The Project Gutenberg eBook of Estampas de viaje: España en los días de la guerra

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Title: Estampas de viaje: España en los días de la guerra

Author: Luis G. Urbina

Release date: October 31, 2020 [eBook #63587]
Most recently updated: October 18, 2024

Language: Spanish

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*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK ESTAMPAS DE VIAJE: ESPAÑA EN LOS DÍAS DE LA GUERRA ***
INTRODUCCION
ENTRE DOS BAHÍAS
EL DELIRIO DE «WALL STREET»
UN MINUTO DE NUEVA YORK
EL PELIGRO DE LOS MONITORES Y LAS NOTICIAS DE A BORDO
CÁDIZ
GIBRALTAR
BARCELONA LA VIEJA
BARCELONA
BARCELONA SE DIVIERTE
EN BARCELONA
EN MADRID
UNA PÁGINA DE NOVELA
EL MADRID DEL GÉNERO CHICO
MENDIGOS Y GUITARRAS.
LA ULTIMA VISITA
VALLE-INCLÁN
ALREDEDOR DE LOS ASESINOS
LA FIESTA ROJA
LOS LITERATOS ESPAÑOLES Y LOS RUISEÑORES AMERICANOS
EN MADRID
EN TOLEDO

 

 

ESTAMPAS DE VIAJE
ESPAÑA EN LOS DIAS DE LA GUERRA

 

 

LUIS G. URBINA

ESTAMPAS
DE VIAJE

ESPAÑA EN LOS DIAS DE LA GUERRA

Creer-Crear.

BIBLIOTECA ARIEL


EDITADA POR LA REVISTA HISPANO-AMERICANA

«CERVANTES»

Es propiedad de la
BIBLIOTECA ARIEL


Este libro está dedicado a la memoria
de


Justo Sierra

mi maestro, que amó a España y en
ella murió.

Luis.

1920.

 

 

 

 

INTRODUCCION

Al comenzar el año de 1916 pisé, por primera vez, tierra española.

Desde la orilla del Mediterráneo, todo yo me volví ojos para ver y corazón para sentir.

Vine como redactor corresponsal de El Heraldo de Cuba, y para ese periódico escribí mis impresiones de viaje. Las escribí poniendo en ellas amorosa sinceridad.

Así, tan de pronto, no era posible que penetrase yo en el alma de este pueblo, a pesar de las afinidades que tiene con el mío, y que en mí mismo percibí al entrar en el ambiente ibérico.

Mas las obscuras herencias que despertaron en mi espíritu, sirvieron de acicate a mi curiosidad y de orientación instintiva a mis observaciones.

Nada miré sin interés o sin emoción; y, aunque recién venido, acerqué cuanto pude, la oreja, al pecho enjoyado de España.

Formé este libro con algunas de las notas y apuntes que rápidamente fuí tomando entonces, en horas de angustia y asombro para la humanidad.

Después, este gran país, que seduce desde luego la vista con el espectáculo de sus costumbres y de su naturaleza, y aviva la imaginación y la estimula a las evocaciones ante sus viejas maravillas de arte, fué, poco a poco, revelándome cuanto encierra su seno de calladas y profundas virtudes.

Y la ilusión con que en él soñé, se ha convertido en la admiración y la devoción con que ahora lo quiero. Y tanto como me deslumbró la magnificencia de su pasado, me llena de fe el presentimiento de su porvenir.

En las páginas que siguen hay, seguramente, más de adivinación que de análisis.

Me queda el anhelo de lograr algún día—mejor poseído por el creciente encanto de esta tierra de sol y de leyenda—rendir a la raza, en verdad y en belleza, el filial tributo que le debo en nombre de mi patria americana, que al otro lado del Atlántico es como una dulce prolongación, como un fresco brote de esta España en cuyo suelo está germinando todavía una primavera de libertad.

Luis G. Urbina.

Madrid, diciembre de 1919. 

 

 

ENTRE DOS BAHÍAS

EL contraste no pudo ser más sugestivo. Al partir de la Habana, durante un vivo y cálido atardecer, el mar de seda de la bahía mezclaba a su azul, bruñido por la luz del crepúsculo, súbitos y variados matices. Se mecía una onda, y en su seno encendíase, por un instante, un guiñapo de escarlata desteñida. Venía brincando una ola de curvas elegantes, y su vidrioso contorno empenachábase de espuma sonrosada. Alrededor de los remolcadores temblaba una franja de cambiantes. Las barcas, al pasar, dejaban en la corriente una larga raya de colores, como si fueran soltando serpentinas en la corriente.

Y cuando el buque empezó a moverse, toda la ciudad, salpicada de chispas locas, se fué deshaciendo en una rosada penumbra. Las fachadas del Malecón, que parecían un suave dibujo en miniatura, se fundieron, poco a poco, y conforme iban estando más lejos, en una extensa mancha en la que sólo brillaban—latidos de claridad amarilla—puertas y ventanas. Después, en la franja obscura de la ribera, vimos, por mucho tiempo todavía, el índice negro del Morro, coronado por la movediza llama verde, que paseaba, en torno suyo, su ráfaga de tenue claridad. La bahía de la Habana acababa de despedirse del sol, deteniéndolo como una Julieta enamorada, y pidiéndole el último beso. Al mirarla, casi borrosa en la distancia, podría uno imaginarse, sin esfuerzo, que la vieja y deliciosa metrópoli cubana quedaba, trémula de emoción, como criolla apasionada, en el instante en que concluye la cita y desaparece el galán.

* * *

Hoy, cuatro días más tarde, desde la cubierta del veterano buque español, veo un cuadro distinto del tropical, de aquel que retengo en la memoria como el recuerdo de una cariñosa despedida. El frío es intenso, y los pasajeros, enfundados en sendos abrigos, al hablar, echan por la boca nubecillas de vapor plomizo. El mar está sucio y pesado el oleaje. La niebla, que desde ayer emboza los horizontes, se acerca más y se hace más densa. De ella sale, como si la atravesara con esfuerzo, un reflejo gris que melancoliza el ambiente. Una lluvia menuda cae sobre las aguas, y las enturbia al encarrujarlas en pequeñísimos rizos. Es una hora indecisa que no atinaríamos a definir si, recurriendo a las muestras de los relojes, no viésemos que señalan las diez y que, tras de una noche azul, nos encontramos a la mitad de la mañana nublada. El buque está frente a Nueva York. Todos los pasajeros, de bruces sobre las barandillas, quieren ver lo que se dibuja en aquellos telones de húmeda y maculada blancura. Algún viajero «snob» se ha echado a la cara los gemelos, en una actitud cómica de inglés de opereta. Ver la ciudad, distinguir los edificios, contemplar el panorama, es imposible. Pero divisar todo esto, sorprender, aquí una masa de bruma negra, allá un contorno borroso, y la sombra de un edificio, y el fantasma de una embarcación, ya es menos difícil. Sí; mirando atentamente, devorando con los ojos la niebla, horadándola con la imaginación, se va distinguiendo, imprecisamente, lo que se arrebuja y esconde en el horizonte. Primero es un islote, que antes que lleguemos a la ciudad nos sale al encuentro: entre árboles de humo verdinegro, caseríos rústicos de vaporosa inconsistencia, barcas que parecen hechas en el aire con las espirales de un cigarrillo; dos torpederos de sepia aguada, perfilados junto al montículo pastoso de una fortaleza. Y luego, en el amplio fondo, caprichosamente reclinadas, unas nubes sombrías, unas formas extrañas, dos, tres, cuatro erectos paralelepípedos, que dan el efecto de que son bandas negras, estandartes desteñidos que cuelgan de la altura del horizonte, mejor que formas que se levantan asentadas sobre la tierra. Son pedazos de montañas, acantilados, tajos y escarpaduras. Trazados al esfumino, tienen la vaguedad de las pantallas fotográficas. Yo adivino que allí enfrente está la ciudad; es más, lo sé; pero aquellas fantasmagorías no dejan de turbarme un poco.

—¿Qué es eso?—pregunto a un compañero que cerca de mí sonríe, como saludando a un conocido.

—Son los «rasca cielos»—me contesta—; mire usted;—y me va señalando los sitios con el índice—: allá está el «Singer Building»; allá el «Municipal Building»; el «Metropolitan», y el más alto y airoso, el «Woolvord»...

Entonces, recuerdo los almanaques, los anuncios, los avisos murales, la inundación de pinturas, grabados, estampas que he visto durante mi vida por todas partes, en libros, en oficinas, en tiendas. Me divierto retocando, precisando, abriendo vanos, componiendo remates, labrando piedras, extendiendo colores, en una tarea imaginativa, en la cual colabora, confusamente, la memoria.

Y por asociación, por semejanza, frente a aquel diorama de vidrio ahumado, me acuerdo de las ilustraciones en que la pluma de Hugo solía entretenerse, al margen de las cuartillas manuscritas, mientras el potente cerebro repujaba alguna imagen estupenda. Cuéntase que, a veces, en la nerviosidad con que la mano saltaba del tintero al papel, caía en la garrapateada página una gota de tinta. El poeta, en un maniático «dilettantismo», aprovechaba la ocasión, y de aquella gota negra, extendida en líneas, siluetas y trazos inverosímiles, iban saliendo portentosas sombras chinescas: el castillo medioeval de los Burgraves; un ejército en marcha; la cabeza de monstruo de Quasimodo; una carrera de titanes en fuga. Quedan todavía, en viejas ediciones, los caprichos tumultuosos de aquel dibujante, en quien la fantasía creadora pudo sustituir con ventaja a la técnica correcta.

Algo de esa vaga exuberancia poseía, para mí, el espectáculo de la bahía neoyorquina. A través del encaje levísimo de la lluvia, la ciudad nebulosa, se me aparecía, en lo remoto, como un friso de cielo invernal en el último momento de un ocaso sin sol. Mi curiosidad se entremezclaba de melancolía. Mi espíritu encontraba un ambiente propicio para su desfallecimiento.

Miraba yo, miraba, en una difusión de ideas, que reproducía en mi interior las nebulosidades del día. Y de pronto, en el borrado y último término, en una semiclaridad amarillenta que parecía brotar de abajo, como una humareda luminosa, fué dibujándose, más precisa cuanto más la miraba yo, una masa de sombra compacta que poco a poco diseñó en el fondo su contorno, con la habilidad de esos artistas callejeros que, recortando con tijeras papel negro, hacen retratos en siluetas, que pegan después sobre un naipe cualquiera. Y vi: las sobrias molduras de un pedestal basto; la línea culebreante de una veste griega; los trazos paralelos de un brazo en alto que remataba en un florón obscuro que rememoraba una antorcha; la curva cerrada de una cabeza que diademaban largas púas tenebrosas. Era una estatua, la colosal estatua de Bertoldi, erguida sobre las aguas incoloras, en la tristeza de una inmensidad de claro-obscuro.—La «Libertad iluminando el mundo»—pensé, repitiendo el nombre del célebre y artístico faro.

Allí la vi en una hora de misterio, de bruma, de fría y rara vaguedad. Se diría que, como un nubarrón, estaba próxima a deshacerse al soplo de una cercana tormenta. Se diría que, dentro de su obscuridad, se acurrucaba el rayo insomne. Era un guardián de tiniebla, vigilando una ciudad de sombra.

Y mientras llegábamos al muelle, me puse a tejer con neblina, perplejidad y sueño, un símbolo profético y pavoroso. 

 

 

EL DELIRIO DE «WALL STREET»

LLEGAMOS al sucio muelle, y entre ruido de cadenas, golpes de tabla, gritos de primitivo y batahola de marinería, nos preparamos a descansar un poco de las monótonas cien horas de mar en calma.

Es domingo. Estoy en la orilla de la ciudad estupenda, descrita, admirada, cantada, glorificada, analizada por una legión de filósofos, de artistas, de poetas, de pensadores, de curiosos. A mí, que sólo veo desde el buque una fila de casas, muy altas, acribilladas de ventanas en hilera, me produce la impresión de que me hallo junto a una urbe extraña, monstruosa y vacía. De fuera no viene ningún rumor. No percibo un movimiento. Nadie asoma por las innúmeras ventanas. No se oye el eco de unos pasos. De un lado, los edificios están mudos; del otro, las lejanias, veladas. Arriba, la nublazón, inmóvil; abajo, la corriente, silenciosa. Únicamente las gentes del barco trajinan. Los pasajeros que no han salido, duermen. Cae la tarde, a telón lento, sin esfuerzo, simplemente, sin pugilatos de luz y sombra, porque, de antemano, lo gris es ya uno de los matices de lo negro; es la tiniebla empalidecida.

Y en ella comienzan a clavarse las chispas eléctricas del alumbrado. Por detrás de los formidables muros de las construcciones fronteras al muelle, sube un vaho de claridad blanquecina, como polvo de luna. Es la iluminación de Nueva York. Dejo pasar dos horas, tres; me aburro sobre cubierta. Y, aunque me dicen que nada hay que ver en un domingo de población yanqui, me aventuro a pasear mi fastidio, siquiera sea por la parte baja de la ciudad. Salgo de la embarcación como un ratoncillo sale de su escondite, atisbando hacia todos lados. La calle del muelle, obstruida en una acera por montones de cajas y barriles, está desierta por la otra, y presenta cerradas las puertecillas con escalones de piedra, cerca de los barandales que señalan los sótanos. Veo un extenso cuadro simétrico y uniforme:—la simetría es quizás una característica de la estética de este pueblo—. Casas semejantes; casas iguales; no varían, a primera vista, más que los rótulos y sus leyendas en oro, en carmín, en azul. De trecho en trecho, los faroles públicos colocan su nota ocre en la pesada penumbra. A lo lejos, el puente de Brooklyn raya el aire con su formidable dibujo geométrico. Camino unos pasos, y una plaquilla de hierro en la punta de un poste, en el ángulo de una amplia vía, me señala una ruta: «Wall St».

¡Ah! La arteria financiera; como si dijéramos: la aorta. Me encuentro en el corazón comercial. (¿Esta ciudad tendrá dos corazones a la manera de ciertos organismos anormales?)

Siguen las casas negras, altas, medrosas. Anchas las aceras; grande y pulida la calzada. Mas aquí no existe la simetría arquitectónica. No distingo estilos, y, sin embargo, percibo variedades; formas entrantes y salientes; encristalados ventanales; columnas de pórtico romano; abigarramientos de piedra; grandiosidades sin majestad; imitaciones sin gusto. Estas fábricas macizas me producen un efecto de solidez improvisada. Se marca bien, a pesar de ello, el carácter de la obra. No son viviendas: son oficinas, despachos, bancos. Aquí y allá, la palabra «Lunch», se combina de distintos modos. Algún escaparate conserva iluminada su pequeña exposición de tabaco. Se comprende que todos estos restaurants son otras tantas oficinas de comer de prisa, para seguir en la afanosa labor.

Ahora, esta vía está solitaria como la calzada de un cementerio. Por muy corto tiempo ha desaparecido la agitación. Las cosas están en reposo; pero se nota que esperan la vuelta del torbellino humano. La arteria queda exangüe por unos cuantos momentos. Yo marcho por el embaldosado y soy el único sér con animación en esa profunda y agresiva soledad. Mi vieja murria se mezcla de curiosidad infantil. Héme aquí al pie de una estatua, de proporciones extraordinarias, que corta en dos mitades la escalinata de un templo corintio. A la media luz de la calle, reconozco la figura: es Wáshington. Y recurro a mi memoria para percatarme de que dentro del templo corintio está encerrada una buena parte del tesoro del Estado. Un Wáshington de granito, inquebrantable como el de carne, cuida la suma fabulosa, el oro, el papel moneda, lo que yo no puedo saber en mi breve escapatoria de colegial aventurero.

—Haces bien, Wáshington—le digo a la estatua—, cuida del tesoro monetario. ¡Ojalá que dentro del arca de sillares labrados, a cuyo frente estás, guardara tu pueblo otros tesoros espirituales que tal vez ande malgastando por el mundo!

Y sucedió que, sugerido por mis propias meditaciones, moviéndome dentro del fondo de Rembrandt, de «Wall Street», tuve una pueril alucinación:

Vi que, en el silencio solitario del sitio, de la angosta puerta de una de aquellas oficinas, salía con su traje talar, y su becoquín negro, un judío del siglo XIV: el cuerpo encorvado y temblón; la barba luenga y cana; los ojos de nictálope; la nariz de pico de halcón; las manos sarmentosas, saliendo, como hierbas secas, de la campana de las mangas. Lo reconocí inmediatamente. Era mi amigo Shylock. No me cabía duda. Y hasta creí ver relucir en uno de sus cerrados puños el cuchillo vengador. Iba, como siempre, en busca de la libra de carne del deudor.

Pero su paso, inseguro y lento, le impedía alcanzar a la muchedumbre numerosísima, a el ejército obscuro que, apelotonándose por millares, corría delante de él. Shylock hacia estériles esfuerzos por llegar. ¡Imposible! La carrera loca de la multitud era fantásticamente rápida. También a mí me estaba pasando una cosa imprevista. Yo volaba tras el judío y sus perseguidos, tal como suelo volar durante el sueño. Comprendí que Hermes me había prestado sus alas. Y ya no me importaba la altura sombría de las casas de Nueva York. Era agradable mi ingravidez. Todos volábamos en un vértigo jadeante. Abajo, en la llanura humana, se agitaban los brazos como espigas negras en el término de la noche.

Y, de repente, a la espalda del gigantesco ángulo ojival—invertido embudo de tinta china—de la iglesia de «La Trinidad», fué subiendo un segmento de oro cegador; y subiendo, subiendo, milagrosamente, el circulo colosal llenó el espacio: ¡el sol!

Sí; un sol nuevo, recién fundido acabado de troquelar, porque el astro, gloria del cielo, era nada menos que una áurea y gran moneda de veinte dólares... Y empezó a encender el día...

* * *

En el «angosto lecho» de mi camarote, me reía a solas, de mis intemperancias de visionario. Desde allí oí sonar las campanas de cristal de «La Trinidad». El silencio estaba haciéndose más hondo. 

 

 

UN MINUTO DE NUEVA YORK

CONOCÍ en mi tierra a un literato rico, sér extraordinario, no porque su riqueza fuese grande como la de un nabab, ni porque su literatura alcanzara las proporciones de un genio, sino porque, además de juntar en una pieza sola el cultivo de las letras y la abundancia del dinero—caso rarísimo en el ambiente novo-hispano—, tenía el hombre tales manías y extravagancias, que teórica y prácticamente se diferenciaba por completo del tipo común de los mortales. Ejercitaba su talento y sabiduría en la critica, y si sus doctrinas chocaban al buen sentido, por lo estrafalarias, no le iban a la zaga sus costumbres, por lo inusitadas y excéntricas. No era el suyo prurito de aparecer original, ni fingida locura para llamar la atención de los cándidos; era un real y positivo desequilibrio, un orgánico defecto espiritual que le retorcía los conceptos y le daba en oblicuo, casi siempre, la visión de la vida.

Y entre las manías que lo caracterizaban, una de las más interesantes y divertidas, sin duda, era la de ajustar su existencia a un riguroso método, inventado por él, y para él, dizque modificando las supuestas leyes de la higiene, ciencia de la cual hablaba pestes el acaudalado hombre de letras, quien, por otra parte, era buen cristiano, excelente jefe de familia y cumplido caballero.

Recuerdo—y lo cuento aquí para ejemplificar una impresión—que fuí a verle a su casa una mañana con el fin de averiguar algo que yo necesitaba saber sobre asuntos bibliográficos, porque—también hay que decirlo—era mi amigo un erudito, y no a la violeta como los satirizados por el neoclásico español.

Hallé al literato en su biblioteca, garrapateando cuartillas sobre su mesa de trabajo, que más bien parecía, por lo cargada que estaba de libros y papeles polvorientos, una mesa revuelta. Interrumpió su labor, y nos pusimos a charlar. Así fueron resbalando las horas, hasta que llegó para él la de comer. Y digo para él, porque a las once y media en punto no había poder humano que evitase el que un viejo criado tendiese, sobre la propia mesa de trabajo, un fino mantel y pusiese allí los utensilios indispensables para el servicio del almuerzo. El cual daba principio de una manera imprevista por todo aquel que no estuviese en el secreto del ceremonial estrambótico. Primero, el literato, abstraído por completo de cuanto le rodeaba, extraía de uno de los bolsillos del chaleco un grueso reloj de oro, de dos tapas, que, previamente abierto, colocaba junto al plato vacío, sin apartar los ojos de la muestra, como hacían antaño los médicos que tomaban el pulso a los enfermos. Hecho esto, el criado, que de antemano habíase preparado, presentaba a su amo la fuente de la sopa. Servíase éste y comenzaba a engullir, llevándose a tientas la cuchara a la boca, puesto que las miradas las tenía clavadas, como un hipnotizado, en el minutero.

—Dos minutos de sopa—decía después le un rato—; basta. 

Sin interrupción alguna, iba el sirviente presentándole los manjares:

—Un minuto de pescado... Tres de carne... Cuatro de legumbre... Medio de dulce. Otro medio de fruta y, sin discrepancia, seis segundos de café. Un instante para limpiarse los labios con la servilleta, otro para mojarse los dedos en agua rosada puesta en tazón de cristal, y en un abrir y cerrar de ojos, el mozo levantaba el campo. Total: once minutos y dos segundos, contados con exactitud matemática, para cumplir con una de las indispensables necesidades impuestas por la Naturaleza a todo viviente.

* * *

Este modo de comer de mi amigo me viene a la memoria al anotar mis impresiones de Nueva York. Yo también me nutrí, es decir, quise nutrirme, en esta monstruosa yanquipolis, como el literato extravagante:

—Dos días de Nueva York, que es lo mismo que: una hora de Nueva York, y hasta que: un minuto de Nueva York. Eso he creído estar: cuarenta y ocho horas, que son un minuto, quizá menos, para ver una de las más prodigiosas ciudades de la civilización moderna.

He contado ya cómo llegué en un domingo nebuloso, y la extrañeza que me produjo el enorme silencio de Wall Street, en mi nocturna y tímida excursión.

El contraste del siguiente día fué perturbador. Asistí, con infantil curiosidad, al despertar de la urbe americana. Vi, primero, en los muelles, los grandes carromatos tirados por caballos gigantescos y pesados: diez, cien, mil, que rodaban, crujiendo, por la calzada de adoquines de piedra. Por el embanquetado frontero, pululaban faquines, obreros, marineros, en traje azul, o desarrapados; obscuros unos, de negrura de ébano; otros de un rubio, sucio, como pelambre de animal. No iban de prisa, y se diría que vagaban al acaso, como si no tuvieran ocupación. Por entre ellos se deslizaban tipos de cinematógrafo, seres de vicio y de miseria, de rostro abotagado, bombín cubierto de polvo, flux mugriento, zapatos de largas caminatas, de correrías nocturnas. Todas estas gentes entraban y salían de los «bar», cuyas puertas los vomitaban a montones, en incesante movimiento. Por entre ellos me deslicé hasta el ángulo desde donde se abría la amplia calle de los negocios. Otro espectáculo absolutamente diverso: una esquina, una línea, un punto, separan imperceptiblemente dos mundos que se rechazan, que se odian: el vicio y el trabajo, la inteligencia y la riqueza, la incuria y la pulcritud, la pereza y el aceleramiento. Hay que figurarse un hormiguero con locura ambulatoria. Aquí todas las personas, correctamente vestidas, van de prisa, tal como si temiesen no llegar a tiempo a la cita. Los transeuntes se cruzan y se entrecruzan, sin tocarse, apretados, pero no molestos, sin mirarse, sin estorbarse, cada uno con una preocupación clavada en la frente. Pasan los automóviles seguros de que no atropellarán a nadie, porque nadie hay que deje de saber andar en ese torbellino; hombres y mujeres corren, cuando así lo necesitan, y empujan sin miramiento, a quienes les puede impedir el libre y rápido ejercicio de las piernas. Las casas bancarias, son pueblos agitados; las oficinas, ciudades inquietas. Suben y bajan los ascensores con una piña humana, que momento a momento se renueva. Es el afán hecho vértigo; es la fiebre dinámica del anhelo. Los edificios, por sus puertas, arcos y columnatas, tragan y degluten multitudes. Por las ventanas de la «Bolsa», unos energúmenos mudos hacen señas ridículas, pero intencionadas, a la muchedumbre numerosa que invade la vía. Un poco más lejos, otra muchedumbre, detenida como un remanso en el oleaje de la rúa, escucha a un orador gritón de gesto furibundo. Es un «meeting» político.

Y en aquel ruido compuesto de la suma de todos los ruidos posibles—el de la gente que anda, el de las voces que gritan, el del elevado que cruza sonando hierro, el de las sirenas de los autos—, en aquel ruido excitante que me perturba más y me causa más pavor que el silencio de la noche dominguera, me asalta, con mayor rudeza todavía, una sensación de calor. A la herida profunda uno de mis sentidos se une el asombro culminante de otro. Lo que acabo de ver me distrae un poco de lo que estoy oyendo. Y lo que veo es un gallardete muy grande, que desde la altura de un quinto o sexto piso, cuelga en medio de la calle, suspendido de un cordel que va de fachada a fachada. Conforme voy marchando, sigo con la vista las paralelas de piedra de la avenida y distingo, de trecho en trecho, los mismos gallardetes que ondean con leve y pesado balanceo. Todos tienen los colores de la bandera americana. Y esos son: llamativas y amplificadas banderas que, colgantes en medio de la calle, parecería que están ansiosas de dejar caer del lienzo blanco las barras rojas, para que se clavasen, como picas, en el pavimento y detuviesen así la indiferente batahola fenicia que anda por abajo persiguiendo un propósito material y concreto.

¡Ah!, porque cada bandera tiene su leyenda que habla al ciudadano de patria: que le invita a defenderle; que le pide su contingente; que le exige una preparación. Las banderas tienen una voz heroica; forman un coro bélico, indican al pueblo que está quizá próxima la hora de la guerra.

Y las banderas están ayudadas por carteles, por avisos, por «réclames», por «affiches» que pregonan con breve elocuencia la necesidad de una aptitud militar frente a los posibles peligros de la humanidad en delirio homicida. Se anuncia para el próximo sábado una manifestación imperialista.

Yo noto, sin embargo, que ninguno levanta la cara. Y me imagino que la manifestación resultará grandiosa, con todo lo que aquí se realiza; pero entusiasta, vibrante, conmovedora, tal vez no será.

En mi neoyorkino minuto, volando en el carro del elevado, escurriéndome como por corriente profunda, por las perforaciones subterráneas; paseando, al caer de la tarde, por la «Quinta Avenida»; discurriendo por entre los árboles del «Parque Central», mirando tantas mujeres hermosas; oyendo el rumor de tantas charlas, en distintos idiomas; asombrándome de tanto lujo, de tanto «confort», de tanta vitalidad anhelante, de tanto esfuerzo económico acumulado; sintiéndome vivir en esta ciudad madre, inacabable, inagotable, de fealdades colosales, de bellezas deslumbradoras, de antros de crimen y de palacios de ciencia y de arte, tan brutal y tan exquisita, tan desproporcionada y monstruosa en unas partes y en otras tan refinada y sutil; devoradora de carne humana, como el Ogro de los cuentos; improvisadora como los genios legendarios, de la fortuna y del placer; concentradora y propugnadora de energías malsanas y de virtudes sublimes; en este minuto mío de atención, de revelación, de expectación, he presentido, he creído adivinar que el alma híbrida, poliédrica, formidable, de la metrópoli americana, no quiere la guerra, no la desea, no piensa en ella. Nueva York no parece imperialista. Y un amigo que iba a mi lado, respondió a mis observaciones:

—Eso es lo que piensas, no lo que ves, quizá. Vuelcas sobre la realidad tu mundo interior, y ajustas tus observaciones a tu prejuicio. ¿Qué sabes tú lo que hay detrás de cada uno de estos altísimos muros, simétrica y multiplicadamente agujereados, donde los grandes y los pequeños intereses rumian proyectos financieros? Este es un país de fuerza y de audacia: dos fundamentales elementos de la guerra. El nervio, que según la frase napoleónica es el oro, lo poseen. Su ambición es del tamaño de la ciudad. La idea que tienen de sí mismos es más elevada que el más empinado de sus edificios. La americanización del mundo necesita, tal vez, del esfuerzo heroico...

—Es verdad—replico—; pero alguna vez pienso que este gran pueblo no ha definido ni caracterizado todavía su espíritu nacional. No ha cristalizado su ideal. No lo ha unimismado en aspiraciones peculiares, en una fórmula suprema. Hay, es cierto, altivez y orgullo en este pueblo; pero a esa fanfarronería le falta penacho. Y luego, el hibridismo acomodaticio de estas gentes que han venido de los ocho puntos de la estrella a medrar, trayendo el desarrollo inusitado de sus energías, que, inútiles o improductivas, encuentran aquí un ambiente de aventura que las estimula sin cesar; la masa inmensa de aglomerado social que se ha adherido a la base étnica de estas colonias sajonas, y que sólo muy lentamente va perdiendo el recuerdo de la patria abandonada y el contacto moral de las distintas y originarias colectividades de que proviene; toda esta sociedad, que es una poderosa nación, la más fuerte acaso, con fuerza de juventud desarrollada en la gimnasia de la voluntad, no me parece aún una gran patria como esas que cruzan por la historia ensangrentadas y divinas, y que van al sacrificio gritando la fiera palabra de la raza...

—¡Bah!, lirismos tuyos. Esta nación irá también cuando le llegue su momento. Ahora está remisa y como amodorrada de egoísmo. Ríe, como un acaudalado burgués, en la sobremesa del banquete casero. Los negocios marchan; los cálculos han resultado exactos; las ganancias se multiplican. El banquero sonríe, entre un sorbo de champaña y una fumada de tabaco. Mas como eso no es la vida entera, la energía social habrá de buscar en lo futuro, y obligada por las contingencias, orientaciones nuevas.

—¿La guerra? Nueva York no quiere la guerra; yo lo veo, lo cual no quiere decir que los habitantes tengan sus simpatías y partidos. Ahí está la prensa que lo confirma...

—Pero Nueva York no es toda la Unión; es la ciudad cosmopolita y egoísta, que ha metodizado el trabajo con el fin de sacarle producto en beneficio del goce: acapara y derrocha; acumula y dilapida; es laboriosa y fastuosa; cruel y fascinante...

—Está bien; pero, mira: nadie levanta la cabeza para ver las banderas. Nadie se fija en los anuncios de la manifestación en pro del militarismo.

—No importa. La preparación será posiblemente difícil y lenta; pero yo creo que se llegará; se llegará...

El automóvil nos llevaba por el extenso paseo de la ribera oeste, lleno de árboles, de estatuas y de monumentos, de palacios y de niños. La Nueva York infantil estaba allí, corriendo a vuelos de mariposa, gritando a trinos de pájaro, revolcándose en la alfombra de los pastos. Es el lado aristocrático y fino de la ciudad. Allí se extinguen los ruidos de hierro y la ensordecedora algarabía. Ni un tranvía. Lujosos trenes; máquinas de vuelo silencioso. Caía el sol. Las aguas del Hudson al alcance de la mano, tenían un color de violeta iluminoso.

Y flotando en ellas, cerca de la orilla, envueltos en una fantástica y transparente neblina azul, vi tres enormes acorazados. Daban el aspecto de cetáceos blancos adormecidos sobre las ondas.

Ya las casas que yo miraba tenían esbeltez. Ya los monumentos habían recobrado linea, proporción y eficacia. Ya imperaba la belleza sobre la monstruosidad. Ya no había nada «colosal»: el matiz chillón, el anuncio titánico, los diseños bárbaros se habían quedado allá, en el centro pululante y atormentador. La Naturaleza derramaba sus encantos sobre la hermosura creada por el hombre.

Y entonces, el sitio, la hora, el paisaje, la ponderación arquitectónica, me devolvieron el sentido de mí mismo. Y tuve una instantánea noción de convencimiento; de presentimiento, mejor dicho.

He aquí, me dije, dos fuerzas salvadoras: niños y acorazados. Y me lancé al ensueño de una humanidad nueva.

Asì pasó, en la claridad de un relámpago, mi efímero minuto de Nueva York. 

 

 

EL PELIGRO DE LOS MONITORES Y LAS NOTICIAS DE A BORDO

A LA altura de los bancos de Terranova nos sorprende, por unas horas de la tarde, la niebla. El buque, cabeceando y crujiendo sobre la corriente tumultuosa, va como dentro de una nube cargada de lluvia. Todas las cosas han tomado un color plomizo: las toldillas, la vela, las jarcias, el casco. Cuanto veo parece falto de relieve y matiz; está en claro-obscuro. Me causa el efecto de un dibujo al lápiz. Muy pocos pasajeros se han atrevido a quedarse sobre cubierta, y esos, entrapajados y mudos, no caminan; se han apoltronado en bancas y sillas, y, por largo tiempo, como si temiesen moverse, conservan sus encogidas posturas. Algunas señoras, con el velo enredado a la cabeza y las manos metidas en los bolsillos de los abrigos, han formado corro sedente alrededor de un locuaz cincuentón que charla en voz alta. Varios caballeros de gorra encasquetada y enguantadas manos han formado también tertulia, y prolongan un parsimonioso palique. Con las capuchas del hábito, echadas sobre los cerquillos, tres frailes franciscanos, arrellanados en una banca, parecen dormitar. El tiempo corre con lentitud y monotonía. Dos marineros, para evitarnos las molestias del aire húmedo y frío, empiezan a echar la cortina de lona sobre la barandilla de cubierta. Son las cinco. Acaban de sonar los campanillazos anunciadores de la primera mesa. Se oyen carreras, voces y risas de chiquitines, que se apresuran, desde los pasillos interiores, a llegar hasta el comedor.

Mientras, la niebla va amarilleándose como si cambiara su plomo ennegrecido en oro pálido. La luz del sol comienza a diafanizar la nube. Y, de repente, allá, ábrese un boquete por donde salta un chorro de claridad tibia. Y rápidamente la niebla queda deshecha en un fino y rubio vaho que, en torno del buque, se aleja hacia los horizontes. El mar, hace un instante negro y pesado, vuelve a mecerse en lentas olas de cristalino y obscuro azul. Nadie, sin embargo, se preocupa de todos estos pequeños incidentes del color y de la forma. Noto que el mar, en una larga travesía, produce aburrimiento en los viajeros. Al salir el buque del puerto, se ve el agua con admiración y simpatía; días más tarde con indiferencia; y ya en plena alta mar, cuando nos asalta el vago concepto de infinito, se ve con cierta secreta e inconfesada repugnancia, mezcla de hastío y rencor.

Anhélase ver tierra, y, ya se distinga alguna vez, remotísima, o ya la finja un celaje lejano, hay, en el pasaje, una emoción que se revela en sonrisas y miradas alegres. Y si tierra no, al menos otro buque, otra embarcación que rompa la, para el montón, insufrible igualdad del «padre Océano». En un largo viaje marítimo puede uno convencerse de que hay muy pocos espíritus, no ya contemplativos, sino observadores, curiosos de la realidad siquiera. El cansancio viene pronto y es preciso curarse de él, aplicándose grandes dosis de frivolidad. Entonces no se escucha el rumor del mar, sino el de las conversaciones. La murmuración es más divertida, indudablemente.

Y, no obstante esta frivolidad, este deseo de matar y olvidar el tiempo, se adivina en todos que sí existe una preocupación... dos, que no son, por cierto, estéticas ni filosóficas; nos preocupamos, como es natural, de nosotros, primero; en seguida, de los demás.

Desde Nueva York nos dimos cuenta de que el buque cargaba materiales de guerra. El muelle de la Trasatlántica Española estaba repleto de cajas que, según se dijo, contenían municiones y armas. Noche y día funcionaban las grúas para meter, en las bodegas devoradoras, aquel peligroso cargamento.

No dejaba de alarmar a los timoratos esta circunstancia. Los razonables pensaban que, si una nación, hasta ahora neutral, como España, necesita transportar pertrechos para sus soldados, no podía ni debía temerse un atropello de la vigilancia marítima de las naciones beligerantes. Todo ello estaría, de fijo, bien arreglado, para no exponernos a trágicos percances. Pero como es invencible el temor a lo imprevisto, y las diarias noticias acerca de hundimiento de barcos no son nada halagadoras, y la fantasía, además, hace novelas en colaboración con el miedo, había en el ambiente del trasatlántico una difusa sensación de malestar que se atemperaba con la idea general e imprecisa de lo irremediable. Ibamos, como dijo el clásico, «Ut fata trahun». Sentíamos una onda del misterio de la fatalidad antigua. ¡Quién sabe! A las perfidias de las ondas podían sumarse las de la guerra. Mas las pueriles observaciones terminaban y caían en la punta de pararrayos de un optimismo contagioso. El hombre, cuando se encuentra frente a lo desconocido, es optimista. No sabe lo que hay detrás de la sombra; pero algo bueno ha de ser. Y una orgullosa y terca esperanza lo desatemoriza y alienta. Alguien hubo que, para afirmar su confianza, se dirigió al capitán del barco y le hizo en voz baja una tímida pregunta, que los demás no escucharon, pero adivinaron.

El capitán, fuerte y rudo viejo, habituado al peligro y a la franqueza, sonrió con cierto irónico desprecio, y contestó con esta grosería, que atenuaba la burla: 

—¡No sea usted tonto!...

Hasta el término del viaje, ninguno se atrevió ya a interrogarle de nuevo sobre el asunto.

La preocupación para los demás se manifestaba colectivamente en la noche, después de la comida, cuando la cubierta era como la calzada de un paseo por la que iban y venían, en ejercicio higiénico, los pasajeros. Con frecuencia en esta conversación, y en esotra, y en aquélla, se deslizaba el tema universal: la guerra. Había aliadófilos y germanófilos, como es de rigor. Y unos y otros discutían y defendían sus preferencias. Pero en un buque, que obliga al hombre por algún tiempo a una forzada comunidad de juicio, las opiniones se expresan con menos violencia, se sostienen con más prudente brío. Los más exaltados refrenan sus ímpetus y fingen una moderación verdaderamente ejemplar. De modo es que aquel combate de opiniones contrarias, no se encendía en disputa bravía como en tierra sucede, sino que era el caballeresco asalto a florete, con peto y careta, en una sala de armas.

Mas por la noche, a la entrada del salón, un marinero clavaba la tabla de noticias. Los polluelos que andan sueltos por el corral, acuden con prisa menor al llamado de la gallina madre que ha encontrado unos granitos de arroz y se los picotea, que la que mostraba los dos pasajes, el de primera y el de segunda, por acercarse a leer el pliego de los marconigramas. Apelotonábanse las gentes, y su avidez era tan ansiosa como la de los callejeros muchachos que rodean a los padrinos después de un bautizo a la salida de la parroquia. Los que no alcanzaban los primeros lugares, contentábanse con preguntar a los que podían leer de cerca:

—¿Qué hay?

Nada había, casi nada: incidentes estratégicos en Verdun; algún pequeño barco echado a pique; ataques parciales en el frente italiano; movimientos rusos sin importancia.

Era la desilusión de cada veinticuatro horas. Se deseaba, en aquella existencia aburridora de la travesía, sentir un choque brutal, una honda conmoción que sacudiese el espíritu. Y en aquel grupo de fastidiados se comprendía, de modo concreto y preciso, el deseo creciente de que concluya cuanto antes esta horrible angustia que parece interminable y que se ha vuelto desesperante. A veces se leían, en alta voz, las noticias redactadas muy lacónicamente, y vertidas del inglés, en un castellano indescifrable como una inscripción cuneiforme. Y después de la lectura y el comentario, quedaban la inquietud, la tristeza, que—a un relámpago de pasión, que pasaba, de repente, por la conciencia—transformábase en fe por la causa, en seguridad de triunfo, en exposición de razonamientos, en proyectos de proposiciones pacifistas, en cuento y recuento de ejércitos, en fabuloso cálculo de gastos, en nimios e infantiles juegos de imaginación, que, como las espirales hechas con el humo de un pitillo, se deshacen en el aire, apenas esbozados.

El laconismo de las noticias parece traer aparejado otro elemento: la atenuación. Son breves, y, al mismo tiempo, suaves. Despojadas en la forma periodística, sin «cabezas» llamativas, sin amplificaciones circunstanciales, están, al mismo tiempo, escritas en forma irresoluta y vacilante: «Al Oeste o al Este del Mosa se está efectuando un ataque alemán, que «quizá» termine por ser rechazado...—«se asegura» que, en la frontera italiana, se contuvo la ofensiva austriaca—. «Es probable» que los rusos hayan avanzado... Nada fijo, nada imperativo ni afirmativo; una duda agridulce, una condicional precaución, prestan vaguedad a los radiogramas.» No quedan conformes los lectores nerviosos. Se dirigen a la oficina:

—¿Está ahí el primer «Marconi»?

—No.

—Pues el segundo...

—¿Qué desean ustedes?

Y da principio la conquista de la verdad. Circunloquios, sugestiones, ruegos para saber cuál es la noticia cierta o entera. Porque las de la tabla estarán mutiladas o alteradas, ¿quién lo ignora?

El segundo «Marconi», imperturbable, recibe el chaparrón verbal, y cuando se alarga, lo detiene en seco.

—¡Bah, hombre! Esas son las que recibimos. No hay otras. No se figure que las estoy inventando.

Los que no conformes, se retiran; protestan entre dientes, y luego se desbandan para seguir el paseo de la digestión.

Entretanto, la noche ha cerrado. El mar tiene una inquietud amenazadora. El buque se balancea rítmicamente. Brillan por todas partes, en las aguas, estrías luminosas. Algunas blancas estrellas parpadean en el horizonte, como ojos cansados. Hace frío y tristeza.

En el salón canta, al piano, una tiple de zarzuela que va contentísima de regresar a España: