El arriero español es un hombre agradable, inteligente, activo y sufrido; resiste hambre y sed, calor y frío, humedad y polvo; trabaja tanto como su ganado y nunca roba ni le roban. Mientras los que se tienen por mejores en este país dejan todo para mañana, excepto la quiebra, él es puntual y honrado, de temple y nervios de acero, típico en el traje. Hemos andado muchas leguas y muy largas con estas caravanas; hemos escuchado sus interminables cuentos de salteadores, a los que no prestábamos gran atención, y no podemos negar que estas cabalgatas son verdaderamente nacionales y pintorescas. Mezclados recuas de mulas y hombres a caballo, van siguiendo las líneas en zig-zag del camino que pasan, por desfiladeros de montañas, unas veces atravesando por aromáticos matorrales, otras ocultándose entre rocas y olivares, más tarde emergiendo alegres y brillantes al sol, dando vida y movimiento a la Naturaleza solitaria y rompiendo el silencio con el tintineo de las campanillas y el canturreo de los arrieros, que, aun cuando sea monótono en sí y poco armonioso, está en relación con el paisaje y con los agrestes caminos españoles; exactamente lo mismo que el agrio chirrido de la hoz al afilarse está en armonía con la dulce primavera y las praderas recién segadas.
Hay una clase de arrieros muy poco conocida de los viajeros europeos: los maragatos, cuyo centro está situado en San Román, cerca de Astorga; ellos, al igual de los judíos y los gitanos, viven exclusivamente entre los suyos, conservan sus trajes primitivos y nunca se casan fuera de su región. Son tan nómadas y errantes como los beduinos, sin más diferencia que llevan mulas en vez de camellos; su honradez y su laboriosidad son proverbiales. Son gente formal, seria, poco expresiva, positivista y muy comerciante. Cobran caro, pero su honradez compensa este defecto, pues puede confiárseles oro molido. Son los que hacen todo el tráfico entre Galicia y las dos Castillas, y por rara excepción llegan a las provincias del Mediodía o Levante. Van vestidos con una especie de justillo de cuero muy entallado, como una coraza, que les deja los brazos libres. La ropa interior es ordinaria, pero muy blanca, especialmente el cuello de la camisa. Llevan a la cintura un ancho cinto de cuero con un bolsillo. Los calzones, iguales a los de los valencianos, se llaman zaragüelles, palabra árabe, con la que se denomina el tonelete o los calzoncillos anchos, y no se encontrará ningún burgomaestre de Rembrandt que esté más ampliamente cimentado. Sus piernas van embutidas en polainas de paño con ligas encarnadas; llevan el pelo cortado al rape, por lo general, aun cuando a veces se dejan unos tufos extraños. Un gran sombrero de alas anchas y caídas completa el traje, impropio para viajar y digno de un holandés; pero estas modas son tan inmutables como las leyes de los medos y persas, y ningún maragato consentiría en modificar su traje mientras no lo hiciera su modelo de madera pintada que da las horas en la plaza de Astorga, Pedro Mato, otra estatua vestida que adorna una veleta de la catedral, que es el arquetipo de la indumentaria. Y, en el fondo, este traje especial es, como el de los cuáqueros, una garantía para su tribu y su respetabilidad: Cordero, el rico diputado maragato, se presentó en las Cortes con su traje regional.
El de la maragata es también típico y peculiar; si son casadas llevan un tocado especial, el caramiello, en forma de media luna, con la parte redonda sobre la frente, cosa completamente morisca y que recuerda las mujeres de los bajo-relieves de Granada. Llevan el pelo suelto, colgando sobre los hombros; la saya va abierta delante y detrás y se sujeta de un modo muy curioso a la espalda por medio de un cinturón, y el corpiño es escotado por delante en cuadro. En las grandes fiestas se adornan con largas cadenas de metal y corales, con cruces, reliquias y medallas de plata. Los pendientes que usan son muy pesados y cuelgan de hilos de plata, como los llevan las judías de Berbería. Las bodas son sus fiestas mayores: en ellas se reúne mucha gente y se elige un presidente, el cual pone en una bandeja la cantidad de dinero que le parece, y todos los invitados tienen que dejar otro tanto. La novia se envuelve en un manto, que no se quita en todo el día, y no se vuelve a poner hasta el día en que muere su marido. Ella no baila en el baile de bodas. A la mañana siguiente, tempranito, se llevan a la alcoba de los novios dos pollos asados. Por la noche abren el baile la novia y su marido al son de la gaita. Las danzas son graves y serias, como corresponde a su carácter.
Los maragatos, con su continente sencillo y su tez curtida, van con sus recuas por la carretera de La Coruña andando casi siempre y cantando como los demás arrieros españoles y, al mismo tiempo, ocupados constantemente en tirar piedras a las caballerías y en dirigirles improperios.
Toda la tribu se reúne dos veces al año en Astorga, en las fiestas del Corpus y la Ascensión; entonces bailan el canizo, que comienzan a las dos de la tarde y terminan precisamente a las tres. Si alguno que no sea maragato se une a ellos, lo echan inmediatamente. Las mujeres no salen casi nunca de sus casas y, en cambio, los hombres están poquísimo en ellas. Llevan la misma vida de trabajo que las antiguas mujeres ibéricas, y ahora, como entonces, se las puede ver labrando el campo, desde antes de salir el sol hasta mucho después de puesto, y resulta muy triste contemplarlas sufriendo las penalidades de ocupaciones tan poco femeninas.
El origen de los maragatos no está claro. Unos los consideran como una reminiscencia de los celtíberos o visigodos; la mayoría, sin embargo, los tienen más bien por descendientes de una caravana de beduinos. Es inútil preguntarles a ellos por su historia y su origen, pues, como los gitanos, carecen de tradiciones y no saben nada de nada. Arrieros lo son, desde luego, y esta palabra, como tantas otras relativas al caballo y al oficio de trajinante, es árabe y demuestra el origen de donde el sistema y la ciencia se derivaron por los españoles.
Los maragatos son célebres por sus hermosas bestias de carga; las mulas de León gozan de justo renombre, y los burros son espléndidos y numerosos, especialmente mientras más se acerca uno a la sabia Universidad de Salamanca. Los maragatos ocupan un lugar preferente en los caminos: son los dueños de la carretera por ser el alma del comercio en un país donde las mulas y los burros constituyen los trenes de mercancías. Saben su importancia, y que ellos son la regla general, y la excepción, los viajeros por placer. Los arrieros españoles no son mucho más corteses que sus caballerías, y aunque resulta pintoresco, no es muy divertido encontrarse con una recua de éstas en un camino estrecho, especialmente si tiene un precipicio a un lado: cosa de España. Los maragatos no ceden el camino; sus caballerías no se mueven de su sitio, y como la carga sobresale a uno y otro lado, igual que los remos de un barco, ocupan toda la vereda. Pero todos los detalles de caminos en el interior genuino de España están calculados para el fardo, como ocurría en Inglaterra un siglo atrás, y no se dedica el menor pensamiento al forastero, que no es deseado, mas aún, resulta molesto. Las posadas, las carreteras, todo es propio para los naturales del país y sus caballerías, y no se apartarán un punto de su línea para satisfacer las exigencias o caprichos de un extranjero. La típica Península es demasiado poco recorrida por sus habitantes para que se implanten las comodidades interesadas de Suiza, este país de fondistas y traficantes de coches.
Un individuo que viaja en un coche público deja de tener personalidad propia para convertirse en un número del pasaje conforme al sitio que ocupe; se le asienta en un libro como un paquete que debe ser entregado por el conductor. En cambio, ¡cuán libre y dueño de sí se siente ese mismo viajero si cabalga en su fogoso corcel, que con su piafar y sus relinchos parece como que demuestra su impaciencia por salir! ¡Qué fresco y qué delicioso resulta el libre aire del cielo después de respirar la enrarecida atmósfera de un interior lleno de gente extraña que, a causa de los efectos narcóticos del tabaco, olvidan la existencia del jabón, el agua y la ropa limpia! Viajar a caballo, placer tan poco frecuente para los ingleses, ha sido la forma primitiva y en un tiempo general en Europa, y aun lo es en Oriente; la humanidad, sin embargo, se ha acostumbrado pronto a otros medios de locomoción y olvida lo muy reciente de su introducción. Fynes Moryson dió hace dos siglos a los que viajaban por Inglaterra el consejo que hoy puede darse a los que visiten España: que abandonen las carreteras frecuentadas por los coches y se internen por caminos de herradura y veredas, con lo que explorarán rincones poco frecuentados, ciertamente, pero no por eso los menos interesantes de la Península. Hemos tenido la suerte de formar parte de varias de estas expediciones a caballo, unas veces solos y otras en compañía. En una ocasión fuimos desde Sevilla a Santiago atravesando Extremadura y Galicia y volviendo por Asturias, Vizcaya, León y las dos Castillas, en el mismo caballo, cerca de dos mil millas, acompañados solamente por un criado andaluz que era la primera vez que salía de su provincia. Dos amigos con dos criados hicieron poco después la misma excursión; y ni ellos ni nosotros tuvimos que vencer obstáculos ni dificultades que pudieran tener el carácter de aventura o que nos pusieran en el menor peligro. En otra ocasión recorrimos, acompañados de una señora inglesa, Granada, Murcia, Valencia, Cataluña y Aragón, para no hablar de repetidas excursiones a todos los rincones y escondrijos de Andalucía. El resultado de todas estas experiencias, unido al testimonio de varios amigos que han paseado a caballo la Península entera, nos permite recomendar este sistema a la gente joven, sana y aventurera, como el más agradable y, en realidad, según ya hemos dicho, el único utilizable en las dos terceras partes del país.
Los caminos reales que ponen en comunicación la capital con los principales puertos son realmente buenos, pero están trazados generalmente en línea recta, por lo cual, muchas de las ciudades más antiguas quedan a un lado; e igualmente lugares históricos, sitios donde se han librado batallas, ruinas antiguas y paisajes verdaderamente bellos, sólo son asequibles a caballo. En España hay infinidad de comarcas completamente desconocidas de la Sociedad Geográfica. Aquí, ciertamente, encontrará terreno abonado todo el que quiera en estos tiempos de tan escasas novedades publicar algo nuevo: hay paisajes para llenar una docena de portfolios y asunto para una veintena de volúmenes en cuarto. ¡Cuántas flores se marchitan sin figurar en ningún tratado de botánica! ¡Cuántas rocas se deshacen sin que se las mencione en la geología! ¡Y cuántos paisajes dignos de ser dibujados, cuántos osos y ciervos que cazar, cuántas truchas que pescar y comerse, cuántos valles tienden su pecho deseosos de abrazar a sus visitantes ocultos, cuántas bellezas vírgenes desconocidas hasta ahora esperan al feliz miembro del Travellers’ club (club de los viajeros), que en diez días puede cambiar el aburrimiento del eterno Pall Mall por estos sitios solitarios! ¡Y qué gloria para él en descubrir una tierra incógnita y rivalizar con Mr. Mungo Park![30]. Y ni siquiera falta una guía desde que nuestro buen amigo John Murray, el rey de las Guías, proclama desde Albemarle Street, Il n’y a plus de Pyrénées.
Como quiera que en las grandes extensiones de terreno que se hallan situadas entre las carreteras hay gran escasez de medios de comunicación, poco tráfico y nadie exige comodidades de ningún género, se hace difícil incluso encontrar mulas o caballos; por esta razón, nosotros hemos preferido siempre llevar a estas largas excursiones nuestras propias caballerías. Las ventajas y seguridades que proporciona esta previsión las hemos apreciado cumplidamente comparando con frecuencia las molestias sufridas por otras personas que confiaron en hallar facilidades y medios de locomoción en regiones apartadas y miserables. El viajero, por regla general, debe llevar consigo todo aquello de que no puede prescindir por costumbre y necesidad. Lo esencial es reunir, en el menor espacio posible, la mayor cantidad de comodidad portátil, teniendo cuidado de no cargar más que con lo indispensable, pues no hay nada tan molesto como dificultar los viajes con cosas inútiles. Esta manera de viajar no ha sido estudiada muy al detalle por la mayoría de los autores, que, por su parte, no se han separado mucho del camino trillado ni han emprendido largas caminatas a caballo, y, por lo tanto, se inclinan más bien a exagerar los peligros y dificultades de un sistema que ellos no han utilizado. Al mismo tiempo, bueno será advertir que no es este plan recomendable para señoras elegantes o caballeros delicados, ni para los que padecen un poquito de reúma o tiemblan ante las obscuras imágenes que la gota incipiente suscita.
Los que tienen resistencia y curiosidad para afrontar una excursión por Sicilia pueden, desde luego, salir para España; los ferrocarriles y los caballos de posta van seguramente más de prisa; pero el placer y el provecho de un viaje suelen estar en razón inversa de la facilidad y rapidez de las jornadas. Además del conocimiento exacto del país que se adquiere por este medio (pues no hay mapa que sustituya a una inspección ocular), y de ponerse en relación con mucha gente, y no de la peor, para un paisano, una expedición a caballo equivale a un servicio de campaña. Obliga a emprender una nueva vida que, al principio, se acepta por necesidad; pero que pronto se hace completamente natural, por estar en perfecta armonía con todo lo que con ello se relaciona, por muy extraña y distinta que sea a todas las costumbres y nociones anteriores; le sacan toda presunción del cuerpo para el resto de su vida y le hacen sufrido y contenido. Es una perfecta escuela de disciplina moral, como los mares más duros forman a los mejores marineros. Y se pueden aprender áureas reglas de paciencia, perseverancia, buena educación y compañerismo, contribuyendo a que sobresalga la individualidad para bien o para mal. En estas ocasiones en que la riqueza y la jerarquía son despojadas de los auxiliares de superioridad convencional, el hombre se verá obligado a utilizar sus propios recursos morales y físicos con más frecuencia que una carta de crédito, y su ingenio se aguzará por la necesidad de arbitrar medios.
Entonces se sacudirá la torpe pereza, y la acción, la demosténica acción, será el santo y seña. El viajero borrará de su diccionario la fatal palabra española luego, calle que lleva a la casa de nunca, pues ya hay un dicho que reza: por la calle de después se va a la casa de nunca. Obligado a ingeniárselas por sí mismo, comprenderá el mal de los gastos inútiles y la locura de la imprevisión y la falta de orden. Llegará a hacer caso omiso de la excusa constante de la pereza, el español no se puede. Tropezando con dificultades pronto se convencerá de lo fácil que es vencerlas, como con un frote duro se convierte en suave y sedeña la ortiga, que pincharía con solo tocarla ligeramente, y al mismo tiempo verá que el medio más firme de conseguir el objeto que uno se propone es el conocimiento moral de que se puede y se quiere hacerlo. Nunca deberá detenerse por obstáculos ligeros como el aire, que donde una puerta se cierra otra se abre, y el que empuja llega. Y después de todo no está mal que sepan algunas fatigas los acostumbrados al sibaritismo, aun cuando no sea más que por la novedad y porque el harto suele comer con más gusto cuando se ve privado de alguna cosa, pues, como dice Cervantes, el hambre es la mejor salsa, y como ésta nunca falta al pobre, de ahí la razón de que para ellos el comer sea su mayor fiesta.
Además, esta clase de expediciones independientes son también beneficiosas para la salud; después de pasado el cansancio de los primeros días el cuerpo se hace de bronce y el jinete se convierte en un verdadero centauro. La vida al aire libre, la excitación continuada de lo nuevo, el ejercicio y la ocupación constante, son dulcificadas por la buena voluntad, que hace hasta del trabajo un placer, inoculando nueva savia y vigor en los huesos y en los músculos; acostarse temprano y levantarse temprano[31], si no hace a todos los cerebros sabios y sanos, al menos vigorizan los jugos gástricos y hace al hombre olvidar que tiene hígado—el almacén de la miseria física—, bilis, píldoras e hipocondría. Esta salud es uno de los secretos de los encantos inherentes a este sistema de viajar, a pesar de todas las molestias aparentes de que va acompañado a primera vista. ¡Oh! ¡Qué delicia esta vida bohemia, nómada, de beduino, sazonada con una libertad sin límites! Armamos la tienda donde uno quiere y allí se tiene la casa, lejos de las cartas urgentes que contestar y distante de comidas, visitas, criadas, sombrereras, mayordomos, majaderos y lacayos.
Recién salidos del barrio aristocrático de Londres nos encontramos transportados a un mundo nuevo; el panorama varía a diario, y se alegra el corazón y se pone uno de buen humor contemplando las llanuras, rebosantes de leche y miel, o rientes, cubiertas de aceite y vino, o bien los naranjos y limoneros iluminados por la gloria del sol, la palmera sin el desierto, la caña de azúcar sin el esclavo. A poco, nos hallamos perdidos entre silenciosos ventisqueros coronados por las nubes, en parajes donde las rocas de granito se agrupan como fragmentos de un mundo deshecho por la magnificencia de la Naturaleza, que, poco cuidadosa de la admiración de los mortales, prodiga con soberana indiferencia sus mayores encantos a los lugares ocultos y sus más grandiosas formas a lo menos accesibles. Todos los días y en todas partes encontramos infinidad de tesoros y placeres, que almacenados en nuestra imaginación—así la miel de las abejas—endulzarán y alegrarán nuestra vida en la gustosa remembranza cuando los dejemos tranquilizarse en nosotros mismos como los posos del vino en un tonel. Y aun habiendo sido verdaderamente deliciosos en la realidad pasada, su encanto aumenta a medida que avanzamos en edad y sentimos que no podremos volver a emprender estas hazañas de nuestra juventud, tan dulces como la juventud misma. De una cosa puede estar seguro el lector, y es de que siempre será grato para él, como lo es hoy para nosotros, el recuerdo de aquellas caballadas agrestes y fatigosas a través de la tostada España, en las que el cansancio desaparecía antes de sentirse; aquellas colinas airosas, aquellos riscos y torrentes, aquellos frescos valles, que comunican su frescura al corazón; aquel gusto con que saboreábamos los manjares más vulgares sazonados por la salsa del hambre, que no inventó Ude; aquellos tranquilos sueños en duras camas, ganados por la fatiga, que es la almohada más blanda; los nervios dominados, el espíritu alegre, elástico y animoso; aquella carencia de preocupaciones; aquella salud de cuerpo y alma, que es siempre el premio de la íntima comunión con la Naturaleza, y el verse libre de las enojosas y ficticias exigencias del círculo estrecho de la artificial ciudad.
Sea el que quiera el número de individuos que formen la partida y cualquiera que fuere el medio de comunicación empleado, a caballo o en coche, y aun contando con que un amigo agradable es mejor que cualquier vehículo, nadie debe soñar con una excursión a pie por España, pues rara vez se encontraría compensación al llegar al término de la jornada, cansado y hambriento, precisamente en el punto mismo en que se debe estar más fresco y dispuesto a saborear los placeres intelectuales. El deipnosofista Ateneo descubrió hace mucho tiempo que en un estómago vacío no cabe el amor a lo sublime y a lo bello; la estética tiene entonces que rendirse ante la gastronomía, y no hay programa más sugestivo en el mundo como una comida y después una siesta. El peatón en España, donde las comodidades corporales son raras, comprenderá pronto la causa de que en los diarios de nuestros soldados peninsulares se dé tan poca importancia a los objetos que llaman más la atención del viajero satisfecho. En caso de fatiga corporal excesiva las facultades mentales se empequeñecen para atender a las necesidades meramente físicas, en lugar de engrandecerse para buscar un placer contemplativo o intelectual; el despeado y rendido por el cansancio necesita conforme a
Andando es como viajan los animales, que para eso tienen cuatro pies; los bípedos que siguen el ejemplo de los brutos, pronto se convencerán de que se rebajan a su nivel en más de un respecto. Además, como ningún español anda por gusto y nadie emprende una jornada a pie, sino los mendigos y vagabundos, no se comprende que se haga más que por absoluta necesidad. Por esta razón los peatones son mal recibidos u objeto de toda clase de sospechas, pues las autoridades españolas, juzgando a todos por sí mismas, siempre piensan lo peor de los extranjeros, considerándoles culpables mientras no se demuestre lo contrario.
Antes de mencionar los encantos de un viaje a caballo por España, hemos de hacer algunas observaciones respecto a la elección de compañeros.
Los que viajan en vehículos públicos o con arrieros, rara vez corren el riesgo de quedarse solos. El jinete que se interna por comarcas poco frecuentadas es el que siente la necesidad de este importante ítem: un compañero de viaje, en cuya elección, como en la de mujer, es bastante fácil dar consejo. El individuo tiene, pues, que valerse por sí mismo, y la selección dependerá, desde luego, del gusto e idiosincrasia de cada uno; las desgraciadas personas que están acostumbradas a hacerlo todo a su gusto, o aquellas otras afortunadas que nunca están más acompañados que cuando están solos, diestros en el arte de hallar recursos en todas partes, encontrarán este plan el mejor, pues, en final de cuentas, más vale ir solo que mal acompañado. Un viajero aislado es el menos sujeto a nada. No tengo padre ni madre, ni perrito que me ladre: el que está en las condiciones que dice este proverbio puede leer el libro de España como si estuviese en su propio gabinete, deteniéndose donde le plazca y pasando por alto lo que no le interese, como si hojease una guía de Murray.
Cada medalla tiene, sin embargo, su reverso y toda rosa sus espinas. No obstante las citadas y otras ventajas, y la seguridad de que la ocupación, y aun la fatiga, alejan los peligros imaginarios, esta libertad puede pagarse con momentos de depresión, y un sentimiento de tristeza y abandono puede irse apoderando insensiblemente de la imaginación más alegre. No es bueno para el hombre el estar solo; y esta necesidad de sociedad rara vez se siente con más fuerza para un corazón sólido que en un largo y solitario viaje a caballo por las comarcas solitarias de la Península. El sentimiento está en perfecta armonía con la impresión producida por la condición desdichada de la España actual, caída de su antigua altura y casi borrada del mapa de Europa. Silenciosa, triste y solitaria es su superficie, a la que el viajero ha de mirar con demasiada frecuencia: campos de trigo sin un árbol, sin un matorral, limitados solamente por el horizonte; llanuras despobladas e incultas, abandonadas a las flores silvestres y a las abejas, y que resultan aún más melancólicas por los castillos ruinosos, o los pueblos, que parecen blanqueados esqueletos de vidas anteriores. La tristeza de esta abominable desolación se aumenta por la singular ausencia de pájaros cantores y la presencia de buitres, águilas y otras aves de rapiña. El viajero, lejos de su casa y de sus amigos, se siente doblemente extranjero en esta extraña tierra, donde no hay sonrisas para un llegado, ni lágrimas para un despedido; donde su memoria se borra como la de un huésped que se detiene un solo día; donde no se ve nada que delate la vida, si no es la tosca cruz de madera o el montón de piedras que indican el sitio donde algún viajero ha sido acechado, asesinado y enviado a arreglar sus cuentas sin tiempo de purgar sus pecados.
Aun cuando confiadamente hayamos contado con nuestras pasadas experiencias, para creer que no era ese nuestro sino, sin embargo, esta especie de piedras miliarias, erigidas como memento mori, son muestras evidentes de que la cosa no es completamente imposible. Ello hace que una persona sola cuya vida no esté asegurada, no solamente confíe en Santiago, sino que tenga la pólvora seca y procure siempre que esté dispuesto el pistón. En estas ocasiones, el tropezar con uno de estos naturales, medio beduinos, medio nómadas, es una verdadera ganga; su sociedad es completamente distinta de la de un compañero permanente con el que para bien o para mal estamos ya atados para siempre, pues como es casual tiene la ventaja de que se le puede tomar o dejar, según convenga. Las costumbres de los españoles en camino son completamente de rebaño. El temor común sirve de unión; cuantos más sean, más contentos van.
«¡Hola! ¡Cuánto me alegro de encontrarle, compañero!»; y la alegría del encuentro es una excelente presentación. La escena, cuando se encuentran varios viajeros, parece como si fuera en un barco en el Atlántico: ¡Hola, camará! Esta predisposición es la que hace a todos los viajeros escribir tanto y tan bueno sobre las clases bajas españolas, y no ciertamente más de lo que merecen, pues son una raza hermosa y noble. Indudablemente, algo de esto proviene de que en estas ocasiones todo el mundo se encuentra en un pie de igualdad, y este efecto nivelador, que quizá pasa inadvertido, induce a muchos extranjeros, orgullosos y reservados en su casa, a ser afables sin afectación. Tratan a estos conocidos de momento de un modo completamente distinto de cómo tratan a la clase baja de su propio país, que, probablemente, si se viera obsequiada con la misma condescendencia, aparecería en un aspecto muy diferente, aun cuando desde luego es inferior a la española en sus orientales buenos modales, en su exquisito tacto y en colocarse y colocar a los demás en el sitio que les corresponde, sin rebajarse ni asumir vulgarmente una igualdad social o una superioridad física.
No recomendaremos, en modo alguno, una larga caminata a caballo sin compañía; no sería agradable para los amigos o familiares, que se quedan siempre con inquietud, ni es prudente exponerse sin ayuda, a los accidentes a que están siempre sujetos caballo y jinete. Los que tengan un amigo con quien puedan ir, harán bien en hacerlo así. Es una dura prueba, y su éxito es tanto más expuesto cuanto mayores sean las molestias y más escasas las comodidades, causas que agrian la leche de la amabilidad humana y ponen a prueba a los egoístas que sólo miran a su estómago y su bienestar. Con ocasión de una larga jornada y la estancia en una pequeña venta, es como se demuestra lo que vale un amigo. En los más serios trances de la vida, peligros, enfermedades y necesidades, lo único que se desea es un amigo con quien compartir el último bocado y la última copa. La sal del compañerismo, si no obra milagros en cuanto a cantidad, cuando menos convierte un panecillo en un manjar exquisito por el gusto y satisfacción con que se saborea.
Por otra parte, nada cimienta una amistad mejor que una de estas correrías, con tal que no terminen en una reyerta. El mero hecho de haber recorrido España tiene una particularidad que no se concede a los países más vulgarizados de Europa. Cuando se nos presenta una persona que ha visitado estos sitios encantadores, nos parece como si ya la conociéramos. Hay una especie de masonería en haber hecho algo igual, que no es lo común en el mundo. Los que están a punto de incluírse en esta clase última, harán bien en procurar que la compañía no exceda de cinco, tres señores y dos criados, teniendo en cuenta, sin embargo, que para mayor facilidad en acomodarse, mejor será que vayan dos y dos. Con todo, una tercera persona no resultará mal en jornadas fatigosas, como arbiter elegantiarum et rixarum, pues aun en las parejas que se entienden mejor suele haber, a veces, discrepancias por parte de alguno que, si tiene en contra mayoría, volverá más fácilmente de su error. Además, siempre ven más cuatro ojos que dos.
Un viaje de varios meses de duración y de algunos miles de millas de recorrido debe hacerse, según la regla más elemental, en un mismo caballo, el cual, al fin de la jornada, se hallará tan fresco como el jinete, y, si está bien cuidado, dispuesto a emprender de nuevo la marcha. La época que conviene escoger es aquella en que los días son largos y la Naturaleza se ha despojado de sus galas de invierno. El buen tiempo es la alegría del viajero, y no hay nada tan mudable como el aspecto de los pueblos españoles, según el tiempo sea bueno o malo; lo mismo que ocurre en Oriente, donde las lluvias de invierno convierten el país en un fangal inmundo y, en cambio, en cuanto luce el sol, todo es alegría y luz. Es exactamente igual que la sonrisa que ilumina la expresión generalmente triste de las españolas. El bendito rayo de luz alegra la misma pobreza, y su acción, estimulante y vigorizadora, hace al hombre capaz de luchar contra los males morales, a los cuales las comarcas más favorecidas por el clima—sin duda, por compensación—están más expuestas que aquellas en que el cielo es triste y los vientos fuertes y helados.
Como en nuestros regimientos de caballería, donde el ganado ha de prestar un verdadero servicio, se debe escoger un animal perfecto: una yegua mejor que un capón; pero como en España es muy general el uso de caballos enteros, también puede elegirse uno de éstos. La jornada diaria oscilará, según las circunstancias, entre veinticinco y cuarenta millas. Se debe emprender el camino antes de amanecer, cuidando de que el caballo haya comido, por lo menos, una hora antes, en cuyo espacio los españoles, si pueden, van a la iglesia, porque profesan la teoría de que nunca se pierde el tiempo que se emplea en oír misa, o en comer, o dar de comer a los caballos; lo confirman en un proverbio que dice: misa y cebada no estorban jornada.
La hora de partir, desde luego, depende de la distancia y la comarca que se piense recorrer, teniendo en cuenta que cuanto antes mejor, porque el que al diablo quiere engañar, muy temprano levantarse ha. Es una gran cosa para el viajero llegar adonde haya de pernoctar lo más pronto posible, pues siempre los que llegan primero son los mejor servidos; más vale, pues, tomar una hora de la mañana que dejarla para la noche, porque si se pierde esta hora al salir, no se podrá ganar en todo el día. Además, en verano es agradable y conveniente estar en marcha y con camino recorrido antes de que el sol pique demasiado, pues el calor se hace insoportable y el extranjero está expuesto a coger un tabardillo, enfermedad que, aunque en menor grado, ocasiona en España más enfermedades de lo que parece, y especialmente entre los ingleses que se aventuran al sol sin precauciones por ignorancia o temeridad. Se debe llevar la cabeza cubierta con un pañuelo de seda, anudado en forma de turbante, como lo llevan los naturales del país; además de lo cual, nosotros, siempre forrábamos el sombrero con papel de estraza doblado. En Andalucía, durante el verano, los arrieros viajan de noche y descansan las horas de calor fuerte, pero este sistema no tiene nada de agradable, como no sea para los que no tienen interés en ver nada. Nosotros nunca le adoptamos. Las mañanitas, y los anocheceres, y las tardes frescas, son siempre preferibles, mientras que para el artista las espléndidas horas de la salida y la puesta del sol, las siluetas de las montañas que se destacan marcando las formas con las enormes sombras, son artísticas y bellas sobre toda ponderación. En estas regiones, casi tropicales, cuando el sol está alto se pierde el efecto de la sombra y todo parece plano y sin ningún relieve.
La jornada debe dividirse en dos partes, haciendo la primera la más larga: el paso debe calcularse en unas cinco millas por hora, para no tener al caballo en pie inútilmente; se le puede llevar al trote algunos ratos, incluso al subir pendientes suaves, pero siempre se le llevará al paso cuesta abajo, y si se le lleva de la mano, tanto mejor, con lo cual saldrán ganando jinete y cabalgadura. Es sorprendente el terreno que se gana con un paso sostenido: chi va piano, va sano e lontano, dicen los italianos; paso a paso se va lejos, se repite en Castilla. El final de la jornada diaria se debe determinar antes de salir por la mañana, y de este modo se tendrá la seguridad de llegar al anochecer. Los españoles no son aficionados a llegar apresuradamente a sitios donde nadie les espera; ni tampoco se consigue nada tratando de dar prisa a hombres o a animales en España: tanto valdría apremiar a una cancillería de Corte. Los caballos deben descansar, si es posible, cada cuatro días, y no se deben utilizar durante la estancia en poblaciones, a menos que ésta exceda de tres días.
Lo primero que debe hacerse al llegar a los sitios de etapa, es mirarles los remos, limpiárselos perfectamente y examinar cuidadosamente los cascos y las herraduras, para ver si están como es debido: esta inspección ha de constituír un hábito. No hay que lavar las patas demasiado pronto, pues el frío repentino puede producirles fiebre; conviene dejarlos refrescarse y luego limpiarlos y engrasar bien los cascos; después se les puede lavar cuanto se quiera. Lo mejor, sin embargo, será dar de comer al caballo, desde luego, antes de proceder a su toilette, pues la marcha le habrá abierto el apetito, y la fatiga necesita inmediata reparación. Si a un caballo se le abruma con limpieza, es fácil que se aburra y no haga caso del pienso: después que ha comido se le puede limpiar, prepararle la cama como para por la noche, cerrar la cuadra y dejarle completamente tranquilo, cuanto más tiempo mejor: darle otro pienso una hora antes de salir a la jornada de la tarde, y a la llegada, por la noche, hacer con él exactamente lo mismo que por la mañana. La comida debe regularse con arreglo al trabajo: cuando éste es mucho, puede dársele cebada a manos llenas y no abusar de la hierba, pues lo que se necesita es acumular resistencia, no por cantidad, sino por calidad. Los españoles dicen que un bocado de carne vale por diez de patatas. Si vuestro caballo es inglés, bueno será recordar que ocho libras de cebada equivalen a diez de avena, porque contienen menos pellejo y más fécula, cosa que saben muy bien nuestros tratantes en ganado cuando necesitan rehacer a un caballo; dar de comer con exceso a un animal en el clima de España, lo mismo que hacerlo con el jinete, es predisponerlos a fiebres y congestiones, enfermedades más comunes en Gibraltar que en ninguna otra parte de España, porque nuestros compatriotas hacen la misma vida que si estuvieran en su país.
De todos modos, se debe alimentar bien al caballo, ya sea con una cosa, ya con otra; si no, vuestro escudero español, al estilo de Sancho Panza, os atormentará con proverbios como: tripas llevan pies; de paja o heno, el vientre lleno, etc., etc. Los españoles permiten que sus caballos, cuando van de camino, beban en todos los ríos y arroyos, diciendo que no hay nada que siente mejor que el agua batida, y ellos dan el ejemplo, pues en todos los regatos se echan de bruces y, como dice el refrán, beben agua como un buey, y cuando se tercia vino, lo mismo que un rey. Si se lleva, pues, un caballo español que esté acostumbrado a este continuo beborrotear, será bueno dejarle, pues si no, hasta puede tener fiebre. Si el animal es cuidado a la inglesa, esto es, bebiendo solamente después de cada pienso, el sistema español le perjudicaría en extremo, pues podría hacerle romper en sudores que le debilitarían mucho. Si llega muy cansado, le sentará muy bien unas gachas templadas hechas con harina de avena, y si no la hubiere, de harina cocida. Por la noche es conveniente que esté sobre estopa húmeda o estiércol de caballo, pues el de vaca es muy difícil de encontrar en España, donde las cabras producen la leche, y los holandeses, manteca.
Los remos deben estar siempre muy cuidados, pues como un caballo tiene doble que una persona, necesita también doble atención; y ¿de qué sirve un cuadrúpedo que no puede sostenerse sobre una pata? Esto es una cosa muy sabida y tenida en cuenta por los comerciantes, que son los únicos que hoy viajan a caballo en Inglaterra. Las herraduras hacen o estropean a los caballos, y ninguna persona sensata en España o fuera de España, que tenga un cuadrúpedo o siete pesetas, dejará de poseer la admirable obra Miles on the Horse’s Foot. «Todo caballero andante—dice don Quijote—debe saber herrar a su Rocinante». (Rocín es la palabra árabe para caballejo). Por lo menos debe saber cómo se hace este calzamiento. Como norma general debe seguirse la costumbre de llevar el caballo al herrador, el cual hará las herraduras para sus cascos, pues de ningún modo se le deben poner herraduras hechas de antemano. Si se tiene en algo la comodidad y el bienestar del animal, se le sujetarán las herraduras delanteras con cinco clavos, a lo sumo, en la parte de afuera, y con dos sólo en la interior, y éstos, cerca de la pezuña. De ninguna manera se le pondrán clavos a todo alrededor que formen un inflexible cerco de hierro muerto a un casco vivo que tiende a desarrollarse; convendrá acordarse siempre de llevar a prevención alguna herradura con clavos y un martillo, porque por falta de un clavo puede perderse una herradura, y la falta de una herradura puede producir al jinete una descalabradura. En algunas partes de España donde no existen caminos modernos, se puede ir con la cabalgadura casi desherrada, como lo hacían los antiguos y se hace en algunas partes de Méjico; pero un casco no protegido no puede soportar el continuo desgaste y la limadura de una carretera moderna.
El caballo estará probablemente en tales condiciones al poco tiempo del viaje que no necesitará más medicinas que su propio amo; sin embargo, un terrón de sal gema y un trozo de cal puesto por la noche en el pesebre, le harán un efecto tan beneficioso como al jinete un vaso de agua de Epsoms y soda. Se debe lavar muy bien la larga cola y las crines, que son el orgullo de los caballos españoles, tanto casi como un hermoso pelo en una mujer, con agua y soda, pues el álcali, combinado con la grasa del animal, forma un astringente muy beneficioso. Un gran remedio para los accidentes a que un caballo está expuesto durante el viaje, tales como coces, cortaduras, distensiones, etc., son los fomentos de agua caliente, que se deben aplicar bajo la vigilancia del jinete mismo, para que no lo hagan mal o dejen de hacerlo, pues el agua caliente, según la familia lacayuna, se ha hecho para recibir algo más fuerte. La baticola y el pretal son indispensables cuando se ha de andar subiendo y bajando por montañas. El mosquero da mucha comodidad al caballo, pues como está en constante movimiento y lo lleva colgado delante de los ojos, le espanta las moscas; el cabezal de cuadra no debe quitársele nunca, sino que se arrollará durante el día sujetándole a un lado de la cara. La cola también se les suele atar cuando los caminos están llenos de lodo, y se les ata en la forma en que nuestros marineros y guardas montados usaban llevarla.
El traje y demás avíos del jinete son muy dignos de tener en cuenta. Lo que se debe procurar es pasar inadvertido entre la multitud o ser tomado por uno de nosotros, uno de la familia; para ello lo mejor será adoptar el traje que usan comúnmente los naturales del país cuando viajan a caballo, o valiéndose de cualquier otro medio de comunicación, entre los cuales no se cuentan los mails y diligencias anglo-francesas. Los españoles de todas clases sociales, al trasponer las puertas de la ciudad, se visten como la gente del campo. Huyen deliberadamente de los trajes y costumbres de población, que sólo sirven para llamar la atención y exponerlos al ridículo o a las groserías de los campesinos, arrieros y demás gente que son dueños de los caminos, odian las novedades y se atienen a las maneras y modas de sus abuelos. El sombrero más propio es el calañés, que se parece mucho al que usan en Astley los bandidos: es de forma cónica y va ribeteado de terciopelo negro y adornado con borlas de seda, y resulta tan bien puesto en un cockney[33] como en un hacendado de Devonshire. La chaqueta puede ser la universal zamarra, hecha de piel negra de oveja o de cabritilla, cuando pueda costearse; no se olvidará la faja, que es más útil de lo que puede suponerse, pues abriga los riñones y el vientre y preserva de los cólicos, tan generales en España, manteniendo un calor igual en el abdomen; así que ir bien envuelto, al modo de Homero, es tener ya ganada la mitad de la batalla para el que viaja por la Península.
La capa o la manta y las alforjas son absolutamente indispensables y se deben poner sujetas a la perilla de la silla; de este modo dan menos calor al caballo que si van colgando a los lados, y, además, estarán así más a mano para usarlas de repente, pues en este país de valles y montañas el jinete está constantemente expuesto a rápidas variaciones de tiempo, cuando Eolo y Febo se disputan su capa, como en las fábulas de Esopo, y las cataratas del cielo se desatan sobre él en cuanto al dios del fuego le parece que está suficientemente horneado.
Nada más conveniente, oriental y clásico que las alforjas; constituyen el verdadero bagsman y han dado su nombre a nuestros viajeros a caballo. Son el Sarcinae de Catón el Censor, el Bulgae de Lucilio, que les compuso un epigrama:
lo cual, en inglés, puede decirse, aludiendo a lo muy necesarias que son para el español moderno:
Los paisanos de Sancho Panza, cuando van de camino, hacen el mismo uso de sus alforjas (exceptuando el lavarse) que los romanos; constantemente las llevan encima, encerrando en ellas su corazón, al mismo tiempo que el pan y el queso.
Estas alforjas españolas son, por el nombre y el aspecto, el árabe al horeh (la f y la h, como la b y la v, y la x y la j, son casi equivalentes y se usan indistintamente en la cacografía española). Generalmente son de algodón y estambre y tienen bordados en colorines caprichosos dibujos; lo más elegante es que lleven en una de sus orillas el nombre del propietario, el cual debe estar bordado por la delicada mano de su adorada dama. Las fabricadas en Granada son muy buenas; las morunas, especialmente las procedentes de Marruecos, van adornadas con una porción de borlitas. Cuando los campesinos bajan de sus cabalgaduras al entrar en los pueblos, y los monjes mendicantes cuando van pidiendo limosna para sus conventos, se echan las alforjas al hombro.
Una de las cosas que para todo el mundo es conveniente llevar en la alforja del lado derecho, para alcanzarla con más facilidad, es un par de anteojos azules o antiparras, pues la oftalmía es muy común en España, y especialmente en las llanuras calcinadas del centro; no hay nada de verdura que amortigüe el resplandor constante; el aire es seco y las nubes de polvo son irritantes en extremo, pues van cargadas de nitro. Un remedio muy eficaz contra esta afección es lavarse frecuentemente los ojos con agua caliente y no tocárselos en absoluto cuando se tenga la menor inflamación, como no sea con el codo: los ojos, con los codos. Los españoles nunca bromean con sus ojos o con su religión; en muchos casos parecen más aficionados a los primeros, no ya cuando brillan bajo las cejas arqueadas de una morena, sino sencillamente cuando están colocados en su propia cabeza. «Te quiero más que a mis ojos» es una expresión vulgar de afecto; y aun en los casos en que le tiene más rabia al más odiado enemigo, jamás le desea nada malo para sus órganos visuales.
Todo el arte de las alforjas consiste en colocar en ellas lo que se necesita con más frecuencia y en el sitio más propio y asequible. Se debe llevar, pues, en ellas dinero suelto para el lisiado y el ciego y los mil casos de miseria y dolor humanos que el viajero ha de contemplar necesariamente en un país donde, suprimida la sopa conventual, aun están sin nombrar los empleados que deben aplicar la nueva ley contra la mendicidad; esta caridad de la bolsa de Dios nunca empobrece la bolsa del hombre, y el hombre caritativo, aun cuando esté muy en oposición con los economistas modernos, es siempre alabado en ese libro pasado de moda que se llama la Biblia. El lado izquierdo de las alforjas debe reservarse para los estuches de escribir y de aseo, que, cuanto más pequeños sean, tanto mejor.
No hay que descuidar el pasto espiritual. La biblioteca del viajero, al igual que los compañeros de viaje, debe ser escogida y buena: libros y amigos, pocos y buenos. Las ediciones en dozavo son las mejores, pues un libro pesado mata al caballo, al jinete y al lector. Los libros son cuestión de gusto: unos prefieren a Bacon, otros, a Pickwick; a todo evento debe incluírse una edición de bolsillo de la Biblia, de Shakespeare y del Quijote; y de creer que debe seguirse el consejo del bueno del doctor Johnson, uno de aquellos libros que pueden ser llevados en la mano y leerse al lado del fuego. Marcial, una gran autoridad en materia de Manuales españoles, recomendaba «libros de este tamaño como compañeros de un largo viaje». Los en cuarto y los infolio, decía, se deben dejar en casa en los estantes: