[267] Conservo la palabra vértebra, empleada hasta ahora por los traductores de Estrabón. Es, sin embargo, muy probable que en vez de aludir al esqueleto de los animales vertebrados, quisiera designar Estrabón una forma circular (anillo) ó superficie convexa ó cilíndrica, como la que presentan, ó el peso del huso (verticillus en Plinio XXXVII, c. 2, peso muy ligero y de materia parecida al ámbar), ó las partes cilíndricas del fuste de una columna (Athen. Deipn., v. pág. 206, donde se encuentra descrito el famoso barco del Nilo, el Thalamegus, adornado con columnas cuyas partes eran de distintos colores, parecidas á algunos edificios modernos de Florencia).
[268] En el notable pasaje que trata del comercio de Thinæ (Periplus Marciani Heracl., pág. 14, y Arriani Periplus maris Erythr., pág. 30 Hudson) este puerto está representado como perteneciente al país de los Sinæ, país separado de la India extra Gangem. Tales eran los conocimientos debidos á más extensa navegación.
[269] Cito con preferencia estas denominaciones de la tierra de los Antichtonios, que, en siglos posteriores, ha sido idénticamente aplicada á América. Finis erat orbis ora gallici litoris, nisi Britannia insula amplitudine nomen Orbis alterius mereatur. (Dicuil, De mesura orb. terræ, p. 50, Walck; pasaje imitado de Floro III, 10, 16.) acerca de las dificultades con que tropiezan los habitantes de la tierra austral, Antichtonios, para comunicarse con los habitantes de nuestro οἰκουμένη, véanse dos párrafos notables en Cleón, Cyel. Théor., t. II (ed. Theop. Schmidt, 1832, págs. 11-12) y en Geminus, Elem. Astr., c. 13. (Pet. Uran., pág. 52.) El primero añade: «La existencia de esta tierra antichtona (de los Anticianos) la hemos sabido por consideraciones (teóricas) de física general, φυσιολογία, no por la experiencia (de hechos históricos).»
[270] Omnis terra quamvis ab Oceano tamquam ingens quædam insula circumvallatur, habitabilis tamen non undique globea est: cum utrumque ad solis semitam altius erecta caliginosæ cujusdam nubeculæ (ut inquit Anthonius Veronensis), speciem præstet, clamydisque formam præse fert, inquit Strabo in tertio: quoniam duas fibulas versus arcton habere conspicitur, quæ si coirent clamydis figurarent speciem. Cosmographia, en la Manuductio in tabulas Ptholomei, composita per Laur. Corvinum Basil., 1496, fol. 10, a.
[271] Du Theil, t. IV, parte I., pág. 295.
[272] Parece que Plinio recordó este pasaje de Séneca, cuando dijo: «Hæ tot portiones terræ, imo vero, ut plures tradidere, mundi punctus, neque enim est aliud terra in universo. Hæc est materia gloriæ nostræ; hic exercemus imperia, hic instauramus bella civilia, etc.» Pero estos filósofos del primer siglo de los Césares, generalmente estoicos, predicadores también del panteísmo, cuando era á propósito para la elocuencia de los retóricos (Plinio, II, I, 4, 7), presentan una monotonía de formas en sus tratados de filosofía moral que sólo han sabido sobrepujar nuestros teólogos.
[273] Por lo frecuente que es confundir al célebre filósofo L. Annæus Séneca con su padre, M. Annæus, esposo de Helvia, y á quien erróneamente han sido atribuídas las tragedias, los profesores de Salamanca, en las famosas polémicas con Cristóbal Colón en 1487, de que antes hablamos, le objetaban «que la extensión del Océano era infinita, como lo probaba el filósofo Séneca». En este argumento de los catedráticos de Salamanca no hay más que un error de persona: quisieron hablar del retórico M. Annæus Séneca, que vivió en tiempo de Augusto en Roma, y trata en las Suasoriæ (I, I) esta tesis: ¿Se embarcará Alejandro en el Océano, estando la India á la extremidad del mundo, más allá de la cual comienza la noche eterna? Voss (Kleine Schriften, t. II, pág. 241). La frase que emplea Fernando Colón, en la Vida del Almirante (cap. XI), de que los profesores se fundaban en la autoridad de Séneca, quien asegura, por vía de cuestión, que en tres años no se llegaría al fin de Levante, denota las Suasoriæ, las ficticias discusiones de los retóricos. En el texto no se habla de los tres años; se afirma «ultra Oceanum rursus alia littora, alium nasci orbem, nec usquam naturam rerum desinere sed simper usde ubi desisse videatur, novam exurgere»; pero el autor deduce, después de largas y fútiles digresiones, que Alejandro no debe embarcarse para buscar otro mundo. Idéntica deducción hacía la Facultad de Salamanca en 1487, procurando, por medio de doctos argumentos, impedir el descubrimiento de América.
[274] Objiciebant etiam eloquentiæ laudem uni sibi adsiscere et carmina crebrius factitare, postquam Neroni amor eorum venisset. (Ann., XIV, 52.)
[275] «Oceanus terras velut vinculum circumfluit.» (M. Ann. Séneca, Suas. I, pág. 5, ed. Bip.)
[276] Es perfectamente inútil hacer viajar á Séneca, ni aun como lo supone Gronovius, desde Egipto á la India. (L. Ann. Sen., Medea et Troades, ed. Ang. Matthiæ, 1828, páginas 14, 19, 92).
[277] Ortelii, Teatr. orbis terr., 1601 (in art. Nov. Orbis).
[278] Thucydides ait (III, 89), circa Peloponnesiaci belli tempus (anno sexto) Atalantam insulam aut totam aut certe máxima ex parte suppresam. Nat. Quæst., VI, 24. Véase también Estrabón, lib. I, pág. 105, Alm; pág. 61, Cas. Esta gran revolución física coincide, con diferencia de un año, con la tercera erupción del Etna de que hace mención la historia, después del establecimiento de los griegos en Sicilia, es decir, desde la primera fundación de Siracusa, Ol. 5, 4, según la crónica de Paros (Boeckh. Corp. Inser. Græc., t. II, pág. 335). Los terremotos del mar Egeo ¿preludiaron la erupción del Etna, á pesar de la diferencia de los dos sistemas de acción, de igual manera que hemos visto la relación entre los movimientos subterráneos de las Azores, la Luisiana y la costa de Caracas? (Rélat. hist., t. II, págs. 4-21.) No Homero, sino Hesiodo conocía el nombre del Etna, si es cierto que la palabra Αἴτνη estaba realmente en el texto de Hesiodo y que Eratósthenes no interpretó al poeta (Teogonia, v. 860), por conjeturas. En el reinado de Hierón hubo una erupción (Ol. 75, 2) grandísima que motivó las descripciones de Píndaro y de Esquilo. Refiere Diodoro (v. 6) que mucho tiempo antes de la guerra de Troya, los Sicarios, habitantes primitivos de la parte oriental de Sicilia, y por tanto, anteriores á los Sículos, se vieron obligados, por las erupciones del Etna, que duraron muchos años, á refugiarse en las partes occidentales de la isla. Tucídides llama tercera erupción á la de la Ol. 88, 3 (lib. III, 116). Es probable que Hesiodo conociera el Etna por los fenómenos volcánicos anteriores al establecimiento de las colonias griegas.
[279] Timæus, vol. III, págs. 20-25; Critias, págs. 109-121 (Platón, t. IX, págs. 287-297; t. X, págs. 39-66, ed. Bip). De estas dos obras de la vejez de Platón el último diálogo no está terminado (véase también Estrabón, II, pág. 160, Alm. pág. 102, Cas.); según testimonio de Posidonio, no de Polibio, como se ha dicho en una obra llena de exactas investigaciones, Hoff, Gesch. der natürl. Verand., der Erdoberfl., t. I, pág. 169: «Posidonio encuentra más atinado adoptar la tradición (de los sacerdotes egipcios) que decir de este país lo que se dijo del atrincheramiento de Homero: quien lo ha imaginado lo habrá hecho desaparecer.» La muralla que debía poner á cubierto el campo de los griegos, «probablemente no existió jamás (Estrabón, XIII, pág. 893, Alm.; pág. 598, Cas.) y no debe su destrucción, como Aristóteles dice, á la imaginación de Homero»; Platón figura el país de la Atlántida un país de elefantes en el cual hasta se encuentran los nombres de las lenguas semíticas, porque un hermano de Atlas se llama «Gadeiros, lo que en griego quiere decir Eumelos», rico en ganados. Sabemos, sin embargo, por un fragmento de Salustio (Nunnes ad Melam., pág. 525), por Plinio (IV, 36), Dionisio el Periegetes, y sobre todo por Avieno (Ora mar., v. 267), quien se alaba con frecuencia de estas noticias tomadas de Himilcón, que Gaddir ó Gadeira es una raíz púnica (Punicorum lingua conseptum locum Gaddir vocabant. Poetæ Lat. Mim., t. V, pág. 1212, ed. Wernsd).
[280] Este nombre de Meropis, relacionado con el del titán Atlas, ¿aludía á la única de sus hijas, unida á un mortal y que, en las Pléyades permanecía velada (obscurecida), casi oculta á las miradas de los hombres? (Apollod., Bibl., III, 10, 1, pág. 83, ed. Heyne.)
[281] En el mismo diálogo se dan distintas dimensiones á Atlántida. (Crit., págs. 108-118.)
[282] Véase Kleine, Quæst, quædan de Solonis vita et fragmentis. Duisb., 1832, pág. 8. Por otra parte, M. Bach (Solonis Athen. carmina quæ supersunt, Bonnæ ad Rhen, 825, páginas 35-56 y 113) cree que la familia de Platón conservó, no como tradición, sino como poema, un escrito designado con las palabras λóγος Ατλαντικóς.
[283] Plinio, VI, 31, conoce, además de la gran Atlántida de Solón, otra isla pequeña de igual nombre, á cinco días de navegación del Hespérion Ceras (¿Cabo Non? Gosselin, Rech., t. I, pág. 145). Esta última pudiera ser muy bien una de las siete islas de las Ætiópicas de Marcelo y pertenecer á las Canarias. También M. Heeren reconoce en la isla «herbarum abundans atque Saturno sacra» de Avieno (Ora mar., v. 165) isla cuyo suelo está trastornado por espantosos terremotos, mientras la mar inmediata permanece tranquila, el volcán de Tenerife. Ideen über Politik, 1825, II, I, pág. 106.
[284] M. de Sainte-Croix (Examen des historiens d’Alexandre, pág. 737) creía sin embargo que en la Gulliveriada de Iambulo había algún fondo de verdad. Un joven escritor, profundamente versado en las lenguas y en los alfabetos del Asia meridional y oriental, M. Jacquet, fijó recientemente la atención (Nouveau Journal Asiatique, t. XIII, pág. 30, t. IX, pág. 508) en este pueblo, «que usaba letras según los signos indicadores en número de veintisiete, pero según las figuras que tenían, sólo siete, siendo cada una susceptible de cuatro modificaciones» como en los alfabetos silábicos indios. Puede admitirse que en estos Viajes imaginarios mezclábanse á las fingidas descripciones locales algunos rasgos de costumbres y de usos que se conocían vagamente por las incoherentes relaciones de los antiguos navegantes. La mezcla de verdad y de ficción parece que existió especialmente en la Panchaïa de Evhemero (Gosselin, t. II, pág. 138).
[285] Letronne, Idees cosmog., páginas 8 y 9. M. Heeren (II, I, páginas 206, 240; II, 2, pág. 438) cree, en vista de la ruta de las caravanas, indicada por Herodoto, á la parte de allá de los Garamantes, que la tierra de los Atlantes de Herodoto debía estar entre el Fezan y el Bornu.
[286] En el texto de Anaxágoras de Clazoménes, conservado por Simplicio, páginas 89, 93, 110, ed. Schaubach, hay un pasaje bastante obscuro relativo á otro mundo, que ciertamente no es un mundo imaginario visto sólo por la inteligencia.
[287] «Phavorini fragmentum ἐν ταῖς παντοδαπαῖς ἱστορίαις apud Stephanum Byzantinum ad vocem Ὠκεανóς legimus quod ita se habet: Προσαγορεύουσι δὲ τὴν ἔξω θάλατταν ἐκεῖνου μὲν οἱ πολλοὶ τῶν βαρβάρων Ὠκεανόν, οἱ δὲ τὴν Ἀσίαν οἰκοῦντες μεγάλην θάλατταν, οἱ δὲ Ἕλληνες Ἀτλαντικóν πέλαγος. Moneo hunc locum satis gravi momento comprobare neque Oceani nomen, neque notionem illam maris terram cingentis græcæ esse originis.» (Sphon de Niceph. Blemm. duob. opusc, geogr., 1818, pág. 23). Este pasaje muy notable y muy decisivo de Favorino confirma los motivos históricos y etimológicos, alegados antes, del origen semítico (fenicio) de la ficción y del nombre de un río Océano que forma un círculo alrededor de la masa unida de las tierras. Véase también sobre las raíces hag (ag) y og: Villanueva, Phenician Ireland, 1833, pág. 65, obra cuyo estilo y método distan bastante de la severidad de una buena crítica filológica. Habitantes de la costa del mar Egeo, los Helenos conocían, por sus propias navegaciones, el mar Negro antes que el Océano. De aquí el nombre de Ponto (Πόντος) dado á la cuenca que parecía más grande, como el nombre de Poeta dado κατ’ ἐξοχήν al mayor de todos, á Homero.» (Estrabón, lib. I, pág. 39, Alm.; pág. 21, Cas.)
[288] Cujus libri auctoritatem, dice el Cardenal, sancti habuerunt in reverentia et veritatis sacras per eum confirmarunt.
[289] Lutero lo compara «á las fábulas de Esopo».
[290] Wilford, en el Asiatic Researches, t. VIII, pág. 376.
[291] Pitágoras, Parménides y Posidonio no conocían más que cinco ó seis zonas (Estrabón, lib. II, pág. 105, Alm.; pág. 94, Cas.), mientras en la India la división es ó en cuatro ó en siete zonas.
[292] Carl, das Buch Hiob, 1824, pág. 223.
[293] Sobre la gravedad universal en la superficie de la tierra, del sol y de la luna; sobre los efectos de la reflexión de los espejos agrandando ó multiplicando las imágenes; sobre la visibilidad de la luna en los eclipses totales; sobre las montañas especialmente luminosas de la luna (podría creerse que en este punto aludía á Aristarco y á los volcanes que algunos astrónomos modernos pretenden ver en actividad desde aquí abajo); y sobre la falta de calor en los rayos lunares.
[294] Después de repetir el pasaje de la Medea de Séneca, citado con tanta frecuencia desde 1492, el célebre geógrafo añade: «Ego quoque ejus (Novi Orbis) mentionen fieri á Plutarcho de Facie in orbe lunæ sub nomine. Magnæ continentis puto.» (Ortelio, Orb, terrar., 1570, art. Nov. Orb.)
[295] Letronne. Essai sur le mythe d’Atlas., p. 18.
[296] Estrabón sitúa también al Norte, cerca de los montes Ripheos, una montaña llamada Ogygia.
[297] Gesenius, Jesaia, t. II, pág. 324 (véase también Loka-loka, según Amara-Cosha en el diccionario de Wilson). Esta idea de un Gran Continente montañoso, situado más allá de la cintura oceánica y habitado por hombres antes del diluvio, es también de muchos Padres de la Iglesia, y ha sido expuesta por Cosmas Indicopleustes.
[298] Este interlocutor reaparece en los diálogos Defectu Oraculorum y de EI apud Delphos con Ammonio, preceptor de Plutarco y el matemático Menelao. El nombre de Lamprias es también el del hijo de Plutarco.
[299] En la Vida de Agrícola (cap. 10) atribuye, al contrario, Tácito estos mismos fenómenos á un mare pigrum et grave remigantibus, á la ausencia de tierras que son llamadas con razón causa et materia tempestatum; porque la desigual distribución de las superficies opacas (continentales) y diáfanas (oceánicas), es una de las principales causas del conflicto de las corrientes aéreas y de las explosiones eléctricas en la atmósfera. El nombre de mar Cronieno que Plutarco generaliza, no se aplicaba, propiamente hablando, sino más allá del promontorium Rubeæ, que separaba este mar (Plinio, IV, 13, Ducuil, de Mens terræ, VII, pág. 32, Walck) del Morimarimarusa ó Morimarusa, nombre, que, según Philemón, en la lengua de los cimbrios significa Mar Muerto. He aquí dos palabras que, según las observaciones de M. Bopp, pertenecen al parecer al sistema de las lenguas indo-germánicas, aunque con menos claridad y evidencia que Iabadiu (isla de cebada), dos palabras sanskritas, cuya significación nos conservó Ptolomeo (Geogr., libro VII, cap. 2). M. Welcker, en su ingeniosa Memoria sobre el sitio de la tierra de los Pheacienos, cree que la palabra Morimarusa alude al pasaje de los muertos en el Océano boreal, que pudo haber tomado Tácito de un comentario perdido de Plutarco, sobre Hesiodo.
[300] Esta prolongación boreal presenta un nuevo dato de analogía con la Gran Tierra de los Méropes de Theopompo, desde la cual se hace directamente, como á tierra próxima, una incursión en la comarca de los hiperbóreos.
[301] En otro sitio del mismo Tratado de las manchas lunares habla nuevamente Plutarco de la falsa idea de Estrabón y de la Escuela de Alejandría, sobre la salida del mar Caspio, que compara con el golfo Arábigo. Al admitir el mismo error Macrobio, que vivió trescientos años después que Plutarco, creyóse al menos obligado á mencionar al mismo tiempo la antigua opinión de Herodoto y del Stagirita: «Caspium mare unde oriatur (ex Oceano) inveniens: licet non ignorem, esse non nullus qui ei de Oceano ingressum negent.» (Macrobio, Comm. in Somn. Scip., II, 9).
[302] Estrabón censura severamente el género bastardo que consiste «en describir el mito en forma de historia, mezclándo, por ignorancia y como adorno poético, sucesos fingidos, y hechos positivos y ciertos». Añade, además, que al mismo Theopompo le importaba poco confesarse culpado de esta mezcla.
[303] Véase el pasaje de Tertuliano, adversas Hermog., c. 25, que ya hemos citado. Sileni alius orbis. Si Theopompo no empleo las mismas palabras, de Nuevo Mundo, á lo menos llama á Meropis ἐκείνην (γῆν) τὴν ἔξω τούτου τοῦ κόσμου.
[304] Véase Epítome de la Biblioteca Oriental y Occidental, por el licenciado Antonio León. Madrid, 1623, pág. 68. Otra edición de las Oceánicas se publicó en Basilea en 1523.
[305] Es el Conde de Büren, que los escritores franceses y españoles escriben Beure, Bure ó Bures, como el nombre de Guillermo de Croy, señor de Chevres, está escrito Xebres, Gevres ó Crouy Chievres. Estos dos personajes, en unión del erudito Adriano, hijo de un fabricante de tapices (Floris Boyens, de Utrecht), estuvieron encargados de la educación de Carlos V.
[306] Unam ex insulis exiliisse in altum, partemque illius varatam aïunt pelago, montemque obruisse oppidum celebre nomine Villaregale, neque ultra vestigium apparuisse (Petr. Martyr, Opus Epist., pág. 447.) Linschoten no alcanza más que al terremoto de 1570 en las Azores (Hoff, Geschichte der Erdoberfläche, t. II, pág. 286). La relación de los movimientos en las Azores, Mauritania, Granada, Almería y las Alpujarras en 1522, es muy notable. Véase mi Rélat. historique, t. II, págs. 4 y 19.
[307] Petr. Mart., Opus Epist., 1670, pág. 310 (Carta 562 dirigida á León X el 26 de Diciembre de 1515).
[308] L.c., pág. 437 (Ep. 757). In Castellæ regnis, ubi ætatis meæ vim omnem consumpsi, ubique mihi ex nobis orbibus ab Hispanis repertis vivendi apud posteros est præbita materia, etc.
[309] Las Décadas indican la primera partida de Cristóbal Colón del puerto de Palos (una de las épocas más memorables de la historia de los descubrimientos) circiter ad calendas, Sept. 1492, en vez del 3 de Agosto.
[310] Opus Epist., núm. 130, Christophorus quidam Colonus! La celebridad ya adquirida y la larga vida del más popular de los prosistas griegos no le impidió sufrir el nescio quis Plutarchus de Aulo Gelio (Noct. Alt., XI, 16).
[311] Las citas de Tucídides, de Platón, Estacio, Hygin, Juvenco y Fortunato, pertenecen á D. Fernando Colón, hijo del Almirante, como se advierte con toda claridad en la discusión sobre la Atlántida y las islas Hespérides, que Cristóbal Colón creyó formaban parte de la India á causa de un pasaje mal interpretado de Solino (Vida del Alm., c. 9). La erudición clásica de D. Fernando Colón, ó más bien, su afición á recoger libros, demuéstralo la biblioteca que logró formar, biblioteca que Bossi atribuye erróneamente á Cristóbal Colón y que todavía se conserva en Sevilla.
[312] Colón le cita en el Libro de las Profecías, folio 13.
[313] Cristóbal Colón le nombra en su carta á los Monarcas, fechada en la isla de Haïti en 1498: San Isidro, y Beda, y Strabo, y el Maestro de la Historia escolástica, y San Ambrosio, y Scoto y todos las santos teólogos conciertan que el Paraíso terrenal es en el Oriente.....» (Es la disertación en que el Almirante procura probar que el Orinoco ó el Guarapiche son los ríos del Paraíso). Colón llama algunas veces Extrabón al célebre geógrafo de Amasia.
[314] La viva imaginación del Almirante le hace ver lo que su memoria le recuerda de una lectura variada y asidua. «La gente de que escribe Papa Pío, según el sitio y señas, se ha hallado; mas no los caballos, pretales y frenos de oro; ni es maravilla, porque allí las tierras de la costa de la mar no requieren, salvo pescadores, ni yo me detuve, porque andaba aprisa.» Carta de Colón á los Monarcas españoles, escrita en Jamaica el 7 de Julio de 1503 (Navarrete, t. I, págs. 299 y 307.) El señor Bossi cree que el Almirante alude, no á la Descripción de Asia, de la que se publicó una segunda edición en París en 1534, sino á la Cosmographia seu Hist. rerum ubique gestarum locorumque descriptio del papa Pío II.