En esto pasó su comadre Zorra y lo vió y en vez de apurarse en sacarlo, lo principió a retar. El compadre León{163} le pedía perdón diciéndole que ya no iba a ser más tonto. Entonces la comadre Zorra lo perdonó, y por librarlo más luego, cortó el cordel; donde el pobre León, hijito de mi alma, casi se mató del costalazo que se dió.

La comadre Zorra, después que lo retó otra vez bien retado, le dijo:

—Mire, compadre, fíjese bien en lo que le voy a decir, porque si no hace lo que yo le digo, yo misma le doy la contra. Váyase a la cueva de la bruja que está detrás del cerro del Palomo, y ahí me pilla al Monito con toda seguridad, porque ahí va todos los días a machacar el charqui. Y adiós, compadre, no se le olvide lo que le digo, y no vaya a ser cosa de que vuelva a meter la pata otra vez.

El compadre León potito quemado se fué a donde la Zorra le había dicho. Cuando llegó a la cueva, pilló adentro a mi buen Monito, machacando charqui. El compadre Leoncito se paró en la puerta y le dijo:

—¡Ah Monito pícaro, al fin te voy a matar, después de tanto tiempo que te has reído de mí!

El Monito, sin afligirse ni apurarse, le dijo:

—¡Buena cosa, compadre, que usted se moleste tanto por mí, cuando yo estaba pensando ir ahora mismito a verlo para pedirle perdón!

—Pícaro, le dijo el León ¿todavía no estáy contento con lo que te hay reído de mí? pero ya no te reirís más, porque tu fin ha llegado. Reza el acto de contrición.

Entonces el Monito le dijo:

—Bueno; ya que viene tan guapo, sírvase un pedacito de charqui, que está muy rico.

—No quiero—le contestó el León;—el único charqui que voy a comer eres tú; así es que prepárate.

—Bueno—le dijo el Monito;—pero como todos los reos que están en capilla tienen derecho de pedir y que se le conceda una gracia, yo pido que para que mi compadre León me coma mejor, me deje acabar este charqui, y después, para que yo no sufra tanto, usted abre la boca y{164} cierra los ojos, y yo me tiro de cabeza dentro de su hocico. Pero, mi compadrito Leoncito ¿por qué no me perdona mejor? si todo lo que le hey hecho ha sido pura broma, por juar no más, y para ver qué cara ponía!

Aburrido ya el León de tanta lata y pensando que se le podía escapar, le dijo:

—Ya te has comido todo el charqui y te he concedido todo lo que tú querías, así es que te espero.

El compadre León se sentó en la puerta, y el Monito le dijo:

—¡Ya voy!

Entonces el compadre León abrió la boca y cerró los ojos; pero el pobre León no contaba con lo que le iba a pasar: el Monito tomó la piedra en que estaba machacando el charqui y se la zumbó en toita la cabeza, haciéndosela pedacitos.

El Monito, contento de su obra, se puso a bailar de gusto, y quiso conservar un recuerdo de su compadrito León, que tanto y con tan poca suerte lo había perseguido. Agarró un cuchillo y se puso a descuerarlo. Cuando ya acabó de sacarle el cuero, lo puso al sol para que se secara. Al otro día volvió y como lo encontró seco, se puso a hacer un lazo con el cuero del pobre Leoncito. Cuando acabó de hacerlo, se puso en la puerta a bornearlo para ver cómo le había quedado. En esto estaba, cuando pasó la Zorra y le dijo:

—Qué bonito tu lacito, Monito; ¿querís que lo probemos?

—Métele—le dijo el Monito.

Después de pensar como lo habían de probar, el Monito le dijo:

—Nos tiramos el lazo una vez cada uno, y el que caiga primero tiene que servir de caballo al otro.

—Pero yo lo tiro primero, por ser más grande que tú, le dijo la Zorra.

—Bueno—contestó el Monito—pero desgraciada de ti si no me lo apuntas.{165}

La Zorra agarró el lazo y se puso a bornearlo mientras el Monito se preparaba para pasar:

—Ya está—le dijo la Zorra;—y el Monito pasó como un diablo sin que la Zorra lo pillara.

—¡Estay frita, Zorrita; tú en mis lazos caerís y mi yegüecita serís!

Cuando ha pasado la Zorra y el buen Monito le ha echado el lazo medio a medio de la guata; el Monito le dijo:

—¡No te lo decía yo! Ahora te voy a ensillar y por los potreros saldremos a andar.

Se arregló una monturita con los pedazos de cuero que le habían sobrado y las echó el buen Monito a caballito en la Zorra.

La Zorra iba toda rabiosa porque la habían cazado; pero dijo:

—¡Ya me las pagará el Monito de miéchica!—y lo llevó por unos potreros donde había muchos campesinos.

El Monito como iba diciéndole:—Puchas que me ha salido rica la potranquita,—no se fijó por donde lo llevaba.

Cuando los campesinos vieron a la Zorra, creyeron que se iba a comer las gallinas y le echaron los perros. La Zorra se arrinconó a la orilla de la zarzamora; pero como vió que no estaba segura porque los perros ya se la comían, miró para un lado y otro a ver si había por donde arrancar; y ha merecido ver un portillito, hijito de mi alma, pues, y las ha envelado como un diablo dejando al pobre Monito encajado en la zarzamora, donde lo pillaron los perros y se lo comieron sin dejar ni tampoco un huesito ni para un remedio.

La comadre Zorra, del susto que lleva, está corriendo todavía; y colorín colorado, el cuento está acabado, y pase por un zapatito roto para que usted me cuente otro.

 

El cuento que sigue, contado por la misma Beatriz Montecinos, es una variante de la parte final del que acaba de leerse.

{166}

20. EL MIÑACO[E]

(Beatriz Montecinos)

Esta era una viejita que tenía un hijo, muy chiquito, pero muy habilosazo y se llamaba Miñaco. Un día le dijo a la madre que iba a buscar empleo y se fué adonde un León que tenía barra para poner a los presos, y entonces estaba la Leona cuidándolos, y se fué a hacer el trato adonde don Leonardo, que era el León, y le dijo que lo tomaba para irle a dejar el almuerzo y la comida a la Leona. De tanto viaje, ya se aburrió y dijo que iba entonces a matar a la Leona, para no ir más.

Como dos días se estuvo previniendo, machacando ají, pimienta y sal y de otras cosas fuertes para matar a la Leona.

Entonces, un día, cuando ya no había ningún preso, preguntó que para qué era esa barra; le contestó la Leona que para poner a los hombres malos que hacían robos, muertes o salteos. La Leona le dijo que pusiera el pie y entonces le dijo el Miñaco que ella lo pusiera primero para aprender como ponían a los presos, y la Leona le puso el pie.

Una vez puesto el pie la Leona, el Miñaco le puso llave a la barra y le dijo que hiciera empeño a salirse. Hizo empeño la Leona a salirse. Entonces el Miñaco le dijo:

—¡Ay por Dios, pues!, esto ya no lo voy a hacer nunca; pero lo que tengo pensado de hacer no dejo de hacerlo; y mete las manos a los bolsillos y le planta el ají en los ojos, en la boca y en el poto, y se fué. La Leona, de tanto costalearse, y presa, se murió.{167}

Y viendo que el Miñaco no volvía, el León se puso en acuerdo por qué no llegaba, y salió a buscarlo y no lo encontró por ninguna parte, hasta que llegó allá donde estaba la Leona y la encontró muerta. Entonces no hizo empeño a sacar la Leona sino a buscar al Miñaco para agarrarlo y matarlo luego. Entonces ya cuando lo alcanzó, dijo el Miñaco:—«¿A dónde me meto?» No tuvo más tiempo que para arrancar y meterse en una cueva de hormigas ¡Miren Uds. dónde se metió!, así por que el León no hallaba a quien dejar cuidándolo, y andaba por casualidad un Jote amigo y lo llamó el León y le dijo:

—Mire, amigo, venga, cuídeme aquí—le dijo—mientras voy a la casa a buscar una barreta.

Mientras que el León fué, el Jote no sabía a quien tenía dentro. Empezó a mirar el Jote para adentro a ver quien era y el Miñaco vino entonces y agarró un puñado de tierra, se la tiró a los ojos al Jote y arrancó. Cuando llegó el León, halló al Jote ciego y le dijo que se fuera y siguió al Miñaco.

A mucho que había andado, lo volvió a alcanzar. Entonces el Miñaco corrió a unos álamos que habían muy lejos y muy altos para subirse arriba y que el León no lo alcanzara, y decía:

—Si el tío Leoncito me alcanza, me come no más, por la maldá que le hey hecho, que no ha sio chica.

Cuando ya llegó el León, subió para arriba también a ver si lo podía alcanzar y caía para abajo.

Entonces dijo el Miñaco: «Esto está malo; el tío Leoncito me alcanza y me come,»—y quebró un gancho del mismo álamo, y como era habiloso, el León que iba a estirar la mano para pescarlo, y el Miñaco le pegó un palo en la mano con que estaba pescado y cayó el León, y quedó solo la bolsa[F].

Entonces dijo el Miñaco «Ahora sí que estoy bien pues{168}to,» y se bajó y del cuero del León muerto hizo montura y riendas y salió con ellos al hombro.

En una de éstas iba atravesando una Zorra por el camino y le dijo la Zorra:

—¿Para dónde vas, Miñaco, con esa montura al hombro?

Le dijo que la ensillara a ella; y entonces le dijo el Miñaco que no la ensillaba porque lo volteaba. Hasta el último ya la ensilló, y salió a caballo en ella, pero le salió un poco brincadora.

Entonces la Zorra le dijo:

—Mira, Miñaco, ¿por dónde nos vamos? por el camino pueden venir algunos y nos corren; vámoslos por adentro de este potrero. Y tocó la desgracia que venían tres cazadores con tres galgos y uno de ellos vió al Miñaco que iba a caballo de una Zorra; entonces dijeron que les iban a animar los galgos pa divertirse con el Miñaco un poco; y los animaron. La Zorra le dijo entonces:

—¡Miñaco, por Dios! ¿qué vamos a hacer? ahora tenimos que arrancar firme; agárrate bien Miñaco, déjate caer para mi cogote y agárrate bien, que yo voy a correr a todo escape;—y empezó a correr orillando la cerca, hasta que hallaron un agujero por donde salirse. Entonces ella pasó, y el Miñaco quedó abierto de piernas en el portillo y pasaron por entremedio de él los galgos; y viendo que ya habían pasado y sintiendo perder su montura le gritó a la Zorra:

—Señora, los estribos no más le encargo.

Entonces los galgos, cuando oyeron esto, volvieron para atrás y se lo comieron. Y la Zorra se libró y se llevó la montura; y se acabó el cuento y se lo llevó el viento y pasó por una mata de porotos para que Ud. cuente otro.{169}

21. CHILINDRIN Y CHILINDRON.

(Referido en 1917, por Anastasio Puga, de 92 años, natural de Guacarhue.)

Han de saber que había una vez en el Norte un ladrón famoso, tan ladino y sutil para hacer sus robos, que nunca pudo probársele ninguno, no obstante que, en muchos casos, faltó poco para pillarlo con las manos en la masa, como se dice. Su nombre era Chilindrín.

La fama de este ladrón corrió por todo el país y llegó a noticias de Chilindrón, otro ladrón, también de fama, que había sentado sus reales en tierras del Sur. Y como tanto se hablara de sus hazañas y con tan vivos colores las pintaran, Chilindrón deseó vivamente conocerlo, cultivar su amistad y pedirle lo nombrara su segundo, si resultaba cierto lo que de él se decía, que lo superaba y le daba ciento y una en el difícil y arriesgado arte que ambos ejercitaban. Y se puso en camino para ofrecerle sus servicios.

Pero, por el mismo tiempo, la fama de Chilindrón, desbordando del campo de sus fechorías, atravesó el centro del país y llegó al Norte; y sus aventuras, revestidas del ropaje de lo maravilloso, infundieron en Chilindrín el deseo vehemente de conocer a Chilindrón y ponerse a sus órdenes, si no mentían los que relataban sus fechorías. Y montando en su caballo, partió para el Sur. En ese tiempo no había trenes en el país, ni los caminos eran buenos, así es que uno y otro demoraron largo tiempo para arribar a las cercanías de la capital. Pero al fin de muchas peripecias y fatigas y de largos días de marcha, llegó Chilindrín a un tupido bosque que crecía en una llanura no distante de la ciudad, y desmontándose del caballo, se sentó en el suelo a descansar, apoyada la espalda en un frondoso roble.

Poco después llegó Chilindrín al mismo sitio, y sin bajarse del caballo, saludó al que descansaba:{170}

—Buenos días, mi amigo, ¿durmiendo la siesta?

—No, amigo; espero solamente que pase el calor para continuar viaje al Sur.

—Pues yo voy al Norte, y si a usted no le parece mal, bajaré de mi caballo, y mientras llega la tarde, pitaremos un cigarro y echaremos un párrafo para acortar el tiempo.

Y descendiendo de su cabalgadura, se sentó al lado del otro, y dijo:

—¿Querrá creer, compañero, que hace ya veinte días que marcho sin descansar? Y quizás cuánto me falte todavía para dar con el que busco!

—¿Y se puede saber tras de quién anda? si no es indiscreta la pregunta.

—Indiscreta no, pero usted sabe que las paredes tienen oídos y los matorrales ojos; mas, como usted me inspira confianza, le diré al oído que a quien busco es al famoso ladrón Chilindrín, que me dicen es el número uno para robar.

Y todo esto se lo dijo muy quedo, muy quedito, casi pegada la boca a la oreja de su interlocutor.

—Pero, amigo, si soy yo Chilindrín, que he dejado mis canchas para conocer a Chilindrón, de quien cuentan maravillas y no acaban.

—Y yo soy Chilindrón, amigo de mi alma.

Y ambos ladrones se abrazaron efusivamente.

Conversaron un buen rato, hasta alentar la confianza; y después de reposar un momento, entablaron este diálogo, comenzando Chilindrón:

—Compañero, no se imagina usted qué gustazo tendría yo si lo viera ejecutar una de sus hazañas.

—Y yo diera lo que no tengo por verlo hacer a usted una de las que tanto renombre le han dado.

—Comience usted, hermanito, que viene del Norte.

—Aunque esta no es una razón para que yo comience, empezaré yo. ¿Ve ese nido de águila que está en la copa de este mismo roble? El águila está echada en él y yo le voy a robar los huevos sin que me sienta.{171}

Y escupiéndose las manos Chilindrín, con la suavidad y el tiento de un gato subió por el tronco, y tan bién lo hizo, que no se sintió ni el menor ruido.

Chilindrón esperó que Chilindrín fuera por la mitad del tronco, y entonces, imitando a su flamante amigo, se escupió también las manos, y subió tras él, sin ser sentido.

Cuando Chilindrín llegó a lo más alto del árbol, con mucho tino metió la mano en el nido, y sin que el águila se diera cuenta de lo que pasaba, retiró un huevo y se lo metió en el bolsillo. Pero Chilindrón, que ya había llegado hasta donde estaba Chilindrín, con el mismo tino y suavidad que éste, metió la mano en el bolsillo de su amigo, y sacándole el huevo recién robado, lo guardó en su propio bolsillo.

Y esta operación se repitió por cuatro veces, pasando los huevos del nido al bolsillo de Chilindrín y del bolsillo de Chilindrín al de Chilindrón, sin que el águila ni Chilindrín advirtiesen las jugadas que se les hacían.

E inmediatamente de guardarse el cuarto huevo, Chilindrón se deslizó por el tronco y con aire de afectada curiosidad se puso a mirar como bajaba el famoso ladrón nortino, a quien, en cuanto puso pie en tierra, preguntó:

—¿Y cómo le fué, compañerito? ¿Lo sintió el águila?

—Ni siquiera se meneó, compañero. Aquí traigo los huevos.

Y Chilindrín metía las manos en sus bolsillos, las pasaba de uno a otro, se palpaba todo el cuerpo, y, no encontrando nada, exclamó:

—¡Caramba! ¿dónde los he metido? ¿qué se han hecho?

—No busque más, compañero,—le dijo Chilindrón,—aquí están los huevos que usted le robó al águila y que yo se los iba robando a usted a medida que usted los guardaba en sus bolsillos. Donde hay uno hay otro, y nunca falta un roto para un descosido, y para un Chilindrín aquí tiene usted un Chilindrón.

—¡Vengan esos cinco jazmines, compañero! Usted{172} es más diablo de lo que yo me imaginaba, y con usted me ha salido el futre. Juremos ser hermanos en adelante y vivir y trabajar juntos, y entonces ¿quién podrá nada contra nosotros?

Y con un apretón de manos sellaron el pacto de vivir unidos y marchar siempre de acuerdo.

Nuestros dos ladrones se establecieron en las afueras de la capital; y como necesitaban de una persona que los cuidara en caso de enfermedad y atendiera a los menesteres de la casa, acordaron que Chilindrín se casaría con una hermana joven y bien parecida que Chilindrón tenía en el Sur y que hicieron venir.

Se casó, pues, Chilindrín, y todo marchaba a maravilla, pues los dos amigos, con sus robos, se daban toda clase de comodidades.

 

Gobernaba en ese entonces el país un Rey muy rico, que había recibido de sus antepasados una enorme fortuna, que él, por su parte, había acrecentado prodigiosamente. Las joyas, alhajas y monedas de oro que componían esta fortuna, formaban grandes montones que se guardaban en una elevadísima torre construida especialmente para este objeto, a los pies del palacio, y la cual visitaba el Rey el día primero de cada mes.

Nuestros ladrones, que oyeron hablar de estas riquezas, se propusieron robarlas, y para el efecto, una noche, pasando por los techos de unas casas a otras, llegaron hasta la torre, y como si fueran lagartijas, se pegaron a la muralla y subieron hasta lo más alto, donde encontraron una especie de ventana, o más bien tronera, que tenía atravesado un grueso barrote de hierro. A éste, después de quebrar un vidrio, ataron una soga que llevaban consigo, y se deslizaron por ella, primeramente Chilindrín y en seguida Chilindrón.

Los ojos de los ladrones no se saciaban mirando tantas{173} riquezas, a la luz de un farol, de que también iban provistos; pero era preciso salir antes que llegara el día; así fué que llenaron precipitadamente sus bolsillos de lo que les pareció de más valor, y subiendo por el cordel, que retiraron, se fueron a su casa, bastante satisfechos del resultado obtenido. La visita se repitió varias noches consecutivas, con mejor éxito aun, pues llevaron unos saquetes para el acarreo de lo que robaran.

Pero como los días corren unos tras otros sin que nadie pueda atajarlos por bien que maneje el lazo, llegó el fin del mes, y al día siguiente el Rey, acompañado de sus ministros y consejeros, se trasladó a la torre para depositar el dinero recaudado en los treinta días anteriores y contemplar sus riquezas.

Pónganse ustedes en lugar del Rey y se darán cuenta de cómo se quedaría aquel monarca avaro, que tenía su alma puesta en su tesoro, al ver el enorme hueco dejado por los ladrones en el principal montón, en el que estaban las alhajas más preciadas. Su ira no tuvo límites; desenvainando el sable, arremetió contra sus ministros y consejeros, como si ellos fueran los autores del robo. No es decible cuánto costó apaciguarlo.

Una vez vuelto a la calma, se dedicaron todos a ver por dónde penetraba el ladrón—ellos suponían que era uno solamente—empresa conceptuada poco menos que imposible, ya que la torre no tenía otra entrada que la puerta, y ésta, que era de hierro, tenía muchas cerraduras secretas, sólo conocidas del Rey. Pero no descubrieron el menor rastro.

Cien conjeturas se formaron a este respecto, a cual más descabellada, hasta que un ciego, antiguo ladrón y actual consejero del Rey, que formaba entre los del séquito dijo:

—Que traigan ramas de árboles que estén bien secas y préndaseles fuego aquí adentro, y los que tengan ojos vean desde afuera por dónde sale humo; por ahí seguramente se introdujo el autor del robo.{174}

Y efectivamente, así se descubrió la tronera que servía de entrada a Chilindrín y a Chilindrón.

El ciego aconsejó que se guardara completo silencio acerca de lo sucedido y que en el sitio preciso en que debía posar los pies el que bajara desde la tronera, se colocara una gran tina de alquitrán suficientemente espeso para que no pudiera salir el que penetrara en él, y se esperara hasta el día siguiente. Se encontró bueno el consejo y se siguió en todas sus partes.

Ya entrada la noche, a la hora que tenían costumbre, nuestros protagonistas subieron hasta la tronera de la torre y por la cuerda bajó primero Chilindrín; y cuando, soltándola, se dejó caer al suelo, sintió que se hundía hasta el pecho en una sustancia pegajosa, a la cual se adhirió de tal suerte que no podía moverse. Inmediatamente gritó a su compañero que bajaba detrás de él:

—No te sueltes, porque te quedarás pegado, como yo, en esta tina de alquitrán. Balancéate de modo que el cordel contigo tome vuelo, y cuando te hayas desviado bastante del centro, déjate caer y me cortas la cabeza, te la llevas y la entierras donde nadie te vea; así no sabrán quién soy, y tú no te comprometerás.

Con gran dolor de su alma, y sólo después de porfiarle mucho Chilindrín exigiéndole que hiciera lo que le decía, Chilindrón le cortó la cabeza a su cuñado y la dejó desangrar completamente dentro de la misma tina en que quedaba el cuerpo; en seguida la envolvió bien en un gran pañuelo y la guardó dentro del saquete que había llevado; y como en éste quedara espacio todavía, escogió las más hermosas alhajas del gran montón y con ellas lo llenó, y asegurándoselo bien al hombro, subió por el cordel, que dejó colgando del barrote.

El Rey, por su parte, pasó en vela toda la noche, contando las horas que faltaban para coger al ladrón, y anticipadamente gozaba pensando en los tormentos que le haría sufrir en público, para escarmiento de los que pudieran tentarse de repetir la aventura.{175}

Y como nadie es capaz de atajar las horas, aunque muchos lo quisieran, fueron sucediéndose una en seguida de otra hasta que llegó el día y el momento en que el Rey y su séquito debían trasladarse a la torre del tesoro.

No es para descrita la cara que pusieron el Rey y sus acompañantes al encontrarse con un cuerpo sin cabeza dentro de la tina. Nuevas iras del monarca y nuevo trabajo de sus acompañantes para apaciguarlo. Quien en definitiva consiguió reducirlo fué el ciego, asegurándole por todos los santos del cielo que todo se descubriría.

Una vez que se restableció la calma, habló nuevamente el ciego:

—Lo que ustedes están viendo demuestra que los ladrones son dos, y no uno solo, como habíamos creído. Para descubrir al segundo, propongo que en un serón de cuero se arrastre por todas las calles de la ciudad el cuerpo aquí presente; adelante irá un pregonero gritando: «Esta es la justicia que hace el Rey nuestro señor, con los que pretenden robarle su tesoro»,—y atrás, mezclados entre los curiosos, irán unos cuantos individuos de la policía, disfrazados de paisanos; y cuando éstos oigan que en alguna casa lloran o se lamentan, pondrán una señal en la puerta de la calle. Después será fácil averiguar en cuál de las casas marcadas vive la familia del ladrón degollado, y como por la hebra se saca el ovillo, teniendo este dato, sin gran trabajo se dará con el ladrón que falta.

Todos encontraron excelente el consejo del ciego, y en la tarde del siguiente día se ejecutaron sus instrucciones al pie de la letra.

Cuando se inició el paseo del cuerpo, Chilindrón andaba en la calle, y como no tenía un pelo de leso, sospechó al punto lo que se pretendía, y más se aseguró en su creencia al distinguir entre la muchedumbre que seguía al cadáver a varios miembros de la policía, disfrazados. Apresuradamente se dirigió a su casa y comunicó a su hermana, la mujer de Chilindrín, las sospechas que tenía, convertidas casi en certidumbre, y le aconsejó que cuando pa{176}saran el cuerpo de su marido por frente de la casa, no hiciera la menor manifestación de dolor: y para mayor seguridad, la encerró en una pieza interior. Pero cuando la mujer oyó la voz del pregonero y los gritos de la multitud, no pudo contenerse y se lanzó a llorar a toda boca, de tal manera que, a pesar de las precauciones tomadas por Chilindrón, las lamentaciones de la viuda se oían perfectamente en la calle. Entonces Chilindrón se fué a la cocina y cogiendo una hachuela se puso a partir leña y adrede se cortó el dedo chico de la mano izquierda, y sacando a la viuda de donde estaba encerrada, le mostró la mano chorreando sangre y le encargó que en sus quejas se refiriera a este hecho. Y en efecto, cuando momentos después el muerto y su séquito pasaban por la casa y uno de los soldados de la policía disfrazados entró a averiguar de qué provenían las lamentaciones, oyó que la mujer le decía:—«¡Te has cortado la mano! ¿qué va a ser de nosotros? Ya no podrás trabajar y nos moriremos de hambre», y el herido contestaba:—«Si no es nada mujer, si apenas me he cortado un dedo, que, en buena cuenta, no me hará ninguna falta». El soldado, que vió lo que pasaba y oyó lo que ambos decían, creyó que era cierta la causa del llanto de la mujer y se retiró sin hablar palabra. Pero un segundo soldado, que al mismo tiempo que el otro había salido de la multitud, había hecho, mientras tanto, una cruz con alquitrán líquido en la puerta de la calle.

La casa de Chilindrón fué la única en que se oyeron llantos en ese día. En razón de lo cual el ciego aconsejó que prendieran al hombre del dedo cortado y a la mujer llorona, porque uno y otro debían de ser parientes del degollado. Pero cuando los de la policía llegaron a la calle en que los presuntos reos vivían, no pudieron dar con la casa, porque todas las del barrio, que eran exactamente iguales, tenían en su puerta la misma cruz que el soldado había puesto por señal. ¿Qué había sucedido? Que poco después de pasar el cortejo por su casa, Chilindrón había salido a la calle a asomarse, y al entrar vió la cruz{177} en la puerta, y, siempre sospechoso, por lo que pudiera suceder, hizo en la noche otra igual en todas las puertas del barrio.

La pesquisa no dió, pues, el resultado que se esperaba, y la ira del Rey subió de punto, pero de nuevo el ciego lo calmó.

Dijo el ciego:

—Soy de opinión que se deje el cadáver en el cerro que hay en el oriente de la ciudad y se publique por pregón que se le abandona para que sea pasto de los buitres y los jotes; pero mientras tanto, algunos soldados estarán en acecho ocultos entre los espinos del cerro, y en cuanto vean que alguien se acerca para llevárselo, se apoderarán de él. Como por el cerro no transita nadie, es claro que cualquiera que atraviese por ahí, es porque trata de llevarse el cadáver.

El consejo fué encontrado muy bueno, y el Rey ordenó ponerlo en práctica.

Pero Chilindrón, que era más diablo que el ciego, al oir el pregón adivinó lo que se pretendía, y así que llegó la noche, vistió un hábito franciscano, se encasquetó la capucha y armado de unas muy buenas tijeras montó en una mula, en cuyas ancas aseguró un cuero de rico vino añejo recargado con zumo de amapolas, y muchos hábitos de religioso de la misma orden, y las echó para el cerro. A pesar de ser la noche muy oscura, los soldados distinguieron perfectamente un bulto que llegaba al lado del cadáver, al parecer un hombre que bajaba de un caballo, y al punto corrieron hacia él para prenderlo; pero cuando llegaron se dieron cuenta de que el que iban a tomar era un pobre fraile que devotamente rezaba el rosario y que los invitó a hacerle coro. Los soldados no aceptaron la invitación y más bien por fórmula que por otra cosa, le preguntaron a dónde iba y por qué había elegido un camino que nadie frecuentaba. El fraile contestó que en el convento se había concluído por completo e! vino para la misa y había ido a la ciudad a comprar del{178} mejor y ahí lo llevaba en un cuero a la grupa de su cabalgadura; que aprovechando el viaje había pasado a comprar veinte hábitos, que también le habían encargado, y que si había escogido el camino que pasaba por el cerro era porque, yendo por él, se libraba de dar una gran rodeo por la falda, y llegaría al convento antes de amanecer. Los soldados comprobaron que verdaderamente la mula cargaba el cuero de vino y los hábitos que decía el padre y al pedirle excusas por el susto que le habían hecho pasar, le rogaron les convidase con un vasito de vino para pasar el frío. Chilindrón les dijo que con mucho gusto y que no sólo un vasito les daría, sino dos a cada uno; y sacando de la manga un vaso de cuerno de tamaño más que mediano, fué llenándolo y pasándolo sucesivamente a todos los soldados, y mientras escanciaba les decía:—«Después que queden satisfechos me dejarán terminar tranquilamente mi rosarito, pues tengo la santa devoción de rezar uno completo, de quince casas, siempre que en mi camino tropiezo con algún difunto».

Terminada la primera rueda, comenzó a servirles de nuevo, pero la fuerza del vino, y más que la del vino, la del narcótico, adormeció a los soldados, que poco a poco fueron cayendo y quedaron tendidos en el suelo como pollos muertos.

Chilindrón esperó un rato, y después de comprobar que no los despertaría ni una carreta que pasara por sobre ellos, sacó sus tijeras y con la maestría de un peluquero de convento, les hizo corona y cerquillo; después los desnudó de sus ropas y los vistió con los hábitos que había llevado; y en seguida hizo un montón de uniformes y les prendió fuego, tiró al suelo el odre y en su lugar colocó el cadáver de su amigo y cuñado, montó en la mula y clavándole las espuelas, emprendió marcha a su casa.

Cuando los vapores del vino y los efectos del narcótico hubieron cesado, los soldados abrieron los ojos y se miraron espantados; creyeron que estaban soñando, pero al fin volvieron a la realidad y comprendieron la san{179}grienta burla de que habían sido juguete. Después de deliberar un rato, vieron que no tenían más remedio que presentarse al Rey como estaban, para darle cuenta de la aventura que les había sucedido y que había dado al traste con la comisión que se les encomendara.

El Rey escuchó la relación sin inmutarse y comprendió que se las había con un enemigo con quien no podía luchar, pero, como había que castigar a alguien, ordenó que a cada uno de los soldados le dieran cien azotes, para que otra vez no se dejaran meter el dedo en la boca, y que al ciego lo quemaran, para no recibir de él consejos que, aunque sabios al parecer, habían resultado desastrosos.

Chilindrón siguió robando muy tranquilo algún tiempo más, sin que nadie lo molestara, hasta que, cansado de la vida de ladrón, se fué con su hermana a otro reino muy distante, en donde nadie los conocía, y pasaron ahí la gran vida.

22. JUAN VALIENTE, EL DE LA VAQUILLA

(Referido por el niño Samuel Antonio Letelier, de Molina, de 9 años. Lo oyó contar en Linares.)

Estos eran un Rey y una Reina que tenían muchos potreros llenos de animales, y los cuidaba un hombre muy honrado, que no sabía lo que era miedo, y famoso campañista, el cual se llamaba Juan.

Un día los reyes le mandaron a Juan que trajera todas las vacas, que eran muchas, para ordeñarlas, y Juan las trajo y los reyes se recreaban viendo tanta vaca gorda y cómo las lechaban.

Entre las vacas había una vaquilla flacuchenta y chiquitita. El Rey le dijo a la Reina:{180}

—Démosela a Juan para él; este hombre se ha portado muy bien con nosotros y ha hecho crecer y le ha dado valor a nuestra hacienda.

—Bueno—dijo la Reina—démosela—y se la dieron.

Juan cuidó mucho su vaquilla y en poquito tiempo creció y engordó y se puso más gorda que las vacas del Rey.

Un día la vió la Reina y le dijo a Juan:

—Mata esa vaquilla que está tan gorda, y la hacemos charqui.

Juan le dijo:

—Esa vaquilla es mía y no la mato sino cuando yo quiera.

La Reina insistió en que la matara, pero Juan se fué donde el Rey a poner reclamo.

El Rey le dijo:—«Vete mejor con tu vaquilla a otra parte, porque la Reina está muy enojada contigo y quiere que la maten».

Se fué Juan con su vaquilla, y apenas se había alejado un poco de la ciudad, unos bandidos salieron de una casa que había a la entrada de un bosque y se la quitaron.

En la noche Juan se escondió en el pajar de la casa de los bandidos para ver si podía rescatar su vaquilla; pero desde su escondite vió cómo la mataban y después se la comían asada.

Juan tuvo mucha pena y llorando decía:—«Me la han de pagar estos badulaques».

Mientras comían y bebían, los bandidos formaban una gran zalagarda. El capitán los hizo callar y les dijo:—«Vámonos a dormir y mañana subimos al mirador a ver si pasa alguna niña para divertirnos con ella».

Esto que oye Juan, sale calladito y se va a casa de una comadre a pedirle ropa de mujer, se vistió con ella, se puso colorete, se empolvó y debajo de las polleras escondió un sable bien afilado.

Ya entrada la mañana, salió y pasó por frente a la{181} casa de los bandidos, imitando el modo de andar de las mujeres.

Los bandidos estaban en el mirador, y en cuanto la vieron, bajaron a invitarla a tomar un refresco, porque hacía mucho calor. Ella aceptó y le sirvieron licor y le pasaron la guitarra para que los divirtiera tocando y cantando.

En la tarde, el capitán echó a los bandidos que se fuesen a la montaña, diciéndoles:—«Yo me quedaré aquí con esta prenda».

Se fueron los bandidos; y mientras el capitán, vuelto de espaldas, sacaba vino de un barril, Juan se arremangó las polleras, sacó el sable y dió al jefe de los ladrones dos o tres feroces cuchilladas y arrancó a esconderse en el mismo pajar.

El capitán, que había quedado herido solamente, gritaba como un condenado, tanto y tan fuerte que los bandidos que estaban en la montaña oyeron los gritos y creyeron que el capitán habría matado a la niña, y fueron corriendo a ver lo que había sucedido.

Cuando entraron, hallaron el cuerpo del capitán en el suelo, muy mal herido; lo tomaron, lo pusieron en la cama y uno dijo:—«Mañana temprano salimos a buscar a alguna vieja médica yerbatera para que cure al capitán».

Juan, que oyó esto, se fué inmediatamente a casa de su comadre, y ahí, con untos y pomadas, se pintó arrugas en la cara, tan bien que parecía una verdadera vieja, y vistiéndose con muy pobres vestidos y llevando escondido el mismo sable, se fué de madrugada a dar vueltas por frente a la casa de los bandidos, haciéndose la que buscaba yerbas.

Los bandidos, que estaban en el mirador, la vieron, y bajó uno a preguntarle si conocía a alguna médica que supiera curar heridas.

—Yo soy médica—le contestó Juan—y no hay quién me gane a curar heridas.{182}

Entonces la llevó a presencia del capitán, y tras ellos siguieron los demás bandidos.

Examinó Juan las heridas con mucho cuidado y en seguida mandó a los bandidos a la ciudad que fuesen a buscar una pomada que era muy escasa, y que cada uno pasase a una botica diferente, por si los otros no la encontraban.

Salieron los bandidos, unos por un lado, otros por otro, y Juan subió al mirador a aguaitarlos, y una vez que se aseguró de que iban lejos, sacó el sable y acabó con la vida del capitán.

Después de lo cual, se llenó los bolsillos de plata, anillos y prendedores de oro, que encontró en gran cantidad en la pieza del capitán, y se fué a casa de su comadre, en donde se lavó bien y se vistió de hombre.

Cuando volvieron los bandidos, se encontraron con su capitán muerto y se dijeron:—«Pillados somos, vámonos de aquí»—y se fueron para Chillán.

Juan, que los había seguido, cateándolos, en cuanto vió que no volvían, se fué con sus padres y unas carretas a la casa de los bandidos y a hachazos echaron las puertas abajo y se llevaron todo cuanto encontraron, dejando la casa totalmente desnuda y quedando ellos muy ricos.

Poco tiempo después volvieron los bandidos y no hallaron sino las murallas peladas. Entonces comenzaron a averiguar quién en la ciudad se había hecho rico de repente en los últimos días, y supieron que Juan Valiente, el de la vaquilla, se encontraba en este caso.

Se propusieron entonces saltearlo y matarlo, porque no dudaron que él era el que había matado a su capitán y robado todos sus bienes; pero Juan, que no se descuidaba, sabía que los bandidos habían vuelto y que habían de atacarlo de un momento a otro.

Así fué que cuando los bandidos vinieron a saltearlo, lo encontraron en la puerta armado de su sable; y como{183} Juan los había visto desde lejos, tuvo tiempo de mandar a su padre a avisar a la policía.

Comenzando a pelear estaba Juan con los bandidos y ya había matado a uno y a otro lo había dejado mal herido, cuando llegó la policía y tomó presos a todos los salteadores, que después de juzgárseles, fueron ahorcados, con lo cual Juan y sus padres vivieron tranquilos, gozando de las riquezas que Juan había quitado a los ladrones.

Y con esto se acabó el cuento del Periquito Sarmiento, que estaba con la guatita al aire y el potito al viento.

23. LA SAPITA ENCANTADA.

(Referido por Beatriz Montecinos.)

Estos eran un Rey y una Reina que tenían tres hijos, que se llamaban Pedro, José y Juan; y era costumbre en el reino que el Rey dejara su corona a aquel de sus hijos que mejor le pareciere, sin tomar para nada en cuenta la edad; y así podía sucederle cualquiera de ellos, aunque fuese el menor.

¿Cuál de los tres heredaría el trono? Cuestión era ésta que preocupaba grandemente al anciano Rey, que no se decidía por ninguno, porque por los tres sentía igual cariño; ni podía partir el reino para dar a cada uno su parte, porque de la división resultarían tres pequeños estados, expuestos en todo momento a ser absorbidos por los reinos vecinos, que eran tan fuertes y poderosos como el país en cuestión.

La Reina le aconsejó que para salir de cuidado pusiera sus hijos a prueba enviándolos fuera del reino, con la condición de que regresaran casados, en un año, y con dos regalos para los reyes, y aquel cuya esposa fuera la más{184} bella y cuyos regalos fueran más hermosos y de más valor, sería el heredero del trono.

El Rey se dijo: El consejo de la mujer es poco, pero quien no lo sigue es un loco, y decidiéndose por el que acababa de darle la Reina, que le pareció bueno, llamó a sus hijos, les hizo ver el apuro en que se encontraba y les propuso que salieran, se casaran y al año justo tornaran a palacio, y que la corona le correspondería al que volviera con la esposa más bella y trajera a los reyes dos obsequios que fueran reputados superiores al de los otros dos.

Los príncipes aceptaron sin vacilar y sólo pidieron que antes de partir se les indicara en qué debían consistir los regalos. Después de corta deliberación, los Reyes acordaron que el premio se adjudicaría al que presentara, además de la esposa más linda, la pieza de tela más fina y el perro más hermoso y más pequeño.

Los príncipes se despidieron cariñosamente de sus padres y partieron siguiendo el mismo camino, hasta llegar a un punto en que éste se dividía en tres. Aquí se abrazaron, y prometiendo reunirse en el mismo sitio al cumplirse el plazo acordado, cada cual tomó su camino.

Pedro, que era el mayor, tomó el de la derecha, y pasados unos cuantos días llegó a una casita que se levantaba a orillas de una laguna y en cuya puerta estaba una señora de edad. En el interior cantaba una niña con voz maravillosa, y Pedro, pensando que tan linda voz no podía provenir sino de una persona también muy linda, se propuso conocerla y pidió permiso a la señora para entrar; pero ella le contestó que lo dejaría atravesar los umbrales sólo en caso de que prometiese casarse con la que cantaba. Prometiólo el joven, y entró al salón de la casa, pero por más que escudriñaba por todas partes, no descubría a persona alguna, hasta que, en un rincón vió a una Sapita que saltaba.

—¿Es ésta la que canta?—preguntó Pedro.{185}

—Sí, ella es—contestó la señora.

—¿Quién se va a casar con esta sapa asquerosa?—repuso el príncipe, y lanzándole un escupo, se mandó cambiar.

Momentos después, José, el segundo de los hijos del Rey, llegó al mismo sitio, porque a él concurrían los tres caminos; y para abreviar diremos que le pasó lo mismo que a su hermano Pedro, sólo que, en vez de escupir a la Sapita, le dió un feroz puntapié y la disparó lejos.

No haría una hora que había salido José, cuando Juan, el tercero de los hermanos, llegó a la casita, y oyendo aquella voz tan dulce y melodiosa, se quedó alelado. Cuando calló la que cantaba, Juan rogó a la señora que le presentara a la hermosa artista, pues no dudaba que debía de ser hermosa quien tan linda voz tenía. La señora consintió, pero, como en los dos casos anteriores, hizo antes prometer a Juan que se casaría con la que cantaba. Juan se lo juró, y entonces ella le mostró a la Sapita, que en ese momento andaba a saltitos en su rincón. El Príncipe, aunque sintió un movimiento de repugnancia, dijo:

—Palabra de Juan no puede faltar: estoy dispuesto a casarme.

—Y no te pesará—exclamó la Sapita.

Y el casamiento se celebró inmediatamente.

Juan a veces se ponía triste y se sentía desgraciado; pero la voz encantadora de la Sapita, que parecía adivinar sus penas, y sus palabras tiernas y cariñosas lo consolaban y le hacían olvidar la fealdad de la que era su mujer.

Los otros dos hermanos también se habían casado, pero sus mujeres eran hermosas y ricas.

Cuando ya se aproximaba el término del año, Pedro y José pensaron en volver a palacio, y ocupando lujosos carruajes, partieron con sus esposas, que iban elegantemente ataviadas.

Al pasar por la casita de la laguna, vieron a Juan en la puerta, lo saludaron sin bajarse de sus coches y le{186} pidieron les presentase a su mujer. Antes que Juan contestara, saltó la Sapita y les dijo:

—Yo soy la mujer de Juan, y dentro de poco nos juntaremos con ustedes en el lugar convenido.

Los dos príncipes y sus mujeres, al ver tan singular esposa, soltaron una carcajada y dijeron a Juan:

—¿Cómo te atreverás a presentarte ante nuestros padres acompañado de esa horrible sapa casposa?

—Esta ha sido mi suerte—respondió Juan—y estoy contento con ella; esta horrible sapa, como ustedes la llaman, es mi mujer, me ha hecho feliz y con ella iré a postrarme ante mis padres.

Los dos príncipes partieron y convinieron en seguir a palacio sin esperar a Juan en la encrucijada. Creían que el premio se disputaría entre los dos solamente, pues no les pasaba por la imaginación que se asignara al marido de una sapa. ¿Y los regalos que Juan debía presentar? ¿De dónde habría sacado dinero para comprarlos? La casita en que vivía, modesta por demás, demostraba, a las claras, su probreza. Pero, como dice el refrán, el hombre prepara y Dios dispara, y a esos malos hermanos les salió el tiro por la culata.

Transcurrida una hora, la Sapita dijo a Juan:

—Ya es tiempo de que nos vamos. Ve al huerto y encontrarás dos burritos: amárralos al viejo carretón que está detrás de la casa y subamos a él en compañía de la señora que tanto y tan bien nos ha cuidado. Los burros conocen el camino que han de seguir y saben lo que han de hacer. En esta cajita hay dos nueces; cuando llegue el momento de entregar los regalos que debes presentar a tus padres, a cada uno le pasarás una nuez y les rogarás que las abran. Y vámonos.

Los burros emprendieron un trotecito muy cundidor y el carretón, que parecía que de un momento a otro se iba a desarmar, de puro viejo, crujía como un diablo, pero nada malo le pasaba. Después de algunas horas de marcha, encontraron en el camino a Pedro, cuyo lujoso{187} coche se había volcado y hecho pedazos, maltratando a su mujer y dejándola tuerta para toda su vida, pues una astilla desprendida del carruaje le arrancó un ojo. Con estos contratiempos, Pedro estaba con un genio de mil demonios; así es que cuando la Sapita les ofreció a él y a su mujer un sitio en el carretón, en vez de agradecérselo, la echó a buena parte.

Una nube de tristeza cubrió el rostro de Juan, que no pudo oir sin profundo dolor las palabras poco amables de su hermano; pero la Sapita, que parecía leer en el pensamiento de su marido, le dijo al punto:

—Desecha tus penas, hijo; no le hagas juicio a tu hermano; pronto terminarán nuestros pesares y seremos completamente felices.

Y los burros emprendieron de nuevo su marcha, y no se detuvieron sino un poco más adelante, en que encontraron a José, a quien se le habían encabritado los caballos, despedazándole el coche a patadas, una de las cuales aplastó la hermosa nariz de su mujer y la dejó completamente ñata para todos los días de su vida. José estaba que no cabía en sí de rabia, así es que cuando Juan se ofreció para ayudarlo, o si mejor le parecía, para llevarlos a él y a su esposa en el carretón, se desató en insultos contra él y la Sapita, a quien llamó asquerosa.

Juan no dijo nada, pero el dolor lo consumía. La Sapita le dijo:—“¿Por qué está triste? No haga juicio de los denuestos de su hermano; ¿no ve que son hijos de la desgracia que ha sufrido? Alégrese, que ya falta poco para que terminen nuestras penas”.—Y para consolarlo le cantó una de las más bellas canciones que sabía, la que más le gustaba a Juan.

Mientras tanto los burritos seguían su menudo trote y no tardaron en llegar a orillas de un arroyo que pasaba muy cerca de la ciudad en que residían los reyes. La Sapita dió un salto y se metió en el agua y en el mismo instante se convirtió en la más hermosa princesa que jamás vieron ojos humanos. El Príncipe se arrodilló a sus{188} pies y extasiado le besaba las manos. La Princesa le dijo:—Príncipe, es preciso que lleguemos hoy a palacio; vuestros hermanos han comprado nuevos coches y se acercan a mata caballos. Subamos al nuestro, que por muy despacio que nos lleve, siempre llegaremos antes que ellos.

Sólo entonces el Príncipe se dió cuenta de nuevos cambios maravillosos: su traje, completamente nuevo, era de un valor extraordinario; la anciana señora que les había servido de ama de llaves, era una hermosa dama elegantemente vestida; los burritos se habían transformado en dos preciosos caballos ricamente enjaezados; y el carretón se había convertido en una carroza tan linda que seguramente no se encontraría otra igual en cocheras reales.

Llegaron a palacio, y los reyes experimentaron la mayor alegría al volver a ver a su hijo menor y se sintieron deslumbrados ante la hermosura y elegancia de su nuera y la majestad de la señora que la acompañaba.

Después de besar y abrazar cariñosamente a Juan y a su esposa, les pidieron que les contaran sus aventuras.

Refirió el Príncipe cuanto le había pasado desde su salida; y la dama, cómo una bruja, por odio al Rey su esposo, que quiso arrojarla de sus estados, con sus malas artes mató al Rey y convirtió a la Princesa en una sapita, dejándole sólo su hermosa voz y condenándola a vivir en esa condición hasta un año después que un príncipe consintiera en casarse con ella; y como hoy se cumplió el año en que el príncipe Juan contrajo matrimonio con mi hija, la veis transformada en lo que era cuando la bruja se ensañó contra nosotros.

Terminaba la dama su relato cuando entraron Pedro y José con sus respectivas consortes, tuerta la del primero, y con la nariz quebrada la del segundo, y ambas con sus trajes sucios y despedazados, pues no habían tenido tiempo de comprar otros nuevos, por temor de llegar atrasados.{189}

Grande fué también el gusto que manifestaron los reyes con la llegada de sus dos hijos mayores, pero el alma se les fué a los pies al ver la facha de sus mujeres: ¡la una tuerta y con la mitad del rostro hinchado, y la otra con la nariz desparramada por toda la cara! ¡El contraste era grande entre ellas y la mujer de Juan! No había duda: el premio le correspondía a éste. Pero ¿y si los obsequios que debía traer Juan eran inferiores a los de Pedro y José? Era necesario verlos para resolver.

Convocaron a los grandes de su Corte para que sirvieran de árbitros, y ante ellos fueron presentando sus regalos los tres príncipes. Pedro, como mayor, se acercó el primero y entregó un valioso cofre de cedro como de media vara, y abierto, sacaron una pieza de tela de seda que mediría unas veinte varas, muy hermosa, muy fina, con bordados preciosísimos; de otra caja sacaron un lindo perrito, de una cuarta de alto, más o menos. Una y otra cosa merecieron ruidosos aplausos, y en verdad que los merecían.

Siguió José, que abriendo un cofre de plata de las mismas dimensiones que el entregado por Pedro, sacó otras veinte varas de tela, también de seda, pero más fina, más rica y más hermosa que la de su hermano. El perrito era también más lindo, y más chiquitín que el de Pedro. Estos obsequios valieron a José una salva de aplausos más larga y bulliciosa que la anterior.

Por último, acercóse Juan, que respetuosamente entregó al Rey una de las nueces que le había dado la Sapita, y la otra a la Reina, y les rogó las abrieran. Hiciéronlo sin esfuerzo, pues casi se abrieron por sí solas, y la Reina sacó de la suya una tela primorosamente tejida, de finísimo hilo de oro y que medía mil varas de largo, ¡cómo sería de fina que toda cabía en la cáscara de una nuez! De la que abrió el Rey saltó a la mesa que estaba frente a los monarcas un perrito tan diminuto, tan bellamente lindo que causó la admiración de todos los presentes. El perrito se puso a bailar y en cada vuelta que{190} daba lanzaba perlas y diamantes y toda clase de piedras preciosas. No son para contar los aplausos con que fueron recibidos ambos objetos y las aclamaciones y vítores que obtuvo la declaración del Rey de que Juan, el menor de sus hijos, sería el heredero del trono.

Y se acabó el cuento y se lo llevó el viento.

24. GALLARIN Y EL GIGANTE.

(Contado en Febrero de 1923 por el maestro carpintero Tránsito González, de 57 años, residente en Peñaflor.)

Vivían en un pueblo tres hermanos. Los dos mayores, Juan y Pedro, eran grandes envidiosos; en cambio, Gallarín, el menor, gozaba de la simpatía de todo el mundo por su bella presencia y sus buenos sentimientos.

Un día se les antojó a los dos primeros salir a rodar tierras y no querían que el menor los acompañara; pero a fuerza de súplicas consiguió que lo llevaran.

Anduvieron todo un día, y en la noche llegaron a un castillo en que les dieron alojamiento.

Este castillo era de un gigante que tenía tres hijas, y como no había en él sino una cama para cada una de las personas de la casa, acostaron a cada hermano con una de las hijas del Gigante.

Gallarín se fijó que las niñas dormían tocadas con sendos gorros y como era muy habiloso y algo malicioso, cuando todos dormían se levantó de puntillas, les sacó los gorros a las niñas, se puso uno él y los otros dos a sus hermanos, y apagó la luz.

Gallarín, que temía les hicieran una mala jugada, no dormía, así es que pudo oir que el Gigante decía a su mujer:{191}

—Ya será hora de matarlos para hacer una buena cazuela con ellos y comerlos mañana. Están bien gorditos y la carne es tierna; ¡tendremos excelente comida para todo el día!

Y entrando al dormitorio, se acercó a las camas, y cabeza que encontraba sin gorro ¡zas! caía al suelo cortada por el machete del Gigante, un machete enorme y muy afilado.

Concluída esta tarea, el Gigante se retiró a dormir a su pieza, y cuando Gallarín lo sintió roncar—roncaba tan fuerte que parecía salían truenos de su boca—les sacó los gorros a sus hermanos, los despertó y les dijo:

—Hermanitos, es necesario huir inmediatamente, porque si el Gigante nos pilla cuando se levante, nos mata y nos come hechos cazuela.

Estaba aclarando, de modo que Juan y Pedro pudieron ver degolladas a las tres hijas del Gigante, y de la impresión que recibieron, apenas podían andar, porque las piernas les temblaban; pero Gallarín les infundió ánimo y les hizo ver lo que se les esperaba si no huían pronto. Salieron siguiendo a Gallarín, y apenas habían atravesado un gran círculo de plantas de maravillas que rodeaba el castillo y que era hasta donde alcanzaba el poder del Gigante, éste los vió desde una ventana.