NOTAS:
[3] El parecido es de fondo, sin duda; en la forma, se siente la influencia de la caballería francesa y de la geografía británica, probablemente sugerida por las hazañas del Príncipe Negro en Nájera. Aquel paladín inglés fué un tipo de leyenda, aun en España.
[4] Á pesar de los argumentos con que Forneron y Groussac la niegan, sigo ateniéndome al concepto clásico; pues aquéllos me parecen más ingeniosos que positivos. La llamada ley de la herencia, tiene, sin duda, sus fallos; pero no es menos evidente la existencia común de ciertos caracteres en las familias.
[5] Según el P. Lozano, eran tres, llamadas de los Hoyos, del Muelle y de los Sauces. Creíanlas situadas en los Andes australes, frente al Chiloé, y construidas por unos náufragos españoles que se perdieron en el Estrecho en tiempo de Carlos V, razón por la cual se los habría llamado los Césares. Véase á este respecto el Cap. III.
[6] Una de las cosas que Colón se proponía con el Descubrimiento, y así lo manifestó á los Reyes Católicos, era llegar á Jerusalén por otro camino y rescatar el Santo Sepulcro. Su mismo carácter comercial y práctico, hasta el extremo que dejan ver las estipulaciones con la Corona, no escapó á la influencia paladinesca.
[7] Sinus Barbaricus. Así llamaba en su pintoresca terminología, al mar que baña las costas orientales del Continente Negro, el mapa-mundi publicado en 1529 por Diego Ribero, cosmógrafo del Rey.
[8] Esto puede precisarse en forma más concluyente, por medio de una comparación. Contando solamente los jefes de expediciones que surcaron el Océano y realizaron descubrimientos, desde 1492 hasta 1610, año en que los jesuitas se establecieron en el Paraguay, los españoles alcanzan á 84; mientras que el resto, en el cual incluyo juntos á ingleses, franceses, holandeses, italianos y portugueses, apenas llega á 72.
[9] Montesquieu en De l'esprit des Lois, Liv. XIX ch. X, reconoce el mismo fenómeno al paso qne alaba la honradez española; y más lejos, (liv. XXI, ch. XXII) fija en cincuenta millones término medio el comercio de las Indias, haciendo notar que España sólo concurría á él con dos millones.
[10] Montesquieu (op. cit.) llama al comercio «la profesión de los iguales.»
[11] Ya por el lado científico, empezaba á ser notable esta diferencia. En efecto, de 1492 á 1610, los globos, mapas y atlas extranjeros, que describían las tierras recién descubiertas, son cerca de 70, casi todos alemanes, portugueses é italianos, contra media docena de españoles; pudiendo agregarse que de los 30 grandes nombres de sabios, cuya gloria llena los siglos XVI y XVII, desde Copérnico á Papin, no hay uno solo español.
[12] Tan español este ramo, que las mayólicas perpetúan hasta ahora con su nombre, el recuerdo de su origen: Mallorca.
[13] Una de las cédulas firmadas el 30 de abril de 1492 para facilitar el viaje de Colón, prometía á cuantos se embarcaran con él, no perseguirlos por sus delitos anteriores, hasta dos meses después de su regreso á la Península. Este procedimiento se volvió práctica consuetudinaria.
[14] De tal manera fué notable esa sustitución, que ya á mediados del siglo XVI, los lienzos rojos y azules de Suffolk dominaban en la Península. Lienzos blancos más finos, cotonía de toda clase, sedas, brocados, joyas, vinos, hasta trigo y lana en rama, se importó de Inglaterra. Las propiedades inglesas en España, alcanzaron á un total de 60.000 libras.
[15] Los escritores tácticos españoles, como Sancho de Londoño, Bernardino de Mendoza, Gutiérrez de la Vega, etc., alcanzaron renombre internacional.
[16] Las mismas casas soberanas iniciaban la evolución en tal sentido, siendo notables, desde este punto de vista, aquellos Médicis, cuyo carácter parecía sintetizar la orgía de vida y el salvaje individualismo del Renacimiento. Comerciantes, representaban bien con su soberanía la evolución social operada, siendo Cosme y Francisco, químicos distinguidos. De los dos, éste fué el primero que fabricó porcelana chinesca en Europa, y habiendo aprendido de Benvenuto Cellini el arte de falsificar zafiros y esmeraldas, lo aplicó en negocios, si no correctos, brillantes. Descartando á la fiera medioeval, rugiente á ratos bajo la urbanidad toscana, diríase que ese admirable déspota preludió vagamente á Luis XV, hasta con su querida—aquella Blanca Capello cuyas cualidades, así como su situación respecto á la consorte legítima, le dan un parecido tan grande con la Pompadour. España, con su quemadero de herejes y su devoción siniestra, era ciertamente la antípoda de aquel Estado.
[17] Ya hemos mencionado la expedición de los almogávares. Conviene recordar que la unión hispano-bizantina, venía desde los árabes, hasta tal punto, que el arte arábigo-español de la segunda mitad del siglo X, se llama del período bizantino. Estrechas relaciones unían al califato de Córdoba con el imperio griego. El alcázar de Zahra, cerca de esta última ciudad, fué construido por arquitectos de Bagdad y de Constantinopla que Abderramán había llamado en 936. La fuente jaspe con su cisne de oro, obra la más admirable de la sala del califa, era bizantina, y sobre ella estaba suspendida la famosa perla que éste había recibido en presente del basilio. Igual origen tenia otra fuente cincelada y dorada de los jardines. El imperio bizantino había llegado en el siglo X al apogeo de su gloria y de su cultura, siendo bajo este aspecto el centro del mundo; lo cual explica la influencia mencionada.
[18] Un dato más interesante aún: La iglesia de San Juan del Hospital, en Valencia, conserva la tumba de una basilias bizantina, doña Constanza, fallecida en 1313 como religiosa de Santa Bárbara, después de haber llevado la más novelesca existencia. Era hija natural reconocida del emperador Federico II de Hohenstaufen y de la piamontesa Blanca Lancia, es decir hermana del famoso Manfredo de Sicilia á quien Dante encontró en su Purgatorio (Canto III) biondo e bello e di gentile aspetto, y del poético Enzio. Casada en 1244 con Juan Ducas III, llamado Vatacio, el gran enemigo de la iglesia romana y de los francos, vióse pronto suplantada en el corazón de su marido por una dama italiana, la Marchesina, que era á la vez su gobernanta, pues la princesa no contaba sino doce años mientras el emperador era ya quincuagenario. La italiana subyugóle de tal modo, que su séquito llegó á superar al de la soberana legítima, teniendo derecho hasta para calzarse de púrpura como una emperatriz. Muerto Vatacio, sucedióle Teodoro Lascaris, hijo de un primer matrimonio, sin que por ello mejorara la suerte de Constanza, pues éste nególe siempre el permiso que con reiteración pidiera para volver á su patria, conservándola como un rehén contra los latinos de Constantinopla, á pesar de las reiteraciones de Manfredo. El advenimiento de Miguel Paleólogo en 1260-61, la encontró joven de treinta y dos á treinta y tres años, y seguramente hermosa, pues el nuevo emperador enamoróse locamente de ella. Entraba en las pretensiones matrimoniales que éste manifestó desde luego, su parte de razón política; puesto que aquel casamiento, dando nuevamente á Constanza el trono bizantino, eliminaba á Manfredo, ya rey de Sicilia, de la liga latina formada para la reconquista de Constantinopla—echándole del lado griego. Pero el Paleólogo era casado, y su mujer, la basilias Teodora, madre de siete hijos, negábase obstinadamente al divorcio. El patriarca de Constantinopla púsose de su parte, amenazando al emperador con la excomunión. Decidido éste, entonces, á apartarse del objeto de su amor, canjeó á la desventurada princesa por el césar Stratigoponlos, prisionero de Manfredo, regresando aquélla á su tierra natal en 1263. Dos años, apenas, permaneció con su hermano, debiendo huir al cabo de este tiempo, ante la invasión del reino de Nápoles por Carlos de Anjou. Trofeo de los angevinos, como toda la familia de su hermano, fué quizá la única que no murió prisionera. En 1269 pasó á España con autorización de los vencedores, sin duda, siendo bien recibida por el infante don Pedro de Aragón, casado con una sobrina suya de su mismo nombre. Profesó en el monasterio de Santa Bárbara, en Valencia, donde vivió muchos años todavía.
Pido excusas al lector por la longitud de esta nota, en gracia del interés histórico que encierra.
[19] No obstante, he creído encontrar en las Mil y Una Noches (noche 132.ª trad. de J. C. Mardrus) el origen arábigo de este género; pues la «Historia de los Artificios de Dalila la Bribona», me parece un dechado de cuento picaresco. El libro en cuestión, ó por lo menos los cuentos que lo forman, debieron de ser populares en España, si se considera las estrechas relaciones de Córdoba con Bagdad. La pícara Dalila, resultaría, así, una abuela árabe de Justina y de Urdematas.
[20] El Lazarillo de Tormes, tronco de la familia, y primero entre las treinta y tres perlas que la forman, alcanzó más de 60 ediciones en diversas lenguas, desde 1554, fecha de su aparición, hasta 1700.
[21] Ya era una especialidad española la importación de los propios productos con marca extranjera. Efectivamente, dichas formas fueron introducidas en Italia por los trovadores, tomándolas éstos de los árabes, cuyas fueron originariamente, por la influencia intermediaria del papado de Aviñón sobre España; viniendo así ésta á recibir como subalterna, la preciosa herencia que no supo conservar.
[22] Es curioso que en la pintura española, y sobre todo entre los iluminadores de la Edad Media, falte casi por completo el azul, el color místico por excelencia, que da una luz de tal modo seráfica á los cuadros del beato Angélico y que había encendido con claridades empíreas las vidrieras de las catedrales del siglo XII, el más puramente místico en arte, así como las miniaturas de los libros de horas flamencos, alemanes y franceses. En la miniatura española, se advierte el predominio del púrpura, el rojo y el violeta.
[23] Isidoro de Sevilla y Aurelius Prudentius el insigne zaragozano, influyeron de tal modo en la Edad Media sobre la ciencia y la poesía respectivamente, que hasta las alegorías de la arquitectura gótica de toda la Europa central, se inspiraron en sus obras.
[24] No ignoro que se me objetará con Garcilaso; pero siendo fácil demostrar su constante imitación de Petrarca, el lector deducirá lo que podía haber de genuino en su tendencia amatoria.
[25] No conozco el libro; pero Stendhal lo cita en alguno de sus estudios sobre el amor, y Stendhal es de los autores á quienes puede creérseles bajo palabra.
[26] Montesquieu atribuye «á las especulaciones de los escolásticos todas las desgracias que han acompañado la destrucción del comercio.»
[27] Otra plaga social característica de la Edad Media. Roma llegó en tiempo de Inocencio III á infestarse con el hedor de los cadáveres de los párvulos arrojados al Tíber.
[28] En otra nota mencioné las hazañas españolas del Príncipe Negro. Ricardo Corazón de León, había ayudado brillantemente en la defensa de Santarrem contra los moros, y lord Rivers, con 300 hombres, asistió á la toma de Granada. Millares de peregrinos ingleses visitaban anualmente el santuario de Santiago en Compostela, y tan íntima era la unión religiosa, que en 1517 se construyó una iglesia británica en terreno donado por el duque de Medina Sidonia.
[29] Dos Leonores fueron las esposas en este par de matrimonios. La mujer de Alfonso VII de Castilla, hija del primer Plantagenet, y Leonor de Castilla, consorte de Eduardo I.
Anteriormente, una hija de Guillermo el Conquistador había estado desposada con el rey de Galicia, bien que el matrimonio no llegara á consumarse por muerte de la Princesa. Recuérdese, por otra parte, el romance X del Cid:
De paño de Londres fino
era el vestido bordado...
[30] Las tres vidrieras del segundo arco superior á la izquierda del coro en la catedral de Chartres, fueron donadas por San Fernando de Castilla cuya estatua ecuestre se ve aún en la rosa del mismo punto, y es lo único que resta de la donación, pues aquéllas fueron retiradas en 1788.
[31] Uno de los primeros ensayos de la imprenta en Francia, fué el Speculum vitæ humanæ, dedicado en 1470 á Luis XI por los impresores en señal de gratitud, y cuyo autor fué Rodrigo, obispo de Zamora.
[32] Un francés, Aimeri Picaud, había escrito en el siglo XII, la obra quizá más completa que exista sobre San Santiago, pues hasta contiene en uno de sus libros—el IV—los itinerarios para la peregrinación á Compostela. Esta obra fué atribuida durante mucho tiempo al papa Calisto II; hasta que Delisle y Le Clerc en Francia y el P. Fita en España, desvanecieron el error.
[33] Con un ligero error, que el lector salvará fácilmente, pues de otro modo la síncopa carecería de sentido.
[34] Éste fué en efecto el título de la obra de John Selden, que refutó á Grocio 37 años después, y es el trabajo más conocido en su género, aunque no el primero ni el único. En efecto, Welwood había hecho ya lo propio con su «An abridgement of all Sea-Lawes», en 1613; siguiéndole en 1625 el P. Freitas, con su «De Justo Imperio Lusitanorum Asiatico». La obra de Selden apareció en 1636.
[35] No eran los españoles los únicos en esto. Inglaterra, Venecia, Génova, tenían por de su dominio exclusivo el Mar del Norte, el Adriático y el golfo llamado entonces de Liguria; pero el libro de Grocio era sobre todo contra España, que hizo cuanto pudo para cerrar el Mar de las Indias á los holandeses.
[36] En el siglo XVIII, Holanda reglaba el cambio en Europa; su florín daba el tipo monetario de las cotizaciones.
[37] La coincidencia es curiosa por su perfecta exactitud. No hay, en efecto, desde 1492 á 1582, más que 5 grandes navegantes ingleses que surquen el Océano: Rut en 1527; Willoughby en 1553; Frobisher en 1577; Drake en 1577-80, y Gilbert en 1578-83: lo cual hace 90 años cabales.
[38] Aunque la Academia da por anticuada esta forma verbal la uso como función del sustantivo empréstito, que no la tiene ahora, pues «prestar» significa precisamente lo contrario.
[39] Esto fué en progreso creciente; pues Campomanes estimaba los religiosos de ambos sexos de su tiempo, en 200.000 individuos. Ciento treinta años antes, añade, es decir en 1622, pues se refiere á 1752, ascendían á sólo 60.000.
[40] En el acta de independencia de Holanda, los Estados Generales habían puesto, sin embargo, la significativa declaración de que «los pueblos no estaban hechos para los príncipes, sino los príncipes para los pueblos.»
[41] Alguna vez he mencionado las correcciones hechas al Breviario, en 1631, por los jesuitas Galucci, Strada y Petrucci, de orden de Urbano VIII. Llegaron á 900, y suprimieron cuanto en la poesía mística de los primeros siglos fué audacia de expresión, neologismo, forma nueva: todo quedó nivelado al cartabón pedante del humanismo.
[42] Véase en el capítulo V la participación de los franciscanos en la revolución Comunera. La análoga de Aragón, que tuvo por víctima expiatoria á Lanuza, parece que no les fué tampoco antipática, según era lógico, dado el carácter popular de la Orden. Fueron sus miembros quienes dieron sepultura á los restos del desgraciado Justicia.