Una poderosa tapia, ó un foso profundo, defendían los recintos, sobre todo aquéllos situados en la costa del Uruguay y más expuestos, por consiguiente, á las incursiones mamelucas.[75] Á veces se combinaba las dos defensas, soliendo ser el foso una continuación de los arroyos entre los cuales estaba situado casi siempre el pueblo, y cuyos inexpugnables sotos componían una trinchera natural.
El lector tiene á la vista un plano de la antigua reducción de San José, cuyas líneas de defensa he reconstruido, considerándolas un caso típico de combinación entre la muralla y la zanja, servida y completada ésta por arroyos de vado muy estrecho.
Las ruinas son un montón informe de tierra, pues en aquel pueblo predominó la tapia; de modo que el plano se limita á calcular su distribución dada el área que abrazan y la capacidad de ciertas habitaciones, vagamente determinadas por la situación de algunos machos enhiestos, sin pretender fijar exactamente otra cosa que la trinchera.
Á distancias variables entre quinientos y dos mil metros del pueblo mismo, estaban los puestos que vigilaban el potrero inmediato; las atalayas situadas con buen artificio; las ermitas en que se recluían los penitentes para sus prácticas, ó adonde iban ciertas procesiones como la de Via-Crucis; las canteras de asperón ó de escoria y una ó dos fuentes para baños y lavaderos.
Manantiales captados con la mayor solidez en pequeñas cisternas de piedra, formaban estas fuentes, cuyo piso empedrado se encuentra á poco de sondearlo, así como sus bordes de piedra labrada. Más adelante hallará el lector la descripción de una.
Preferíase para situar la población una meseta, por razones de salubridad y de vigilancia; y tanto esta posición como las defensas, y la distribución de los edificios que los jesuítas ajustaron extrictamente á la ley,[76] daban á los pueblos esa perfecta igualdad notada por los viajeros en las ciudades chinas; pues de tal modo gobiernan las ideas al mundo, que el espíritu quietista produce los mismos efectos materiales á través del tiempo y del espacio.
El convento, agregado á la iglesia, estaba dividido en dos porciones correspondientes á otros tantos grandes patios. En el primero, vasto rectángulo de 60 ms.×40, regularmente, se hallaban las celdas, de 6 ms.×6, todas blanqueadas y con argollas fijas en los muros para colgar hamacas. El claustro era de una arquería pesada y suntuosa; y sus pilares de 0.20 á 0.40 ms. de cara, tenían hasta 4 ms. de elevación.
Hallábanse así mismo en este patio, el depósito común del pueblo, la armería y la escuela. El refectorio tenía un sótano espacioso, muy requerido por el ardor del clima. Caminos subterráneos ponían además en comunicación al convento con el pueblo, sin duda por razones de vigilancia sobre los indios; otro iba á dar á la cripta, que caía bajo las gradas del altar mayor, y en la cual se depositaba los restos de los PP. solamente. Calculaban estos sepulcros para mucho tiempo, pues la de Trinidad (Paraguay) tenía quince, y ya se sabe que sólo había dos PP. por reducción.
En el segundo patio estaban los talleres de diversos oficios, contándose entre éstos, pintores, doradores, escultores, fabricantes de utensilios en cuero y madera y hasta relojeros. Remataba la distribución una quinta que era verdaderamente magnífica, durando hasta hoy sus naranjales.
La pompa de aquellos pueblos estaba en la iglesia, suntuosa y espaciosísima, de tres y cinco naves, variando sus dimensiones entre 70 metros de largo por 20 de ancho (San Luis en el Brasil) y 74 por 27 (Trinidad en Paraguay).[77]
Eran tan ricas, que cuando el general Chagas saqueó los diez pueblos de la margen izquierda del Uruguay en 1817, no obstante haber sido depredadas ya las iglesias por sacristanes y comisionados de la Corona, pudo enviar á Porto Alegre, como botín de guerra 579 ornamentos de plata que dieron un total de 750 kilogramos.[78]
Suntuosa era su decoración, así como la indumentaria de sus imágenes, toda en terciopelo y brocado. Los ornamentos, hasta las campanillas, eran de plata. Las paredes adornadas con vivas pinturas y los retablos profusamente dorados, hacían resplandecer el interior como un cofre de joyas bajo el resplandor cirial de las fiestas. Algunas poseían órganos de madera, construidos allá mismo bajo la dirección de los PP. Los púlpitos y los confesonarios, verdaderamente erizados de adornos que variaban desde los lazos y lambrequines de un plateresco recargadísimo, hasta las más profanas cariátides, entre las cuales contaban faunos y sirenas; la profusión de santos y candelabros completaban aquella impresión de pompa; y un alfarje de artesones riquísimos, revestía la bóveda con su dorado cedro.
Afuera se dejaba desnuda la piedra, con excepción de la cúpula y á veces del frontispicio. Adornaba los muros una profusión de nichos, con imágenes de asperón bastante bien esculpidas. El campanario de madera ó de piedra, cuadrado ó redondo, tenía muchas campanas—nunca menos de seis—fundidas algunas con cobre de la región; un atrio, empedrado con losas de arenisca, daba acceso al templo; el pórtico estaba sostenido por pilares de urunday, que dan idea de los árboles en cuyos troncos fueron labrados. En Mártires queda enhiesto uno de 7.50 ms. y en Trinidad hay dos de 9×0.60 de cara. Una barbacana que reforzaban columnitas abalaustradas, circuía todo el edificio. Los muros eran de tapia en las iglesias más antiguas, como la de San Carlos; de mampostería seca en piedra tacurú, como la de Apóstoles; de lajas y sillares de asperón asentado en barro, como la de San Ignacio; de sillares de asperón, tomadas las junturas con cal, como la de Trinidad; del mismo material asentado en argamasa, como la inconclusa de Jesús; siendo de notar que sólo en estos dos últimos tipos, están descargados por poderosos estribos. Inmediato á ellas se extendía el cementerio, con sus tumbas cubiertas por lápidas de arenisca que llevaban inscripciones en latín ó guaraní. Una cruz de piedra lo coronaba generalmente. Sobre él daban los calabozos, de una solidez aplastadora y muros hasta de 2.50 ms. de espesor, que aislaban enteramente al preso hasta de los rumores mundanos. En una especie de ermita, situada bajo el bosque que circunda las ruinas de San Ignacio, se encontró una barra de grillos remachados, siendo de creer que se trataba de un presidio.[79]
Considero oportuno decir dos palabras á propósito, sobre los subterráneos jesuíticos. Ellos han atizado, junto con las minas y los tesoros ocultos, la fantasía de la región.[80] Ya he dicho el destino que en mi opinión tenían, aunque por allá se asegura una cantidad de cosas espeluznantes. Puede que sirvieran alguna vez de cárcel, mas no creo que se halle gran cosa al explorarlos. Conozco dos: el de Santa María y el de San Javier. Aquél sigue la línea de una ruina que debe de haber sido un salón del convento. Tendrá 12 ms. de longitud, estando obstruido por un derrumbe, y 4 de profundidad. Es un angosto pasadizo subterráneo, revestido de piedra tacurú. El de San Javier tiene todo el aspecto de una bodega. Su entrada está reducida por los derrumbes á un agujero de 0.50 ms. Es de bóveda muy recia, también en piedra tacurú, y mide 6 ms. de largo por 2 de ancho. En sus paredes hay diversos nichos, quizá ocupados en su época por pequeñas imágenes, pues dada su situación me inclino á creer que fuera una especie de sacristía subterránea. Es muy húmedo, pero se respira en él sin dificultad; y la media docena de murciélagos que lo habita, no forma obstáculo alguno. Hasta le da su detallito macabro, que los espíritus románticos pueden apreciar con discreto horror...
Tal vez los PP., tan cuidadosos siempre de conservar en el indígena la idea de poderío, impresionándole á la vez con espectáculos conmovedores, aprovecharían en ciertas ocasiones aquellos pasadizos para mostrarse de súbito en un sitio inesperado, ó para sorprender con su presencia una mala acción que se creía cometer á ocultas, saliendo, por ejemplo, de la cripta mortuoria en medio de la iglesia obscura, como un justiciero espectro. Es, pues, verosímil que mantuvieran secreta la entrada de aquellas obras, proviniendo de esto quizá el cariz misterioso que hasta el presente han conservado.
Grandes constructores de subterráneos fueron los jesuítas en todas partes, y en Córdoba ha llegado á atribuírseles algunos de diez leguas de longitud;[81] pero si esto fué para ocultarse, como parece obvio, en las Misiones donde imperaban absolutos, no lo necesitaron seguramente. Por otra parte, muchas pretendidas catacumbas son viejos acueductos, cuya comunicación está cortada, pero cuya restauración es fácil idear, tanto por su carácter típico cuanto por su arrumbamiento hacia el supuesto manantial, que muy luego se encuentra.
Completaban la edificación pública de las reducciones, el hospital y una casa llamada de las «recogidas», donde se confinaba á las mujeres de vida alegre, á las casadas cuyos maridos estaban ausentes por largo tiempo y á las viudas que pedían recluirse. Esta especie de monasterios laicos, era una previsión contra la ligereza harto marcada de las mujeres guaraníes, á quienes una religión puramente formal no contenía en manera alguna.
Dije ya que la ganadería y los cultivos progresaron mucho en las reducciones.
La vialidad correspondió á este progreso. Un camino directo unía dos puntos extremos del país. Á medida que otras poblaciones nacían por el contorno, aquella arteria se ramificaba, y así la topografía resultó naturalmente de la ocupación. No hay más que comparar ahora, con los vestigios que ese sistema dejó, la colonia cuadriculada de nuestras mensuras oficiales. Excelente para la pampa, en la cual dió espontáneamente una solución, resulta contraproducente una vez transportada al bosque y á la montaña, donde arroyos y eminencias rompen á porfía su regularidad de damero.
Los jesuítas siguieron el método natural que ha dado á la Europa su excelente red. Allá el camino estableció primero una comunicación directa entre castillo y castillo; las poblaciones inmediatas fueron uniéndose á ella por medio de sendas, que también las enlazaban entre sí, hasta completar el sistema sin los inconvenientes de la rigidez geométrica.
Cuando los agricultores queman sus campos en el invierno, aquello revive como un plano colosal en tinta simpática, sobre la tierra misionera. Los caminos reales, que por la blandura del suelo se ahondaban mucho, iban requiriendo nuevas trazas, efectuadas en poco tiempo al paso de las carretas. Cuatro y cinco accidentan paralelamente el suelo, y como las antiguas huellas de los rodados han sido especies de cunetas naturales para las aguas llovedizas, éstas ahondaron los caminos hasta volverlos zanjones, dando las fajas de terreno intermedio, una perfecta ilusión de terraplenes. En Santa María, punto de gran tráfico entonces, son tantos los que desembocan á las ruinas, que parecen líneas de trincheras; pero puede decirse, sin exagerar mucho, que aún están patentes allá las huellas de los rodados.
De estas vías centrales, despréndense en todas direcciones caminos de herradura, los cuales conducen invariablemente á un bosquecillo redondo que oculta una ruina: puesto de estancia ó de chacra, comunicado á su vez por senderos con un manantial cercano.
Esto se repite en toda la extensión del antiguo Imperio, con abundancia relativa que indica una vialidad bastante desarrollada; pues aunque los habitantes se reconcentraron en los pueblos, para resistir mejor á los indios bravos y á los mamelucos, el desarrollo industrial habíalos diseminado bastante cuando se produjo la expulsión.
Hubo entre aquellos caminos, como los abiertos en el espeso de la selva, que llama «picadas» la terminología local, algunos notables. El que puso en comunicación á Santa María con Mártires, y á este punto con Candelaria en la costa del Paraná, fué de ésos.[82]
Mártires, situado en una eminencia de la sierra central, era verdaderamente un pueblo sobre un cerro. Hacia la costa del Uruguay, el declive es violentísimo y todo poblado de profundo bosque, que hace muy difícil su acceso. Á la parte opuesta, aquella altura se encadena con la sierra, formando una fértil altiplanicie, á la que no falta ni un oportuno arroyuelo para ser encantadora. Era visiblemente un punto intermedio entre los dos ríos, de fácil defensa y por consiguiente de segura comunicación. De allá partía la «picada» que atravesaba el bosque en una extensión de 60 ks. próximamente, siendo capaz para rodados. Aquellos caminos por el bosque, debían requerir un cuidado permanente en atención á su tráfico. La selva tiende, en efecto, á reconquistar su dominio sobre la vía expedita, que á poco de descuidada degenera en molesta trocha. Los árboles se unen por las copas, abovedándose, y los ciclones, derribando alguno, obstruyen por completo el acceso; las lluvias se encharcan durante meses en aquella sombra; entonces el tranco equidistante de las cabalgaduras ó tiros en caravana, forma albardillas que desaparecen bajo el agua, predisponiendo á peligrosos tropezones; y sólo un servicio constante, podría prevenir inconveniente tan serio. Ya puede suponerse lo que sería eso en 60 ks. de camino.
Antes hablé de los manantiales captados. Quedan en las ruinas muchos restos de piletas, piscinas y estanques, algunos de los cuales fueron quizá empleados en tenerías. Son bastante notables á este propósito, los de Santa Ana, descritos varias veces ya; pero tomaré como tipo la piscina de Apóstoles, por ser la que está más conservada.