Una excursión a caballo por España se ha considerado equivalente a prestar servicio en una campaña, y era una frase del gran Condé: «Si queréis saber lo que es pasar trabajos, haced la guerra en España». Sin embargo, en los miles de leguas que hemos recorrido nosotros, no hemos sufrido esa horrible privación que hemos mantenido a respetable distancia por prestar una viva y constante atención al proverbio: Hombre prevenido nunca fué vencido. Nada hay como la previsión y las provisiones. «Si queréis conocer—escribe el proveedor duque a lord Hill desde Moraleja—haréis bien en traer lo que os parezca, pues yo no tendré nada». La antigua costumbre de la tuna estudiantil es muy conveniente en los caminos de España:
El que va preparado nunca se verá en un apuro; por lo tanto, el hombre prudente debe llevar siempre, en España, víveres para dos o tres días, como hacía el valeroso Dalgetty, y su cocinero, como Sancho Panza, no debe tener otros pensamientos en su cabeza que los de cómo transportar en sus alforjas la mayor cantidad posible de comestibles.
En todas las ciudades que medianamente merezcan ese nombre que encuentren en el camino, se proveerá ampliamente de té, azúcar, café, aguardiente, aceite bueno, vino y sal, para no hablar de los sólidos, y así, llevando algo preparado, tiene suficiente vagar para forrajear y ocuparse de otras cosas. Los que llevan un corps de réserve de que echar mano—tal como un jamón o un pavo fiambre—pueden siempre convertir en un oasis cualquier rincón del desierto. También puede confiarse la unión del alma con el cuerpo al azar de una venta, de las que más adelante hablaremos; pero esa no ofrece sino un miserable trato para una persona de buen juicio. Y aun cuando no fuese necesario para uno mismo, llevar provisiones a prevención siempre servirán para socorrer a los pobres que se encuentran en el camino constantemente en España, para los cuales es casi desconocido el sabor de ciertos manjares y consideran como un festín las migajas que caen de la mesa de los ricos. La satisfacción y el agradecimiento con que devoran los restos son tan agradables al corazón del donante como al estómago del donatario, pues las mejores medicinas del pobre están en las bodegas, cocinas y despensas de los ricos. Los criados cuidarán escrupulosamente de los equipajes y las vituallas, que pueden ser sisados y saqueados, en las ventas, donde no siempre suele reunirse gente de la buena sociedad; todo deberá ir muy bien empaquetado y atado, porque el diablo siempre anda al acecho: ata al saco, ya espiga el diablo.
Antiguamente los viajeros de campanillas llevaban una olla de plata con llave: el guardacena. Esta idea ingeniosa ha dado asunto para muchos chistes en cuentos y comedias. Madame D’Aulnoy nos relata lo que le ocurrió al arzobispo de Burgos y su ortodoxa olla.
No hay nada en la vida como empezar bien una cosa, y así llegarán todos sanos y salvos a la primer parada. Al llegar a una posada, el cocinero no debe declarar que lleva provisiones y tratará de sacar cuanto pueda de los demás, y mucho se consigue de pedirlo y llorarlo, pues hasta un chico español sabe que el que no llora no mama; la cuestión es no echar mano de las reservas sino en caso de absoluta necesidad, y durante el día estar ojo avizor y recoger cuanto halle comestible a mano, donde se pueda y cuando se pueda.
Si el cocinero sabe salir bien a la carga sin perder la serenidad, cogerá la gallina y también los huevos. Todo lo que cae en la red es pescado, y, como decían Buonaparte y sus mariscales, nada debe ser demasiado para su ambición ni demasiado poco para su rapacidad. Pero por supuesto, que debe pagar lo que vaya recogiendo, cosa que no hacían esos señores; así las frutas, las cebollas, las verduras, como de todas maneras hay que comprarlas en alguna parte, más vale hacerlo en cuanto caigan a mano. Los campesinos, con su afición a la caza furtiva, facilitarán esta tarea, pues constantemente ofrecen perdices, conejos, melones, liebres, pues en este país de lo imprevisto, cuando menos se piensa, salta la liebre. A pesar de que Don Quijote creía que era de mal agüero encontrarse una liebre al entrar en un pueblo, que no asuste esto al intrépido viajero, sino que inmediatamente mande guisar el presagio, pues una liebre es considerada por los españoles, como en tiempo de Marcial, como la flor y nata de los cuadrúpedos comestibles y ningún entendido preferirá otro manjar, pues, como se dice: A perro viejo échale liebre y no conejo. Con todo, y a pesar de este proverbio, a falta de la liebre no deben desdeñarse en modo alguno los conejos. En España abundan a tal punto, que los antiguos naturalistas le consideraban un animal indígena y llegaron hasta a derivar el nombre España de Sephan, conejo, que los fenicios encontraron aquí por primera vez. Sea como quiera, los tímidos orejudos se pueden ver en las primitivas monedas ibéricas como se seguirán viendo durante mucho tiempo en sus amplios yermos y mesetas. Dicho sea de paso, bueno será desconfiar de un conejo o una liebre ya guisados que le ofrezcan a uno en una venta, por más que si el consumidor no se entera de que sea un gato lo que come—ojos que no ven, corazón que no siente—más valdrá no meterle en aprensión, pues será una lástima sacarle de su error gastronómico, y no puede decirse que le hayan robado, pues el engaño y no el gato es lo que duele. Pol! me occidistis, amici. El cocinero, por tanto, deberá asegurarse de antemano de la honradez de los ingredientes de cada uno de los platos que presenta a su señor.
Al hablar de la cocina de la Península, hay que dar por todos estilos la preferencia a la olla, término con el que se designa cierto plato y el cacharro de barro en que se prepara, lo mismo que la palabra plato (dish), en inglés, significa el manjar y el utensilio en que se sirve. Puede asegurarse que el genio culinario español está condensado en la olla, como estaba el poderoso Jinn encerrado en un bote, según los cuentos de las Mil y una noches. Los vivarachos y gastronómicos franceses, que son, sin género de duda, los que en materia de cocina van a la cabeza de la civilización europea, se burlan de las bárbaras prácticas gotoibéricas, por considerarlas más tenebrosas que Erebo y más ascéticas que estéticas. Según ellos, el desayuno peninsular consiste en una cucharadita de chocolate; la comida, en una cabeza de ajo empapado en agua; y la cena, en un cigarrillo de papel; y al decir de su parfait cuisinier, la olla se hace con dos cigarros cocidos en tres galones de agua; pero esto es una calumnia inventada por un enemigo.
La olla sólo se hace bien en Andalucía, y solamente en las casas cuidadosas y bien acomodadas. En el resto de España se llama puchero, y es un plato mezquino, compuesto de vaca cocida con garbanzos y algún embutido. Los garbanzos son la legumbre propia del país, la patata, por decirlo así, y su uso demuestra un estado precario de la ciencia hortícola. Fueron introducidos por los cartagineses: es el puls punica (ingrediente especial, como el fides punica de todos los gobiernos y la hacienda españoles) que proporcionó tal regocijo a Plauto, que introdujo en la escena al fultifagonides o fenicio comedor de garbanzos, que hablaba fenicio, de igual manera que Shakespeare introdujo al galés comedor de queso tostado, hablando galés. Los garbanzos necesitan estar en remojo mucho tiempo, pues de lo contrario están más duros que balines: un ingenioso francés, después de lo que él llamaba la apología de una comida, los comparaba en su estómago vacío a un puñado de guisantes secos rodando dentro del tambor de un niño.
La verdadera olla—la antigua y reputada olla podrida o pot pourri (el epíteto no se usa ahora)—es muy difícil de hacer, y, desde luego, es imposible comer una medio regular fuera de España, porque para ello se necesitan una porción de cosas puramente españolas y, sobre todo, mucho cuidado: el cocinero tiene que poner sus cinco sentidos en el puchero o en los pucheros, pues es mejor hacerlo en dos. Tienen que ser de barro, porque, como el pot-au-feu francés, el plato no valdrá nada si se hace en un cacharro de hierro o de cobre; se tomarán, por tanto, dos, y se pondrán al fuego con agua. En el número uno, se echarán garbanzos que hayan estado en remojo toda la noche, un buen pedazo de carne de buey o vaca, un pollo y un gran trozo de tocino, y se hará que cueza un rato de prisa, y después se apartará para que siga hirviendo a fuego lento; necesita cuatro o cinco horas para estar bien hecho. En el número dos, se ponen con agua cuantos vegetales se hallen a mano: lechugas, coles, un pedazo de calabaza, zanahorias, judías, apio, escarola, cebollas, ajos y pimienta larga. Todas estas cosas han de lavarse muy bien, previamente, y picarse como si fueran para ensalada; después se añadirán chorizos y un pedazo grande de cabeza de cerdo salada, que habrá estado en agua toda la noche. Cuando todo está cocido suficientemente, se escurre muy bien el agua y se tira. Hay que cuidar de quitar la espuma de los dos pucheros. Una vez cocido todo, se apareja una gran fuente, y en el fondo se ponen las verduras, y en el centro, la carne, acompañada del tocino, el pollo y la cabeza de cerdo. El chorizo se colocará alrededor, formando corona, y todo se rociará con caldo del puchero número uno, sirviéndolo muy caliente, como Horacio hacía: uncta satis pingui ponentur oluscula lardo?[41]. No hay perfume de violeta que pueda compararse al que al pasar despide una olla; los mirones que presencian su paso, suspiran, con la boca hecha agua, al ver y oler la rica carga que, arrojando humo, se aleja de ellos.
Esta es la olla en grande, tal como, según Don Quijote, sólo la comían los canónigos y rectores de colegio[42], pudiéndosela comparar con la sopa de tortuga, que es tan exquisita y nutritiva que constituye por sí sola una verdadera comida. Un canónigo de Sevilla, antiguo dignatario en la edad dorada anterior a las reformas y desamortizaciones que apagaran el hogar de las cocinas eclesiásticas, y cuyo puchero corriente era de primer orden, nos decía que en los días de fiesta solía poner en la olla pavo en vez de pollos, añadiendo un par de peros de Ronda y tres batatas dulces de Málaga. Su opinión es muy digna de tener en cuenta, pues se trata de un buen canónigo católico, apostólico, romano, que creía todo, absolvía todo, bebía todo, comía todo y digería todo. Como regla general, puede asegurarse que cuanto sea bueno en sí, será a propósito para la olla, con tal de que—según dicen siempre los viejos libros españoles—no contenga cosa que se oponga a nuestra santa madre Iglesia y santa fe católica y buenas costumbres. Tal olla no es fácil encontrarla yendo de camino, pero es muy propia para hacer recuperar las fuerzas perdidas cuando se llega a una ciudad. Naturalmente, la olla se hará con lo que pueda encontrarse. En las casas particulares el caldo del puchero número uno se sirve con pan, en una sopera, y la frugal mesa se cubrirá de los demás componentes de la olla, en fuentes separadas, y si queda algo, frío o recalentado, sirve para la cena.
Las verduras y el tocino son indispensables, pues sin las primeras la olla no es nada: Olla sin verdura, ni tiene gracia ni hartura; y el segundo es tan esencial como cita un texto de San Agustín en un sermón:
El tocino es mucho más apreciado en toda la extensión de la Península que éste u otro cualquier padre de la Iglesia, pues la afición a la carne de cerdo corre parejas con la que se tiene por el líquido que suele luego encerrarse en la piel del mismo animal, y no falta razón para ello, pues el cerdo de España ha tenido siempre y tiene un gusto incomparable; el tocino es gordo y sabroso, los embutidos deliciosos y el jamón trascendentalmente superlativo, para usar la expresión de Diodoro-Siculos, hombre de mucho gusto, saber y entendimiento. No hay, pues, que avergonzarse de sentir cierta predilección por los cerdos de España, y se nos perdonará que hablemos algo de ellos.
En muchas provincias de España los cerdos son más numerosos que los burros. Como los de Extremadura, la Jamonópolis de la Península, son los más estimados, los citaremos especialmente. Esta comarca, a pesar de ser la menos visitada por los españoles y los extranjeros, es interesantísima para arqueólogos y naturalistas; muchas han sido las correrías que nosotros hemos hecho por sus intrincados bosques de carrascos y por sus despobladas y aromáticas llanuras.
El Gobierno de Madrid parece haberse olvidado hasta de la existencia de esta región, antiguo granero bajo los romanos y los moros, y abandonada hoy a la feræ naturæ, a los ganados trashumantes, a la langosta y a los puercos. La entomología de Extremadura es infinita y perfectamente desconocida—de minimis non curat Hispanus—, pero el cielo y la tierra son pródigos en los seres diminutos. La naturaleza es más activa y prolífica allí donde el hombre es más perezoso y menos industrioso, y en estas solitarias llanuras, donde no rompe el silencio una voz humana, el aire fragante resuena con el zumbido de multitud de insectos que van de un lado para otro en busca de amor o de comida, sin preocupación de viviendas ni de cocinas, regocijados con el buen tiempo, que es la alegría de sus menudas almitas y de su feliz y efímera existencia. Ovejas, cerdos, langostas y palomas son los únicos seres vivientes con que el viajero tropieza durante horas y horas, y allá, de largo en largo, aparece un hombre como para demostrar lo raro que es allí su especie.
Grandes extensiones de esta región olvidada están cubiertas de bosques de encinas, hayas y castaños, pero estos paisajes maravillosos no tienen atractivo alguno para los naturales del país, ciegos a lo pintoresco, incapaces de pensar mas que en el número de cerdos que se podrán cebar con los carrascos y las bellotas, que aquí son más dulces y de mayor tamaño que las inglesas. La palabra bellota viene del árabe bollot; belot es el término que en las Escrituras se usa para designar el árbol y el fruto, que, con agua, constituía el alimento de los iberos primitivos, lo mismo que el del cerdo. Cuando las bellotas estaban secas, dicen los autores clásicos, se molían para hacer pan con ellas, y frescas, servían de segundo plato. Hoy mismo, muchas señoras de posición las comen como golosina en la ópera y otros sitios; la mujer de Sancho Panza las mandó como regalo a la duquesa, y son el asunto que tomó Don Quijote para su discurso a los cabreros sobre los goces e inocencia de la edad dorada y la felicidad pastoril, en que ellas eran la base de la cocina.
Durante la mayor parte del año los cerdos se alimentan como buenamente pueden, y recuerdan por su delgadez a aquellos animales, semejantes a galgos, que pasan por puercos en Francia. Cuando las bellotas están maduras y empiezan a caerse de los árboles, los voraces animales son llevados al campo desde los pueblos, que más bien pudieran llamarse reunión de pocilgas. Al anochecer vuelven a casa por su propia iniciativa, sin ser conducidos por nadie. Al llegar a la entrada del lugar emprenden un galope furioso como si estuvieran poseídos del mismo demonio, para llegar pronto a su casa, a la que cada cochino vuelve sin que nunca se equivoquen. Más de una vez hemos tropezado con uno de estos torrentes de cerdos, y hemos estado a punto de ser atropellados como le ocurriera a Don Quijote cuando fué realmente arrastrado por la piara numerosa y gruñidora. En la casa es recibido el galopín como un hijo pródigo o un padre cariñoso. El cerdo es el mimo del campesino; le crían con sus hijos y comparte con ellos, como en Irlanda, las pocas comodidades de sus chozas; lo respetan en todas partes, y con razón, pues es el animal que paga la renta. En realidad, es el verdadero ciudadano, pues, como en Sorrento, en Extremadura el hombre es considerado de origen inferior, sólo creado para cuidar las piaras de cerdos, que eran los que proporcionaban antes la buena vida a los canónigos toledanos, con la ventaja de que valen más después de muertos.
Es admirable cómo se engullen el dulce alimento; en realidad, el único deber de un buen cerdo—animal propter convivia natum—es engordar lo más que pueda en poco tiempo y después morir por el bien de su patria. Hay que observar, de acuerdo con la información de nuestros granjeros, que los cerdos dedicados a San Antón—a quien siempre se representa con una marrana al lado, como a Venus con una paloma—son los que engordan más pronto; por esta razón los puercos en España son rociados con agua bendita el día de este Santo, y se les suele matar hacia el 10 ó el 11 de noviembre, por San Andrés o San Martín, y de aquí el proverbio que dice: A cada puerco le llega su San Martín.
La matanza de un cerdo cebado es un acontecimiento en las familias españolas—que, por lo general, engordan uno—tan festejado como el natalicio de un hijo; además, es imposible que permanezca oculto por el alboroto enorme que se arma. Es una prueba de atención, por parte del dueño de la casa, celebrar el feliz acontecimiento enviando a sus amigos íntimos alguna parte de los despojos. La mayor vanagloria del español es la limpieza de su sangre, es decir, que no haya en ella mezcla alguna de los cerdófobos judíos o moros, cosa que, si los cerdos pudiesen razonar, deplorarían profundamente, pues los españoles han sido buenos consumidores de carne de cerdo, y lo han hecho tanto por razones religiosas como gastronómicas. El comer o no comer carne de un animal considerado inmundo por los impuros infieles, se convirtió en una prueba de ortodoxia y al mismo tiempo de pureza de fe y de buen gusto; y como ya hemos visto, el buen tocino tiene relación con la buena doctrina y con San Agustín. El nombre español tocino se deriva del árabe tachim, que significa gordo.
Los españoles, aun cuando excesivamente aficionados al cerdo y a su piel, conservan el odio oriental al animal inmundo en abstracto. Muy puerco es la expresión corriente para designar lo sucio, repugnante o asqueroso. Muy cochina es una frase que no perdonaría una mujer; es equivalente a la italiana vacca y al epíteto femenino canino usual entre las pescaderas de Billingsgate. El epíteto no implica tampoco fuerza moral, castidad, y en castellano culto no se nombra jamás el animal inmundo sin un rodeo o una excusa, lo cual es un resabio de la influencia árabe en las costumbres españolas. Haluf o cerdo, es aún el término más despreciativo con que los muslimes califican a los cristianos y se aplican hoy entre los ingratos argelinos contra sus bienhechores y panaderos los franceses, incluso contra el illustre Bugeaud[43].
La capital del distrito porcuno extremeña es Montánchez—mons anguis—y debe de ser, sin duda, el lugar montañoso donde el duque de Arcos cebó y curó ces petits jambons vermeils, que el duque de San Simón comió y admiró tanto: «ces jambons ont un parfum si admirable, un goût si relevé et si vivifiant, qu’on en est surpris: il est impossible de rien manger si exquis». El señor de Arcos acostumbraba encerrar sus cerdos en lugares abundantes en víboras, que ellos se comían, sin que se sepa que ni los cerdos, ni los duques, ni sus parásitos se envenenasen con estas exquisitas víboras. Según Jonas Barrington, los mejores cerdos de Irlanda son los que comen carne de rebelde. Un cerdo papista, el jabalí de Enniscorthy, fué enviado como muestra por haberse comido a un pastor protestante: fué condenado a muerte y deshonrado no haciendo tocino con él.
Los naturalistas han observado que las serpientes de cascabel en América se retiran ante su enemigo el cerdo, que de esta suerte viene a ser el gastador de la civilización en el Nuevo Mundo, como Pizarro, a quien amamantara una cerda, y que guardó puercos en su juventud, fué su conquistador. Sea como quiera, Montánchez es notable por sus cerdos, en todas las formas, lo mismo por los ricos chorizos que por los sabrosos embuchados, que se asemejan un poco a la mortadelle de Bolonia, aun cuando algo menos duros, y se comen, por lo general, cociéndolos previamente, aunque también están buenos crudos. Son los mejores trozos del cerdo, sazonados convenientemente, con los cuales, como en compensación, se llenan las tripas del voraz animal, que hasta muerto satisface su pasión dominante. Recomendamos vivamente a los aficionados al buen jamón, la casa de Juan Valiente, que hace poco era alcalde del pueblo, y los vende de unas 12 libras a razón de siete reales y medio (unos diez y ocho peniques), la libra carnicera, que tiene 32 onzas inglesas; como los derechos de introducción en Inglaterra son insignificantes, nos hemos surtido de todas estas chucherías, gracias a la amabilidad de un amigo del Puerto. La grasa de estos jamones (de donde se deriva nuestra palabra ham y gammon), cuando se cuecen, parece topacio derretido y el sabor no admite descripción, aunque hoy mismo lo he probado para asegurar la corrección y claridad de mi prosa, imitando a Lope de Vega, que, según su biógrafo el doctor Montalván, no podía escribir versos sin inspirarse con algunas magras y solía decir que: «Toda cosa es vil, a donde falta un pernil» (palabra en que reconocemos la perna con que recobrara fuerzas Horacio):
Los de Galicia y Cataluña son también muy famosos, pero no pueden ni por asomo compararse con los de Montánchez, propios para servidos a la mesa de un emperador. Los que únicamente pueden rivalizar con ellos son los de la Alpujarra, preparados en Trevélez, aldea dedicada a la cría de cerdos, que está situada al pie de las montañas de Sierra Nevada, donde también hemos hecho alguna excursión. Son llamados dulces, porque se emplea muy poca sal para curarlos; se tienen los jamones una semana en un adobo ligero y después se cuelgan al aire en sitio muy frío: este sistema sólo puede emplearse en aquella comarca donde hay seguridad de que la temperatura no varía. Aquellos de nuestros lectores que sean aficionados a los platos españoles, encontrarán buenos garbanzos, chorizos, pimentón, chocolate, chucherías valencianas, etc., etc., en casa de Figul, dignísimo catalán que tiene la tienda en el número 10 de Woburn Buildings, St. Pancras, Londres; el sitio no es mucho más frecuentado que el propio Montánchez, pero el correo interior llega perfectamente allí.
Como hemos llenado tanto espacio con esos excelentes tocinos y jamones, habremos de ser breves con nuestra restante lista de platos. Para hacer un pisto, hacen falta huevos, cosa fácil de hallar en casi todas partes: asegurarse por su transparencia de que están frescos y batirlos mucho. Después se toman cebolletas, y cualquier clase de hierbas finas que se tengan a mano; algunos pedacitos de carne que se guarden en la despensa, tal como pollo frío, jamón, pavo, etc., se mezclan con los huevos y se fríe todo rápidamente. Muchos españoles tienen un modo especial de hacer esta tortilla, que resulta un magnífico recurso para los estómagos delicados.
El guisado, como la olla, sólo puede hacerse bien en un puchero español, y de los que aquí importamos, los andaluces son los que le dan mejor gusto. Es un plato que todos los cocineros de las ventas hacen bien, salvo los que emplean aceite malo, y demasiado ajo, azafrán y pimentón. Es conveniente, pues, dirigirlo uno mismo: tómense liebre, perdices, conejo, pollos, o cualquier otra clase de carne que se haya uno podido procurar en el camino (hecho con faisán está también exquisito, cosa que hasta ayer no tuvimos ocasión de probar); córtese en trozos pequeños, apartando la sangre, el hígado y los menudillos; no lavar los pedazos, sino limpiarlos con un paño; fríanse con cebollas con el aceite que cabe en una taza de té, hasta que esté dorado, y pónganse después en un puchero con el aceite, e igual cantidad de vino y agua, teniendo en cuenta que aquél es mejor que ésta; el clarete le va muy bien y el valdepeñas mejor; añádase un poco de tocino, cebolla, ajo, sal, pimientos y un manojo de tomillo; póngase todo a la lumbre, espumándolo cuidadosamente y dejándolo cocer a fuego lento; media hora antes de servirlo se le agregan los menudillos; y cuando esté en su punto, lo cual puede saberse probándolo con un tenedor, sírvase muy caliente. Debe moverse constantemente con una cuchara de madera, y convendrá ir quitando la grasa cuando empiece a sobrenadar, pues es una cosa muy desagradable y que desacredita a un cocinero, el que esté grasiento el guisado. Hecho con cuidado y acompañado de una buena ensalada, constituye una cena digna de un cardenal y aun del mismo Santiago.
Otro plato excelente, pero muy difícil de hacer, es el pollo con arroz. Se come riquísimo en Valencia, y por eso se suele llamar Pollo valenciano. Se parte en pedazos un ave, que sea buena, y se limpia bien, sin lavarla; en una cacerola se pone un vaso pequeño de aceite fino, que se deja tostar, y cuando está se echa un pedacito de pan a freír, que se saca con una cuchara de palo y se deja aparte; se ponen después dos cabezas de ajo, teniendo cuidado de que no se quemen, porque entonces se vuelve amargo, meneándolos hasta que estén fritos; después se echa el pollo, dándole vueltas y añadiéndole un poquito de sal; aun cuando se oiga un chasquido, désele otra vuelta; cuando el pollo está bien dorado, es decir, a los diez minutos o cosa así de haberlo puesto en la cacerola, moviéndolo constantemente, se le echará cebolla picada, dos o tres pimientos verdes o encarnados, también picados, sin dejar de moverlo, pues si se pega a la sartén se echa todo a perder; se añaden tomates partidos en pedazos y perejil; se miden dos o tres tazas de arroz, que se mezclan bien con lo demás, cubriéndolo todo con caldo caliente y haciéndolo cocer una vez, y después se aparta y se deja a fuego lento hasta que el arroz está en su punto. La ciencia de este plato es que el arroz esté suelto y separado, no en una masa, como ocurre cuando se tapa la cazuela y se condensa el vapor.
Se nos puede objetar que estos guisos tan típicos no son fáciles de hacer en la cocina de una venta, pero la práctica hace que salgan a la perfección, y, además, toda el alma del artista está concentrada en un solo objeto y no dispersa en multitud de platos, que es el escollo en que muchos cocineros zozobran y donde muchas comidas se sacrifican a la visualidad y a la ostentación. Un solo plato y una sola cosa al mismo tiempo es la áurea regla de Bacon: muchos han sido los ratos de ansiedad que hemos pasado junto a un puchero, observando con el alma puesta en los ojos a la enjuta momia, cuya inteligencia, cuerpo y cuchara estaban pendientes de un solo plato: «—Bueno, abuela, ¿qué tal?, ¿qué guisado tenemos? Déjeme oler y probar la salsa. ¡Qué bueno va a estar! ¡Vamos, señora!, meta la cuchara una vez más. ¿Cómo se podrían mezclar el aceite, el vino y los jugos nutritivos sin menear continuamente? ¡Hija de mi alma!, dame el tenedor otra vez. Así, así. Per Bacco, ¡qué tierno está! ¡Dios te lo pague!» En realidad, esta blandura de la carne es la que la ha de hacer más digestiva; aquí el fuego y el cuchillo ayudan al estómago, que en esas posadas de Dios es muchas veces sobrecargado y condenado a morder una suela que pretende ser beefsteak.
Los huevos escalfados son en todo momento el recurso de la cocina más humilde. Los llaman huevos estrellados. Cuando se acompañan con tocino magro el plato se llama huevos con magra, sin que aquí lo de magras quiera decir sutileza de condición, sino que alude a la transparencia de las lonjas, aunque bien puede decirse que son gordas comparadas con esas que tan bien saben afeitar, por no decir trinchar, en Vauxhall. Para hacer este plato, con o sin tocino, se toman huevos y se cascan en una sartén llena de aceite frito o manteca de puerco. Hay que recordar, a pesar de que Estrabón dice, como cosa rara, que los iberos usan la manteca en vez de aceite, que ahora ocurre precisamente lo contrario; hace un siglo la manteca sólo la vendían los boticarios y se usaba como medicina para unturas, y solía ser abominable. Los españoles usaban generalmente la manteca salada de Irlanda u Holanda, y tenían ya la costumbre de considerar como cosa insípida la manteca pura, y no les importa que esté un poco rancia, pareciéndose en esto a los regidores, que gustan de la carne de venado algo pasada. En nuestros tiempos progresivos, la Reina Cristina tiene una lechería en Madrid, donde se hacen algunas libras de manteca fresca, parte de las cuales se vende o se vendía a los embajadores extranjeros para su desayuno. Recientemente se ha prestado más atención a la industria lechera en las provincias del noroeste, parecidas a Suiza. Los españoles, como los héroes de la Iliada, rara vez cuecen su alimento (exceptuando los huevos), por lo menos en agua, pues freír, después de todo, es cocer en aceite.
Los viajeros deben prevenirse contra el sugestivo nombre de manteca valenciana, que encontrarán en muchos sitios. Esta manteca se compone (la leche no tiene nada que ver en ella) de ajo y grasa de cerdo en partes iguales, amasado en un mortero y que se extiende sobre el pan, como solemos nosotros hacer con el arsénico para destruír los bichos. Gusta mucho a los campesinos, lo mismo que la sopa de sus vecinos, los catalanes, que se hace con pan y ajos fritos en aceite y agua caliente. Este plato se llama sopa de gato, probablemente porque les hará daño a los gatos, aunque no se lo haga a los catalanes.
Una cosa es verdaderamente deliciosa en España: la ensalada, y para hacerla, según el proverbio, se necesitan cuatro personas: un derrochador para el aceite, un tacaño para el vinagre, un consejero para la sal y un loco para revolver todo ello.—N. B. Póngase la ensalada en una ensaladera muy honda para que esta última operación pueda hacerse cómodamente. La ensalada es la gloria de las comidas en Francia y la desgracia de muchas en Inglaterra, incluso en las buenas casas, y esto por dos razones: primera, por poner en ella huevos, mostaza y otros ingredientes heréticos, y segunda, por hacerla mucho antes del momento de comerla, con lo cual la verdura, que debe estar fresca y tersa, se pone lacia y marchita. Por lo tanto, es conveniente preparar la ensalada en platos distintos y no mezclar el caldo hasta el momento de servirla. Tómese lechuga o cualquier otra clase de ensalada fresca, que no debe cortarse con cuchillo de acero, pues pone los bordes negruzcos y le da mal sabor; arránquese las hojas del troncho, que se tirará, pues suelen ser duras y amargas; lávense en varias aguas y séquense en una servilleta; en un tazón aparte se pone igual cantidad de vinagre y agua, una cucharadita de pimienta y sal y cuatro veces más aceite que vinagre y agua, y se mezcla todo bien. En un platito aparte se pican muy menuditas algunas hierbas finas, especialmente estragón y perifollo. Después se rocía la ensalada con el caldo y se le mezclan las hierbas, sirviéndola en seguida. Por hacer una ensalada mucho peor que ésta, hace unos cuantos años, un cocinero inglés cobraba una guinea.
Quedarían incompletas las noticias sobre la ensalada española si no dijéramos algo del gazpacho, esta especie de sopa vegetal que durante el verano constituye el principal alimento de los habitantes de la parte más calurosa de España. Es un plato de origen árabe, como lo indica su nombre; y se compone de cebolla, ajo, pepinos y pimientos, todo muy picado y mezclado con trozos de pan en una sopera llena de aceite, vinagre y agua fresca. Los segadores, y en general los labriegos, no pueden pasar sin este plato refrescante en el verano. Era el οζυχρατος de los griegos, el posca, alimento potable, comida y bebida potus et esca, que formaba parte de la ración del soldado romano, con el que gustaba de refrescar Adriano (un español) y en el que Baaz invitó a Ruth a que mojara su pan. El doctor Buchanan descubrió que algunos cristianos de Siria lo llamaban todavía ail, ail, Hil, Hila, que fué lo que Nuestro Señor pidió desde la Cruz, y los que entendían aquel dialecto se lo dieron de una vasija que estaba preparada para sus guardianes.
En Andalucía, durante el verano, en todas las casas suele haber una fuente de gazpacho por las tardes y se invita a los que llegan. Los extranjeros no lo digieren fácilmente, y no lo necesitan tanto como los naturales del país, cuyas almas están más secas y apergaminadas y transpiran menos. Los componentes del gazpacho: aceite, vinagre y pan, es todo lo que se les da a los trabajadores por los labradores que dicen que los alimentan; llevan suspendidos de sus carretas cuernos, la forma más primitiva de botella y vaso, que encierran estos componentes, con los que pueden hacer sus migas; este plato consiste en pedacitos de pan fritos en aceite con pimentón y ajo, y no se puede dar una idea más clara de la miseria de su comida que la expresión corriente buenas migas hay, empleándola para expresar que se tratan bien. En invierno se suele tomar el gazpacho caliente. ¡Oh dura messorum ilia! ¡Oh, el estómago de hierro de los labradores!
Al sumergirnos en el estudio de los líquidos españoles, no mezclaremos el vino con el agua, sino que los pondremos separados como suelen hacer en el país; la última merece ocupar el primer puesto, si seguimos la opinión de Píndaro, que consideraba el agua como la mejor de todas las cosas, en contra de lo sostenido por Anacreonte, que no era precisamente miembro de ninguna sociedad de templanza. La gran consideración del español por el agua es completamente oriental, pero, al mismo tiempo, como su sangre tiene tanto de gótico como de árabe, sus preferencias también se dividen, y si adora el claro líquido como un musulmán, venera el jugo de la uva lo mismo que un germano.
El agua es la sangre de la tierra y el purificador del cuerpo en las regiones tropicales y en las religiones que, rigiéndose por la latitud, obligan a frecuentes abluciones; grandes son las alabanzas de los escritores árabes a los arroyos y las fuentes y grande es su culto por las fuentes y manantiales, que, si se ha de dar crédito a lo que cuentan, hacen cosas más maravillosas que las de los hidropáticos de Grafenberg. La idea española de un paraíso en la tierra, de un jardín, es un recinto con mucha agua y bien distribuída; el riego es fertilidad y riqueza, y por esta razón las fuentes, los arroyos y los ríos han sido siempre, como en Oriente, causa de disputas; mejor aún, la palabra rivalidad puede decirse que se deriva de estas cuestiones y pleitos producidas por los ríos, como el nombre dado a la fuente, porque disputaron los hombres de Gerah e Isaac, se llamó esek por el contenido.
El curso del agua no se puede ocultar; la esterilidad más escueta bordea la más lujuriante abundancia, la más triste desolación se ve rodeada de una vegetación espléndida, y desde muy lejos se percibe la línea divisoria entre un desierto y un oasis. Los moros, que vinieron de Oriente, apreciaron mucho el valor de este elemento; recogieron con el mayor cuidado los manantiales mejores y los canalizaron, embalsándolos también en grandes estanques y cisternas, y construyeron magníficos acueductos; en una palabra, ejercieron una mágica influencia sobre este elemento, que guiaron y aprovecharon a su gusto. Su sistema de riegos fué tan perfecto, que no ha sido mejorado ni destruído. En las regiones en que subsiste este sistema, Flora sonríe eternamente y Ceres juguetea con Pomona; donde la devastación de la guerra o la negligencia del hombre han acabado con él, el paraíso ha dejado el sitio al desierto y las llanuras, abundantes un día en trigo, alegría y vida, son hoy campos de tristeza y desolación.
Las fuentes en España, especialmente en las comarcas más calientes y en las regiones árabes, son muy numerosas, y no pueden menos de chocar y agradar al extranjero el verlas en las plazas públicas, en los paseos o en los jardines. El modo de aprovechar el agua es muy sencillo: el río, que baja despeñándose de la montaña, se detiene a cierta distancia de su nacimiento y se canaliza artificialmente y es conducido a un recipiente colocado a más altura que la ciudad que ha de surtirse de agua. Como ésta tiende a buscar su nivel, la fuerza, el cuerpo y altura de algunos de los surtidores es de muy regular altura.
En nuestro frío país, donde, excepción hecha de Charing Cross, los manantiales son conducidos, enterrados e invisibles, este borbotar de agua, este brillar de diamantes al sol que refrescan el aire y alegran la vista y el oído son absolutamente desconocidos, y aquí, en cambio, hay tal derroche de ella que llamaría la atención del director de las obras hidráulicas de Chelsea y le inducirían a activar la cobranza de multas por medio del recaudador de contribuciones. Pero como el deseo de muchos de los españoles de levita es imitar a los extranjeros, se avergüenzan del sistema primitivo de sus antepasados y muchos de ellos prefieren la económica cañería a su extravagante y gratuito chapoteo, y un grifo a la más oriental Rebeca que vaya por agua a la fuente.
Las fuentes en España, como en Oriente, son los sitios de reunión y de visita de las mujeres; a ellas acuden jóvenes y viejas, nietas y abuelas, formando un conjunto que volvería loco a un pintor por lo abigarrado de los colores de los trajes, los grupos que se forman y el alboroto y griterío que se escucha. De cuando en cuando se ve un grupo de mozuelas, verdaderas sacerdotisas de Hebe, de formas regulares y paso de gacela, ligero, pero firme, que, más graciosas que bailarinas de ópera, vienen riendo y parloteando, balanceando en la cabeza cántaros de forma antigua, que no envidiarían nada a un jarro de Sèvres. Cualquiera se figuraría que el coger agua es alguna operación difícil al ver el tiempo que pasan junto al amado borde de la fuente. Pero es que, en realidad, aquel es su paseo, su tertulia; en el momento que están allí descansan las mujeres de su trabajo continuo y atienden sólo al cántaro; aquí, sobre todo, después de misa, las jóvenes discurren sobre amores y vestidos; las de mediana edad y madres, de sus casas y de sus hijos; todas hablan y, por lo general a un tiempo, y la chismografía anima a las hijas de Eva, lo mismo en el elegante gabinete, que en la fresca fuente, cuyas aguas, si se les añade un punto de escándalo, son más dulces que la miel.
Los iberos fueron decididos bebedores de agua, y este rasgo de sus costumbres, que se han modificado mucho, existe aún, lo mismo que el sol que las regula: el griego Ateneo se asombraba de que muchos ricos españoles prefiriesen el agua al vino. Por lo general, beben el vino que les presentan y no prueban el agua, en cambio, sin averiguar su calidad. Nuestro cocinero Francisco, que tenía una de las mejores casas de Sevilla y que, aun cuando un gran artista en su arte, era un consumado bribón (cosas que no son incompatibles), prefirió sacrificar sus intereses a ir a Granada porque había oído decir que el agua de esta capital era mala.
La madre de los árabes sufrió el tormento de la sed y sus hijos hispanomoros lo han heredado; en realidad, cuando el sol aprieta de firme, que es cosa demasiado frecuente, si el barro mortal no se humedeciera con frecuencia, es fácil que llegara a hacerse pedazos como una figura que modela un escultor. Fuego y agua son los elementos de España; o un auto de fe o una pila de agua bendita. Con un cigarro en la boca, un español echa tanto humo como el Vesubio, y es igualmente seco, combustible e inflamable. Y para comprender con exactitud la observación de Salomón de que el agua fresca es tan necesaria al alma sedienta como las buenas nuevas, hay que haber sentido la sed en las peladas llanuras de la calcinada Castilla, donde la insolación es cosa corriente y donde, al ir a caballo, parece como si se le fueran a uno a derretir los sesos, lo mismo que a Don Quijote cuando Sancho le metió el requesón en el yelmo. Empleando las palabras del viejo Howell diremos: «Los rayos que os calientan en Inglaterra, os tuestan aquí; los que allí sólo irradian luz y doran los campos de madreselva, aquí abrasan y resecan el resquebrajado suelo y llenan de arrugas la faz de la madre común».
Cuando los cielos y la tierra arden, cuando el sol ha hecho desaparecer los ríos, tragándoselos de un sorbo; cuando un tono de siena quemada cubre todo el atezado suelo, y la verde hierba se ve arrugada y escondida entre un polvo negruzco, y los escasos olivos aparecen revestidos con la cenicienta librea del desierto; cuando el calor y la sequedad hacen que incluso los arrieros salamandras juren más fuerte, mientras trajinan como demonios entre un polvo ígneo y salitroso, entonces, repetimos, es cuando un inglés puede convencerse de que está hecho de la misma materia, sólo que más seca, y apreciar el valor del agua. Pero una sed fuerte es un mal demasiado serio, demasiado cercano al sufrimiento para poder hacerlo, como el apetito, motivo de satisfacción, pues cuando todos los líquidos se han evaporado y la sangre se cuaja como jalea y los nervios adquieren la tensión de una cuerda de violín, poniéndose a tono con la excesiva irritabilidad del cerebro, ¡cómo el alma abrasada suspira por las apacibles praderas de Escocia y con qué anhelo se descansaría la garganta con las húmedas nieblas de Devon! Con esta sed inextinguible del desierto, cualquier bruja amojamada que aparece a la puerta de una choza con un jarro de agua nauseabunda, se convierte por espejismo en una Hebe que lleva el néctar de los inmortales y se desea llegar a la venta más repugnante, porque en ella, al menos, se tiene la seguridad de encontrar agua y sombra y escapar a los rayos de Febo. Los historiadores españoles pueden presumir perfectamente de que al crearse el sol, lo primero que iluminó fué Toledo, y nunca se puso en los dominios del gran rey, que, según nos asegura el señor Berni, «tuvo el sol por sombrero»; pero los humildes mortales que no pertenecen a la aristocracia de este sistema solar, y para los cuales una insolación no sería cosa de juego, harán bien en procurar preservarse del calor, colocando alguna defensa entre el sol y sus sombreros. Así nos hicimos respetar de Febo, y si vosotras, lindas lectoras, llegáis a correr tales riesgos, tomad por Dios con vosotras, si en algo estimáis vuestro cutis, un quitasol y una alcarraza.
Este chisme de barro—como lo indica su nombre árabe, al karaset—es una vasija porosa y refrigerante, en la cual el agua colocada en una corriente de aire caliente se enfría por evaporación; se la ve colgada de pértigas suspendidas de los árboles, columpiándose en los vagones; forma parte integrante, en suma, de todo paisaje español de verano. En las posadas hay varias en hilera a la entrada, y lo primero que hace todo el que entra, antes de dar siquiera al ventero los buenos días, es echarse un trago; todo el mundo es entendido en la materia, y aun cuando a casi nadie pueda acusársele de ser abstemio, no dejan de prodigar grandes alabanzas al líquido elemento. Generalmente, todo el que bebe un trago suele alabarla exclamando: ¡qué agua más rica! Según el decir popular, el agua para ser buena no ha de tener ni sabor, ni olor ni color, y nunca enferma, ni adeuda, ni enviuda; y además de ser más barata que el vino, la cerveza o el aguardiente, tiene la ventaja de que no embrutece al que la bebe, ni le hace perder la cabeza ni la buena crianza.
Como los españoles siempre están más secos que el desierto o que una esponja, es un negocio vender agua. En todos los prados y alamedas se oyen las chillonas voces de los vendedores de combustibles de boca, que gritan: Candela, candela, agua, ¿quién quiere agua?; y como a estos orientales les gusta exagerar, añaden que es más fresca que la nieve, y se ve a unos rapazuelos, que parecen niños de Murillo, que corren de un lado para otro con unas mechas encendidas, como si fueran artilleros, para comodidad de los fumadores, esto es, para el 99 por 100 de los hombres, mientras que los aguadores, o más bien pedestres acueductos, persiguen la sed como si fueran a apagar un fuego. Estos aguadores suelen llevar, como sus colegas de Oriente, un cántaro poroso a la espalda con un grifo para sacar el agua y una especie de caja de hoja de lata sujeta a la cintura con una correa, donde coloca los vasos y los azucarillos o panales, una mezcla de azúcar y clara de huevo que los españoles echan y disuelven en el agua. En las ciudades, en cierta época del año y en los puestos que se dedican a la venta de bebidas, suele haber debajo de un toldo unas filas de jarros, vasos, naranjas, limones, etcétera, etc., y un banco o dos para que los bebedores descansen. En invierno tienen un anafre, o sea una estufita portátil, para tener agua caliente y poder quitarle la crudeza, pues en España, por una especie de hábito hidrópico, se bebe como peces durante todo el año. Cuentan que Fernando el Católico, una vez que encontró a un campesino ahogado en un río, dijo «que nunca había visto a un español harto de agua».
Hay que observar que los españoles son mucho más pródigos del líquido elemento para el interior que para el exterior de sus cuerpos. Un autor clásico dice que en España no se conoció el uso del agua caliente para el tocador hasta después de la segunda guerra púnica. Los baños y las termas fueron destruídos por los godos, porque suponían que contribuían al afeminamiento, y los de los árabes se prohibieron, en parte, por las mismas razones, pero principalmente por una hidrofobia religiosa. Las abluciones y purificaciones lustrales son artículo de fe entre judíos y musulmanes, para los cuales la «limpieza es piedad». Los frailes mendicantes, siguiendo su costumbre de establecer un principio contrario, consideraron la suciedad física como la prueba de la pureza moral y de la verdadera fe, y creían que comiendo y durmiendo desde el principio hasta el fin del año con el mismo sayal de lana, llegaban a la meta de su ambición, según su modo de apreciar el olor de santidad, y por esto, Jiménez, que era un franciscano de los que no usan camisa, indujo a Isabel y Fernando, en la conquista de Granada, a que cerraran y suprimieran los baños árabes. Y prohibieron, no sólo a los cristianos, sino también a los moros, que usasen otra agua que la bendita. Fuego, y no agua, fué el gran elemento de la purificación inquisitorial.
El bello sexo era amonestado por los frailes para que practicara lo que aquéllos predicaban, poniéndoles los ejemplos de Susana de Bathsheba y de La Cava, cuyos fatales baños, al pie del alcázar de Toledo, condujeron a la caída de la monarquía de los godos. Sus acuosos anatemas se extendieron, no solamente a los baños públicos, sino a los meros lavados privados, tanto que Sánchez ordena a los confesores españoles que pregunten sobre el particular a sus bellas penitentes y no las absuelvan si se lavan demasiado. Se podrían citar muchos ejemplos de haber puesto en práctica esta orden: Isabel, la hija predilecta de Felipe II, sus ojos, como él la llamaba, hizo voto solemne de no mudarse la camisa mientras no se tomara la plaza de Ostende. El sitio duró tres años, tres meses y trece días. La ropa de la princesa tomó un color pardo, que los cortesanos llamaron Isabel, en testimonio de admiración a la piadosa princesa. Southey cuenta que Santa Eufrasia entró en un convento donde había 130 monjas que nunca se habían lavado los pies y las cuales consideraban como una abominación sólo nombrar un baño. Estas hijas, tan obedientes a sus confesores capuchinos, son las mismas a quienes Gil de Avila llamaba ameno jardín de flores olorosas por el buen olor y fama de santidad. Para hacer justicia al jabón de Castilla, hemos de decir que, desde la supresión de los frailes, ambos sexos, el bello en particular, se han alejado bastante de la estricta observancia de los deberes religiosos de sus excelentes abuelos. En muchas ciudades de importancia se han instalado casas de baños, pero al mismo tiempo, los cuartos de las fondas y de las casas particulares, tanto por la ausencia absoluta de utensilios de cristal o porcelana, tan indispensables para los ingleses, como por la presencia de jofainas como platos y jarros de juguete, indican que esta sucia manchita no ha desaparecido todavía de la mayor parte de los cuerpos españoles.
Por caluroso que sea el día, polvoriento el camino o largo el viaje, nunca hemos visto a un servidor español que usase una gota de agua para lavarse, o, como dice un pulido escritor, «hacer sus abluciones». El uso constante del baño y los lavatorios generales es, indudablemente, una de las razones por la que los franceses y otros continentales consideran a nuestros compatriotas como chiflados. Entre los hispanogodos, los hemerobaptistas, o sea las gentes que se bañaban una vez al día, eran tenidos por herejes. El duque de Frías, que hace algún tiempo pasó una temporada en casa de una señora inglesa, no usó nunca las jofainas ni los jarros; se frotaba la cara de cuando en cuando con una clara de huevo, que era, según la condesa d’Aulnoy, la única ablución de las mujeres españolas en tiempo de Felipe IV. Pero nos hemos alejado de nuestro objeto, pues estos detalles de tocador no tienen nada que ver con el uso de los líquidos en la cocina y en el salón.
Diremos algo sobre el chocolate, que es para el español lo que el té para el inglés y el café para el francés. Lo hay en casi todas partes, y siempre es excelente. El mejor es el que hacen las monjas, que suelen tener muy buenas manos para toda clase de golosinas: yemas, jaleas, almíbares,