Queda á unos 500 ms. al N. de las ruinas, formando un exágono irregular según lo muestra la figura. Su base mide 21,20 ms.; 12 en los lados del N. E. y S. O., y 9 en los restantes; su profundidad es de 1.35. Prismas de arenisca, de 1.20 por 0.48, forman sus paredes, estando solada con el mismo material. Circundábala un veredón formado también de arenisca en losas rectangulares, con un ancho de 7. Dos canales subterráneos de piedra, en los costados O. y E., conducían el agua captada en dos manantiales cercanos. El primero desembocaba en un depósito de 7 ms. de longitud por 2.40 de ancho, dependencia del principal, con el que lo comunicaba un prisma hueco de gres, desde el cual se derramaba el agua en la piscina de tres orificios. Éstos eran las bocas de otros tantos ángeles, esculpidos entre profusas molduras sobre el paramento interno. Coronaba aquel depósito una cruz de piedra, en cuya base había también esculpidas ricas molduras. El manantial del E., caía directamente á la piscina, y toda el agua salía por un albañal rectangular de 0.30×0.25, perforado en un bloque de piedra sobre el costado N., lo cual daba un nivel continuo y una constante renovación. Una pileta trapezoidal, cuyas bases son de 9.20 y 4.70, estando situada á 4.10 del depósito recibía el excedente, desaguándolo á poca distancia en una ciénaga del arroyo Cuñá-Manó. Posiblemente serviría de lavadero. Las mediacañas, labradas en gruesos bloques de gres para formar los albañales, tenían 0.28 de diámetro. Sobre la base del exágono que forma la piscina, corrían tres gradas de descenso, y toda ella estaba rodeada de palmeras que le comunicaban agradable aspecto. Debía constituir un bello paseo y un baño delicioso.
Eran también notables los puentes. Á 7 kilómetros O. S. O. de las mismas ruinas, quedan los restos de uno sobre el arroyo Chimiray. Comienza con una calzada de piedra de 9 metros de ancho por 30 de longitud en la margen Este, y 58 en la opuesta. Dicho arroyo, que corre allá de N. O. á S. E., tiene un ancho normal de 15 ms. y una profundidad de 1.50; pero durante sus rápidas crecidas, suele salirse de madre hasta 1.000, y alcanzar honduras de 8 cuando no tiene donde extenderse. Previendo esto, se construyó el puente en un terreno anegadizo, lo que impedía que las aguas lo cubriesen. Sus restos están formados por 12 postes de urunday, en 6 filas oblicuas á la corriente. Deben de haber sido 15 en cinco hileras de á tres, estando aquéllas á 3.80 ms. de distancia entre sí y los pilotes á 2 cada uno. La anchura del puente resultaría entonces de 4 metros; su longitud de 19 y su altura sobre el agua, de 3. Era el tipo común de esta clase de construcciones, bastante raras después de todo.
Como el principal obstáculo de los vados es el pantano que generalmente los precede, los jesuítas prefirieron formar calzadas de piedra para suprimirlo, sin el coste de un puente. El tráfico de entonces, y aún el actual, no era muy activo, efectuándose por de contado en carretas; de modo que éstas, en caso de crecida, esperaban uno ó dos días sin inconveniente. Los arroyos son muy correntosos y su caudal disminuye rápidamente, de modo que el retardo rara vez excedía las cuarenta y ocho horas.
Fuera de estos trabajos, se nota vestigios de otros especiales para avenar los esteros; y parece que en las inmediaciones de la laguna Iberá existen restos de un vasto drenaje, tendiente á convertir una extensión de terreno anegadizo en campo de pastoreo, mas me inclino á creer que esto no pase de una conjetura.
La población estaba casi uniformemente distribuida en los pueblos del Imperio, pudiendo fijarse á cada uno un promedio de 3.500 habitantes; pero Yapeyú, su capital, alcanzaba á 7.000 y Santa Ana llegó á tener cerca de 5.000. Este promedio no abraza sino los dos puntos extremos comprendidos en el siglo XVIII, cuando las Misiones habían alcanzado su definitiva estabilidad, es decir los 117.488 habitantes que tuvieron en 1715, con los 104.483 á que habían descendido en 1758, diez años antes de la expulsión; pues como dije en otro lugar, la última época señaló en esto una decadencia. El máximum fué alcanzado en 1743, con 150.000. Poseyeron las reducciones una organización militar completa, autorizada por la Corona para que se defendieran de los mamelucos. Táctica y armamento, eran un término medio entre los procedimientos civilizados y las costumbres salvajes. Dividíanse las fuerzas en infantería y caballería. La primera usaba arco y flechas; «bolas»,[83] macana y honda; pero había algunas provistas de mosquete, sable y rodela. La caballería manejaba carabina y lanza. Cada pueblo tenía sus fortificaciones y una armería con su dotación determinada, existiendo orden para que se fabricara en cada uno cuanta pólvora se pudiese. No faltaba la artillería de hierro y de bronce; y se hizo venir de Chile, PP. que habiendo sido militares, instruyeron tácticamente á los indios. Éstos eran tenidos por los mejores soldados del Virreinato, y solicitados por gobernadores y virreyes como tropa selecta, en los momentos difíciles. Existían autoridades expresamente nombradas para el caso de guerra, y un servicio especial de vigilancia sobre la margen oriental del Uruguay. Produjeron hasta generales indígenas, como José Tiarayú, más conocido con el nombre de Sepé, y Nicolás Languirú, á quien los enemigos de los jesuítas llamaban Nicolás I, rey del Paraguay. Ambos indios lucharon y murieron en la rebelión de 1751, que más adelante conocerá el lector. Todo varón hacía ejercicios militares los domingos, desde la edad de siete años, siendo castigada con multa y prisión su falta. Una vez al mes se tiraba al blanco en todas las reducciones.
Efectuábanse con admirable precisión las convocatorias; el servicio de centinelas era permanente para los pueblos, y una reserva de doscientos caballos elegidos en cada uno, completaba aquella bélica organización. Mamelucos y salvajes experimentaron pronto sus efectos, y no iba á pasar mucho sin que las mismas tropas del Rey tuvieran que habérselas sangrientamente con los guerreros guaraníes.[84]
La vida que los PP. hacían, así como su situación moral respecto á los indios, mantenía entre unos y otros una distancia verdaderamente inmensa. Más que amos, estaban en una relación de semidioses con sus subordinados. Éstos no tenían relación con el mundo, sino por su intermedio. Ni los caciques sabían leer y hablar otra lengua que el guaraní. Trabajaban, pero no poseían; y todo, desde la alimentación al vestido y desde la justicia al amor, les era discernido por mano de los PP. Carecían de cualesquiera derechos, puesto que la voluntad de aquéllos reglaba la vida entera; mas en cambio se les imponía deberes: situación de esclavitud real que sólo se diferenciaba de las encomiendas, porque siendo más inteligente, resultaba mucho más templada.
Resignados á ella, los indios la aceptaron como más tolerable, pero el caso moral continuaba siendo el mismo; y esto explica por qué en siglo y medio de aparente bienestar, no consiguió vincularlos á la civilización. El Padre director era la encarnación viva del Dios que se les predicaba, y esto sin duda aligeró en gran parte su situación de servidumbre; pero sacerdote ó laico, el amo nunca provocó la fusión de razas, y continuó siendo amo á pesar de todo. La situación más envidiable para el indio reducido, era formar parte de la servidumbre que los PP. mantenían en su convento, lo cual da, mejor que nada, una idea de aquella sociedad. Los Visitadores, regiamente tratados, no veían, como sucede generalmente, sino lo que sus huéspedes deseaban, juzgando sobre los indios por su situación aparente; y la Corona, cuyos ideales teocráticos realizaban los jesuítas en aquella miniatura de Imperio Cristiano, hallaba en ellos á sus vasallos más fieles.
El comunismo era riguroso. Á los cinco años, el niño pertenecía ya á la comunidad, bajo el patronato de alcaldes especiales[85] que vigilaban su trabajo diario. No bien rompía el alba, se los llevaba diariamente á la iglesia, de donde pasaban al trabajo de campos y talleres hasta las tres de la tarde. Á esta hora regresaban, conducidos siempre por sus capataces, y después de nuevos rezos volvían recién á sus casas. La paternidad quedaba de hecho suprimida con este procedimiento, que preludiaba de cerca la abolición de la personalidad. Cuando llegaba el momento de que los jóvenes tomaran un oficio, los PP. lo indicaban. Igual hacían con los matrimonios, que resultaban así verdaderos apareamientos. Nada había fundado en la libre iniciativa ni en el amor, que aquellos célibes no podían entender sino como una paternidad mecánica. La obediencia pasiva acarreaba un estado ficticio de producción, y como nadie poseía nada, todos trabajaban lo menos posible. Destruido el incentivo de la independencia personal por el trabajo, que al producir el máximum de esfuerzo en cada uno, beneficia á la colectividad, el egoísmo, exaltado á fuerza positiva por este medio en las agrupaciones civilizadas, asumió allá el carácter de una pesimista desidia. Aquellos indios no iban al trabajo sino por la fuerza, hurtándole cuanto podían con mil arbitrios ingeniosos, exactamente como los niños en la escuela: no veían el fruto de su trabajo, no comprendían su objeto, y se les volvía naturalmente aborrecible. Fuera de hilar y trabajar la tierra, las mujeres nada sabían, siendo rarísima la que cosiera. Esta particularidad se debe á la extraordinaria sencillez de los trajes, que apenas requerían costura, y da idea de la pobreza general.
De tal modo es infecundo el despotismo, que hasta en lo relativo á la religión, propósito casi exclusivo de la conquista espiritual durante su primera época, los indios manifestaban una perfecta inconciencia. Cierto que al degenerar en comercial la obra, ese factor pasaba á segundo término; pero como era el pretexto, su importancia formal continuó siendo grande, y en todo caso igual para los naturales. Apenas expulsados los PP., las costumbres se depravaron; volviendo rápidamente á la instabilidad salvaje; y no fué raro encontrar, promiscuando en la misma casa, varias parejas incestuosas y adúlteras. En la confesión, que sólo efectuaban obligados, salían del paso acusándose de culpas que no habían cometido y comulgando en seguida, sin el menor empacho por el sacrilegio. Carecían de noción clara sobre los pecados que habían de confesar y olvidaban con frecuencia hasta los días de precepto. Ello es tanto más significativo, cuanto que todo se hacía rezando. Plegarias, cantos religiosos con acompañamiento de imágenes y ceremonias, para la entrada y salida del trabajo, para los asuetos, para las comidas. El carácter conventual estaba exagerado hasta lo increíble. La enseñanza de la doctrina y de las oraciones, ocupaba más tiempo que la de los oficios útiles. Habría podido creerse que la extraordinaria pompa de las fiestas, produjera una impresión durable en el ánimo del salvaje. Nada pudo contrarrestar la sombría decepción de esclavo que embargaba su espíritu, y fué el gran melancólico de una opresión incomprendida.
Ley escrita no había, y la conducta estaba regulada por la voluntad de los PP., que castigaban justicieramente casi siempre, pero en forma discrecional. Administraban justicia, sin que los tribunales comunes pudieran citar á juicio á los indios, y tenían facultad hasta para aplicar la pena de muerte. Los azotes constituían la más común, y para que nada faltara á la autoridad absoluta de carácter divino, que revestían, era obligación del azotado ir después del castigo á agradecérselo de rodillas como un bien, besándoles la mano en señal de sumisión...
Dije ya que desde los cinco años se apoderaba de los indios la comunidad; mas lo peor es que esta tiranía colectiva, no terminaba jamás. Casados, es decir en la situación que todas las convenciones sociales consideran sinónima de independencia, excepto para los siervos, entraban bajo la potestad de otros alcaldes, que á su vez los dirigían por delegación, concentrándose así en manos de los PP. una suma de poder como no la ha tenido gobierno alguno en el mundo.