Title: La familia de Doctor Pedraza
Author: Vicente Blasco Ibáñez
Illustrator: Varela de Seijas
Release date: June 28, 2021 [eBook #65719]
Most recently updated: October 18, 2024
Language: Spanish
Credits: Chuck Greif, Biblioteca Nacional de España and the Online Distributed Proofreading Team at https://www.pgdp.net
| I, II, III, IV, V, VI. |
LA NOVELA DE HOY
Director: ARTEMIO PRECIOSO
Oficinas: MENDIZÁBAL, 42, 2.º 1-4 Apartado número 473
Año 1 Madrid, 3 Noviembre 1922 Núm. 25
N O V E L A
POR
Vicente Blasco Ibáñez
Ilustraciones de VARELA DE SEIJAS
NÚMERO EXTRAORDINARIO
MADRID
Sucesores de Rivadeneyra (S. A.)
Paseo de San Vicente, 20
1922
OBRAS DE
VICENTE BLASCO IBÁÑEZ
Novelas a CINCO pesetas
Arroz y tartana.—Flor de Mayo.—La Barraca.—Entre naranjos.—Sónnica la cortesana.—Cañas y barro.—La Catedral.—El Intruso.—La Bodega.—La Horda. La maja desnuda.—Sangre y arena.—Los muertos mandan.—Luna Benamor.—Los argonautas (dos tomos).—Los cuatro jinetes del Apocalipsis.—Mare nostrum.—Los enemigos de la mujer.—El préstamo de la difunta.—El paraíso de las mujeres.—La tierra de todos.
Cuentos a CINCO pesetas
La Condenada.—Cuentos valencianos.
Viajes a CINCO pesetas
Oriente.—En el país del arte. (Tres meses en Italia.)
Artículos a CUATRO pesetas
El militarismo mejicano.
Estas obras, encuadernadas en tela, una peseta de aumento el volumen.—De venta en todas las librerías y bibliotecas de las estaciones de ferrocarril.
PARA LOS PEDIDOS
Editorial PROMETEO.—Valencia
Hablando con Blasco Ibáñez.
La mejor obra de Blasco Ibáñez, aun siendo por tantos conceptos admirable cuanto ha salido de la pluma, del insigne valenciano, será su autobiografía, cuando el maestro se decida a plasmar impresiones, anécdotas y aventuras de su vida interesantísima...
—Es que mi vida no ha terminado aún—me decía un día—¡Quién sabe si ahora comienza!...
—No, Maestro. Usted ha llegado, pero de la manera completa que todos los verdaderos artistas deben alcanzar, saboreando las caricias de la Gloria Universal, y al propio tiempo gustando de las comodidades y magnificencias que proporciona el dinero... Y aunque en su vida futura puedan existir hechos y apoteosis superiores a los de hoy—si es que esto es posible—, ¿acaso no podría usted volcar en un tomo las impresiones y acciones de su vida hasta ahora? ¿Por qué, entonces, no comenzar ya la hermosa tarea, que será, no lo dude usted, superior a La barraca, con ser esta novela una obra-cumbre?
—Si llevo vida de millonario—decíame en la intimidad otro día—, no soy digno de envidia. Trabajo doce o catorce horas diarias para atender a los compromisos adquiridos con revistas y editores de Europa y América... Además, la gente ve el resultado final de una vida de continua producción, pero ignora lo que he tenido que sufrir y trabajar para obtener eso. Baste decir que jamás fuí tertuliano de ningún café, ni perdí el tiempo figurando en grupitos literarios, infecundos y murmuradores. Tal vez el haberme dedicado a la política revolucionaria desde los diez y siete años me libró de esa vida de pereza y crítica negativa que ha atrofiado las facultades de tantos jóvenes en nuestro país.
—Realmente no parece usted un español. ¡Tiene usted alma de norteamericano!
—Eso me han dicho muchas veces, hasta cuando me vieron de cerca en Estados Unidos. Muchos yankees esperaban asombrarme con la prodigiosa actividad de su país, y finalmente los periódicos de allá acabaron por reconocer que en punto a voluntad enérgica y a potencia productora yo podía figurar entre los más fuertes de sus compatriotas.
El gran novelista español tiene en su vida un éxito material que pocas veces se ha visto.
Un día, estando en su regia posesión de la Costa Azul—y perdone el maestro tan poco republicano adjetivo—, le visitó el presidente de una de las más grandes casas cinematográficas de Nueva York. Venía a comprarle sus derechos de autor de Los cuatro jinetes del Apocalipsis para hacer con esta novela—famosísima en el mundo entero-y de la cual se han vendido en Estados Unidos cerca de dos millones de ejemplares—un film de gran espectáculo. Y le entregó por dicha autorización 200.000 dólares, o sea más de un millón de pesetas. ¡Eso es recibir una visita grata!... Pero hay que recordar que la citada novela la vendió en 1916 en 300 dólares a la traductora inglesa, y que ésta se ha enriquecido con ella, así como los editores, sin que Blasco Ibáñez recibiese un céntimo más. Justo es que la Providencia, en forma de Empresa cinematográfica, le haya proporcionado esa magnífica compensación.
—¿Usted sigue siendo republicano?
—Lo seré mientras viva. Yo no soy un político; no lo he sido nunca. Soy un romántico de la República. A veces pienso como digno final de mi existencia morir lo mismo que aquel viejo desconocido que muere en Los Miserables sobre una barricada, sin que nadie sepa su nombre, sirviendo de bandera a la juventud revolucionaria. No quiero volver a la actividad política para ser un político..., un diputado. Hay veinte mil españoles, por lo menos, que pueden ser diputados, tan bien o mejor que yo lo fuí durante muchos años. Españoles que puedan escribir novelas y las hagan leer a los públicos de toda la tierra, son indudablemente algunos menos. Yo creo servir a mi país haciendo lo que hago ahora: novelas. Y si algún día renacen en España los movimientos para implantar la República, entonces yo, aunque tenga ochenta años...
El brillo de los ojos del famoso novelista parece terminar esta profesión de fe, verdaderamente de “romántico”, eternamente joven. Luego queda pensativo y añade:
—Dicen que disminuye el número de los republicanos en España. Esto no significa nada. En veinticuatro horas una nación entera puede pasar de monárquica a republicana. Además, no me impresiona que aumenten las deserciones y se abran claros en las filas. Yo repito el verso del inmenso Hugo en una situación semejante, cuando Napoleón III parecía victorioso para siempre, y cada vez eran menos los republicanos en Francia: “Si sólo queda uno, ése seré yo.”
—La literatura de nuestro país hoy...
—Hay muchos novelistas jóvenes a los que leo con verdadero deleite. Todo el que trabaja y expresa sinceramente su manera de ver la vida, tiene en mí un admirador. Lo único que les falta a algunos de ellos es asomarse al mundo, vivir en otros ambientes, respirar otros aires, renovarse...
La charla de Blasco Ibáñez está a su altura como escritor. Me gusta casi tanto cuando habla como cuando escribe. A veces es mordaz, irónico, y en dos palabras tajantes va al resumen de la cuestión.
—¿No ha hablado usted nunca con el Rey?
El novelista me mira. ¿Quiere sondar con su mirada de estilete la intención de mi pregunta? Ha debido ver en mis ojos lealtad, cuando tranquilamente, pausadamente, me responde:
—No; no he hablado nunca con el Rey. ¿Qué motivos hay para ello?... Si escribiese novelas, tal vez me interesaría verle. No digo que no acabe haciéndolas, pues según dicen ha nacido con variadísimos talentos para todo; pero hasta el presente sólo ha hecho discursos... Viviendo en el extranjero, como yo vivo, bien podría ocurrir alguna vez que me encontrase con él en sus viajes, y hablásemos. Fuera de España no hay política; todos somos españoles.
—Yo soy amigo particular de otro rey de España, que no está sentado en el trono, pero cuyos derechos a la Corona sostienen aún muchos españoles. Algunas tardes veo a Don Jaime de Borbón y echamos un párrafo con la alegría de dos compatriotas que se encuentran en tierra extranjera.
Don Jaime ha comprado una propiedad agrícola en los alrededores de Niza; Blasco Ibáñez tiene su poética “Fontana Rosa” en Menton; entre estas dos ciudades cercanas de la Costa Azul viene a ser Montecarlo un lugar intermedio, y es en el Casino de Montecarlo donde se encuentran con frecuencia el pretendiente al trono de España y el novelista, como dos vecinos.
—El tiene sus creencias y yo las mías. Somos dos españoles que amamos a España, cada uno a su modo, y nunca reñimos. Además, Don Jaime posee la más sólida y positiva de las ilustraciones; la que no se adquiere en los libros, sino viajando. ¡Ojalá todos sus partidarios y los más de los españoles hubiesen hecho lo mismo!... El ha corrido una gran parte de la tierra; yo no he viajado menos que él, y eso hace que nos entendamos perfectamente, con la tolerancia y el mutuo respeto de dos hombres que se libertaron de esas estrecheces de criterio y miserias mentales que sufren los que no han salido nunca de “la sombra de su campanario”. Además, lo repito: somos dos buenos españoles, y hay que vivir fuera de España para saber lo que representa esto como fuerza atractiva.
—Y si España peligrase, maestro, ¿abandonaría usted su dorada y altísima Torre del Arte para acudir?
Los ojos del maestro llamean de patriótica exaltación.
—¡Claro que sí!... ¿Acaso hay quien crea que porque no resido habitualmente en España no la quiero y venero tanto como el que más? ¿No presto yo mejor servicio a mi Patria estando fuera de ella que si viviese aquí como uno de tantos españoles?...
*
En la terraza del Casino de Madrid, a los postres, hablamos de España, de Europa, del mundo...
—Sí, indudablemente España progresa—dice el eminente novelista—, pero el progreso que se ve es “material”; un progreso de ladrillos puestos unos sobre otros y de nuevas calles en las ciudades. Pero progreso moral, espiritual, intelectual... ¡lo dudo un poco! La vida sigue siendo aquí dura, agresiva y áspera. Aún no hemos aprendido “la dulzura de vivir”. Yo YA no podría residir aquí continuamente, como en otro tiempo. Al que viene de fuera, le parece que todo en este ambiente le molesta y le pincha... Para las mujeres no hay respeto, sino procacidad, grosería... Los hombres, ante una mujer hermosa parecen lobos hambrientos... Es triste, pero es cierto...
—Sí—interrumpo—, aun los que todavía no hemos vivido, ni viajado, ni aprendido, ni visto lo que usted, comprendemos con dolor y con tristeza que España, en estos aspectos de que hablamos, es una aldea, una pobre aldea sin botica, pero con cura... Una aldea en la que, naturalmente, todo llama la atención: la mujer hermosa, los brillantes, las pieles, las pantorrillas, los hombres altos, los hombres flacos, los hombres gordos... ¡hasta las mujeres feas despiertan estupor! Y luego, todo se toma por la tremenda, por lo trágico, en cobardes huídas del ingenio... Tiene usted las corridas de toros...
—No me hable usted de las corridas de toros—interrumpe ahora el maestro—¿Para qué hablar de tan cobarde espectáculo? El caballo, amigo fiel del hombre, que le ayuda en todo, encuentra como premio a su vida abnegada la plaza de toros, donde se le somete a los más infames martirios... No hablemos, no hablemos de las corridas de toros...
Pasamos a conversar de otra cosa que interesa particularmente al novelista: el viaje que va a hacer alrededor del mundo.
En noviembre del año próximo 1923, Blasco Ibáñez irá a Nueva York para embarcarse en un gran yacht que dará la vuelta a la tierra. Es un viaje organizado para millonarios norteamericanos, a juzgar por lo que cuesta. Un centenar de pasajeros hará esto, circunnavegación en un transatlántico de 20.000 toneladas, convertido en yacht. Después de visitar muchas islas de Oceanía, el Japón, Corea, China, Java, la India, Ceilán, Egipto, etc., el novelista bajará a tierra en Montecarlo, único puerto de Europa en que tocará el yacht, y se irá tranquilamente a su villa “Fontana Rosa” en el tranvía de Menton (veinte minutos), o en uno de sus dos automóviles, mientras el buque continúa navegando hacia Nueva York con los demás pasajeros.
Esto se llama vivir en nuestro planeta como si fuese casa propia.
*
Referir cuanto hemos oído al maestro durante su última estancia en España, sería labor prolija.
Vicente Blasco Ibáñez es el más alto y más sólido prestigio literario de la España de nuestros días, y uno de los primeros novelistas del mundo, como lo han declarado famosos críticos de Europa y América. La Novela de Hoy experimenta verdadera satisfacción al decir a sus lectores: el maestro, el glorioso autor de La barraca, de Entre naranjos, de Mare Nostrum, de Los cuatro jinetes del Apocalipsis, de tantas obras famosas, leídas y saboreadas por millones y millones de almas, traducidas a todos los idiomas, el maestro Blasco Ibáñez, el insigne valenciano, el célebre español aclamado por los más diversos públicos, colaborará asiduamente en nuestras páginas.
¡Salud, maestro! Hasta su próxima novela, y hasta la visita que le prometí en la Costa Azul, le abraza su devoto
—Yo también—dijo Serrano—conocí, como algunos de ustedes, al doctor Rómulo Pedraza. No siempre he vivido en París, pasando mis noches en los restaurants de Montmartre. Para reunir la modesta fortuna que me permite llevar mi existencia presente, anduve muchos años por América ejerciendo diversos oficios y conociendo los más rudos altibajos de la suerte.
Estando en Argentina hablé por primera vez con el doctor Pedraza. Yo no vivía en Buenos Aires. Me había metido en empresas de colonización y roturaba muy lejos de dicha ciudad unas tierras que estaban esperando desde el principio del planeta al hombre que se preocupase de hacerlas productivas.
La necesidad de adquirir dinero me obligaba a visitar con frecuencia la capital de la República. Pero como los Bancos se negaron finalmente a hacerme más préstamos dudando del éxito de mi colonización, tuve que buscar, para seguir adelante en mi negocio, el auxilio del Banco Hipotecario Nacional. Con lo que me diesen los altos y poderosos directores de este establecimiento, dependiente del Gobierno, podría pagar la mayor parte de mis deudas a los Bancos particulares, recobrando mi prestigio financiero, y terminaría, igualmente, los trabajos de roturación, que iban a centuplicar el valor de mis tierras.
Me quedé en Buenos Aires por mucho tiempo, dispuesto a no volver a mi propiedad hasta ver aceptadas mis pretensiones por el Banco Hipotecario. No era empresa fácil, ni rápida. Como muchos de ustedes no han estado allá, ignoran cómo se hacen los negocios en la mayor parte de los países americanos de habla española.
Todo lo que tiene una relación, más o menos lejana, con el Gobierno debe desarrollarse pausadamente y tras largas esperas. Si se resuelven los negocios con rapidez y en pocas horas, pueden creer los maldicientes que se ha hecho algo ilegal para obtener ganancias enormes. Por eso en toda oficina pública le responden a usted ordinariamente: “Vuelva mañana”; y este mañana, que será el día de la resolución del asunto, tarda meses o tarda años.
Yo, pobre español, metido en trabajos importantes con poco dinero, falto de protectores, y que además no estaba casado con una señora del país—alianza que proporciona un apoyo semejante al de la solidaridad de la antigua tribu—, tuve que oír muchas veces “Vuelva usted mañana” y esperar semanas y semanas en las oficinas del Banco Hipotecario a que llegase mi “mañana”, o sea la concesión del préstamo.
Durante mis monótonas esperas en la antesala del presidente de dicho Banco vi por primera vez al doctor Pedraza, recibiendo la regia limosna de su protectora conversación.
Otra advertencia que considero necesaria para todos los que me escuchan y no han estado allá. Este doctor Pedraza era llamado “doctor”, no porque fuese médico, sino por ser abogado.
Desde Tejas al cabo de Hornos, en todas las repúblicas, los abogados son tan numerosos como los generales; y esto es decir algo. Pero en las repúblicas de la América que podemos llamar de arriba, los titulan simplemente “licenciados”, y abajo, en la Argentina y otros países, “doctores”.
He visto en el Archivo de Indias, de Sevilla, una súplica dirigida al rey de España por los primeros habitantes de Buenos Aires pidiendo que fuesen enviados a la ciudad naciente hombres de todas las profesiones, menos abogados, por ser la tal carrera nociva para la paz y la prosperidad de un país. Estos colonos de hace tres siglos adivinaban con prodigiosa anticipación las futuras calamidades de su patria. Hay quien asegura que si en la Avenida de Mayo o la calle Florida—lo más céntrico y concurrido de Buenos Aires—alguien grita en plena tarde “¿Doctor?”, cincuenta transeuntes se detienen al mismo tiempo y vuelven la cabeza creyéndose llamados. Algunos van más lejos y afirman que si el grito se repite varias veces pueden ser tantos los atraídos por él, que la circulación quede interrumpida. Pero esto último no debe ser tenido, en mi opinión, por rigurosamente exacto.
Después de tales explicaciones, les diré que el doctor Pedraza, como tantos otros doctores de su país, era un abogado de lujo que nunca había ejercido su profesión y cuando tenía que acudir a los tribunales por asuntos propios buscaba el auxilio de algún colega con “estudio” abierto. El título de doctor es como una distinción nobiliaria en aquella tierra de régimen democrático, crisis periódicas y riqueza incesantemente renovada, que surte a una gran parte de la Humanidad de panecillos y bifteques.
El doctor Pedraza se dedicaba a los negocios lo mismo que muchos argentinos de su generación. En su primera juventud había desempeñado una cátedra de Derecho en la Universidad de La Plata como profesor substituto; luego ocupó varios cargos políticos en la provincia de Buenos Aires, llegando, finalmente, a ser diputado nacional. Pero su palabra reposada y majestuosa, que se detenía, abriendo largas pausas, para cazar las expresiones más retorcidas y sonoras, no aspiraba a los triunfos parlamentarios. Su posición social y las necesidades suntuosas de su familia exigían mucho dinero, y sólo le era posible obtenerlo honradamente dedicándose en absoluto a los negocios.
Compraba campos—las más de las veces sin conocerlos—y los vendía, valiéndose para tan enormes transacciones de las cantidades que le prestaban los Bancos. Al mismo tiempo dirigía desde Buenos Aires una rica estancia heredada de sus padres y otra no menos importante que su esposa había aportado como dote. Era un personaje cuyo nombre figuraba casi todos los días en la crónica social de los diarios de Buenos Aires; “un exponente representativo de la alta vida del país” como decía él con su lenguaje rebuscado.
Alto de talla, fuerte y de inconmovible salud tenía la gallarda soltura de miembros de todos los hombres de allá, criados en las estancias, que aprenden a montar a caballo antes de saber andar. Al mismo tiempo que ágil, era recio de cuerpo y carnudo. No pueden ser de otro modo en una tierra donde los destetan de niños con carne asada.
Este buen mozo, de porte señoril, rostro aguileño y largos bigotes, cuidaba de su indumento como en los años que aún era muchacho y sentía sus primeros impulsos amorosos hacia la que después fué su esposa. Siempre vi sus pies, pequeños y arqueados como los de una mujer, en un encierro de brillante charol. Nunca le encontré, a partir de las primeras horas de la tarde, que no vistiese chaqué y llevase sobre la corbata una perla que parecía caída del turbante de un rajah. Jamás, al extenderse la noche sobre Buenos Aires, dejé de encontrar al doctor Pedraza puesto de smoking, si iba a comer con los amigos en el Jockey Club, o de frac, para acompañar a su familia al teatro Colón.
Su esposa y sus seis hijas no le hubiesen permitido la menor falta a las reglas que debe observar todo gentleman en uno u otro hemisferio de la tierra. Y el elegante doctor, hombre enérgico a sus horas y temible en el manejo de las armas, era incapaz de oponer resistencia a los caprichos y órdenes de las mujeres de su familia.
Este hombre, que gastaba muchos miles de pesos en el adorno de su persona, no había dado que murmurar a sus enemigos y envidiosos con la más pequeña aventura pasional. Se acicalaba para la gente de su casa; para gustar a su mujer; para que le admirasen sus niñas con esa satisfacción orgullosa que siente toda joven cuando contempla las elegancias y seducciones del género masculino a través de su padre.
Para el doctor Pedraza no había nada más allá de su familia. Ella le inspiró el más extraordinario de los heroísmos... Porque sepan ustedes que el hombre que les voy describiendo fué un héroe más grande que los héroes de la guerra o de la ciencia. Estos mueren por la gloria, orgullosos de su muerte y ganosos de que todos la conozcan.
Pedraza, héroe obscuro, al desaparecer de un modo que no hiciese sospechar a nadie su sacrificio, resulta más admirable.
Ustedes se convencerán de ello si tienen paciencia para seguir escuchándome.
Un cambio enorme se ha realizado durante los últimos cincuenta años en el interior de las familias acomodadas; algo tan importante como una de esas revoluciones que trastornan la organización política de un país o la forma de la propiedad.
Pero como esto sólo ocurre entre las gentes de dinero, que son las menos, la tal revolución ha pasado algo inadvertida hasta el presente y sólo se dan cuenta de ella los que sufren sus efectos.
Hace medio siglo, cuando un hombre se arruinaba voluntariamente, y no a causa de malos negocios, era casi siempre por el amor o por el juego. Una llamada “artista”, o una profesional, con sus dientecitos incansables había ido royendo la fortuna del pobre señor. Mientras tanto, la esposa vivía obscuramente en su casa, haciendo economías para remediar las locuras del marido, y las hijas, bajo la dirección materna, llevaban una existencia de sobriedad monjil.
Vestir con modestia era signo de distinción social. Las joyas vistosas, los trajes originales, los despilfarros, parecían un vergonzoso privilegio de las “artistas”, de las mundanas, de todas las criaturas brillantes, peligrosas y efímeras mantenidas al margen de la alta sociedad. La mujer decente, la madre de familia, debía ser económica, modesta, opaca, y ahorrar en su casa, mientras el marido gastaba fuera de ella. Las alas de mariposa eran para las mujeres “malas”, para las criaturas versátiles y locas sin otra preocupación que danzar en torno a la llama que acaba por quemarlas.
La existencia de muchos hombres resultaba parecida a la de los antiguos ciudadanos de Atenas, fieles visitantes de las hetairas de moda, para discurrir con ellas sobre el amor, los prodigios de las artes y el lujo, mientras la mujer legítima hilaba en el gineceo, se ocupaba de la limpieza de sus pequeños y ordenaba el trabajo de los esclavos.
Pero un día la mujer moderna se dió cuenta de la inferioridad que significaba continuar siendo señora decente; de la injusticia con que procedía el hombre con ella mostrándose económico en el hogar y despilfarrador con las hembras encontradas en la calle o en el teatro.
—Si nuestros maridos o nuestros padres—dijeron muchas—desean arruinarse por una mujer, que sea por nosotras. Nos pintaremos, nos vestiremos y devoraremos el dinero, lo mismo que las otras. Eso se aprende con facilidad. Sabremos hacerles conocer, igual que ellas, los refinamientos de un lujo disparatado y el orgullo de pagar lo mucho que cuesta. Si han de tirar una fortuna por vanidad, a lo menos que su locura sea aprovechada por las de la casa. Acicalémonos como las profesionales y tengamos sus mismas exigencias...
Total: que hoy todas las mujeres se adornan del mismo modo, se permiten iguales audacias en público, y uno no puede distinguir, como antes, la señora de la que no lo es. El único indicio para no equivocarse es tener por señora a la que menos parece serlo. Las mujeres decentes muestran en la actualidad el atrevimiento del neófito que acaba de entrar en una religión nueva, la audacia del esclavo recién libertado.
Algunos dicen que esta gran revolución en la vida doméstica ha venido a Europa desde América en los últimos cincuenta años; como los Palaces, como la afición exagerada al baile, como los jazz-band y tantas cosas contemporáneas. Otros afirman que no ha sido precisa la influencia americana para esto, pues en todo tiempo han existido en Europa esposas que arruinaron a sus maridos. Pero aunque así fuese, representó en su época una excepción, y de ningún modo algo general y corriente como en nuestros tiempos.
El hecho es que ahora, cuando se pregunta: “¿Cómo se arruinó Fulano de Tal?”, se escucha con frecuencia la misma respuesta: “Al pobrecito lo arruinaron su mujer y sus hijas.”
Esto tiene una explicación lógica. En los tiempos presentes, amigos míos, la mujer resulta más cara que nunca. Es empresa difícil sostener el lujo de una señora decente. Ríanse ustedes de las magnificencias de ciertas mujeres célebres que figuran en la Historia. El lujo de antes era deslumbrador, pero consistía principalmente en alhajas; es decir, en algo duradero y que representaba un capital, guardado en reserva. Un hombre, al hacer entonces regalos ostentosos a su mujer, iba depositando en realidad dinero para el porvenir en la caja fuerte de su casa. Lo terrible es el lujo de ahora: lujo de trapos, de blondas, pieles y plumas, cosas todas que duran un par de meses, o cuando más un par de años, que se ajan con facilidad y sólo pueden admirarse unos días, pues carecen de la seducción sólida, inconmovible, eterna, de las piedras preciosas.
Ustedes habrán oído hablar de Madame Recamier. Todo París estaba a sus pies hace un siglo. Era la mujer más elegante de su época. Los guerreros napoleónicos, los santos padres del naciente romanticismo, los hombres de moda, necesitaban ir todas las tardes a su tertulia, que era como una consagración. La divina Julieta estrenaba diariamente un vestido; lo llevaba unas horas nada más, y lo regalaba después a su doncella. ¡Trescientos sesenta y cinco vestidos al año!...
Pero el valor de cada uno de ellos equivalía, según testimonio de los indiscretos de aquella época, a unos tres francos cincuenta céntimos. Eran túnicas blancas de lino o de batista, sobre las cuales colocaba la divina Recamier una faja de seda celeste, y su belleza rubia no necesitaba
más para tenderse en un diván, rematado por cuellos de cisne, a escuchar los lamentos ossiánicos de un arpa o los versos recitados por su amigo Chateaubriand.
Ahora, una mujer tenida por elegante se considera deshonrada si lleva vestidos de menos de mil francos. Lo corriente es que valgan dos mil. Y lo mismo ocurre con el sombrero, las botas, etcétera. Además, la pobre Recamier haría reír a nuestras amigas si intentase deslumbrarlas cambiando cada día de vestido. Un vestido por día: ¡qué suciedad!, ¡qué atraso!... Una mujer chic cambia ahora ritualmente de vestido tres veces al día, cuando menos, y debe preferir la muerte antes de conocer la deshonra de que sus compañeras la sorprendan dos días seguidos llevando las mismas ropas.
Aquellas cortesanas y comediantas, lujosas como la reina de Sabá y devoradoras de millones, que todos hemos conocido en el teatro y en los libros al describir la vida de París de hace medio siglo, son ya personajes fantásticos de comedia y de novela. Sólo existen en la imaginación de las gentes crédulas. Vayan ustedes a las joyerías de la plaza Vendôme, a los modistos de la rue de la Paix y demás proveedores del lujo femenino; pregúntenles por las “artistas” de costumbres ligeras y por las mundanas célebres, que deben ser sus mejores clientes, y verán cómo tuercen el gesto:
—Eso era en otros tiempos, señor. Ahora las gentes de tal clase no nos convienen; sólo saben hacer deudas. Ya no hay grandes duques rusos que las protejan. Unicamente quedan agentes bolcheviques, que vienen de allá llevando varios millones para la propaganda roja y los gastan con bailarinas viejas que admiraron en su juventud de bohemios hambrientos. Pero son tan pocos, que esto no significa nada. Háblenos usted de señoras decentes; de mamás y de niñas. Esa es la verdadera clientela de nuestra época. Los millonarios de América y de Europa ya no gastan el dinero más que en las mujeres de su casa. El despilfarro y la locura marchan ahora del brazo con la moral.
Y los tales comerciantes, si fuesen capaces de hablar con esta franqueza, dirían la verdad. Hay ahora niña casadera que antes de los veinte años presenta a su papá cuentas de modisto y de otros proveedores más enormes que las que pagó su abuelo ocultamente cuando se dedicaba a proteger bailarinas o a dar a conocer al mundo el talento de alguna comediante joven y de buen rostro.
La familia del doctor Pedraza era de esta clase. La eterna preocupación del prócer argentino consistía en ser rico, enormemente rico, para que su familia, compuesta toda de mujeres, no experimentase ninguna privación en sus deseos de lujo.
Cada vez que el doctor encontraba en los relatos de fiestas aristocráticas publicados por los diarios a “la distinguidísima señora de Pedraza y sus lindas e interesantes hijas”, sentía la misma emoción de vanidad satisfecha, el mismo legítimo orgullo del artista que ve elogiadas sus obras.
Para él, su mujer era la primera dama de Buenos Aires y sus hijas estaban destinadas a casarse con los jóvenes más ricos del país. Y esta admiración por su cónyuge se convertía en obediencia absoluta a todas sus indicaciones, como si la considerase incapaz de equivocarse en los asuntos concernientes a la familia. El, para los negocios, para ganar dinero; y su esposa, para la vida de alta sociedad, para gastar con “distinción”.
No resultaba extraordinario que después de veinte años de matrimonio siguiese tan enamorado de su esposa. Doña Zoila (allá no son raros nombres como éste) era una hermosa mujer: la patricia argentina, madre de numerosa familia, que mantiene intactas la belleza y la gracia de la primera juventud y muestra todavía un gran atractivo femenil rodeada de sus nietas. Esta matrona, de ojos negros y arrogante estatura, guardaba todas las magnificencias físicas de una raza sana y fuerte, que adopta por moda los enervamientos del lujo, pero no ha sido vencida aún por ellos.
Doña Zoila era la primera invitada a toda fiesta. Su opinión equivalía a una ley; ella indicaba lo que era distinguido y lo que debía ser considerado como “guarango”. Se estremecía de orgullo al declarar que todas sus ropas procedían de París y que los grandes modistos de allá se preocupaban del adorno de su persona, salvando el obstáculo de tres mil leguas oceánicas. Cuando llegaban los comisionistas de la rue de la Paix a Buenos Aires, apenas habían empezado a desenfardar en el hotel sus modelos para la estación próxima, a la primera que avisaban era a “Madame Pedraza”. Contaban con ella como gran compradora, y además sus gustos y sus recomendaciones eran seguidos por mucha gente.
Después de su reputación de mujer elegante, lo que más apreciaba ella al conversar en los salones con algún extranjero era poder decir:
—Y tal como usted me ve, soy madre de seis señoritas.
Una maternidad tan corta representaba para ella una humillación, y se apresuraba a añadir:
—Una hermana mía tiene diez y ocho hijos; muchos de ellos varones.
Esto es natural en un país poco poblado, que sólo cuenta un habitante por kilómetro. Mientras los dueños de estancia fomentan la cría de sus reses, en las ciudades, las esposas se afanan por aumentar el número de ciudadanos.
Además, amigos míos, aquellas mujeres que llevan en sus entrañas el porvenir de su país son sanas y prolíficas, con la frescura y la salud de un pueblo joven. Como la riqueza las impulsa a aceptar los caprichos de la moda, a lo mejor se resignan a sufrir los tormentos del hambre para ser extremadamente delgadas. “Hay que conservar la línea.” Pero a pesar de su demacración elegante y su agostamiento distinguido, no pueden ocultar la solidez del andamiaje interno, el noble vigor de sus antecesores los centauros de la pampa. Parecen, por lo flacas, que acaban de salir de una ciudad sitiada, o de un transatlántico con averías en alta mar que sometieron a los pasajeros a la media ración. Pero que la moda les dé permiso para comer y renacerán esplendorosas, como surge el trigo en la llanura argentina cuando llueve largo.
Decía, señores, que el doctor Pedraza amaba y admiraba al mismo tiempo a su esposa. Ni una sola vez había contestado negativamente a las peticiones de doña Zoila, y eso que la señora no reconocía límites ni escrúpulos en los gastos para sostener, como ella decía, “el prestigio de la familia”. Habitaban una casa nueva, grande y elegante en las cercanías del Parque de Palermo; estaban abonados invariablemente a uno de los mejores palcos del teatro Colón durante la temporada de ópera, y a otros palcos en diversos teatros. En Buenos Aires no abundan las fiestas de sociedad, y el llamado “gran mundo” se ve y se habla durante los entreactos en las representaciones tenidas por elegantes. Su servidumbre era numerosa. Poseían tres automóviles: uno, el de “negocios”, para el señor, y otros dos que empleaban la señora y las niñas para visitas o excursiones.
Doña Zoila enviaba a la casa donde el doctor tenía establecido su “escritorio”, todas las cuentas de sus proveedores urbanos, así como las que llegaban de París y Londres los días de vapor correo. Y Pedraza, sin hacer objeciones, iba llenando hojas y más hojas de su cuaderno de cheques, y las entregaba, dando por terminado el asunto.
Le enorgullecían los enormes gastos hechos por su cónyuge. Eran una demostración de su elegancia natural y de su noble origen. Porque el doctor creía más aún que su mujer en el linaje aristocrático de ésta.
—Soy de los Pérez Zurrialde—declaraba doña Zoila con orgullo en determinados momentos.
Y los demás, cuando querían hacer un elogio completo de ella, después de ensalzar su elegancia
y su buen gusto, acababan diciendo: “Es una Pérez Zurrialde.”
Todos creían en la distinción aristocrática de esta familia, sin poder explicar el porqué de su creencia. En América se ve esto muchas veces. Hay familias que cuentan entre sus antecesores generales célebres, héroes patrióticos, presidentes de República. Pero otras, cuyos abuelos no hicieron nada y no fueron nada, pasan, sin embargo, por más distinguidas y más aristocráticas. Tal vez será porque estos predecesores hablaron poco, se mantuvieron al margen de las luchas del país, se preocuparon únicamente de vestir bien, dedicando a esto toda su inteligencia, y fueron muy exigentes en materia de casamientos, emparentándose solamente con sus allegados.
Si una familia se empeña en ser aristocrática, como ponga en ello su voluntad durante tres generaciones y lo afirme a todas horas, al cabo de un siglo todos acabarán por aceptar su aristocracia y creer en ella. ¿Quién va a escarbar la historia de nadie más allá del abuelo o el bisabuelo?... Hace cien años, en todas las colonias españolas de América el mayor signo de distinción y bienestar era tener tienda abierta: un establecimiento de comestibles o de ropas. Las familias linajudas de todas las ciudades históricas de aquellas repúblicas tuvieron por fundadores a tenderos españoles o criollos, que representaban la riqueza y la aristocracia de entonces. La agricultura y la ganadería no valían nada en aquellos tiempos. Sólo eran ricos los que vivían detrás de un mostrador. Pero doña Zoila no quería saber esto: “Soy una Pérez Zurrialde.” Y su marido, simple Pedraza que había alcanzado de niño a conocer a su abuelo, un emigrante venido de Castilla, participaba también de esta admiración por el noble linaje de su esposa, por la historia de aquella familia, que databa casi de siglo y medio, lo que equivale en América a perderse en la noche de los tiempos.
Además, esta esposa, todavía bella, de elegancia generalmente reconocida y que le había dado seis veces la reproducción de su propia persona, merecía gratitud por sus sólidas virtudes conyugales.
Con doña Zoila “no había miedo a novelas”, como decía el doctor, y un marido podía vivir en perpetua tranquilidad. Su avidez de audacias elegantes no iba más allá de las invenciones del modisto, de la sombrerera y demás artistas encargados del embellecimiento de la mujer. Para ella no existía otro amor que el conyugal. Los demás caprichos e invenciones eran buenos para las “locas de París” y no para ella, una señora, casada y madre.
Gustaba de que los hombres elogiasen en los salones la elegancia de sus vestidos y su sabiduría para apreciar lo que es chic y lo que no lo es; pero nada de alabanzas a su persona, nada de muestras de asombro o admiración por su belleza, que se mantenía fresca y viva, desafiando al tiempo.
—Pero usted—le dijo un europeo—gasta una fortuna en vestidos todos los años, y debe complacerle que los hombres admiren su lujo y se lo digan.
La señora de Pedraza acogió con un gesto desdeñoso tales palabras: Eso sería verdad allá en Europa, donde las mujeres sólo piensan en los hombres.
—Entonces—siguió preguntando el curioso—,¿para qué viste usted con tanta elegancia y se preocupa del adorno de su persona?...
Doña Zoila, antes de contestar, le miró con cierta conmiseración, como apiadada de su ignorancia:
—Para dar envidia a mis amigas y que rabien un poco.
Llevaba yo tres semanas de presentarme todas las tardes en la antesala del presidente del Banco Hipotecario, para saber si mi petición de empréstito iba a ser bien acogida por los señores de la Junta, cuando hablé por primera vez con el doctor Pedraza.
Algunos de ustedes tal vez no saben lo que son las cédulas del Banco Hipotecario Argentino. En las Bolsas de Europa las consideran como un papel de esos que llaman “de todo reposo”; un valor para que el padre de familia invierta en él sin miedo sus ahorros y la viuda pobre su escasa herencia. Estas cédulas hipotecarias gozan de más crédito entre la gente tímida que los empréstitos que emiten los gobiernos o las obligaciones de las empresas industriales, que siempre tienen algo de aventurado. Cada título representa un pedazo de tierra hipotecada, algo sólido, tangible, que no puede desaparecer ni volatilizarse en una guerra o una catástrofe. Y como los directores del Banco Hipotecario desean mantener incólume el prestigio reposado y seguro de su institución, de aquí que procediesen en mis tiempos con tanta lentitud y minuciosidad en sus operaciones, como si aun vivieran en la época colonial.
Yo aspiraba a que me diesen dinero con la garantía de mis tierras; pero ellos, antes de emitir sobre mi propiedad varios centenares de cédulas nuevas y venderlas en Europa a gentes timoratas que sólo tienen de América vagas ideas, necesitaban minuciosos informes y repetidas exploraciones de sus ingenieros para que en lo futuro no fuese posible una depreciación de la hipoteca.
El ujier del presidente se inclinó al entrar en la antesala un hombre vestido con elegancia y de aspecto aseñorado. Le abrió la puerta del despacho presidencial y luego creyó necesario darme una explicación para que no me doliese la injusticia de que alguien entrase antes que yo, no obstante mi larga espera.
—Es el doctor Pedraza..., un señor muy rico que ha sido diputado nacional.
Volví a verle otras tardes en el Banco Hipotecario, pero esperando lo mismo que yo, pues he observado muchas veces que la frecuentación de las oficinas no da mayor confianza al solicitante, sino, por el contrario, le quita poco a poco el prestigio y la entrada franca que tuvo en sus primeras visitas. El doctor Pedraza acabó por sentarse en la antesala cerca de mí. Unas veces había salido el presidente; otras, no deseaba hablar con él, sino con los ingenieros y los peritos del Banco, cuyo informe era siempre laborioso, circunspecto y lento. Un amigo cualquiera nos puso en relación, y como la soledad de la pieza predisponía a las confidencias, hablamos mucho durante las horas pesadas y al mismo tiempo optimistas que siguen al almuerzo, y son en Buenos Aires las de visita a las oficinas.
El doctor Pedraza solicitaba lo mismo que yo, aunque entre sus pretensiones y las mías existiese una diferencia igual a la que separaba mi humilde persona de colonizador extranjero de su opulencia de gran propietario. Quería hipotecar la estancia heredada de sus padres, operación importante para el Banco por tratarse de un préstamo de muchos centenares de miles de pesos.
Esto no me produjo asombro, ni quebrantó el respeto que me infundía el doctor como hombre rico. En aquel país se puede ser un gran millonario y deber al mismo tiempo sumas enormes. Hasta parece que la riqueza traiga aparejado lo de tener deudas. Se emprenden sin miedo nuevos negocios; se compra sin tener con qué pagar, dando por seguro que se venderá lo comprado antes de unos meses y con fabulosa ganancia; nadie vacila en tomar cantidades a préstamo... Así es como se ha engrandecido aquel país.
Para mí era indudable que este opulento personaje necesitaba el dinero de la hipoteca para emprender algún negocio considerable y secreto.
Seducido por el silencio con que le escuchaba, iba enumerando Pedraza las magnificencias de la estancia que pretendía hipotecar. Además, todo argentino nace propagandista de su patria, y se enardece hasta ser elocuente cuando relata las grandezas de la tierra natal. El doctor, exagerando