Fundada en efecto para defender la unidad política, bajo la monarquía que reemplazó al feudalismo, é incorporada al pueblo con este fin por medio del prestigio religioso, su sistema resultó de gran eficacia para la unidad, y Felipe calcó sobre ella su régimen administrativo. Este doble carácter religioso y fiscal, le dió una importancia inmensa, robusteciendo sus vínculos, es decir garantiendo su permanencia como institución normal. Su obra, entonces, resultó más funesta. Las ejecuciones en masa, que las damas iban á ver, coqueteando con sus abanicos cuando llegaba hasta ellas el humo del quemadero, ó tomando sorbetes, acostumbraron á la crueldad, acentuando hasta lo siniestro ese rasgo del tipo conquistador. Los sayones del duque de Alba, ajustaban un pito á la lengua de los herejes flamencos, para que sus gemidos en la tortura salieran agradablemente modulados...

De este modo la unidad absoluta, al evolucionar con los tiempos, dominando las diversas tendencias, desde la militar á la religiosa en el individuo y desde la gloriosa á la económica en el gobierno, deformó enteramente el carácter nacional, infestado en todas sus partes á virtud de las citadas trasposiciones; y así fué como Felipe, al dividirse la herencia del Emperador, imposibilitando el sueño universal de la monarquía, soñó el Imperio Cristiano como una oportuna compensación.

Las insurrecciones forales, habían mostrado con harta elocuencia la estructura intrínsecamente federal del país; vencidas, impusieron transacciones que contrariaban la soñada unidad. El gobierno carecía realmente de fuerza militar y económica para imponerla; los intereses eran distintos y aun adversos en las diferentes regiones; la raza y el idioma se encontraban en el mismo caso. Nada común tenían fuera de la religión, y á ella decidió apelar el monarca para realizar sus designios. La Inquisición llegaría con esto al máximum de poderío como instrumento fiscal.

Pero el sueño universalista no residió inútilmente en la cabeza del siniestro Habsburgo, de tal modo que su propósito tuvo por complemento la unificación «cristiana» de la Italia, la Francia y el Portugal.

Era un pensamiento político grandioso, pero anacrónico, y así no ocasionó consecuencias sino en el orden interno y bajo la faz religiosa, por ser la religión su inspiradora.

La conquista espiritual fué su producto, al haberse vuelto imposible la conquista política hacia la cual se marchaba secundariamente, y el gobierno adoptó en definitiva su ideal teocrático.

Semejante final se preparaba desde muy antiguo, pues ya Alfonso el Batallador había fundado en su época más de quinientas iglesias y dotado más de mil monasterios, acabando por heredar con su propio reino á las órdenes militares de la Tierra Santa. Era, pues, una tradición de la monarquía.

Cerca de diez mil casas religiosas, poblaron la Península;[39] el clero, instrumento precioso de la empresa, duplicó su poderío, que no hacía, después de todo, sino realzar el mal ejemplo de la improductividad; y como la conquista religiosa derivaba tan directamente de la guerrera, militar fué el espíritu de la orden que encarnó aquel ideal.

La Compañía de Jesús fué creada con el objeto ostensible de combatir al protestantismo—y hasta puede creerse que su fundador no tuvo otro; pero las instituciones populares, son siempre una copia reducida del medio donde nacen, dependiendo su éxito de su conformidad con las tendencias predominantes en él. El rápido incremento de la Compañía, demuestra entonces cuánta era esta conformidad.

San Ignacio que había sido militar, y hasta militar exageradísimo, por la natural expansión de su rica naturaleza, refundió en su creación la tendencia agonizante con la que venía á reemplazarla, en procura del mismo ideal dominador, pero adaptándose, en su carácter religioso, á los nuevos tiempos.

El remonte místico fué la postrer llamarada de un foco que se extinguía, pues á pesar de todo, el racionalismo de origen protestante, operaba de consuno con las necesidades de la naciente civilización. Predominó en la orden el carácter político, dentro de la organización militar (la «Compañía» y la «milicia de Jesús» son sus denominaciones corrientes); y al revés de las comunidades contemplativas, no rehuyó el contacto del mundo al tomar éste sus nuevas direcciones. La evolución conjunta del derecho y de la teología hacia el solo respeto de las formas, convirtióse en realidad. El posibilismo se substituyó á la intransigencia, vale decir la razón al sentimiento, pues según queda expresado, el ambiente racionalista se insinuaba también en la Iglesia, modificando su modus operandi; y ésta, en la persona de los jesuitas, se plegó á sus exigencias, conservando en su estructura externa aquella tradicional rigidez que tan bien simulaba la infalibilidad, base de su prestigio, pero en cuyo fondo estaba el escepticismo utilitario, que con tal de llegar á su fin no repara mucho en los medios.

Este modo de ver las cosas no fué, como el fanatismo anticlerical ha pretendido, una especialidad jesuítica. Su esencia está en la misma forma de la civilización comercial que empezaba, iniciando á la vez nuevos conceptos morales. Es que la respetabilidad, ó sea la conformidad puramente externa con los principios establecidos, reemplazaba, como norma de adaptación social, á la devoción del período místico, señalando nuevas posiciones á la conciencia humana, y haciendo posible entre otras cosas la libertad del pensamiento, ó produciendo, en términos más generales, un individualismo más radical. San Ignacio y Maquiavelo fueron contemporáneos.

La época se presentaba propicia para la evolución que señalo, pues las ideas modernas, que eran la degeneración progresiva de sus precedentes, no habían llegado á distanciarse de éstas tanto como para entrar en oposición, constituyendo otra circunstancia favorable lo poco definidas que estaban aún sus correlaciones. Nadie podía sospechar entonces, que el racionalismo y la libertad comercial, traían consigo las instituciones representativas; pues siendo el gobierno lo último que cambia, según advertí al comentar su verbo específico, las monarquías continuaron en floreciente situación.[40]

Intencionadamente ó no, los jesuitas se adaptaron al nuevo molde, y esto explica su éxito sorprendente. Pusiéronse de acuerdo con los tiempos, representando dentro de la Iglesia una tendencia moderna, aunque por fuera parezcan los más intransigentes, y sean los campeones de dogmas como el de la Inmaculada Concepción y el de la Infalibilidad; pues nadie exagera más su convicción, que quien necesita estimularla artificialmente.

Distintos de todos, prosperaron sobre el resto de sus contemporáneos, como lo prueban claramente las órdenes de Teatinos, Padres del Oratorio y Agustinos de Somasca ó clérigos de San Mayol, fundadas casi al mismo tiempo con éxito tan diverso. De tal modo, la actuación del jesuíta no le da sino un vago parecido con los otros sacerdotes. Su misma piedad es distinta. Al exaltado fervor de la mística, San Ignacio lo reemplaza con el procedimiento de sus Ejercicios, verdadero tratado de psicología en que el examen, del cual no podía prescindirse ya ni en las conversiones, suple al éxtasis inspirador. Basta comparar la tristeza contemplativa que llena las meditaciones de la Imitación, con el sagaz análisis del libro jesuítico. Comprendiendo que los tiempos de entusiasmo habían pasado, se sustituyó á la contrición, es decir al dolor de haber pecado, por la atrición, ó sea el temor del Infierno; de modo que el criterio utilitario primaba aun en las reglas de la conciencia.

La moral acomodaticia y la piedad afable, compusieron aquella política espiritual, como si el Renacimiento que helenizaba á la Europa, hubiera impuesto también á la religión un cariz de benevolencia griega.

Sixto V había preferido aliarse con Enrique de Navarra, Guillermo de Orange é Isabel de Inglaterra, es decir los representantes coronados de la herejía, contra la católica España, para evitar su engrandecimiento perturbador; poniendo así los intereses temporales de la soberanía pontificia, por sobre el proyecto de expansión católica que el lúgubre Felipe se proponía ejecutar.

Cada vez más alejados del Calvario, cuyo recuerdo inflamaba el heroísmo y suscitaba las meditaciones más dolorosas de la mística, los devotos sentían disminuir con su exaltación su intolerancia. Los jesuitas surgieron en ese momento; y la influencia moderna, sufrida sin advertirla, está demostrada por su posibilismo, que los acerca en política al concepto científico de la adaptación, y su psicología práctica—diríase mejor experimental—que les da un punto de contacto con el racionalismo. En ellos concluyó la devoción sentimental; la tristeza dejó de ser el estado preciso para entrar en las vías de perfección. La «iluminativa» y la «unitiva», que llevan á la santidad por la contemplación y el éxtasis, fueron cerrándose cada vez más; y la misma «purgativa», es decir penitenciaria exclusivamente, necesitó que toda la habilidad de los casuistas la allanara y redujera con mil arbitrios de transacción. Las reservas mentales constituyeron los resortes de aquella «teología moral», abriendo en el catálogo de los pecados ancha margen á la explicación acomodaticia. El jesuíta Sánchez descolló entre esos, hasta volverse dechado, y sus célebres «disputas» sobre el matrimonio, constituyen el más ingenioso dispensario de alcoba que se pueda concebir, si no son sencillamente un caso de erotomanía, en el que influyó tal vez su virginidad, que Renaud y Sotuel atestiguan con elogio.

Jamás le condenaron, sin embargo, antes le alabaron por eso; y entre sus panegiristas, que fuera de los citados los tuvo tan buenos como Rivadeneyra y el mismo Clemente VIII, hubo alguno (Cambrecio) que llegó á calificar de feliz milagro su entrada en la Compañía: prueba de que su doctrina interpretó admirablemente la moral de la comunidad.

Aquel predominio de la razón y del examen sobre el sentimiento, se manifestó en todos los órdenes de la vida jesuítica; y, circunstancia que lo hace aún más notable: mientras las demás órdenes abundan en poetas, en ésta hay, sobre todo, hombres de ciencia.[41] El arte le interesa poco, á no ser como un atractivo sensual. De aquí la cargazón decorativa tan peculiar al templo jesuítico. Dorados y colores charros, retablos churriguerescos, esplendor chillón en que lo llamativo predomina sobre lo estético, son, por decirlo así, los marbetes de la mercancía mística, resaltando su carácter comercial en razón directa de su exceso. Aquello nada tiene que ver con el arte, siendo su objeto el pregón, y estando destinado, entonces, á hacerse notar sobremanera.

Mientras el éxtasis y el fervor dieron auge al sentimiento en las manifestaciones religiosas, el arte, que es siempre una expresión de amor, se manifestó en actos de fe. La obra artística vino á ser una plegaria á la divinidad, ora directamente en la poesía mística, ora bajo formas simbólicas en las demás artes, resultando de esto su carácter desinteresado y por lo tanto anónimo casi siempre.

El soplo racionalista agostó aquellos vergeles de la oración, y el abuso retórico que ya hice notar en la poesía profana del pueblo español, se advierte igualmente en su arte místico. Casi era innecesario anotarlo, pues se trata, al fin, de la misma cosa, tanto más si se considera que en aquellos tiempos, el arte se hallaba menos distante de la religión; pero esto viene para que se vea mejor la razón de su decadencia en poder de los jesuitas.

Nada más distante de mi espíritu que un reproche por esta causa, pues ellos no hacían otra cosa que adaptarse para vivir, perdiendo y ganando en el suceso todo cuanto éste traía aparejado de pro y de contra.

La reacción mística que los suprimió, ejecutada por Clemente XIV, franciscano, es decir miembro de una orden, que, al ser la más fervorosa y artista, resultaba naturalmente rival,[42] demostró con su fracaso cuál poseía mejores condiciones de vitalidad, es decir de adaptación al medio ya hostil en que ambas se desarrollaban; prueba concluyente, á mi ver, en favor de la Compañía.

El jacobinismo ha odiado á los jesuítas, porque ha visto en ellos á los más vigorosos paladines del ideal católico, sin comprender la razón de su fuerza; pero el espíritu imparcial, para quien lo único interesante es el progreso de las ideas, en el fondo y no en la forma, no puede menos de considerarlos como los representantes de ese adelanto en el seno de la Iglesia. Ello es naturalmente relativo, y está lejos de merecer elogio para los causantes, pues nadie ignora que se efectúa á su pesar; mas esto mismo demuestra con mayor evidencia la superioridad de las ideas modernas, á las cuales debieron tomar lo que tienen de más fecundo y humano sus adversarios mismos para poder subsistir.

Resulta así el jesuíta un tipo moderno, más lógico en nuestro estado que el monje de tradición medioeval; un hombre de acción sobre todo, para quien parece haberse hecho aquello de rogar y dar con el mazo.

Intransigente en el dogma, por la razón de perennidad antes enunciada, pero flexible en la conducta; adaptable, porque es utilitario y sólo le interesa la consecución de su propósito; hábil, antes que inspirado, y observador, antes que fervoroso; ahorrando cuanto puede de contemplación divina, para aplicarse de preferencia á la acción en la lucha humana; abandonando la tristeza, tan característica de la Edad Media, para entregarse á la ciencia que crea el bienestar, reaccionando sobre el odio al rico, que es la base del cristianismo puro, porque la filosofía, predominante en él sobre la mística, le ha enseñado que es mucho más humano y eficaz acoger á todos sin distinciones en la misma esperanza de salvación, y porque, siendo la riqueza el ideal social en boga, no es posible ir contra éste sin renunciar á la victoria; amable con la mujer, á quien no detesta como á instrumento de pecado, según la teología medioeval, sino que la aprovecha como precioso elemento de dominación; suave con el poder temporal, á cuyo creciente poderío cede; deferente con las aspiraciones populares, que sintetizadas en la instrucción barata ó gratuita, él cultiva hoy para dirigirlas mañana, convirtiéndose, al efecto, en profesor; fiando por último poco ó nada en el milagro, y todo en el esfuerzo inteligente, en la perseverancia, en la habilidad, nada puede objetársele por el lado de la lógica humana. Sus dos obras maestras—los «Ejercicios» y la «Mónita»—son una cartilla política y un tratado de psicología experimental.

Su deficiencia filosófica estaba en el ideal teocrático, al que se dirigía por otros caminos, pero sin modificarlo un ápice; su falla moral y su inferioridad social, consecutivas del defecto anterior, consistieron en la astucia con que se apoderó de los espíritus por cualquier medio, para hacerlos servir á su fin, y en el carácter conquistador, común á todas las instituciones españolas, que su orden revistió. Fué el rasgo nacional de ésta, por más que en su aparición y desarrollo influyeran, como ha podido verlo el lector, los factores enunciados.

Del propio modo que el rezago de aventureros medievales, encontró en España su ambiente natural, acarreándole como en tributo la más tremenda soldadesca de la Europa, los aventureros religiosos, que eran una variante del mismo tipo, engrosaron á porfía las falanges de la nueva institución, cuyo carácter prometía la permanencia del antiguo ideal en las nuevas formas á las cuales se adaptaba. El conquistador religioso reemplazó al militar tan fielmente, que hasta fueron suyos los nuevos descubrimientos en las tierras por cuyos ámbitos lo esparcía su celo; y como por su carácter unía el espíritu militar al prestigio religioso, en el cual residía el éxito del Imperio Cristiano, que fué desde entonces el ideal supremo de la monarquía española, ésta lo hizo su predilecto. Como teocracia, encontraba en él su elemento de acción por excelencia.

En la bula Unam Sanctam, que para los absolutistas era naturalmente dogmática, Bonifacio VIII había sostenido que las dos espadas, la temporal y la espiritual, pertenecían á la Iglesia: una en poder del Papa, y la otra en el del soldado, pero sujeto éste al sacerdote: in manu militis, verum ad nutum sacerdotis. Y los jesuítas alimentaban este ideal.

Luego, el desencanto producido por la decadencia de la gloria patria, y por la corrupción que asumía tan repugnantes formas, llevó á la corriente religiosa los mejores espíritus, aumentando, si aún lo necesitaba, el lustre de la nueva institución, con cuyo predominio aseguraba la Península su permanencia en la Edad Media.

Esta había concluido de hecho con el último desafío foral, que Carlos V presidiera en Valladolid; pero su espíritu seguiría incólume hasta hoy en el pueblo. El contacto íntimo de la nación con el soberano, al extinguirse el poder feudal, dando por fruto una exageración de militarismo, estableció las relaciones entre súbdito y monarca, sobre la base de una patriótica fidelidad. La monarquía hizo de esto su fuerza, erigiendo á la lealtad en virtud suprema y cultivándola profundamente, puesto que á su sombra se perpetuaba el privilegio, y las instituciones asumían, sin esperanza de cambio, la absoluta y anhelada inmovilidad.

La religión, única influencia íntima en el alma popular, fomentó aquella virtud, bajo la forma de respeto místico que la acercaba al culto, inmóvil también en su afirmación de eternidad; y esto sucedía precisamente cuando el mundo entero empezaba la evolución industrial, que había de producir la democracia en política y el positivismo en filosofía, formas flexibles por excelencia, es decir de adaptación constante á sus medios.

El ideal español procedía á la inversa, pues residiendo para él en la religión y en la monarquía la perfección absoluta, que les aseguraba por de contado la eternidad, era el medio lo que debía adaptarse á ellas. La existencia de aquel pueblo quedó establecida sobre esa transgresión de una ley natural, y todo su esfuerzo había de consagrarse en lo sucesivo á mantener semejante situación.

Nada lo acobardaría, ni siquiera el espectáculo de ese derrumbe vertiginoso, que un siglo después del gigantesco Carlos V, iba á desenlazarse, conservando el estigma atávico, en la elegante degeneración de Felipe IV—aquel dandy de la catástrofe, que veía arruinarse su imperio entre comedias, amores de bambalinas y disputas teológicas sobre la Inmaculada Concepción.

El estado anormal quedaba erigido en la ley eterna; y ese ideal absurdo, que el pueblo acogió con candorosa altivez, imposibilitaba para siempre todo progreso, á despecho de cualquier éxito material.