En fin, la feroz pelea de uno contra tantos acaba, o se precipita al desenlace, cuando uno de los soldados, el sargento Cruz, se pasa al campo de Martín Fierro, gritando aquella voz quijotesca:
CUANDO un hombre se ponía fuera de la ley, quedábale antiguamente en la Argentina el desesperado recurso de hacerse gaucho matrero, oficio semejante al de nuestro histórico bandido de Sierra Morena. El matrero se contentaba con robar ganado, que vendía a los falaces intermediarios, y vagaba errante por la inmensidad de la llanura, libre y abierta entonces.
Hoy la llanura se ve toda dividida y reglada por fuertes alambrados, que si no impiden las raterías y los vagabundajes, dificultan mucho las antiguas aventuras.
En aquellos tiempos le quedaba todavía otra solución al perseguido por la ley: los indios en sus tolderías reservaban a veces un asilo a los cristianos, en la esperanza de utilizarlos como rehenes o a título de espías. Martín Fierro y el sargento Cruz se marcharon, pues, al país de los indios pampas.
El poema del Martín Fierro, aunque no tiene más que cuarenta años de fecha, guarda un valor inestimable porque describe cuadros y cosas que ya desaparecieron de la Argentina. En aquel país nuevo, en constante evolución, las cosas vienen y van con alucinante rapidez.
Este poema vulgar y sin pretensiones tiene, pues, una importancia grande como documento vivo y veraz. Narra, por ejemplo, la vida de los indios, cuando todavía vagaban los indios feroces y libres en los confines de la misma provincia de Buenos Aires. Y los describe con tal detalle y con tanta realidad, que nosotros, los lectores, podemos asistir a las fiestas y las batallas de aquellos bárbaros, a quienes la civilización no ha podido o no ha querido amansar. En estos momentos los indios feroces, constante alarma de los poblados fronterizos, no existen ya más. Todos han desaparecido.
Permanecen algunas tribus, es cierto, en los territorios meridionales de la Patagonia y en la Tierra de Fuego. Pero son indios nada bravos, entumecidos en su clima implacable, poco numerosos y cada día más mermados ante el avance de la colonización. También existen núcleos de indios salvajes en la zona tórrida del Norte de la República, y aunque más numerosos que los del Sur y bastante crueles y rapaces, nunca forman un grave peligro para la población laboriosa del país. Se sostienen en el casi desierto territorio del Chaco y arman sus tolderías en las riberas del poco conocido Pilcomayo. Se valen de la pesca y la caza para subsistir; a veces arrostran pequeños malones[38] o saqueos sobre los colonos cristianos; otras veces acuden a trabajar por temporadas en los obrajes[39], donde se cortan y preparan grandes cantidades de la madera tintórea llamada quebracho. Los miserables indios reciben por sus trabajos alguna suma, que invierten en armas y en alcohol; con frecuencia son víctimas de la codicia de los capataces, y ellos se vengan en brutales represalias.
Los verdaderos indios, los peligrosos y terribles, eran los pampas. Antiguamente se llamaban querandíes, y ocupaban toda la zona llana de la Argentina, esa infinita pradera verde, limpia de árboles. Los indios del Uruguay, llamados charrúas, no eran menos valerosos y crueles.
Por su crueldad, su valor y su independencia, los indios pampeanos eran, sin duda, de la misma condición y raza que los araucanos. Los primeros conquistadores, cuando pretendieron establecerse en la desembocadura del Plata, soportaron bien pronto los excesos de los indios. Los charrúas, cerca de la actual Montevideo, asaltaron la expedición de Solís y la deshicieron. El capitán Hurtado de Mendoza llegó a la Argentina con un lucido ejército de nobles y buenos soldados, fundaron la ciudad de Buenos Aires, y al poco tiempo, los indios querandíes sitiaron la ciudad, sembraron el hambre en la colonia, y, por último, con flechas encendidas quemaron las casas de madera y paja y abrasaron las mismas naves ancladas sobre la ribera. La expedición fracasó del todo, y hubo de llegar más tarde con nueva gente el capitán Blasco de Garay a reedificar las chozas y el castillo de Buenos Aires. Y desde entonces la civilización ha tenido que bregar continuamente en la Argentina con los fieros e irreductibles indios. Hasta que finalmente, bajo el gobierno del general Roca, se acordó una expedición al desierto, y los indios, implacablemente, fueron exterminados. Las mujeres y los niños que se salvaron de la encerrona ingresaron, por adopción, en la masa de la población civilizada.
Bárbaros y feroces, los indios de la Pampa necesitaron sufrir, en pleno siglo XIX, igual suerte que los pieles rojas. La civilización tiene un fondo de egoísmo inapelable; la civilización ambiciona nuevos territorios, nuevas adquisiciones, y quien se resiste ha de desaparecer. No hicieron otra cosa los españoles del descubrimiento y la conquista. Además de la ambición adquisitiva, los españoles llevaron a América el deber ambicioso de la Religión, de cuya carga estuvieron libres los yanquis y los argentinos. Estos pedían al indio sus tierras feraces, sus minas, sus ríos, y que no molestaran mucho a los colonos; cuando el indio se negó, fué exterminado. En algún trozo de los Estados Unidos, a manera de curiosidades etnográficas, quedan hoy unos pocos pieles rojas; también en la Argentina restan unas docenas de indios pampas, a quienes el Gobierno entrega, a título precario y sin carácter de propiedad absoluta, unas tierras para pastorear.
Los españoles exigían a los indios la sumisión, el oro y las tierras. Si los indios accedían, eran conservados bajo leyes humanas; entraban, asimismo, en la comunidad carnal de los hombres blancos por medio del matrimonio. Si se resistían al dominio del rey o de la Iglesia, eran perseguidos y muertos. Después de largas luchas y persecuciones, los indios podían aspirar a que los españoles les admitieran en el organismo civil de los virreynatos. Es cierto que había las encomiendas y la prestación personal del indio en el trabajo de las minas y la agricultura; ¿pero hoy no existen los obrajes, el alcohol, las persecuciones? ¿No se ha extirpado al indígena de la Nueva Zelandia en nuestro propio tiempo?
Saquear y matar; he aquí el oficio de los indios pampas. Hacían acometidas tumultuosas, que llamaban malones, y cayendo sobre los poblados pacíficos, se llevaban lo que veían a mano: mujeres, niños, comestibles, aperos, rebaños.
El gaucho Martín Fierro no conserva buena memoria de los indios. No les concede ninguna cualidad. Su pintura, en fin, es perfectamente contraria a aquel hombre de la Naturaleza que inventara Rousseau y que estuviera en moda hasta acabar el imperio del romanticismo. Nuestro fantástico padre Las Casas, el bueno de Bernardino de Saint Pierre y el mismo Chateaubriand, palidecerían de rubor ante este retrato del indio pampa.
Ahora vamos a reproducir estos versos, que explican simple e ingenuamente una de las características principales del indio americano: la incapacidad para la risa.
Es verdad; la aptitud para la risa pertenece a la raza blanca, y a esos hermanos inferiores que son los negros. Impasible es el japonés; sombrío y siniestramente grave es el malayo; y el indio americano no acertó nunca a poner risa o amabilidad en sus ídolos; su religión precolombiana era de esencia mortal, sanguinaria, fríamente sacrificadora de víctimas humanas.
Lo distintivo en el indio de América es una como fundamental tristeza, y una casi insensibilidad para el horror de la muerte. De tal modo, que el europeo observa ahora mismo, entre las personas mestizadas de la Argentina, una extraña sobriedad en el reir. En cuanto a la insensibilidad ante la muerte, el europeo nota con extrañeza cuán poco valor tiene allí la vida humana, cuán fácil es allí el homicidio, y qué escaso valor se le otorga al delito de sangre. Los señoritos de la buena sociedad portan en la Argentina, con mucha frecuencia, el revólver bajo el smokin. Cierta vez, en pleno Parlamento, a un senador, al agacharse, se le desprendió el revólver del bolsillo; y los periódicos de la mañana no se indignaron ni un poco, sino que hicieron al efecto alguna broma.
Los indios existen todavía, y existirán siempre en América, bien sea en estado semisalvaje o como adscritos a la civilización. En la Argentina no es menos importante el elemento indio. Cuando se nos habla de una raza blanca y europea en la región platense, debemos entender que se trata de un núcleo inmigrante, puramente moderno y pegadizo, y habitador de las ciudades costeñas. El resto del país, precisamente el país que más motivos tiene para llamarse argentino, está compuesto de gentes mestizas.
Todo el interior de la Argentina, desde Mendoza a Jujuy, desde Catamarca a Corrientes, es de raza hispano-india; en la provincia de Corrientes aún habla hoy el pueblo un idioma aborigen, el guaraní. A esta población mestiza, que a veces tiene más sangre india que española, llaman en el país con el mote de chinos, por sus caracteres especiales, que recuerdan mucho a los de los japoneses: pómulos pronunciados, ojos un tanto oblicuos y color amarillento.
Las familias argentinas de apellido y abolengo español, especialmente aquéllas muy antiguas que proceden de las ciudades interiores, tienen casi siempre los rasgos del mestizo. Los hombres más significados de la Argentina suelen tener igualmente sangre india, como Sarmiento, como Lugones, como Ricardo Rojas.
* * *
Una vez, con motivo de ciertas asonadas que realizaran los indios del Chaco, fué comisionado por el Gobierno argentino el Sr. Lynch Arribálzaga para estudiar aquel problema. El dictamen que presentó dicho señor me produjo mucha curiosidad y lo leí con verdadera emoción.
“El indio no sólo no es agricultor, sino que carece de la noción misma de la propiedad individual, salvo la de los vestidos y utensilios domésticos; el campo, los ríos y los lagos, considerados como territorios de caza y pesca, pertenecen en común a los individuos de cada tribu, dentro de límites convencionales que no pueden ultrapasar los vecinos sin consentimiento. En cuanto a los alimentos, bebidas, etc., el concepto de su propiedad es comunista, a tal punto, que si vuelven con un solo pescado, lo reparten equitativamente entre todos, aunque toquen a bocado por barba. La caza mayor se la dividen sobre el terreno, y es frecuente ver una rueda de salvajes fumando en común un cigarro o una pipa, que pasa por turno de boca en boca.”
Ya se comprende que estos hombres arbitrarios, que carecen de la idea del ahorro y de la propiedad territorial, habían de ser perseguidos sin compasión... ¡Miserables, infelices, odiosos indios!
Habían de ser exterminados sin remedio, porque no querían ahorrar, guardar, aumentar. Porque no saben separar la tierra con hitos y mojones. Porque no sienten la bondad del magno sistema, que consiste en alquilar peones y reservarse el noventa por ciento de los beneficios. No comprenden la sabiduría de guardarse el fruto del trabajo ajeno. Entienden que la libertad es el supremo placer, y que la Naturaleza lo da todo generosamente: peces, aves, frutos, flores y plumas. No son útiles para la civilización, desde el momento que no conciben la necesidad de un portamonedas.
El concepto blanco de la vida está en oposición con el de las razas de color: el sol tropical es el enemigo irreparable. Tienen esas razas un sentido frágil del vivir; por otra parte, la Naturaleza les da lecciones convincentes cada día; conocen, en fin, “la facultad de existir sin esfuerzo”. Frente al salvaje, el blanco marcha bajo la obsesión de reunir, acumular y vencer. El espíritu de acumulamiento forma todo el sentido de nuestra civilización.
Situado en un clima adverso, el blanco siente miedo a la vida. Es el miedo al frío, a la humedad, al hambre, a la casa sin techo; es el miedo al día de mañana, a la incógnita de un mañana atenaceante; por último, el miedo a la vida forma hábitos inconscientes de alquisición. Perfeccionados los medios de adquisición, el hombre civilizado ya no busca lo necesario, sino lo superfluo; necesita adquirir, porque se ha hecho en él un vicio sobremanera incitante. Se crean además necesidades de lujo, de arte, de ostentación y de sensuales delicadezas.
Tiranizado por su pasión, el blanco se abandona a su vida dionisíaca, en que la lucha es suprema ley. Un sabio hebreo lo dejó escrito en palabras imborrables, sobre las páginas insuperables del Eclesiastés: “La vida es una batalla...” Ahí está la síntesis filosófica de nuestra civilización. El indio la rechaza, porque entiende la dicha de otra manera. Se vituperan los procedimientos del hombre de los climas cálidos; pero es porque nos ciega la soberbia de nuestro circunscripto razonamiento. ¿Cómo podemos pedir el mismo esfuerzo, la misma tensión laboriosa a un indígena del Chaco y a un obrero inglés? Este necesita trabajar mucho, porque exige carne, manteca, verduras, patatas, pan, cerveza, tabaco, calefacción, casa abrigada, vestidos de lana, distracciones con que atenuar sus horas de niebla interminable; pero a un hombre de clima cálido le basta un puñado de bananas, un techo de paja y un lienzo que cubra sus vergüenzas. Los que manejan ingenios y obrajes en el norte de la Argentina, gritan porque los obreros se van a media tarea, exigiendo su breve jornal; pero ¿qué ley, humana o divina, puede obligar a un hombre a que trabaje sin cesar todas las jornadas del año, si no tiene necesidad de dinero? Con el dinero que le otorguen después de una faena esforzada, ¿comprará ese hombre alguna cosa de más valor que su muelle y dichosa holganza?...
Por eso hay que aceptar al indio como es, sin exigirle que adopte todas nuestras preocupaciones; siempre será un semicivilizado. Y probablemente serán siempre los países cálidos una especie de “territorios protegidos”. Contra el fatalismo de la Naturaleza es inútil luchar. Los pueblos calientes están condenados a una subordinación; que la subordinación sea lo más humana y dulce posible, es lo que se requiere buscar.
Pero los pueblos codiciosos y septentrionales deben recordar siempre que la civilización, la cultura, las artes y el manejo de la religión y la filosofía, nacieron y prosperaron en las zonas más calientes de la Tierra.
TAN pronto como Martín Fierro y el sargento Cruz hubieron dado buena cuenta del pelotón de Policía, concertaron dirigirse a la frontera y encomendarse a los indios. Y armándose de valor, los dos camaradas traspasan los límites del país civilizado. El resto de civilidad que existe en sus almas rudas se resuelve en un calofrío de melancolía al cruzar la frontera.
Los dos camaradas llegan en mal momento al antro de los indios. Los salvajes están preparando un malón a tierra de cristianos, y no bien se presentan los dos intrusos, deciden matarlos.
En fin, acude oportunamente un cacique y se les perdona la vida. Los dos amigos quedan incorporados a la tribu. Fabrican un toldo con pieles, se dan mutuamente calor, se cuentan sus cuitas, y soportan como pueden la vigilancia y los ultrajes de los indios. En cuanto a comer, allí nadie regala nada; cada cual se ingenia en la busca y persecución del mantenimiento.
Pero esta existencia estúpida y relativamente feliz dura poco tiempo. Una plaga de viruela invade la tribu y hace en ella estragos. El sargento Cruz cae con la peste, y a pesar de los cuidados y las lágrimas de Martín Fierro, el pobre apestado entrega su alma.
Así el desgraciado Fierro se lamentaba en su soledad, cuando cierto día...
Martín Fierro se acerca al lugar de donde parten los gemidos, y descubre la escena más horripilante. Un indiazo de aquellos estaba maltratando a una cautiva cristiana, en cuyos brazos latía un hijito ensangrentado. El indio, en su furor, había acuchillado a la tierna criatura, y entre golpes de látigo demandaba a la cautiva que le hiciese confesión de sus presuntos manejos de hechicera, porque los indios supersticiosos achacaban la peste de viruela a brujería.
Martín Fierro se presenta, mira la sangre de la sacrificada criatura, ve a la cautiva llorosa, y repentinamente salta en su rudo espíritu el grito de los antepasados. Lo que hay en su sangre de herencia de hidalgo, acude presto y aparece la voluntad quijotesca de defender y vengar a la pobre cautiva.
Efectivamente, un impulso sobrenatural, venido del fondo de la raza, toma forma de fatalidad y le induce a proceder como un caballero, sin que ninguna clase de reflexión o cálculo intervenga para nada. Bien, ya ha retado a la fiera. Ahora sólo le queda luchar con un bárbaro enfurecido, cerca de una tribu de salvajes, en mitad del desierto, a espaldas de toda ayuda.
De pronto, cuando el apuro era más grande y menudeaban los bolazos y las embestidas, Martín Fierro tiene la desventura de tropezar con los flecos de su chiripá. Resbala, pues, y cae a tierra. Entonces el indio se avalanza, monta sobre el caído, lo aprieta y lo va a ultimar. Pero la cautiva, entretanto, seguía aterrorizada el curso de la pelea, y he ahí que interviene como el mismo brazo de Dios.
La pelea continúa con el mismo terrible furor, con el mismo y terrible mudo ensañamiento. El sudor corre mezclado con la sangre. La fatiga aumenta.
Hay un momento en que Martín Fierro logra cortar con el cuchillo una cuerda de las bolas del indio. Se prevale de la ventaja. Además, al indio le ha tocado su vez, y pisando la sangre del niño descuartizado, resbala y cae. Se levanta presto, pero ya Fierro ha conseguido herirle. Las cuchilladas menudean.
Estas escenas de sangre abundan, como se habrá visto, en todo el poema del Martín Fierro. A nuestro oído de europeos sedentarios llegan esas voces de muerte como algo remoto y antiguo. Se observa sobre todo la especie de impasibilidad ante el hecho sangriento; una manera de enorme y extraño fatalismo frente a la necesidad de matar; y el detalle de los accidentes, de las cuchilladas. Siempre termina la narración de una riña con el dato final: lo alcé en el cuchillo y lo lancé muerto...
La palabra degüello salta asimismo con frecuencia en el poema. El degollar no tiene ya para nosotros sentido ni justificación; si comprendemos el acto de matar, no concebimos la precisión de cortarle a cercén la garganta al enemigo. Pero en tierra de indios sanguinarios, el degüello parece un acto legal y casi imprescindible. Para el salvaje no basta la muerte; su siniestra alma necesita palpar la muerte del adversario, sentir su palpitación agónica, poseer, en una palabra, toda la agonía del enemigo, sus gestos despavoridos, su terror postrero, la sangre que brota a chorros.
Esta costumbre del degüello pasó desde los indios a los cristianos, y en sus mismas guerras civiles, los ríoplatenses acostumbraban a usar el terrible ejercicio de la degollación. Se cuenta que el tirano Rosas no fusilaba a los prisioneros y culpables; los degollaba, sencillamente.
Una vez que Martín Fierro se vió libre de su horroroso peligro, montó en el caballo del indio, dió el suyo a la cautiva, y con las debidas precauciones, a paso de carrera, huyeron de la tribu de los salvajes.
Vagaron por el desierto, llegaron a las primeras poblaciones civilizadas, y allí, portándose otra vez caballerescamente, Martín Fierro se despidió de la cautiva y tomó el rumbo de la tierra natal. Llevaba sobre su conciencia bastantes culpas, le adeudaba a la Justicia bastantes delitos; pero los jueces, en aquellos tiempos, saldaban pronto las cuentas pasadas. Y nuestro héroe se ve exento de toda reclamación. Pero está viejo, pobre, melancólico... Pide noticias de su mujer, y le dicen que ha muerto. Busca a sus hijos, y he ahí que aparecen dos lindos muchachos que le abrazan...
Esta última parte del poema es muy curiosa, porque se dedica a narrar las aventuras y picardías de los muchachos. Está sembrada de sentencias criollas, y por tanto equivale a un refranero popular de la tierra del Plata. Vamos a internarnos en esa pintoresca trama de refranes criollos.
LA última parte del Martín Fierro está dedicada a escenas familiares y al tierno reencuentro de los hermanos perdidos. En esta parte del poema popular criollo ya no se narran episodios de sangre, peleas y otros excesos. Pero en medio de las narraciones ingenuamente sentimentales, el tono de picaresca que tiene este libro en todas sus páginas se afirma todavía más en su terminación, gracias a los dichos y refranes que aportan Fierro, sus dos hijos, el primogénito del sargento Cruz y el viejo Vizcacha. Probablemente, el Martín Fierro es el último libro del género picaresco que ha producido la literatura castellana. Y esto es más interesante, porque el autor de este poema rudimentario no era muy culto en letras ni se propuso emular los grandes autores del siglo XVI y el XVII; es la obra espontánea de la raza, que aun transportada a medio distinto y extraño, produce fatalmente estrofas y episodios de puro sabor castizo.
Sucede, pues, que nuestro héroe Martín Fierro regresa a sus pagos. Está un poco viejo y se ocupa en cantar al abrigo de las pulperías, tañendo la guitarra ante un concurso de amigos que escuchan atentos sus aventuras y trabajos. Allí se le unen sus dos hijos. Y cada uno de los muchachos, siguiendo el sistema literario antiguo, narra por su parte las aventuras y desdichas de su vida azarosa.
El hijo más pequeño cuenta cómo quedó abandonado, cuando Fierro fué llevado a servir de recluta en la frontera. La pobre madre murió. Y el muchacho, por una tropelía de la justicia, demasiado frecuente en aquellos climas inseguros, es acusado de haber dado muerte a un boyero, y cae en presidio. El triste mancebo se limita a describir la horrible vida del presidiario. Para un hijo de la naturaleza, hecho a la luz y la libertad, nada debe de haber, en efecto, tan horroroso como el encarcelamiento.
También le fatiga y le aterra mucho el silencio mortal de la prisión. Es un silencio que le obsede, que le aturde, que le alucina.
El otro hijo de Martín Fierro tiene algunas cosas más entretenidas que contar. Por lo pronto le recoge a su amparo una tía anciana, cuya amable tutela le permite vivir sin oficio y en perfecto holgazán. Pero la tía muere, y el muchacho queda otra vez desvalido. La amable tía le ha dejado una herencia, consistente en unas tierras y unos rebaños. En esto interviene el juez, y nuevamente la justicia criolla de aquel tiempo hace una de las suyas. En resolución, el chico no puede cobrar la herencia, porque es menor; en cambio le ponen de pupilo bajo la tutoría de un viejo cínico, ladrón, borracho, que responde al apodo de Vizcacha.
El viejo Vizcacha vive como un animal inmundo y ladino. Se dedica a hurtar reses y vender de tapadillo los cueros. Roba todo cuanto se le alcanza, desde una hebilla a una montura. Bebe sin tasa. Y a cambio de otros regalos, le da al chico sapientes consejos de la mejor picaresca.
Debo decir, como paréntesis, que el refranero criollo carece de gran originalidad; los refranes argentinos y generalmente los americanos, en realidad son puramente españoles. Aquellos países han inventado pocas cosas, acaso porque recibieron la civilización, la fe y el lenguaje españoles en su período de mejor madurez. Fuera de los términos o expresiones rigurosamente locales, el idioma se mantiene tan original como cuando llegaron allá los conquistadores. Me refiero, claro es, al idioma del campo y de las ciudades del interior; por desgracia, los escritores criollos cultos siembran su lenguaje de tristes galicismos aprendidos en los volúmenes de 3,50 francos.
Los mismos criollos castizos, cuando más presumen de estar argentinizando, no hacen otra cosa que hispanizar. Suelen darse, al efecto, equivocaciones graciosas; porque ellos piensan que las palabras y refranes que dicen son de pura cepa criolla, cuando son, al contrario, españoles. Esta equivocación, acaso, provendrá de la carencia de continuidad literaria y étnica. Leen los criollos muy escasísima literatura española; por otra parte, ellos ven llegar a los inmigrantes del país vasco, de Galicia, de tierra de Cameros, gentes que hablan un mal castellano, o un castellano incipiente.
El viejo Vizcacha no es ni más ni menos que un pícaro de Mateo Alemán, de Hurtado de Mendoza o de Cervantes. Nada dice que no supieran nuestros clásicos pícaros.
Este redomado pillo que llaman Vizcacha parece un ente redivivo, arrancado propiamente del Arenal de Sevilla, del Perchel de Málaga, de las Almadrabas de orilla de la mar. Tiene toda la sorna antigua y racial, un poco disminuído sin duda por la inyección taciturna y sosa del indio. Conserva, aunque un tanto mitigado, el don de la gracia andaluza. Y expresa en sus dichos toda la sutileza filosófica, castizamente hispana, popular; toda la presteza del madrugador; todo el egoísmo experimentado y concienzudo, entre estoico y cristiano, del hombre que se lanza a luchar con jueces prevaricadores y pillos despiertos.
Véanse algunos de sus consejos:
En lo que atañe a las armas y la defensa personal, el viejo Vizcacha presta al muchacho unos consejos que parecen arrancados de un código truhanesco del siglo XVI.