Las casas, con una puerta al frente y una ventana á su lado, constaban, pues, de una sola habitación que no comunicaba con las vecinas. Estas puertas, daban además al muro trasero de las que formaban la hilera subsiguiente, con el objeto, según parece, de evitar el comadreo. Sin embargo, en las ruinas paraguayas de Jesús y de Trinidad, algunas tenían ventanas y aun puertas al fondo.

Construidas con gruesos bloques de piedra tacurú, cuya disposición prismática se aprovechaba, acabando de labrarlas en esta forma, su mortero más común era el barro. Tampoco lo necesitaban mucho, dado el amplio basamento de aquellos sillares, y por lo general no se lo empleaba sino para tomar las junturas.[74]

Otras eran de piedra, nada más que hasta la mitad de los muros, formando una gruesa tapia el resto; muy pocas de arenisca, y éstas sólo en los pueblos de más reciente fundación; bastantes de tapia y de adobe. Los techos, de tejas solidísimas, que en ciertos pueblos se conservan aún á millares, eran de dos aguas, muy rápidas por causa de las lluvias continuas, lo cual exageraba su aspecto de capuchas; y las fachadas de algunas viviendas de las plazas, ostentaban cresterías formadas por medias lunas de piedra. Por lo común el piso era de tierra; pero las principales, así como las celdas de los PP., estaban soladas con baldosas exagonales, muchas enteras todavía, del propio modo que sus almorrefas correspondientes. Casi en ninguna se usaba revoque, con excepción de las que encuadraban la plaza, teniendo éstas, además, por adorno, un florón de alto relieve en el tímpano. La capacidad media era de cinco metros por cinco, y cada cual bastaba á una familia. Pesadas puertas de urunday completaban el edificio. Su interior era muy fresco, así por el gran espesor de las paredes, como por el cañizo que formaba su plafón; pero reinaba en él una suciedad verdaderamente indígena. Excavando en las ruinas, para dar con el piso antiguo, se encuentra, al alcanzar su nivel, los trozos de baldosa todavía cubiertos de hollín y de pringue. El aspecto exterior debía de ser muy pintoresco, por el contraste de los tejados rojos con el verdor metálico del naranjal. Acentuaría esta impresión la aspereza leonada de los muros, con su matiz de cemento antiguo, cuando no el suave rosa del gres, dando cierto carácter grandioso al conjunto la recia fábrica de aquellos edificios. Los muros, atizonados con fuertes machos de urunday, han resistido á todos los azotes, enlazados sus sillares sin desencajarse, por raíces de árboles que vinieron á buscar en sus junturas la tierra negra del mortero. Son ahora robustos ejemplares—higueras silvestres, naranjos y hasta cedros, que se balancean en agreste intrusión sobre ese arrasado salmer ó aquella desequilibrada imposta.