Tú solo, cruel amor, con fuerza cruda

que al corazón humano tanto obliga,

mataste a la de culpa y mal desnuda

como si fuera pérfida enemiga.

Canto III, Estr. 109.

»Cuantos pueblos la tierra ha producido

»en África de gente fiera, extraña,

»de Marruecos el rey los ha traído

»para talar mi tierra y noble España:

»poder tan grande junto no lo ha habido

»desde que el ancho mar la tierra baña:

»traen ferocidad y furor tanto,

»que al vivo pone miedo, al muerto espanto.

»Pues aquel que me diste por marido,

»por defender su tierra amedrentada,

»con pequeño poder está ofrecido

»al duro golpe de la mora espada;

»si por ti, caro padre, socorrido

»no fuese, de él y reino soy privada,

»quedando triste viuda en vida obscura

»sin marido, sin reino, sin ventura.

»Por tanto, oh rey, de quien con puro miedo

»la corriente Maluca se ve helada,

»rompe ya la tardanza, no está quedo,

»sea por ti Castilla libertada:

»si ese rostro que muestras claro y ledo

»es de padre, tu gente sea juntada:

»acude y corre, padre, que, aunque corras,

»quizás no hallarás a quien socorras.»

»No de otra suerte al padre está María

hablando, que la triste Venus cuando

a Júpiter ayuda le pedía

para Eneas que el agua va cortando,

que a tanta piedad lo conmovía

que, de la mano el rayo cruel echando,

el deseo de Venus colma y mide

con pesar de lo poco que le pide.

»Ya con el campo de la gente armada

los Eborenses campos van cuajados;

con el sol el arnés luce y la espada,

relinchan los caballos enjaezados;

la sonora trompeta embanderada

los pechos a la paz acostumbrados

a las lucientes armas va incitando

por las concavidades retumbando.

»Entre todos en medio se sublima,

de la real insignia acompañado,

el valeroso Alfonso, que por cima

de todos lleva el cuello levantado;

con sólo su mirar esfuerza y anima

a cualquier corazón desalentado:

así entra por Castilla a socorrella

con su hija gentil que es reina de ella.

»Juntos los dos Alfonsos finalmente

en campo de Tarifa se han sitiado

ante la multitud de mora gente

para quien son pequeños monte y prado:

no hay pecho tan feroz ni tan valiente

que a la desconfianza no haya dado

lugar, hasta que entienda claro y vea

que por los suyos Dios siempre pelea.

»Ya los nietos de Agar se están riendo

del español poder, poco, aunque ajeno,

las tierras ya por suyas repartiendo

entre todo el ejército agareno

(que con título falso poseyendo

está el famoso nombre sarraceno):

así también reparten ya por suya

la tierra que tenía dueño y cuya.

»Cual el membrudo y bárbaro gigante

del rey Santo con causa tan temido,

viendo el pastor David puesto delante,

de piedras y de honda apercibido,

con un hablar soberbio y arrogante

desprecia al flaco mozo mal vestido

hasta que al hondear se desengaña

que más puede la fe que no la maña:

»Así desprecia el moro con braveza

el español poder, porque no entiende

que le ayuda la suma fortaleza

de quien toda la fuerza y ser depende:

con ella el castellano y su destreza

de Marruecos al rey soberbio ofende,

y el Portugués, que a todo tiene en nada,

temer se hizo al reino de Granada.

»Ya las lanzas y espadas retiñían

por sobre los arneses: ¡bravo estrago!

Llaman, según las leyes que seguían,

unos Mahoma y otros Santiago:

los gritos hasta el cielo se subían,

la sangre de heridos hace un lago,

donde otros medio muertos se ahogaban,

si del hierro las vidas escapaban.

»Con esfuerzo destruye, hiere y mata

el Luso al granadino ya deshecho;

totalmente el poder le desbarata,

sin le valer arnés ni armado pecho;

de alcanzar tal victoria y tan barata

no quedando contento y satisfecho,

fuese a ayudar al bravo castellano

que combatiendo estaba al mauritano.

»Ya se iba el claro Apolo recogiendo

a la casa de Tetis; inclinado

para el Poniente el Véspero, trayendo

estaba el claro día celebrado:

cuando el poder del moro, grande, horrendo,

fué por los fuertes reyes destrozado

con tanta mortandad, que la memoria

nunca en el mundo vió tan gran victoria.

»No mató ni aun la parte cuarta Mario

de los muertos de aqueste vencimiento,

cuando el agua con sangre del contrario

beber hizo al ejército sediento:

ni aun el cartaginés, duro adversario

que del romano fué de nacimiento,

cuando de muertos de la ilustre Roma,

tres almudes de anillos llenos toma.

»Y si tú tantas almas dar pudiste

al tenebroso reino de Cocito

cuando la ciudad santa deshiciste

del pueblo pertinaz en falso rito,

permisión fué del cielo que tuviste,

que no fuerza de brazo, noble Tito,

que así mucho antes fué profetizado

y después por Jesús certificado.

»Pasada esta tan próspera victoria,

se torna Alfonso a su querida tierra

a gozar de la paz con tanta gloria

cuanto supo ganar con dura guerra:

do el caso triste, digno de memoria,

que de sepulcros muertos desentierra,

a la mezquina y mísera ha acaecido

que después de ser muerta reina ha sido.

»Tú solo, cruel amor, con fuerza cruda

que al corazón humano tanto obliga,

mataste a la de culpa y mal desnuda

como si fuera pérfida enemiga:

el que en la lid de amor pusiere duda

porque con el llorar no se mitiga,

sepa que así lo quiere este tirano

por con sangre bañar su altar profano.

»Estabas, bella Inés, puesta en sosiego,

de tus años cogiendo el dulce fruto,

en un engaño de alma alegre y ciego

que a la fortuna paga cruel tributo,

en el florido campo de Mondego,

de tus hermosos ojos nunca enjuto,

enseñándole al monte, al río, al prado,

el nombre que en tu pecho está estampado.

»De tu príncipe allí te respondían

las memorias que en él se aposentaban,

que siempre ante sus ojos te traían

cuando de tus hermosos se apartaban,

de noche en dulces sueños que mentían,

de día en pensamientos que volaban,

y cuanto, en fin, pensaba y cuanto veía

era todo memorias de alegría.

»De otras bellas señoras y princesas

los deseados tálamos no aceta,

que no curas, Amor, de altas empresas

cuando un hermoso rostro te sujeta:

viendo las condiciones tan aviesas

del hijo el viejo padre, que respeta

el murmurar del pueblo y fantasía

del hijo que casarse no quería,

»quitar a Inés del mundo determina

por librar, con quitarla, al hijo preso,

creyendo con su sangre y muerte indina

a matarle el amor y darle seso.

¿Qué furor consintió la espada fina

que pudo sustentar el grave peso

del bélico furor, ser levantada

contra una flaca dama delicada?

»Ante el rey los verdugos traen atroces,

que estaba de piedad ya conmovido;

mas con razones falsas y feroces

el pueblo: «¡Muera, muera!» le ha pedido:

ella con tristes y piadosas voces,

salidas del amor que le ha tenido

al príncipe y los hijos que dejaba,

que más que no la muerte le aquejaba,

»al cristalino cielo levantando

con lágrimas los ojos piadosos,

los ojos (que las manos le está atando

uno de los ministros rigurosos),

y después sus hijuelos contemplando

tan tiernos, tan queridos y mimosos,

cuya orfandad cual madre temía tanto,

al abuelo crüel hizo este llanto:

«Si ya en las fieras brutas, cuya suerte

»se conoció crüel del nacimiento;

»si en las duras Harpías que en la muerte

»en rapiñas y robos traen su intento,

»con niños y con gente nada fuerte

»vemos todos un tierno sentimiento,

»cual de Nino en la madre se mostraron

»y en los que la gran Roma edificaron:

»Tú que de humano tienes gesto y pecho

»(si de humano es matar una doncella

»flaca y sin fuerza, porque dió de hecho

»su corazón a quien supo vencella),

»detengan estos nietos tu despecho,

»pues no puede la muerte obscura de ella

»moverte a compasión de ellos y mía

»viendo como de culpa estoy vacía.

»Y si al vencer la dura resistencia,

»la muerte sabes dar con fuego y hierro,

»sabe también dar vida con clemencia

»a quien para perderla no hizo yerro;

»mas si ya la merece esta inocencia,

»ponme en perpetuo y mísero destierro

»en Scitia fría o en la Libia ardiente,

»donde en lágrimas viva eternamente.

»Ponme donde el extremo de fiereza

»entre los tigres pueda imaginarse:

»veré si en ellos hallo más terneza

»que en los humanos pechos pudo hallarse:

»allí con grande amor, aunque en tristeza,

»de aquel a quien amó podrán criarse

»estas reliquias suyas que aquí viste,

»consolación extrema de esta triste.»

»Quería perdonarle el rey benino

oyendo las palabras que la abonan,

mas el pertinaz pueblo (y su destino

que así lo permitió) no la perdonan.

Echan mano al acero puro y fino

los que este hecho bueno ser pregonan:

¡contra una dama, oh pechos carniceros,

feroces os mostráis y caballeros!

»Cual contra la hermosa Policena,

consuelo sólo de la madre vieja,

porque el alma de Aquiles la condena,

con hierro el duro Pirro se apareja,

y ella con un mirar tierno, serena

(así como paciente y mansa oveja),

vuelto el rostro a la madre que enloquece,

al duro sacrificio el cuello ofrece:

»Tales contra la Inés los matadores,

en el hermoso cuello donde estaba

la gracia con que Amor mató de amores

al que después por reina la juraba,

las espadas bañando y blancas flores

que ella con dulce lloro antes regaba,

se encarnizaban fieros y enojados,

del castigo futuro descuidados.

»Bien pudieras, oh Sol, la vista aviesa

de tal hecho llevar en aquel día

cual de Tiestes en la horrenda mesa

cuando sus hijos por Atreo comía;

vos, oh cóncavos valles donde impresa

quedó la voz de aquella boca fría,

el nombre de su Pedro, que le oisteis,

por espacio muy largo repetisteis.

»Cual la rosa del campo que, cortada

antes de tiempo, fué cándida y bella,

de las manos lascivas maltratada

del niño que jugar huelga con ella,

tiene el olor perdido marchitada,

tal estaba la pálida doncella

sin las rosas del rostro, ya perdida

la color blanca con la dulce vida.

»Las ninfas de Mondego aquesta obscura

muerte por largo tiempo la lloraron

y por memoria eterna en fuente pura

las lágrimas lloradas transformaron;

el nombre le pusieron, que aun le dura,

Dos Amores de Inés, que allí pasaron;

mirad qué fuente riega el prado y flores,

do lágrimas son agua, el nombre amores.

»No pasó mucho tiempo sin venganza

de la muerte crüel y las heridas,

que viéndose el rey Pedro en su pujanza

la tomó de los fieros homicidas:

de otro Pedro cruel los dos alcanza,

siendo ambos enemigos de las vidas,

el concierto haciendo duro e injusto

que con Antonio y Lépido hizo Augusto.

»Este castigador fué muy entero

de latrocinios, muertes y adulterios,

y mostrarse a los malos cruel y fiero

eran sus más gustosos refrigerios;

las ciudades guardaba justiciero

de todos los soberbios vituperios;

a más ladrones dió castigo feo

que Alcides el valiente ni Teseo.

»Del justo y duro Pedro nace el blando

(ved de la naturaleza el caso extraño),

remiso y sin cuidado rey Fernando,

por quien al reino vino tanto daño,

pues cuando el castellano entró talando

las tierras, bien pudiera en aquel año

el reino destruirse totalmente,

que hace el flaco rey flaca su gente.

»O fué castigo duro del pecado,

por quitar a Leonor a su marido

y casarse con ella de prendado

de un falso parecer mal entendido,

o fué que el corazón sujeto y dado

al vicio vil de quien se vió rendido,

se hace flaco y blando, y bien parece

que un bajo amor los fuertes enflaquece.

»Del pecado siguió siempre la pena

a muchos que el Señor lo ha permitido,

como a los que robaron a la Helena,

y con Apio, Tarquino en sí la vido.

Pues ¿al santo Daniel quién le condena,

o quién el tribu ilustre ha destruído

de Benjamín? ¿Quién dió la pena dina

a Faraón, Siquén, por Sara y Dina?

»Y si los fuertes pechos enflaquece

un inconceso amor desatinado,

en el hijo de Alcmena se parece

cuando en Omfale anduvo transformado:

de Marco Antonio el nombre se obscurece

por ser con su Cleopatra enredado,

y tú, próspero Peno, lo sentiste

cuando la moza vil de Apulia viste.

»Mas ¿quién puede librarse por ventura

del lazo que Amor arma blandamente

cuando entre rosas y la nieve pura

pone oro y alabastro transparente?

¿Quién de una peregrina hermosura,

de un rostro de Medusa propiamente,

se podrá libertar, si el ser cautivo

no en piedra, mas lo muda en fuego vivo?

»¿Quién vió un mirar seguro, un rostro blando,

una bella y angélica excelencia,

que en sí está siempre el alma transformando,

que pudiese hacerle resistencia?

Disculpado por cierto está Fernando

con el que de amor tiene la experiencia

y yo, si por tenerme en esto tanto,

el resto lo remito al otro canto.»

Viñeta ornamental