F. Gerard, dibujóPiget, sc.

Viendo Vasco de Gama que en el puerto

de su dulce deseo se perdía,

viendo hasta el infierno el mar abierto

y que con nueva furia el cielo veía...

Canto VI, Estr. 80.

»Era gran capitán y se hallara

en guerras con la gente portuguesa

cuando contra Castilla se mostrara

defendiendo su tierra en alta empresa:

la fuerza del amor allí notara

que a su hija la hizo ser princesa,

porque con su beldad el pecho doma

del fuerte rey, y por mujer la toma.

»Este, que socorrerlas no quería

por no causar discordias intestinas,

les dijo: «En Portugal, cuando atendía

»el rey a haber las tierras iberinas,

»noté en los portugueses tal valía,

»tal primor, tal esfuerzo y partes dinas,

»que ellos solos podrían, si no yerro,

»sustentar esta causa a fuego y hierro.

»Y si, agraviadas damas, sois servidas,

»de vuestra parte irán embajadores

»que con cartas discretas y sentidas

»los hagan de este agravio sabedores:

»con ellas en extremo encarecidas,

»con palabras de halagos y de amores,

»vuestras lágrimas sean, que yo creo

»veréis puesto en efecto ese deseo.»

»Así las aconseja el duque experto,

y doce les nombró de los más fuertes,

mas porque cada cual tenga uno cierto,

les manda que sobre ellos echen suertes:

doce a doce les dió, y al descubierto

por suyo, cada cual sus penas, muertes,

sus afrentas escribe por mil modos,

y todas a su rey, y el duque a todos.

»Ya llega a Portugal el mensajero

y con la novedad la corte altera:

quisiera el rey sublime ser primero,

si la alteza real lo consintiera:

cualquiera cortesano el venturero

holgara que su suerte lo hiciera,

y tienen por dichoso y bienhadado

al que viene del duque señalado.

»Ya en la fuerte ciudad de do nombrada

nuestra tierra quedó con nombre eterno

de Portugal, se apresta gruesa armada

por orden del que tiene el real gobierno:

apercíbense luego a la jornada

de ropas con galán corte moderno,

yelmos, cimarras, letras y primores,

caballos y libreas de colores.

»Ya de su rey tenían la licencia

para partir del Duero celebrado

aquellos que escogidos por sentencia

fueran del duque inglés tan sublimado.

No se halla en los doce diferencia

en caballero, diestro o esforzado,

mas uno que Magricio se decía

de esta suerte habló a la compañía:

«Fortísimos guerreros, yo deseo

»ha mucho tiempo ver cosas extrañas,

»por ver más tierras y aguas que aquí veo,

»varias gentes del mundo, varias mañas;

»y así, puesto que sea gran rodeo,

»pues las cosas del mundo son tamañas,

»querría, si queréis, irme por tierra,

»que yo llegaré a tiempo a Inglaterra.

»Y cuando caso fuere que, impedido

»por la que da a las cosas fin postrero,

»en el plazo faltare definido,

»no será grande falta un compañero:

todos por mí haréis lo que es debido,

»aunque, según en Dios confío y espero,

»ríos, montes, fortuna, ni embarazo,

»no harán que no llegue al justo plazo.»

»Siendo con esto todos abrazados,

tomada la licencia, de ellos parte

por León, por Castilla y los ganados

lugares por valor del patrio Marte.

Ve a Navarra y los montes encumbrados

de Pirene, que a España y Francia parte;

vistas en fin de Galia cosas grandes,

al estado pasó grande de Flandes.

»Allí llegado, o fuese industria o maña,

sin pasar se detuvo muchos días;

mas los once, que marchan con gran saña,

cortan el mar del Norte con porfías:

llegados a la costa inglesa extraña,

para Londres tomaron breves días:

del duque son con fiestas regalados,

de las damas servidos y animados.

»Llégase el plazo y día señalado

de entrar en campo con los doce ingleses,

que el seguro del rey ya estaba dado:

de yelmos se arman todos y de arneses;

las damas por su parte ven armado

el esfuerzo feroz de portugueses:

vístense de colores todas ledas,

con oro, joyas, perlas, ricas sedas.

»Mas a la que le cupo por su suerte

el ausente Magricio, así le pesa,

que de luto se viste como en muerte,

pues su galán le falta en esta empresa:

los once publicaron con voz fuerte,

que lo entienda la corte toda inglesa,

que a las damas les den las justas palmas

aunque dos o tres de ellos den las almas.

»Ya en un sublime y público teatro

se asienta el rey inglés con los señores:

estaban tres a tres y cuatro a cuatro

mirando los valientes guerreadores:

no son vistos del sol, del Tajo al Batro,

de fuerza, esfuerzo y de ánimo mayores,

otros doce salir cual los ingleses,

ni cual salen los once Portugueses.

»Tascaban los caballos espumando

los frenos de oro con feroz semblante:

el sol está en las armas verberando

como en limpio cristal y bel diamante;

mas divísase en uno y otro bando

partido desigual y disonante

entre once y doce, cuando ya la gente

comienza a alborotarse comúnmente.

»Vuelven todos el rostro donde había

la causa principal del rebullicio

y ven un caballero que venía

con armas y caballo a su servicio:

saluda al rey y damas, y seguía

los once Lusitanos, que es Magricio:

sus amigos abraza el compañero,

que al peligro no falta aunque postrero.

»La dama, como vió que era venido

el que ha de defender su nombre y fama,

del animal de Heles se ha vestido,

que más que a la virtud el vulgo lo ama.

Ya dan señal, y el bélico ruído

los encendidos pechos tanto inflama,

que pican y las riendas sueltan luego,

bajan las lanzas, salta en tierra el fuego.

»El tropel de caballos al encuentro

retumbar hace el bajo y hueco suelo:

a nadie el corazón le cabe dentro

del pecho con temor y con recelo:

cuál de la silla vuela al hondo centro;

cuál de tierra la cara vuelve al cielo,

cuál en rojas las armas tiñe blancas,

cuál con yelmo y penacho da en las ancas.

»Alguno allí granjea eterno sueño

que quisiera quizás no granjeallo:

allí corre un caballo ya sin dueño,

aquí corre ya un dueño sin caballo:

ya la soberbia inglesa con desdeño

de tres o cuatro muertos halla al fallo,

que al hacer con espada la batalla

hay más que arnés, escudo, yelmo y malla.

»Gastar palabras en contar extremos

de golpes fieros, fieras cuchilladas,

es de los gastadores que sabemos

de tiempo con las fábulas soñadas:

basta por fin del caso que entendemos

que con hazañas grandes señaladas

los nuestros alcanzaron la victoria

y las damas quedaron con su gloria.

»El duque recogió los vencedores

en sus casas con fiestas y alegría:

cocineros ocupa y cazadores

de las damas la bella compañía,

que quieren dar a sus libertadores

suntuosos banquetes cada día,

en cuanto los tuviere Inglaterra

sin dejarlos volver para su tierra.

»Mas dicen que después el gran Magricio,

deseoso de ver cosas más grandes,

en la tierra se queda, do un servicio

a la condesa hizo que es de Flandes

(que profesando, oh Marte, tu novicio,

no se acobardará en cuanto le mandes):

un fiero francés mata que el destino

de Torcato traía y de Corvino.

»Y de los doce un otro en Alemaña

se queda, donde tuvo un desafío

con un falso germano que con maña

lo pretendió dejar rendido y frío.»

Contando esto Veloso con gran saña,

le piden que no haga tal desvío

del caso de Magricio y su victoria,

y que del alemán tenga memoria.

Todos del que contaba están colgando,

y el maestre del aire, tras quien anda,

el silbo toca a priesa, despertando

los marinos de una y otra banda;

y porque el viento viene refrescando,

los trinquetes de proa coger manda:

«Alerta, grita, alerta, que recrece

el viento de la nube que parece.»

No eran los trinquetes aun plegados

cuando les sobrevino la procela:

«¡Izad la vela grande, descuidados!»

«¡Amainad con furor la mayor vela!»

No esperaron los vientos indignados

que amainen los que están en centinela:

mil pedazos la hacen con ruído

que el mundo pareció ser destruído.

Hiere el cielo con gritos nuestra gente

con súbito temor desacordada:

queda la nao sin vela tan pendiente

que por el bordo al mar le daba entrada.

«¡Alija, alija, todos prestamente;

la ropa vaya al mar, no quede nada;

otros den a la bomba, no cesando;

abomba, que nos vamos anegando!»

Corrieron los soldados animosos

a la bomba, y al punto que llegaron

los vaivenes del mar impetuosos

al bordo todos juntos los echaron.

Tres marineros diestros y forzosos

el timón menear nunca bastaron:

cuñas le ponen de una y otra parte,

si aprovechar pudiese esfuerzo y arte.

Nunca fuerza mayor mostrar pudieron

los vientos, ni más ímpetu furioso,

cuando por derribar juntos vinieron

el fuerte de Babel tan suntuoso:

en los profundos mares que crecieron,

cual batel que en la mar no halla reposo,

se muestra la gran nao y mueve espanto

poderse sustentar en la mar tanto.

La nao grande en que va Paulo de Gama

por el medio llevaba el mástil roto;

anegada la gente al cielo clama,

pidiendo ayuda a Dios con lloro y voto;

por el aire también voces derrama

toda la nao de Coello, aunque el piloto

tuvo al venir del viento tanto tiento

que primero amainó que diese el viento.

A veces a las nubes los subían

las olas de Neptuno furibundo;

a veces los abajan donde veían

las íntimas entrañas del profundo:

Noto, Austro, Bóreas, Aquilo querían

arruïnar la máquina del mundo:

la noche, triste y negra, relucía

con rayos en que el cielo todo ardía.

Las alcioneas aves triste canto

junto a la brava costa levantaron,

tornando a la memoria el grave llanto

que las furiosas aguas les causaron;

los tímidos delfines, entre tanto,

en las cuevas marítimas se entraron,

la tempestad huyendo y vientos duros

que ni al fondón los dejan ser seguros.

Nunca tan vivos rayos fabricara

contra la gigantea fuerza y gente

el que de su antenado sublimara

las armas con el temple reluciente,

ni nunca el gran Tonante al mundo echara

tan a menudo el trueno y rayo ardiente

en el grande diluvio do vivieron

los que piedras en gente convirtieron.

¡Cuántos montes entonces derribaron

las olas que batían denodadas!

¡Cuántas viejas encinas arrancaron

las furias de los vientos indignadas!

Las forzosas raíces no pensaron

poderse ver jamás desarraigadas,

ni las hondas arenas desde el suelo

llegar con viento y agua hasta el cielo.

Viendo Vasco de Gama que en el puerto

de su dulce deseo se perdía,

viendo hasta el infierno el mar abierto

y que con nueva furia el cielo veía,

confuso de temor, de vida incierto,

donde ningún remedio le valía,

aquel remedio llama santo y fuerte

que lo imposible puede, de esta suerte:

«¡Divina guarda, amparo y bien del triste,

que el cielo, mar y tierra señoreas!

Tú que al triste Israel refugio diste

en medio de las aguas eritreas,

Tú que libraste a Pablo y defendiste

de peligrosas sirtes y ondas feas

y guardaste con hijos al segundo

poblador del vacío y yermo mundo:

»Si tengo nuevos miedos peligrosos

de otra Escila y Caribdis ya pasados,

otras sirtes, bajíos arenosos,

otros Acroceraunios infamados,

¿al fin de tantos casos trabajosos,

por qué somos de ti desamparados,

si este nuestro trabajo no te ofende,

mas con él tu servicio se pretende?

»¡Oh dichosos aquellos que pudieron,

entre las gruesas lanzas africanas

morir, en cuanto fuertes sostuvieron

la santa fe en las tierras mauritanas,

de quien hechos ilustres se supieron,

de quien quedan memorias soberanas,

de quien se gana vida con perdella,

siendo la muerte honrosa en honra de ella!»

Diciendo esto, los vientos que luchaban

como toros indómitos bramando,

más y más la tormenta acrecentaban

por la menuda jarcia resonando:

relámpagos horribles no cesaban,

fieros truenos que están representando

el cielo de sus ejes dar en tierra,

tener los elementos cruda guerra.

Ya la amorosa estrella cintilaba

delante el claro Sol, puesta al Oriente,

mensajera del día, y visitaba

la tierra y largo mar con leda frente,

y la diosa, que a ella gobernaba,

a quien el rostro guarda Orión ausente,

luego que vió en el mar la rota armada,

de miedo, enojo y rabia fué tocada.

«Estas obras de Baco son por cierto,

dijo; mas su intención falsa y aleve

no pasará adelante: descubierto

me será siempre el mal a que se atreve.»

Esto diciendo, baja al mar abierto,

gastando en el camino tiempo breve:

manda luego a las ninfas amorosas

coronarse de flores y de rosas.

Manda poner guirnaldas de colores

sobre cabellos rubios a porfía:

¿quién no dirá que nacen rojas flores

sobre el oro que Arabia fértil cría?

Ablandar determina por amores

de vientos la enojada compañía,

mostrándoles sus ninfas caras, bellas,

que más hermosas van que las estrellas.

Así fué, porque luego que llegaron

a ver la vista de ellas, les fallecen

las fuerzas con que de antes pelearon

y ya como rendidos le obedecen:

pies y manos al punto les ligaron

los cabellos que rayos obscurecen,

y a Bóreas, que en amor más la quería,

le dijo la bellísima Oritía:

«No creas, fiero Bóreas, que te creo,

que me tuviste nunca amor constante:

la blandura es de amor más cierto arreo,

y el furor no está bien a firme amante:

si con freno tu furia no la veo,

no tienes que esperar de aquí adelante

que pueda más amarte, mas temerte,

que amor contigo en miedo se convierte.»

Así mismo la bella Galatea

decía al fiero Noto; que bien sabe

haber tiempo que en verla se recrea

y bien cree que con ella todo acabe:

no sabe si este bien tan grande crea,

que en su pecho tal gozo apenas cabe,

mirando que su dama ya le manda,

y piensa que hace poco aunque sea blanda.

De esta suerte las otras amansaban

con palabras sus firmes amadores,

y a la hermosa Venus se entregaban,

amansadas sus iras y furores.

Ella les prometió, viendo que amaban,

sempiterno favor en sus amores,

tomándoles a todos homenaje

de servir a la flota en su viaje.

Daba ya la mañana en los oteros

por donde el Ganges suena murmurando,

cuando de la alta gavia marineros

por la proa van tierra divisando:

fuera ya de tormenta y mares fieros,

el temor van del pecho desterrando.

Grita alegre el piloto melindano:

«¡De Calicut la tierra está a la mano!

«Si la India buscáis, esta es la tierra

del Indo verdadero, que aparece:

aquí vuestro viaje se destierra;

aquí vuestro trabajo se fenece.»

El fuerte capitán, en quien se encierra

el bien y el mal de cuanto allí se ofrece,

humilde se postró y a Dios adora,

que a la tierra los trujo de la Aurora.

Mil gracias daba a Dios, con grato pecho,

que no sólo la tierra le mostraba

que con tanto temor, tan sin pertrecho,

con trabajos ha tanto que buscaba;

mas en salvo lo puso del estrecho

de la muerte que el mal aparejaba:

libre se ve del golfo y sobre un leño,

como quien despertó de un grave sueño.

Por medio de peligros tan pesados,

de trabajos tan graves y temores,

alcanzan los que son a fama dados

los títulos honrosos de señores,

no estando en nobles troncos recostados,

sólo con el valor de sus mayores,

no en los dorados techos, ni con finos

aforros de Moscovia cebellinos.

No con manjares nuevos y exquisitos,

no con paseos blandos ocïosos,

no con varios deleites infinitos

que afeminan los pechos generosos,

no con nunca vencer los apetitos

que la fortuna tiene tan mimosos,

que no sufre a ninguno dar un paso

por obra de virtud que no sea escaso.

Mas con ganar con fuerzas de su brazo

honra que con razón la llame propia,

poniéndose de acero el fuerte lazo,

sufriendo mil miserias con inopia,

venciendo el torpe frío en el regazo

del Sur, y los calores de Etiopia,

tragando, aunque corrupto esté, el sustento

templado con un arduo sufrimiento.

Con mostrar al peligro en el semblante

una seguridad de pecho entero,

al pasar la pelota por delante

llevando pierna o brazo al compañero:

esto hará que el pecho se levante

despreciando las honras y dinero,

las honras y dinero que ventura

forjó, no la virtud, que es justa y dura.

De esta arte quedará el entendimiento

con experiencias hecho reposado,

viendo, cual atalaya, de alto asiento

el bajo trato humano mal trabado:

este tal, donde hubiere regimiento

derecho, y no de afectos ocupado,

subirá como debe a tener mando

contra su voluntad, y no rogando.

Viñeta ornamental