Aristóteles, De Mirab. Auscult., cap. 84, p. 836.

«Dícese que en el mar que se extiende más allá de las Columnas de Hércules fué descubierta por los cartagineses una isla, hoy desierta, que tanto abunda en selvas, como en ríos aptos para la navegación, y está hermoseada con toda suerte de frutos, la cual dista del Continente una navegación de muchos días. Como los cartagineses la visitasen á menudo y aun algunos de ellos, atraídos por la fertilidad del suelo, la habitasen, los jefes de los cartagineses prohibieron bajo pena de la vida que nadie navegase á aquella isla, y acabaron con todos los indígenas, ya para que no esparciesen la noticia de su arribo, ó ya con el fin de que la multitud no se juntase contra ellos, reconquistase la isla y la arrancase á la utilidad de los cartagineses.»

Un pasaje semejante, pero mucho más detallado, encuéntrase en Diodoro de Sicilia, V, 19 y 20. El paisaje está embellecido por una región montuosa, el aire es de una templanza constantemente igual: «diríase que es más bien habitación de los dioses que de los hombres». Sin embargo, Diodoro no confunde esta tierra deliciosa con el Elíseo de Homero, las Islas Afortunadas de Píndaro ó el sitio del Jardín de las Hespérides, el Hesperitis continental (IV, 27). Habiendo empezado los fenicios á fundar colonias más allá de Gades, arrastrados por las tempestades, llegaron á una isla. La dirección de la navegación, que el pseudo Aristóteles no indica, era de la Lybia hacia el Poniente.

Cuando los tyrrenos adquirieron la dominación del mar, intentaron también enviar allí colonias; pero lo impidieron los cartagineses[259], quienes esperaban, si su ciudad era alguna vez destruída y continuaban siendo dueños del Océano, poder encontrar un refugio en esta isla, que los vencedores desconocerían. Sabido es que el nombre de tyrrenos, unido al de pelasgos, tuvo grande extensión hasta en la época del Periplo, atribuído á Scylax de Caryando, que hasta á Roma la sitúa en la Tyrrenia. (Hudson, Geogr. Min., t. I; Scyl. Car., pág. 2.)

El sabio autor de La Geografía de Aristóteles, M. Königsmann, conjetura que al hablar el filósofo Estagirita de los antiguos tratados de comercio ajustados entre cartagineses y tyrrenos, quiso designar el tratado romano, cuya traducción conservó Polibio[260]; pero Diodoro, en el pasaje que discutimos, alude sin duda á época mucho más antigua.

Según Estrabón (lib. VI, pág. 410), inmediatamente después de la guerra de Troya, la dominación de los piratas tyrrenos oponíase al establecimiento de colonias en Sicilia, y se cree generalmente que la fundación de Gades y de Utica por los fenicios es anterior á Homero en más de siglo y medio; y como la fundación de Cartago casi coincide con la renovación de los juegos olímpicos por Iphito[261], esta vaga tradición de la isla Afortunada de los cartagineses, de la cual querían apoderarse los tyrrenos, corresponde, al parecer, á tiempos, no diré míticos, pero sí muy obscuros.

Sorprende, sin duda, ver que, en la época del descubrimiento del Nuevo Continente, hayan fijado tanto la atención de los literatos españoles estos pasajes de las Relaciones maravillosas de Diodoro Sículo, pasajes que en los tiempos modernos, cuando una buena crítica guiaba ya las investigaciones filológicas, han ocasionado también extrañas aplicaciones. El célebre historiador de América, Gonzalo Fernández de Oviedo, que pasó treinta y cuatro años en Tierra Firme, en el Darien, Cartagena y Haïti[262], afirma, sin fijar la atención en la frase «navegación de algunos días», empleada por los escritores antiguos, que esta Antilla de los cartagineses designaba á Haïti ó Cuba. Pero D. Fernando Colón, en la Vida de su padre (cap. IX), dice: «Si Oviedo se hubiese hecho explicar el texto de Aristóteles por un hombre que lo entendiese bien, no habría hallado palabra de alguna isla de las Indias Occidentales.» Al censurar á Oviedo, hace D. Fernando Colón otra suposición no menos atrevida, pues cree que «los cartagineses descubrieron las Cassitérides, que hoy llamamos Azores, ocultándolas mucho tiempo por la cantidad de estaño que sacaban de ellas todos los años; y puede ser que éstas sean las islas de que Aristóteles quiso hablar. Si se me opone, añade don Fernando, que el filósofo hace mención de una isla que tenía muchos ríos grandes, navegables, que no hay en las Azores, y sí en la Española y Cuba, respondo que pudo haberse engañado describiendo aquello de que habla.»

Á primera vista parece raro ver confundidas aquí las islas Azores y las Sorlingas con la misma denominación de Cassitérides[263], pues esto equivale á extender por extraño modo una denominación vaga en Herodoto, y que sólo se refiere al sitio de una producción metálica, mejor determinado aún por los romanos de la época de Estrabón, desde que P. Licinio Craso examinó las minas de estaño y reconoció que se había llegado en ellas á poca profundidad. Equivale, pues, esto á la suposición de Festo Avieno, que sitúa Albión y Ierné (Insula sacra) en el paralelo del cabo Finisterre y las Islas del Estaño, islas Oestrymnidas[264], en el paralelo del cabo de San Vicente, casi en la latitud de las Azores. Como Avieno (y esto es muy raro en un autor de fines del siglo IV, tan alejado de los tiempos de Columela, el traductor de Magón) autoriza positivamente sus afirmaciones con el testimonio de los anales cartagineses (Hæc nos, ab unis Punicorum annalibus. Prolata longo tempore, edidimus tibi.Ora mar., versículos 414 y 415), debía esperarse encontrar en estas obras alguna alusión á una isla que fijó la atención del Senado de Cartago, que citan Aristóteles y Diodoro, y que excitó la curiosidad de los eruditos contemporáneos de Colón.

El comentador de las Mirabiles Auscultationes, el docto Beckmann, discutió la opinión de los filólogos que creyeron reconocer el Brasil ú otras partes de América en este pasaje y en el mar de Sargazo de Aristóteles. El juicioso Weseeling, después de examinar estas dudosas interpretaciones, termina diciendo: «Fabulis ad finia sunt quæ de hac insula produntur, id tamen indicantia obscuram ejus regionis, quam Americam vocamus, famam in Carthaginiensium navigationibus ad veterum aures dimanasse.»

Mr. Heeren cree que esta isla, tan pintorescamente descrita, es la isla de Madera, descubierta por los portugueses Juan Gonzalves Zarco y Tristán Vas (1420), sin rastros de habitación, y que la fuerza de las corrientes que impulsa al SE. y al S.-SE. impidió á los navegantes de la antigüedad, que prudentes y tímidos no se apartaban de las costas, descubrirla.

La indicación «isla despoblada» excluye las islas Canarias, habitadas antiguamente por los guanches, según se cree, y que, célebres por su aridez, no tienen «los ríos navegables» de que habla Aristóteles, aunque Plinio (libro VI, 32), Solino (cap. 70) y hasta Ducuil (De mensura orbis terr., VII, pág. 40 Walck.) les atribuyen «amnes siluris piscibus abundantes.»

Creo que es imposible, en vista de tantas descripciones inseguras, fijar una localidad determinada. La tradición es muy antigua, porque la frase de «asilo ofrecido en el caso de un revés de fortuna ó de la ruina de Cartago», es de Diodoro, aunque pudiera muy bien ser un rasgo oratorio, añadido después de la destrucción de la ciudad de Dido.

Este mismo asilo fué también una esperanza para Sertorio (Plutarco, In vita Sertor., cap. 8; Salustio, Fragm., 489) cuando por la desembocadura del Bætis vió entrar dos barcos procedentes «de dos islas atlánticas, situadas, según se creía, á diez mil estadios de distancia.»

Las Relaciones maravillosas, única fuente á que podemos remontar, fueron compiladas, por lo menos, antes de la terminación de la primera guerra púnica, porque describen (cap. 95, pág. 211, Beckm.) á Cerdeña tiranizada por los cartagineses. El interés con que éstos envolvían en el misterio sus navegaciones lejanas, sólo hace posibles vagas conjeturas. El azar de las tempestades (el descubrimiento de Porto Santo por Zarco y Vas en el siglo XV fué un suceso de esta clase; Barros, Déc. I, libro I, cap. 2, pág. 27, ed. de Lisboa de 1788) puede, sin duda, llevar muy lejos; pero el regreso de los barcos alejados de su ruta por las tempestades ó por la fuerza de las corrientes y desprovistos de brújula, sería mucho más difícil.