del Sud Oeste de los Estados Unidos eran dadas á juegos de adivinación de diversas clases. Los juegos de azar las más de las veces tenían carácter ceremonial y religioso. Las decisiones de la suerte eran para el indígena oráculos de sus dioses. Los Indios Zuñis, disparaban flechas á los cuatro puntos cardinales con fines adivinatorios: sus dados y billas de madera, llevaban siempre marcas simbólicas.
Fig. 139.—Dados de hueso.
El juego de pelota, era común á casi todas las tribus. En Arizona y Sonora se jugaba una especie de "foot ball" con fines propiciatorios. Entre los Tarahumares existía un deporte análogo como invocación para el éxito de la caza. En otras tribus se ejercitaban los guerreros y hasta las mujeres en carreras á pie, que á más de ser pruebas de resistencia y destreza, tenían carácter de augurios. Una de las páginas más sangrientas al par que características, de la historia indígena, es el célebre asalto de los Ojibwas, al fuerte de Michillimackinac (Junio 1763), distrayendo su guarnición con un excitante partido de pelota (baggattaway)[229].
2.—Además de estos juegos y deportes, los espectáculos favoritos del indígena eran sus danzas religiosas, guerreras, etc., y sus solemnes ritos y ceremonias. Los relatos fantásticos y las ilusiones de la prestidigitación, amenizaban también sus momentos de ocio. Los Pawnees eran hábiles ilusionistas. Los juglares de las aldeas Querés, (Pueblos) representaban comedias en los intervalos de las danzas.
En muchas tribus, las ceremonias religiosas tenían carácter de representaciones dramáticas, casi siempre trágicas, interrumpidas algunas veces por notas cómicas, apayasadas y grotescas.
Fuese, pues, con objetos informativos, religiosos, mágicos ó puramente estéticos, el arte dramático en el sentido amplio de la palabra, fué una de las primeras manifestaciones exteriores del impulso artístico y emocional de la raza india.
Los Navajos eran excelentes actores. Los Hopis, representaban sus leyendas, (luchas de serpientes con semi-dioses, etc.) armando en sus "kivas" ó "estufas" una especie de escenario delante de la hoguera, que tapaban con mantas en los cambios para obscurecer el recinto y dar mayor realce á los efectos escénicos. El "Ollantay" de los Incas, tiene muy poco que envidiar á los primitivos dramas literarios.
Fig. 140.—Danza ceremonial de los Acomas (New-México).
Las representaciones que conmemoraban triunfos guerreros, tenían entre los Mayas y los Quechuas, gran importancia. Para ellos la historia era hija del orgullo, y tales espectáculos tenían por objeto avivarlo. En algunas tribus, el drama era un medio de exponer doctrinas religiosas. Los episodios fragmentarios, por ejemplo, que figuraban la muerte y resurrección del hechicero, (Shaman) sugerían la regeneración espiritual de los iniciados, é inspiraban un temor reverencial á los oyentes[230].
Fig. 141.—Juego de pelota Ojibwa (Cattlin).
3.—La danza es universal é instintiva y entre los salvajes tiene siempre significado simbólico. En América las danzas eran elemento principalísimo, y á veces base de todo rito, festival ó ceremonia religiosa. Recordaban algunas (Walpi) tradiciones tribales, eran otras (Mokis) formas activas de propiciación á los tutelares de la lluvia, ó expedientes mágicos para producir por imitación, determinados efectos (Apaches).
Las clases y formas de estas danzas eran innumerables. Las había personales, de clan, tribales, inter-tribales, propiciatorias, de caza y guerreras. Avivaban estas últimas el valor y la sed de matanza del Indio cuando emprendía una campaña. Eran siempre mímicas, simulaban el ataque, la lucha y el grito de triunfo, y excitaban hasta el frenesí á los danzantes, degenerando casi siempre en orgías de caníbales.
Fig. 142.—Danza ceremonial.
Fig. 143.—Pandereta Indios Menominees (V-S.)
Había danzas de hombres ó mujeres solas, y otras en que tomaban parte los dos sexos. Los movimientos de los bailarines eran rítmicos y poco graciosos, sus cambios de actitud casi siempre violentos. Usaban trajes especiales y máscaras de formas grotescas ó terribles y colores simbólicos, que servían por lo general para intensificar la idea de la presencia en la ceremonia del animal ó ser mitológico, en cuyo honor se celebraba la danza. Los golpes del tambor simbolizaban sus pasos, y el ruido de los sonajeros sus movimientos[231].
Fig. 144.—Danza de Espíritu (Sioux).
4.—El atambor, los tamboretes, sonajeros y chirimías, de variadas formas y tipos, los silbatos de madera ó hueso, cuyo sonido solía simbolizar la voz del espíritu, la flauta de caña, la "syringa de Pan" (Sud-América) y hasta el arco y la cuerda en algunas tribus, eran los instrumentos musicales que usaba el indio en sus complicadas y emblemáticas danzas[232].
A cada ceremonia correspondía un ritmo distinto y cantos especiales de frases melódicas cortas, que se repetían hasta el cansancio. Los temas eran vagos, fantásticos y apropiados al objeto especial de cada danza.
Algunos cantos no tenían letra. En otros era esencialísimo el pronunciar exactamente las palabras consagradas. Cualquier equivocación al respecto, destruía según el indio, el mágico conjuro, y podía producir consecuencias funestas.
Fig. 145.—Máscara ceremonial (Estrecho de Behring).
El canto era, en fin, un vehículo para llegar á los seres invisibles. De aquí que, el indio cantara con toda su voz, y como la emoción religiosa la hacía entrecortada, áspera y discordante, y el tambor y el sonajero no solían marcar la misma medida del canto, los ritmos se entrechocaban con los ritmos, y el ruido atronador de instrumentos y voces, impedía distinguir la melodía bárbara. Estas melodías y estos extraños ritmos, forman, sin embargo, en la Historia de la Música Primitiva un interesantísimo capítulo.
Fig. 146.—Danza del Escalpe (Dakotas).
5.—La nota característica del Arte Americano, es su complicado simbolismo. El motivo religioso determinaba siempre las emociones artísticas del Indio, y si las exteriorizaba en colores ó formas, lo hacía con fines supersticiosos ó mágicos.
Fig. 147.—Dibujo propiciatorio (Pueblos).
En casi todas las tribus los cuatro puntos cardinales se simbolizaban por colores distintos usados á manera de invocaciones ó vehículo propiciatorio, á los tutelares del fuego, del aire, del agua ó del viento. El color rojo era, además, emblema de la fuerza y la guerra; el blanco, de la paz, y el negro, de la nocturnidad y del llanto. Los Navajos en sus pictografías unían el simbolismo de los puntos cardinales con el del sexo. Así el azul, ó color del Sur, era emblema de lo femenino, y de lo masculino, el negro, ó color del Norte. El apacible y azulado Río Grande, era llamado el "agua hembra", para distinguirlo del Río San Juan (agua macho), siempre parduzco y turbulento[233].
Por lo demás, y si exceptuamos los ingenuos bosquejos de los Esquimales, Tlinkits, etc., los aborígenes americanos consagraron al arte decorativo casi todas sus actividades estéticas.
Fig. 148.—Sonajero Moki.
El rasgo peculiar de este arte fué la imitación de objetos reales. En las innumerables muestras que han llegado hasta nosotros, no se encuentran líneas puramente ornamentales, ni mucho menos ideas geométricas. Los diseños más frecuentes se derivan de las formas animales (zoomorfos), humanas (antropomorfos), de objetos usuales (skeumorfos), y algunas veces de flores y plantas (filomorfos). En las vasijas "Chiriquis", por ejemplo, la figura del aligator se va transformando hasta desfigurarse. Las tribus "Bakairis" del Brasil Central imitan en pedazos de corteza decorados la forma triangular del atavío (uluri) de sus mujeres.
Otro tanto puede decirse de las esculturas indígenas. Si recorriendo el continente de Norte á Sur nos fijamos en las más perfectas; si observamos, por ejemplo, los postes y canoas talladas de los Haidas y Esquimales, los idolillos Chibchas y Chiriquis, los calendarios en piedra, ó el "Indio triste" de los Aztecas, las ponderadas losas y monolitos de los Mayas, los bronces Calchaquies, ó las cerámicas Quechuas, encontramos siempre la misma rigidez de líneas, la misma tosquedad de factura, el mismo afán de imitación grosera, la misma falta de espontaneidad é idealismo[234]. Como el Indio sólo esculpía ó pintaba para invocar á sus Dioses, ó producir determinados hechizos, no se preocupó nunca de la perfección objetiva de sus instrumentos ó vehículos. La lámpara de la belleza no llegó nunca á iluminar sus representaciones ó su plástica[235].
Fig. 149.—Dibujos zooformorfos. Pájaros y plumas (Arizona U. S.).
Fig. 150.—Dibujos simbólicos (Sol, Puntos cardinales, etc.)—(Pueblos).
6.—El uso de los metales, frecuente en América del Sur, era poco común en la del Norte. En los montículos (mounds) de Etowah, Georgia y Ohio, se han encontrado, sin embargo, numerosos objetos de cobre trabajado á martillo. Los Navajos son, hasta hoy, hábiles plateros, aunque muy inferiores á los Mayas y Aztecas, cuyas vasijas, joyeles, ornamentos, etc., en plata y oro tanto maravillaron á sus conquistadores. Imitaban, en general, formas animales; incrustaban en ellos piedras preciosas y los usaban principalmente para su adorno personal ó en sus templos y ceremonias. Los restos metalúrgicos de los Chibchas, Peruanos y Calchaquies, son los más notables y acabados de todo el continente. Supieron estas tribus amalgamar el cobre y el plomo y obtener un bronce de consistencia y brillo. Si prescindiendo, en fin, de la parte estética, estudiamos algunos de los productos del arte metalúrgico americano, y tenemos en cuenta la imperfección de las rudas herramientas con que se trabajaron, no podrá menos de sorprendernos la habilidad y preciosismo de tan primitivos orfebres[236].
Fig. 151.—Dibujo antropomorfo (Alfarerías Mokis).
7.—Tampoco ignoraron los Americanos los conceptos del número, la distancia y el tiempo, ni carecieron en absoluto de rudimentos astronómicos y geográficos. Aunque en muchas de las lenguas indígenas no hay palabras especiales más que para denotar los tres primeros números, no puede decirse por ello que desconocieran los demás[237].
Fig. 152.—Escultura mejicana (Honduras-Santa Rita).
Contaban como la generalidad de los primitivos, por los dedos de las manos y los pies, que fueron sustituyendo en las agrupaciones más adelantadas por piedrecillas, granos, conchas, etc.[238]. Los "quipus" Peruanos, perfeccionando estos sistemas de contabilidad, recordaban por el número de sus nudos, el de los linajes ó gentes que debían tributar en el Imperio.
Ciertos números eran sagrados, en casi todas las tribus. El cuatro, sin duda por su relación con los puntos cardinales, se consideró comúnmente como ceremonial y simbólico. Los Aztecas, por ejemplo, dividían sus poblaciones en cuatro cuarteles ó fratrias militares; el título oficial del Inca, era el de "Señor de las cuatro partes de la tierra" (Anti, Cunti, Chincha y Colla). Algunas tribus de la costa del Pacífico (N. A.) consideraban como sagrado el número cinco; otras (Zuñis, Mayas, etc.), tenían por tal el número trece[239].
Fig. 153.—Alfarerías Peruanas (Valle Chimcana).
Solo el hombre civilizado puede apreciar el valor del tiempo; en la vida salvaje es casi siempre indiferente su división y su transcurso.
Con excepción de los calendarios Aztecas y Mayas, que más adelante estudiaremos, la sucesión de los días y las noches, los cambios de la luna, y los de las estaciones, fueron las naturales bases de los sistemas Americanos de computar y medir el tiempo. Los años, se contaban en general por sus inviernos, los días se dividían en cuatro períodos (amanecer, mediodía, atardecer y media noche) marcados, á veces los tres primeros con la sombra proyectada por postes ó pilares especiales colocados á la puerta de las cabañas.
Los meses empezaban con la luna nueva. Entre los Zuñis, los seis primeros del año, llamado "pasaje de tiempo" tenían nombres apropiados, y los seis últimos eran "meses sin nombre" designándose ritualísticamente con los colores representativos de los dioses del Zenith, el Nadir, el Norte, el Sur, el Este y el Oeste[240].
Fig. 154.—Escultura en las minas de Copau.
La orientación, según los puntos cardinales, era conocida hasta por las tribus más salvajes. Los Esquimales, llegaron hasta representar gráficamente con pedazos de madera irregularmente dentados, las islas, bahías, cabos, etc., de sus accidentadas costas. Los antiguos Mejicanos tenían mapas Topográficos, cartas marítimas, y hasta planos catastrales mucho más perfectos que los de los antiguos Egipcios[241].
8.—El rasgo más saliente de la psicología indígena es el íntimo enlace de la sociedad, el arte, y la vida entera del individuo y el grupo, con la Religión; la Mitología y la Magia. Es imposible estudiar con provecho los anteriores aspectos raciales si prescindimos del religioso. De aquí la ineludible necesidad de conocer claramente el verdadero carácter de las creencias y los ritos del Indio, para penetrar con paso firme en las vicisitudes de su historia.
Presenta esta investigación dificultades especialísimas. Las relaciones de los antiguos misioneros y cronistas, adolecen de errores, tergiversaciones y prejuicios que obligan al historiador á perder un tiempo precioso separando en ellas lo observado y positivo, de lo especulativo y erróneo. La modernísima Ciencia de las Religiones no merece todavía el nombre que presuntuosamente se atribuye[242].
Fig. 155.—El Oso madre (Escultura Haidá) (N. O. de N. América).
Fig. 156.—Alfarerías Peruanas (Valle Chimcana).
Se ha afirmado en primer lugar que los Americanos concibieron la idea de un Dios creador y eterno, demasiado vasta para las inteligencias paganas. Tal afirmación es absurda. El más alto concepto de la divinidad alcanzado por el indígena, fué tal vez semejante al Panteista de los Orientales, pero inferior y distinto al cristiano del Dios único. El indio Americano reconociendo y adorando á un Ser Supremo é infinito, á un Dios de amor y de justicia, es una simple fantasía de algunos entusiastas[243].
Fig. 157.—Tallas en madera de los Kwahiult (N. O. de N. América).
Fundados otros en observaciones inexactas, ó dejándose arrastrar por sus filosóficos prejuicios, han sostenido la existencia de tribus sin religión de ninguna especie. Nada más lejos de la verdad histórica. La religiosidad es parte de nuestro ser psíquico, y por consiguiente, no se ha encontrado aún, ni podrá encontrarse pueblo alguno en el mundo desprovisto de religiosas ideas. La universalidad, la permanencia y la identidad fundamental del fenómeno religioso son hoy indiscutibles axiomas etnológicos. El ateísmo llamado regional ó endémico no existe, ni ha existido nunca. Hasta aquéllos Charruas que "parecían semi-capros ó faunos", ó aquéllos Guayaquies que se cazaban como fieras, con palo y soga, creían como todo ser humano en la existencia de una Voluntad consciente, sobrenatural é invisible, fuente última de toda vida, y en la posibilidad de comunicarse con ella[244].
Todas las religiones de la tierra, incluso las Americanas, tienen los mismos elementos primordiales. No se conoce en la Historia pueblo alguno sin creencias religiosas más ó menos elevadas, sin ideas morales más ó menos erróneas, sin cultos y ritos, más ó menos conscientes.
Partiremos, pues, de esta firme base para estudiar la religiosidad del indio Americano, y los errores y aberraciones de su desaviada mente, y procuraremos fijar las notas principales y comunes á todas sus religiones, sin exceptuar los Aztecas, Incásicas y Mayas, idénticas en el fondo á las del resto del Continente.
Fig. 158.—El Indio Triste. Escultura Azteca.
9.—El indio Americano consideraba al cuerpo como simple envoltura de otro ser más sutil ó espíritu generalmente invisible, especie de vapor, compuesto de respiración, reflexión ó sombra, esencia de la vida, dotado de facultades misteriosas, y común como perteneciente al alma cósmica, á los animales, las piedras y las plantas[245].
Fig. 159.—Sonajero ceremonial (Linuboltz).
Para el indígena todo el mundo material era inteligente y sensible; los pájaros y los reptiles oían los ruegos de los hombres; el lago tenía alma, como la catarata y el torrente; en los rumorosos silencios del bosque y en las profundidades del barranco, había seres indefinidos y terribles. Todo lo extraño é inusitado era para el indio misterio. Los "manitous" y "ockis" de los Algonquinos, los "cenis" de las Antillas, el "pillan" y el "huecuver" de los Araucanos, los "teotes" de Nicaragua, las "macacheras" y "caaporas" de los indígenas del Brasil, el wakan de los Dakotas, y los "huacas" Incásicos, no eran sino palabras distintas para conceptos similares, expresiones vagas é indefinidas del "sensus numinis". Virgiliano, del poder inescrutable y deífico que el salvaje creía presente en todos los seres, movimientos y formas[246].
La naturaleza entera le enseñaba la existencia de este desconocido divino. El salvaje lo veía en todas partes, al observar los grandes fenómenos físicos, en la sucesión de la luz y las tinieblas[247], al contemplar el Océano, y todo lo extraordinariamente vasto, al admirar el huracán, la tempestad y todo lo extraordinariamente fuerte[248]. Pero además de estas grandes impresiones que avivaban la pálida y sub-consciente vislumbre de lo sobrenatural, escondida en las profundidades de su espíritu, tenía el indio otros estímulos, también universales y poderosos, que por su decisiva influencia en las religiones Americanas estudiaremos especialmente. Me refiero á los sueños y estados análogos, y á las ideas sobre la vida y la muerte.
Fig. 160.—Las Cataratas del Niágara.
10.—Para los Americanos, en general, los sueños (naturales ó provocados) eran realidades, y tenían carácter profético, oracular é inexorable. El indio creía ver y oir en sus sueños como oía y veía en sus vigilias. Los sueños eran medios infalibles para ponerse en comunicación directa con los Dioses, y las imágenes entrevistas por el dormido ó alucinado[249], se consideraban como atisbos del mundo supra-sensible é ignoto, donde moraban los tipos genéricos de todas las cosas y estaban prefigurados todos los acontecimientos.
Fig. 161.—Invocando á las estrellas.
Esta antiquísima y perniciosa creencia en la realidad de los sueños, originó innumerables desvaríos; hizo que la vida del salvaje asumiese un carácter irreal y como ensoñado, y fué en las agrupaciones indígenas manantial inagotable de abominaciones y trastornos[250].
Fig. 162.—Chozas de los Manes (Dakotas).
11.—La creencia en la vida futura era tan universal, y estaba tan arraigada en el ánimo del salvaje, que para él no existía la muerte sino como tránsito ó continuación de vida. El alma humana, ese algo que les mantenía vivos, tenía vida ultraterrena. Las lenguas indígenas no tenían palabras equivalentes á "morir", sino á "matar ó ser matado". Lo que perecía era la sombra humana, la "forma corporis", pero la parte esencial del alma, lo que constituía propiamente hablando la personalidad, la individualidad, sobrevivía á la disolución del cuerpo y la forma, y pasaba á un mundo astral, helado y sombrío, á donde llevaba sus pasiones, sus odios, sus rencores, sus necesidades y sus preferencias. Estas almas desencarnadas (manes), en especial las de los sacerdotes y jefes, seguían interesándose en las andanzas terrenales de sus allegados, participaban de sus fiestas tribales, vagaban alrededor de sus chozas, se manifestaban en sus sueños, recibían sus homenajes, y hasta tomaban posesión de sus cuerpos.
Fig. 163.—En oración.
Este concepto de la vida de ultratumba originó innumerables ritos y creencias, (Manismo) tan solemnes y significativos que muchos escritores desde Euhemerus á Spencer y sus discípulos, han sostenido que el origen, fin, y esencia de toda religión, están comprendidos en la propiciación de las almas de los muertos, en el culto de los antepasados, y en la posibilidad de comunicarse con ellos.
Sin incurrir en semejante exageración, diremos, sin embargo, que desde Alaska á Patagonia, la creencia en la vida de ultratumba, es el rasgo más marcado de las religiones indígenas, y que el sepulcro en las agrupaciones Americanas fué las más de las veces cuna del altar y del templo.
Fig. 164.—En comunicación con el espíritu nocturno.
De aquí los extraños fenómenos y desvaríos del espiritismo indígena, la diversidad é importancia de los usos mortuorios, los cruentos sacrificios Aztecas al "Tezcatlipoca", el árbol frondoso y triste que colocaban los Timbues, en el sepulcro de sus padres, ó la gota de leche que dejaba caer la madre India en los labios del hijo muerto[251].
Fig. 165.--Propiciando al espíritu del río.
12.—Siempre que el hombre piensa claro y siente hondo, ha dicho un sabio etnólogo[252], concibe á Dios como unidad consciente. Así como en las páginas de los poetas paganos encontramos á veces un Zeus, distinto del Júpiter Olímpico, que existe lejos, solo, é indiferente á las luchas y pasiones de los demás Dioses[253], así entre las tribus Americanas relativamente cultas descubrimos la creencia en un Dios inmaterial, desconocido y supremo que no exige oraciones ni sacrificios, y que no se preocupa de los afanes terrenales[254].
Prescindiendo, sin embargo, de la concepción Iroquesa del "Gran Espíritu" indudablemente influida por los Misioneros Europeos[255], sólo encontramos en América dos pueblos (Quechuas y Nahuas) en los que el culto de este "Ser Supremo" é inmaterial, estuviera claramente instituido.
Fig. 166.—Cementerio esquimal.
El Inca Yupanqui concibió la existencia de un "Hacedor Supremo", superior al Sol[256]. Llamóle simbólicamente Illa tici Viracocha Pachacamac (vaso de la tempestad, espuma del mar, animando al mundo), y construyó en un valle cercano al Callao un templo dedicado á su culto. Atribulado Nezanuait, Señor de Tezcuco, dedicó también otro templo al "Dios desconocido".
Claro es que en ninguno de estos dos casos se pretendió sustituir en absoluto el culto de este "Ser Supremo" al de las demás divinidades indígenas. Ni el Inca Yupanqui, dejó de llamarse "hermano del Sol" ni el Jefe Tezcucano, dejó de sacrificar cautivos en los altares del dios de la guerra. Ya dijimos que el monoteísmo propiamente dicho no existió jamás en América. El "Dios ignoto" Tezcucano, y el Viracocha Incásico no son sino expresiones de la tendencia intuitiva del sentir religioso, hacia la unidad divina, que en la entenebrecidamente salvaje, no se oponían al pensar idolátrico[257].