Séneca, Medea, act. II, v. 371 et seq. Chorus in fine, página 281:
«Nil, qua fuerat sede, reliquit
Pervius orbis.
Indus gelidum potat Araxem:
Albim Persæ, Rhenumque bibunt.
Venient annis sæcula seris
Quibus Oceanus vincula rerum
Laxet, et ingens pateat tellus,
Tethysque novos detegat orbes,
Nec sit terris ultima Thule.»
«En este orbe accesible, nada permanece donde estuvo; el indio bebe el agua del helado Araxe, los Persas las del Elba y el Rhin. Vendrán siglos en que el Océano abrirá sus barreras y aparecerán nuevas tierras; Tetis descubrirá nuevos orbes, y no será Thule la última tierra.»
Este es el pasaje tantas veces citado por Cristóbal Colón, Pedro Mártir de Anghiera, Oviedo y Herrera. Es inútil discutir aquí, como lo hizo Fernando Colón, quién sea el verdadero autor de Medea[273], porque un texto de Quintiliano (Inst. Orat., IX, 2, § 9) la adjudica terminantemente, según parece, al filósofo preceptor de Nerón, L. Annæus Séneca, y un rasgo satírico de Tácito[274] indica además «que el preceptor componía con frecuencia versos, desde que se aficionó á ellos el discípulo». Lo que aquí importa es fijarse en la relación de las ideas que conducen al poeta á hacer la profecía, por cierto bastante vaga, «de las nuevas tierras» que serán descubiertas en los siglos venideros; profecía que, según el geógrafo Ortelio, se aplicaba á América, con tanto más motivo, cuanto que Séneca había nacido en Iberia.
Comienza el coro celebrando el valor de los navegantes (Audax nimium, qui freta primus, etc.) en una época en que ni se guiaban por los astros, ni los vientos tenían aún nombres especiales; pero desde que los Argonautas hicieron su gloriosa expedición, la mar está abierta por todas partes y no se necesita el navío Argos, construído por mano de Minerva. Cualquier barco recorre la alta mar; el mundo entero llega á ser de acceso fácil (permeable, pervius orbis). El Indio llega hasta el helado Araxes (sin duda el de Herodoto, I, 201, t. V, páginas 200-204, Schwigh, que forma el límite de Persia y del país de los Massagetas, es decir, el Iaxantes ó Sir Daria), el Persa bebe las aguas del Elba y del Rhin.
En este cuadro de las comunicaciones de los pueblos, sobradamente magnífico, aun para el reinado de Nerón, el poeta, siguiendo la costumbre de los griegos, presta los conocimientos de su época á los tiempos de Medea. La idea del contraste entre las primitivas y tímidas navegaciones (sua quisque piger littora tangens), y esta comunicación rápida desde la India hasta las orillas del Rhin, conduce á la profecía que termina el coro. «Cuando el Océano haya roto los lazos (vincula rerum) con que sujeta, según la Geografía homérica, el orbe terrestre[275], y este orbe quede libre á toda comunicación (ingens pateat tellus), entonces, en los siglos futuros, Thetis descubrirá las nuevas tierras (novos detegat orbes), y no será Thule el punto más lejano del mundo conocido».
La elevación del estilo y el tono patético de la inspiración han dado á las últimas frases del coro una importancia que profecía tan vaga y desprovista de todo color local jamás tuviera, si hubiese revestido la forma sencilla de una conjetura geográfica. Cuando Estrabón nos dice (I, pág. 113 Alm.; pág. 64 Cas.) que en el Océano Atlántico, en la parte del hemisferio boreal que no está ocupada por nuestra tierra habitada, podría muy bien existir otro οἰκουμένη y aun muchos, sobre todo en el paralelo de Tinæ, que es el de la mayor extensión continental de Europa y de Asia, profetiza, es decir, adivina (así me parece) por modo mucho más feliz el descubrimiento de América y de las islas del mar del Sur.
El rápido desarrollo de la navegación de Myos Hormos en las orillas del mar Rojo, hacia las costas de la India, desde la conquista de Egipto por los romanos (Estrabón, II, pág. 179 Alm.; pág. 118 Cas.); los descubrimientos más allá de las Islas Británicas, y en general hacia el Norte; acaso también algunas expediciones militares de los romanos al interior de África, enardecieron la imaginación de Séneca[276], y el coro que acabamos de analizar no parece imitado de alguna de las numerosas tragedias del mismo título de Neophrón de Sicyonio, de Herillo ó de Philisco, ninguna de las cuales ha llegado á nosotros.
Acaso la rápida celebridad de este pasaje de la Medea, desde que se aplicó al descubrimiento del Nuevo Mundo, dió ocasión á una superchería de anticuario que sólo conocemos por la narración del geógrafo Ortelio[277]. En 1508 ocurrió á un portugués, vecino de una aldea cerca del cabo de la Rocca, hacer grabar en una losa estos malos é ininteligibles versos:
Volventur saxa litteris et ordene rectis,
Cum videas Occidens, Orientas opes.
Ganges, Indus, Tigris, erit mirabile visu,
Merces commutabit suas uterque sibi.
La losa fué enterrada hasta que se comprendió que la humedad había atacado la superficie; desenterrada después, mostrada á los curiosos y descrita por los entusiastas como inscripción sibilina. El jurisconsulto César Orlando descubrió el fraude, y Resende lo denunció en las Antiquitates Lusitaniæ.
Después de la supuesta profecía de Séneca, lo que más preocupaba á los autores españoles en la época del descubrimiento de América era la gran catástrofe de la Atlántida de Solón. Cierto es que no recuerdo haber encontrado cita alguna de la Atlántida en las cartas de Cristóbal Colón ó en los fragmentos de su Tratado de la conquista del Santo Sepulcro; pero su hijo habla de la Isla Atlántica, confundiéndola, según manifesté antes, con la isla Atalante, frente á la Eubea que, por las narraciones de Tucídides[278], de Séneca y de Estrabón sabemos que la destruyeron los terremotos, hacia la Olimpiada 88.
Herrera dice que se inventó tomar la Atlántida de Platón por una de las Antillas de Barlovento para amenguar la gloria del descubrimiento del Almirante. Por mi parte, no he de promover de nuevo una cuestión geológica tan fastidiosamente rebatida. Los problemas de la geografía mítica de los Helenos no pueden ser tratados con arreglo á los mismos principios que los problemas de la geografía positiva, puesto que se presentan como imágenes veladas de contornos indeterminados. Lo que Platón hizo[279] para fijar estos contornos y agrandar las imágenes, aplicándoles las ideas de una teogonía y de una política más modernas, sacó el mito de la Atlántida del ciclo primitivo de las tradiciones, á las cuales pertenece el Gran Continente Saturniano (Plutarco, De facie in orbe lunæ, p. 941, 2), la isla encantada, en la que Briareo vela junto á Saturno dormido, y la Meropis de Theopompo. Lo que importa recordar aquí es la relación histórica del mito de la Atlántida, con Solón. En su expresión más sencilla, designa el mito la época de «una guerra de pueblos que vivían fuera de las Columnas de Hércules contra los que están al Este» (Crit., p. 108). Es, pues, una irrupción que procedía del Oeste.
En la tierra Meropida[280] de Theopompo y en la tierra Saturniana de Plutarco vemos, como en la Atlántida, un continente en cuya comparación nuestro οἰκουμένη forma una pequeña isla. La destrucción de la Atlántida, á causa de los terremotos, relaciónase con la antigua tradición de la Lyctonia, mito geológico que se refiere á la cuenca del Mediterráneo, desde la isla de Chipre y la Eubea, hasta Córcega, y que acaso en tiempos recientes, pero á imitación de la sabia escuela de Alejandría, sirvió para formar sistemas geológicos, por las tradiciones primitivas de los Helenos, y fué celebrado en las Argonáuticas del falso Orfeo (276). Este mito de la Lyctonia, muy antiguo por cierto, que indicaba un peligro, una amenaza al continente y á las islas griegas que los Atlantes quieren conquistar, ¿sería poco á poco transportado al Oeste, más allá de las Columnas?
Es también muy notable que, entre todos los mitos cosmológicos que acabamos de citar, la Lyctonia y la Atlántida sean los únicos que, bajo el imperio de Neptuno, cuyo tridente hace temblar la tierra, queden destruídos á causa de grandes catástrofes. Los continentes Saturnianos no presentan esta particularidad, y por ello mismo la Atlántida, á pesar de su origen probablemente egipcio y extraño á Grecia, páreceme reflejo de la Lyctonia. Los grandes trastornos geológicos ó, si se quiere, la creencia en ellos, que ocasionaba el aspecto de la superficie del globo, las penínsulas, la posición relativa de las islas y la articulación de los continentes, debían preocupar los ánimos en todos las costas del Mediterráneo, aun en Egipto, que, como suponían los sacerdotes, estaba menos expuesto que cualquier otro país á que las revoluciones físicas, bruscas y parciales, interrumpieran el orden regular de los fenómenos periódicos.
La libertad extrema[281] con que Platón, especialmente en el Critias, trata el asunto de la Atlántida, ha hecho, naturalmente, dudoso el relacionar este mito con Solón. Platón estaba emparentado con la familia de este legislador, y á la vez con la de Critias. El bisabuelo de éste, á quien hace figurar en los diálogos, llamábase Dropides, y era amigo íntimo de Solón, que le ha citado en sus versos. El relato de Platón ofrecería menos dificultad cronológica, dado el intervalo de doscientos diez años entre la vejez de Solón y la de Platón, durante el cual se sucedieron tres generaciones de la descendencia de Dropides, si por una alteración, sin duda censurable, del texto, fuese éste y no Solón quien refiriese á Critias, abuelo del interlocutor, lo que había sabido por Solón de la catástrofe de la Atlántida. Este Critias, hijo de Dropides, contando noventa años (cuando el interlocutor sólo tenía diez), excitado por un concurso de jóvenes, que cantaban los versos de Solón, empezó á narrar la historia de los Atlantes, tal y como se expone en los dos diálogos del Timeo y del Critias. Además se hace decir á Critias, el interlocutor, que conservaba las notas de Solón, en las cuales discutía éste los nombres propios traducidos por él, del egipcio al griego, y que quería poner en su poema. Para dar más importancia á su relato hubiera podido Platón referir todos estos hechos en una novela histórica, favoreciendo su parentesco con Solón la verosimilitud de la fábula.
Recientemente se ha renovado la suposición[282] de que el mito de la Atlántida no lo tomó Platón de Solón, sino que lo supo durante su viaje á Egipto. Plutarco, en su Vida de Solón, devuelve, al parecer, al gran legislador de Atenas el poema cuya existencia se pone en duda, y se lo devolvería con irrecusable certidumbre, de no modificar sus ideas, como las modificó, en vista de los diálogos de Platón. El biógrafo nos dice, en efecto, que Solón «conferenció con los sacerdotes Psenophis y Sonchis de Heliópolis y de Saïs, de quienes supo el mito de la Atlántida que intentó, como afirma Platón, poner en verso y publicar en Grecia». Al final de esta biografía añade «que Solón no terminó su poema, cuya extensión le amedrentaba, por haber llegado á la vejez, y no por ocupaciones políticas, como Platón supone». Esta rectificación á lo que Platón afirma (Tim., vol. III, p. 21) y los nombres de dos sacerdotes egipcios[283], que los diálogos no mencionan, indican, en mi opinión, que Plutarco, á pesar de ser tan lejana la época, se inspiraba en fuentes que nos son desconocidas. También M. Letronne, en su juicioso Ensayo sobre las ideas cosmográficas relacionadas con el nombre de Atlas, 1831, dice expresamente: «La fábula de Atlántida que Platón cuenta y amplifica sin duda en el Timeo y el Critias, fué tomada de un poema mythico político que Solón compuso al fin de su vida, para despertar el valor y el patriotismo de los Atenienses y, con objeto de darla mayor crédito, supuso que los sacerdotes de Saïs eran los autores del primitivo relato. Solón murió en el año 559, antes de nuestra era, y su poema debió ser compuesto entre 570 y 560, unos setenta años después del viaje de Colæus de Samos, y más de doscientos años antes de la redacción del Critias».
Observa el gran helenista, mi compatriota Mr. Boeckh, que la reminiscencia de la guerra de los Atlantes en las pequeñas Panatheneas, atestigua la gran antigüedad de la tradición de la Atlántida, y prueba que no todo en este mito fué inventado por Platón. «En las grandes Panatheneas se llevaba en procesión un peplum de Minerva, representando el combate de los gigantes y la victoria de las divinidades del Olimpo. En las pequeñas Panatheneas (hay que omitir el nombre del sitio donde se verificó la procesión, porque la cita es un error del escoliasta) se llevaba otro peplum que mostraba cómo los Atenienses, educados por Minerva, alcanzaron el triunfo en la guerra de los Atlantes.» Schol., in Rempubli., I, 3, 1. (Bekkeri Comm. in Plat., II, pág. 395. Véanse también las mismas informaciones en Proclus in Tim., pág. 26). Añadamos á esto un escolio conservado también por Proclus, pág. 54. «Los historiadores que hablan de las islas del mar Exterior dicen que en sus tiempos había siete islas consagradas á Proserpina, y otras tres de inmensa extensión, consagradas la primera á Plutón, la segunda á Ammón y la tercera (la de en medio, de mil estadios de extensión) á Neptuno. Los habitantes de esta última conservaban, por sus antepasados, memoria de la Atlántida, de una isla extraordinariamente grande, que ejerció durante largo espacio de tiempo la dominación en todas las islas del Océano Atlántico, y que también estaba consagrada á Neptuno.» Todo esto lo ha escrito Marcelo ἐν τοῖς Αἰθιοπικοῖς. Hay un escolio del Timeo (17, 17 in Bekkeri Comm., II, pág. 427) literalmente copiado de este pasaje.
Esta reminiscencia monumental de la guerra de los Atlantes en el peplum de las pequeñas Panatheneas, y este fragmento de Marcelo conservado por Proclo, indicando el recuerdo de una catástrofe física (la existencia de un mito de la Atlántida) más allá de las Columnas de Hércules, quizá en las mismas islas Canarias[284], merecen seria atención de los aficionados á penetrar en las tinieblas de las tradiciones históricas.
En el gran Archipiélago de la India existe, según observación de M. Raffles, una tradición, ó más bien una creencia análoga á la de la destrucción de la Lyctonia y de la Atlántida.
Lo que primero importa en este género de investigaciones es comprobar la antigüedad de un mito que equivocadamente se ha creído una ficción de la vejez de Platón, una novela histórica como el Viaje imaginario[285] de Iambulo (Diod. II, 53-60), y los ochenta y cuatro libros de Antonio Diógenes sobre las cosas que se ven más allá de Thulé.
Lo que en los mitos geológicos puede corresponder á los antiguos recuerdos ó á especulaciones sobre la primitiva configuración de las tierras, á la ruptura de los diques que separaban las cuencas marítimas, constituye un problema distinto y acaso más insoluble. Estos Atlantes, felices porque viven muy lejos, felices hasta por carecer de ilusiones (Herodoto, IV, 184; Plinio, V, 8), son, según las ideas reinantes en la extremidad civilizada de la cuenca oriental del Mediterráneo, entre los Egipcios y los Helenos, un conjunto de pueblos del África boreal y occidental, de raza tan distinta, sin duda, como los que al noroeste de Asia confundiéronse por largo tiempo con la denominación vaga de Escytas y Cimerianos. Los Atlantes de los tiempos históricos habitan al Este de las Columnas de Hércules. Herodoto los pone á veinte jornadas de los Garamantes; pero íntimamente ligado su nombre con el del monte Atlas, pudo suponerse á los Atlantes míticos en la dirección del Oeste, más allá de las Columnas de Hércules, según que la fábula del Atlas Montaña ha ido retrocediendo progresivamente en esta misma dirección.
La guerra de los Atlantes con los habitantes de Cerné y las Amazonas, tan confusamente tratada por Diodoro de Sicilia, tuvo por campo todo el Noroeste de África, más allá del río Tritón (Herodoto, IV, 191), límite entre los pueblos nómadas y los pueblos agrícolas y de más antigua civilización, si cabe señalar localidad á una lucha en que intervienen seres fabulosos, las Gorgonias.
Añadiremos que el lago Tritón, de que habla Diodoro (III, 52 y 56), no está en las costas del Mediterráneo, sino en las del Atlántico. En esta región (y el hecho es digno de tenerlo en cuenta, porque Diodoro no menciona en parte alguna la destrucción de la Atlántida de Solón), eran numerosas las grandes erupciones volcánicas. El mismo lago Tritón lo hizo desaparecer un terremoto, desgarrando la tierra que lo separaba del Océano (Diod., III, 53, 55). El recuerdo de esta catástrofe y la existencia de la pequeña Syrte, atribuída, sin duda, á idéntico suceso, hace que los escritores antiguos (Herodoto, IV, 179) confundan el lago y la Syrte.
Algunos mitos del antiguo límite occidental del mundo pueden haber tenido fundamento histórico. Una emigración de pueblos de Oeste á Este, cuyo recuerdo, conservado en Egipto, pasó á Atenas y fué celebrado con fiestas religiosas, puede pertenecer á tiempos muy anteriores á la invasión de los Persas en Mauritania, cuyos rastros reconoció Salustio, invasión que también para nosotros ha quedado envuelta en tinieblas (Salustio, Guerra de Yugurta, cap. 18; Plinio, V, 8; Estrabón, XVII, pág. 828 Cas.)