Tú solo, cruel amor, con fuerza cruda
que al corazón humano tanto obliga,
mataste a la de culpa y mal desnuda
como si fuera pérfida enemiga.
»Cuantos pueblos la tierra ha producido
»en África de gente fiera, extraña,
»de Marruecos el rey los ha traído
»para talar mi tierra y noble España:
»poder tan grande junto no lo ha habido
»desde que el ancho mar la tierra baña:
»traen ferocidad y furor tanto,
»que al vivo pone miedo, al muerto espanto.
»Pues aquel que me diste por marido,
»por defender su tierra amedrentada,
»con pequeño poder está ofrecido
»al duro golpe de la mora espada;
»si por ti, caro padre, socorrido
»no fuese, de él y reino soy privada,
»quedando triste viuda en vida obscura
»sin marido, sin reino, sin ventura.
»Por tanto, oh rey, de quien con puro miedo
»la corriente Maluca se ve helada,
»rompe ya la tardanza, no está quedo,
»sea por ti Castilla libertada:
»si ese rostro que muestras claro y ledo
»es de padre, tu gente sea juntada:
»acude y corre, padre, que, aunque corras,
»quizás no hallarás a quien socorras.»
»No de otra suerte al padre está María
hablando, que la triste Venus cuando
a Júpiter ayuda le pedía
para Eneas que el agua va cortando,
que a tanta piedad lo conmovía
que, de la mano el rayo cruel echando,
el deseo de Venus colma y mide
con pesar de lo poco que le pide.
»Ya con el campo de la gente armada
los Eborenses campos van cuajados;
con el sol el arnés luce y la espada,
relinchan los caballos enjaezados;
la sonora trompeta embanderada
los pechos a la paz acostumbrados
a las lucientes armas va incitando
por las concavidades retumbando.
»Entre todos en medio se sublima,
de la real insignia acompañado,
el valeroso Alfonso, que por cima
de todos lleva el cuello levantado;
con sólo su mirar esfuerza y anima
a cualquier corazón desalentado:
así entra por Castilla a socorrella
con su hija gentil que es reina de ella.
»Juntos los dos Alfonsos finalmente
en campo de Tarifa se han sitiado
ante la multitud de mora gente
para quien son pequeños monte y prado:
no hay pecho tan feroz ni tan valiente
que a la desconfianza no haya dado
lugar, hasta que entienda claro y vea
que por los suyos Dios siempre pelea.
»Ya los nietos de Agar se están riendo
del español poder, poco, aunque ajeno,
las tierras ya por suyas repartiendo
entre todo el ejército agareno
(que con título falso poseyendo
está el famoso nombre sarraceno):
así también reparten ya por suya
la tierra que tenía dueño y cuya.
»Cual el membrudo y bárbaro gigante
del rey Santo con causa tan temido,
viendo el pastor David puesto delante,
de piedras y de honda apercibido,
con un hablar soberbio y arrogante
desprecia al flaco mozo mal vestido
hasta que al hondear se desengaña
que más puede la fe que no la maña:
»Así desprecia el moro con braveza
el español poder, porque no entiende
que le ayuda la suma fortaleza
de quien toda la fuerza y ser depende:
con ella el castellano y su destreza
de Marruecos al rey soberbio ofende,
y el Portugués, que a todo tiene en nada,
temer se hizo al reino de Granada.
»Ya las lanzas y espadas retiñían
por sobre los arneses: ¡bravo estrago!
Llaman, según las leyes que seguían,
unos Mahoma y otros Santiago:
los gritos hasta el cielo se subían,
la sangre de heridos hace un lago,
donde otros medio muertos se ahogaban,
si del hierro las vidas escapaban.
»Con esfuerzo destruye, hiere y mata
el Luso al granadino ya deshecho;
totalmente el poder le desbarata,
sin le valer arnés ni armado pecho;
de alcanzar tal victoria y tan barata
no quedando contento y satisfecho,
fuese a ayudar al bravo castellano
que combatiendo estaba al mauritano.
»Ya se iba el claro Apolo recogiendo
a la casa de Tetis; inclinado
para el Poniente el Véspero, trayendo
estaba el claro día celebrado:
cuando el poder del moro, grande, horrendo,
fué por los fuertes reyes destrozado
con tanta mortandad, que la memoria
nunca en el mundo vió tan gran victoria.
»No mató ni aun la parte cuarta Mario
de los muertos de aqueste vencimiento,
cuando el agua con sangre del contrario
beber hizo al ejército sediento:
ni aun el cartaginés, duro adversario
que del romano fué de nacimiento,
cuando de muertos de la ilustre Roma,
tres almudes de anillos llenos toma.
»Y si tú tantas almas dar pudiste
al tenebroso reino de Cocito
cuando la ciudad santa deshiciste
del pueblo pertinaz en falso rito,
permisión fué del cielo que tuviste,
que no fuerza de brazo, noble Tito,
que así mucho antes fué profetizado
y después por Jesús certificado.
»Pasada esta tan próspera victoria,
se torna Alfonso a su querida tierra
a gozar de la paz con tanta gloria
cuanto supo ganar con dura guerra:
do el caso triste, digno de memoria,
que de sepulcros muertos desentierra,
a la mezquina y mísera ha acaecido
que después de ser muerta reina ha sido.
»Tú solo, cruel amor, con fuerza cruda
que al corazón humano tanto obliga,
mataste a la de culpa y mal desnuda
como si fuera pérfida enemiga:
el que en la lid de amor pusiere duda
porque con el llorar no se mitiga,
sepa que así lo quiere este tirano
por con sangre bañar su altar profano.
»Estabas, bella Inés, puesta en sosiego,
de tus años cogiendo el dulce fruto,
en un engaño de alma alegre y ciego
que a la fortuna paga cruel tributo,
en el florido campo de Mondego,
de tus hermosos ojos nunca enjuto,
enseñándole al monte, al río, al prado,
el nombre que en tu pecho está estampado.
»De tu príncipe allí te respondían
las memorias que en él se aposentaban,
que siempre ante sus ojos te traían
cuando de tus hermosos se apartaban,
de noche en dulces sueños que mentían,
de día en pensamientos que volaban,
y cuanto, en fin, pensaba y cuanto veía
era todo memorias de alegría.
»De otras bellas señoras y princesas
los deseados tálamos no aceta,
que no curas, Amor, de altas empresas
cuando un hermoso rostro te sujeta:
viendo las condiciones tan aviesas
del hijo el viejo padre, que respeta
el murmurar del pueblo y fantasía
del hijo que casarse no quería,
»quitar a Inés del mundo determina
por librar, con quitarla, al hijo preso,
creyendo con su sangre y muerte indina
a matarle el amor y darle seso.
¿Qué furor consintió la espada fina
que pudo sustentar el grave peso
del bélico furor, ser levantada
contra una flaca dama delicada?
»Ante el rey los verdugos traen atroces,
que estaba de piedad ya conmovido;
mas con razones falsas y feroces
el pueblo: «¡Muera, muera!» le ha pedido:
ella con tristes y piadosas voces,
salidas del amor que le ha tenido
al príncipe y los hijos que dejaba,
que más que no la muerte le aquejaba,
»al cristalino cielo levantando
con lágrimas los ojos piadosos,
los ojos (que las manos le está atando
uno de los ministros rigurosos),
y después sus hijuelos contemplando
tan tiernos, tan queridos y mimosos,
cuya orfandad cual madre temía tanto,
al abuelo crüel hizo este llanto:
«Si ya en las fieras brutas, cuya suerte
»se conoció crüel del nacimiento;
»si en las duras Harpías que en la muerte
»en rapiñas y robos traen su intento,
»con niños y con gente nada fuerte
»vemos todos un tierno sentimiento,
»cual de Nino en la madre se mostraron
»y en los que la gran Roma edificaron:
»Tú que de humano tienes gesto y pecho
»(si de humano es matar una doncella
»flaca y sin fuerza, porque dió de hecho
»su corazón a quien supo vencella),
»detengan estos nietos tu despecho,
»pues no puede la muerte obscura de ella
»moverte a compasión de ellos y mía
»viendo como de culpa estoy vacía.
»Y si al vencer la dura resistencia,
»la muerte sabes dar con fuego y hierro,
»sabe también dar vida con clemencia
»a quien para perderla no hizo yerro;
»mas si ya la merece esta inocencia,
»ponme en perpetuo y mísero destierro
»en Scitia fría o en la Libia ardiente,
»donde en lágrimas viva eternamente.
»Ponme donde el extremo de fiereza
»entre los tigres pueda imaginarse:
»veré si en ellos hallo más terneza
»que en los humanos pechos pudo hallarse:
»allí con grande amor, aunque en tristeza,
»de aquel a quien amó podrán criarse
»estas reliquias suyas que aquí viste,
»consolación extrema de esta triste.»
»Quería perdonarle el rey benino
oyendo las palabras que la abonan,
mas el pertinaz pueblo (y su destino
que así lo permitió) no la perdonan.
Echan mano al acero puro y fino
los que este hecho bueno ser pregonan:
¡contra una dama, oh pechos carniceros,
feroces os mostráis y caballeros!
»Cual contra la hermosa Policena,
consuelo sólo de la madre vieja,
porque el alma de Aquiles la condena,
con hierro el duro Pirro se apareja,
y ella con un mirar tierno, serena
(así como paciente y mansa oveja),
vuelto el rostro a la madre que enloquece,
al duro sacrificio el cuello ofrece:
»Tales contra la Inés los matadores,
en el hermoso cuello donde estaba
la gracia con que Amor mató de amores
al que después por reina la juraba,
las espadas bañando y blancas flores
que ella con dulce lloro antes regaba,
se encarnizaban fieros y enojados,
del castigo futuro descuidados.
»Bien pudieras, oh Sol, la vista aviesa
de tal hecho llevar en aquel día
cual de Tiestes en la horrenda mesa
cuando sus hijos por Atreo comía;
vos, oh cóncavos valles donde impresa
quedó la voz de aquella boca fría,
el nombre de su Pedro, que le oisteis,
por espacio muy largo repetisteis.
»Cual la rosa del campo que, cortada
antes de tiempo, fué cándida y bella,
de las manos lascivas maltratada
del niño que jugar huelga con ella,
tiene el olor perdido marchitada,
tal estaba la pálida doncella
sin las rosas del rostro, ya perdida
la color blanca con la dulce vida.
»Las ninfas de Mondego aquesta obscura
muerte por largo tiempo la lloraron
y por memoria eterna en fuente pura
las lágrimas lloradas transformaron;
el nombre le pusieron, que aun le dura,
Dos Amores de Inés, que allí pasaron;
mirad qué fuente riega el prado y flores,
do lágrimas son agua, el nombre amores.
»No pasó mucho tiempo sin venganza
de la muerte crüel y las heridas,
que viéndose el rey Pedro en su pujanza
la tomó de los fieros homicidas:
de otro Pedro cruel los dos alcanza,
siendo ambos enemigos de las vidas,
el concierto haciendo duro e injusto
que con Antonio y Lépido hizo Augusto.
»Este castigador fué muy entero
de latrocinios, muertes y adulterios,
y mostrarse a los malos cruel y fiero
eran sus más gustosos refrigerios;
las ciudades guardaba justiciero
de todos los soberbios vituperios;
a más ladrones dió castigo feo
que Alcides el valiente ni Teseo.
»Del justo y duro Pedro nace el blando
(ved de la naturaleza el caso extraño),
remiso y sin cuidado rey Fernando,
por quien al reino vino tanto daño,
pues cuando el castellano entró talando
las tierras, bien pudiera en aquel año
el reino destruirse totalmente,
que hace el flaco rey flaca su gente.
»O fué castigo duro del pecado,
por quitar a Leonor a su marido
y casarse con ella de prendado
de un falso parecer mal entendido,
o fué que el corazón sujeto y dado
al vicio vil de quien se vió rendido,
se hace flaco y blando, y bien parece
que un bajo amor los fuertes enflaquece.
»Del pecado siguió siempre la pena
a muchos que el Señor lo ha permitido,
como a los que robaron a la Helena,
y con Apio, Tarquino en sí la vido.
Pues ¿al santo Daniel quién le condena,
o quién el tribu ilustre ha destruído
de Benjamín? ¿Quién dió la pena dina
a Faraón, Siquén, por Sara y Dina?
»Y si los fuertes pechos enflaquece
un inconceso amor desatinado,
en el hijo de Alcmena se parece
cuando en Omfale anduvo transformado:
de Marco Antonio el nombre se obscurece
por ser con su Cleopatra enredado,
y tú, próspero Peno, lo sentiste
cuando la moza vil de Apulia viste.
»Mas ¿quién puede librarse por ventura
del lazo que Amor arma blandamente
cuando entre rosas y la nieve pura
pone oro y alabastro transparente?
¿Quién de una peregrina hermosura,
de un rostro de Medusa propiamente,
se podrá libertar, si el ser cautivo
no en piedra, mas lo muda en fuego vivo?
»¿Quién vió un mirar seguro, un rostro blando,
una bella y angélica excelencia,
que en sí está siempre el alma transformando,
que pudiese hacerle resistencia?
Disculpado por cierto está Fernando
con el que de amor tiene la experiencia
y yo, si por tenerme en esto tanto,
el resto lo remito al otro canto.»