Estaba el ñato presente
Sentado como de adorno.
Por evitar un trastorno
Ella, al ver que se dijusta,
Me contestó—Si usté gusta
Arrímelos junto al horno.
Ahi se enredó la madeja
Y su enemistó conmigo;
Se declaró mi enemigo,
Y por aquel cumplimiento,
Ya solo buscó el momento
De hacerme dar un castigo.

Me le escapé con trabajo
En diversas ocasiones;
Era de los adulones,
Me puso mal con el juez,
Hasta que, al fin, una vez
Me agarró en las eleciones.
Ricuerdo que esa ocasión
Andaban listas diversas;
Las opiniones dispersas
No se podían arreglar;
Decían que el juez, por triunfar,
Hacía cosas muy perversas.
Cuando se riunió la gente,
Vino a proclamarla el ñato,
Diciendo con aparato
Que todo andaría muy mal,
Si pretendía cada cual
Votar por un candidato.
Y quiso al punto quitarme
La lista que yo llevé;
Mas yo se la mezquiné,
Y ya me gritó—¡Anarquista!
Has de votar por la lista
Que ha mandao el Comiqué.
Me dió vergüenza de verme
Tratado de esa manera;
Y como si uno se altera,
Ya no es fácil de que ablande,
Le dije—Mande el que mande,
Yo he de votar por quien quiera.
En las carpetas de juego
Y en la mesa eletoral,
A todo hombre soy igual,
Respeto al que me respeta;
Pero el naipe y la boleta
Naides me lo ha de tocar.
Ahi no más ya me cayó
A sable la polecía;
Aunque era una picardía,
Me decidí a soportar,
Y no los quise peliar
Por no perderme ese día.

Esos ñatos representan todo un sistema en nuestra política rural. Mulatos leguleyos, con cuatro cerdas alazanas por bigote, pringado de cacarañas sudorosas el rostro donde la avería nasal estampa por definición el sello repugnante del calavera, quién no los ha visto pasar hamacándose en sus tordillos de paso, o con un gallo de pelea bajo la manga del guardapolvo, mientras la oreja baya provoca deslices con el señuelo de su clavel querendón.

Así también se pinta sólo el comandante que va encontrando en la renitencia política de los gauchos prendidos por su malandrín, pretexto para mandarlos a la frontera. Oficialote brutal, peludo, con los ojos abotagados de siesta borracha, su voz aguardentosa parece resoplar el calor de la mala entraña.

Cuadrate, le dijo a un negro,
Te estás haciendo el chiquito,
Cuando sos el más maldito
Que se encuentra en todo el pago.
Un servicio es el que te hago
Y por eso te remito.

A OTRO

Vos no cuidás tu familia
Ni le das los menesteres;
Visitás otras mujeres,
Y es preciso, calavera,
Que aprendás en la frontera
A cumplir con tus deberes.

A OTRO

Vos también sos trabajoso;
Cuando es preciso votar
Hay que mandarte llamar
Y siempre andás medio alzao;
Sos un desubordinao
Y yo te voy a filiar.

A OTRO

¿Cuánto tiempo hace que vos
Andás en este partido?
¿Cuántas veces has venido
A la citación del juez?
No te he visto ni una vez,
Has de ser algún perdido.

A OTRO

Éste es otro barullero
Que pasa en la pulpería
Predicando noche y día
Y anarquizando a la gente.
Irás en el contingente
Por tamaña picardía.

A OTRO

Dende la anterior remesa
Vos andás medio perdido;
La autoridá no ha podido
Jamás hacerte votar.
Cuando te mandan llamar
Te pasás a otro partido.

A OTRO

Vos siempre andás de florcita,
No tenés renta ni oficio;
No has hecho ningún servicio,
No has votao ninguna vez,
Marchá... para que dejés
De andar haciendo perjuicio.

A OTRO

Dame vos tu papeleta [80]
Yo te la voy a tener;
Ésta queda en mi poder,
Después la recogerás,
Y ansí si te resertás
Todos te pueden prender.

A OTRO

Vos porque sos ecetuao
Ya te querés sulevar;
No vinistes a votar
Cuando hubieron eleciones,
No te valdrán eseciones,
Yo te voy a enderezar.

He dicho ya que la descripción del fortín donde fué a dar Picardía, es una mera redundancia; no obstante, hay en ella una silueta de oficial bribón que merece los honores de la cita:

De entonces en adelante,
Algo logré mejorar,
Pues supe hacerme lugar
Al lado del ayudante.
El se daba muchos aires,
Pasaba siempre leyendo,
Decían que estaba aprendiendo
Pa recebirse de flaire.
Aunque lo pifiaban tanto,
Jamás lo ví dijustao.
Tenía los ojos paraos
Como los ojos de un santo.
Muy delicao, dormía en cuja [81]
Y no sé porqué sería,
La gente lo aborrecía
Y le llamaban LA BRUJA.
Jamás hizo otro servicio
Ni tuvo otras comisiones,
Que recebir las raciones
De víveres y de vicios.

Parientes del coronel o de algún personaje notorio, aquellos favoritos, temporalmente sustraídos a la protesta social por alguna sonada trapacería, eran los regalones del cuerpo donde procuraban restaurar, con la fama perdida, su agotamiento de calaveras. Mezcla de truhán y de seminarista, el tipo aquél parece salirse, literalmente, de las escasas redondillas donde la mano maestra lo ha clavado como un insecto, sin necesitar más que esos cuatro alfileres para revelarnos completa su anatomía.

Un breve romance sirve luego de introducción a la payada entre Martín Fierro y el negro. Obsérvese cómo sin perder nada de su estructura local, el idioma adquiere, naturalmente, la manera narrativa del antepasado español:

Esto cantó Picardía
Y después guardó silencio.
Mientras todos celebraban
Con placer aquel encuentro.
Mas una casualidá,
Como que nunca anda lejos,
Entre tanta gente blanca
Llevó también a un moreno,
Presumido de cantor
Y que se tenía por güeno.
Y como quien no hace nada,
O se descuida de intento,
Pues siempre es muy conocido
Todo aquel que busca pleito,
Se sentó con toda calma,
Echó mano al estrumento,
Y ya le pegó un rajido [82]
Era fantástico el negro—
Y para no dejar dudas
Medio se compuso el pecho.
Todo el mundo conoció
La intención de aquel moreno:
Era claro el desafío
Dirigido a Martín Fierro,
Hecho con toda arrogancia,
De un modo muy altanero.
Tomó Fierro la guitarra,
Pues siempre se halla dispuesto,
Y ansí cantaron los dos
En medio de un gran silencio.

La payada es una composición muy desigual: dijérasela un resumen de todas las buenas y malas cualidades de nuestro poeta. Como lance filosófico, resulta en muchas partes forzado y lleno de violentas pretensiones literarias. Aunque el negro afirma que fué educado por un fraile, como suele, efectivamente, suceder, pues el servicio del cura es ocupación de negritos, su sabiduría nos resulta desplazada. En cambio, cuando los payadores hacen gala de sus conocimientos campestres, el asunto recobra todo su interés; las réplicas son oportunas y originales. Así el negro en su exordio:

Mi madre tuvo diez hijos,
Los nueve muy rigulares;
Tal vez por eso me ampare
La Providencia divina:
En los güevos de gallina
El décimo es el más grande.

Y Fierro en su réplica final:

La madre echó diez al mundo,
Lo que cualquiera no hace,
Y tal vez de los diez pase
Con iguales condiciones:
La mulita pare nones
Todos de la mesma clase.

O en otra parte:

Moreno, alvierto que tráis
Bien dispuesta la garganta;
Sos varón, y no me espanta
Verte hacer esos primores:
En los pájaros cantores
Sólo el macho es el que canta.

A lo cual el negro contesta:

A los pájaros cantores
Ninguno imitar pretiende;
De un don que de otro depende
Naides se debe alabar,
Pues la urraca apriende a hablar,
Pero sólo la hembra apriende.

Los temas propuestos, hállanse asimismo, llenos de grandeza épica; el canto del cielo, el canto de la tierra, el canto del mar. Adviértese que el poeta se ha engrandecido con su propio asunto; y aunque, dados los protagonistas, era sumamente difícil no incurrir en vulgaridad o amaneramiento, ideas y expresiones alcanzan con frecuencia el tono debido, sin dejar de ser enteramente gauchas. Para salvar esta dificultad, quizá la más grande en todo el poema, le basta con ser natural y veraz como de costumbre. Así evidencia, lo cual es un timbre de honor para nuestra raza, que el alma gaucha era capaz de concebir en los grandes fenómenos naturales una trascendencia filosófica, y conserva al género, directamente derivado de los trovadores, su inclinación característica.

Mas el estilo va desmayando a la par del asunto, como sucede en casi todas las composiciones análogas. Los consejos finales del cantor, recuerdan con desventaja aquellos otros del viejo Viscacha, tan llenos de observación pintoresca y de gracia proverbial. La moraleja es la debilidad de la fábula; y cuando nuestro poeta hace moral con palabras, no con actos, renuncia a la eficacia práctica del ejemplo que constituye todo el sistema docente en la materia, así como al don más característico de su estética. Pero este mismo defecto revela su sinceridad. Es que no se trata de una obra preceptuada, sino de un manantial que ha corrido a despecho de su propio creador. Sus sinuosidades, sus estancamientos, sus vueltas sobre sí mismo, su lodo y sus guijarros, su turbulencia y su claridad, hay que apreciarlos en conjunto, puesto que así constituyen su ser. La vida heroica de la raza, sintetizada en una grande empresa de justicia y de libertad, constituye su mérito y determina su excelsa clasificación. Pero ella no transcurre, naturalmente, sin dolores y sin miserias; es decir, sin los episodios ingratos que constituyen las piedras brutas sobre las cuales, arrastrándose, talla el arroyo su cristal. La limpieza del establo famoso, es también uno de los trabajos de Hércules. Los mismos númenes creadores coronan su obra primordial, construyendo un hombre de barro. Y nosotros somos ese limo, y nuestras lágrimas son aquella agua que se le escapa por los poros en divina clarificación. No achaquemos al arquitecto la vileza del material con que está obligado a construir. Él es, por el contrario, quien lo exalta, amoldándolo a la belleza prototípica que está en él, como están en el seno maternal la forma y el destino de la primera copa; ordenándolo con su ciencia nativa, elevándolo con el ímpetu de sus alas, del propio modo que la golondrina lleva un poco del barrizal a la cornisa de la torre.

NOTAS:

[72] Otras cuarenta como las cartas de la baraja usual entre los gauchos que desechan los ochos y los nueves. En el preludio de la primera parte había dicho, precisamente, que su pensamiento jugaba "con oros, copas y bastos".

[73] Nombre de la caña que solía ser el asta de la lanza: la lanza misma por antonomasia.

[74] Indio. Ver el Tomo II.

[75] Girar en las patas sobre un cuero, sin salir de él, es la prueba más completa de buena rienda que puede dar un caballo. La expresión "como trompo en la boca", significa que siendo de boca tan blanda, gira como un trompo.

[76] Como si estuviera jugando sólo al juego del monte.

[77] Para asar la carne, ensartábanla los gauchos en un palo o en un espeque de fierro.

[78] Las piernas; por lo mucho que se destacan las del animal, siendo rojas, cuando corre.

[79] Equívoco entre "arrimarle los huesos", o sea acostarse con ella, y poner huesos en la puerta del horno, para que allá encendidos, preserven con su lento calor la entrada del aire. De aquí la respuesta que da la moza.

[80] La libreta del enrolamiento militar.

[81] Cama de madera. Es una generalización a esta clase de lechos, del cabezal que recibe aquel nombre en castellano.

[82] Rasgueo.

X
El linaje de Hércules

Monumento, ya se lo erigió el poeta en esa perpetuidad de la fama con que el verso del otro dió parangón al metal [83]. Mas el pueblo le debe todavía aquella prenda de su gratitud. Martín Fierro necesita su bronce. Éste será la carne heroica en la cual hemos de encerrar su espíritu para que así rehabite entre nosotros una materia, al fin, análoga. Porque, efectivamente, él mismo habíasela formado. De tierra pampeana y de sol nuestro, de trabajo y de dolor que nos pertenecen, estaba construído aquel antecesor. Como en la aleación donde se combinan la rojura y la palidez de los sendos metales, el furor de la llama original ennoblecía su raza. Y de arder así, habíase puesto moreno. Mas la substancia de ese sol y de esa pena refundidos en su ser, comunicábanle aquella sensibilidad musical que da el oro al timbre de la campana. Adentro estaba el gran corazón, expandiéndose a badajadas que dolían de golpear el propio pecho, para resonar en palabras armoniosas el lenguaje del alma. Y éste era, a su vez, la anunciación de la aurora. El metal aun denso de terráquea pesadumbre parece que va dilatando el cielo en vibraciones de luminosa sonoridad, como el busto del nadador sobre las aguas concéntricas; su canto de gloria promueve las innúmeras voces del aire, que con alegría infantil, parece reir, granizado en perlas; pero la gravedad de su tenor, comunícale al mismo tiempo elocuencia de vocablo rotundo; la índole mineral estalla en resonancias de combate; el tono heroico emana de su fortaleza, bien que pronto conmovido en voces de canción o exaltado en alegre intrepidez de gorgeo; allá muy lejos, sobre las montañas y las arboledas, que son las costas del aire, desmenúzase el són en cristales de agua esplayada; y de este modo la tierra y el cielo unen sus voces en la vibración de aquel pedazo de materia cuya facultad maravillosa es, sin embargo, la más elemental de las propiedades.

Así la poesía en el alma de ese gaucho; la poesía de la raza, que bien merece, a mi ver, una caracterización monumental. Inconsciente de su mérito, como la pampa cantada de su belleza, esta ingenuidad nativa es otra razón para decretarle el triunfo póstumo que ni siquiera sospechó. El hombre del campo encontrará en ello una enseñanza. Cuando colgó de un horcón de su rancho el cuaderno ordinario junto con la guitarra compañera, hizo como aquellas aves que adornan con flores sus nidos. Y entonces la estatua de la ciudad, realzará la delicadeza de sus sentimientos como un certificado ilustre. Por ella sabrá que el autor de los versos amados, si habla como él, es también un grande entre los hombres. Vinculado a la vida superior del espíritu con los habitantes de la ciudad, esta unión de todos en el mismo noble culto, dará un concepto superior al sentimiento fraternal de la ciudadanía. No sólo con símbolos generales del trabajo campestre, hemos de realzar dicho esfuerzo. Poca es la influencia que ellos tienen sobre el alma del pueblo, escasamente inclinado a generalizar. La individualización de la estatua con que celebramos al poeta y al héroe, ofrécele, en cambio, una prolongación objetiva de aquellas vidas excelentes, con las cuales siéntese contemporáneo, o sea naturalmente inclinado a concebir la idea de la inmortalidad. No es lo mismo decir a un labriego, "este monumento representa el trabajo de la agricultura o de la ganadería", que llevarlo ante la estatua de un hombre y hacerle ver en ella al general San Martín que nos dió libertad, o al poeta Hernández que compuso los versos de Martín Fierro. Mejor todavía si la efigie es sencilla y su actitud natural; si no está el personaje encaramado en esos decorativos corceles, o envuelto en esos mantos teatrales con que la impotencia retórica disimula una irremediable incapacidad de grandeza. Mejor, porque en vez de un ídolo habremos representado un hombre, es decir, el elemento que necesitamos valorar. Así procedía el arte ejemplar de los griegos; pues aquellos sus dioses de mármol proponían a la raza modelos superiores de su propio tipo, en la plenitud de una vida superior que ennoblecía la materia por medio del espíritu. Las estatuas dispuestas en actitud extraordinaria, que es decir, sugestiva de seres originariamente superiores a los mortales, fueron creaciones del despotismo oriental introducidas por su congénere romano, cuando la expansión de la conquista comunicó aquel vicio, por contacto, a los jefes de las legiones. Ellas representaban el derecho divino, la naturaleza predestinada de los reyes que lo encarnan, resultando, así, distintos de sus súbditos por razón de calidad. La estatua fué símbolo de aquella pretensión que sujeta la condición humana a la fatalidad del nacimiento, y con ello organiza el mundo en un sistema inconmovible de servidumbre: arriba, los amos; abajo los siervos. Y esto, sin esperanza de cambio, desde que ambas posiciones son, para unos y otros, resultados de sus distintas naturalezas.

El cristianismo, religión oriental a su vez, robusteció aquel principio no bien su alianza con los emperadores indújolo a renegar el helenismo en el cual primero habíase injertado para poder prosperar. Y los pontífices cubiertos de mitras asiáticas, envueltos en oro hasta disimular completamente la forma humana como las momias de los faraones, sometidos al rigor de movimientos hieráticos que repetían las actitudes sobrehumanas de los dioses—tanto más temibles cuanto eran más diversos de la triste humanidad, más lejanos en su misterio—encarnaron el dogma de obediencia con terrible perfección. Para mejor dominar los espíritus, impusieron, so pena de condenación irrevocable, creencias que ellos mismos declaraban absurdas, como lo es la naturaleza distinta atribuída a los reyes; pues sólo cuando el hombre abdica su razón, que es el móvil de la libertad, resulta perfecta la obediencia. Y así quedó interrumpido en el mundo el desarrollo normal de la civilización helénica.

Pero ésta era un producto natural de cierta región y de cierta raza, predestinadas por causas que ignoramos, a realizarla sobre la tierra; y seguro que no bien se hallara en condiciones de reaccionar, tomaría otra vez la dirección interrumpida.

Esto sucedió cuando la Iglesia, creyendo poseer el Occidente como dominio propio en el cual eran feudatarios los reyes, empezó a maniobrar para apoderarse del Oriente cuya infidelidad contrariaba sus pretensiones al imperio universal. Empeñada en este propósito, descuidó por cerca de tres siglos su dominio europeo, al paso que ocupaba y empobrecía en lejanas guerras sus más fieles campeones. Al mismo tiempo, su unidad tradicional con el cesarismo habíase roto por la base, al volvérsele enemigos los emperadores germánicos. Por último, una corrupción sin precedentes, hacía del pontificado la corte más disoluta de Europa. Grecia no existía por entonces en la antigua península, ni en las tierras del Asia Menor, ni en aquella Sicilia de los filósofos, pues las tres eran posesiones musulmanas. Sólo quedaba la antigua zona de Provenza, donde los últimos herejes conservaban a ocultas la protesta viva del helenismo. Maniqueos y carpocracianos, seguían representando allá la expansión extrema de aquel fenómeno, o sea el ideal racionalista y comunista de la sociedad sin gobierno político, adaptado a las formas cristianas: el mismo que los gnósticos del siglo II habían formulado en Egipto para conciliar la nueva religión con el paganismo expirante, en un común propósito de civilización progresiva. Y tan poderosa era aquella raíz, que apenas Sicilia cayó en poder de Federico II de Hohenstaufen, volvieron a florecer en ellas la cultura y el racionalismo paganos, bajo el estímulo de aquel emperador enemigo de los papas cuya figura fué el prototipo precoz de los grandes soberanos del Renacimiento.

La Provenza empezó a restaurar aquella civilización helénica, tipificándola a su vez en dos personajes de ralea hercúlea: el trovador y el paladín. Ambos representaron el ideal de justicia reasumida como un bien personal, inherente a la condición humana, o sea lo contrario de la gracia bajo cuyo concepto el dios del papa formulaba dicha justicia en mandamientos penales emanados de su divina superioridad; y el culto de la mujer, a quien la Iglesia consideraba como la representación de uno de los enemigos del alma.

Los mismos soberanos pusiéronse a la cabeza de aquel vasto movimiento. Jaime II de Aragón reconoció a la sombra de la mujer el mismo derecho de asilo inviolable que a las iglesias; y con la sola excepción de los asesinos, sus leyes prohibían prender bajo ningún otro pretexto a todo el que fuese acompañando una dama.

El trovador fué el consejero de los reyes y hasta el rival afortunado, como aquel Beltrán de Born que arrebató al conde de Tolosa, a Alfonso de Aragón y a Guillermo de Bretaña, los tres príncipes más poderosos de la región, el amor de Matilde de Montañac. Fué también el crítico a quien todo se permitía, el postulante de nobleza que ganaba con sus versos; el fundador de una democracia intelectual donde todos los esfuerzos, sin excluir los del artesano y el comerciante, abrían campo a los más ilustres destinos.

Al mismo tiempo, la ciencia florecía en la persona de sabios tan eminentes como Raymundo Lulio. El latín transformábase en idiomas de genuina vitalidad como aquella fabla catalana, la más antigua de todas sus congéneres, que ya era corriente en Arles allá por el siglo IX. Toda la costa del Mediterráneo, desde el Portugal hasta la Liguria, experimentaba su influencia; y aquellos trovadores que habían suscitado con las cruzadas, cuyos agentes los más activos fueron, la primera expansión intercontinental de la Europa cristiana, resultaron los antecesores de los grandes navegantes, cuya fama culminaría en la empresa del ligur Cristóbal Colón.

Los juegos florales y los tribunales de honor, instituciones civilizadoras, si las hay, estableciéronse en toda Europa. Bajo aquel impulso de cultura, la Universidad de París llegó a contar cuarenta mil alumnos. En la caballeresca y poética Borgoña, que era uno de los focos civilizadores, la famosa abadía de Cluny alcanzó esplendor sin igual en la ciencia y en el arte. Y como los trovadores eran cumplidísimos caballeros que abonaban en el combate la doctrina heroica elogiada por sus canciones, la caballería resultó fruto natural de aquel magnífico florecimiento. El torneo fué el tribunal del honor, correspondiente a la corte de amor donde sentenciaba la gracia. Aquellas dos formas superiores de la vida exaltada en belleza, restablecieron la palestra antigua, escuela de análogas costumbres. El mundo entero reconoció su influencia. Hasta los sarracenos enemigos contra los cuales guerreaba en Palestina la Cristiandad, apreciaban como era debido semejantes instituciones; y así, Saladino pidió al rey de Inglaterra, su digno rival, que lo armase caballero.

Pues aquel célebre paladín del corazón de león, contemporáneo por cierto, sintetizó en su persona los dones epónimos, siendo el representante invencible de la caballería y el poeta de las coplas durante varios siglos populares.

Los poemas épicos de la Cristiandad, nacieron entonces, como debía suceder, al tratarse de la época heroica por excelencia. Su poesía que formulaba, a la vez, el ideal dominante y los dechados de las costumbres, establece de una manera palmaria la vinculación con el helenismo. Pues no fué sino la adaptación cumplida de la Ilíada y de la Odisea, que todavía en el siglo XIV engendraba la Crónica Troyana conservada por el códice gallego de la Biblioteca de Madrid.

Así, los conceptos fundamentales de la civilización resultan ser supervivencia griega conservada por aquella poesía, y no principios cristianos; desde que las costumbres más influyentes, no estaban determinadas por los tales principios sino por aquellos conceptos: verbi gratia, el culto de la mujer libertada de la tiranía matrimonial; el gobierno laico; la caballería; el desafío judicial; la tolerancia; la despreocupación religiosa...

Dichos poemas, que resultan los principales de la civilización cristiana, fueron La Canción de Rolando, Los Nibelungos, El Romancero y hasta aquella Divina Comedia cuyo autor rimaba en lengua provenzal con acabada maestría [84].

Dos o quizá tres siglos antes que el resto de Europa, aquella comarca tuvo un idioma propio: vale decir, el fundamento de una civilización original, procedente, como este mismo fenómeno, del ingerto latino en los antiguos vivaces troncos locales de origen especialmente céltico. Fué aquella la lengua llamada romana, catalana, provenzal, lemocina u occitánica (lengua de oc) según las regiones donde la hablaban; pero siempre el elemento común, o agente práctico de fraternidad, que congregaba en una misma civilización aquellas comarcas después enemigas. El común origen pagano, estaba, además, patente, en la otra institución congénere del desafío judicial que la Iglesia no había podido suprimir. Civilización de paladines, su éxito estuvo patente en el triunfo de las primeras cruzadas. El Cid murió el mismo año de la conquista de Jerusalem.

Aquella democracia hizo también la felicidad del pueblo. Honradas las artes, que como la pedagogía bajo el reinado de don Alfonso el Sabio, tuvieron por premio el título de nobleza, trabajo y dinero abundaron con profusión inusitada desde los más felices tiempos de la antigüedad. Entonces fué cuando se organizaron las corporaciones obreras, bajo un carácter análogo al de las collegia romanas, con el fin de resistir, como hoy, por medio de la huelga y del boycott, la imposición de gravámenes excesivos o la depreciación perjudicial de los jornales. El paganismo iba resucitando, como se vé, en aquellas justicieras instituciones. La misma protección a los herejes albigenses, causa de la guerra con el papado, era un acto de independencia laica y de amparo a la libertad de conciencia.

La democracia cuyo espíritu dominaba sobre toda la costa europea del Mediterráneo, conquistada por aquella civilización de los trovadores, asumió formas políticas decididamente republicanas, en las ciudades libres que habían suprimido el feudalismo y que eran generalmente antipapistas: repúblicas municipales, sin duda, pero con representación exterior, que es decir, con tratados de paz, de guerra, de comercio, como verdaderas entidades nacionales. Así aliábanse con los monarcas poseídos de análogo espíritu liberal, como lo hicieron a mediados del siglo XII, contra los moros de España, Génova, Pisa, Marsella, Narbona y Montpellier, con Raymundo Berenguel III, conde de Barcelona.

Fué, asimismo, esa época famosa por sus grandes enamorados, a la vez que ilustres héroes, como el antiquísimo Marcabrú, el Mambrú de las coplas; o aquel Pedro Vidal quien por el amor de su dama, Loba de Penautier, echóse a correr los montes disfrazado de lobo, hasta morir como tal entre los colmillos de engañada jauría; o aquel Guillermo de Tours que hízose enterrar vivo al lado de su amada difunta.

La fidelidad constituyóse, al mismo tiempo, en virtud específica del paladín, casto, por lo mismo, como ninguno. En la primitiva Canción de Rolando, para nada figura el amor. La primera divisa personal que la heráldica recuerda, fué este verso mandado grabar por San Luis rey de Francia en su anillo nupcial:

Hors cet annel pourrions trouver amour,

La cortesía floreció como el gracioso dogma de ese culto de la mujer. Las más dulces expresiones del amor, hasta hoy conservadas por nuestros idiomas, son invenciones de aquellos poetas. La boca de la mujer denomináronla por su sonrisa, según vemos en el Dante, buen trovador a su vez:

Quando leggemmo il disiato riso
Esser bacciato da cotanto amante...

Ninguna otra literatura fué tan rica en creaciones métricas y en obras prototípicas, desde el endecasílabo serventesio hasta los poemas épicos cuyo tipo es el Romancero, y las primeras novelas cuyo modelo está en Amadís de Gaula.

La música enriquecióse con docenas de instrumentos nuevos, entre los cuales la viola, madre del violín, engendró el maravilloso ser viviente que es este instrumento, convirtiendo, así, la voz del arte en palabra: vale decir, alcanzando uno de los resultados más bellos, al consistir el objeto de aquél en la espiritualización de la materia. La tradición greco-romana transformóse enteramente, con la introducción de las diafonías y la elevación de las tercias naturales a consonantes; y al empezar el siglo XIV, el Ars Contrapuncti de Felipe Vitri formuló en leyes vigentes hasta hoy, la técnica de aquella construcción de la melodía. Guido d'Arezzo, el inventor del soneto, inició el sistema de la tonalidad. Por último, la polifonía nació con los motetes de los trovadores...

Pero esta civilización suscitada y organizada por medio de la música, como aquella del helenismo cuya influencia restauraba, exige mayor detención en el estudio de sus detalles.

Los músicos de los templos paganos destruídos por el cristianismo, diéronse a vagar con su arte, propagándolo en el pueblo, tal como sucedió después con los artistas de Bizancio tomada por los turcos; siendo, respectivamente, unos y otros, los agentes de la trova y del Renacimiento. Por otra parte, en Provenza, la liturgia fué durante los primeros tiempos cristianos una amalgama greco-latina; de manera que aquellos músicos hallaron empleo en los cantos corales que usaban las dos lenguas alternativamente. La modalidad del canto eclesiástico, fué a su vez una ligera modificación de la música vocal pagana mezclada con melodías hebreas; de modo que el canto llano consistió en una aplicación de las reglas de la prosa numérica enseñada por los retóricos romanos y que constituyó el sistema fonético de la elocuencia latina. Nuestros canónigos salmodian algunos de sus oficios con el mismo tono que daba Cicerón a sus discursos; y el acompañamiento de las primeras trovas, fué un compás de recitado, como el de la guitarra en las milongas campestres.

Los maestros de músicas usaban, precisamente, un instrumento llamado monocordio cuyos sones estaban designados con las letras del alfabeto, continuando, así, el sistema de la notación griega. El sonido más grave, o proslambanómenos de los antiguos, correspondía al la grave de nuestra llave de fa y hallábase designado por la A mayúscula. De aquí nació la primera escala moderna, atribuída a Odón, abad de Cluny, la ya citada famosa abadía de Borgoña; pues en los comienzos del siglo X, o sea cuando estaba acabando de formarse la lengua provenzal, aquel monje habría designado los sonidos con los nombres convencionales de buc, re, scembs, caemar, neth, niche, assel. El canto litúrgico enriquecióse por su parte, agregando a las dos voces tradicionales de la antigua armonización vocal u organum, que había sobrevivido intacta cinco siglos, el triplum y el cuadruplum, o sea una tercera y una cuarta partes.

Mas esa evolución religiosa de la música, enteramente natural entonces, al ser las iglesias los únicos teatros líricos, vamos al decir, no convirtió en mística la poesía trovadora. No solamente carecía ella de sentimiento religioso, sino que satirizaba con frecuencia la relajación del clero, llegando hasta celebrar los derechos del amor libre.

Y es que, pagana por sus orígenes greco-latinos, así como por las instituciones célticas del duelo judicial y del culto a la mujer, aquella civilización tuvo de agentes inmediatos a los árabes, exaltadísimos cuanto platónicos amadores, y autores directos del arte de trovar bajo sus formas características: el poeta errante, acompañado por su juglar; el amor, absolutamente desinteresado de sensualismo; hasta el instrumento clásico, o sea el rabel de tres cuerdas, y las justas en verso, fuentes de nuestras payadas. Todo fué, pues, pagano, en aquella civilización de los trovadores y los paladines.

Al mismo tiempo, la arquitectura, o sea el arte social por excelencia, transformó a su vez la construcción latina en aquellos edificios romanos que dieron a la Europa gótica su primer tipo verdaderamente nacional, pronto llevado a la perfección por las gallardas iglesias ojivales. Y esta fué la única arquitectura genuina que el Occidente cristiano tuvo y tendrá.

Todo ello procedía de la libertad espiritual inherente a la civilización griega, así renacida. El Romancero va a decirnos cómo la entendían los paladines:

Ese buen rey don Alfonso
El de la mano horadada,
Después que ganó a Toledo
En él puso su morada.

Elegido ha un arzobispo,
Don Bernardo se llamaba,
Hombre de muy santa vida,
De letras y buena fama,
Y de que lo hubo elegido
Por nombre le intitulaba
Arzobispo de Toledo,
Primado de las Españas:
Todo cuanto el rey le diera
Se lo confirmara el papa.
Desque ya tuvo el buen rey
Esta tierra sosegada,
A la reina su muger
En gobernación la daba.
Fuése a visitar su reino,
Fué a Galicia y su comarca.
Después de partido el rey,
La reina doña Constanza
Viendo su marido ausente
Pensamientos la aquejaban
No de regalos de cuerpo,
Mas de salvación del alma.
Estando así pensativa
El arzobispo llegára,
En llegando el arzobispo
Desta manera le habla:
—Don Bernardo, ¿qué haremos,
Que la conciencia me agrava
De ver mezquita de moros
La que fué iglesia santa,
Donde la reina del cielo
Solía ser bien honrada?
¿Qué modo, dice, ternemos
Que torne a ser consagrada,
Que el rey no quiebre la fe
Que a los moros tiene dada?
Cuando esto oyó el arzobispo
De rodillas se hincaba:
Alzó los ojos al cielo,
Las manos puestas hablaba:
—Gracias doy a Jesucristo
Y a su Madre Virgen santa,
Que salís, reina, al camino
De lo que yo deseaba.
Quitémosela a los moros
Antes hoy que no mañana,
No dejéis el bien eterno
Por la temporal palabra.
Ya que el rey se ensañe tanto
Que venga a tomar venganza
Perdamos, reina, los cuerpos,
Pues que se ganan las almas.
Luego aquella misma noche
Dentro en la mezquita entraba;
Limpiando los falsos ritos
A Dios la redificaba,
Diciendo misa este día
El arzobispo cantada.
Cuando los moros lo vieron
Quejas al rey le enviaban;
Mas el rey cuando lo supo
Gravemente se ensañaba:
A la reina y al perlado
Malamente amenazaba;
Sin esperar más consejo
A Toledo caminaba.
Los moros que lo supieron
Luego consejo tomaban;
Sálenselo a recibir
Hasta Olias y Cabañas,
Llegados delante el rey
De rodillas se hincaban:
—Mercedes, buen rey, mercedes
Dicen, las manos cruzadas;
Mas el rey que así los vido
Uno a uno levantaba:
—Calledes, buenos amigos,
Que este hecho me tocaba,
Quien a vos ha hecho tuerto
A mí quebró la palabra;
Mas yo haré tal castigo
Que aína habréis la venganza.
Los moros cuando esto oyeron
En altas voces clamaban:
—Merced, buen señor, merced,
La vuestra merced nos valga:
Si tomáis venganza desto
A nos costará bien cara,
Quien matare hoy a la reina
Arrepentirse ha mañana.
La mezquita ya es iglesia,
No nos puede ser tornada,
Perdonedes a la reina
Y a los que nos la quitaran,
Que nosotros desde agora
Os alzamos la palabra.
El buen rey cuando esto oyera
Grandemente se holgara,
Dándoles gracias por ello
Perdido ha toda su saña.

El Cid, excomulgado por el papa, procederá de esta manera: