Kostka, pintóE. Martín, sc.
«¡Oh gloria de mandar, vana codicia,
»de aquesta liviandad que llaman fama!
»¡Oh fraudulento gusto, oh gran malicia,
»atizada del ser que honra se llama!
»Si los antiguos sabios que anduvieron
tantas tierras por ver secretos de ellas
lo que pasé pasaran cuando fueron
maravillas buscando y cosas bellas,
cuánto más escribieran, que escribieron,
del influjo de signos y de estrellas.
¡Qué extrañezas, qué grandes cualidades,
y todo sin mentir, puras verdades!
»Ya la Cintia, que habita en el primero
cielo, por cinco veces presurada,
ahora medio rostro, ahora entero,
mostró mientras la mar corta el armada,
cuando de la alta gavia un marinero
gritaba: «¡Tierra, tierra deseada!»
Luego mira del bordo nuestra gente
el horizonte claro del Oriente.
»A manera de nubes se comiezan
a descubrir los montes que miramos;
las áncoras pesadas se aderezan;
las velas, ya llegados, amainamos;
los expertos pilotos luego empiezan
a conocer las partes donde estamos
por el nuevo instrumento y astrolabio,
invención de sutil juicio y sabio.
»Saltóse de la armada en la espaciosa
parte, donde la gente se derrama,
de ver cosas extrañas deseosa,
en tierra de que nunca tuvo fama;
mas yo con el Maestre en la arenosa
playa, junto mi hermano Paulo Gama,
tomamos todos tres del Sol la altura,
viendo del astrolabio la pintura.
»Y hallamos del todo haber pasado
del semicapro pez la grande meta,
estando entre él y el círculo nevado
austral, parte del mundo más secreta;
y al punto trae mi gente rodeado
un bruto morador de color prieta,
que tomara por fuerza en la montaña
mientras de dulce miel favos apaña.
»Turbado está en la vista y muy confuso,
como quien no se viera en tal extremo;
ni él entiende a mi gente, ni ella el uso
entiende del callado Polifemo.
Comiénzole a mostrar la piel que puso
a Colcos su valor, metal supremo,
la plata, la caliente especería,
y a nada de esto el bruto se movía.
»Mando mostrarle piezas más rateras,
de cristal unas cuentas transparente,
algunos cascabeles y monteras
rojas, que es la color que le contente;
vi luego por señales verdaderas
con aquesto holgarse grandemente:
con todo lo solté, y de allí camina
para su población, que está vecina.
»Y luego el día siguiente sus parceros,
desnudos todos, de color obscura,
descienden por los ásperos oteros
a probar como estotro su ventura:
domésticos se muestran, placenteros,
y tanto que, movido con locura,
Fernán Veloso de ellos se confía
y a ver la tierra va en su compañía.
»Es Veloso en su brazo confiado,
y de arrogante cree que va seguro,
mas siendo un grande espacio ya pasado
en que alguna señal saber procuro,
estando el ojo alerta con cuidado,
al venturero por el monte duro
le veo correr al mar tan sin aliento
que vence en la presteza al presto viento.
»El batel de Coello fué a la orilla
a tomarlo, mas antes que llegase,
uno de los que vienen en cuadrilla
tras él se echó en la mar, no se escapase;
vienen tantos, que verle es gran mancilla,
sin que pueda hallar quien le ayudase:
en su favor a vela y remo corro,
y mil negros al negro dan socorro.
»De espesa nube saetas y pedradas
llueven sobre nosotros sin medida,
y no fueron al viento en vano echadas,
que esta pierna de allí saqué herida;
nosotros, como gentes lastimadas,
la respuesta les dimos merecida,
que en más que en los bonetes se sospecha
que va color bermeja de esta hecha.
»Estando ya Veloso en salvamento,
nos recogimos todos al armada,
notando la malicia y torpe intento
de la gente bestial, bruta y malvada,
de quien ningún mejor conocimiento
tuvimos de la India deseada
que estar muy lejos de ella este paraje
y convenir seguir nuestro viaje.
»Preguntóle a Veloso un compañero
(estándose los más de esto riendo):
«¡Hola, Veloso amigo! Aquel otero
»¿es más fácil subiendo o descendiendo?»
«De bajar es mejor, dijo el guerrero;
»mas cuando tantos perros vi viniendo
»al armada y que en ella yo no estaba,
»corrí, porque esta empresa me esperaba.»
»Contónos cómo al punto que pasaron
el monte, no quisieron más dejarlo;
que hacia el mar se vuelva, señalaron,
queriendo, si no torna, allí matarlo;
y en volviéndose, luego se emboscaron
por matar los que fuesen a tomarlo,
y enviarnos con muerte al reino obscuro
para mejor robarnos al seguro.
»Mas eran cinco soles ya pasados
después que nos partimos navegando
los mares nunca de otros navegados
con mar bonanza y viento en popa blando,
cuando una noche, estando descuidados,
en proa unos durmiendo, otros velando,
una nube que todo lo obscurece
sobre nuestras cabezas aparece.
»Tan temerosa viene y tan cargada
que al corazón más fuerte el temor toca;
brama la triste mar, y cual quebrada
ola, suena, si da en alguna roca.
«¡Oh potestad divina sublimada!,»
dijo mi corazón y helada boca:
«¡Qué castigo la mar nos representa,
»que mayor cosa es ésta que tormenta!»
»Antes de decir más, una figura
en el aire se muestra tosca y válida,
de disforme y grandísima estatura,
con el rostro cargado y barba escuálida;
los ojos encorvados, la postura
horrenda, la color terrena y pálida,
llenos de tierra y crespos los cabellos,
los dientes amarillos los más de ellos.
»Tan grande era de miembros, que bien oso
certificarte que éste era el segundo
de Rodas extrañísimo coloso,
de los milagros siete uno del mundo:
un sonido de voz, triste, medroso,
que parece salir del mar profundo:
erízanse las carnes y el cabello
a todos con oirlo, y más con vello.
»Y dijo: «¡Oh gente osada más que cuantas
»en el mundo intentaron grandes cosas!,
»tú que por guerras ásperas y tantas,
»y por trabajos vanos, no reposas:
»pues los vedados términos quebrantas,
»y navegar mis mares largos osas,
»que por muy largo tiempo he yo guardado,
»sin que proa jamás los haya arado:
»Pues que vienes a ver los escondidos
»secretos por el húmedo elemento,
»a ningún grande humano concedidos
»de noble o de inmortal merecimiento,
»los daños que le están apercibidos
»oirás a tu sobrado atrevimiento
»por todo el largo mar y por la tierra
»que tienes que rendir con dura guerra.
»Sabe que cuantas naos este viaje
»que tú haces, hicieren de atrevidas,
»enemigo tendrán este paraje
»con vientos y tormentas desmedidas,
»y en la primer armada que pasaje
»hiciere por las hondas mal sufridas
»me tengo de mostrar gran enemigo,
»tomando de repente cruel castigo.
»Aquí espero tomar, si no me engaño,
»de quien me descubrió grave venganza,
»y no se acabará con esto el daño
»de vuestra no domada confianza:
»antes en vuestras naos veréis cada año
»(si es cierto lo que aquí mi ciencia alcanza)
»naufragios, perdiciones, de tal suerte
»que el menor mal de todos sea la muerte.
»Y del primer ilustre que ventura
»con fama lo hará subir de vuelo
»seré nueva y eterna sepultura
»por juicios incógnitos del cielo:
»aquí de la turquesa armada dura
»el despojo pondrá, y el mortal velo
»conmigo de sus daños le amenaza,
»Quiloa, destruída con Mombaza.
»Otro también vendrá de honrada fama,
»liberal, caballero, enamorado,
»y consigo traerá la bella dama
»que amor por gran favor le habrá otorgado;
»mas ¡ay!, que el negro hado acá los llama
»a este mi terreno, duro, airado,
»donde de su naufragio saldrán vivos
»para sufrir trabajos excesivos.
»De hambre morirán los hijos caros,
»con amor engendrados y nacidos;
»vendrán los cafres ásperos y avaros
»a quitar a la dama sus vestidos;
»los cristalinos miembros y preclaros
»al frío y al calor serán curtidos;
»después de haber pisado (¡oh grave pena!)
»con delicados pies la ardiente arena.
»Verán los que pudieren escaparse
»de tanto mal y grave desventura
»los dos amantes míseros entrarse
»en la implacable y férvida espesura:
»allí verán las piedras ablandarse
»con lloroso dolor, lástima pura,
»y abrasadas las almas tomar vuelo
»de la prisión mortal al alto cielo.»
»Adelante pasaba el monstruo horrendo
contando nuestros hados, cuando, alzado,
dije: «¿Quién eres tú, que ese estupendo
»cuerpo el rostro me tiene demudado?»
La boca y ojos negros retorciendo,
dando un grito espantoso muy airado,
me respondió con voz triste, pesada,
como a quien la pregunta no le agrada:
«Yo soy aquel oculto y grande cabo
»a quien llamáis vosotros Tormentorio,
»que nunca a Ptolomeo, Pomponio, Estrabo,
»Plinio y cuantos pasaron fué notorio:
»yo toda la africana costa acabo
»en este nunca visto promontorio
»que para el Polo antártico se extiende,
»a quien vuestra osadía tanto ofende.
»Soy uno de los hijos de la Tierra,
»cual Encélado, Egeo o Centimano:
»llaméme Adamastor, fuí a la guerra
»contra el que el rayo vibra de Vulcano:
»no que pusiese sierra sobre sierra,
»mas conquistando el mar loco e insano,
»por capitán quedé de donde andaba
»la armada de Neptuno que buscaba.
»Amores de la esposa de Peleo
»me hicieron tomar tan grande empresa:
»de las diosas no cura mi deseo
»por amar de las aguas la princesa:
»con las hijas la vi del gran Nereo
»en la playa desnuda, y quedó presa
»allí mi voluntad de tal manera,
»que no siento haber cosa que más quiera.
»Como fuese difícil alcanzarla
»por la grandeza fea de mi gesto,
»determiné por armas conquistarla,
»y a Doris mi deseo manifiesto;
»la diosa de temor comienza a hablarla,
»mas ella con un bel donaire honesto
»responde:—¿Cuál será el amor bastante
»de ninfa que sustente el de un gigante?
»Pero para evitar un mal tamaño
»de cruda guerra, buscaré manera
»con que con mi honra excuse el grave daño.—
»Tal respuesta me dió la mensajera:
»yo, que caer no pude en el engaño,
»que es grande del amante la ceguera,
»hinchiéronme con grandes alabanzas
»el pecho de deseos y esperanzas.
»De la propuesta guerra desistiendo,
»una noche, de Doris prometida,
»el rostro vi venir resplandeciendo
»de mi hermosa Tetis, tan querida:
»como loco tras de ella corro abriendo
»los brazos por coger mi dulce vida
»de este cuerpo; besé sus ojos bellos,
»su boca, sus mejillas, sus cabellos.
»Mas ¡ay!, que el gran dolor la habla apoca;
»que creyendo abrazar a la que amaba,
»abrazado me hallé con una roca
»de duro monte y de espesura brava:
»juntando con la peña frente y boca,
»que por el rostro angélico apretaba,
»sin sentido quedé, quebrado el casco,
»hecho junto al peñasco otro peñasco.
»¡Oh ninfa dulce, amparo de mi daño!,
»pues que esta mi presencia no te agrada,
»¿qué te cuesta tenerme en este engaño,
»o fueses monte, o nube, o sueño, o nada?
»Mas viniéndome cierto desengaño,
»me partí por la afrenta aquí pasada
»a buscar otro mundo do no viese
»quien de mi lloro y pena se riese.
»Eran ya en este tiempo mis hermanos
»vencidos y en miseria extrema puestos,
»que por quietarse más los dioses vanos
»los tienen a los montes sotopuestos,
»mas como contra Dios no valen manos,
»yo que llorando andaba en los recuestos
»de montes, comencé del enemigo
»hado a sentir las penas y el castigo.
»Convirtióse mi carne en peña dura,
»en peñascos los huesos se volvieron;
»estos miembros que ves y esta figura
»por estas largas aguas se extendieron:
»en fin, esta grandísima estatura
»en el remoto cabo convirtieron
»los dioses, y por darme pena fea,
»con sus aguas la Tetis me rodea.»
»Aquesto nos contó, y con triste lloro
súbito de la vista se apartaba;
la nube se deshizo y con sonoro
bramido el agua adentro resonaba;
yo, levantando el rostro al sacro coro
angelical que allí nos aportaba,
a Dios pedí quitase aquellos duros
casos que Adamastor contó futuros.
»Ya Flegón y Pirois venían tirando
con otros dos el carro rutilante,
cuando se fué la tierra alta mostrando
en qué fué convertido el gran gigante.
Al longo de la costa comenzando
a cortar ya las aguas de Levante,
por ella abajo un poco navegamos,
donde segunda vez tierra tomamos.
»La gente que esta tierra poseía,
puesto que brutos negros todos eran,
más humana en el trato parecía
que los que atrás tan mal nos recibieran:
con bailes y con fiestas de alegría
por la playa a mirarnos concurrieran
las mujeres consigo, y el ganado,
que apacentaban gordo y bien criado.
»Las mujeres quemadas traen encima
de vagarosos bueyes asentadas,
bueyes que es el ganado que se estima,
que todo lo demás anda en manadas:
coplillas pastoriles, prosa y rima,
en su lengua cantaban concertadas
con dulce son de rústicas avenas,
de Títiro imitando las camenas.
»Estos, como en la vista placenteros
eran, humanamente nos trataron,
trayéndonos gallinas y carneros
a trueco de otras piezas que llevaron;
mas como nunca al fin mis compañeros
de su lengua entender algo alcanzaron
ni señal de la tierra que buscamos,
dando velas, las áncoras alzamos.
»Ya habíamos cercado con corona
la costa negra de África, y tornaba
la proa a demandar la ardiente zona;
atrás el polo antártico quedaba;
queda también la isla que pregona
haber visto la armada que buscaba
el Tormentorio cabo, y descubierto
haber en ella hecho el viaje cierto.
»De aquí fuimos contando muchos días
entre tristes tormentas y bonanzas,
descubriendo en el mar no vistas vías
con el hilo de solas esperanzas,
trayendo con las aguas mil porfías,
que como todo en ellas son mudanzas,
una corriente hallamos tan pujante
que no nos consintió pasar delante.
»Era mayor la furia en demasía
de la mar, que ir atrás nos obligaba
con el grande furor con que corría,
que la fuerza del viento que soplaba;
pero, corrido Noto que en porfía
la mar contra su soplo tanto estaba,
hinchando los carrillos reciamente,
las naos hizo vencer a la corriente.
»Traía el Sol el día esclarecido
en que al Portal los tres Reyes vinieron,
buscando con la Estrella el Rey nacido
en quien los tres tres Reyes conocieron:
un puerto en este día ha aparecido
de las gentes que atrás nos recibieron
en un hermoso río, al cual le dimos
el nombre de aquel día en que vinimos.
»Refresco de esta gente en él tomamos
y dulce agua del río, mas no pudo
nadie hallar la nueva que buscamos,
siendo el pueblo a nosotros todos mudo.
Contempla, oh Rey, qué grande tierra andamos,
sin salir nunca de este pueblo rudo,
sin hallar rastro o nueva, ni señales,
de las buscadas partes orientales.
»Imaginad ahora cuán cuitados
andaríamos todos y perdidos,
de hambres, de tormentas quebrantados,
por climas y por mares no sabidos,
y del largo esperar tanto cansados
cuanto a desesperar casi movidos,
por cielos tan aversos de las vidas
cuanto son en el nuestro guarecidas.
»Corrompido el vital mantenimiento
y muy dañoso el flaco cuerpo humano,
y con esto ningún contentamiento
que aun fuese a la esperanza un gusto vano,
¿creeréis que si este nuestro ayuntamiento
de soldados no fuera Lusitano,
que pudiera durar tan obediente,
en ausencia, a su rey y a su regente?
»¿Creeréis que ya no fueran levantados
contra su capitán si resistiera,
haciéndose piratas, obligados
de desesperación y hambre fiera?
Grandemente por cierto están probados
los que vienen debajo mi bandera
en una Portuguesa alta excelencia
de firme lealtad y de obediencia.
»Dejando el puerto, en fin, del dulce río,
y tornando a cortar la agua salada,
hicimos de esta costa algún desvío,
engolfando en el medio nuestra armada;
porque, soplando Noto manso y frío,
no nos cogiese el agua represada
de la costa que un seno allí hacía
hacia donde Zofala el oro envía.
»Pasado este peligro, el mástil alto
al sacro Nicolás encomendamos,
y a do hace en la costa el mar asalto
la proa de una y otra nao inclinamos:
muéstrase de esperanza el pecho falto
de los que de un madero nos fiamos,
cuando, del esperar desesperado,
fué de una novedad alborotado.
»Ya que la flota llega cerca al puerto
do las playas y valles bien se veían,
en un río, que corre al mar abierto,
mil bateles entraban y salían:
alegría muy grande fué por cierto
encontrar con personas que sabían
navegar, porque entre ellas esperamos
hallar las dulces nuevas que hallamos.
»Etíopes son todos, mas con gente
mejor, al parecer, comunicaban:
arábigo lenguaje se les siente
entre la común lengua que hablaban:
con paño de algodón muy sutilmente
las cabezas ceñían y apretaban:
con otro que de tinta azul se tiñe
cada cual sus vergüenzas cubre y ciñe.
»Por la arábiga lengua mal hablada,
aunque bien de Martínez entendida,
nos dicen que por naos cual nuestra armada
es la mar en su tierra dividida;
que de do sale el Sol hacen jornada
a la costa del Sur más escondida,
y del Sur para el Sol, tierra do había
gente de la color del blanco día.
»Grandemente aquí todos nos holgamos
con nuevas de esta gente tan cabales,
y porque en este río señal hallamos,
el nombre le quedó de Las Señales;
un padrón en la tierra levantamos
que para señalar lugares tales
traían: con el nombre quedó el suelo
del que guió a Tobías a Gabelo.
»Aquí las sucias naos, de cosas llenas
que en las aguas del mar se crían saladas,
limpiamos, dando a todas sus carenas,
reforzando las tablas desclavadas;
de los que en las orillas sobre arenas
viven en las casillas mal labradas
alcanzamos refresco y el sustento,
con un pecho de mal vacío y exento.
»Mas no fué la esperanza tan inmensa
que hubimos en la tierra limpia y pura
de alegría, que luego en recompensa
Ramnusia la mezcló con desventura:
así el hermoso cielo lo dispensa,
con esta condición pesada y dura
nacimos, que el pesar tenga firmeza
y mude presto el bien naturaleza.
»Y fué que sobrevino con gran saña
un grave mal en todos, y dejaron
muchos la vida, donde en tierra extraña
los huesos para siempre sepultaron:
no saben qué aprovecha ni qué daña,
mas tan disformemente se hincharon
las encías en todos, que crecía
la carne y juntamente se podría.
»De ellas salía un olor tan malo y bruto
que el aire más vecino inficionaba;
no se hallaba allí médico astuto,
cirujano sutil menos se hallaba:
cualquiera en este oficio poco instruto
por la podrida carne así cortaba
como si fuera muerta, y convenía,
pues muerto queda luego el que la cría.
»En fin, que en esta incógnita espesura
gran parte se quedó de compañeros,
que en el largo camino y desventura
con nosotros se vieron ventureros.
¡Cuán presto halla el cuerpo sepultura!
En agua, en tierra, en valles, en oteros,
doquiera, cual si fuera nuestra tierra,
el túmulo el ilustre cuerpo encierra.
»Así que de este puerto nos partimos
con mayor esperanza y más tristeza,
y por la costa abajo el mar abrimos
buscando nueva alguna de firmeza:
en Mozambique cruel al fin surgimos,
de cuya falsedad y vil bajeza
ya serás sabedor, y de los daños
de Mombaza y sus pueblos con engaños.
»Hasta que aquí seguros a este puerto,
cuya blandura y dulce tratamiento
dará salud a un vivo, vida a un muerto,
nos trajo la piedad del alto asiento.
Aquí como en florido y fresco huerto
reciben cuerpo y alma gran contento,
y con esto, señor, cuanto pediste
te ha contado mi lengua tosca y triste.
»Mira ahora, gran rey, si hubo en el mundo
gentes que tal camino acometiesen
¿Crees que tanto Eneas o el facundo
Ulises por el mundo se extendiesen?
¿O ha osado alguno ver del mar profundo,
por más versos que de él ya se escribiesen,
de lo que he visto yo con maña y arte,
y de lo que veré, la octava parte?