Vargas le dijo:
—Tiempo hay, que ahora ando averiguando cuál fué primero, la mentira o el sastre. Porque si la mentira fué primero, ¿quién la pudo decir si no había sastres? Y si fueron primero los sastres, ¿cómo pudo haber sastres sin mentira? En averiguando esto, volveré.
Y con esto se desapareció. Venía tras él Miguel de Vergas, diciendo:
—Yo soy el Miguel de las negaciones, sin qué ni para qué, y siempre ando con un no a las ancas: Eso no, Miguel de Vergas[561]. Y nadie me concede nada, y no sé por qué ni qué he hecho.
Más dijera, según mostraba pasión, si no llegara una pobre mujer cargada de bodigos y llena de males y plañiendo.
—¿Quién eres—la dije—, mujer desdichada?
—La manceba del Abad—respondió ella—, que anda en los cuentos de niños partiendo el mal con el que le va a buscar, y así dicen las empuñadoras de las consejas[562]: “Y el mal para quien le fuere a buscar y para la manceba del Abad”. Yo no descaso a nadie; antes hago que se casen todos. ¿Qué me quieren, que no hay mal, venga por donde viniere, que no sea para mí?
Fuése y quedó a su lado un hombre triste, entre calavera y mala nueva.
—¿Quién eres—le dije—, tan aciago, que, como dicen, para martes[563] sobras?
—Yo soy—dijo Mátalascallando[564], y nadie sabe por qué me llaman así, y es bellaquería, que quien mata es a puro hablar, y ésos son Mátalashablando. Que las mujeres no quieren en un hombre sino que otorgue, supuesto que ellas piden siempre. Y si quien calla otorga, yo me he de llamar Resucítalascallando. Y no que andan por ahí unos mozuelos con unas lenguas de portante[565] matando a cuantos los oyen, y así hay infinitos oídos con mataduras.
—Así es verdad—dijo Lanzarote—, que a mí me tienen ésos consumido a puro lanzarotar con si viene o no viene de Bretaña, y son tan grandes habladores, que, viendo que mi romance dice:
Doncellas curaban dél
Y dueñas de su rocino,
han dicho que de aquí se saca que en mi tiempo las dueñas eran mozos de caballos, pues curaban del rocino[566]. ¡Bueno estuviera el rocín en poder de dueñas! ¡El diablo se lo daba! Es verdad, y yo no lo puedo negar, que las dueñas, por ser mozas, aunque fuese de caballos, se entremetieron en eso, como en otras cosas; mas yo hice lo que convenía.
—Crean al señor Lanzarote—dijo un pobre mozo sencillo, humilde y caribobo—, que yo lo certifico[567].
—¿Quién eres tú, que pretendes crédito entre los podridos?
—Yo soy el pobre Juan de buena alma[568], que ni me ha aprovechado tener buen alma ni nada para que me dejen ser muerto. ¡Extraña cosa, que sirva yo en el mundo de apodo! Es Juan de buen alma, dicen al marido que sufre y al galán que engañan y al hombre que estafan y al señor que roban y a la mujer que embelecan. Yo estoy aquí sin meterme con nadie.
—Eso es nonada—dijo Juan Ramos—, que, voto a Cristo, que los diablos me hicieron tener una gata. Más me valiera comerme de ratones, que no me dejan descansar: daca la gata de Juan Ramos[569], toma la gata de Juan Ramos. Y ahora no hay doncellita ni contadorcito, que ayer no tenía que contar sino duelos y quebrantos, ni secretario, ni ministro, ni hipócrita, ni pretendiente, ni juez, ni pleiteante, ni viuda, que no se haga la gata de Juan Ramos. Y todo soy gatas, que parezco a febrero[570]. Y quisiera ser antes sastre del Campillo que Juan Ramos.
Tan presto saltó el sastre del Campillo[571], y dijo que quién metía a Juan Ramos con el sastre. Y él dijo que no mejoraba de apellido, aunque mudaba de sexo.
—Pues dijeran el gato de Juan Ramos, y no la gata.
Si dijeran, no dijeran, el sastre desconfió de las tijeras y fió de las uñas[572], con razón, y empezóse una brega del diablo. Viendo tal escarapela[573][574], íbame poco a poco y buscando quién me guiase, cuando, sin hablar palabra ni chistar, como dicen los niños, un muerto de buena disposición, bien vestido y de buena cara, cerró conmigo. Yo temí que era loco y cerré con él. Metiéronnos en paz. Decía el muerto:
—Déjenme a ese bellaco, deshonrabuenos[575]. Voto al cielo de la cama[576], que le he de hacer que se quede acá.
Yo estaba colérico y díjele:
—Llega y te tornaré a matar, infame, que no puedes ser hombre de bien: llega, cabrón.
¡Quién tal dijo! No le hube llamado la mala palabra, cuando otra vez se quiso abalanzar a mí y yo a él. Llegáronse otros muertos y dijeron:
—¿Qué habéis hecho? ¿Sabéis con quién habláis? ¿A Diego Moreno[577] llamáis cabrón? ¿No hallastes sabandijas de mejor frente?
—¿Qué, éste es Diego Moreno?—dije yo.
Enójeme más y alcé la voz, diciendo:
—Infame, pues ¿tú hablas? ¿Tú dices a los otros deshonrabuenos? La muerte no tiene honra, pues consiente que éste ande aquí. ¿Qué le he hecho yo?
—Entremés[578]—dijo tan presto Diego Moreno—. ¿Yo soy cabrón y otras bellaquerías que compusiste a él semejantes? ¿No hay otros Morenos de quien echar mano? ¿No sabías que todos los Morenos, aunque se llamen Juanes[579], en casándose se vuelven Diegos y que el color de los más maridos es moreno? ¿Qué he hecho yo que no hayan hecho otros muchos más? ¿Acabóse en mí el cuerno? ¿Levánteme yo a mayores con la cornamenta? ¿Encareciéronse por mi muerte los cabos de cuchillos y los tinteros? Pues ¿qué los ha movido a traerme por tablados? Yo fuí marido de tomo y lomo[580], porque tomaba y engordaba: sietedurmientes[581] era con los ricos y grulla con los pobres, poco malicioso. Lo que podía echar a la bolsa no lo echaba a mala parte. Mi mujer era una picaronaza y ella me disfamaba, porque dió en decir:
—Dios me le guarde[582] a mi Diego Moreno, que nunca me dijo malo ni bueno.
Y miente la bellaca, que yo dije malo y bueno ducientas veces. Y si está el remedio en eso, a los cabronazos que hay ahora en el mundo decildes que se anden diciendo malo y bueno, a sus mujeres, a ver si les desmocharán[583] las sienes y si podrán restañar el flujo del hueso. Lo otro: yo dicen que no dije malo ni bueno, y es tan al revés, que en viendo entrar en mi casa poetas, decía ¡malo!; y en viendo salir ginoveses[584], decía ¡bueno! Si vía con mi mujer galancetes, decía ¡malo!; si vía mercaderes, decía ¡bueno! Si topaba en mi escalera valientes, decía ¡remalo!; si encontraba obligados y tratantes, decía ¡rebueno! Pues ¿qué más bueno y malo había de decir? En mi tiempo hacía tanto ruido un marido postizo[585], que se vendía el mundo por uno y no se hallaba. Ahora se casan por suficiencia y se ponen a maridos como a sastres y escribientes. Y hay platicantes de cornudo y aprendices de maridería. Y anda el negocio de suerte, que, si volviera al mundo, con ser el propio Diego Moreno, a ser cornudo, me pusiera a platicante y aprendiz delante del acatamiento de los que peinan medellín[586] y barban de cabrío.
—¿Para qué son esas humildades—dije yo—si fuiste el primer hombre que endureció[587] de cabeza los matrimonios, el primero que crió desde el sombrero vidrieras de linternas, el primero que injirió los casamientos sin montera? Al mundo voy solo a escribir de día y de noche entremeses de tu vida.
—No irás esta vez—dijo.
Y asímonos a bocados, y a la grita y ruido[588] que traíamos, después de un vuelco que di en la cama, diciendo: “¡Válgate el diablo! ¿Ahora te enojas, propia condición de cornudos enojarse después de muertos?”...
Con esto me hallé en mi aposento tan cansado y tan colérico como si la pendencia hubiera sido verdad y la peregrinación no hubiera sido sueño. Con todo eso, me pareció no despreciar del todo esta visión y darle algún crédito, pareciéndome que los muertos pocas veces se burlan y que, gente sin pretensión y desengañada, más atienden[589] a enseñar que a entretener.