[210] Esta bella frase, cuya exactitud comprenden aun en nuestros días cuantos han habitado largo tiempo en Méjico, Quito, el Perú y Bolivia, encuéntrase en la defensa de los derechos y privilegios que Cristóbal Colón presenta al tribunal por medio de sus abogados y que ha sido encontrada en Génova (Cod. Col. Amer., pág. 280). Creo que esta defensa, sin fecha, es posterior al año de 1497, porque se habla en ella del viaje á Burgos de la archiduquesa Margarita, hija del emperador Maximiliano I, cuando las bodas de esta princesa con el infante D. Juan, único hijo varón de los Reyes Católicos.
[211] En la capilla de Santa Ana, llamada también del Santo Cristo. Posteriormente fueron llevados á la misma Cartuja los restos del segundo almirante D. Diego y del hermano de don Cristóbal Colón, el Adelantado D. Bartolomé. Fernando Colón, el historiador de su padre, también fué enterrado en Sevilla; pero no en la Cartuja de las Cuevas, sino en la catedral.
[212] La familia de Colón cometió, según parece, un error al pedir en 1795 á la Real Audiencia de Santo Domingo los restos de Cristóbal y de Bartolomé Colón. La relación oficial de lo ocurrido en la traslación de los restos de Cristóbal Colón, publicada por Navarrete (t. II, Doc. CLXXVII, pág. 366), nada dice del cuerpo de D. Diego, sino «de la exhumación de las cenizas del Adelantado D. Bartolomé, que también se debía solicitar». Sin embargo, por testimonio del archivero del Cabildo de Sevilla está probado «que en 1536 fueron enviados á Haïti los restos de D. Cristóbal y de D. Diego Colón», quedando en el monasterio de las Cuevas el cadáver de D. Bartolomé (Navarrete, t. I, pág. 149). He visto muy generalizado este error durante las dos temporadas que he permanecido en la Habana.
[213] Siento decir que he visto en Méjico, en el gabinete del capitán D..., una costilla del cuerpo de Hernán Cortés, que, cuando la traslación de los huesos á la capilla del Hospital de los Naturales, había sido sustraída «por exceso de veneración al conquistador y legislador de Nueva España».
[214] Idénticas censuras se encuentran expuestas con energía en la primera década de (Antonio de Herrera, lib. VI, cap. 16), que se publicó en 1601. El retrato que de Cristóbal Colón hace el primer historiador de la India merece, por la nobleza del lenguaje, la atención de cuantos saben apreciar en el idioma castellano lo que más lo caracteriza, la grave sencillez de las formas. El párrafo á que me refiero comienza así: «Fué varón de gran ánimo, esforzado y de altos pensamientos. Era grave con moderación, gracioso y alegre, con los extraños afable, con los de su casa suave é placentero; representaba presencia y aspecto de venerable persona, de gran estado y autoridad.....»
[215] «He spend all the day distillations.» Véanse las cartas de Sir William Wades en Life of Raleigh by Patrick, 1833, página 312.
[216] Itiner. Portug. cap. CVIII: Inque regum regia splendidissima usque in diem præsentem non inhonori degunt. También encuentro en la obra de Ruchamer (Unbekanthe Landte, capítulo 108), cuya impresión fué terminada en 20 de Septiembre de 1508: Vnd als Christoffel Dawber mit sampthe seynein bruder kumen waren gen Cades, vnd di grossmächtigste künge ditz vernamen, schaffthen siesie ledig zu lassen, vnd hiessen sie williglich vnd freye zu hoff gan. Daselbst sein sie noch auf den gegenwertigen tag.
[217] Creo que Colón debe haber visto á Cortés en Santo Domingo cuando, de vuelta de su cuarto viaje, permaneció allí desde el 13 de Agosto hasta el 12 de Septiembre de 1504. Tenía entonces Cortés diez y nueve años, y llegó á la isla el día de Pascua de 1504. Pariente del gobernador Nicolás de Ovando, hospedado en casa del secretario del gobernador (Herrera, Dec. I, lib. VI, cap. 12), debió llamar la atención del Almirante, sobre todo después de adquirir reputación por el noble valor que mostró en una peligrosa navegación.
[218] También Tácito, el mismo Tácito, cuatrocientos años después de su muerte, fué llamado, pero por un rey de los Ostrogodos, Cornelius quidam. Aludo á la respuesta que dió Teodorico á los embajadores que le traían el ámbar de Prusia. El Rey quiere disertar acerca del origen del ámbar, que, según su física, es un sudatile metallum ex arbore defluens, y dice en su carta: «Hoc, quodam Cornelio seribente, legitur in interioribus insulis Oceani.» Es la indicación del conocido pasaje de Tácito, Germania, cap. 45, mezclada con nociones que sacó de Plinio, XXXVII, 3.
[219] Da Asia de Joao de Barros e de Diego de Couto, Lisboa, 1778, Dec. I, lib. III, cap. 11; t. I, pág. 250. Es digno de llamar la atención que Barros, cuyas primeras décadas, según las investigaciones del Sr. Correa de Serra, fueron publicadas en 1552, en ninguna parte de su hermosa obra hable de Colón como de persona importante.
[220] Portulano di Pietro Coppo de Isola, térra dell’ Istria, Venecia, 1528. Uno de los siete mapas dice: «Christopholo Columbo Zenovese trovo nel anno 1492 molte isole et cose nove.» Morelli, Letter rarissima, pág. 63.
[221] Pongo estas cifras ateniéndome á las controversia de Bossi y de Muñoz. El primero (Vita di Colombo, páginas 79-82) se funda en un documento inédito curiosísimo que contiene una carta de dos milaneses que volvían en 1476 de Tierra Santa. Los pasajes de Zurita y de Sabellico referentes á las empresas de Colombo el Mozo y de la fabulosa llegada de Cristóbal Colón á Portugal nadando y agarrado á un remo, los transcribe Washington Irving, t. IV, Apéndice 8.º
[222] Memoria de Turín, 1823, pág. 171.
[223] Humboldt dice homme sans aveu, y pone la siguiente nota: «No me atrevo á traducir la frase cazador de volatería, que emplea D. Fernando. Los buenos diccionarios dicen que volatería es caza con halcones. En el dialecto de los gitanos, volatería significa oficio de ladrón. Un español muy instruído, á quien he consultado, cree que la frase entera significa caballero de industria ó aventurero, y se funda en que es análoga á la de tomar al vuelo.
[224] Véanse los instructivos Voyages hist. et litter., en Italia de M. Valery, t. V, pág. 73.
[225] Los dos Almirantes, Colón el Mozo, que se llamaba también Cristóbal, y Francisco Colón, que estuvo al servicio del rey Luis XI en 1475, fueron, según parece, de la rama de los de Colón de Cogoleto (Cancellieri, pág. 20).
[226] «Sobre el origen de su familia y patria del Almirante procedió con alguna reserva, exponiendo las opiniones ajenas, sin declarar la suya propia.» Navarrete, t. I, pág. LXIX.
[227] Se ha supuesto que el texto original español de D. Fernando, entregado en 1568 por D. Luis Colón á un patricio de Génova, Fornari, había sido alterado para corroborar las pretensiones genovesas, si no en la rara edición italiana de Venecia (1571), al menos en la de Milán (1614), dedicada por el impresor Girolamo Bordini á un Dux de Génova (Mem. de Turín, 1805, pág. 240); pero ¿por qué habían de ser estas falsificaciones tan vagas y tímidas?
[228] Es el mismo Diego Colón que desde 1494 desempeñó papel tan importante en Haïti y fué preso y aherrojado con sus hermanos Cristóbal y Bartolomé. Al morir el Almirante ya era D. Diego sacerdote, porque en el testamento de 19 de Mayo de 1506, dice: «Á D. Diego, mi hermano, cien mil maravedís (cada año), porque es de la Iglesia». Sorprende que un escritor generalmente tan exacto, como el P. Spotorno, haya confundido al hermano más joven del Almirante (Cod. Col. Amer., páginas XLIV y LII) con el intérprete Diego Colón, natural de Guanahaní y bautizado en 1493 en Barcelona. Este último, y no el hermano del Almirante, fué quien se casó en 1494 con la hija del rey Guarionex de Haïti. (Petr. Mart. Ocean. Dec. I, lib. IV, pág. 47.)
[229] El nombramiento de Diego databa de 1492 (Navarrete, t. II, páginas 17 y 220. Vida del Almirante, cap. 85; Herrera, Déc. I, lib. II, cap. 15.)
[230] Alude á la hermosa inscripción que Fernando el Católico hizo colocar en el primer sepulcro de Colón en la catedral de Sevilla (Vida del Almirante, cap. CVIII).
Á CASTILLA Y Á LEÓN NUEVO MUNDO DIÓ COLÓN.
[231] Correa era conocido del célebre viajero Alviso di Ca Da Mosto.
[232] Probablemente Cabezudo dispuso al poco tiempo la traslación de Diego á Córdoba, porque al describir el Almirante las angustias que pasó durante la noche del 14 de Febrero de 1493 dice: «que durante la tempestad se acordaba sobre todo de los dos hijos que tenía en Córdoba al estudio.» Fernando, sin embargo, sólo contaba entonces cuatro ó cinco años.
[233] Petr. Mart. Epíst., CCCXI. Valeoleti, VII. Idus Junii MDVI. «Proh rerum humanarum fallax possessio! Redibis, o misera Castella, redibis ad pristinam confusionem tuam. Nullus Fernandum regem non deseruit, præter Federicum Albæ Ducem, ipsius consobrinum, et Bernardum Roies Deniæ Marchionem.»
[234] Herrera, Déc. I, lib. VII, cap. 6. «El Duque de Alba era de los Grandes de Castilla el que más, en aquellos tiempos; privaba con el Rey, y no pudo el Almirante (D. Diego) ligarse á casa del Reino que tanto le conviniese, ya que su justicia no le valía.
[235] Conservado en la Historia de las Indias de Las Casas. Navarrete, t. II, Doc. CLXIII, pág. 322.
[236] «Los enemigos de Diego Colón, dice Herrera (Déc. I, libro VII, cap. 12) acudieron á la calumnia para acusarle de que quería declararse independiente, acusación dirigida antes contra su padre. Un hombre de guerra, Amador de Lares, que había hecho las campañas de Italia, les demostró en vano que la construcción que les parecía ser de una casa fuerte la motivaba el calor del clima.» Acusación semejante fué dirigida unos tres siglos después contra el joven virrey de Méjico, el conde Bernardo Gálvez, cuando, con grandes gastos, construyó el castillejo que corona la colina de Chapoltepec.
[237] Este nombre es el diminutivo de becerro. El P. Charlevoix, jesuíta, no muy crédulo por cierto, coleccionó los cuentos que circulaban entre los conquistadores acerca de la astucia y la nobleza de carácter de Becerrillo, al cual llama constantemente, por error, Berezillo (Hist. de S. Domingo, t. I, pág. 281). Después de cuatro años de hazañas, el famoso perro fué muerto por los caribes en 1514, casi en el momento en que lograba librar de manos del enemigo á su amo, el valeroso Sancho de Arango (Herrera, Déc. I, lib. VII, cap. 13; lib. X, cap. 10). Es desgraciadamente ciertísimo que Cristóbal Colón había introducido la abominable costumbre de hacer combatir á los perros contra los indígenas. Tan pronto como se reunió con su hermano Bartolomé en Haïti, emprendieron juntos una expedición contra el rey Manicatex, en la cual llevó veinte perros corsos (Vida del Almirante, cap. 60). Empleaban también estos animales para destrozar á los llamados culpables (Petr. Mart. Ocean., Déc. III, lib. I, pág. 208).
Los pueblos de Europa renuevan siempre, en las guerras civiles, las crueldades de los tiempos más bárbaros. En la expedición francesa á Santo Domingo, en 1802, ocurrieron hechos como el de quemar negros prisioneros á fuego lento, en medio de una gran población, y el de valerse de perros de Cuba, que adquirieron triste celebridad por su empleo para la caza de hombres. Esta caza hasta ha sido defendida en el seno de una asamblea legislativa en Jamaica, con todo el lujo de una erudición filológica. (Véase mi Rélat. hist., t. III, páginas 453 y 457.)
[238] Mosiur de Gebres, dice ingenuamente Herrera (Déc. II, libro II, cap. 19), principal consultor de las mercedes del Rey, no sabía lo que eran las Indias.
[239] Cod. Col. Amer., pág. LXIII; pero, según un árbol genealógico examinado por Washington Irving (t. IV, pág. 102), María, la hija del almirante D. Diego, se casó con Sancho de Córdova. Es, sin embargo, cierto que la abadesa de un convento de Valladolid pretendía tener parte en el mayorazgo del difunto. (Mem. de Turín, 1805, pág. 190.) Fundaba acaso sus derechos en la parte debida á otra María, hija del tercer Almirante y también religiosa profesa.
[240] El primitivo título, según parece, fué el de Marqués de la Vega, tomado de un caserío de Jamaica (isla de Santiago) que tenía dicho nombre. (Charlevoix, t. I, pág. 477.)
[241] Veragua, Cubagua é Inagua son nombres indios, tomados de lenguas americanas muy distintas, y tan alterados y viciados, sin duda, que tienen, al parecer, terminaciones romanas. Para que no se crea que es error tipográfico, debo decir que al escribir Duque de Veraguas me atengo á la costumbre vigente en España; pues esta comarca siempre la nombró Cristóbal Colón en la Lettera rarissima, y su hijo en la Vida de su padre, como también Pedro Mártir (Ocean., págs. 135, 189 y 237) y en las cartas modernas del Depósito Hidrográfico de Madrid, Beragua ó Veragua. Méndez en su testamento (Nav., t. I, página 315), la llama Veragoa.
[242] Carta de Jamaica del 7 de Julio de 1503 (Nav., t. I, página 302): Vida del Almir., cap. 95-100. El Río de Belén, llamado por Méndez en su testamento Yebra, pertenece ahora á la provincia del Panamá, formando casi el límite de las provincias de Panamá y de Veragua.
El adelantado D. Bartolomé Colón, el mismo que, según Las Casas (Washington Irving, t. I, pág. 92; t. II, pág. 216), acompañó á Díaz en el viaje de 1486, y que, al volver de Inglaterra supo, en 1493, en París, en la corte del rey Carlos VIII (Vida del Almirante, cap. 60), que su hermano había realizado el vasto proyecto, murió en Haïti como gobernador vitalicio de la isla Mona, en 1514, el mismo año en que el rey Fernando le propuso ir á colonizar Veragua, porque, conforme á los privilegios de familia, esta tierra pertenecía á la gobernación del almirante Diego Colón. (Herrera, Déc. I, lib. X, cap. 10.)
[243] Luigi Colombo, persona di vita dissoluta, dice Spotorno (Cod., pág. LXIII).
[244] Su mujer era hija de Benedicta Lomellini y de Rafael Usodimare Oliva. (Cod. Col., pág. LIV.)
[245] Vida del Almirante, cap. 5.º, donde se dice que con su nombre asustaban á los niños. Es el archipirata illustre de Sabellico. Es probable que Cristóbal Colón navegase con otro almirante genovés más antiguo, que, según D. Fernando, era también grande hombre de mar. Á estos dos almirantes del apellido Colón, anteriores á Cristóbal Colón, se les tiene por tío y sobrino; pero resulta obscuro y embrollado todo lo relativo á su historia, á sus parientes, á sus nombres y á las épocas de sus empresas, íntimamente relacionadas con la historia de Génova y de la casa de Anjou, desde 1460 á 1485. En los documentos del pleito de 1583 encuentro que el Mozo se llamaba Cristóbal y el mayor Francisco, siendo aquél sobrino segundo de éste. Subiendo más en la genealogía, se llega á Ferrario Colombo, feudatario de Cuccaro, en el ducado de Montferrato, padre de tres hijos, á saber: de Enrique, cuyos hijos fueron Nicolás y Lancia, del almirante Francisco y de Antonio. Esta genealogía presenta, al parecer, muy lejano á Francisco de la juventud del célebre Cristóbal Colón. Chauffepié en los suplementos al Diccionario de Bayle, llama Cristóbal, no á Colombo el Mozo, sino al mayor de estos dos almirantes.
[246] Véase Campi, Storia di Piacenz, t. I, pág. 85, y más reciente el conde Napione, á quienes desagradan mucho las palabras Janua cui patria est, considerando la inscripción en verso interpolada fraudulentamente (Mem. di Torino, 1823, pág. 132). Si, como dice Las Casas (Hist. de las Indias, lib. I, cap. 7) fué D. Bartolomé en la célebre expedición de Díaz que, antes que Gama, dobló el cabo de Buena Esperanza, el mapamundi presentado á Enrique VII fué hecho inmediatamente después de esta expedición. Debo advertir, con este motivo, que la nota escrita de letra de D. Bartolomé, que termina con las palabras: «Yo estaba presente», la encontró Las Casas en las márgenes de un Tratado sobre la Esfera, del cardenal Pedro de Ailly (Pedro de Aliaco); nueva prueba que puede añadirse á las presentadas al principio de esta obra, para demostrar la predilección del Almirante por los escritos del obispo de Cambrai.
[247] El apellido de Terra Rossa pertenece, además, á familias que ningún parentesco tienen entre sí. Existe una obra curiosísima relativa á los descubrimientos marítimos atribuídos á los venecianos, del benedictino Vitale Terra Rossa, Riflessioni geografiche circa le terre incognite distese in ossequio perpetuo della Nobiltà Veneziana. Padua, 1687.
[248] Presentaré como ejemplo la carta del duque de Medinaceli al Gran Cardenal de España, escrita cuatro días después de la vuelta de Cristóbal Colón de su primer viaje. Este Duque, el primero de su casa, Luis de la Cerda, se alaba (Marzo de 1493) de haber impedido á Cristóbal Colomo ofrecer su proyecto al Rey de Francia, y de haberle recomendado al tesorero Alonso de Quintanilla. (Navarrete, t. II, Doc. XIV.)
En los antiguos registros del Tesoro (libros de cuentas) para los años 1484, 1486, 1488 y 1492, encuéntrase, con ocasión de algunas pequeñas sumas pagadas al Almirante «á causa de algunos servicios prestados á Sus Altezas», unas veces Colon y otras Colomo, extrangero. Esta última forma del nombre se repite en la orden de 12 de Mayo de 1489, según la cual, el Almirante, en sus viajes á la corte, debe ser hospedado, pero no alimentado gratis (Navarrete, t. II, Doc. II y IV); como también en el título de la traducción que hizo Cozco, en Mayo de 1493, de la carta á Rafael Sánchez.
El historiador Oviedo prefirió más tarde (no tuvo el cargo de cronista hasta 1538) el nombre de Colom que es el que generalmente emplea.
Desde la redacción de las Capitulaciones (17 de Abril de 1492), que, por una coincidencia de apellidos bastante curiosa, fueron redactadas por Juan de Coloma, secretario del Rey, en los documentos oficiales figura siempre escrito Cristóbal Colon.
En latín se encuentra con más frecuencia, desde fines del siglo XV, Colonus que Columbus. Pedro Mártir habla de un tal Colonus (Epist. CXXX.) El papa Alejandro VI, en las Bulas de 3 y 4 de Mayo de 1493, emplea la expresión Christophorus Colon, sin flexión gramatical. El obispo Geraldini, en su carta en estilo lapidario, dirigida á León X, dice: Colonus Ligur æquinoctialis plagæ inventor. Encuentro Columbus en vez de Colonus en Bembo (Hist. Venet., 1551, fol. 83) y en el célebre Itinerarium Portugalensium é Lusitania in Indiam (ed. 1508, folio LII) que el P. Madrignani ha calcado de la Colección de viajes de Francazano de Montaboldo.
Yo he seguido la costumbre, bastante rara, pero generalmente adoptada en Francia, de escribir Colomb. Esta costumbre es antiquísima. El traductor de la Historia natural de Acosta, Roberto Regnaud, que dedicó su obra al rey Enrique IV, habla siempre de Cristóbal Colomb (ed. de 1606, pág. 38). Voltaire intentó introducir la forma más correcta de Colombo; pero esta innovación no tuvo éxito. Los ingleses y los alemanes escriben Colombus; sin embargo, la primera obra alemana en que se habló del descubrimiento de América, la obra rara de Jobst Ruchamer, Unbekanthe landte und ein neine Weldte in kurz verganger zeyhthe erfunden, ed. de Nuremberg, 1508, capítulo 84, que posee la Biblioteca Real de Berlín, y que el sabio Camus (Mem. sur les collect. de voyages des de Bry et de Thévenot, 1802, pág. 344) dice no haber podido encontrar en París, llama constantemente á Cristóbal Colón, en alemán, Cristoffel Dawber, es decir, Cristóbal Palomo. Es un modo de germanizar los nombres extranjeros, traduciéndolos á imitación de lo que se ha hecho largo tiempo latinizándolos ó helenizándolos. El mismo Ruchamer describe la expedición de Guerra y de Per (Pedro) Alonso Niño (Gómara, fol. 12; Herrera, Dec. I, lib. IV, cap. 5) á la costa de Coro y Cauchieta, atribuyéndola á Alonzus Schwarte (Ruchamer, cap. 109-111), que es otra traducción de un nombre, y de un nombre accidentalmente desfigurado. Ruchamer encontró en el Itinerarium Portugalensium (cap. 109): Petrus Alonsus dictus Niger, en vez de Petrus Alfonsus Nignus (Niño) como dice Pedro Mártir de Anghiera (Oceánica, Dec. I, libro VIII, pág. 87). La audacia con que uno de los más grandes nombres de la historia, el de Colón, ha sido disfrazado, llamándole Cristoffel Dawber, da á la antigua traducción alemana del Mondo Novo et paesi nuovamente retrovati de Montaboldo (Navarrete, t. III, pág. 187) un aspecto rarísimo.
Cambios análogos á los que el nombre del Almirante ha experimentado en Italia y en España, donde se encuentra escrito Colon, Colom y Colomo, se reproducen en otras familias que ninguna pretensión tienen de descender de Cogoleto ó del Castillo de Cuccaro. Los Colomb de Borgoña, que antes de la revocación del edicto de Nantes habían establecido allí grandes fábricas de vidrio, firmaban también Colon, Colom y Collon (Erman y Reclam, Hist. des refugiés français en Prusse, t. V, pág. 205.)
[249] La sentencia decía: «Excluyendo á D. Baltasar Colombo, por no ser descendiente del mismo Almirante, que sólo llamó á sus descendientes.» (Mem. di Torino, 1823, pág. 123.) Baltasar pretendía descender de Franceschino Colombo de Cuccaro, y este Franceschino era, según la hipótesis que confundía á Domingo Colombo de Cuccaro, muerto en 1456, con Domingo Colombo de Génova, tío del gran Almirante. Baltasar no era, pues, de la rama directa descendente. La interpretación de las cláusulas podía parecer violenta, no consultando más que los documentos impresos hoy, porque «las hembras no eran llamadas á suceder sino cuando en el otro cabo del mundo no hubiera pariente del apellido de Colón.» Este punto litigioso lo expone con mucha claridad el conde Galeani Napione en las Mem. di Torino, 1805, páginas 204-208.
[250] Digo futuro, porque el título de gracias (30 de Abril de 1492) no promete el uso del Don y los títulos de Almirante, Virrey y Gobernador sino cuando fuera logrado el objeto de la expedición. En la introducción al Diario del primer viaje, que probablemente sería escrita antes del 3 de Agosto de 1492, se vanagloria Colón de los favores de los monarcas «que se han dignado ennoblecerle y le han concedido el tratamiento de Don.» Se ve, sin embargo, en la cédula Real del 20 de Junio de 1492, encontrada en los archivos de Simancas, que, en aquella época, el grande hombre era designado únicamente como nuestro capitán Cristóbal Colón. Si, dos meses antes, en las capitulaciones, encuéntrase ya añadido el Don, sólo es en la parte de ellas redactada por Colón mismo, no en la que redactó el Secretario de Estado.
[251] D.ª Juana de la Torre, hermana de aquel Antonio Torres que acompañó á Colón en su segundo viaje. La carta cuyo párrafo nos ha conservado su hijo, no es la Carta al Ama, escrita cuando Colón llegó preso á Sevilla, y que fué encontrada en los archivos del convento de Santa María de las Cuevas en dicha capital. En esta última nada se dice del parentesco con los almirantes genoveses.
[252] Y no 12.000, como frecuentemente se ha dicho é impreso. (Véase Cod. Col. Amer., pág. LXV, y Mem. di Torino, 1823, página 123.)
[253] Voy á reunir en esta nota los títulos de las principales obras que tratan de la patria de Cristóbal Colón: Agustín Giustiniani, Psalterium hebr. græc. arab. chald., 1516. Antonio Gallo y Senarega, en Muratori, Rer. Ital. script., tomo XXIII, pág. 243, y t. XXIV, pág. 535. Barros, Asia, Década I, lib. III, cap. 2. Jul. Salinerus ad Tac. Anal., 1602. Pietro Maria Campi, Istoria universali di Piacenza, 1662. Casoni, Annali della Rep. di Genova, 1708, pág. 271. Tiraboschi, Litt. Ital., t. VI, part. I, pág. 171. Elogio storico di Crist. Colombo e d’Andrea Doria, Parma, 1801. Gianfrancesco Galeani Napione di Cocconato, en Mem. dell’ Acad. di Torino, 1805, páginas 116-262, y 1823, páginas 73-172. Franc. Cancellieri, Not. stor. di Colombo, 1809. Galeani Napione, Patria di Colombo, Florencia, 1808. Domenico Franzone, la Vera patria di Christ. Colombo, 1814. Serra, Carrega e Piaggio, en Mem. dell’ Acad. delle scienze di Genova, 1814. Marchese Durazzo, Elogio di Colombo, Parma, 1817. Bossi, Vita de Crist. Columbo, 1818. Bianchi, Osserv. sul clima della Liguria maritima, 1818, t. I, pág. 143. Spotorno, Origene e patria di Crist. Colombo, 1819. Belloro e Vernazza, Not. della familia di Colombo, 1812. Zurla, Viaggiat. Veneziani, t. III, pág. 412. Spotorno, Codice diplom. Colombo-Americano, 1823. Navarrete, Colección de viajes, t. I, páginas LXXVII-LXXIX. Lettera del conte Galeani Napione al chiar. signore Washington Irving, 1829. Cuando se hace un estudio serio de los documentos relativos á la vida de Cristóbal Colón, hay que dolerse de la incertidumbre que existe en toda la parte de esta interesante vida anterior al año de 1487. El pesar aumenta al recordar el minucioso relato que los cronistas hacen de la vida del perro Becerrillo, ó del elefante Abulabat, que Aarum al Raschyd envió á Carlomagno.
[254] También sólo una vez se encuentra la firma Xpo. Ferens sin las siete iniciales. Véase la carta de 25 de Febrero de 1505, en la que habla de Amerigo Vespucci. La mezcla de letras griegas (X y P) y latinas es muy común en España, como entre los teólogos el emplear Christifer, Christiferus y Cristiger (Cancellieri, pág. 4) por San Cristóbal.
[255] Este uso ha influído en las costumbres de la vida ordinaria. Cuando en la América meridional se habla de Colón, se le designa con la sola palabra Almirante, como en Méjico Cortés y en los Estados Unidos Lafayette son designados con la palabra Marqués. Esta popular costumbre demuestra la grandeza histórica de los personajes objeto de ella.
[256] En cuanto al sitio de estos desgraciados puntos, hay errores en las firmas presentadas en la mayoría de las obras impresas que repiten la firma enigmática de Colón. Exceptúo las obras de Navarrete y de Bossi (t. I, figuras 4 y 5).
[257] No usaba el latín aunque, habiendo estudiado en Pavía, supo latín y hizo versos. (Herrera, Déc. I, lib. VI, cap. 15.)
[258] Se ha puesto en duda el conocimiento de la pesantez de los fluidos elásticos en los escritos de Aristóteles. Sin embargo, el pasaje (Meteorológica, I, 3, pág. 341, 5 Bekk) ἀλλ’ ἀεὶ ὃ, τι ἂν βαρύνηται μóριον αὐτοῦ (τοῦ ἀέρος), paréceme ser una prueba evidente de esta verdad.
[259] Aristóteles atribuye el descubrimiento de la isla á los cartagineses; Diodoro á los fenicios, y lo que refiere acerca de la construcción del templo de Hércules, en Gades, prueba bien que en este punto no los confunde con los cartagineses. No nombra á éstos sino después de hablar de la rivalidad de los tyrrenos. Según Aristóteles, lo que indujo al Senado cartaginés á prohibir la colonización fué el temor á que los colonos se hicieran independientes y perjudicaran con su comercio el de la madre patria.
[260] Letronne en el Journal des Savans, Febrero-Mayo 1825, pág. 236.
[261] Si, como lo hace M. Ideler (Handb. der Chron., t. I, página 375), se supone la toma de Troya 1184 años antes de nuestra era, corresponde la fundación de Gades y de Utica al de 1085; el restablecimiento de los juegos olímpicos por Iphito al de 888; la fundación de Cartago al de 878; la de Roma en la primavera de 753, según Varrón. El mármol de Paros da para la toma de Troya, que, á pesar de todo, se comprende entre los acontecimientos completamente históricos, 1208 antes de nuestra era. (Boeckh, Corp. Inscr., t. II, pág. 327.)
[262] Es sensible que, á pesar de las órdenes terminantes del rey Carlos III, la mayoría de las obras de este historiador hayan quedado inéditas. Su Historia natural y general de las Indias, islas y tierra-firme del mar Océano contiene 50 libros y sólo se han impreso 19. El ingenuo candor de los primeros escritores conquistadores, que no hacían libros con libros, nos indemniza de su falta de instrucción. «Yo hablo, dice Oviedo, de lo que he visto, no de lo que he oído; y he presenciado cuatro cosas notables. Estuve, como paje muchacho, en el sitio de Granada, y vi entrar á nuestros Reyes vencedores de los moros; también vi en 1493 al Rey, herido en Barcelona por mano de un asesino, palidecer á causa de la herida; vi llegar á Cristóbal Colón y presentar los primeros indios; vi echar á los judíos de Castilla.»
[263] Ora maritima, v. 96, 108, 113. (Poetæ lat. min., ed. Wernsd, t. V, parte II, pág. 1.181-1.184). Avieno ignora el nombre de Cassitérides ó desdeña emplearlo, acudiendo (según asegura) á fuentes más antiguas. Estos nombres de «Sinus Oestrymnicus é Insulæ Oestrymnides laxe jacentes» (muy alejadas las unas de las otras, dispersas en el mar exterior), ¿serán de un Periplo de Himilcón, quien visitó, «durante cuatro meses», las costas Occidentales de Europa, como Hannón había visitado las de África? Pytheas cree haber oído nombres parecidos en estas comarcas, al reconocer, según Eratósthenes (Estrabón lib. I, pág. 112, Alm.; pág. 64, Cas.), un promontorio de los Ostidamnienos. De estos nombres geográficos, islas Oestrymnidas del golfo Oestrymniano y del promontorio Ostimniano, que citan autores de tan distinta época, ninguna mención hacen los clásicos. Estrabón, que aprovecha con este motivo la ocasión para protestar de nuevo contra las ficciones de Pytheas comprendió perfectamente que se trataba de localidades cuya posición es mucho más boreal.
[264] Véase, con motivo de este pasaje de Estrabón y de un texto de Herodoto citado en la misma página Spohn, Diss. de Nicephoro Blemmyda, 1818, pág. 22, con amargas inculpaciones contra M. Tzschucke (Adnotat. ad Melam., vol. III, pars. I, pág. 95).
[265] Los antescianos ó antomos de Iberia encuéntranse en África y no en la India. En este mismo sentido Ptolomeo llama la tierra opuesta una masa continental situada más allá del Ecuador entre los mismos meridianos. La definición de antomos, ἄντωμοι, dada en la Astronomía antigua, de M. Delambre (t. I, pág. LIV), es, pues, inexacta y está en contradicción directa con las buenas definiciones. Encuéntranse además confundidos con frecuencia en los autores de la Edad Media los antípodas con los antichtonios. Estas palabras no son precisamente sinónimas, como lo prueban, por ejemplo, los pasajes de Mela, I, 9, 4, y de Plinio, VI, 22-24. Ambos autores, al hablar de Trapobana ó de la tierra opuesta, donde pudiera tener el Nilo su fuente transmarina, toman Γῆν ἀντίχθωνα por una tierra de los Anticianos. Cristóbal Colón no fué ciertamente á los antípodas de Europa, y, sin embargo, Pedro Mártir de Anghiera tiene noticias de que van de España «ad occiduos Antipodas» (Opus. Epistol., pág. 133).
[266] M. Mannert. En el Einleit. in die Geog. der Alten, pág. 74, dice: «Pytheas fué el primero que tuvo la idea de que, navegando desde Europa hacía el Oeste, se llegaría á la India, idea que hizo hallar América á Cristóbal Colón.» Lo que sencillamente refiere Estrabón es que Eratósthenes, en su valuación del tamaño de la clamyde se funda en la opinión que tennía Pytheas del intervalo desde el Borystenes á Thulé. Pronto veremos que es en Posidonio (Estrabón, lib. II, página 161, Alm.; pág. 102, Cas.) donde se encuentra el pensamiento de Eratósthenes y no en lo poco que sabernos de Pytheas, tan injustamente tratado por los que no han podido ó no han querido comprenderlo.