«¡Oh rey, a cuyos reinos y corona

»grande parte del mundo se guardaba!

»Los dos, a quien la fama ser pregona

»libres, nuestra cerviz rendimos brava...

Canto IV, Estr. 73.

»Del agua se le antoja que salían,

hacia donde él estaba caminando,

dos hombres que muy viejos parecían,

de un aspecto, aunque agreste, venerando:

de la barba y cabello les caían

gotas que el cuerpo todo van bañando,

la color de la cara denegrida,

la barba espesa, blanca, algo cumplida.

»Ambos tienen la frente coronada

con los ramos de una árbol peregrina;

el uno es de presencia más cansada,

mostrando que de atrás viene y camina;

cuelga el agua con ímpetu alterada

que en parte más remota se avecina,

bien como Alfeo de Arcadia en Siracusa

va a buscar los abrazos de Aretusa.

»Este, que era más grave en la persona,

al rey como de lejos le hablaba:

«¡Oh rey, a cuyos reinos y corona

»grande parte del mundo se guardaba!

»Los dos, a quien la fama ser pregona

»libres, nuestra cerviz rendimos brava,

»y te avisamos que ya es tiempo mandes

»de nosotros cobrar tributos grandes.

»Yo soy el claro Ganges, que en la tierra

»santa mi origen tengo verdadero;

»estotro el Indo, río que en la tierra

»que ves su nacimiento es el primero:

»costaráte al principio dura guerra,

»mas serás vencedor a lo postrero:

»con no vistas victorias pondrás freno

»a las gentes que ves de este terreno.»

»No dijo más el río claro y santo

y ambos desaparecen al momento:

recuerda Manuel con nuevo espanto

y grande alteración del pensamiento:

extiende en esto el sol su claro manto

por el obscuro cielo soñoliento,

píntalo la mañana con colores

de vergonzosa rosa y blancas flores.

»Llama el rey los señores a consejo

para tomar del sueño algún acuerdo;

refiere lo que dijo el santo viejo

llamándole a reinar con pecho cuerdo:

«Si os parece, del mar el aparejo

»se haga, pues en ello nada pierdo,

»y váyanse a buscar por nuevos mares

»la tierra del Oriente y sus lugares.»

»Yo, que bien mal pensaba que en efeto

viera lo que mi pecho me pedía,

que siempre grandes cosas el conceto

presago al corazón le prometía,

no sé por qué razón, o qué respeto,

o qué virtud tan grande en mí se veía,

que hizo al grande rey darme la llave

de este acometimiento nuevo y grave.

»Y con ruego y palabras amorosas,

que es modo de mandar que más obliga,

me dijo: «Las empresas glorïosas

»se alcanzan con trabajo y con fatiga:

»a las personas hace ser famosas

»la vida que se pierde aunque sea amiga,

»que cuando del temor vil no se prende,

»mientras más poco dura más se extiende.

»Entre todos os tengo yo escogido

»para una empresa cual a vos se debe;

»trabajo ilustre, duro, esclarecido,

»yo sé que en ser por mí os será muy leve.»

No esperé más; mas luego: «¡Oh rey subido!

»¿Con tal favor por vos quién no se atreve

»al fuego, hierro, muerte, a la cadena,

»que el ser poco una vida me da pena?

»Imaginad, gran rey, las aventuras

»que a Hércules Eurísteo inventaba;

»el león clioneo, harpías duras,

»el puerco erimanteo, la hidra brava,

»abajar a las sombras más obscuras

»do los campos de Dite Estige lava,

»porque a mayor peligro y más afrenta

»se pondrá el corazón a vuestra cuenta.»

»Con reales mercedes me agradece

la voluntad, y alaba las razones;

que la virtud loada vive y crece

e inflama a grandes hechos los varones:

a acompañarme luego se le ofrece,

por descubrir mejor sus aficiones

al rey y a mí, con hambre de honra y fama,

mi deseado hermano Paulo Gama.

»Fué luego Nicolao Coello tercero,

hombre de gran valor y de consejo,

que en los peligros suele ser primero,

no mostrando al trabajo sobrecejo:

ya de la gente moza y del guerrero,

en quien crece el deseo, me aparejo:

todos de grande esfuerzo ser parecen,

pues con tal pecho a tal temor se ofrecen.

»Fueron de Manuel remunerados

porque con más amor se apercibiesen,

y con palabras blandas animados

para cuantos trabajos sucediesen:

así fueron, oh Minias, ajuntados

a que el reino de Colcos combatiesen

en la hadada nao que osó primera

cortar el mar Euxino venturera.

»Ya en el puerto de la ínclita Ulisea,

con alboroto noble y con trabajo,

donde su arena y agua que azulea

en el salado mar la mezcla Tajo,

está la flota a punto, y ya desea

cada cual al partir hallar atajo,

que la gente del mar y la del Marte

están para seguirme a cualquier parte.

»Por las playas vestidos los soldados

vienen de mil colores y mil artes,

y no menos de esfuerzo aparejados

para buscar del mundo nuevas partes,

en las naos los vientos sosegados

revuelven los lustrosos estandartes,

y ellas muestran que allá en los mares largos

se volverán estrellas, cual la de Argos.

»Apercibidos todos de esta suerte

de lo que tal viaje pide y manda,

al trance se aparejan de la muerte,

que en la mar ante el ojo a todos anda:

al inmenso poder eterno y fuerte,

que nos vuelva su vista veneranda

imploramos, pidiendo nos guiase

y que a nuestros comienzos aspirase.

»Partímonos así del sacro templo

que en las playas del mar está asentado,

con nombre de la tierra, para ejemplo,

donde fué Dios al mundo en carne dado.

Certifícote, rey, que si contemplo

cómo fuí de estas playas apartado,

de duda el pecho y de recelo lleno,

apenas a mis ojos pongo freno.

»Gente de la ciudad en aquel día,

unos por ser amigos o parientes,

otros sólo por vernos, concurría,

haciendo cada cual los ojos fuentes:

nosotros, con la santa compañía

de religiosos padres diligentes,

en procesión solemne a Dios llamando,

a los bateles vamos caminando.

»En tan largo camino y tan dudoso,

por perdidos las gentes nos juzgaban,

las mujeres con llanto muy piadoso,

los hombres con suspiros que arrancaban;

madres, damas y esposas, que el celoso

amor más desconfía, acrecentaban

la desesperación y miedo frío

de nunca poder ver vuelto navío.

»Cuál va diciendo: «¡Oh hijo, a quien tenía

»sólo por refrigerio y dulce amparo

»de mi vejez cansada, que a porfía

»acabaré con lloro nada avaro!

»¿Por qué me dejas, dulce ánima mía.

»por qué de mí te vas, oh hijo caro,

»a hacer el funéreo enterramiento

»donde seas de peces alimento?»

»Cuál en cabello: «¡Oh dulce y caro esposo,

»sin quien no da el amor de vivir muestra!

»¿Por qué me aventuráis al mar rabioso

»la vida, que es más vida mia que vuestra?

»¿Cómo, por un camino tan dudoso

»se os olvida el amor y afición nuestra,

»que nuestro gusto y nuestro dulce aliento

»queréis que con las velas lleve el viento?»

»Estas y otras palabras nos decían

de amor y de piadoso sentimiento:

los viejos y los niños nos seguían,

a quien la edad les da más corto aliento;

los montes más cercanos respondían

movidos en tan triste apartamiento;

las lágrimas la arena allí bañaban

y en número con ella se igualaban.

»Nosotros, sin volver los tiernos ojos

a las madres y esposas con cuidado,

porque dejar de amor tales despojos

no estorben el camino comenzado,

sintiendo mil dolores, mil enojos,

sin el despedimiento acostumbrado

subimos a la nao, que al despedirse

no puede el que se parte no afligirse.

»Mas un viejo de aspecto venerando

que en la playa se queda entre la gente,

volviéndose a nosotros, meneando

tres veces la cabeza blanca y frente,

la voz cansada un poco levantando

porque en la mar se oyese claramente,

con saber de experiencias solas hecho,

estas palabras saca de su pecho:

«¡Oh gloria de mandar, vana codicia

»de aquesta liviandad que llaman fama!

»¡Oh fraudulento gusto, oh gran malicia,

»atizada del ser que honra se llama!

»¿Qué castigo tan grande, qué justicia

»en el pecho ejecutas que te ama?

»¿Qué muertes, qué peligros, qué tormentas

»le pones con trabajos, con afrentas?

»Dura perturbación del alma y vida,

»fuente de desamparos y adulterios,

»sagaz consumidora conocida

»de haciendas, de reinos y de imperios:

»llámante ilustre, llámante subida,

»siendo digna de infames vituperios;

»llámante fama, gloria soberana,

»nombres para engañar la gente humana.

»¿A qué nuevos destinos determinas

»de llevar estos reinos, esta gente?

»¿Qué peligros, qué muertes le destinas

»debajo de algún nombre preeminente?

»¿Qué promesas de tierras, y aun de minas

»de oro, que le darás tan fácilmente?

»Qué famas les dirás tener, qué historias,

»qué triunfos, qué palmas, qué victorias?

»¡Oh tú, generación de aquel insano

»cuyo pecado triste e inobediencia

»no sólo de aquel Reino soberano

»te puso en tal destierro y dura ausencia,

»mas aun del otro estado más que humano,

»que fué de la primer simple inocencia

»de aquella edad de oro, te ha privado

»y en la de hierro y armas te ha dejado!

»Ya que en aquesta vanidad gustosa

»tanto enfrascas la loca fantasía;

»ya que a la fiera fuerza rigurosa

»le das nombre de esfuerzo y valentía;

»ya que tienes por cosa tan honrosa

»el despreciar la vida que debía

»de ser tenida en mucho, pues temiera

»perderla el Redentor que nos la diera:

»¿No tienes a la puerta el ismaelita,

»con quien armado campo y guerras veas?

»¿No sigue éste la ley falsa, maldita,

»si por la ley de Dios sólo peleas?

»¿No tiene pueblos mil tierra infinita,

»si tierras y riquezas más deseas?

»¿No es el moro por armas esforzado,

»si quieres en victorias ser loado?

»En tu tierra te dejas al contrario

»por ir a buscar otro a nueva tierra;

»dejas tu reino solo al adversario

»por mover al ausente cruda guerra;

»vas buscando el peligro extraordinario

»por la gloria que en sí la fama encierra,

»llamándote señor, con grande copia,

»de la India, Arabia, Persia, de Etiopia.

»¡Oh, maldito el primero que en el mundo

»al agua le entregó vela y madero,

»digno de estar en penas del profundo,

»si es justa ley la ley que seguir quiero!

»Nunca juício alguno alto y profundo,

»ni cítara sonora de otro Homero,

»te dé por ello fama ni memoria,

»mas contigo se acabe nombre y gloria.

»Bajó el hijo de Jápeto del cielo

»el fuego que inspiró en el pecho extraño,

»encendiendo con él muertes, recelo,

»armas, deshonras, guerras, grave engaño:

»¡cuánto mejor Prometeo fuera al suelo,

»y cuánto a los vivientes menos daño,

»que tu estatua aquel fuego no tuviera

»con que locas empresas emprendiera!

»No acometiera el mozo miserando

»del padre el carro, ni el aire vacío

»del grande arquitector el hijo, dando

»uno al mar nombre y otro fama al río:

»ningún prez de valor justo o nefando,

»por hierro, fuego, Marte, calma o frío,

»dejará de intentar la humana gente.

»¡Mísera condición, triste accidente!»