Gerard, dibujóReschomme, sc.

De esta arte, en fin, conformes las hermosas

ninfas con sus amados navegantes,

se coronan de flores deleitosas,

de laurel, oro y piedras abundantes;

Canto IX, Estr. 84.

Cerca del agua el blanco cisne canta,

el ruiseñor del árbol le responde;

Anteón de sus cuernos no se espanta,

y aunque se ve en el agua, no se esconde:

aquí la echada liebre se levanta,

la gama quiere huir y no halla dónde;

aquí en el pico trae al caro nido

el pájaro el sustento que ha cogido.

En tal frescura aquí desembarcaban

con gusto los segundos Argonautas,

donde por la floresta se dejaban

andar las bellas diosas como incautas;

algunas, dulces cítaras tocaban;

algunas, arpas; otras, dulces flautas;

otras, con arcos de oro se fingían

seguir la caza, y caza no seguían.

Así lo aconsejó la maestra experta,

que en el campo anduviesen derramadas,

que aunque la presa fuese vista incierta,

primero se hiciesen deseadas:

algunas, que en la forma descubierta

del bello cuerpo estaban confiadas,

puesta la artificiosa hermosura,

desnudas se metían en la agua pura.

Mas los fuertes mancebos que en la playa

ponen los pies, de tierra codiciosos,

que no hay ninguno entre ellos que no vaya,

cual todos, por hallar caza orgullosos,

no piensan que en su lazo o redes caya

caza en aquellos montes deleitosos,

tan suave, doméstica y benina

cual herida la tiene ya Ericina.

Unos, que en espingardas y ballestas

para herir los ciervos se fiaban,

por los sombríos bosques y florestas

determinadamente se arrojaban;

mas otros a las sombras, que de siestas

defienden la frescura, paseaban

cerca del agua que suave y queda

hace son con el son de la arboleda.

A divisar comienzan de repente

entre los verdes ramos las colores,

colores que la vista juzga y siente

no ser de rojas rosas ni de flores;

mas de lana y de seda diferente,

que incita más y más a los amores,

de que se visten las humanas rosas,

haciéndose por arte más hermosas.

Da Veloso espantado un grande grito:

«Señores, caza extraña, dijo, es ésta:

si aquí dura el gentil y antiguo rito,

a diosas es sagrada esta floresta:

más se descubre aquí que el apetito

humano deseó, y se manifiesta

que son grandes las cosas y excelentes

que el mundo encubre a gentes imprudentes.

»Sigamos estas diosas, y veamos

si fantásticas son o verdaderas.»

Esto dicho, veloces más que gamos

se dieron a correr por las riberas:

huyen las ninfas por entre los ramos,

muy más industrïosas que ligeras;

poco a poco riendo, y gritos dando,

se dejan de los galgos ir cazando.

Los hilos de oro de una el viento lleva;

de otra, al correr, las faldas delicadas:

enciéndese el deseo que se ceba

en las carnes que allí le son mostradas:

una de industria cae, y de que se atreva,

con muestras más donosas que indignadas,

riñe al enamorado que, herido

de amor, sobre ella cae mal advertido.

Otros por otra parte van topando

las diosas que desnudas se lavaban,

y de verlos venir están gritando,

como que asalto tal no lo esperaban:

algunas de ellas, menos estimando

la vergüenza que fuerza, se arrojaban

desnudas al huir, al ojo dando

lo que a las tristes manos van negando.

Otra, como acudiendo más de priesa

a no perder su honra en esta danza,

esconde en la agua el cuerpo; otra se apriesa

y por su ropa afuera se abalanza;

tal de los mozos hay que, por la priesa,

vestido se echa al agua, la tardanza

del desnudar temiendo, no se tarde

matar en agua el fuego que en él arde.

Cual perro de agua, en agua acostumbrado,

a tomar la ave o garza allí herida,

viendo ya el arcabuz enderezado

a la pata o garcilla conocida,

antes del tiro salta en ella airado

y trae de la que fué triste homicida,

nadando va y latiendo así el mancebo

por la que nunca fué hermana de Febo.

Leonardo, mancebo bien dispuesto,

mañoso caballero, enamorado

contra quien el Amor no perdió resto,

pues siempre fué de damas mal pagado,

el cual tiene por firme presupuesto

ser con amores mal afortunado,

pero nunca ha perdido la esperanza

de poder en su hado haber mudanza:

Quiso aquí su ventura que corría

tras Efire, un ejemplo de belleza,

la cual más que las otras dar quería

caro lo que le dió naturaleza;

cansado de correr: «¡Ay me!, decía,

indigna hermosura de aspereza,

espera a quien te da del vivir palma:

lleva el cuerpo, pues llevas, ninfa, el alma.

»Todas de correr cansan, ninfa pura,

y cansadas se dan a su enemigo:

tú duras en huirme en la espesura.

¿Quién te dijo ser yo el que aquí te sigo?

Si te lo ha dicho ya aquella ventura

que en toda parte siempre anda conmigo,

no la creas, que yo, si la creía,

mil veces cada punto me mentía.

»No canses, que me cansas; y si quieres

huirme porque no pueda tocarte,

es mi ventura tal que, aunque me esperes,

ella hará que no pueda alcanzarte:

espera; quiero ver, si tú quisieres,

qué sutil modo busca de escaparte,

y notarás al fin de este suceso

tra la spica e la man qual muro è messo.

»¡Oh!, no me huyas, no: así nunca el breve

tiempo huya de ti y tu hermosura,

pues que con refrenar el paso leve

vencerás mi desdicha y fuerza dura.

¿Qué emperador, qué ejército se atreve

a quebrantar la furia de ventura

que en cuanto deseé, me va siguiendo?

Lo que tú sola puedes no huyendo.

»¿Ayuda das a la desdicha mía?

Flaqueza es dar ayuda al más potente.

¿El corazón me llevas que tenía

libre? Suéltalo, irás más diligente:

no te cargue aquesa alma y su agonía,

que en esos hilos de oro reluciente

llevas atada, si después de presa

no mudó su ventura y menos pesa.

»Con solo aquesta fe te voy siguiendo,

que o tú no sufrirás el peso de ella,

o tu rostro que el alma va sufriendo

le mudará su dura y triste estrella.

Y si se ha de mudar, ¿qué vas huyendo?

Que amor te herirá, bella doncella,

y tú me esperarás si amor te hiere,

y si me esperas, no hay más que yo espere.»

Ya no huye la bella ninfa, tanto

por darse cara al Luso que seguía,

como por ir oyendo el dulce canto,

las lástimas de amor que le decía;

y volviéndole el rostro blando y santo,

todo bañado en risa y alegría,

caerse deja a los pies del vencedor,

que se deshace en frenesí de amor.

¡Qué hambriento besar en la floresta!

¡Qué regalado lloro que sonaba!

¡Qué suaves halagos! ¡Qué ira honesta

que en alegres risadas se trocaba!

Lo que más se pasó mañana y siesta,

que Venus con placeres inflamaba,

mejor será probarlo que juzgarlo,

mas júzguelo el que no puede probarlo.

De esta arte, en fin, conformes las hermosas

ninfas con sus amados navegantes,

se coronan de flores deleitosas,

de laurel, oro y piedras abundantes;

las blancas manos daban como esposas;

con palabras al hecho estipulantes,

aprométense eterna compañía,

en vida y muerte, de honra y alegría.

Entre ellas la mayor, a quien se humilla

todo el coro de ninfas, y obedece,

hija de Celo y Vesta, que, en su silla

puesta, las demás todas obscurece,

hinchiendo tierra y mar de maravilla,

al Gama, que la quiere y la merece,

recibe allí con pompa soberana,

mostrándose señora más que humana.

Después de haberle dicho quién ella era,

por alto exordio de alta gracia ornado,

haciéndole entender cómo viniera

por influjo y suasión del firme hado,

para le descubrir toda la esfera

de tierra inmensa y mar no navegado,

los secretos, por alta profecía,

que sola su nación saber debía:

Llévalo de amor preso, y por la mano,

a la cumbre de un monte alto y divino,

donde está un edificio soberano

de cristal claro, de oro puro y fino.

El día pasó aquí, alegre y ufano,

en dulces juegos y en placer contino:

en los palacios goza sus amores;

los demás por las sombras y entre flores.

De esta suerte la bella compañía

el día casi todo está pasando

en un nuevo placer, nueva alegría

los trabajos prolijos compensando,

que de sus hechos grandes y osadía,

fuerte y famosa al mundo, está aguardando

el premio allá en el fin bien merecido

con fama grande, nombre esclarecido.

Las ninfas de la mar, bellas, graciosas,

Tetis, la isla Angélica pintada,

no es otra cosa que las deleitosas

honras con que la vida es sublimada:

aquellas preeminencias glorïosas,

los triunfos y la frente coronada

de laurel, palma, gloria, nombre y fama,

son los deleites que esta isla derrama.

Las inmortalidades que fingía

la antigua edad que el pecho ilustre ama,

allá en el alto cielo, a quien subía

sobre las alas puesto de la fama,

por obras valerosas que hacía,

por el trabajo inmenso que se llama

camino de virtud alto y fragoso,

mas al fin dulce, alegre y deleitoso:

No eran sino premio, que reparte

por hechos inmortales soberanos

el mundo, con los que el esfuerzo y arte

divinos los hicieron, siendo humanos:

que Júpiter, Mercurio, Febo y Marte,

Eneas y Quirino, dos tebanos,

Ceres, Palas y Juno, con Diana,

todos fueron de flaca carne humana.

Mas la fama, trompeta de obras tales,

les dió en el mundo nombres tan extraños

de dioses, semidioses inmortales,

indígetes, heroicos, y de maños:

por eso los que a ser muy principales

aspiráis, si queréis veros tamaños,

despertad ya del sueño de ocio ignavo,

que el ánimo de libre hace esclavo.

Poned en la codicia un freno duro

y en la triste ambición que indignamente

tomáis mil veces, con el torpe obscuro

vicio de tiranía infame, urgente;

porque esas vanas honras, y oro puro,

verdadero valor no da a la gente:

mejor es merecerlas sin tenerlas,

que poseerlas y no merecerlas.

Dando al pueblo en la paz leyes constantes

que a los pobres protejan y a los buenos,

o tomando las armas rutilantes

contra los enemigos sarracenos,

haréis los reinos grandes y pujantes,

poseeréis todos más, ninguno menos:

gozaréis las riquezas merecidas,

y las honras que ilustran a las vidas.

Haced vuestro rey claro, que amáis tanto,

ahora con consejos bien pensados,

con la espada en la mano, al brazo el manto,

respondiendo al valor de los pasados;

por lo imposible no toméis quebranto

(siempre podrá el que quiere), y celebrados

seréis con los héroes esclarecidos

en esta isla de Venus recibidos.

Viñeta ornamental