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De ella gozó, desde luego, con el fuego de la pasión que ponía en todo[613]. La influencia personal de la condesa Tolstoi fué preciosa para el arte. Bien dotada literariamente[614], era, como ella decía, “una verdadera mujer de escritor”, que tan de corazón tomaba la obra de su marido. Trabajaba con él, escribía a su dictado, recopiaba sus borrones[615]. Trataba de defenderlo contra su demonio religioso, el terrible espíritu que ya, por momentos, le aconsejaba la muerte del arte; trataba de que estuviese cerrada su puerta para las utopías sociales[616]. Reanimaba en él al genio creador; hizo más aún: aportó a este genio la riqueza nueva de su alma femenina. A excepción de las joviales siluetas de Infancia y Adolescencia, la mujer está ausente de las primeras obras de Tolstoi, o bien asoma apenas en segundo plano. Aparece ya en Felicidad Conyugal, escrita bajo el influjo del amor de Sofía Bers; y en las obras que siguen, los tipos de muchachas y de mujeres abundan y tienen una vida intensa, superior a las veces a la de los tipos masculinos. Queremos creer que la condesa Tolstoi no solamente sirvió a su marido de modelo para la Natacha de La Guerra y la Paz[617], y para Kitty, en Ana Karenina, sino que también por sus confidencias y por su propia visión, pudo ser para él una valiosa y discreta colaboradora. Algunas páginas de Ana Karenina[618], muy particularmente, me parece que descubren una mano de mujer.

Gracias a los bienes de esta unión, Tolstoi gustó durante diez o quince años, de una paz y de una seguridad que le eran desconocidas desde hacía largo tiempo[619]. Pudo entonces, bajo las alas del amor, soñar y realizar en calma las obras maestras de su pensamiento, monumentos colosales que dominan toda la novela del siglo XIX: La Guerra y la Paz (1864-1869) y Ana Karenina (1873-1877).

LA GUERRA Y LA PAZ

La Guerra y la Paz es la más vasta epopeya de nuestros tiempos, una Ilíada moderna. Un mundo de pasiones y de figuras se mueve en ella; y sobre este océano humano, de innumerables olas, priva un alma soberana, que levanta y refrena las tempestades con serenidad. Más de una vez, al contemplar esta obra, he pensado en Homero y en Goethe, no obstante las enormes diferencias así de carácter como de tiempo. Después he visto que efectivamente, en la época en que esto escribía, el pensamiento de Tolstoi se nutría en Homero y Goethe[620]. Más todavía: en sus notas de 1865, en las cuales clasifica los diversos géneros literarios, inscribía como de la misma familia a “La Odisea”, “La Ilíada” y “1805”[621]... El movimiento natural de su espíritu lo arrastraba de la novela de los destinos individuales a la novela de los ejércitos y de los pueblos, de los grandes rebaños humanos, en las cuales se funden las voluntades de millones de seres. Su trágica experiencia del sitio de Sebastopol lo llevaba a comprender el alma de la nación rusa y su vida secular. La Guerra y la Paz, tan inmensa, no debía de ser, según sus proyectos, sino el panneau central de una serie de frescos épicos en los cuales se desarrollaría el poema de Rusia, desde Pedro el Grande hasta los “decembristas”[622].

Para comprender bien el vigor de la obra, es necesario darse cuenta de su oculta unidad[623], pues la mayor parte de nuestros lectores no ven en ella, un poco miopes, sino los millares de detalles, cuya profusión los deslumbra y descamina. Se pierden en esta selva de vidas, cuando es necesario elevarse por encima de ella y abarcar con la mirada el horizonte libre, el círculo de los bosques y de los campos; pues sólo entonces se percibirá el espíritu homérico de la obra, la tranquilidad de las leyes eternas, el ritmo imponente del soplo del destino, el sentimiento del conjunto al cual todos los detalles están subordinados; y, dominando su obra, el genio del artista, como el Dios del Génesis que flota sobre las aguas.

Desde luego, el mar está inmóvil; la paz, la sociedad rusa en vísperas de la guerra. Las cien primeras páginas reflejan, con una exactitud impasible y una ironía superiores, lo vano de las almas mundanas. Hacia la centésima página solamente se levanta el grito de uno de estos muertos vivientes, el peor de entre ellos, el príncipe Basilio:

“Nosotros pecamos, engañamos, y todo esto ¿por qué? Yo he pasado de los cincuenta años, amigo mío... Todo acaba en la muerte... La muerte, ¡qué terror!”

Entre estas almas insulsas, mentirosas y ociosas, capaces de todas las aberraciones y de todos los crímenes, se esbozan algunas naturalezas más sanas: las sinceras, por ingenuidad torpe, como en Pedro Besukhov; por independencia campesina, por sus viejos sentimientos rusos, como María Dmitrievna; por frescura juvenil, como en los pequeños Rostov; las almas buenas y resignadas, como la princesa María; y aquéllas que no son buenas, sino valientes, a quienes atormenta esta existencia malsana, como el príncipe Andrés.

Pero aparece el primer estremecimiento en las ondas de aquel mar. La acción; el ejército ruso en Austria; la fatalidad reina, y en ninguna parte más dominadora que en el desencadenamiento de las fuerzas elementales, en la guerra. Los verdaderos jefes son quienes no tratan de dirigir, sino que, como Kutuzov o como Bagration, “dejan creer que sus intenciones personales están en concordancia perfecta con lo que en realidad es simple efecto de la fuerza de las circunstancias, de la voluntad de los subordinados y de los caprichos de azar”. ¡Beneficio de abandonarse en manos del Destino! Felicidad de la acción pura; estado moral y sano. Los espíritus conturbados recobran su equilibrio. El príncipe Andrés respira, comienza a vivir... Y en tanto que allá, lejos del soplo vivificador de estas tempestades sagradas, las dos mejores almas, Pedro y la princesa María, son amenazados por el contagio de su mundo, por la mentira de amor, Andrés herido en Austerlitz, tiene de pronto, en medio de la embriaguez de la acción, caído brutalmente, la revelación de la inmensidad serena. Tendido sobre la espalda, “no ve ya nada más que arriba, por encima de él, un cielo infinito, profundo, en el cual muellemente bogan ligeras nubes gríseas”.

¡Qué calma! ¡Qué paz, se decía; cuál diferencia con mi desatentada carrera! ¿Cómo no había visto antes este alto cielo? ¡Qué feliz soy de haberlo al fin advertido! Sí; todo es vacío, todo es desengaño, menos él... ¡Nada hay fuera de él!... y que sea Dios alabado!

Sin embargo, la vida lo recobra y la onda vuelve a caer. Abandonadas de nuevo a sí mismas, en la atmósfera desmoralizadora de las ciudades, las almas desalentadas, inquietas, vagan al azar en la noche. Algunas veces, al soplo envenenado del mundo se mezclan los efluvios inebriantes y enloquecedores de la naturaleza, de la primavera, del amor, las fuerzas ciegas que al príncipe Andrés acercan a la encantadora Natacha, y que, un instante después, la arrojan en los brazos del primer seductor que se presenta. ¡Cuánta poesía, ternura, pureza de corazón, que el mundo ha marchitado! Y siempre “el gran cielo que se extiende sobre la abyección ultrajante de la tierra!” Pero los hombres no lo ven, y aun el mismo Andrés ha olvidado la luz de Austerlitz, y para él ya no es más el cielo “que una bóveda sombría y brumosa” que cubre la nada.

Es tiempo de que se levante de nuevo, sobre estas almas anémicas, el huracán de la guerra. La patria está invadida. Borodino. Grandeza solemne de esta jornada. Las enemistades se borran, y Dologhov abraza a su enemigo Pedro; y Andrés, herido, llora de ternura y de piedad sobre la desventura del hombre que más odiaba, Anatolio Kuraguine, su vecino de ambulancia. La unidad de los corazones se realiza, la unidad por el apasionado sacrificio a la patria y por la sumisión a las leyes divinas.

Aceptar la espantosa necesidad de la guerra, seriamente, con austeridad... La prueba más difícil es la sumisión de la libertad humana a las leyes divinas. La sencillez de corazón consiste en la sumisión a la voluntad de Dios”.

El alma del pueblo ruso y su sumisión al destino se encarnan en el generalísimo Kutuzov:

Este anciano, que ya no tenía más, en cuanto a pasiones, que su experiencia resultante de las pasiones, y en quien la inteligencia destinada a agrupar hechos y a extraer conclusiones, estaba reemplazada por una contemplación filosófica de los sucesos, no inventaba nada, no emprendía nada; pero lo escuchaba todo y todo lo ordenaba, y sabría de ello sacar provecho llegado el momento; no pondría trabas a nada útil, ni permitiría nada que fuera perjudicial. Atisbaba en el semblante de sus tropas esa fuerza que no puede ser sujetada y que se llama la voluntad de vencer, la futura victoria. Aceptaba algo más fuerte que su voluntad: la marcha inevitable de los hechos que se desarrollaban ante sus ojos; los ve, los sigue, sabe hacer abstracción de su persona.

Tiene, en fin, corazón ruso. Este fatalismo del pueblo ruso, tranquilamente heroico, se personifica también en el pobre mujik Platón Karataiev, que es sencillo, piadoso, resignado, con su sonrisa buena en los sufrimientos y en la muerte. A través de las pruebas, de la ruina de la patria, de la espantosa agonía, los dos héroes del libro, Pedro y Andrés, llegan a la liberación moral y a la alegría mística por el amor y la fe, que hacen que los vivientes puedan ver a Dios.

No termina allí Tolstoi. El epílogo, que pasa en 1820, es una transición de una época a otra, de la época napoleónica a la de los “decembristas”; da el sentimiento de la continuidad y del principio de otra vida, pues en lugar de principiar y de concluir en plena crisis, Tolstoi acaba como ha comenzado, en el momento en que una gran ola se desvanece, y la ola siguiente se levanta. Se percibe ya a los héroes por venir, y los conflictos que se levantarán entre ellos, y los muertos que en los vivos resucitan[624].

He tratado de destacar los grandes lineamientos de la novela, porque es raro que alguien se tome la molestia de hacerlo; pero ¡qué decir del extraordinario vigor de vida de estos centenares de héroes, todos individuales y pintados de inolvidable manera, soldados, campesinos, grandes señores, rusos, austriacos y franceses! Nada descubre la improvisación. Para esta galería de retratos, de la cual no hay otra análoga en toda la literatura europea, hizo Tolstoi bocetos sin cuento; “combinó, decía, millones de proyectos”; buscó en las bibliotecas, puso a contribución sus archivos de familia[625], sus notas anteriores, sus recuerdos personales. Esta minuciosa preparación asegura la solidez de la obra, pero no le resta nada de su espontaneidad. Trabajaba Tolstoi con un entusiasmo, con un ardor y una alegría que se comunican al lector; mas sobre todo, lo que constituye el mayor encanto de La Guerra y la Paz, es la juventud de corazón que revela. No hay ninguna otra obra de Tolstoi que ofrezca el espectáculo de esta riqueza de almas de niños y de adolescentes; y cada una es una música de pureza de origen y de gracia que penetra y enternece, como una melodía de Mozart: el joven Nicolás Rostov, Sonia, el pobrecito Petia.

La más exquisita es Natacha, criatura amada, soñadora, risueña, de corazón amante; a quien de cerca se mira crecer, a quien se sigue en la vida con la casta ternura que se tendría por una hermana. ¿Quién no cree haberla conocido?... Admirable la noche de primavera en la cual Natacha, en su ventana que baña el claro de luna, sueña y habla locamente, por encima de la ventana del príncipe Andrés, que la escucha... Emociones del primer baile; amor, espera del amor, desordenada floración de deseos y de ensueños; carreras en trineo, de noche, por la floresta nevada, en la cual se encienden fuegos fantásticos; naturaleza que os oprime con su inquieta ternura; noche en la ópera, en el mundo extraño del arte, donde la razón se embriaga; locura del corazón, locura del cuerpo que languidece de amor; dolor que purifica el alma; piedad divina, que vela a la bienamada moribunda... No es posible evocar esos pobres recuerdos sin la emoción que se tendría al hablar de una amiga, la más cara y la más amada. ¡Ah, qué bien se aprecia, ante una creación semejante, la debilidad de los tipos femeninos en casi toda la novela y el teatro contemporáneos! La vida misma está copiada de manera tan flexible, tan fluida que, de una línea en otra parece que se la ve palpitar y cambiar. La princesa María, la fea, tan bella por la bondad, no es una pintura menos perfecta; y ¡cómo se habría empurpurado, muchacha tímida y torpe, cómo enrojecerían cuantas se le asemejan, al mirar descubiertos todos los secretos de un corazón que se oculta medrosamente a las miradas!

En general, los caracteres de mujeres son, como lo indicaba antes, muy superiores a los caracteres de hombres, sobre todo a los de ambos héroes en quienes Tolstoi puso su propio pensamiento: la naturaleza muelle y débil de Pedro Besukhov, y la ardiente y seca del príncipe Andrés Bolkonsky. Son éstas, dos almas que carecen de centro, que oscilan perpetuamente, más que evolucionar; van de un polo al otro, sin avanzar nunca. Se replicará que, sin duda, por ello mismo son muy rusas; y sin embargo, haría yo notar que algunos rusos han hecho de ellas iguales críticas. Con esta ocasión precisamente Turguenef reprochaba a la psicología de Tolstoi el permanecer estacionaria: “No hay verdadero desarrollo. Eternas vacilaciones, vibraciones de sentimientos”[626]. Tolstoi mismo convenía en haber sacrificado un poco, por momentos, los caracteres individuales[627] en bien del cuadro histórico.

Y en efecto, la gloria de La Guerra y la Paz está en la resurrección de toda una época histórica, de esas migraciones de pueblos, de la batalla de las naciones. Sus verdaderos héroes son esos pueblos; y detrás de ellos, como detrás de los héroes de Homero, los dioses que los mueven, las fuerzas invisibles, “lo infinitamente pequeño que dirige las masas”, el soplo de lo Infinito. Estos combates gigantescos, en los cuales un oculto destino hace chocar a las ciegas naciones, tienen una grandeza mítica. Más allá de la Ilíada, por ellos, se sueña en las epopeyas indias[628].

ANA KARENINA

Ana Karenina señala, con La Guerra y la Paz, la cima de este período de madurez[629]. Es una obra más perfecta, de un espíritu aún más seguro de sus procedimientos artísticos, más rico también de experiencia y para quien el mundo del corazón ya no tiene ningún secreto; pero le falta la llama de la juventud, la frescura del entusiasmo, las grandes alas de La Guerra y la Paz. La tranquilidad pasajera de los primeros días del matrimonio ha desaparecido; y en el círculo encantado del amor y del arte que la condesa Tolstoi había formado en torno suyo, volvían a deslizarse las inquietudes morales.

Ya en los primeros capítulos de La Guerra y la Paz, un año después del casamiento, las confidencias que el príncipe Andrés hace a Pedro, a propósito del matrimonio, señalan el desencanto del hombre que ve en la mujer amada a una extraña, la inocente enemiga, el involuntario obstáculo para su desarrollo moral. Algunas cartas de 1865, anuncian el próximo retorno de los tormentos religiosos. No son todavía sino breves amenazas borradas por la dicha de vivir; pero he aquí que en los meses en que Tolstoi termina La Guerra y la Paz, hay una sacudida más grave: había abandonado a los suyos por algunos días, para visitar un dominio. Una noche, ya acostado, las dos de la madrugada acababan de sonar:

Estaba yo terriblemente fatigado, tenía sueño y me sentía bastante bien, cuando de pronto fuí presa de tal angustia, de un terror tal, como antes nunca había experimentado nada parecido. Te contaré esto detalladamente[630]; era en verdad espantoso. Salté del lecho y ordené que se enganchara, y mientras se hacía esto me dormí, de suerte que, cuando me fueron a despertar me había recobrado por completo. Ayer se ha producido la misma cosa, mas en grado mucho menor...[631].

El castillo de ilusiones tan laboriosamente construido por el amor de la condesa Tolstoi se agrietaba. En el vacío en que dejó al espíritu del artista la conclusión de La Guerra y la Paz, éste es nuevamente invadido por las preocupaciones filosóficas[632] y pedagógicas: quiere escribir un Silabario para el pueblo, y en él trabaja con encarnizamiento cuatro años; por él se siente más orgulloso que de La Guerra y la Paz, y cuando lo ha escrito (1872), se pone a escribir otro (1875). Después se consagra al estudio del griego; lo estudia de la mañana a la noche, abandona por él todo otro trabajo y descubre al “delicioso Xenofonte” y a Homero, al verdadero Homero, no el que ofrecen los traductores, “todos esos Jukhovski y esos Voss que cantan con una voz cualquiera, gutural, quejumbrosa, dulzona”, sino “este otro diablo, que canta a plena voz, sin que se le ocurra nunca que alguien puede escucharlo”[633].

¡Sin el conocimiento del griego, no es posible ninguna instrucción!... Estoy convencido de que, de cuanto es verdaderamente bello, en el verbo humano, con una belleza simple, nada sabía hasta ahora[634].

Era una locura, y en ello convenía. Se entrega a la escuela de nuevo y con tal pasión que cae enfermo y tiene que ir, en 1871, a Samara, a curarse con el “kumis” entre los bachkires. A excepción del griego, de todo está descontento. Después de un proceso, en 1872, habla seriamente de vender todo lo que tiene en Rusia para ir a instalarse a Inglaterra, con lo que la condesa Tolstoi se muestra desolada:

Si te absorbes siempre en tus griegos, no curarás nunca. Ellos son quienes te causan esta angustia y esta indiferencia por la vida presente, pues no en vano se llama el griego una lengua muerta; pone en estado de espíritu muerto[635].

Al fin, después de muchos proyectos abandonados apenas esbozados, el 18 de marzo de 1873, con gran alegría de la condesa, comenzó a escribir Ana Karenina[636]. Mientras trabajaba en esta novela, su vida fué contristada por duelos domésticos[637]; y su esposa estuvo enferma. “La beatitud no reina en la casa...”[638].

La obra conserva un poco huellas de esta experiencia entristecida, de estas pasiones desengañadas[639]. Salvo los hermosos capítulos de las bodas de Levine, el amor no tiene ya la poesía que iguala algunas de las páginas de La Guerra y la Paz con las más bellas poesías líricas de todos los tiempos. En desquite, ha tomado un carácter áspero, sensual, imperioso; la fatalidad que reina sobre la novela ya no es, como en La Guerra y la Paz, una especie de dios Krishna, asesino y sereno, sino la locura de amar, “Venus toda entera...”. Es ella quien en la escena maravillosa del baile, en la cual la pasión—sin saberlo ellos—se apoderó a su vez de Ana y de Wronski, presta a la inocente belleza de Ana coronada de pensamientos y vestida de terciopelo, “una seducción casi infernal”[640]. Es Venus quien, cuando Wronski llega a declararse, hace irradiar el rostro de Ana, “no de alegría, sino con la tremenda irradiación de un incendio en una noche obscura”[641]. Es Venus quien, en las venas de esta mujer leal y razonable, de esta joven madre amorosa, hace correr la fuerza de una savia voluptuosa y se instala en su corazón que no abandonará ya hasta haberlo destruido. Ninguno de cuantos se acercan a Ana deja de sufrir la atracción y el horror del oculto demonio. Kitty, la primera, lo descubrió con espanto. Un misterioso temor se mezcla a la alegría de Wronski cuando va a ver a Ana; Levine, en su presencia, pierde toda su voluntad; la misma Ana sabe bien que ya no se pertenece. A medida que la historia se desarrolla, la implacable pasión roe, pieza por pieza, todo el edificio moral de esta noble persona. Cuanto en ella hay de mejor, su alma brava y sincera, se desmorona y cae. No tiene ya la fuerza de sacrificar su vanidad mundana; su vida no tiene ya otro objeto que agradar a su amante; se prohíbe cobardemente, vergonzosamente, tener hijos; los celos la torturan; la fuerza sensual, que la esclaviza, la obliga a mentir con el gesto, con la voz, con la mirada; desciende al rango de las mujeres que no ambicionan más que hacer perder la cabeza a todo hombre, cualquiera que sea; recurre a la morfina para embrutecerse hasta el día en que los intolerables tormentos que la devoran la arrojan, con el amargo sentimiento de su fracaso moral, bajo las ruedas de un tren. “Y el pequeño mujik de barba hirsuta”, (la visión siniestra que se ha presentado frecuentemente en sus sueños y en los de Wronski), “se inclinaba del estribo del wagón sobre la vía”, y, según el sueño profético, “se curvaba en dos sobre un saco en el cual recogía los restos de alguna cosa que había tenido vida, con sus tormentos, sus traiciones y sus dolores...”.

“Yo me he reservado la venganza”[642], dijo el Señor...

En torno de esta tragedia de una alma que el amor consume y que abruma la Ley de Dios,—pintura de una pieza y de una profundidad espantosa—dispuso Tolstoi, como en La Guerra y la Paz, las novelas de otras vidas; pero, desgraciadamente, en esta vez, esas historias paralelas alternan de manera un poco rígida y artificial, sin llegar a la unidad orgánica de la sinfonía de La Guerra y la Paz. Es posible descubrir también que el perfecto realismo de algunos cuadros, (como de los círculos aristocráticos de Petersburgo y sus entretenimientos ociosos) llega hasta la inutilidad. Por último, más francamente todavía que en La Guerra y la Paz ha yuxtapuesto Tolstoi su personalidad moral y sus ideas filosóficas al espectáculo de la vida; mas, por ello, no es menor la maravillosa riqueza de esta obra; hay la misma abundancia de tipos que en La Guerra y la Paz, y todos de una sorprendente exactitud. Los retratos de hombres me parecen aun superiores; se complació Tolstoi en pintar a Stepan Arcadievitch, el amable egoísta a quien nadie puede mirar sin contemplar su afectuosa sonrisa; y Karenine, el tipo perfecto del gran funcionario, el hombre de Estado distinguido y mediocre, con su manía de ocultar bajo una ironía constante, sus verdaderos pensamientos, mezcla de dignidad y de cobardía, de fariseísmo y de sentimientos cristianos; producto extraño de una sociedad artificial, de la cual le es imposible desprenderse nunca, a pesar de su inteligencia y de su real generosidad; y el que tiene mucha razón de desconfiar de su corazón, porque cuando se abandona es siempre para caer, a la postre, en una nadería mística.

El interés principal de la novela, con la tragedia de Ana y sus cuadros varios de la sociedad rusa de 1860, (salones, círculos oficiales, bailes, teatros, carreras de caballos), está en su carácter autobiográfico. Más que ninguno otro de los personajes de Tolstoi, lo encarna Constantino Levine, y no solamente le ha prestado sus ideas a un tiempo democráticas y conservadoras, su antiliberalismo de aristócrata rural que desprecia a los intelectuales[643], sino que también le ha prestado su vida propia. El amor de Levine y de Kitty y sus primeros años de matrimonio son una translación de los propios recuerdos domésticos, al igual que la muerte del hermano de Levine no es más que una dolorosa evocación de la muerte de Dmitri, el hermano de Tolstoi. Toda la última parte, innecesaria para la novela, nos hace conocer las inquietudes que lo agitaban entonces; y si el epílogo de La Guerra y la Paz era una transición artística a otra obra en proyecto, el epílogo de Ana Karenina es una transición autobiográfica a la revolución moral que debía, dos años más tarde, externarse por las Confesiones. Y ya en el curso del libro continuamente asoma, bajo forma irónica o violenta, la crítica de la sociedad contemporánea a la que no cesará de combatir en sus obras futuras. ¡Guerra a la mentira, a todas las mentiras, así a las mentiras virtuosas como a las viciosas, a los charlatanismos liberales, a la caridad mundana, a la religión de los salones, a la filantropía! ¡Guerra al mundo que falsea los sentimientos verdaderos y que fatalmente anonada los ímpetus generosos del alma! La muerte arroja una luz súbita sobre las convenciones sociales: delante de Ana moribunda, el estirado Karenine se enternece; en esta alma sin vida, en la cual todo está hecho, penetra al fin un rayo de amor y de perdón cristiano; y los tres, el marido, la esposa y el amante, son transformados momentáneamente. Porque todo se hace simple y leal; pero a medida que Ana se restablece, sienten, los tres “frente a la fuerza moral, casi santa que los guiaba interiormente, la existencia de otra fuerza brutal de mayor omnipotencia, que dirige sus vidas a pesar suyo y que no les concederá ya la calma”; y saben, de antemano, que serán impotentes en esta lucha, en la cual “están obligados a hacer el mal, que el mundo juzgará necesario”[644].

Si Levine, que encarna a Tolstoi, se ha purificado también en el epílogo del libro, es que también a él lo alcanza la muerte. Hasta allí, “incapaz de creer, era asimismo incapaz para dudar”[645]. Después que ha visto morir a su hermano, el terror de su ignorancia lo posee; su matrimonio, por algún tiempo, ha ahogado sus angustias; pero al nacimiento de su primer hijo reaparecen. Alternativamente pasa por crisis de plegarias y de negaciones. Lee en vano a los filósofos. En su enloquecimiento llega a tener la tentación del suicidio. El trabajo físico lo alivia; y en esto no cabe duda, porque todo es claro. Charla Levine, con los campesinos, y uno de ellos le habla de los hombres “que viven no para sí mismos, sino para Dios”, lo que para él es una iluminación. Advierte entonces el antagonismo entre la razón y el corazón; la razón enseña la lucha feroz por la vida, y nada hay de razonable en amar al prójimo:

La razón no me ha enseñado nada; todo lo que yo sé me ha sido dado, revelado por el corazón[646].

A partir de entonces retorna la calma. Las palabras del humilde mujik, de quien es único guía su propio corazón, lo han traído hacia Dios... ¿Cuál Dios? No trata de averiguarlo. Levine, en ese momento, como lo será Tolstoi largo tiempo, es humilde con respecto a la Iglesia y de ningún modo está en rebeldía con los dogmas.

Hay una verdad aun en la ilusión de la bóveda celeste y en los movimientos aparentes de los astros[647].

LAS CONFESIONES Y LA CRISIS RELIGIOSA

Estas angustias de Levine, estas veleidades de suicidio que ocultaba a Kitty, las ocultaba Tolstoi en el mismo momento a su esposa; pero aún no había alcanzado él la calma que ponía en su héroe. A decir verdad, esta calma no era nada comunicativa; se siente que más era deseada que lograda, y que al instante Levine volverá a caer en sus dudas. En ello no se engañaba Tolstoi, pues había hecho un gran esfuerzo para llegar hasta el fin de su obra. Ana Karenina lo aburría antes de que hubiese concluido[648]; no podía trabajar más; permanecía así, inerte, sin voluntad, presa del disgusto y del terror de sí mismo. Entonces, en el vacío de su vida, se levantó el gran soplo que salía del abismo, el vértigo de la muerte. Más tarde, Tolstoi ha contado estos años terribles, cuando acaba de escapar al abismo[649].

“No tenía cincuenta años, dice[650]; amaba, era amado, tenía buenos hijos, un gran dominio, la gloria, la salud, el vigor físico y moral; trabajaba diez horas seguidas sin experimentar fatiga. Bruscamente, mi vida se detuvo: podía respirar, comer, beber, dormir; pero esto no era vivir; no podía ni desear siquiera conocer la verdad. La verdad era que la vida es una insania. Yo había llegado al abismo y veía claramente que delante de mí ya no había nada, sino la muerte; yo, hombre lleno de salud y feliz, sentía que no podía vivir más. Una fuerza invencible me arrastraba a desembarazarme de la vida... No diré que deseaba matarme. La fuerza que me empujaba fuera de la vida era más potente que yo; y era una aspiración semejante a mi antigua aspiración a la vida, solamente que obraba en sentido inverso. Debí de recurrir hasta al engaño para conmigo mismo a fin de no ceder demasiado pronto; y he aquí que yo, el hombre feliz, tenía que ocultar de mi mismo la cuerda, para no colgarme de una viga entre los armarios de mi alcoba, donde permanecía solo cada noche al desnudarme. No iba yo de caza con mi fusil, para no dejarme tentar[651]. Me parecía que mi vida era una farsa estúpida, que era representada por cualquiera. ¡Cuántos años de trabajo, de penas, de progreso, y ver al fin que no había nada! De mí no quedaría más que la podredumbre y los gusanos... Se puede vivir solamente durante el tiempo en que se está embriagado con la vida; pero inmediatamente que se disipa la embriaguez, se ve que todo es superchería, superchería estúpida... La familia y el arte no podían ya bastarme; los de mi familia no eran más que desventurados como yo; el arte, un espejo de la vida. Cuando la vida no tiene sentido, el juego del espejo no puede divertirnos ya. Y era lo peor que no podía resignarme. Me parecía a un hombre extraviado en un bosque, quien, presa del horror porque se ha extraviado, corre en todas direcciones y no puede detenerse, aun cuando sabe que a cada paso se pierde más...”.

La salud le vino del pueblo. Tolstoi había tenido siempre por él “una afección extraña, enteramente física”[652], que no habían podido quebrantar las repetidas experiencias de sus desilusiones sociales. En sus últimos años, como Levine, se había acercado mucho al pueblo[653]. Y se entregó a pensar en estos millares de seres colocados fuera del círculo estrecho de los sabios, de los ricos y de los ociosos que se matan, se aturden o arrastran cobardemente, como él, una vida desesperada; se preguntaba por qué estos millares de seres escapaban a esta desesperación, por qué no se mataban. Advirtió entonces que ellos vivían, no con la ayuda de la razón, sino antes, sin cuidarse de ella, sólo por la fe. ¿Qué era esta fe que ignoraba la razón?

La fe es la fuerza de la vida. No se puede vivir sin la fe. Las ideas religiosas han sido elaboradas en la lejanía infinita del pensamiento humano. Las respuestas dadas por la esfinge de la vida contienen la sabiduría más profunda de la humanidad.

¿Basta, por tanto, conocer estas fórmulas de la sabiduría que tiene registradas el libro de las religiones? No, la fe no es una ciencia, la fe es una acción; no tiene sentido sino en tanto que es vivida. El disgusto que inspiraron a Tolstoi las gentes ricas y que piensan bien, para quienes la fe es sólo una especie de “consolación epicúrea de la vida”, lo arrojó decididamente entre los hombres sencillos que eran los únicos que ponían de acuerdo su vida con su fe.

Y comprendió que la vida del pueblo trabajador era la vida misma, y que el sentido que se atribuía a esa vida era verdad.

¿Pero cómo convertirse al pueblo y compartir su fe? Es hermoso reconocer que los otros tienen razón, mas no depende de nosotros que seamos como ellos. En vano oramos a Dios, en vano tendemos hacia él nuestros ávidos brazos. Dios se aleja. ¿Dónde alcanzarlo?

Un día la gracia llegó a él.

Un día de temprana primavera estaba yo solo en el bosque y escuchaba sus rumores. Pensaba en mis agitaciones de los tres últimos años, en cuánto había buscado a Dios, en mis perpetuos saltos de la alegría a la desesperación... Y bruscamente vi que yo no vivía sino cuando creía en Dios. A su solo pensamiento, las ondas jocundas de la vida se levantaban en mí. Todo se animaba en torno mío; todo adquiría un sentido. Mas, desde el momento que yo no creía en él, súbitamente cesaba la vida.

¿Qué es entonces, lo que yo busco?—gritaba dentro de mí una voz. ¡Es ÉL, sin quien yo no puedo vivir! Conocer a Dios y vivir son una misma cosa; Dios es la vida...

Desde entonces esta luz ya no me ha abandonado[654].

Estaba salvado. Dios se le había aparecido[655]. Mas como no era un místico de la India, para quien el éxtasis fuera suficiente, como en él se mezclaban a los sueños del asiático la manía de la razón y la necesidad de acción del hombre del Occidente, le era indispensable traducir su revelación a la fe práctica y desprender de esta vida divina las reglas para la vida cotidiana. Sin ninguna prevención, con el deseo sincero de creer en las creencias de los suyos, comenzó por estudiar la doctrina de la Iglesia ortodoxa, de la cual formaba parte[656]. Y con el propósito de estar más cerca de ella, durante tres años se sometió a todas las ceremonias, confesando, comulgando, no osando emitir juicio sobre lo que le repugnaba, inventando explicaciones para lo que encontraba obscuro o incomprensible; uniéndose en su fe a todos los que amaba, vivos y muertos, y siempre conservando la esperanza de que en algún momento “el amor le abriría las puertas de la verdad”. Pero tenía que luchar, porque su razón y su corazón se rebelaban. Algunos actos, como el bautizo y la comunión, le parecían escandalosos. Cuando se le obligaba a repetir que la hostia era el cuerpo verdadero y la sangre verdadera de Cristo, “sentía como una puñalada en el corazón”. Y no fueron, sin embargo, los dogmas los que levantaron entre la Iglesia y él un muro infranqueable, sino las cuestiones prácticas, dos sobre todo: la intolerancia rencorosa y mutua de las iglesias,[657] y la sanción, formal o tácita, dada al homicidio: la guerra y la pena de muerte.

Entonces rompió Tolstoi abiertamente, y tanto más violenta fué la ruptura cuanto que hacía tres años que comprimía su pensamiento. No toleró ya nada más, y, con cólera, pisoteó esa religión que todavía la víspera se obstinaba en practicar. En su Crítica de la Teología Dogmática (1879-1881) la trata no solamente de “locura, sino también de mentira interesada y consciente”[658]. A ella opuso el Evangelio, en su Concordancia y Traducción de los cuatro Evangelios (1881-1883); y a la postre sobre el Evangelio edificó su fe. (En qué consiste mi fe, 1883). Está toda contenida en estas palabras:

Creo en la doctrina de Cristo. Creo que la felicidad no es posible en la tierra en tanto que no cumplan esta doctrina todos los hombres.

Y tiene por piedra angular el Sermón de la Montaña, cuya enseñanza esencial fija Tolstoi en cinco mandamientos:

I. No te dejes arrebatar por la cólera.
II. No cometas adulterio.
III. No prestes juramento en vano.
IV. No devuelvas mal por mal.
V. No seas enemigo de nadie.

Es ésta la parte negativa de la doctrina, pues la parte positiva queda resumida en este único mandamiento: Ama a Dios y a tu prójimo como a ti mismo.

Cristo dice que quien hubiere violado el menor de estos mandamientos tendrá el más pequeño lugar en el reino de los cielos.

Y agrega Tolstoi ingenuamente:

Por extraño que esto parezca, he debido descubrir estas reglas, después de dieciocho siglos, como una novedad.

¿Creía, por tanto, Tolstoi en la divinidad de Cristo? De ninguna manera. ¿A qué título, entonces, lo invocaba? Como el más grande entre los sabios, (Brahma, Buda, Lao-Tsé, Confucio, Zoroastro, Isaías), que han mostrado a los hombres la felicidad verdadera a la cual aspiran y el camino que es necesario seguir para alcanzarla[659]. Tolstoi es el discípulo de estos grandes creadores de religiones, de estos semidioses y de estos profetas hindús, chinos y hebreos. Los defiende (como él sabe defender: atacando) contra aquéllos a quienes llama los “fariseos” y los “escribas:” contra las iglesias establecidas y contra los representantes de la ciencia orgullosa, o más bien, del “filosofismo científico”[660]. Y no es que haga llamamiento a la revelación contra la razón, pues desde que salió del período de inquietudes que refiere en las Confesiones, continúa siendo esencialmente un creyente de la Razón, o, podría decirse, un místico de la Razón.

En el principio era el Verbo, repite con San Juan; el Verbo, Logos, es decir, la Razón[661].

Su libro De la Vida (1887) lleva, como epígrafe, las palabras famosas de Pascal[662]:

El hombre no es más que una caña, la más débil de la naturaleza, pero una caña que piensa... Toda nuestra dignidad consiste en el pensamiento... Trabajemos pues para pensar bien, que esto es el principio de la moral.

Y el libro entero no es más que un himno a la Razón. Pero su Razón no es la razón científica, razón restringida que “toma la parte por el todo, y la vida animal por la vida entera”, sino antes la ley soberana que rige la vida del hombre, “la ley según la cual deben vivir forzosamente los seres razonables, es decir, los hombres”.

Es una ley análoga a las que rigen la nutrición y la reproducción del animal, el crecimiento y la eflorescencia de la hierba y del árbol, y el movimiento de la tierra y de los astros. Y solamente en el cumplimiento de esta ley, en la sumisión de nuestra naturaleza animal a la ley de la razón, consiste nuestra vida... La razón no puede ser definida, y nosotros no tenemos necesidad de definirla, porque no solamente la conocemos todos, sino que es la única que conocemos... Todo lo que el hombre sabe lo conoce por medio de la razón, y no por la fe[663]... La verdadera vida no comienza hasta el momento en que se manifiesta la razón. La única vida verdadera es la vida de la razón.

¿Qué es, pues, la existencia visible, nuestra vida individual? “No es vida nuestra”, dice Tolstoi, porque no depende de nosotros.

Nuestra actividad animal se realiza fuera de nosotros... La humanidad ha concluido ya con la idea de la vida considerada como existencia individual. La negación de la posibilidad del bien individual permanece como verdad inquebrantable para todo hombre, de nuestra época, que esté dotado de razón[664].

Hay en esto toda una serie de postulados, que no me detendré a discutir aquí, pero que muestran con qué pasión se había apoderado la razón de Tolstoi. En realidad, era una pasión no menos ciega y celosa que las otras pasiones que lo habían poseído durante la primera mitad de su vida. Un fuego se extingue, y otro se enciende; o mejor, es el mismo fuego, que sólo cambia de alimento. Añádase a la semejanza entre las pasiones “individuales” y esta pasión racional, que, la una como las otras, no encuentran satisfacción sólo en amar, pues quieren obrar, quieren realizarse.

No es necesario hablar, sino obrar, ha dicho Cristo.

¿Y cuál es la actividad de la razón?—El amor.

El amor es la única actividad razonable del hombre, el amor es el estado de alma el más racional y el más luminoso. Tiene necesidad, no más, de que nada le oculte el sol de la razón, único que lo hace crecer... El amor es el bien real, el bien supremo, que resuelve todas las contradicciones de la vida, que no sólo hace desaparecer el espanto de la muerte, sino que mueve también al hombre a sacrificarse en bien de los otros. Porque no hay otro amor que el que da su vida por aquéllos a quienes se ama: y no es el amor digno de este nombre sino cuando es un sacrificio de sí mismo. El verdadero amor, por tanto, no es realizable sino cuando el hombre comprende que le es imposible alcanzar la felicidad individual. Entonces es cuando toda la savia de su vida viene a alimentar el noble injerto del amor verdadero; y este injerto toma para su desarrollo todo vigor del tronco de ese árbol salvaje, que es la individualidad animal...[665].

No llega Tolstoi, pues, a la fe como un río agotado que se pierde entre las arenas. Aporta a ella el torrente de fuerzas impetuosas acumuladas durante una vigorosa vida. De ello iba a darse cuenta.

Esta fe apasionada, en la cual se reunían en ardiente abrazo la Razón y el Amor, ha encontrado su más augusta expresión en la célebre respuesta al Santo Sínodo que lo excomulgaba[666]:

Creo en Dios, que es para mí el Espíritu, el Amor, el Principio de todo. Creo que él está en mí, como yo en él. Creo que la voluntad de Dios nunca se ha expresado más claramente que en la doctrina del Hombre-Dios; pero no se puede considerar a Cristo como Dios y dirigirle plegarias, sin cometer el más grande de los sacrilegios. Creo que la verdadera felicidad del hombre consiste en el cumplimiento de la voluntad de Dios; creo que la voluntad de Dios quiere que todo hombre ame a sus semejantes y obre siempre con respecto a ellos, como querría que los demás obrasen con respecto a él, que es lo que resume, dice el Evangelio, toda la ley y los profetas. Creo que el sentido de la vida, para cada uno de nosotros, está solamente en aumentar el amor en él: creo que este desarrollo de nuestra potencia de amar nos valdrá en esta vida una felicidad más perfecta; creo que este aumento del amor contribuirá, más que ninguna otra fuerza, a fundar el reino de Dios sobre la tierra, es decir, a reemplazar una organización de vida en la cual la división, la mentira y la violencia son todopoderosas, por otro orden nuevo en el cual reinarán la concordia, la verdad y la fraternidad. Creo que, para progresar en el amor, solamente disponemos de un medio: la plegaria. No la plegaria pública en los templos, que Cristo ha reprobado formalmente (Mateo, VI, 5-13), sino aquella plegaria de que él mismo nos dió ejemplo, la plegaria solitaria que afirma en nosotros la conciencia del sentido de nuestra vida y el sentimiento de que dependemos solamente de la voluntad de Dios... Creo en la vida eterna, creo que el hombre es recompensado según sus actos, aquí y donde quiera, ahora y siempre. Creo esto tan firmemente que a mi edad, al borde de la tumba, debo a menudo hacer un esfuerzo para no llamar con mis votos la muerte de mi cuerpo, es decir, mi nacimiento a una nueva vida...[667].