El Gigante sentía la muerte de sus hijas casi tanto como el robo de los tres gorros; éstos eran de virtud: el que se los ponía al revés obtenía todo lo que deseaba.
Se fueron los tres hermanos y después de unas cuantas horas de marcha llegaron a la capital del reino. Los tres hermanos consiguieron ocuparse en el palacio del Rey:{192} los dos mayores como trabajadores al día y Gallarín como cuidador de pavos.
La hija del Rey, que era muy linda, se prendó de Gallarín, y esto les causó una profunda envidia a Juan y a Pedro. Para perder a su hermano, fueron donde el Rey y le dijeron:
—Señor, su pavero Gallarín se ha dejado decir que así como mató a las hijas del Gigante y le robó los tres gorros, es capaz de robar el Loro adivino que tiene el mismo Gigante en su castillo.
—¿Eso ha dicho Gallarín?
—Sí, Señor; eso ha dicho.
Hizo llamar el Rey a Gallarín, y le dijo:
—Gallarín, tú te has dejado decir que así como mataste a las tres hijas del Gigante y te trajiste los tres gorros eras capaz de traerte el Loro adivino que hace tiempo me robó el Gigante...
—No, mi Rey, yo no he dicho tal cosa.
—Sí lo has dicho; y si no me lo traes, la cabeza te corto.
Se retiró Gallarín a lo último del huerto y se sentó a llorar en un tronco que ahí había. En ese momento pasó la Princesa y le preguntó por qué estaba tan afligido.
—¿Cómo no lo he de estar, mi Princesa—le contestó Gallarín—siendo que el Rey me ha dicho que así como maté a las tres hijas del Gigante y me traje los tres gorros, tenía que traerle el Loro adivino?
—No se te dé nada—le dijo la Princesa;—lleva este pan y este frasco de vino y le dices al Loro:—«Mira, Lorito, este es del pan que comías y del vino que tomabas antes en el reinato de tu antiguo dueño».—«¿Dame?», te dirá él.—«No te doy», le contestarás tú.—«¡Dame un poquito, aunque más no sea!» te replicará.—Y entonces tú le darás pan sopeado en vino, y cuando ya esté curado, lo agarras; y no tengas cuidado, suceda lo que suceda. Te advierto que el Gigante, cuando está con los ojos abiertos, está durmiento, y si tiene los ojos cerrados, está despierto.{193}
Partió Gallarín para el castillo y encontró al Gigante con los ojos abiertos; pasó de puntillas por delante de él para no despertarlo, y llegando hasta donde estaba el Loro, le mostró el pan y el vino que llevaba.
—Mira, Lorito, este vino es del que tomabas y este pan del que comías antes, en el reinato de tu antiguo dueño.
—¡Ay! qué ricos eran! ¿dame?
—No te doy.
—Dame un poquito, aunque más no sea, para probarlos.
Entonces Gallarín mojó un pedazo de pan en el vino, que era muy añejo, y se lo dió al Loro, que lo comió con ansias; y le dió más y más hasta que el pan y el vino se acabaron y el Loro quedó completamente borracho. Entonces Gallarín lo agarró para huir con él; pero apenas el Loro se vió cogido, comenzó a gritar desaforadamente:
—¡Amito! amito! que me llevan!
A los gritos despertó el Gigante, asió a Gallarín y lo amarró de pies y manos a un poste, en el último patio del castillo, para comérselo después.
El Gigante estaba que no cabía en sí de gusto por haber aprisionado a Gallarín, así es que salió a convidar otro gigante, su compadre, «para comerse un cordero tiernecito»—así le dijo.
Mientras el Gigante andaba afuera, su mujer preparaba el fondo en que iban a cocer al pobre Gallarín, y con un hacha se puso a partir leña para encender el fuego. Gallarín, nada tranquilo, miraba cómo trabajaba la mujer por cortar un grueso tronco demasiado duro, y de pronto se le ocurrió una idea y le dijo:
—¡Me da no sé qué, señora, verla trabajar tanto! Si me soltara las manos siquiera, yo le ayudaría a partir la leña.
La mujer del Gigante le creyó, le soltó las manos y le entregó el hacha.{194}
—Acérqueme el tronco, porque así como estoy, amarrado de los pies, no alcanzo hasta él.
La mujer le acercó el tronco.
—Ahora sujétemelo bien para que no se mueva.
Y en cuanto la mujer se agachó para sujetar el tronco, mi buen Gallarín le asesta tan feroz hachazo en el cogote que me la deja tendida, muerta. Con la misma hacha cortó la cuerda con que tenía atados los pies, en seguida desnudó a la mujer, la despresó y la echó al fondo, que estaba hirviendo con las papas, choclos, porotos, zapallo, ajos y cebollas correspondientes; después tomó la cabeza y la arregló en la cama en que ella dormía, dejándole los chapes colgando, y en lugar del cuerpo colocó una almohada debajo de las cobijas, cogió al Loro y disparó a toda carrera.
Cuando llegaron los dos gigantes, se fueron al último patio.
—¡Qué rica debe de estar la cazuela, compadre! ¿No siente el olorcito que sale del fondo?
—¡Cómo no, pues, compadre! debe de estar de chuparse los bigotes!
—Y la Micaela, ¿dónde estará?
Se fué a buscarla y vió que estaba en la cama.
—¡Pobre Micaela! Cómo habrá trabajado, compadre, que de puro cansada se acostó; durmiendo está en su cama. Comeremos nosotros y le guardaremos su parte; dejémosla que descanse.—Y se pusieron a comer.
—¡Caráfita que está rica la cazuelita! si el corderito era tan bien retierno, cómo no había de salir buena!
Y el Gigante mete el cucharón al fondo por quinta vez y se sirve él una presa y le pasa otra a su compadre. Este observa la presa que acaban de servirle y todo asustado, exclama...
—¡Compadre! usted me convidó a comer un corderito y resulta que lo que estamos comiendo es una oveja! ¡mire la marca!—y le mostraba la presa que tenía en la mano.{195}
—¿Qué es esto?...—grita el Gigante—y dispara corriendo como un condenado, a ver a su mujer, porque una sospecha terrible pasó por su imaginación.
Llega a la cama de su mujer, tira las cobijas al suelo y no ve sino la cabeza de Micaela y una almohada. El Gigante, que quería entrañablemente a su mujer, se puso a lanzar grandes alaridos y a gritar:
Llegó Gallarín al palacio y entregó el Loro al Rey, quien dió muestras de la mayor alegría al contemplar en su poder esta ave maravillosa, que antes había sido suya y le había sido arrebatada por el Gigante.
Pasó algún tiempo, y Juan y Pedro, que hervían de envidia al ver la predilección que la Princesa demostraba por Gallarín, volvieron donde el Rey y le dijeron:
—Sepa su Sacarrial Majestad que su pavero Gallarín se ha dejado decir que así como mató a las tres hijas del Gigante, se trajo los tres gorros, le mató a la mujer y le robó el Loro adivino, es capaz de quitarle el Caballo de las campanillas de oro, que está encerrado bajo siete llaves.
—¿Eso ha dicho Gallarín?
—Sí, Señor, eso ha dicho.
El Rey hizo llamar a Gallarín.
—Gallarín, tú te has dejado decir que así como mataste a las tres hijas del Gigante, te trajiste los tres gorros, le mataste a la mujer y le robaste el Loro adivino, eras capaz de quitarle el Caballo de las campanillas de oro, que tiene encerrado bajo siete llaves.{196}
—No, Señor; yo no he dicho tal cosa.
—Sí lo has dicho; y si no me lo traes, la cabeza te corto.
Salió Gallarín triste y cabizbajo y se sentó a llorar amargamente en una piedra que había a lo último del jardín. En ese momento pasaba la Princesa por ahí mismo.
—¿Por qué lloras, Gallarín?
—¿Cómo no he de llorar, mi Princesa, cuando mis hermanos, que desean mi muerte, han ido donde el Rey con el chisme de que yo había dicho que así como maté a las tres hijas del Gigante, me traje los tres gorros, le maté a su mujer y le robé el Loro adivino, era capaz de quitarle el Caballo de las campanillas de oro, que tiene encerrado bajo siete llaves?
—No se te dé nada, Gallarín; anda no más, que te irá tan bien como en las veces anteriores. Toma este poco de algodón y esta espadita de virtud; aplicas la punta de la espada a la chapa de cada puerta y las siete se abrirán en cuanto las toques. Después te acercas al caballo, rellenas bien de algodón las siete campanillas de oro para que no suenen y aseguras el algodón con cáñamo, para que no se desprenda; te pones las espuelas que hallarás colgadas detrás de la séptima puerta; en seguida, le sacas al caballo la silla, lo montas en pelo, le clavas las espuelas a toda fuerza y el caballo saldrá del castillo a todo correr. Pero no se te olvide mirar antes si el Gigante está durmiendo, que ya sabes que duerme cuando tiene los ojos abiertos y está despierto cuando los tiene cerrados.
Llegó Gallarín al castillo mientras el Gigante dormía, de modo que pudo hacer sin inconveniente cuanto la Princesa le había ordenado, aunque sintió deseos locos de venirse con la silla, que era muy rica: pero, por suerte para él, la dejó y montó en pelo.
El Gigante vino a darse cuenta del robo cuando ya Gallarín había salido del círculo de maravillas, y no pudiendo hacer otra cosa, se puso a gritar desaforadamente:{197}
El Caballo salió a todo escape y no paró hasta llegar con su jinete a las mismas gradas del trono.
Grande fué la alegría del Rey al ver al Caballo de las campanillas de oro y quiso premiar a Gallarín, pero éste le dijo que mientras tanto se contentaba con ser el cuidador de sus pavos, que a su tiempo le pediría el galardón que creyera le correspondía.
Siguió pasando el tiempo, que no se detiene en su marcha, y aún no se había cumplido un mes cuando Juan y Pedro, cuya envidia crecía con los triunfos de Gallarín, fraguaron otra mentira contra el hermano que los había librado de la muerte, que así paga el Diablo a quien bien le sirve; y se presentaron al Rey.
—Señor—le dijeron—ha de saber Su Sacarrial Majestad que su pavero Gallarín se ha dejado decir que así como mató a las tres hijas del Gigante, se trajo los tres gorros, le mató a la mujer y le robó el Loro adivino y el Caballo de las campanillas de oro, es capaz de traer prisionero al Gigante mismo.
—¿Eso ha dicho Gallarín?
—Sí, Señor; eso ha dicho.
—¡Ah! y qué bueno fuera que me lo trajese prisionero, por que el Gigante es el único enemigo que tengo, y libre de él, reinaría tranquilo! Díganle a Gallarín que venga.
Vino el pobre Gallarín.
—¿Con que te has dejado decir que así como mataste a las tres hijas del Gigante, te trajiste los tres gorros, le{198} mataste a su mujer y le robaste el Loro adivino y el Caballo de las campanillas de oro, te encuentras capaz de traerme prisionero al Gigante mismo?
—No, Señor; yo no he dicho tal cosa.
—Sí lo has dicho; y si no me lo traes, la cabeza te corto.
Salió Gallarín sumamente afligido por la exigencia del Rey, y fué a sentarse a lo último del jardín, a tiempo que la Princesa pasaba por ahí.
—¿Por qué lloras, Gallarín?
—¿Cómo no he de llorar, mi Princesa, cuando el Rey, instigado por mis hermanos, que desean mi muerte, me ha dicho que así como maté a las tres hijas del Gigante, me traje los tres gorros, le maté a su mujer y le robé el Loro adivino y el Caballo de las campanillas de oro, era capaz de traerle prisionero al Gigante mismo?
—No se te dé nada, Gallarín, que en esta empresa te irá tan bien como en las anteriores. Pídele al Rey mi padre que te mande hacer una gran jaula de fierro, de gruesos barrotes, con ruedas y con dos compartimentos: uno desde el que irás tú gobernando el carro, y otro que será completamente independiente, con puerta que la puedas cerrar tú por medio de un resorte y en el cual llevarás toda clase de mercaderías. Te disfrazarás de comerciante francés y pasarás frente al castillo ofreciendo tus mercaderías. Saldrá el Gigante, querrá comprar algo de lo que llevas, lo harás entrar para que escoja, y en cuanto esté adentro, sirviéndote del resorte cerrarás la puerta y te lo traes sin cuidarte de sus gritos y maldiciones.
Tal como se lo aconsejó la Princesa así lo hizo Gallarín. El Rey le mandó fabricar la jaula, y una vez entregada, arregló en el compartimento que debía ocupar el Gigante un buen número de valiosas telas y curiosísimos objetos de adorno, y tirado el carro por diez yuntas de bueyes que Gallarín dirigía desde el departamento que le correspondía, se dirigió al castillo del Gigante, adornado el rostro de largos bigotes y una hermosa pera postiza, pregonando con fingido acento francés:—«Quelq chos{199} de tiend! necesit quelq chos de tiend!» El Gigante, que estaba en la ventana, lo hizo detenerse y bajó a comprar algunas cosas. Gallarín lo invitó a entrar para que escogiese más a gusto, y el Gigante, sin sospechar nada, accedió, y Gallarín, en cuanto lo vió adentro, tocó el resorte y la puerta se cerró a machote. El Gigante, al verse preso, bramaba como un toro herido y con sus manazas tomaba los barrotes y los estremecía tratando de quebrarlos, pero inútilmente.
Horas después, Gallarín entraba triunfante a la ciudad, con el Gigante enjaulado, y era de ver cómo la gente se agolpaba en las calles aplaudiendo al héroe, que con la prisión del Gigante libraba al reino de su más terrible enemigo.
Gallarín, antes de llegar a palacio, se puso uno de los gorros de las hijas del Gigante con la parte de adelante hacia atrás, e inmediatamente quedó convertido en un elegante joven, pero conservando siempre sus hermosas y simpáticas facciones.
El Rey y la Princesa, que lo esperaban, se levantaron de sus asientos para recibirlo.
—Creo, Gallarín—dijo el Monarca—que ha llegado el momento de que pidas el premio de tus hazañas:
y por último, para coronar tu obra, hoy me has traído prisionero al Gigante mismo. Pídeme lo que quieras, que si está en mis manos, te será concedido.
—Señor—contestó Gallarín—es grande mi osadía al manifestar a Su Sacarrial Majestad mis pretensiones, pero si me atrevo a formularlas es porque me veo alenta{200}do por una persona que es muy querida de Vuestra Majestad;—y miraba a la Princesa que le hacía señas para que desechara todo temor y hablara luego y claramente.
—¿Y qué es lo que pretendes, Gallarín? Si grandes son tus pretensiones, grandes son también las empresas que has acometido; vaya lo uno por lo otro; habla sin cuidado.
—Majestad, lo que yo pretendo es lo que más amáis: solicito la mano de vuestra hija.
El Rey, que se imaginaba que Gallarín le pediría riquezas y honores, tal vez un título de grande del reino, al oir su petición, dió un salto y casi se cayó del trono.
—Pero ¿cómo te atreves a mirar tan alto? medita un poco en quién eres tú y en quién es mi hija, mide la distancia que hay entre ambos y ve si es posible tal unión.
—Es cierto, Su Sacarrial Majestad, que una princesa no debe casarse sino con un príncipe por lo menos; pero en manos de Su Sacarrial Majestad está el hacerme príncipe a mí, y entonces ni ella se rebajará ni yo me enalteceré al casarnos, pues seremos iguales.
La Princesa no pudo contenerse y aplaudió a dos manos exclamando:
—¡Bien, Gallarín, muy bien!—Con lo cual, impensadamente dió a conocer sus sentimientos hacia su pretendiente, así es que el Rey no tuvo más remedio que acceder a los deseos de los dos jóvenes.
Gallarín fué hecho príncipe y se casó con la Princesa en medio del entusiasmo de todo el pueblo, que los amaba y respetaba. Y fueron felices durante su larga vida, como lo merecían por sus virtudes.{201}
Había una vez un jorobado, buena persona, que llevaba su desgracia con paciencia, y no era envidioso ni amigo de burlarse del prójimo, como son casi todos los que tienen el espinazo quebrado; y este buen hombre salió un día a hacer una diligencia a un pueblo inmediato al suyo y no pudo regresar hasta la noche. Al pasar por un sitio extraviado, vió, desde un matorral, un corro de brujas, las cuales, tomadas de las manos, daban vuelta bailando y cantando:
sin cambiar este estribillo. El jorobadito, que era nervioso y vivo de imaginación, viendo que las brujas no salían de la cantinela
no pudo contenerse y desde su escondite gritó:
Las danzantes no cupieron en sí de gozo al ver tan lindamente completado su canto, y, agradecidas, resolvieron premiar a la persona que había tenido tan feliz inspiración. Llevado el joven al medio del corro, una propuso darle un palacio; otra, todo el oro que deseara; la de más allá, hacerlo rey; pero el jorobadito, que oía la discusión muy complacido, les dijo:—«Yo me contentaría y me daría por muy feliz con que hicierais desaparecer mi joroba y me asegurarais lo suficiente para tener un buen pasar»,—gracias, ambas, que inmediatamente le fueron acordadas.{202}
Al día siguiente nuestro ex-jorobado tropezó en la calle con un amigo que sufría del mismo mal de que él tan felizmente había sido curado por las brujas. El amigo se extrañó de verlo tan cambiado y casi no lo conoció, pues la ausencia de la joroba había convertido al antiguo corcovado en un real mozo. A la pregunta que le hizo el amigo, a quien la envidia roía las entrañas, de cómo había ocurrido tal metamorfosis, el interrogado le refirió la aventura, y el giboso se prometió ir esa misma noche al sitio en que las brujas se reunían; y así lo hizo, ocultándose en el mismo matorral desde donde su amigo había presenciado el baile. Momentos después llegaron las brujas y comenzaron la danza, cantando:
El segundo jorobado, que también deseaba ver desaparecer su corcova, imitando lo que su amigo había hecho, quiso agregar algo a los versos que cantaban las brujas, y cuando por cuarta o quinta vez repetían
muy ufano exclamó:
Las brujas detuvieron inmediatamente la danza y unas a otras se miraron contrariadas.
—¿Quién es el estúpido que ha venido a perturbar nuestro hermoso canto?—dijo una.
—Busquémoslo—contestó otra.
Y sin gran trabajo encontraron al pobre jorobado, que temblaba de miedo ante la ira de aquellas mujeres, y lo arrastraron al medio del corro.{203}
—¿Qué castigo daremos a este miserable?—preguntó la que hacía de jefe.
—Que le salgan cuernos y rabo—dijo una.
—Que cuando hable eche sapos y culebras por la boca—repuso otra.
—No—exclamó una tercera,—por su impertinencia merece que le obsequiemos con una segunda joroba.
—¡Eso es! Eso es!—gritaron todas.
Y a empellones y puntapiés despidieron al giboso, que volvió al pueblo llevando sobre sí dos hermosas corcovas: una sobre el pecho y otra sobre la espalda.
Para saber y contar y contar para saber. Esta era una vieja muy pobre que había criado a un Huacho que se llamaba Manuel, y a quien ocupaba en cuidar chanchos en el monte.
Un día el Huacho le dijo a la vieja:
—He oído decir que hay un Rey que paga un almud de plata por un año de trabajo, y yo, mamita, me voy para allá a mejorar suerte.
Salió Manuel y llegó a donde estaba el Rey, que era el castillo de Flordelís, y estuvo trabajando con toda la peonada durante un año, y a todos les fueron pagando un almud de plata; pero cuando estaban haciendo el pago, una Lora que tenía el Rey hablaba tanto, metiéndose en las cuentas, que el Rey, aburrido, es que dijo:
—El que quiera llevarse esta Lora en lugar del almud de plata, que se la lleve no más, que soy gustoso.{204}
Y ninguno de los que le oyó quiso llevársela, y entonces Manuel, viendo que era tan linda, dijo:
—Yo me la llevaré, Su Majestad, por el almud de plata.
Y se volvió el Huacho para su tierra, y en el camino cuidaba mucho a la Lorita y le daba de comer la mitad de lo que conseguía; pero cuando llegó a su casa, la vieja es que estuvo muy enojada porque quería plata y no pájaros y le dió a Manuel una buena paliza y lo mandó al monte a cuidar los chanchos, y después le pegó a la Lora, que casi la mató.
Entonces la Lora es que dijo:—“Me voy para Flordelís”—y se voló.
Cuando en la tarde volvió el Huacho y supo que la Lorita se había volado, se apenó tanto que esa misma noche, al amanecer, se fué de la casa.
Anduvo todo el día sin tomar alimento ni descansar, así es que el hambre se lo comía y no podía más de cansado.
Se sentó debajo de unos árboles y se quedó dormido.
Al día siguiente lo despertó una gran bulla que formaban tres lindas niñas, disputando cuál era la mejor. Entonces él se acercó a las niñas y les preguntó por qué discutían tan acaloradamente; y una vez que le explicaron el motivo, les dijo:
—Su merced, que es la mayor, es el sol, y en el día ¿qué cosa hay más bonita que el sol?—Su merced, que es la del medio, es la luna, y en la noche ¿qué cosa hay más bonita que la luna?—Su merced, que es la menor, es la guía de la mañana, y al amanecer ¿qué cosa hay más bonita que la guía de la mañana?—Y se fué.
Con estas cosas que les dijo el Huacho, se quedaron las niñas muy contentas, y dijeron:
—¿Y con qué le pagamos a este joven que nos puso en concierto y nos dejó contentas a las tres?
Entonces lo llamaron, y la mayor le dió un anillo que daba todo lo que se le pedía; la del medio le dió una plu{205}ma, que no había más que ponérsela en el zapato para volar más ligero que el viento; y la menor le dió un gorro, que bastaba ponérselo para hacerse invisible.
El Huacho les agradeció los regalos y partió nuevamente; y había andado ya algunas leguas cuando le vino como un desmayo, de lo que no había comido nada desde la noche antes.
Entonces le dijo al anillo:
—Anillito, dame una mesa bien puesta de un todo, con los manjares más ricos que haya.
Y entonces se le apareció una mesa llena de los mejores platos y más ricos vinos, y después que se llenó, se puso a dormir la siesta. A la tardecita despertó y siguió su camino, hasta que no pudo seguir andando porque tenía los pies hinchados de tanto que había caminado, y se sentó a descansar. Y en esto estaba cuando se acordó de repente de su aventura con las tres niñas y de los regalos que le habían hecho, y dijo:
—Buen dar con lo tonto que soy, pudiendo volar más ligero que el viento;—y sacó la pluma y se la puso en el zapato.
Había volado una porción y ya comenzaba la noche, cuando se le apareció un águila inmensa de grande, que le dijo:
—¿Cómo te atreves a volar en mis dominios, vil gusanillo de la tierra?
Entonces el Huacho le contó toda su historia, y una vez que la oyó el Aguila, que no era otra persona que el mismo Rey de los Pájaros, le dijo:
La Lorita que andas buscando está en el castillo Flordelís, y apúrate, porque si no llegas esta misma noche, ya será tarde, por lo que allí va a pasar.
Se fué el Huacho por el aire, más ligero que el viento, y llegó al castillo de Flordelís cuando ya todita la gente y hasta el mismo Rey se habían acostado, y sólo estaba despierto el soldado que estaba de guardia en la puerta del castillo.{206}
Entonces el Huacho es que le preguntó:
—¿Qué nuevas hay por aquí, señor guardia?
—¿Qué nuevas han de haber? Que mañana se casa la Princesa, que estaba encantada, y que no era otra que la Lorita que te llevaste en cambio del almud de plata.
Cuando esto oyó, le entró al Huacho una gran pensión; pero, acordándose de su gorra, se la puso, y por el aire se entró al cuarto de la Princesa, que estaba custodiado por siete soldados moros.
Y entonces el Huacho, que no se había sacado la gorra, le dijo a la Princesa:
—Si eres tú la Lorita que yo me llevé por un almud de plata ¿por qué me has dejado solo?
Y la Princesa se asustó tanto que se puso a gritar, y vinieron los siete soldados moros, y el Rey y la Reina a ver lo que pasaba.
El Huacho, como estaba invisible, para que no tropezaran con él se acurrucó en un rincón, y como los que entraron a la pieza nada vieron ni a nadie encontraron, se volvieron, el Rey y la Reina a sus cuartos y los soldados moros a su puesto.
Al rato que todos se fueron, volvió el Huacho a hablar y otra vez la Princesa gritó que había gente en su pieza, y entraron de nuevo el Rey y la Reina y los soldados, y como tampoco encontraron a nadie, se enojaron mucho y se fueron, diciéndole a la Princesa que no fuera a gritar otra vez, porque no le harían caso a sus gritos. Y salieron.
Esperó el Huacho un momento, y acercándose a la Princesa le dijo que no tuviera miedo, que él había hecho un viaje tan largazo por el amor tan grande que le tenía y que de ninguna manera permitiría que fuera a casarse con un hombre que no la quería como él; y se quitó el gorro.
Entonces la Princesa conoció al Huacho y se tranquilizó, y le contó todo lo que había pasado y que ella se casaba contra su voluntad y que a nadie quería sino a él,{207} que había despreciado la plata por ella, y la había cuidado tanto y hasta había tenido que aguantar los malos tratos de su madre.
Después de mucho pensar en lo que harían, convinieron que en la comida, antes del casamiento, la Princesa pidiera la gracia de que cada uno dijera un discurso y que él vería cómo ella salía bien del paso.
A la mañana siguiente dijo el Huacho al anillo:
—Anillito, dame un traje completo, todo bordado de oro y piedras preciosas, y yo que me ponga bien buenmozo.
Y así que acabó de hablar, quedó el Huacho hecho un príncipe de bonito y elegante y la Princesa muy contenta de verlo tan bien plantado. Y poniéndose el Huacho la pluma en el zapato y el gorro en la cabeza, se despidió de la Princesa hasta el otro día.
Al día siguiente, el Huacho, bien de mañana, le dijo al anillo:
—Anillito, haz que se me presente aquí un caballo de lo mejor y más lindo, bien aperado y con los aperos enchapados de oro y plata.
Y en el mismo momento se le puso un lindo caballo blanco por delante y montado en él dió un paseo por toda la ciudad, y todo el mundo se quedaba mirándolo con la boca abierta, porque nunca habían visto un príncipe tan bonito y elegante. Y al acercarse la hora del banquete, se fué al castillo y cuando el Rey lo vió decía:—“¿qué príncipe tan rico será éste?” Y él le dijo al Rey que era príncipe que dominaba en el aire.
Al comenzar el banquete, la Princesa pidió al Rey la gracia de que todos dijeran un discurso, y concedida que le fué, dijo la Princesa:
—Sacarrial Majestad, ¿qué será de más valor, una corona de oro o una corona de plata?
El Rey contestó:
—Una corona de oro.
—Yo tenía—dijo la Princesa—dos coronas, una de{208} oro y una de plata. La de oro se me había perdido y he tenido la suerte de encontrarla; y como no debo conservar sino una, yo pregunto ¿cuál de las dos debo guardar?
Todos contestaron:
—La de oro, la de oro; no tiene vuelta.
Entonces la Princesa, tomando a Manuel de la mano lo hizo pararse y dijo:
—Esta es la corona de oro que yo había perdido y que acabo de encontrar, y como con ella debo quedarme, con este príncipe me casaré y él no mas será mi marido.
Todos aplaudieron lo dicho por la Princesa, menos el novio que iba a casarse con ella y que tuvo que salir todo acholado.
Y así fué que Manuel se casó con la Princesa y fueron muy felices, y todavía lo serán, si es que están vivos.
Y se acabó el cuento, y se lo llevó el viento y se coló por la puerta de un convento y los padres que lo oyeron, se quedaron muy contentos.
El Diablo le propuso a un Campesino trabajar a medias, durante tres años. El Diablo pondría el terreno y el Campesino la semilla. Terminado el plazo del contrato, el campesino quedaría dueño del suelo.
Preguntó el hombre:—¿Y cómo haremos la partición?
El Diablo contestó:
—Yo tomaré lo que den las plantas arriba y tú tomarás lo que quede debajo de la tierra.—Y se fué.
Entonces el Campesino sembró papas, y cuando llegó el tiempo de partirse la cosecha, el Diablo tuvo que llevarse las matas y dejar las papas al hombre.{209}
El Diablo se repelaba, y pensó: esta otra vez no me harás leso; y dijo al hombre:—Este año yo tomaré lo que quede debajo de la tierra y tú serás dueño de lo que quede encima.
Se fué el Demonio y el Campesino sembró sandías y melones, y cuando el Diablo vino por la parte que le correspondía y vió que le tocaban puras raíces, y a su socio lindísimos melones y sandías, se puso a rabiar como un condenado (sic) y se arrancaba las mechas de ira.
El Diablo no se dió por vencido, y después de meditar un rato, dijo al hombre:—En el próximo año será para mí lo que produzcan las plantas en la parte de arriba y debajo de la tierra; lo que den en el medio será para ti.—Y se fué pensando con esto vencer al Campesino.
Pero el hombre, sembró maíz; y cuando el Diablo vino a reclamar su porción, los choclos correspondieron al Campesino y el Diablo quedó nuevamente burlado.
—Me la ganaste, rugió el Demonio, tuyo es el campo; pero después nos veremos la cara.
Mas el hombre se deja vencer del Diablo sólo cuando quiere, porque tiene inteligencia de sobra para reirse del enemigo malo, como lo demuestra este cuento.{210}
Taba el Lión viejo en su cueva, entre los riscos más encumbraos di una montaña. El Lión hijo, al velo tan respetoso, le icía:
—¿Habrá, paire, en to el mundo uno más guapo que su mercé? (Así trataban antes los hijos a los paires).
—Sí, hijo,—le contestó el veterano.
—¿Cómo ha e ser eso, paire, cuando yo, que soy su hijo, no le tengo mieo a naiden ni más respeto que a su mercé?
—No t’engañís, hijo, hay en el mundo un animal muy brao que se la gana a toos; si nu es por bien, por mal si han de dar; por eso es que yo, qu’era el rey del mundo, m’hey tenío qu’enriscar entr’estos cerros, por no dame.
—Con su permiso, paire, écheme la bendición y yu iré a peliar con ese animal pa quitale el mundo, ¡qué tanto será lo guapo! Empués e su mercé, ¿qui animal será tan grande que yo no me li alime?
—Nu es tan grande, hijo; pero es más ardiloso que toos, y se llama l’Hombre. Yo no ti aré nunca permiso, mientras viva, pa que vais a peliar con él.
Quiso que no quiso el Lión joven tuvo que quiase refunfuñando y afilándose las uñas.
El Lión viejo ’staba enfermo y a poco murió.
Empués de lloralo el Lión joven y dejalo tapao con ramas que salió a cortar, pensó:—Agora sí que no me queo sin peliar con el Hombre; y salió cordillera aajo a uscalo.
{*} Esta transcripción, aunque no completamente fonética, se aproxima al modo de hablar popular lo suficiente para darse cuenta de él. Sin embargo, debe advertirse que no siempre se han suprimido las eses y zetas, que en numerosos casos no se pronuncian, o suenan como aspiraciones muy tenues, por carecer la imprenta de los signos convenientes y no dificultar más la lectura. Lo mismo puede decirse de la b y de la v, que hay casos en que suenan, pero no con la fuerza que en el lenguaje que usa en Chile la gente educada.{211}
Lo primero qu’encontró en una d’esas vegas que se jorman aentro e los cajones e la cordillera jué un Caallo flaco.
—¡Bah!—ijo—ese no mi aguanta na. ¿Vos sos el Hombre?—le gritó.
—Yo no soy el Hombre, iñor.
—¿Quién es el Hombre, entonce?
—El Hombre, iñor, tá más p’aajo y es un animal muy malo y muy guapo; a mí me tiene bien dao, y porque no me le quería ar, me metió unos fierros en la oca, mi amarró con unos corriones, y con otros fierros clavaores que se puso en los talones, se me subió encima y mi agarró a pencazos y puyazos por las costillas, hasta que tuve qui hacer su oluntá y llevalo p’onde se li antojaba, y dey me largó p’estos rincones, onde casi me muero di hambre.
—¿Pa qué sos leso? Yo voy a uscar al Hombre a ver si es capaz de ponese conmigo.
Más abajo, onde ya comienzan los potreros de serranía, vió etrás di una mangu’e pirca el lomo di un güey, con sus cachos.—Es’es el Hombre—pensó,—y que bien regrandazas son las uñas que tiene, pero en la caeza, mientras que yo las tengo en las manos. A ver si es el Hombre.—Y di un salto apareció encim’e la pirca.—¿Vos sos el Hombre?—le gritó.
El Güey se puso a tiritar espantao, y sacando la voz como puo, le contestó:
—Yo no soy el Hombre, iñorcito. El Hombre vive más p’aajo.
—Me querís engañar que no sos vos, porqu’ estay tiritando e cobardía. ¿Y te alimas a peliar conmigo? ¿Pa qué’s ese cuerpo tan regrande y esos armamentos que tenís en la caeza si no pa ganásela a los que no son guapos como yo? ¡Pónele al tiro, si querís!
—¡No, iñorcito, por Dios!, si yo no soy peliaor ni guapo; ya ve qu’el Hombre me tiene bien amansao y que cuando yo’staba más toruno y me le quise sulevar, m’echó unos lazos, me tiró al suelo y me marcó el pellejo con un fierro caliente, qu’entuavía m’escuece; ¿no ve, su señoría, aquí, en las ancas?... y m’hizo otras cosas más, bien repiores, que me dan vergüenza... Después me puso yugo y m’hizo tirar la carreta a picanazos; y aquí’stoy, iñor, paeciendo hasta qui al Hombre se li ocurra matame pa comeme.
—¡Tan regrande y tan... vilote! No servís pa na. Me voy.—Y cortó cerro aajo en busqu’el Hombre.
Ya iba diisando los planes regaos y al acao di una quebrá vió un humito y empués el rancho di una posisión d’inquilino, y se jué acercando espacito a los cercos.
El Perro del inquilino l’olfatió y salió a lairale. El Lión se sentó a esperalo y pensó:—Este si qui ha e ser el Hombre; bien mi habían dicho que nu era tan grande; ¡a mí no me la gana este chicoco!; pero es pura alharaca lo que trae y no se viene al cuerpo.
El Perro le lairaba retiraíto.
—¡A ver, Hombre! callate un poco. ¿Vos sos el Hombre?
—Yo no soy el Hombre; pero mi amo es el Hombre.
—Así m’estaa pareciendo, porque lo que sos vos, no mi aguantay ni la primera trenzá. And’icile a tu amo que vengo a desafialo, a ver si es cierto qu’es el más guapo el mundo comu icen.
Cortó el Perro pa la posisión y lueguito vinu el Hombre con una escopeta cargá.
—¡Bah!—ijo el Lión—qué raro es el Hombre, nu anda con la caeza agachá como toos nosotros. ¿Cómo comerá? anda echao p’atrás! Bah! yo tamién me siento en las patas pa peliar con las manos libres ¿qué gran ventaja mi ha e llevar?... ¿Vos sos el Hombre?—le preuntó cuando lo vió cerca.
—Yo soy el Hombre—le contestó el labrador.
—A peliar contigo vengo pa saer cuál es el más guapo e los dos en el mundo.
—Güeno—le ijo el Hombre—; pero pa que yo pelee tenís que sacame rabia; retame primero y empués te contesto yo.
Prencipió el Lión a insultalo de bandío, saltiaor, coarde, lairón, ausaor, hasta que se cansó e retalo.
—Agora me toca a mí,—ijo el Hombre.—Allá va una mala palaura;—y le largó un escopetazo y le quiebró una pata.
—¡Ay, ay, aicito!—gritó el Lión;—iñorcito Hombre, no peleo más con usté,—y arrancó a lo que poía cordillera aentro, a enriscase en las cumbres, pensando:—Bien icía mi finao taita que no juera a peliar con el Hombre; si con una mala palaura no más me quiebró una pata ¿qui habría sío si se me le viene al cuerpo?
Y no bajó nunca más e las montañas, sino a escondías[G].{213}
Estaba el viejo León en su cueva, situada entre lo riscos más encumbrados de una montaña. El León hijo, al contemplarlo tan respetable, le dijo:
—¿Habrá, padre, en todo el mundo un ser más valiente que su merced? (Así trataban antes los hijos a los padres).
—Sí, hijo—le contestó el anciano.
—¿Cómo ha de ser eso, padre, cuando yo, que soy su hijo, no le tengo miedo a nadie ni respeto mas que a su merced?
—No te engañes, hijo, hay en el mundo un animal muy bravo que vence a todos; si no es por bien, por mal se han de entregar; por eso yo, que era el rey del mundo, para no verme vencido, he tenido que esconderme entre los riscos de estos cerros.
—Echeme la bendición, padre, y con su permiso iré a pelear con ese animal y lo despojaré del dominio del mundo. ¡No será tan valiente! Fuera de su merced ¿qué animal habrá tan grande a quien yo no me atreva a atacar?
—No es tan grande, hijo; pero es más astuto que todos y se llama el Hombre. Mientras yo viva, jamás te daré permiso para que vayas a pelear con él.
Quiso que no quiso, el León joven tuvo que quedarse, refunfuñando y afilándose las uñas.
El León viejo estaba enfermo y poco después murió.
Después de llorarlo el León joven y de dejarlo cubierto con unas ramas que salió a buscar, pensó:—Ahora sí que no me quedo sin pelear con el Hombre; y bajó de la cordillera al valle para buscarlo.
Lo que primeramente encontró en una de las vegas que se forman en las quebradas de la cordillera, fué a un Caballo flaco.
—¡Bah!—dijo—ese no se atreverá conmigo. ¿Eres tú el Hombre?—le gritó.
—No soy el Hombre, señor.
—¿Quién es el Hombre, entonces?
—El Hombre, señor, vive más abajo, y es un animal muy malo y muy valiente; a mí me tiene completamente subyugado, y porque no quería entregármele, me metió unos hierros en la boca, me ató con correones, y con unas espuelas muy clavadoras que se colocó en los talones, se subió encima de mí y comenzó a darme pencazos y a clavarme las espuelas por los ijares, hasta que tuve que hacer su voluntad y llevarlo a donde se le antojaba, y en seguida me largó para estos rincones, en donde casi me muero de hambre.
—Eso te sucede por tonto. Yo voy a buscar al Hombre porque deseo ver si se encuentra capaz de pelear conmigo.
Más abajo, donde ya comienzan los potreros de serranía, vió detrás de una cerca de pirca, el lomo de un buey, con sus cuernos.—Este es el Hombre—pensó,—y qué enormes son las uñas que tiene, pero en la cabeza, mientras tanto yo tengo las mías en las manos. Veamos si es el Hombre.—Y de un salto se puso encima de la pirca.—¿Eres tú el Hombre?—le gritó.
El Buey se puso a temblar, espantado, y sacando la voz como pudo, le contestó:
—Yo no soy el Hombre, señorcito. El Hombre vive más abajo todavía.
—Quieres hacerme creer que no eres tú y estás temblando de miedo. Y dime ¿te atreves a combatir conmigo? ¿De qué te sirve ese cuerpo tan enorme y esas defensas que tienes en la cabeza sino para triunfar de los que no son valientes como yo? ¡Peleemos inmediatamente, si te atreves!
—¡No, señorcito, por Dios! Si yo no soy peleador ni valiente! ya ve que el Hombre me tiene completamente manso, y una vez, cuando yo era más joven y quise sublevarme, me ató con unos lazos, me echó al suelo y me marcó la piel con un hierro candente, que todavía me escuece; ¿no ve, su señoría, la marca, aquí, en las ancas?... y aun me hizo otras cosas peores, que me avergüenza... Después me enyugó y me hizo tirar del carro a golpes de picana; y aquí me tiene, señor, padeciendo, hasta que al Hombre se le ocurra matarme para comerme.
—¡Tan grande y tan... vil! No sirves para nada. Me voy.—Y siguió bajando el cerro en busca del Hombre.
Ya divisaba los llanos regados, y al término de una quebrada vió un humo y después el rancho de una posesión de inquilino, y se acercó sin hacer ruido a los cercos.
El Perro del inquilino lo olfateó y salió a ladrarle. El León se sentó a esperarlo y pensó:—Este sí que ha de ser el Hombre; bien me habían dicho que no era muy grande; ¡a mí no me vence este enano!; pero todo no es más que bulla y no se atreve a atacarme.
El Perro le ladraba desde lejos.
—¡A ver, Hombre! cállate un poco. ¿Eres tú el Hombre?
—No soy el Hombre; pero mi amo es el Hombre.
—Así me parecía, porque, lo que eres tú, no aguantas ni el primer ataque. Ve y dile a tu amo que vengo a desafiarlo; deseo ver si es efectivo lo que dicen, que es el ser más valiente del mundo.
Fué el Perro para la posesión y volvió luego con el Hombre, que traía una escopeta cargada.
—¡Bah!—dijo el León—qué raro es el Hombre, no lleva la cabeza baja como nosotros. ¿De qué manera comerá? anda derecho! Bah! yo también me siento en las patas traseras para pelear con las manos libres ¿en qué me aventajará?... ¿Eres tú el Hombre?—le preguntó cuando lo vió cerca.
—Yo soy el Hombre—le contestó el labrador.
—Vengo a pelear contigo para saber cuál de los dos es el más valiente.
—Bueno, le dijo el Hombre;—pero para que yo pelee tienes que irritarme; insúltame tú primeramente y después te contesto yo.
Púsose el León a tratarlo de bandido, salteador, cobarde, ladrón, abusador, hasta que se cansó de insultarlo.
—Ahora me toca a mí—dijo el Hombre.—Allá va una mala palabra; y disparándole un escopetazo, le quebró una pata.
—¡Ay, ay, aicito!—gritó el León;—señorcito Hombre, no peleo más con usted,—y huyó como alma que lleva el diablo para el interior de la cordillera, a ocultarse entre los riscos de la cumbre, pensando:—Bien decía mi finado padre que no fuera a pelear con el Hombre; si con una sola mala palabra me quebró una pata, qué habría sido de mí si se me viene al cuerpo?
Y nunca más bajó de las montañas, sino ocultándose.
Este era un huaso rico que tenía tres hijos de muy escasa inteligencia, y el padre quería que aprendieran a hablar como la gente educada. Dióles dinero y les ordenó que salieran a conocer mundo, se fijaran cómo hablaban las personas decentes y no volvieran hasta que no se encontraran capaces de conversar como los caballeros.
Salieron los tres hermanos y en un restaurant en que entraron a comer se sentaron cerca de una mesa en que había unos señores que jugaban al dominó.
Al mayor de los tontos le gustó mucho la frase Nosotros hemos sido, que dijo uno de los jugadores contestando a un curioso que preguntaba quiénes habían ganado la partida; y se llevó repitiéndola hasta que se le quedó impresa en la memoria. Al segundo le llamó la atención lo que dijo otro de los jugadores a quien uno de los mirones interrogó por qué jugaba, y respondió Por ganar dinero, y se estuvo dale que dale con la frasecita, hasta que le pareció que no se le olvidaría. Y al tercero, lo que más le gustó fué la expresión Por muy justa causa, que lanzó otro de los circunstantes, y que la dijo no menos de cien veces en su interior, hasta que se le quedó perfectamente grabada.
Y sucedió que cuando se volvían a su casa, muy contentos de las hermosas palabras que habían aprendido, al atravesar un campo por donde tenían que pasar, tropezaron con el cadáver de un hombre que acababa de ser asesinado y de cuyas heridas manaba sangre en abundancia.
Se quedaron los tres hermanos asustados, con la boca abierta, contemplando al muerto, y así estaban cuando llega un guardián de a caballo y les pregunta:{219}
—¿Quién ha asesinado a este hombre?
—Nosotros hemos sido—contesta el mayor.
—¿Y por qué le dieron muerte?
—Por ganar dinero—responde el segundo.
—Entonces van presos los tres—dice el guardián.
—Por muy justa causa—contesta el tonto menor.
Y fueron conducidos a la presencia del juez, quien, por suerte para ellos, les conocía y sabía que eran tontos de nacimiento, que si no, los manda fusilar.
Para saber y contar hay que escuchar y aprender. Esta era una señora que tenía tres hijas buenasmozonas, pero gangosas, que habían logrado hacerse querer de tres jóvenes, con los cuales se entendían por medio de señas y de cartas, porque la madre les había prohibido que hablaran con ellos, para que no les conocieran el defecto que tenían.
Un día tuvo que salir la señora y les ordenó a las niñas que por nada de este mundo hablaran con sus pretendientes; y encargó a la mayor el cuidado de las ollas que quedaban al fuego, que no se subieran.
Los jóvenes, que vieron salir a la señora, deseosos de conversar con las niñas, en cuanto se perdió de vista se colaron a la casa, y las niñas no tuvieron más remedio que salir al salón a atenderlos; pero ninguna hablaba, por más que los jóvenes les hacían mil preguntas.
De pronto se oyó un ruido como si un líquido se derramara en el fuego; y entonces la segunda, hablando más por las narices que por la boca, dijo a la mayor:{220}
—Hegmana, vaya a veg las ollas que paguese que se han subido.
Y la interpelada contestó:
—De vegas, hegmanita, se me había ogvidado el encago de la mamá.
Y pregunta la segunda:
—¿No digo la mamá que no hablágamos?
—¡De vegas! qué memoguia la mía Pog Dios! y tú también hablaste!
—Pego yo no he dicho nada—dijo la menor;—con ustedes se va a enogag la mamá y les va a pegag.
Al oir gangosear a sus prendas, los visitantes tomaron su sombrero y sin despedirse siquiera, salieron presurosos de la casa.
Poco después volvió la madre, y al imponerse de lo que había sucedido, les aplicó a las tres una buena felpa, y mientras les pegaba, les decía:
—¡Tomen, tontas gangosas! tomen Cuando ya me iba a deshacer de ustedes, todo lo echaron a perder.
Un caballero salió a dar un paseo a caballo por las afueras de la ciudad y le encargó a la cocinera que a su regreso le tuviera un capón asado. Chepa (Josefa se llamaba la sirvienta) bajó al corral y cogió el más gordo de los capones que en él se criaban, y se puso a asarlo. El apetitoso olor que despedía el ave puesta al fuego tentó a la Pepa, que, no pudiendo resistir sus deseos, se comió un tuto. Cuando, en la tarde llegó el caballero, la Pepa le sirvió el capón en un azafate, adornado con ramas de apio, perejil y otras verduras, que ocultaban linda{221}mente la falta de la presa que la cocinera se había manducado; y el patrón comenzó inmediatamente a hacer funcionar las mandíbulas, empezando por la pechuga; sólo al fin vino a darse cuenta de que al ave le faltaba una pata.
—¿Que es esto, Chepa?—preguntó a su servidora;—¿desde cuándo los capones tienen una pata solamente?
—Desde que existen, pues, señor; siempre no han tenido más que una.
—¿Cómo es eso? Yo creía que tenían dos, como todas las aves.
—Vamos al gallinero, patrón, y se convencerá de que los gallos, capones o no, y las gallinas no tienen sino una pata.
—Vamos a ver esa maravilla.
Fueron al gallinero, y como ya se había puesto el sol y las gallinas dormían, vieron que todas descansaban en una sola pata, como acostumbran cuando duermen, manteniendo la otra encogida y oculta entre las plumas.
—¿No ve, patrón, como no tienen más que una pata?
—Eso lo vamos a ver—contestó el caballero, espantando las aves, que bajaron de sus dormideros y echaron a correr despavoridas.—¿Ves como tienen dos patas?
—¡Qué gracia!—contestó la Chepa—¿y por qué no espantó también al capón antes de comérselo?
El caballero no pudo menos que reírse a carcajadas y declararse vencido.
Un vendedor de coquitos tenía la costumbre, en vez de pregonar su mercadería, de hacerla sonar moviendo repetidas veces, de arriba abajo, el canasto que la contenía.
Se le acerca un gabacho que no habla castellano ni conoce los coquitos, y pregunta:
—Comment s’apelle—ça?
—Si no se pelan, ñor, se parten.{222}
—Comment?
—¡Con la mano! No, iñor, con pieira.
—Je ne comprend pas.
—Y si no habís de comprar ¿pa qué preguntay, gringo tal por cual?
Un francés recién llegado a Santiago, que no habla español, se acerca a un pequenero y le pregunta, mostrándole los pequenes:
—Ces sont des gateaux?
—¡De gato! De purita carne de cordero, iñor! ¿qué si ha figurao usté?
—Qu’est ce que ce que ça?
—¿Asáas? Clarito, pus, ñor, y recién sacaítas del horno qui están!
—Je ne comprend pas.
—No comprís, pus, gringo leso; pa lo que se me da; ¡cuando la gente se las pelotea y en un dos por tres se las acaba!
Encontraron una vez a tres hombres asesinados, que parecían extranjeros. Para identificar sus personas, no encontraron sobre ellos señal alguna; pero al hacerles la autopsia, descubrieron en los intestinos de uno un tallarín, de lo cual dedujeron que era italiano; en los del otro descubrieron un poroto, y se tuvo por signo evidente de que era chileno; en los del tercero no encontraron nada, pero por el habla vinieron a comprender que era alemán.{223}
Un día Domingo amaneció mal de salud el Cura de una parroquia de campo, y encargó al Sacristán que a la hora conveniente dijera al pueblo que el señor Cura no podía decir misa por estar enfermo, pero que era bueno que rezaran el rosario; que el Jueves era vigilia porque el Viernes era San Simón y San Judas; y que Pedro Martínez y María Jiménez iban a contraer matrimonio y que si había algún impedimento, pasaran a avisárselo.
Llegada la hora de la misa, el Sacristán se presentó en el presbiterio y volviéndose al público dijo:
“El señor Cura está enfermo, pero con la Rosario se pone bueno; el Jueves es Viernes, vigilia de Pedro Martínez y María Jiménez; San Simón y San Judas van a contraer matrimonio, si hay algún impedimento, que se presenten a avisarlo”.
Con la falta de costumbre de hablar en presencia de tanta gente, al pobre Sacristán se le trastrocaron las ideas.
Unos arrieros llevaban unas cargas de trigo para un pueblo y donde alojaron les sacaron las cargas y los aparejos a las mulas.
Cuando al otro día se levantaron y fueron a aparejar las bestias, se encontraron con que los lacillos, las sobrecargas y las amarras habían desaparecido.{224}
—¿Quién se habrá robado los aperos?—dijo el Capataz.—Sería capaz de darle un costal de trigo a quien me lo dijera.
Entonces un Burro que estaba pastando por ahí cerca y que había visto en la noche a una Zorra y a sus Zorritos que se llevaban los lacillos, las sobrecargas y las amarras, le dijo:
—Un almud de trigo que me pagaran y que me lo dejaran en ese peladerito, yo les traía los aperos y los ladrones.
Hicieron el trato, y entonces el Burro se fué a la madriguera de la Zorra y se tendió cerca de la entrada.
Un zorrito salió y al ver al Burro exclamó:
—¡Ay mamita! Dios ha venido a vernos! mire qué causeíto nos ha dejado aquí!
Salió la Zorra y gritó a los zorritos:
—¡Vengan, niños!, traigan los lacillos, las sobrecargas y las amarras para amarrar a este Burro y arrastrarlo para adentro. Vamos a tener comida para una semana por lo menos.
Amarraron al Burro de todas partes y se pusieron a hacer fuerzas para arrastrarlo, pero los lazos se les resbalaban de las manos. Entonces dijo la Zorra:
—Amarrémonos todos nosotros de los lacillos, de las sobrecargas y de las amarras y lo arrastraremos mejor.
Así lo hicieron, y el Burro, al verlos amarrados, se levantó y arrastró con todos ellos y se los llevó a los arrieros.
Le dejaron el almud de trigo convenido, en el peladerito que el Burro había dicho, pero como tenía mucho polvillo, se le ocurrió al Burro lo siguiente para limpiarlo. Se tendió en el suelo con el trasero vuelto a donde estaba el trigo, y otra vez se hizo el muerto. Un Jote que andaba revoloteando por ahí, bajó, y como lo primero que hacen estos pájaros es comerse la tripa gorda, el Burro, que lo sabía, pujó con todas sus fuerzas y sacó parte del estantino, y entonces el Jote le dió un picotazo{225} en esa parte e inmediatamente el Burro frunció el orificio y junto con el estantino entraron la cabeza y el cogote del Jote. El Jote, por zafarse, movía las alas como un diablo y con el viento que echaba lanzó lejos todo el polvillo y dejó el trigo completamente limpio. Entonces soltó al Jote, que al salir se encontró con la cabeza y el cogote pelados. Con el calor que los burros tienen adentro se le desprendieron las plumas, y desde entonces los jotes tienen la cabeza y el cogote pelados.[H]
Un campesino, al morir, dejó por toda herencia a los tres hijos que tenía la cantidad de trescientos pesos. Los dos mayores, que eran muy ambiciosos, querían adueñarse de toda la cantidad; y a fin de que uno solo se quedara con ella, propusieron al menor dejar enterrada la plata y salir a rodar tierras por un año, y entregarla al que, al volver, contara la mentira más grande. Aceptó la proposición el menor, y salieron. Al año justo se juntaron los tres en el mismo punto en que se habían apartado, que era donde habían enterrado el dinero, y después de abrazarse, comenzó el mayor:
—Yo, hermanitos, he trabajado durante todo el año de chacarero, y una vez planté una mata de garbanzos que creció tanto, tanto, que llegó hasta el cielo.
—¡Grandaza está la mentira!—dijeron los otros dos.{226}
—Ahora diga la suya, hermano—dijo el mayor al segundo.
—Yo—dijo éste—estuve trabajando en una hilandería, y torcí en una ocasión un hilo tan largo, tan largo, que mientras yo lo tenía de una punta la otra llegaba al cielo.
—Bien regrande la mentira—dijeron los otros dos.—A usted, hermanito, le toca decir la suya.
—Yo—dijo el menor—no trabajé en nada fijo, sino en lo que me tocaba; yo a todo le hacía. Una noche que venía por un camino muy solo, me puse a torcer un cigarrito, y cuando lo fuí a encender, me encontré con que no tenía fósforos, y mientras tanto, ya me moría de ganas de fumar. ¿Qué hice entonces? Divisé una luz en la Luna y subí hasta ella a encender mi cigarro.
—¿Y por dónde subiste?
—Por el hilo que tú torciste.
—¿Y por donde bajaste?
—Por el garbanzo que tú plantaste.
Los trescientos pesos le correspondieron al menor, que era el menos ambicioso y que ni siquiera se había preocupado en todo el año de urdir su mentira.