Se casó nuevamente con la madre del niño y hubo grandes fiestas en palacio. El pueblo también se divirtió, porque el Rey quiso que todos se alegrasen. Lo pasado sirvió de lección al soberano, que en adelante fué bueno con su pueblo y gobernó justicieramente. Las seis compañeras de la nueva Reina se casaron cada una con un grande de la Corte y fueron muy felices.

Y aquí se acabó el cuento y se lo llevó el viento por la mar adentro.{66}

11. EL MIÑIQUE.

(Referido por el niño Mannel Oporto, de 14 años, de Temuco, que lo oyó contar en Santiago en 1911)

Para saber y contar y contar para aprender. Estos eran dos viejecitos muy pobres y muy desgraciados. El marido era aguador y la mujer lavandera; pero por más que trabajaban, el dinero que recibían apenas les alcanzaba para no morirse de hambre.

Una noche que hablaban de su pobreza y de su soledad, dijo la viejecita:

—Si siquiera hubiéramos tenido un hijo, aunque hubiera sido chiquitito, nos habría ayudado a pasar sin tantas escaceses y habríamos tenido con quien conversar en las noches y quien nos cuidara cuando hubiésemos caído enfermos.

—Así es, respondió el aguador; pero, ¿qué sacamos con hablar de estas cosas?

—Tendrán el hijo que desean—dijo una voz que venía del techo.

Los dos ancianos se miraron asustados; y como era tarde, se acostaron y se quedaron profundamente dormidos.

Al otro día se levantaron de madrugada, como de costumbre; el viejecito se fué a acarrear agua para sus parroquianos, y su mujer se puso a lavar ropa.

Apenas se había puesto la lavandera a su trabajo, sintió que por entre el brazo derecho y la manga de la camisa le andaba algo, y creyendo que podía ser una lagartija u otro bicho, se asustó y sacudió el brazo. Sintió caer algo en la artesa; pero aunque nada vió, oyó una vocesita atiplada, que decía:

—Mamita, sáqueme luego del agua, que me ahogo. Buscó la anciana y después de fijarse mucho descu{67}brió una guagua tan pequeñita que apenas se veía y que movía pies y manos en el agua jabonada, como si nadara.

Los viejos lo criaron con todo cariño y cuidado y como era tan chiquitín, lo llamaron Miñique, nombre que le venía muy bien, porque, en verdad, el niño nunca fué más grande que el menor de los dedos de la mano.

En lo único que creció Miñique fué en fuerzas, que llegó a tenerlas prodigiosas; y en voz, que cuando gritaba, era más recia que la de cualquier hombre.

Los ancianos lograron ocultar la existencia del niño, que ni siquiera era sospechada de nadie. Era tan lindo, que temían se lo robaran, y el conversar y entretenerse con él era el único consuelo que tenían.

Pasaron siete años y los viejecitos se pusieron tan achacosos que no podían trabajar y el dinero se les concluía.

Treinta centavos no más les quedaban, cuando la antigua lavandera le dijo a Miñique:

—Hijito, tome este diez, y vaya a la carnicería y me lo compra de carne.

Fué el Miñique a la carnicería y golpeó en el mostrador. El carnicero miraba y como a nadie veía, dijo:

—¿Quién golpea?

—Yo, el Miñique—le contestó un vozarrón que llegó a asustarlo:—véndame un diez de carne.

Se asomó el carnicero por encima del mostrador y después de algún trabajo logró ver a un hombrecito que apenas se levantaba unos diez centímetros del suelo.

—¿Y de dónde vas a sacar fuerzas para llevarte diez centavos de carne? El trozo que te diera sería muy pesado para ti.

—Pero, señor, ¿que quiere reírse de mí? ¡Si un buey entero me da, soy capaz de llevarme el buey!

—Bueno, replicó el carnicero; dame el diez y te llevas ese buey que está colgado en la puerta.

Esto que oye el Miñique, se echa el buey al hombro y se lanza a correr con su carga. El carnicero se quedó con la boca abierta, alelado, sin acertar ni a moverse; y{68} toda la gente que transitaba por la calle se hacía cruces, pues no se explicaba como podía correr un animal despostado y con las patas hacia arriba; porque al Miñique, como era muy chiquitito y estaba debajo del animal, nadie lo veía.

Los viejecitos se pusieron muy contentos con la adquisición del Miñique, y le dijeron que fuese a comprar cinco centavos de pan.

Se fué el Miñique corriendo a la panadería y se puso a golpear en el mostrador. El panadero sentía los golpes, pero no veía a nadie.

—¿Quién golpea?—preguntó.

—Yo, el Miñique—contestó el niño, con voz formidable.—Deme un cinco de pan.

El panadero se inclinó sobre el mostrador y, asustado de ver aquel pedacito de hombre, le dijo:

—¿Y cómo podrás llevar, siendo tan chico cinco centavos de pan?

—Las cosas de Ud.; ¿que cómo me los llevaré? Pues, lo mismo que se lo lleva toda la gente que viene a comprarle. Si me da lleno de pan aquel gran canasto que está sobre el mostrador, verá Ud. que me lo llevo muy bien.

—Dame los cinco centavos y llévate el canasto.

—Tome el cinco, y écheme el canasto al hombro.

Cogió el panadero la pequeña moneda, y, temiendo aplastar al Miñique con el peso del canasto, con mucho cuidado se lo colocó encima.

Apenas sintió el Miñique que tenía el canasto en sus hombros, echó a correr como si la carga que llevaba fuese una pluma; y aquí fué la admiración del panadero, y de todos los que pasaban por la calle, que veían como un canasto corría solo sin que nadie lo empujara o lo llevara tras de sí.

Llenos de alegría recibieron los viejos al Miñique; y muy pronto se sentaron a comer un buen asado. El viejecito dijo:

—Dejaremos carne para dos días, y la demás la hare{69}mos charqui mañana y así tendremos para comer mucho tiempo.

Siguieron conversando muy contentos. En la noche dijo la anciana:

—¡Quién pudiera tomar un matecito!

—Mamita, le dijo el niño, déme diez centavos y yo le traeré un cinco de azúcar y otro cinco de yerba.

—Aquí tiene, hijito.

Salió el Miñique y se dirigió al almacén de la esquina.

—¿Quién golpea?—preguntó el despachero.

—El Miñique,—contestó el niño.—Deme un cinco de azúcar y un cinco de yerba.

Se asomó el comerciante por encima del mostrador y cuando vió aquel pergenio, le dijo:

—Pero, niño, ¿y cómo vas a llevar el azúcar y la yerba? Es mucho para ti.

—No tenga cuidado por eso, señor, que si por un 5 me da un cajón de azúcar y por otro 5 un barril de yerba, yo me los llevaré solito, sin que nadie me ayude.

—Bueno, pásame los 10 centavos y llévate aquel cajón y aquel barril.

—Aquí tiene el 10; pero amarre el barril encima del cajón y después me los echa a la espalda y verá bueno. No sabe usted las fuerzas que tengo.

El despachero se reía de lo que le decía el Miñique, que creía eran puras bromas; sin embargo, hizo lo que el niño le pidió, y al cargar el enorme bulto sobre el pequeñuelo le dijo:

—¡Cuidado, niño, no te vaya a aplastar!

—No tema nada; échemelo no más.

Al sentir el Miñique que el bulto tocaba sus espaldas, se asió de la cuerda y echó a correr, dejando asombrado al almacenero.

Es de imaginarse el gusto de los padres del Miñique cuando lo vieron llegar con su preciosa carga. Ya no se morirían de hambre: tenían bastante carne, pan, azúcar y yerba. ¿Qué más querían? Se tomaron sus buenos mates{70} y se acostaron; y al otro día el viejo charquió la carne del buey.

Cuando el charqui estuvo hecho dijo la viejecita:

—¡Quién tuviera algunas cebollitas para hacer un valdiviano!

—¿No le queda todavía un cinco, mamita? Démelo y yo le traeré cebollas.

Le entregó la anciana el cinco, y al salir el niño a la calle se encontró uno de esos cortaplumas pequeñitos que algunas personas suelen usar como dije. Lo tomó, se lo guardó en la faltriquera y siguió su camino.

A poco andar encontró a un cebollero, que llevaba su mercancía en dos grandes árgenas que pendían a uno y otro lado del caballo que montaba.

—Oiga, amigo—le gritó el Miñique—véndame un cinco de cebollas.

El cebollero miraba a todas partes, pero no veía al comprador, a quien ocultaba la yerba que brotaba a la orilla de la acera.

—¡Que me venda un cinco de cebollas, le digo!—repitió el Miñique.

Pero apenas concluyó de decir estas palabras, una vaca que venía por la misma calle comiendo la yerba que crecía en la orilla de la acera, junto con tragarse un puñado de ella, se tragó al Miñique. El Miñique siguió gritando desde adentro de la barriga del animal:

—¡Véndame luego el cinco de cebollas! ¡Mire que mi mamita me está esperando!

El cebollero, casi se volvía loco buscando al que le hablaba, sin poderlo encontrar. ¿Cómo iba a figurarse que la voz salía de adentro de la vaca?

Sólo al rato de haber sido tragado vino a darse cuenta el Miñique del lugar en que se encontraba; pero como era de ánimo esforzado, no se atemorizó, antes bien sacó su cortaplumas del bolsillo y poco a poco abrió un buen tajo en la guata del animal y salió por ahí, no muy limpio ni muy fragante, en verdad, pero sano y salvo. El animal{71} cayó muerto a los pocos instantes, y el Miñique, cogiéndolo de la cola lo arrastró hasta su casa, en donde fué hecho charqui también.

Inmediatamente de dejar la vaca en poder de sus padres, que lo lavaron y le cambiaron ropa, volvió el Miñique tras el cebollero, y habiéndolo alcanzado, le gritó:

—¿Qué hubo, amigo? Me vende o no el cinco de cebollas?

—Pero niño—respondió el cebollero,—¿cómo podrás llevar media docena de cebollas grandes? Una sola sería demasiado peso para ti.

—¿Qué se ha imaginado usted, señor cebollero? Si me da por el cinco las dos árgenas, verá que me las llevo yo solito, sin necesidad de pedir ayuda a nadie.

—Ya está, te doy las dos árgenas con cebollas por el cinco—le dijo el cebollero, pensando que eran simples bravatas las del chiquitín:—dame el cinco y aquí tienes las dos árgenas—agregó, bajándolas.

Le entregó el Miñique la moneda y cogiendo las árgenas de la parte en que estaban unidas, apretó a correr, arrastrándolas tras de sí, con tanta ligereza, que en un momento se perdió de vista, dejando estupefacto al vendedor de cebollas.

Con estas aventuras, la fama del Miñique se extendió por todo el país y el Rey manifestó deseos de conocerlo.

Como la capital estaba lejos, el Miñique quiso ir a caballo y cogió una lauchita que domesticó fácilmente. De una horquilla de peinado hizo frenos y estribos; de un pedazo de cabritilla de guante viejo, la silla de montar; y de un cordón de zapatos las riendas y demás arreos; se colgó a la cintura, a manera de espada, el pequeño cortaplumas con la cuchillita abierta, y montando en su cabalgadura se dirigió a la capital del reino.

Cuando llegó a palacio, fué la admiración de todos: el Rey, la Reina, los Príncipes, las Princesas, los señores y damas de la Corte, lo acogieron con entusiasmo; no sabían qué admirar más en él, si su pequeña estatura o sus{72} fuerzas prodigiosas, o si su belleza o su voz estentórea. Fué calificado como la primera maravilla del reino, y el Rey quiso mantenerlo a su lado. Pero cuando el monarca le comunicó su decisión, el Miñique observó respetuosamente que no podía abandonar a sus padres, ancianos, achacosos y miserables, cuyo único sostén era él; si él les faltaba, los pobres viejos se morirían.

Mucho le agradaron al Rey los buenos sentimientos del Miñique para con sus padres, a quienes hizo venir, les dió habitación en palacio y proveyó a todas sus necesidades.

El Miñique sirvió al Rey de modo extraordinario en una guerra a que fué provocado por sus enemigos; él solo bastó para mover toda la artillería, en ocasión de que los caballos se habían hecho muy escasos; y él también, con su voz potente, transmitió las órdenes del general en jefe. Por sus servicios fué condecorado y ascendido a capitán en el campo de batalla; y vivió el resto de sus días querido y agasajado de todos.

12. LOS TRES CONSEJOS.

(Contado por la Señora Clorinda B. de Somerville, en 1915)

Han de saber que vivía en un pueblo un matrimonio muy bien avenido y que habría sido completamente feliz si la fortuna le hubiese prestado alguna ayuda; pero parece que se complacía en volverle las espaldas. Era inútil cuanto había hecho el marido, hombre bueno a carta cabal, para encontrar trabajo, porque nadie se lo proporcionaba. La mujer, que era una perla, cosía y bordaba a la perfección; pero, por desgracia, tampoco nadie la ayudaba. Tenían un hijo de unos doce años, bueno como ellos, estudioso e inteligente, que era su único con{73}suelo; y sin embargo, su vista hacía sufrir al padre, porque pensaba en el triste porvenir que le aguardaba.

Un día, Juan—así se llamaba nuestro hombre—tomó una determinación desesperada.

—Rosa,—dijo a su mujer—esta situación no puede continuar; si aquí no encuentro en qué ganar la vida, iré a buscarla fuera del pueblo; y como necesito llevar algún dinero para mis primeros gastos, venderemos los muebles que no te sean indispensables, y del producto tomaré yo una parte y te quedarás tú con la otra para subvenir a tus necesidades y a la de nuestro hijo, mientras encuentras costuras y yo vuelvo. Dios ha de permitir que nada les falte en mi ausencia y que ésta sea corta.

La venta de los muebles produjo mil pesos. El tomó seiscientos, y con las lágrimas en los ojos se despidió de su mujer y su hijo.

Al pasar por la casa de un compadre, excelente persona, pero un poco alocado—se dijo:

—Voy a despedirme de mi compadre y a recomendarle que cuide de su ahijado mientras yo regreso,—y entró.

—A despedirme de Ud. vengo, compadrito.

—¿A dónde va, compadre?

—A donde Dios quiera, pues. Voy a tentar suerte, a ver si encuentro trabajo en otra parte, ya que aquí no se gana ni para cigarros.

—Yo lo acompaño, compadre. ¿Cuánto lleva Ud. para el camino?

—Trescientos pesos.

—¡Lo que son las casualidades! yo también tengo aquí otros trescientos; me los echo al bolsillo y vamos andando.

De mucho consuelo sirvió a Juan la compañía de su compadre, que era hombre alegre y decidor. Sus chistes le hacían reir y distraerse de la pena que le ocasionaba la separación de su familia, y conversando y conversando, marchaban sin sentir el camino.{74}

Después de andar una semana, llegaron a la plaza de una ciudad, y en una de sus esquinas vieron una muchedumbre de gente reunida. La natural curiosidad hizo que se acercaran y vieron en medio del grupo a un anciano que pregonaba:

—Tres consejos, señores, por sólo trescientos pesos; tres consejos que procurarán la fortuna y la felicidad a quién los conozca! Tres consejos, a cien pesos cada uno! ¿Nadie se interesa por ellos?

Juan sintió como si una voz interior le ordenara comprarlos, y sin poder contenerse se acercó al anciano y le dijo:

—Yo los compro; aquí están los trescientos pesos.

El anciano recibió el dinero y acercando sus labios al oído de Juan, murmuró:

—Estos son los tres consejos, que te harán feliz si los sigues en todo momento: No dejes lo viejo por lo mozo; No preguntes lo que no te importe; y No te dejes llevar de la primera nueva.

Al apartarse Juan del anciano, todos lo miraban lastimosamente.

—Está loco,—decían.—¡Pobrecito!

Su compadre le preguntó:

—Pero, compadre, por Dios, ¿qué ha hecho? ¿Que ha perdido el juicio? ¿Que no ve que ese viejo es un miserable charlatán, que lo ha robado?

Juan callaba y se decía:—Bien puede que así sea, pero también puede ser que todos se equivoquen;—y se proponía seguir los consejos que había recibido, cada vez que se le presentara la ocasión.

Almorzaron y salieron de la ciudad, porque en ella había también escasez de trabajo; y poco después se encontraron con que el camino que seguían se dividía en dos, uno antiguo y otro recién construido. Preguntaron cuál de los dos era mejor y le contestaron que el viejo era muy largo e incómodo y por eso nadie transitaba{75} por él, y que todo el mundo prefería el nuevo por ser nuevo, más cómodo y más corto.

Juan, que se acordó del primer consejo que le había vendido el anciano, dijo a su compañero:

—Vámonos por el camino antiguo; acuérdese, compadre, del refrán que dice: No dejes lo viejo por lo mozo ni lo cierto por lo dudoso.

—No, compadre, dijo el otro, mejor es que sigamos por el nuevo para llegar más pronto.

—Yo, compadre, me voy por el viejo.

—Y yo por el nuevo, y verá cuál de los dos entra primero a la ciudad. Lo esperaré en la plaza.

En verdad, el camino que tomó Juan, que había sido completamente abandonado hacía más de un año, era muy incómodo; estaba cubierto de matas de cardo y de toda clase de malezas, de charcos y de montones de piedras y de tierra, que dificultaban el paso; y sólo después de cuatro horas de penoso marchar logró salir de él y llegar a otra ciudad.

Cuando Juan entró a la plaza, se asombró grandemente de no encontrar a su compadre, el cual, según sus cálculos, debía haber llegado más de una hora antes que él. No sabiendo qué pensar ni qué hacer, se sentó en un escaño a esperar los acontecimientos. De pronto, el ruido que producían varias personas que se acercaban lo sacó de su meditación y, poniéndose de pie se dirigió al grupo. ¡Cuál no sería el asombro del pobre Juan al ver que traían muerto a su compadre, que había sido acribillado a puñaladas en el camino nuevo para robarle la cartera! Juan lloró sinceramente a su amigo y no se separó de su cadáver hasta dejarlo sepultado.

Juan se encontraba sin recursos, pero en fin estaba vivo; y del cementerio salió pensando que el primer consejo bien valía los cien pesos que le había costado; pero esto no lo salvaba de la triste situación en que se veía. Por suerte, al día siguiente, encontró ocupación, y aunque el trabajo era rudo y no muy bien remunerado, se pro{76}puso no salir de la ciudad. Como era económico y llevaba una vida tranquila y arreglada, logró reunir en los nueve años que vivió en ella algún dinero, y pensó entonces en volver a su pueblo a reunirse con su mujer y su hijo, de quienes en todo ese tiempo no había tenido noticias, a fin de establecerse y trabajar por su cuenta al lado de ellos.

Se despidió de su jefe y de sus compañeros de trabajo, que sintieron su ida muy de veras, pues todos lo apreciaban por sus buenas prendas, y partió contento y lleno de ilusiones en el porvenir. Pero tal vez el ensimismamiento en que iba lo hizo equivocar el camino y tomó otro diferente del que pensaba seguir y de repente se encontró en medio de un espeso bosque.

Era de noche y desesperaba ya de encontrar salida, cuando divisó una luz. Guiándose por ella, llegó a un gran palacio, y dirigiéndose a un hombre que estaba allí cerca, le preguntó quién era el dueño.—Nadie lo conoce; pero se sabe que el que entra a su casa nunca más sale de ella.

Juan dijo:—Yo entraré. Entre morir comido de las fieras si duermo a la intemperie y correr la aventura de salvar estando adentro, prefiero lo último—y llamó a la puerta.

Salió a abrir un criado muy bien vestido.

—¿Qué se le ofrece?—preguntó.

—Deseo que se me dé alojamiento por esta noche—respondió Juan.

—Aquí no se niega el alojamiento a nadie; pase a la sala mientras aviso al señor conde.

Poco después entró un caballero de aspecto simpático y le dió la bienvenida. Conversaron un rato y al cabo de un momento el dueño de casa lo invitó a cenar y pasaron al comedor, una hermosa sala, por cierto, regiamente amueblada, como todo el palacio. Pero, una cosa llamó particularmente la atención de Juan y fué que en un extremo de la bien presentada mesa había{77} una calavera colocada entre dos velas encendidas. Cuando tal vió, un estremecimiento nervioso recorrió todo su cuerpo, porque se acordó de lo que le había dicho el hombre que estaba cerca del palacio:—«El que entra a esta casa nunca más sale de ella».—Pero también vino inmediatamente a su memoria el segundo consejo del anciano:—No preguntes lo que no te importe;—y continuó la conversación, fingiendo toda indiferencia.

Se sirvió la cena, y aunque la vista de la calavera le había quitado el apetito, no lo quiso manifestar, y comió con la mayor tranquilidad.

Al fin de la comida, dos sirvientes condujeron al medio del comedor a una hermosa dama cargada de cadenas, y a una seña del conde comenzaron a azotarla sin piedad, hasta que, una vez que le corrió la sangre por la espalda, dejaron de martirizarla y se la llevaron.

Juan miraba hacer y callaba.

El conde estaba sorprendido de ver que su huésped no le dirigiese ninguna pregunta sobre lo que veía, a pesar de que él se valía de todos los medios posibles para que se las hiciese; pero el recuerdo del segundo consejo sellaba los labios de Juan.

Terminada la cena, el conde invitó a Juan a visitar las demás habitaciones del palacio, y después de recorrerlas, nuestro hombre se limitó a alabar el buen gusto con que estaban adornadas y la riqueza de los muebles, por todo lo cual felicitó al propietario. Este le dijo:—No acepto sus felicitaciones hasta que concluyamos, y aún nos queda por ver lo mejor:—Y abriendo una puerta de bronce, se presentó a los ojos de Juan el espectáculo más horrible. No menos de cien esqueletos apoyados en las paredes rodeaban la enorme sala, y un sinnúmero de calaveras y de huesos sueltos cubrían todo el piso. Juan se extremeció por segunda vez, pero no habló ni media palabra.

—¿Qué le parece esto? le preguntó el conde.{78}

—Que esta sala es posiblemente el cementerio de sus antepasados.

—No, señor mío. Todos los esqueletos y huesos que Ud. ve son de personas que fueron mis huéspedes, como Ud.; pero todas ellas me preguntaron qué significaba la calavera alumbrada por dos velas que tenía en la mesa del comedor; quién era la dama que azotaban mis criados y por qué la maltrataban; y yo, que había jurado matar a todo el que me dirigiera estas preguntas, en vez de contestárselas los hacía estrangular. La dama que mis sirvientes llevaron encadenada al comedor y azotaron tan cruelmente, es mi mujer, y recibe ese castigo por haber faltado a la fe que me debía; y la calavera que está en la mesa, es la de su cómplice, a quien maté con mis propias manos. Usted es un hombre extraordinario; es Ud. el único que, en diez años que pasaron estos acontecimientos, no me ha hecho ninguna pregunta; y como mi juramento agregaba que dejaría de heredero de todos mis bienes al primero que no me las hiciera, mañana entregaré a Ud. el testamento en que lo constituyo mi heredero universal.

Cuando Juan despertó al siguiente día, encontró el testamento ofrecido sobre el velador. Se levantó apresuradamente para agradecer al conde su generosa determinación, salió de su cuarto para preguntar si ya se había levantado y vió todo el palacio enlutado y a los criados vestidos de negro.

—¿Qué ocurre?—les preguntó.

—El señor ha amanecido muerto.

—Muy afligido puso a Juan esta noticia, y lloró de corazón la muerte de su benefactor.

Al otro día, después de sepultar los restos del fallecido, Juan convocó a la servidumbre y les leyó el testamento. Todos le reconocieron inmediatamente por su patrón.

Juan dijo al mayordomo:

—Yo voy a partir en busca de mi mujer y de mi hijo para establecernos aquí; pero mientras tanto querría que{79} no se martirizara más a la esposa del antiguo amo de este palacio; creo que ha purgado bien su falta y que, si su marido no la perdonó, ya Dios la habrá perdonado. Atiéndasela en mi ausencia de modo que nada le falte y que descanse en sus últimos días.

—Señor, la señora condesa amaneció muerta esta mañana.

Dispuso Juan que se la sepultase dignamente, y montando en un hermoso caballo y con la cartera repleta de buenos billetes partió a buscar a su esposa y a su hijo.

A pesar de las tétricas aventuras que le habían pasado, iba contento por el camino, y pensaba:—¡Qué bien hice en comprarle los tres consejos al anciano! Bien vale el segundo los cien pesos que di por él!

Cuando llegó a su pueblo no le conocieron. Preguntó por su mujer y le dijeron que se había ido con un hijo que tenía, un año después de haber sido abandonada por su marido, pero no sabían a dónde. Entonces picó espuelas a su caballo y después de algunos días de marcha llegó a una gran ciudad, en la que, a fuerza de preguntar, le dieron noticias de ella. Le dijeron donde vivía y que, aunque a nadie molestaba, también nadie la visitaba, con excepción de un clérigo que todos los días iba a verla. Y esto se lo dijeron con cierto retintín nada tranquilizador.

Pero Juan se acordó a tiempo del tercer consejo, y aquietado, fué a la casa y llamó. La sirvienta le dijo que la señora no recibía a nadie, pero él insistió en verla diciéndole que era muy amigo de su marido y que le traía muy buenas noticias de él. Con este recado, la señora lo recibió inmediatamente. El, sin darse a conocer, estuvo conversando con Rosa un buen rato y le inventó una historia cualquiera de su marido. Contándosela estaba, cuando entró un joven clérigo. Rosa se lo presentó diciéndole que era su hijo, a quien había logrado educar a costa de grandes sacrificios, que por suerte estaban plenamente compensados, pues el joven era muy bueno con ella{80} y era su único sostén. Y mientras decía esto lo acariciaba cariñosamente.

Juan entonces se dió a conocer y es de imaginarse cuán grande sería la alegría de los tres.

Pasadas las primeras espanciones, Juan refirió su verdadera historia, y después de descansar tres días partieron los tres a intaslarse en el palacio que el conde había dejado a Juan.

Nuestro héroe pensaba por el camino:

—¡Qué bien hice en seguir el tercer consejo del anciano! Si no es que lo recuerdo a tiempo, mato a mi mujer, y yo y mi hijo habríamos sido desgraciados para siempre! ¡Feliz consejo! Qué bien dados fueron los cien pesos que pagué por ti!

Juan y Rosa y su hijo vivieron muchos años en el palacio, siendo bendecidos de todos, pues la enorme fortuna que poseían les permitía practicar grandes obras de caridad.

13. EL LORO ADIVINO.

(Referido por José Luis Pino, de 20 años, de Rancagua, en 1912)

Para saber y contar, aprender y escuchar. Esta era una perrita muerta que me quería morder, y yo, como estaba vivo, me supe defender. Este era un hombre que tenía dos hijos, uno era más grande y el otro era más chico, uno se llamaba Pancho y el otro Francisco, uno comía pan y el otro ballico. Fin del principio y principio del fin.

Han de saber que en una ciudad, capital de un reino, vivía una viuda pobre, pero hacendosa, que tenía tres hijas muy bellas, que se llamaban Flor Rosa, Flor Hortensia y Flor María; las había criado muy bien, y eran{81} honestas, modestas y trabajadoras. Los vecinos apreciaban mucho a esta familia y se deshacían en alabanzas cuando hablaban de ella; que es cuanto puede decirse en su favor.

Sucedió que una noche en que las tres niñas cosían empeñosamente, porque al otro día temprano tenían que entregar un traje de novia, conversaban haciéndose bromas para acortar las horas. Las alegres carcajadas que provocaban sus dichos atrajeron la atención del Rey, que casualmente pasaba en ese momento frente a la puerta de la casa de la viuda, y se detuvo a escuchar lo que decían. Hablaban de casamiento.

—A ver, Flor-Rosa,—decía una de ellas,—si pudieras escoger ¿con quién te casarías?

—¡Vaya una pregunta! pues con el pastelero del Rey, para comer todos los días sabrosos pasteles. ¿Y tú, Flor-Hortensia?

—¿Yo? Yo me contentaría con el cocinero del Rey, y entonces comería los mejores guisados que se hacen en el país. ¿Y tú, Flor-María?

—Si en mí estuviese, yo me casaría con el Rey y le daría dos hijos y una hija, que serían los más bellos de la tierra y tendrían el Sol, el Lucero y la Luna en la frente.

El Rey se retiró y al otro día se presentó en la casa de la viuda acompañado de sus Ministros, de su pastelero y de su cocinero.

—Vengo—dijo—a cumplir los deseos de vuestras hijas. ¿Cuál es Flor-Rosa?

Flor-Rosa se adelantó.

—Te casarás con mi pastelero y tendrás veinte mil pesos de dote. ¿Cuál de las dos que queda es Flor-Hortensia?

Flor-Hortensia se presentó ante el Rey.

—Te casarás con mi cocinero y también tendrás veinte mil pesos de dote. Y tú, Flor-María, te casarás conmi{82}go; pero tendrás que darme dos hijos y una hija que tengan el Sol, el Lucero y la Luna en su frente, como lo has prometido.

Se celebraron las bodas, y todo en apariencia marchó bien durante los primeros meses; pero la envidia se había apoderado del corazón de las dos hermanas mayores, que a toda costa querían la pérdida de la Reina.

Poco antes de enterarse los nueve meses de matrimonio, un Rey vecino declaró la guerra al marido de Flor-María, que tuvo que salir apresuradamente con su ejército a defenderse del enemigo; pero antes de partir recomendó a sus cuñadas que cuidaran de su mujer.

Días después la Reina tuvo dos hijos y una hija: los tres, que eran hermosísimos lucían en su frente, un Sol el que primero había nacido; el segundo un Lucero, y la niña la Luna llena.

Flor-Rosa y Flor-Hortensia, que asistían a su hermana, encontraron que no podía ser más propicia esta ocasión para saciar su envidia; y cambiaron los niños que acababan de nacer por tres perrillos que en la mañana había tenido una perra de Flor-Rosa. Cuando Flor-María pidió sus hijos para verlos, le pasaron los tres animalitos.

Las hermanas de la Reina mandaron un propio al campamento a dar al Rey la triste nueva, que ambas envidiosas habían cuidado de hacer pública y que ya todos conocían en el país. El Rey mandó decir que emparedaran a la Reina y no dejaran sino un pequeño ventanillo en la muralla, del tamaño indispensable para poderle pasar todos los días un pan y un vaso de agua, único alimento que tendría hasta que Dios se sirviese llevarla.

Mientras tanto Flor-Rosa había colocado a las tres criaturas en una artesa que depositó en un arroyo que corría a los pies del palacio.

Un hortelano que vivía más abajo del palacio sacaba agua del arroyo justamente en el momento que la artesa pasaba por ahí y metiéndose en el agua, la sacó.{83}

La mujer del hortelano, una robusta campesina que también había tenido una guagua en la noche anterior y se le había muerto recién nacida, en cuanto vió a los tres pequeñuelos que le presentaba su marido, tan bellos tan risueños, dijo que los criaría y cuidaría como si fueran sus propios hijos.

Los niños recibieron los nombres de los astros que cada uno llevaba en su frente; de modo que el que había nacido primero se llamó Sol; el segundo Lucero; y la niña, Luna.

Los tres crecieron creyendo que eran hijos del honrado hortelano y de su mujer y amándolos y respetándolos como si hubiesen sido sus padres verdaderos.

Trascurrieron algunos años y murió la excelente mujer que los había críado.

Los niños, a medida que crecían en edad, crecían en hermosura; pero desde pequeñitos los habían acostumbrado a llevar un pañuelo que les cubría la frente y la cabeza, así es que nadie sabía que cada uno de ellos tenía un astro en la frente.

A los doce años, el hortelano se enfermó gravemente; llamó a los niños y les contó su historia. Poco después murió y los dejó de herederos.

Terminado el luto que guardaron por él, dijo Sol a sus hermanos:

—Voy a salir a buscar a nuestros padres; y mientras tanto Uds. se sostendrán con el producto de la huerta.

Lucero y Luna no querían que se fuese, pero él les dijo que era necesario, y partió apercibido de dinero y provisiones para un mes.

Anduvo Sol varios días sin tropezar con nadie, hasta que, por fin, al terminar la semana, se encontró con una viejecita muy simpática, que le pidió una limosna. El niño le dió un pedacito de pan y otro de queso. La viejecita le dió las gracias y le preguntó:

—¿A dónde va, hijito?{84}

—A buscar a mis padres, a quienes no conozco ni sé dónde se encuentran,—le contestó Sol—y le contó su historia.

La viejecita le dijo:

—Para encontrarlos, necesita apoderarte del Arbol que canta, del Agua de la vida y del Loro adivino; y yo lo ayudaré a dar con ellos.

Y entregándole tres gruesos ovillos de hilo, le agregó:

—Ande todo el largo del hilo que contienen estos ovillos y llegará al palacio de un Rey ciego; él le dirá lo que tiene que hacer para encontrar lo que busca.

Ató el niño la punta de la hebra de uno de los ovillos al tronco de un árbol, y despidiéndose de la viejecita se fué, desenrollando el ovillo; concluido éste, hizo lo mismo con el segundo, y después con el tercero, y por fin llegó donde el Rey ciego.

El Rey le preguntó:

—¿Qué desea, joven?

—Vengo de parte de una viejecita que me entregó tres ovillos de hilo y me dijo que su Sacra y Real Majestad me diría cómo debía hacer para apoderarme del Arbol que canta, del Agua de la vida y del Loro adivino, por medio de los cuales podría encontrar a mis padres.

—Para alcanzar todas estas cosas, monta en el caballo que luego van a traerte y lo dejas ir; él, por si solo, te llevará hasta el Arbol que canta, del cual tomarás nada más que el cogollo, que basta, pues, plantado, en tres días será tan corpulento como el Arbol mismo y cantará como él. El Arbol te dirá lo que debes hacer en seguida. Cuidado con incomodar al caballo en lo más mínimo, porque, en cuanto se sienta molestado se deshará de tí y no conseguirás nada.

Si logras salir bien en tu empresa, pasas a verme a la vuelta.

Sol prometió obedecer en todo, se despidió del Rey ciego y montó en el caballo que le acababan de traer,{85} que, en cuanto sintió el peso de su jinete, partió a toda velocidad.

Después de siete días de marcha, llegaron caballo y caballero a una plazoleta cubierta de menudo césped y rodeada de hermosos árboles a cuya entrada había dos enormes montones de piedras. El caballo, que hasta entonces se había limitado a correr en línea recta, se puso a hacer cabriolas alrededor de la plazoleta; y Sol, entusiasmado de los movimientos elegantes del animal, le clavó las espuelas, en un momento en que se detuvo, para que continuara; pero el bruto, dando un salto, lo sacó de la silla y lo disparó lejos, convirtiéndose el niño en piedra al tocar el suelo.

Trascurrieron treinta días desde la partida de Sol, y Lucero y Luna perdieron la esperanza de que volviera. Entonces acordaron que Lucero saliese a buscarlo.

Tomó Lucero un poco de dinero y provisiones para un mes y con un abrazo se despidió de su hermana, prometiendo volver antes de los treinta días.

A los siete de marcha, le salió al encuentro la misma viejecita que había hablado con Sol.

—¡Una limosnita, mi caballerito!

Lucero le dió un pan y un buen pedazo de queso.

—¡Gracias, hijito! ¿Y se puede saber a dónde va?

—¡Cómo no! Voy en busca de mis padres, a quienes no conozco, ni sé siquiera dónde se encuentran, y de mi hermano mayor, que hace más de un mes salió de la casa, en la misma diligencia que yo y aún no ha vuelto.

Lucero contó su historia a la viejecita, que la escuchó atentamente como si no la conociera, y una vez que terminó, le dió las mismas instrucciones que a su hermano y le entregó los tres ovillos.

Llegó Lucero al palacio del Rey ciego, quien, con las correspondientes recomendaciones, le hizo entregar el caballo.

Cuando estuvieron en la plazoleta, el caballo se puso{86} a bailar alrededor del árbol, pero Lucero permaneció tranquilo hasta que el bruto se detuvo. Se bajó entonces, y con algún trabajo pudo subir por el tronco hasta el cogollo, que cortó.

En cuanto Lucero estuvo en tierra, el Arbol comenzó a cantar melodiosamente, y cantando dijo al niño:

—Sigue el camino que está al frente de tí, y donde termina encontrarás un pozo; toma una jarro que hallarás a su lado, y sentándote en el brocal, espera que las aguas suban hasta llegar al borde; entonces solamente llenarás el jarro. En seguida viertes un poco del agua que saques sobre las piedras que encuentres alrededor del pozo y a la entrada de esta plazoleta, sin temor de que el agua se acabe, porque es inagotable, y verás que las piedras se convierten inmediatamente en hombres, pues lo son, y entre ellos está tu hermano, que se han convertido en guijarros por no seguir fielmente las instrucciones que recibieron del Rey ciego, ni las que yo les dí.

Llegó Lucero al pozo, tomó el jarro y se sentó en el brocal, esperando que las aguas, que subían con una lentitud desesperante, alcanzaran hasta arriba; pero transcurrían las horas, una tras otra, se acercaba la noche, y aún faltaba medio metro para que las aguas tocaran el borde del brocal. El niño era nervioso y no aguantó más; se inclinó hacia el interior, introdujo el jarro en el agua, pero apenas tocó el líquido, una fuerza violenta lo arrojó hacia atrás y al caer en el suelo quedó, como su hermano, convertido en piedra.

Luna esperó pacientemente la vuelta de Lucero; pero trascurrió el mes y no apareció. Tomó entonces dinero y provisiones para un largo viaje y se puso en marcha, dispuesta a no regresar sin sus hermanos.

A los siete días de camino se encontró con la viejecita.

—¡Una limosnita, mi señorita, para esta pobre vieja!

—¡Cómo no, mamita! ¡Con mucho gusto! Y dígame antes ¿vive usted sola?

{87}

—No, mi hijita, me acompañan siete nietecitos, que no tienen padre ni madre y cuyo único sostén es esta pobre vieja desvalida.

La niña, que era muy bondadosa y compasiva entregó a la anciana la mitad de las provisiones y del dinero que llevaba. La viejecita se deshizo en agradecimientos, y le preguntó:

—¿A dónde va, mi hijita?

—En busca de mis padres a quienes no conozco ni sé dónde se encuentran, y de dos hermanos que salieron con el mismo objeto y que no han vuelto, a pesar de haber transcurrido de más el plazo que fijaron para su regreso. Y le contó su historia.

—Yo, hijita, la ayudaré a encontrarlos, y créame que los encontrará. El bien que se hace, tiene que ser premiado. Tome estos tres ovillos de hilo y ande todo el largo de ellos; al concluirlos, llegará al palacio de un Rey ciego, quien le indicará lo que debe hacer en seguida.

Anduvo la hermosa niña hasta concluir los tres ovillos de hilo, en lo cual demoró siete días completos. Entró al palacio del Rey ciego, que la recibió afablemente y le dió las mismas instrucciones que a sus hermanos. Cuando le trajeron el caballo, lo acarició pasándole la mano por la cabeza y por el cuello, y le decía:

—¡Qué pelo tan suave! Si parece que fuera de seda. ¡Qué caballo tiene vuestra Majestad, señor Rey! Yo nunca he visto otro de tan buen porte y tan proporcionado como éste!

El caballo, como si comprendiera las alabanzas de la niña, relinchaba alegremente.

Montó Luna en él, y despidiéndose del Rey, partió a toda carrera.

Más o menos a medio día llegaron a un hermoso prado atravesado por un arroyuelo de limpidísimas aguas. La niña invitó al caballo a que se detuviera para bajarse, y el animal se paró. Descendió la niña, le quitó el freno y le dijo, acariciándolo:{88}

—Come, caballito lindo, y bebe y descansa que bastante falta te hace, pues has corrido tanto y debes sentirte fatigado.

Después de solazarse el caballo un par de horas, él mismo se acercó a Luna, que volvió a montar y continuó su marcha.

Todos los días, hasta completar el séptimo, que llegaron a la plazoleta, Luna dió dos horas de descanso a su cabalgadura, escogiendo siempre los sitios mejor empastados y con buena agua, para que el noble bruto pudiera reponerse.

El caballo dejó su preciosa carga cerca del Arbol, el cual inmediatamente se puso a cantar las más armoniosas melodías, e inclinó su copa hacia la niña, como si la convidara a cortar el cogollo; lo cual, ejecutado por Luna, el Arbol la invitó a que fuera a traer el agua de la vida.

Cuando la niña llegó al pozo, el agua alcanzaba al borde del brocal, así es que inmediatamente llenó el jarro sin dificultad. En el mismo momento en que Luna introducía el jarro en el agua, un hermosísimo loro de brillantes y variadas plumas se posó en su hombro derecho y la saludó:

—Buenos días, bella Luna.

—Buenos los tengas tú, preciosa ave. ¿Eres tal vez el Loro adivino, que me ayudará a encontrar a mis padres?

—Sí, yo soy. Apresúrate a verter agua de la vida sobre las piedras para que volvamos pronto al palacio del Rey ciego e irnos, en seguida, a tu casa.

Comenzó la niña a echar agua sobre las piedras que rodeaban el brocal del pozo, y al mojar la primera se levantó Lucero, que abrazó cariñosamente a su hermano. Apenas el agua tocaba una piedra, se alzaba un hombre: un conde, un marqués, un príncipe. Continuó con las que estaban a la entrada de la plazoleta, y al caer el agua sobre la primera de éstas, apareció Sol. Los tres hermanos se estrecharon entre sus brazos, y Sol y Lucero agobiaban a Luna a preguntas, que ella contestaba risue{89}ña, sin dejar de echar agua sobre las piedras. Terminada esta tarea, montó a caballo y salió de la plazoleta seguida de una multitud de apuestos jóvenes, que lanzaban hurras y vivas a su libertadora: jamás rey ni reina llevó tan numeroso y escogido séquito ni fueron tan aclamados como lo fué Luna en esta ocasión.

A poca distancia de la plazoleta la avenida se dividía en tres caminos, y allí se despidieron todos de los tres hermanos, tomando cada cual el que le convenía. Sol, Lucero y Luna siguieron por el que conducía al palacio del Rey ciego, al que llegaron en breve tiempo, porque parece que las distancias se habían acortado.

Se desmontó la niña del caballo y el Loro le dijo al oído:

—Humedece con el agua de la vida los ojos del Rey y en seguida arroja un poco de la misma agua a la cabeza del caballo.

La niña obedeció, y el Rey recobró la vista y el caballo se convirtió instantáneamente en el más hermoso y gallardo príncipe que haya pisado la tierra. El Rey y el Príncipe se abrazaron tiernamente.

—¡Por fin han terminado nuestras penas—dijo el Rey—gracias a esta heroica niña!

Y refirió a los tres hermanos que hacía veintiún años que una bruja, su enemiga, lo había dejado ciego a él y había encantado a su hijo, situaciones que debían durar hasta que alguien se apoderara del Arbol que canta, del Agua de la vida y del Loro adivino.

El Príncipe, que se había enamorado de Luna, pidió a su padre que lo dejara casarse con ella, si ella lo aceptaba por esposo. Luna manifestó su alegría ante tal petición; pero el Rey les observó que, aun cuando él aceptaba plenamente esta unión, era menester esperar que los niños encontraran a sus padres para pedirla en matrimonio. Se convino en que se haría así, y al otro día partieron nuestros pequeños héroes.

Cuando nuestros viajantes llegaron a su casa, Luna plantó la rama del Arbol que canta en medio del jardín,{90} y en tres días había crecido tanto y estaba tan corpulento como el árbol de que provenía. El Loro adivino vivía en sus ramas y solía acompañar en sus cantos al Arbol, que era la delicia de todo el vecindario.

La fama de este Arbol maravilloso se extendió por todo el país y bien pronto llegó a oídos del Rey, que quiso conocerlo; y al efecto, acompañado de la Corte, de sus cuñadas y de muchas damas, se trasladó a la casa de los niños.

Lo primero que llamó la atención de todos fué la hermosura incomparable de los tres hermanos y la simpatía que despertaban.

Parecía que el Arbol hubiese reservado sus mejores cantos para esta visita: las melodías que entonó eran tan dulces, tan suaves, tan armoniosas, que el Rey y su comitiva se quedaron extasiados escuchándolo y las horas pasaron sin sentirlas.

De pronto el Arbol calló y poco a poco el auditorio volvió en sí. El Rey fué el primero en hablar:

—¡Qué cosa tan extraordinaria—dijo—que un árbol cante!

El Loro habló entonces, con voz entera y clara, que todos oyeron perfectamente:

—Es verdad, su Majestad, que es muy extraordinario; pero no tanto como el que una mujer dé a luz tres perros, en vez de tres criaturas, cosa que tan fácilmente hicieron creer a vuestra Majestad sus cuñadas.

—¿Cómo? ¿Qué dice ese Loro?

—Yo contaré a vuestra Majestad cómo pasaron las cosas. Pero ante todo, haga vuestra Majestad que amarren bien a sus cuñadas a un árbol, porque al ver que se van a poner en descubierto sus picardías, tratarán de escabullirse y huir. Y ordene también que inmediatamente saquen a la Reina de su entierro, porque si no sale luego de ahí, morirá; y que la traigan aquí, pues su presencia es necesaria.

El Rey dispuso que, con fuertes correas, ataran a un{91} árbol a las hermanas de su mujer, y que, sin demora, libraran a la Reina del emparedamiento en que estaba y la trajeran.

Momentos después llegó la Reina en silla de manos. Los doce años de encierro y la falta de alimentos la habían convertido en un esqueleto viviente; no podía andar, ni tenía fuerzas para hablar. Pero Luna, apenas la vió, como impulsada por un resorte, corrió a su habitación y volviendo con el jarro del agua de la vida le dió a beber un trago. Al punto la Reina se levantó de la silla en que estaba sin ánimos y como muerta, revestida de su antigua juventud, belleza y esplendor; y al verla, los personajes de la Corte, sin poder contenerse, prorrumpieron en gritos de júbilo, aclamando a su soberana.

El Loro pidió que le escucharan, y al instante se hizo el silencio mas profundo. Entonces refirió como las hermanas de la Reina corroídas por la envidia, aprovecharon la ausencia del Rey para substituir por tres perrillos despreciables los hermosos hijos que Flor-María había tenido y que, como lo había prometido, nacieron el uno con el Sol en la frente, el otro con el Lucero y la niña con la Luna llena; cómo Flor-Rosa los había echado al arroyo en una artesa y habían sido salvados por el hortelano; cómo se habían criado y crecido ignorando su origen; y por fin, cómo Luna había logrado conquistar al Arbol que canta, al Agua de la vida y al Loro adivino, que era él.

El Rey preguntó:

—¿Y cómo podré encontrar a mis hijos?

—Ahí están, al lado de la Reina; que les quiten las fajas que cubren su frente y vuestra Majestad los reconocerá.

La Reina se apresuró a descubrir la frente de sus hijos; y si bellos los había encontrado el Rey y los personajes de sus séquitos cuando entraron a la huerta, más hermosos aparecieron a su vista despojados del paño que les ocultaba la frente y la cabeza. La Reina no se cansaba de acariciarlos, y ellos le pagaban su cariño cubriéndola de besos y llamándola «mamacita querida».{92}

El Rey pidió perdón a su esposa por los sufrimientos que tan injustamente le había infligido y la Reina se lo acordó cumplidamente.

Cuando se disponía a regresar a palacio, sintieron gran ruido, como si se acercara numerosa tropa de caballería, y luego se oyeron sones de trompetas y clarines.

Eran el Rey que había recuperado la vista gracias a Luna, y el Príncipe su hijo, que venían a pedir la mano de la princesa, y que, previo consentimiento de la interesada, que lo dió de muy buen grado, le fué concedida.

Las cuñadas del Rey, Flor-Rosa y Flor-Hortensia, fueron atadas de manos y pies a cuatro caballos, los que, partiendo cada uno en opuesta dirección, las descuartizaron.

El matrimonio del Príncipe con Luna se celebró siete días después. Las fiestas de palacio y las organizadas para solaz del pueblo fueron tan espléndidas que todavía se alude a ellas en el reino cuando se quiere ponderar la magnificencia de alguna solemnidad.

Los personajes de este cuento vivieron muchos años y todos fueron muy felices y venturosos.

Y con esto se acaba el cuento del Periquito Sarmiento, que estaba con la guatita al aire y el potito al viento.{93}

14. EL MEDIO POLLO[D].

(Contado en 1906 por Polonia González, de 50 años, más o menos, natural de la provincia de Colchagua)

Para saber y contar y contar para saber. Est’era y esterita para secar peritas; est’era y esterones para secar orejones.

Est’era una Gallineta muy buena ponedora y muy buena sacadora; y una vez que puso veinte huevos, se echó y sacó diez y nueve pollitos no más y se levantó muy atingida porque había perdido un huevito.

Bueno, pues. Principió la Gallinita a darle vueltas al huevito y conoció que estaba medio huero, y entonces pensó:

—Si me echo otra vez, saldrá cuando menos un medio pollito.—Y así fué que salió un medio pollito del cascaroncito.

Bueno, pues. La Gallinita era muy querendonaza con sus hijitos; pero quería más que a ninguno al Medio-pollito, porque le tenía un cariño con lástima, porque cada vez que lo veía le daba pena del verlo que no podía volar, porque no tenía mas que una alita pues, y andaba a saltitos porque no tenía mas que una patita.

Entonces el Medio-pollo fué creciendo y la Gallinita poniéndose viejancona, y no podía trabajar. Entonces el Medio-pollito le dijo a su mamita:

—Viejecita, écheme la bendición porque me voy a rodar tierras y no volveré hasta que tenga qué darle para que descanse.{94}

Bueno, pues. Entonces la Gallinita le echó la bendición al Medio-pollo y se quedó llorando y el Medio-pollo salió a rodar tierras y se fué a saltitos, porque no tenía más que una patita sola no más.

Entonces el Medio-pollo anduvo muchos días sin encontrar trabajo; y un día que estaba escarbando con el pico en un montón de hojas, se encontró una naranjita de oro y casi se cagó del gusto y la escondió debajo de la alita y pensó:—Si se la llevo al Rey me dará gransitas para llevarle a mi mamita.

Bueno pues. Se fué donde el Rey y en el camino se encontró con un Arriero que traía una recua muy grande de mulas y que venía de vuelta.

Entonces el Medio-pollo le preguntó al Arriero:

—¿De dónde viene, mi Arrierito?

—Me he vuelto—es que le dijo el Arriero—porque el río trae mucha agua y no me animo a pasarlo porque se pueden ahogar las mulitas.

—Donde usted me ve—es que le dijo el Medio-pollo—yo lo voy a pasar no más, porque tengo que ir donde el Rey.

Entonces le dijo el Arriero:

—¿Por qué no me lleváis con mis mulitas, Medio-pollo?

Bueno—es que le dijo el Medio-pollo—