Y la pobre mi mujer
Dios sabe cuánto sufrió.
Me dicen que se voló
Con no sé qué gavilán,
Sin duda a buscar el pan
Que no podía darle yo.

De tal modo es clara su noción de justicia. El mismo golpe rudísimo de aquel adulterio que ni la deshonra le merma, no alcanza a suprimirla. Hombre ante todo, y por ello héroe más perfecto, no se le ocurre exigir, como a los apasionados de la tragedia preceptista, una fidelidad atroz. Compadece, por el contrario, a la infeliz, y ni siquiera le perdona, porque, en su miseria, no ha podido ofenderlo.

Qué más iba a hacer la pobre
Para no morirse de hambre

añade luego en ese lenguaje vulgar del dolor, que salido directamente del corazón, constituye la suprema elocuencia. Eskilo en Los Persas, tiene dos soliloquios formados de puros ayes [63]. El estribillo del baile criollo denominado El Llanto, canta a su vez:

¡Ay, ay, ay, ay, ay!
Dejame llorar,
Que sólo llorando
Remedio mi mal.

Entonces, cuando ese hombre tan generoso, tan bueno, tan valiente, tan justo que ni el máximo dolor altera su juicio, ni las peores miserias su buen humor, jura la venganza de tamaña iniquidad, comprendemos que tiene razón. La venganza confúndese con la justicia, y el protagonista, así engrandecido, va a ser el héroe que puesto de cara al destino, emprenderá por cuenta propia la tarea de asegurarse aquel bien, tomando por palestra el vasto mundo:

Más tamién en este juego
Voy a pedir mi bolada;
A naides le debo nada,
Ni pido cuartel ni doy;
Y ninguno dende hoy
Ha de llevarme en la armada. [64]

Vamos suerte, vamos juntos
Dende que juntos nacimos;
Y ya que juntos vivimos
Sin podernos dividir,
Yo abriré con mi cuchillo
El camino pa seguir.

La vagancia, a solas con el dolor, descompone su carácter. Una noche que ha caído a cierta diversión campestre, la embriaguez resultante de los muchos brindis, le da, "como nunca," por la provocación y la gresca. Las frases chocarreras viénenle una tras otra con la insistencia característica del ebrio. Pero oigamos de sus propios labios la relación de aquel duelo criollo:

Supe una vez por desgracia
Que había un baile por allí,
Y medio desesperao
A ver la milonga juí.
Riunidos al pericón
Tantos amigos hallé,
Que alegre de verme entre ellos
Esa noche me apedé.
Como nunca en la ocasión,
Por peliar me dió la tranca,
Y la emprendí con un negro
Que trujo una negra en ancas.
Al ver llegar la morena
Que no hacía caso de naides,
Le dije con la mamúa
—Vaca... yendo gente al baile.
La negra entendió la cosa,
Y no tardó en contestarme
Mirandomé como a perro,
Más vaca será su madre.
Y dentró al baile muy tiesa,
Con más cola que una zorra,
Haciendo blanquiar los dientes
Lo mesmo que mazamorra.

—Negra linda, dije yo.
Me gusta... pa la carona.
Y me puse a champurriar
Esta coplita fregona:
A los blancos hizo Dios,
A los mulatos San Pedro,
Y a los negros hizo el diablo
Para tizón del infierno.
Había estao juntando rabia
El moreno dende ajuera;
En lo escuro le brillaban
Los ojos como linterna.
Lo conocí retobao,
Me acerqué y le dije presto:
Po...r...rudo que un hombre sea.
Nunca se enoja por esto.
Corcobió el de los tamangos,
Y creyendosé muy fijo,
—Más porrudo serás vos,
Gaucho rotoso, me dijo.
Y ya se me vino al humo,
Como a buscarme la hebra,
Y un golpe le acomodé
Con el porrón de giñebra.
Ahi no más pegó el de hollín
Más gruñidos que un chanchito,
Y pelando un envenao
Me atropelló dando gritos.
Pegué un brinco y abrí cancha
Diciendolés: Caballeros
Dejen venir ese toro,
Sólo nací... sólo muero.
El negro, después del golpe,
Se había el poncho refalao,
Y dijo: Vas a saber
Si es solo o acompañao.
Y mientras se arremangó,
Yo me saqué las espuelas,
Pues malicié que aquel tío
No era de arriar con las riendas.
No hay cosa como el peligro
Pa refrescar un mamao;
Hasta la vista se aclara
Por mucho que haiga chupao.
El negro me atropelló
Como a quererme comer;
Me hizo dos tiros seguidos,
Y los dos le abarajé.
Yo tenía un facón con S [65]
Que era de lima de acero;
Le hice un tiro, lo quitó,
Y vino ciego el moreno.
Y en el medio de las aspas [66]
Un planazo le asenté,
Que lo largué culebriando
Lo mesmo que buscapié.
Le coloriaron las motas
Con la sangre de la herida,
Y volvió a venir jurioso
Como una tigra parida.
Y ya me hizo relumbrar
Por los ojos el cuchillo,
Alcanzando con la punta
A cortarme en un carrillo.
Me hirvió la sangre en las venas,
Y me le afirmé al moreno,
Dandolé de punta y hacha
Pa dejar un diablo menos.
Por fin, en una topada,
En el cuchillo lo alcé,
Y como un saco de güesos
Contra un cerco lo largué.
Tiró unas cuantas patadas
Y ya cantó pa el carnero.
Nunca me puedo olvidar
De la agonía de aquel negro.
En esto la negra vino,
Con los ojos como ají,
Y empezó la pobre, allí,
A bramar como una loba;
Yo quise darle una soba
A ver si la hacía callar;
Mas pude reflesionar
Que era malo en aquel punto,
Y por respeto al dijunto
No la quise castigar.
Limpié el facón en los pastos,
Desaté mi redomón,
Monté despacio, y salí
Al tranco pa el cañadón.
Después supe que al finao
Ni siquiera lo velaron,
Y retobao en un cuero,
Sin resarle lo enterraron.
Y dicen que dende entonces,
Cuando es la noche serena,
Suele verse una luz mala
Como de alma que anda en pena.
Yo tengo intención a veces,
Para que no pene tanto,
De sacar de allí los güesos
Y echarlos al campo santo.

El cuadro es completo, sin una sola vacilación, a pesar de que ciertas expresiones parecen, desde luego, trivialidades de la impotencia o groserías procaces.

Negra linda, dije yo,
Me gusta pa la carona.

Este voto comenta la preferencia que los gauchos daban al cuero negro de vaca o de caballo, para hacer caronas; resultando, así, una ocurrencia tan graciosa como pintoresca en su género.

Ahi no más pegó el de hollín
Más gruñidos que un chanchito.

Los negros son gritones en la pelea, y su voz estridente parece guañir cuando se irritan; por esto, no por cargazón inútil, está citado el detalle; pues insisto en que todas las menciones del poema son exactas.

Corcobió el de los tamangos.

Este calzado rústico, hecho con los retales y sobras de los cueros, usábanlo, sobre todo, los negros, que eran los más pobres entre la gente de campaña.

He dicho ya que la caracterización por el pié es bien conocida de los elegantes. El conde Berenguer en el Romancero, califica de "mal calzados" a sus enemigos:

Pues que tales malcalzados me vencieron, etc. [67]

Verdad es que nuestro poeta no lo había dicho antes; pero él escribe para hombres enterados de las cosas, a quienes una simple mención—el negro—ha evocado la figura habitual.

Y con cuánta viveza de acción, con cuánta verdad de colorido, con qué abundancia de rasgos típicos, el lector acaba de verlo.

Yo tenía un facón con S,
Que era de lima de acero;
Le hice un tiro, lo quitó,
Y vino ciego el moreno.

Parece que se viera la finta, y se oyera el breve choque del quite que hizo chispear los recazos. El tercer verso, o sea el que describe la acción, es instantáneo como un pestañeo.

La brutalidad del ebrio, está patente, porque es verdad, aun cuando resulte desfavorable al héroe, en ese intento de azotar a la negra para que dejase de llorar. Refrescado ya, es decir, cuando narra, él mismo la compadece, llamándola "la pobre". En aquel momento de rabia sanguinaria, predominaba el salvaje ancestral, para quien la mujer es solamente una hembra inferior.

El inmediato lance con un provocador entonado por la protección oficial, revela con qué arte se halla esto escrito en su aparente desgaire.

La descripción anterior, había adoptado la cuarteta, más breve y vivaz, a la vez que oportuna para evitar la monotonía [68]. Ahora, el poeta vuelve a su estrofa; mas, para no repetirse en un cuadro forzosamente análogo, sólo empleará dieciocho versos:

Se tiró al suelo al dentrar,
Le dió un empellón a un vasco [69]
Y me alargó un medio frasco
Diciendo—Beba, cuñao.
—Por su hermana, contesté,
Que por la mía no hay cuidao.
Ah, gaucho, me respondió,
De qué pago será criollo!
Lo andará buscando el hoyo?
Deberá tener güen cuero?
Pero ande bala este toro
No bala ningún ternero.
Y ya salimos trensaos,
Porque el hombre no era lerdo;
Mas, como el tino no pierdo,
Y soy medio ligerón,
Lo dejé mostrando el sebo [70]
De un revés con el facón.

Hemos presenciado el peculiar combate con los indios y el duelo campestre. La pelea decisiva con los gendarmes de campaña, ofrece mayor interés, quizá; pues lo curioso es que las situaciones semejantes, en vez de agotarlo, enriquecen el ingenio de este hombre. La vida del paladín es una sucesión de combates, y aquí está su enorme dificultad descriptiva. No conozco sino Cervantes que la haya vencido con desembarazo igual.

Con aquel nuevo delito, el gaucho aíslase más todavía. Sólo de tarde en tarde llega a las casas de su amistad. Durante la noche, duerme a medias en pleno campo, buscando las viscacheras para abrigarse los pies en su hueco, mientras con el resto del cuerpo afuera, la playita circundante, despejada por los roedores, da campo a su visión y tabla sonora a su oído.

Me encontraba, como digo,
En aquella soledá,
Entre tanta escuridá,
Echando al viento mis quejas,
Cuando el grito del chajá
Me hizo parar las orejas.

Obsérvese la sugestión de noche en el desierto, de congoja insomne y de triste desamparo que inspiran los cuatro primeros versos:

Me encontraba.........
En aquella soledá,
Entre tanta escuridá,
Echando al viento mis quejas...

Esos momentos de purificación al rigor de la propia amargura, son, como la música triste, predisponentes de heroísmo.

Así atento, como el caballo con las orejas empinadas, según su exacto símil, el gaucho pronto conoce que vienen en su busca. El apronte para combatir, está narrado en una sola estrofa que describe con admirable precisión todos los movimientos del caso. Su vivacidad es tal, que recuerda la expresión de una pantomima:

Me refalé las espuelas
Para no peliar con grillos;
Me arremangué el calzoncillo
Y me ajusté bien la faja,
Y en una mata de paja
Probé el filo del cuchillo.

Y luego, la lucha, de cuya descripción tomaré estos episodios:

Me juí reculando en falso
Y el poncho adelante eché,
Y cuanto le puso el pié
Uno medio chapetón,
De pronto le dí el tirón
Y de espaldas lo largué.

Pegué un brinco y entre todos
Sin miedo me entreveré;
Hecho ovillo me quedé
Y ya me cargó una yunta,
Y por el suelo la punta
De mi facón les jugué.
El más engolosinao
Se me apió con un hachazo;
Se lo quité con el brazo,
De no, me mata los piojos;
Y antes de que diera un paso
Le eché tierra en los dos ojos.
Y mientras se sacudía
Refregandosé la vista,
Yo me le juí como lista
Y ahí no más me le afirmé,
Diciendolé ¡Dios te asista!
Y de un revés lo voltié.

Por lo mismo que es valeroso, no oculta su miedo:

Por suerte, en aquel momento
Venía coloriando l'alba;
Y yo dije, si me salva
La Virgen en este apuro,
En adelante le juro
Ser más güeno que una malva.

Entonces interviene Cruz, como dije más arriba. La amistad que sellan con numerosos tragos al porrón confortante, inspira a aquél la narración de su vida. La introducción de esta historia es un soberbio reto al destino:

Amigazo, pa sufrir
Han nacido los varones:
Estas son las ocasiones
De mostrarse el hombre juerte,
Hasta que venga la muerte
Y lo agarre a coscorrones.

A mí no me matan penas,
Mientras tenga el cuero sano;
Venga el sol en el verano,
Y la escarcha en el invierno.
Si este mundo es un infierno
¿Por qué aflijirse el cristiano?

La narración de la pelea, ha concluído, entretanto, con un rasgo épico que podríamos llamar de familia, tan característico es él en la epopeya caballeresca.

Yo junté las osamentas,
Me hinqué y les recé un Bendito,
Hice una cruz de un palito
Y pedí a mi Dios clemente,
Me perdonara el delito
De haber muerto tanta gente.

En el antiquísimo poema Gualterio de Aquitania, que remonta probablemente al siglo IX, el héroe procede lo mismo con los cadáveres de diez campeones que lo atacaron. Después de reunirlos y llorar sobre su triste suerte, agradece a Dios la protección que le ha prestado, y le ruega que un día le haga encontrar aquellos héroes en el cielo.

Ignoro si Hernández conocía este poema, aunque supongo que nó. No eran éstas sus lecturas habituales, ni solían ellas figurar en la erudición de sus contemporáneos; pero, aunque así hubiera sucedido, el hecho de cuadrar tan bien aquel rasgo a su protagonista, demuestra la naturaleza épica de la composición, así como el espíritu caballeresco del gaucho. Éste era, como he dicho, un paladín, hasta en sus detalles más típicos. Así, el ya mencionado relato de Cruz, formula los habituales conceptos caballerescos, en aquél su altivo menosprecio a la adversidad.

El estoicismo de ese otro empecatado, anima todo el poema. Tal vemos en la segunda parte:

La junción de los abrazos,
De los llantos y los besos,
Se deja pa las mujeres
Como que entienden el juego.
Pero el hombre que compriende
Que todos hacen lo mesmo,
En público canta y baila,
Abraza y llora en secreto.

He aquí el fundamento heroico de la urbanidad, que el bushido japonés, el más perfecto código del honor, ha corporificado en esa discreta florecida de la sonrisa, ante la cual retraen sus garras todas las fieras interiores: supremo resultado de aquel arte de la vida que los griegos practicaron a su vez, y que impone a todos los actos el deber de belleza, como una delicada consideración hacia nuestros semejantes.

Al mismo tiempo, el buen humor inagotable de aquella poesía que nunca deja prolongarse las miserias y los dolores, como en natural reacción de salud, anima todo el relato salpicándolo de incidentes cómicos. Su naturalidad es tal, que el narrador se contradice en sus apreciaciones, según la diversa índole de sus recuerdos, exactamente como pasa en la conversación habitual.

Comentando su felicidad perdida, al lado de la mujer que amaba, hace Cruz estas reflexiones:

Quién es de una alma tan dura
Que no quiera una mujer!
Lo alivia en su padecer
Si no sale calavera;
Es la mejor compañera
Que el hombre puede tener.
Si es güena, no lo abandona
Cuando lo vé disgraciao;
Lo asiste con su cuidao
Y con afán cariñoso,
Y usté tal vez ni un rebozo
Ni una pollera le ha dao.

Y cien versos más allá, cuando ha concluído de narrar su infiel desvío:

Cuando la mula recula,
Señal que quiere cociar;
Ansí se suele portar,
Aunque ella lo disimula:
Recula como la mula
La mujer para olvidar.

Las mujeres, dende entonces,
Conocí a todas en una.
Ya no he de probar fortuna
Con carta tan conocida:
Mujer y perra parida,
No se me atraca ninguna.

El proyecto de emigrar a tierra de indios y la ejecución consiguiente, cierra esta primera parte del poema con rasgos épicos de la mejor ley. Las penurias que pasarán ambos gauchos en el desierto, son, para sus almas decididas, pretexto de viriles jactancias.

Si hemos de salvar o nó,
De esto naide nos responde.
Derecho ande el sol se esconde,
Tierra adentro hay que tirar;
Algún día hemos de llegar...
Después sabremos a donde.

Cuando se anda en el disierto
Se come uno hasta las colas. [71]
Lo han cruzao mujeres solas
Llegando al fin con salú,
Y ha de ser gaucho el ñandú
Que se escape de mis bolas.

Y cuando sin trapo alguno
Nos haiga el tiempo dejao,
Yo le pediré emprestao
El cuero a cualquiera lobo,
Y hago un poncho, si lo sobo,
Mejor que poncho engomao.

Estas gallardas estrofas cuya desembarazada entereza conforta como un trago de vino, no excluyen la desolación inherente a tan desesperada aventura. La despedida a la civilización que esos dos perseguidos abandonan, está impregnada de tristeza viril.

Cruz y Fierro, de una estancia
Una tropilla se arriaron;
Por delante se la echaron
Como criollos entendidos,
Y pronto, sin ser sentidos,
Por la frontera cruzaron.
Y cuando la habían pasao,
Una madrugada clara,
Le dijo Cruz que mirara
Las últimas poblaciones,
Y a Fierro dos lagrimones
Le rodaron por la cara.

Un literato, habría elegido la hora crepuscular de la tarde; pero como se trataba de prófugos que iban arreando caballos ajenos, el viaje debía ser nocturno, determinando esto su entrada matinal a las tierras libres. Por otra parte, nada más triste y más poético a la vez que esas albas claras en el desierto; así como nada más acertado que ese adjetivo de apariencia trivial. El fenómeno de la claridad en la llanura solitaria, es, sin duda, lo único preciso; y dada la estrofa, resulta naturalmente el contraste necesario y sugestivo con aquel llanto que la abruma como una fárfara titilante sobre los ojos del cantor. Si en esa madrugada serena, cuando todavía no hay un alma viviente en los ranchos que así sugieren ausencia y abandono, encapuchados de paja como mendigos bajo su poncho viejo; si entonces, digo, cantó, como es seguro, el gallo matinal, fácilmente se infiere la desolación del cuadro. Quién no lo ha experimentado durante alguna trágica noche de vela, en la calma como submarina de la luna, o en esas albas donde parece suspirar aún la agonía de la sombra. El canto del gallo es, entonces, la expresión misma de la angustia y de la soledad.

Pero el desdén del efectismo, siquiera aprovechado cuando se presenta con naturalidad, está patente en la terminación del poema. Éste pudo concluir con mayor eficacia artística, en la estrofa citada; pero nó. El poeta no olvida su móvil benéfico; y prefiere rematarlo con tres sextinas más, que lo recuerdan sin mayor eficacia.

Este detalle, que subordina el éxito de la obra poética a su efecto útil, y la ausencia del amor, que sólo figura como elemento secundario, constituyen al poema en un vínculo actual con los primeros romances del ciclo caballeresco, o sean sus composiciones épicas por excelencia; determinando, además, la filiación directa de la nuestra con las análogas que florecieron en España.

La poesía castellana prefirió siempre, entre los diversos géneros de los trovadores, el romance religioso y guerrero, o sea la forma primitiva de las leyendas caballerescas, destinadas a exaltar las hazañas de los paladines. Aquellos hijos del Hércules progenitor, que en tiempo del paganismo, precisamente, fué un paladín de España, hallábanse todavía guerreando contra los infieles, cuando ya la amenaza que éstos comportaban, había desaparecido en el resto de la Europa meridional, dejando, así, el campo libre a una civilización más amable, en la cual predominó, naturalmente, la poesía del amor. Los temas heroicos siguieron, pues, siéndoles habituales; y sólo cuando el triunfo dióles la necesaria quietud, la poesía amatoria inspiró sus cantos. Pero, entonces, fué una importación italiana que únicamente los poetas eruditos cultivaron, y que no tuvo influencia alguna sobre el espíritu popular. Nuestro poema siguió el mismo camino. Su urdimbre fundamental, es también la guerra contra infieles. El amor, repito, comporta en él un detalle de expresión austera y trágica, como que no resulta sino una fuente de dolor. El encanto de la vida consiste para el paladín nacional, como para el Campeador de España, en el goce de la libertad.

Paladín, afirmo, porque este gaucho, a semejanza de las viejas espadas laboriosas, Belmung, Tizona y Durandal, lleva relumbrando bajo el rudo cuero que lo envuelve, aquel acero de su alma, donde lucen el aseo y la integridad, el temple y la firmeza, la intrepidez y la lealtad, alegremente relampagueados por el reflejo de su desnudez viril; pues con tales prendas formado, su carácter dió a la raza aquella perfecta encarnación de la poesía y de la equidad, que sobreponiéndose al destino en sublime paradoja, es decir, realizando otra hazaña romancesca, nos proporciona el encanto de vivir en la familiaridad del postrer caballero andante.

NOTAS:

[58] Precisemos el detalle topográfico. Hernández paraba en el Hotel Argentino, esquina formada por las calles 25 de Mayo y Rivadavia. Dicho edificio consérvase tal como era; y resulta curioso que el fundador de nuestra épica, iniciara su obra en el mismo casco histórico donde los conquistadores echaron los cimientos de Buenos Aires.

[59] Calificación referente a la frase "es el número uno entre los mejores". Un moro de número, quiere decir, pues, un caballo de primer orden.

[60] Pueblo de la Provincia de Buenos Aires. El comentario de esta estrofa, una de las más típicas, se hará en las notas del poema.

[61] Quinientos azotes en una remesa. Castigo que era casi una sentencia de muerte.

[62] Spilanthes uliginosa Sw. Compuesta, tribu de las radiadas.

[63] Cada uno consta de cinco quejas, con las cuales se llora la destrucción de los navíos.

[64] La lazada con que se arma o prepara el lazo para operar con él. Llevar en la armada es tener cogido ya al animal dentro de ella, antes de ceñirla.

[65] Con guarda en forma de Ese.

[66] Sobre la frente.

[67] Las sandalias de oro de los dioses suministran un epíteto habitual a la poesía homérica.

[68] Salvo la especie de décima en que narra la desesperación de la negra. Los primeros cinco versos parecen volvernos a la sextina habitual. El resto adopta la estructura de la décima. Estas irregularidades eran frecuentes en los payadores a quienes arrastraba el raudal de la improvisación; y la que nos ocupa en el caso, resulta, pues, una propiedad más, en vez de constituir defecto. Sólo hemos de verla reproducirse en el canto IX de la segunda parte, donde ya es inexplicable falla.

[69] Vasco no es, aquí, un consonante forzado. Los dueños de las pulperías eran casi siempre vascos.

[70] Es decir, las tripas, donde hay sebo y no grasa.

[71] El trozo más despreciable de la res.

IX
La vuelta de Martín Fierro

En su prólogo a la segunda parte del poema, dice Hernández que ella se llama La vuelta de Martín Fierro, porque este nombre le dió el público mucho antes de haber él pensado en escribirla. Es la historia de muchas segundas partes en los libros de aventuras que alcanzan la gran popularidad. Y la de Martín Fierro había sido enorme: once ediciones en seis años, con cuarenta y ocho mil ejemplares. Ningún libro argentino obtuvo antes ni después un éxito parecido; y ya he dicho que, al presente, sólo pueden comparársele las grandes tiradas de Europa donde se cuenta con millones de lectores.

Semejante revelación, a buen seguro inesperada, influyó por suerte nuestra en el ánimo del autor, y La vuelta de Martín Fierro completó de una manera definitiva su empresa.

La verdad es que él mismo no se había conformado con las despedidas eternas, diciendo al final de la primera parte:

Y siguiendo el fiel del rumbo
Se entraron en el disierto;
No sé si los habrán muerto,
En alguna correría;
Mas espero que algún día
Sabré de ellos algo cierto.

Y Martín Fierro volvió, pero ya viejo y aleccionado por aventuras terribles. El poema iba a ser, ahora, una descripción en grandes cuadros, efectuada por diversos protagonistas, bien que con la misma vivacidad pintoresca y abundancia de poesía natural. Esto requería, desde luego, mayor extensión; pero como el interés y la variedad de dichos relatos son mucho mayores, apenas se nota aquella circunstancia.

Entretanto, el favor del público ha robustecido en el poeta la conciencia de su genio. El preludio revela, con estrofas que son vaticinios, este nuevo estado de ánimo:

Lo que pinta este pincel
Ni el tiempo lo ha de borrar;
Ninguno se ha de animar
A corregirme la plana;
No pinta quien tiene gana
Sino quien sabe pintar.

Pero voy en mi camino
Y nada me ladiará;
He de decir la verdá,
De naides soy adulón;
Aquí no hay inmitación,
Esto es pura realidá.
Y el que me quiera enmendar
Mucho tiene que saber.
Tiene mucho que aprender
El que me sepa escuchar.
Tiene mucho que rumiar
El que me quiera entender.
Más que yo y cuantos me oigan,
Más que las cosas que tratan,
Más que lo que ellos relatan,
Mis cantos han de durar.
Mucho ha habido que mascar
Para echar esta bravata.

Sabe que el dolor es la suprema garantía de eternidad en el corazón de los hombres, porque el hilo de lágrimas con el cual fecundamos para la vida superior nuestro mísero polvo, jamás se corta:

Brotan quejas de mi pecho,
Brota un lamento sentido;
Y es tanto lo que he sufrido
Y males de tal tamaño,
Que reto a todos los años
A que traigan el olvido.

Esta solidaridad cordial, es la fuente de su poesía, y así lo resume diciendo con original ocurrencia poética: