CAPÍTULO XV

MAQUINISMO Y GRANDE INDUSTRIA

I.  Desarrollo del maquinismo. — Desarrollo de la grande industria. — II.  Valor transmitido por la máquina al producto. — III.  Trabajo de las mujeres y de los niños. — Prolongación de la jornada de trabajo. — El trabajo más intensificado. — IV.  La fábrica. — V.  Lucha entre el trabajador y la máquina. — VI.  La teoría de la compensación. — VII.  Los obreros alternativamente rechazados de la fábrica y atraídos por ella. — VIII.  Supresión de la cooperación fundada en el oficio y en la división del trabajo. — Reacción de la fábrica sobre la manufactura y el trabajo a domicilio. — Paso de la manufactura moderna y del trabajo domiciliario a la grande industria. — IX.  Contradicción entre la naturaleza de la grande industria y su forma capitalista. — La fábrica y la instrucción. — La fábrica y la familia. — Consecuencias revolucionarias de la legislación de fábrica. — X.  Grande industria y agricultura.

I.  Desarrollo del maquinismo.

Como todo desarrollo de la fuerza productiva del trabajo, el empleo capitalista de las máquinas solo tiende a disminuir el precio de las mercancías y, por consecuencia, a aminorar la parte de la jornada en que el obrero trabaja para sí mismo, a fin de prolongar la otra parte en que trabaja para el capitalista; es, como la manufactura, un método particular para fabricar supervalía relativa.

La fuerza de trabajo en la manufactura y el instrumento de trabajo en la producción mecánica son los puntos de partida de la revolución industrial. Por lo tanto, es necesario estudiar de qué modo el instrumento de trabajo se ha convertido de utensilio en máquina, precisando así la diferencia que existe entre la máquina y el instrumento manual.

Todo mecanismo desarrollado se compone de tres partes esencialmente distintas: motor, transmisión y máquina de operación.

El motor da el impulso a todo el mecanismo. Engendra su propia fuerza de movimiento, como la máquina de vapor, o recibe el impulso de una fuerza natural exterior, como la rueda hidráulica lo recibe de un salto de agua y el aspa de un molino de viento de las corrientes de aire.

La transmisión compuesta de volantes, correas, poleas, etcétera, lo distribuye, lo cambia de forma si es necesario y lo transmite a la máquina de operación, a la máquina-utensilio. El motor y la transmisión existen solo, en efecto, para comunicar a la máquina-utensilio el movimiento que la hace actuar sobre el objeto de trabajo y cambiar su forma.

Examinando la máquina-utensilio, encontramos en grande, aunque bajo formas modificadas, los aparatos e instrumentos que emplea el artesano o el obrero manufacturero; pero de instrumentos manuales del hombre se han convertido en instrumentos mecánicos de una máquina. La máquina-utensilio es, pues, un mecanismo que, recibiendo el movimiento conveniente, ejecuta con sus instrumentos las mismas operaciones que el trabajador ejecutaba antes con instrumentos semejantes.

Desde que el instrumento, fuera ya de la mano del hombre, es manejado por un mecanismo, la máquina-utensilio reemplaza a la simple herramienta y realiza una revolución aun cuando el hombre continúe impulsándola sirviendo de motor. Porque el número de utensilios que el hombre puede manejar al mismo tiempo está limitado por el número de sus propios órganos: si el hombre solo posee dos manos para tener agujas, la máquina de hacer medias, movida por un hombre, hace puntos con muchos millares de agujas; el número de utensilios o herramientas que una sola máquina pone en actividad a la vez, se ha emancipado, por lo tanto, del límite orgánico que no podía traspasar el utensilio manual.

Hay instrumentos que muestran claramente el doble papel del obrero como simple motor y como ejecutor de la mano de obra propiamente dicha. Elijamos como ejemplo el torno: el pie obra sobre el pedal como motor mientras las manos hilan trabajando con el huso. De esta última parte del instrumento, órgano de la operación manual, se apodera en primer término la revolución industrial, dejando al hombre, a la vez que la nueva tarea de vigilar la máquina, el papel puramente mecánico de motor.

La máquina, punto de partida de la revolución industrial, reemplaza, pues, al operario que maneja una herramienta, con un mecanismo que trabaja a la vez con muchos utensilios semejantes y que recibe el impulso de una fuerza única, sea cualquiera la forma de esta fuerza. Esta máquina-utensilio no es, sin embargo, más que el elemento simple de la producción mecánica.

Al llegar a cierto punto, solo es posible aumentar las dimensiones de la máquina de operación y el número de sus utensilios cuando se dispone de una fuerza impulsiva superior a la del hombre, sin contar con que el hombre es un agente muy imperfecto cuando se trata de producir un movimiento continuo y uniforme. De este modo, al ser sustituido el utensilio por una máquina movida por el hombre, se hizo necesario en seguida reemplazar al hombre en el papel de motor por otras fuerzas naturales.

Recurriose al caballo, al viento y al agua; pero tan solo en la máquina de vapor de Watt se encontró un motor capaz de engendrar por sí mismo su propia fuerza motriz consumiendo agua y carbón, y cuyo ilimitado grado de potencia es regulado perfectamente por el hombre. Además, no siendo condición precisa que este motor funcione en los lugares especiales donde se encuentra la fuerza motriz natural, como ocurre con el agua, puede transportarse e instalarse allí donde se reclame su acción.

Una vez emancipado el motor de los límites de la fuerza humana, la máquina-utensilio, que inauguró la revolución industrial, desciende a la categoría de simple órgano del mecanismo de operación. Un solo motor puede poner en movimiento muchas máquinas-utensilio. El conjunto del mecanismo productivo presenta entonces dos formas distintas: o la cooperación de muchas máquinas semejantes, como en el tejido, por ejemplo, o una combinación de máquinas diferentes, como ocurre en la filatura.

En el primer caso, el producto es fabricado por completo por la misma máquina-utensilio, que ejecuta todas las operaciones; y la forma propia del taller fundado en el empleo de las máquinas, la fábrica, se presenta en primer término como una aglomeración de máquinas-utensilio de la misma especie, que funcionan a la vez en el mismo local. Así, una fábrica de tejidos está formada por la reunión de muchos telares mecánicos. Pero existe aquí una verdadera unidad técnica en cuanto estas numerosas máquinas-utensilio reciben uniformemente su impulso de un motor común. Así como numerosos utensilios forman los órganos de una máquina-utensilio, así también numerosas máquinas-utensilio forman otros tantos órganos semejantes de un mismo mecanismo motor.

En el segundo caso, cuando el objeto de trabajo tiene que recorrer una serie de transformaciones graduales, el sistema de maquinismo realiza estas transformaciones merced a máquinas diferentes, aunque combinadas unas con otras. La cooperación por división del trabajo, que caracteriza a la manufactura, surge aquí también como combinación de máquinas de operación fraccionarias. Sin embargo, se manifiesta inmediatamente una diferencia esencial: la división manufacturera del trabajo debe tener en cuenta los límites de las fuerzas humanas y solo puede establecerse con arreglo a la posibilidad manual de las diversas operaciones parciales; la producción mecánica, al contrario, emancipada de los límites de las fuerzas humanas, funda la división en muchas operaciones de un acto de producción, en el análisis de los principios constitutivos y de los estados sucesivos de este acto, mientras que la cuestión de ejecución se resuelve por medio de la mecánica, etc. Así como en la manufactura la cooperación inmediata de los obreros encargados de operaciones parciales exige un número proporcional y determinado de obreros en cada grupo, así también, en la combinación de máquinas diferentes, la ocupación continua de unas máquinas parciales por otras, suministrando cada una a la que la sigue el objeto de su trabajo, crea una relación determinada entre su número, su dimensión, su velocidad y el número de obreros que se debe emplear en cada categoría.

Sea cualquiera su forma, el sistema de máquinas-utensilio que marchan solas bajo el impulso recibido por transmisión de un motor central que engendra su propia fuerza motriz, es la expresión más desarrollada del maquinismo productivo. La máquina aislada ha sido sustituida por un monstruo mecánico cuyos gigantescos miembros llenan edificios enteros.

Desarrollo de la gran industria.

La división manufacturera del trabajo dio origen al taller de construcción donde se fabricaban los instrumentos de trabajo y los aparatos mecánicos ya empleados en algunas manufacturas. Este taller, con sus obreros hábiles mecánicos, permitió aplicar los grandes inventos, y en él se construyeron las máquinas. A medida que se multiplicaron los inventos y los pedidos de máquinas, su construcción se dividió en ramos variados e independientes, desarrollándose en cada uno de ellos la división del trabajo. La manufactura constituye, pues, históricamente la base técnica de la gran industria.

Las máquinas suministradas por la manufactura hacen que esta sea reemplazada por la gran industria. Pero al extenderse, la gran industria modifica la construcción de las máquinas, que es su base técnica, y la subordina a su nuevo principio, el empleo de las máquinas.

Así como la máquina-utensilio es mezquina mientras el hombre la mueve y de la misma manera que el sistema mecánico progresa lentamente en tanto que las fuerzas motoras tradicionales, animal, viento y aun agua, no son reemplazadas por el vapor, así también la gran industria marcha con lentitud mientras que la máquina debe su existencia a la fuerza y a la habilidad humanas y depende de la fuerza muscular, del golpe de vista y de la destreza manual del obrero.

No es esto todo. La transformación del sistema de producción en un ramo de la industria, entraña una transformación en otro. Los medios de comunicación y de transporte, insuficientes para el aumento de producción, tuvieron que adaptarse a las exigencias de la gran industria (caminos de hierro, paquebotes transatlánticos). Las enormes masas de hierro que por efecto de esto fue preciso preparar necesitaron monstruosas máquinas, cuya creación era imposible para el trabajo manufacturero.

La grande industria se vio, pues, en la necesidad de dirigirse a su medio característico de producción, a la misma máquina, para producir otras máquinas; de este modo se creó una base técnica en armonía con su principio.

Teníase ya en la máquina de vapor un motor susceptible de cualquier grado de potencia; pero para conseguir fabricar máquinas con máquinas hacía falta producir mecánicamente las formas perfectas geométricas tales como el círculo, el cono, la esfera, que exigen ciertas partes de las máquinas. Este problema quedó resuelto a principios de este siglo con la invención del chariot en el torno, que poco después pudo moverse por sí solo; este accesorio del torno permite producir las formas geométricas que se deseen con un grado de exactitud, facilidad y rapidez que la experiencia acumulada no consigue nunca dar a la mano del obrero más hábil.

Pudiendo desde este momento extenderse libremente, la gran industria hace del carácter cooperativo del trabajo una necesidad técnica impuesta por la naturaleza misma de su medio; crea un organismo de producción que el obrero encuentra en el taller como condición material ya dispuesta de su trabajo. El capital se presenta ante él bajo una forma nueva y mucho más temible, la de un monstruoso autómata, a cuyo lado la fuerza del obrero individual es casi nula.

II.  Valor transmitido por la máquina al producto.

Hemos visto que las fuerzas productivas que resultan de la cooperación y de la división del trabajo no cuestan nada al capital. Estas son las fuerzas naturales del trabajo social. Tampoco cuestan nada las fuerzas físicas apropiadas para la producción, tales como el agua, el vapor, etc.; pero para utilizarlas hacen falta ciertos aparatos preparados por el hombre: para explotar la fuerza motriz del agua hace falta una rueda hidráulica, para explotar la elasticidad del vapor es necesaria una máquina.

Si bien es desde luego evidente que la industria mecánica acrecienta de un modo maravilloso la productividad del trabajo, surge la duda de si el empleo de las máquinas economiza más trabajo del que cuestan su construcción y entretenimiento.

Como cualquiera otro elemento del capital constante, que es la parte adelantada en medios de producción, la máquina no produce valor y únicamente transmite el suyo al artículo que fabrica. Pero la máquina, ese medio de trabajo de la gran industria, es muy costosa comparada con los medios de trabajo del oficio y de la manufactura.

Aunque la máquina es utilizada siempre por completo para la creación de un producto, es decir, como elemento de producción, es consumida solamente por fracciones para la formación del valor, esto es, como elemento de valor. En efecto, una vez creado el producto, la máquina subsiste aún; ha servido toda ella para crearlo, pero no desaparece en esa creación, sino que continúa en disposición de volver a empezar para un nuevo producto. Nunca da más valor del que su desgaste la hace perder por término medio. Existe, pues, una gran diferencia entre el valor de la máquina y el valor que transmite a su producto, entre la máquina elemento de valor y la máquina elemento de producción. Como una máquina funciona durante prolongados periodos de trabajo y su desgaste y consumo diarios se reparten entre inmensas cantidades de productos, cada uno de sus productos solo absorbe una pequeñísima porción de su valor y absorbe tanto menos cuanto más productiva es la máquina.

Dada la proporción en que la máquina se gasta y transmite valor al producto, la magnitud del valor transmitido depende del valor primitivo de la máquina. Cuanto menos trabajo contiene, menor es su valor y menor es el que añade al producto.

Es evidente que hay un simple cambio de lugar de trabajo; si en la producción de una máquina se ha gastado tanto tiempo de trabajo como economiza su uso, no disminuye la cantidad total de trabajo que exige la producción de una mercancía y, por lo tanto, no baja el valor de esta. Pero el que la compra de una máquina cueste tanto como la compra de las fuerzas de trabajo que reemplaza, no impide que disminuya el valor transmitido al producto, pues en este caso la máquina reemplaza más tiempo de trabajo del que representa ella misma. En efecto, el precio de la máquina expresa su valor, esto es, equivale a todo el tiempo de trabajo contenido en ella, sea cualquiera la división que de este tiempo se haga en trabajo necesario y sobretrabajo, en tanto que el mismo precio pagado a los obreros a quienes reemplaza no equivale a todo el tiempo de trabajo que suministran, y solamente es igual a una parte de este tiempo, a su tiempo de trabajo necesario.

Considerado exclusivamente como medio de hacer el producto más barato, el empleo de las máquinas encuentra un límite: es necesario que el tiempo de trabajo gastado en su producción sea menor que el tiempo de trabajo suprimido por su uso.

El capitalista encuentra para el empleo de las máquinas un límite todavía más reducido. Lo que paga no es trabajo, sino fuerza de trabajo, y aun el salario real del trabajador es muchas veces inferior al valor de su fuerza. Así, el capitalista se guía en sus cálculos por la diferencia que hay entre el precio de las máquinas y el de las fuerzas de trabajo que estas pueden inutilizar. Esta diferencia es la que determina el precio de costo y le decide a emplear o no la máquina; en efecto, desde su punto de vista, la ganancia proviene de la disminución del trabajo que paga y no del trabajo que emplea.

III.  Trabajo de las mujeres y de los niños.

Haciendo inútil el trabajo muscular, la máquina permite emplear obreros de poca fuerza física, pero cuyos miembros son tanto más flexibles cuanto menos desarrollo tienen. Cuando el capital se apoderó de la máquina, su grito fue: ¡trabajo de mujeres, trabajo de niños! La máquina, medio poderoso de aminorar los trabajos del hombre, se convirtió en seguida en medio de aumentar el número de asalariados. Doblegó bajo la vara del capital a todos los miembros de la familia sin distinción de edad ni de sexo. El trabajo forzado de todos en provecho del capital usurpó el tiempo de los juegos de la niñez y reemplazó al trabajo libre, que tenía por objeto el sostenimiento de la familia.

El valor de la fuerza de trabajo estaba determinado por los gastos de sostenimiento del obrero y de su familia. Lanzando a la familia en el mercado y distribuyendo así entre muchas fuerzas el valor de una sola, la máquina la rebaja. Puede suceder que las cuatro fuerzas, por ejemplo, que una familia obrera vende al presente le produzcan más que antes la sola fuerza de su jefe, pero también son cuatro jornadas de trabajo en lugar de una; ahora, es preciso que en vez de una sean cuatro las personas que suministran al capital no solamente trabajo, sino también sobretrabajo para que viva una sola familia. Así es cómo la máquina, al aumentar la materia humana explotable, eleva a la vez el grado de explotación.

El empleo capitalista del maquinismo desnaturaliza profundamente el contrato cuya primera condición era que capitalista y obrero debían tratar entre sí como personas libres, ambos comerciantes, poseedor el uno de dinero o de medios de producción y el otro de fuerza de trabajo. Todo esto queda destruido desde el momento que el capitalista compra mujeres y niños. El obrero vendía antes su propia fuerza de trabajo, de la cual podía disponer libremente; ahora vende mujer e hijos y se convierte en mercader de esclavos.

Por la anexión al personal de trabajo de una masa considerable de niños y mujeres, la máquina consiguió por fin romper la resistencia que el trabajador varón oponía aún en la manufactura al despotismo del capital. La facilidad aparente del trabajo con la máquina y el elemento más manejable y más dócil de las mujeres y de los niños le ayudan en su obra de avasallamiento.

Prolongación de la jornada de trabajo.

La máquina crea condiciones nuevas que permiten al capital soltar el freno a su tendencia constante de prolongar la jornada de trabajo y motivos nuevos que aumentan aún su sed de trabajo ajeno.

Cuanto más largo es el periodo durante el cual funciona la máquina, mayor es la masa de productos entre la cual se distribuye el valor que aquella transmite, y menor es la parte que corresponde a cada mercancía. Empero, el periodo de vida activa de la máquina está evidentemente determinado por la duración de la jornada de trabajo multiplicada por el número de jornadas durante las cuales presta servicio.

El desgaste material de las máquinas se presenta bajo un doble aspecto. Por una parte se desgastan por su empleo y por otra por su inacción, como una espada se toma de orín en la vaina. Tan solo por el uso se gastan útilmente, mientras que se desgastan en balde por la falta de uso, y por esto se procura aminorar el tiempo de inacción; si es posible, se la hace trabajar de día y de noche.

La máquina se halla además sujeta a lo que se podría llamar su desgaste moral. Aunque se encuentre en muy buen estado pierde de su valor por la construcción de máquinas perfeccionadas que vienen a hacerle concurrencia. El peligro de su desgaste moral es tanto menor cuanto más corto es su periodo de desgaste físico, y es evidente que una máquina se desgasta tanto más pronto cuanto más larga es la jornada de trabajo.

La prolongación de la jornada permite acrecentar la producción sin aumentar la parte de capital representada por los edificios y las máquinas; por consecuencia, aumenta la supervalía y disminuyen los gastos necesarios para obtenerla. Por otra parte, el desarrollo de la producción mecánica obliga a anticipar una parte cada vez mayor de capital en medios de trabajo, en máquinas, etc., y cada interrupción del tiempo de trabajo hace inútil, mientras dura, ese capital cada vez más considerable. La menor interrupción posible, una prolongación creciente de la jornada de trabajo es, pues, lo que desea el capitalista.

Hemos visto en el capítulo undécimo que la suma de supervalía está determinada por la magnitud del capital variable o, en otros términos, por el número de obreros empleados a la vez y por el tipo de la supervalía. Pero si la industria mecánica disminuye el tiempo de trabajo necesario para la reproducción del trabajo pagado y aumenta así el tipo de la supervalía, solo obtiene este resultado sustituyendo los obreros por máquinas, es decir, disminuyendo el número de obreros ocupados por un capital determinado; transforma en máquinas, en capital constante que no produce supervalía, una parte del capital que, gastada anteriormente en fuerzas de trabajo, la producía. El empleo de las máquinas con el objeto de aumentar la supervalía encierra, pues, una contradicción: por la disminución del tiempo de trabajo necesario aumenta el tipo de la supervalía; por la disminución del número de obreros para un capital dado, disminuye la suma de la supervalía. Esta contradicción conduce instintivamente al capitalista a prolongar la jornada de trabajo todo lo posible, a fin de compensar la disminución del número proporcional de los obreros explotados con el aumento de su sobretrabajo, con el grado de su explotación.

La máquina en manos del capital crea, por consecuencia, motivos nuevos y poderosos para prolongar desmesuradamente la jornada de trabajo. Alistando bajo las órdenes del capital elementos de la clase obrera, mujeres y niños, antes respetados, y dejando disponibles los obreros reemplazados por la máquina, produce una población obrera superabundante que se ve obligada a dejarse dictar la ley. De ahí el fenómeno económico de que la máquina, medio el más eficaz de aminorar el tiempo de trabajo, se convierta, merced a un giro extraño, en el medio más infalible de transformar la vida entera del trabajador y de su familia en tiempo consagrado a dar valor al capital.

El trabajo más intensificado.

La prolongación exagerada del trabajo cotidiano que lleva consigo la máquina en manos capitalistas y el menoscabo de la clase obrera, que es su consecuencia, acaban por producir una reacción de la sociedad, la cual, sintiéndose amenazada hasta en las raíces de su existencia, decreta límites legales a la jornada. Desde que la rebelión cada vez mayor de la clase obrera obligó al Estado a imponer una jornada normal, el capital procuró ganar por un aumento de la cantidad de trabajo gastada en el mismo tiempo lo que se le prohibía obtener por una multiplicación progresiva de las horas de trabajo.

Con la reducción legal de la jornada, el obrero se vio precisado a gastar, mediante un esfuerzo superior de su fuerza, más actividad en el mismo tiempo. Desde este momento se empieza a valuar la magnitud del trabajo de una manera doble, según su duración y según su grado de intensidad. ¿Cómo se obtiene en el mismo tiempo un gasto mayor de fuerza vital? ¿Cómo se hace más intenso el trabajo?

Este resultado de la reducción de la jornada dimana de una ley evidente, según la cual la capacidad de acción de toda fuerza animal es tanto mayor cuanto más corto es el tiempo durante el cual obra. En ciertos límites se gana en eficacia lo que se pierde en duración.

En el momento que la legislación aminora la jornada de trabajo, la máquina se convierte en las manos del capitalista en medio sistemático de arrancar en cada instante más labor. Pero para que el maquinismo ejerza esta presión superior sobre sus servidores humanos, es necesario perfeccionarle continuamente; cada perfeccionamiento del sistema mecánico se convierte en nuevo medio de explotación, a la vez que la reducción de la jornada obliga al capitalista a sacar de los medios de producción, tirantes hasta el extremo, el mayor efecto posible, si bien economizando gastos.

IV.  La fábrica.

Acabamos de estudiar el fundamento de la fábrica, el maquinismo, y la reacción inmediata de la industria mecánica sobre el trabajador; examinemos ahora la fábrica.

La fábrica moderna puede ser representada como un enorme autómata compuesto de numerosos órganos mecánicos e intelectuales —máquinas y obreros— que obran de concierto y sin interrupción para producir un mismo objeto, estando subordinados todos estos órganos a una potencia motriz que se mueve por sí misma.

La habilidad en el manejo de la herramienta pasa del obrero a la máquina; así, la gradación jerárquica de obreros dedicados a una especialidad, que caracteriza la división manufacturera del trabajo, es sustituida en la fábrica por la tendencia a hacer iguales los trabajos encomendados a los obreros auxiliares del maquinismo.

La distinción fundamental que se establece es la de trabajadores en las máquinas-utensilio (comprendiendo entre ellos a algunos obreros encargados de calentar la caldera de vapor) y peones, casi todos salidos apenas de la infancia, subordinados a los primeros. Al lado de estas categorías principales colócase un personal, insignificante por su número, de ingenieros, mecánicos, etc., que vigilan el mecanismo general y atienden a las reparaciones necesarias.

Todo niño aprende con gran facilidad a adaptar sus movimientos al movimiento continuo y uniforme del instrumento mecánico. Y teniendo en cuenta la facilidad y rapidez con que se aprende a trabajar en la máquina, queda suprimida la necesidad de convertir, como en la manufactura, cada género de trabajo en ocupación exclusiva. Si bien deben ser distribuidos los obreros entre las diversas máquinas, no es ya indispensable reducir a cada uno a la misma tarea. Como el movimiento de conjunto de la fábrica depende de la máquina y no del obrero, la variación continua del personal no produciría ninguna interrupción en la marcha del trabajo.

Aunque desde el punto de vista técnico el sistema mecánico da fin, por consecuencia, al antiguo sistema de división del trabajo, esta se mantiene, sin embargo, en la fábrica, primeramente como tradición legada por la manufactura, y además porque el capital se apodera de ella para conservarla y reproducirla de una manera aun más repulsiva, como medio sistemático de explotación. La especialidad que consistía en manejar durante toda la vida una herramienta propia de una operación parcial, se convierte en la especialidad de servir durante toda la vida a una máquina fraccionaria. Se abusa del mecanismo para transformar al obrero desde su más tierna infancia en parte de una máquina, la cual a su vez forma parte de otra; sujeto así a una operación simple, sin aprender ningún oficio, no sirve para nada si se le separa de esta operación, ya por ser despedido, ya por un nuevo descubrimiento; desde este momento queda consumada su dependencia absoluta de la fábrica, y, por lo tanto, del capital.

En la manufactura y en el oficio, el obrero se sirve de su utensilio; en la fábrica sirve a la máquina. En la manufactura, el movimiento del instrumento de trabajo parte de él; en la fábrica no hace más que seguir este movimiento. El medio de trabajo, transformado en autómata, se levanta ante el obrero, durante el curso del trabajo, en forma de capital, de trabajo muerto que domina y absorbe su fuerza viva.

Al mismo tiempo que el trabajo mecánico sobreexcita hasta el último grado el sistema nervioso, impide el ejercicio variado de los músculos y dificulta toda actividad libre del cuerpo y del espíritu. La facilidad misma del trabajo llega a ser un tormento en el sentido de que la máquina no libra al obrero del trabajo, pero quita a este todo interés. La grande industria acaba de realizar la separación que ya hemos indicado entre el trabajo manual y las potencias intelectuales de la producción, transformadas por ella en poderes del capital sobre el trabajo; hace de la ciencia una fuerza productiva independiente del trabajo, unida al sistema mecánico y que, como este, es propiedad del amo.

Todas las fuerzas de que dispone el capital aseguran el dominio de este amo, a los ojos del cual su monopolio sobre las máquinas se confunde con la existencia de las máquinas.

La subordinación del obrero a la regularidad invariable del maquinismo en movimiento, crea una disciplina de cuartel perfectamente organizada en el régimen de fábrica. En ella cesa de hecho y de derecho toda libertad. El obrero come, bebe y duerme con arreglo a un mandato. La despótica campana le obliga a interrumpir su descanso o sus comidas.

El fabricante es legislador absoluto; consigna en fórmulas a su antojo, en su reglamento de fábrica, su autoridad tiránica sobre su obreros. A los trabajadores que se quejan de la arbitrariedad extravagante del capitalista se les contesta: puesto que habéis aceptado voluntariamente ese contrato, debéis someteros a él. El látigo del mayoral de esclavos es sustituido por la libreta de castigos del contramaestre. Todos estos castigos quedan reducidos a multas y retenciones del salario, de suerte que el capitalista saca más provecho aún de la violación que del cumplimiento de sus leyes.

Y no hablemos de las condiciones materiales en que por cuestión de economía se realiza el trabajo de fábrica: elevación de la temperatura, atmósfera viciada y cargada del polvo de las primeras materias, insuficiencia de aire, ruido ensordecedor de las máquinas, sin contar los peligros que se corren entre un mecanismo terrible que os rodea por todas partes y que suministra periódicamente su contingente de mutilaciones y de asesinatos industriales.

V.  Lucha entre trabajador y máquina.

La lucha entre el capitalista y el asalariado data de los orígenes mismos del capital industrial y se recrudece durante el periodo manufacturero; pero el trabajador no ataca al medio de trabajo hasta que se introduce la máquina. Se revuelve contra esa forma particular del instrumento que se le presenta como su enemigo terrible.

Es necesario tiempo y experiencia antes de que los obreros, habiendo aprendido a distinguir entre la máquina y su empleo capitalista, dirijan sus ataques, no contra el medio material de producción, sino contra su modo social de explotación.

Sucede que, bajo la forma de máquina, el medio de trabajo se convierte en seguida en enemigo del trabajador, y este antagonismo se manifiesta sobre todo cuando máquinas nuevamente introducidas vienen a hacer la guerra a los procedimientos ordinarios del oficio y de la manufactura.

El sistema de la producción capitalista se funda, por regla general, en que el trabajador vende su fuerza como mercancía. La división del trabajo reduce esta fuerza a ser tan solo apta para manejar una herramienta de detalle; en el momento que esta herramienta es manejada por la máquina, el obrero pierde su utilidad, de la misma manera que una moneda desmonetizada no tiene curso. Cuando esa parte de la clase obrera que la máquina hace así inútil para las necesidades momentáneas de la explotación, no sucumbe, o vegeta en una miseria que la mantiene en reserva siempre a disposición del capital, o invade otras profesiones, en las cuales rebaja el valor de la fuerza de trabajo.

El antagonismo de la máquina y del obrero aparece con efectos semejantes en la gran industria misma cuando hay perfeccionamiento del maquinismo. El objeto constante de estos perfeccionamientos es disminuir el trabajo manual para el mismo capital, que además de que exige el empleo de menos obreros, sustituye cada vez más a los hábiles con los menos diestros, a los adultos con los niños, a los hombres con las mujeres; pero todos estos cambios ocasionan variaciones sensibles para el trabajador en el tipo del salario. Y la máquina no obra tan solo como un concurrente cuya fuerza superior está siempre a punto de hacer inútil el asalariado. El capital la emplea como potencia enemiga del obrero. Constituye el arma de guerra más eficaz para reprimir las huelgas, esas rebeliones periódicas del trabajo contra el despotismo del capital. En efecto, para vencer la resistencia de sus obreros en huelga, el capital ha sido conducido a algunas de las más importantes aplicaciones mecánicas, invenciones nuevas o perfeccionamientos del maquinismo existente.

VI.  Teoría de la compensación.

Algunos economistas burgueses sostienen que al hacer inútiles en un trabajo a obreros que estaban empleados en él, es decir, al despedirlos y al privarlos de su salario, la máquina deja disponible por este mismo hecho un capital destinado a emplearlos de nuevo en otra ocupación cualquiera; por consiguiente, dicen, hay compensación. A privar de víveres al obrero llaman estos señores dejar víveres disponibles para el obrero como nuevo medio de emplearlo en otra industria. Como se ve, todo depende de la manera de expresarse.

La verdad es que los obreros que la máquina hace inútiles son arrojados del taller en el mercado del trabajo, donde van a aumentar las fuerzas ya disponibles para la explotación capitalista. Rechazados de un género de industria, pueden seguramente buscar ocupación en otra; pero si la encuentran, si pueden de nuevo tener medios de consumir los víveres que por su privación de salario habían quedado disponibles, es decir, que no les estaba permitido comprar, es merced a un nuevo capital que se presenta en el mercado del trabajo y no merced al capital que ya funciona, el cual se ha transformado en máquinas. Y las probabilidades de encontrar ocupación son muy pequeñas, porque, fuera de su antigua ocupación, estos hombres deteriorados por la división del trabajo sirven para poco y solo son admitidos en empleos inferiores mal pagados y que por su misma sencillez son solicitados por muchos.

La máquina es inocente de las miserias a que da lugar; no es culpa suya si, en nuestro medio social, separa al obrero de sus medios de subsistencia. En todas partes donde se introduce hace el producto más barato y más abundante. Tanto después como antes de su introducción, la sociedad posee siempre por lo menos la misma cantidad de víveres para los trabajadores que tienen que cambiar de empleo, prescindiendo de la inmensa porción de su producto anual despilfarrada por los ociosos.

Si la máquina se convierte en instrumento para esclavizar al hombre; si, medio infalible para aminorar el trabajo cotidiano, lo prolonga; si, varita mágica para aumentar la riqueza del productor, lo empobrece, es por estar en manos capitalistas. Estas contradicciones y estos antagonismos inseparables del empleo de las máquinas en el medio burgués, provienen, no de la máquina, sino de su explotación capitalista.

Aunque suprime un número mayor o menor de obreros en los oficios y manufacturas donde se introduce, la máquina puede ocasionar, sin embargo, un aumento de empleos en otros ramos de producción.

Siendo mayor con las máquinas la cantidad de artículos fabricados, hacen falta más materias primeras, y, por consiguiente, es preciso que las industrias que suministran estas materias primeras aumenten la cantidad de sus productos. Verdad es que este aumento puede resultar de la elevación de la intensidad o de la duración del trabajo, y no exclusivamente de la del número de obreros.

Las máquinas dan origen a una especie de obreros consagrados exclusivamente a su construcción, y cuanto mayor es el número de máquinas, más numerosa es esta clase de obreros. A medida que las máquinas hacen así aumentar la masa de primeras materias, de instrumentos de trabajo, etc., las industrias que gastan estas primeras materias, etc., se dividen cada vez más en ramas diferentes y la división social del trabajo se desarrolla más poderosamente que bajo la acción de la manufactura propiamente dicha.

El sistema mecánico aumenta la supervalía. Este aumento de riqueza en la clase capitalista, acompañada, como va siempre, de una disminución relativa de los trabajadores empleados en la producción de las mercancías de primera necesidad, da origen, con las nuevas necesidades de lujo, a nuevos medios de satisfacerlas: la producción de lujo aumenta; y aumenta con ella, en una proporción cada vez mayor, la clase sirviente, compuesta de lacayos, cocheros, cocineras, niñeras, etc.

El aumento de los medios de trabajo y de subsistencia impulsa el desarrollo de las empresas de comunicación y de transporte; aparecen nuevas industrias y abren nuevas salidas al trabajo.

Pero todos estos aumentos de empleos no tienen nada de común con la llamada teoría de compensación.

VII.  Los obreros alternativamente rechazados de la fábrica y atraídos por ella.

Todo progreso del maquinismo disminuye el número de obreros necesarios y separa de la fábrica, por el momento, a una parte del personal. Pero cuando la explotación mecánica se introduce o se perfecciona en un ramo de la industria, los beneficios extraordinarios que no tarda en procurar a los que hacen la primera aplicación de ella, ocasionan muy pronto un periodo de actividad febril. Estos beneficios atraen al capital, que busca colocaciones privilegiadas; el nuevo procedimiento se generaliza; el establecimiento de nuevas fábricas y el engrandecimiento de las antiguas que de ello resulta hacen que aumente entonces el número total de obreros ocupados. El aumento de las fábricas, o, en otros términos, una modificación cuantitativa en la industria mecánica, atrae, pues, a los obreros, en tanto que el perfeccionamiento de la maquinaria, o, de otro modo, un cambio cualitativo, los separa.

Pero la elevación de la producción, consecuencia del mayor número de fábricas, va seguida de una superabundancia de productos en el mercado que a su vez produce un decaimiento, una paralización de la producción. La vida de la industria se convierte así en series de periodos de actividad media, de prosperidad, de exceso de producción y de inacción. Los obreros son alternativamente atraídos y rechazados, llevados de aquí para allá, y este movimiento va acompañado de cambios continuos en la edad, el sexo y la habilidad de los obreros empleados; la incertidumbre, las alzas y las bajas a que la explotación mecánica somete al trabajador, acaban por ser su estado normal.

VIII.  Supresión de la cooperación fundada en el oficio y en la división del trabajo.

La explotación mecánica suprime la cooperación basada en el oficio: por ejemplo, la máquina segadora reemplaza la cooperación de determinado número de segadores; suprime igualmente la manufactura basada en la división del trabajo manual, suministrando un ejemplo de ello la máquina de fabricar alfileres: una mujer basta para vigilar cuatro de estas máquinas, que producen mucho más que antes un número considerable de hombres por medio de la división del trabajo.

Cuando una máquina-utensilio sustituye a la cooperación o a la manufactura, puede a su vez llegar a ser la base de un nuevo oficio; empero esta organización del oficio de un artesano sobre la base de la máquina solo sirve de transición al régimen de la fábrica, que aparece ordinariamente desde el momento en que el agua o el vapor reemplazan a los músculos humanos como fuerza motriz. La pequeña industria puede, sin embargo, funcionar momentáneamente con un motor mecánico, alquilando el vapor o sirviéndose de pequeñas máquinas motrices particulares, como las máquinas de gas.

Reacción de la fábrica sobre la manufactura y el trabajo a domicilio.

A medida que se desarrolla la grande industria se ve transformarse el carácter de todos los ramos de la industria. Al introducirse en las antiguas manufacturas para una u otra operación, el maquinismo desconcierta su organización, debida a una división consagrada del trabajo, y trastorna por completo la composición de su personal obrero, fundando en lo sucesivo la división del trabajo en el empleo de las mujeres, de los niños, de los obreros poco hábiles, en una palabra, en el empleo del trabajo barato.

El maquinismo obra también de igual modo sobre la llamada industria domiciliaria; practíquese en la habitación misma del obrero o en pequeños talleres, solo es en lo sucesivo una dependencia de la fábrica, de la manufactura o del almacén de mercancías. La confección de los artículos de vestir, por ejemplo, es en gran parte ejecutada por esos trabajadores llamados domiciliarios, no como antes para consumidores individuales, sino para fabricantes, dueños de almacenes, etc., que les suministran los elementos de trabajo encargándoles obra. Así, pues, además de los obreros de fábrica, los obreros manufactureros y los artesanos a quienes concentra en grandes masas en vastos talleres, el capital posee un ejército industrial disperso en las grandes ciudades y en los campos.

La explotación de los trabajadores baratos se practica con más cinismo en la manufactura moderna que en la fabrica propiamente dicha, porque la sustitución de la fuerza muscular por máquinas, aplicada en esta última, falta en gran parte en la manufactura; esta explotación es aún más escandalosa en la industria domiciliaria que en la manufactura, porque el poder de resistencia de los trabajadores es menor por efecto de su dispersión; porque entre el empresario y el obrero se ingiere toda una cáfila de intermediarios, de parásitos voraces; porque el obrero es demasiado pobre para procurarse las condiciones de espacio, de aire, de luz, etc., más necesarias para su trabajo, y, por último, porque en ellos llega a su máximum la concurrencia entre trabajadores.

Estos antiguos sistemas de producción, modificados, desfigurados bajo la influencia de la gran industria, reproducen y aun exageran sus enormidades hasta el día en que se ven obligados a desaparecer.

Paso de la manufactura moderna y del trabajo domiciliario a la grande industria.

La disminución del precio de la fuerza de trabajo solo por el empleo abusivo de mujeres y niños, por la brutal privación de las condiciones normales de vida y de actividad, por el exceso de trabajo y el abuso del trabajo de noche, encuentra, por último, obstáculos físicos que los límites de las fuerzas humanas no permiten franquear. En ellos se detienen también, por consiguiente, la reducción del precio de las mercancías, obtenida por estos procedimientos, y la explotación capitalista fundada sobre ellos. Si bien es cierto que son necesarios algunos años para llegar a este punto, entonces es llegada la hora de la transformación del trabajo domiciliario y de la manufactura en fábrica.

La marcha de esta revolución industrial es más rápida por la regularización legal de la jornada, por la exclusión de los niños menores de cierta edad, etc., todo lo cual obliga al capitalista manufacturero a multiplicar el número de sus máquinas y a sustituir los músculos con el vapor como fuerza motora. En cuanto al trabajo domiciliario, su única arma en la guerra de concurrencia es la explotación ilimitada de las fuerzas de trabajo barato. Así, pues, está condenada a morir desde el momento en que la jornada esté limitada y restringido el trabajo de los niños.

IX.  Contradicción entre la naturaleza de la gran industria y su forma capitalista.

Mientras que el oficio y la manufactura son la base de la producción social, la subordinación del trabajador a una profesión exclusiva y el obstáculo que opone al desarrollo de sus aptitudes varias, se pueden considerar como necesidades de la producción. Los diferentes ramos industriales forman otras tantas profesiones cerradas para todo aquel que se halle impuesto en los secretos y la rutina del oficio.

La ciencia modernísima de la tecnología, creada por la gran industria, enseña hoy esos secretos, describe los diversos procedimientos industriales, los analiza, reduce su práctica a algunas formas fundamentales del movimiento mecánico y averigua los perfeccionamientos de que son susceptibles esos procedimientos. La industria moderna no considera y no trata nunca como definitivo el modo actual de un procedimiento.

En tanto que el mantenimiento de su modo consagrado de producción era la primera condición de existencia de todas las antiguas clases industriales, la burguesía, al modificar constantemente los instrumentos de trabajo, modifica por esta misma razón, de una manera continua, las relaciones de la producción y todas las relaciones sociales en su conjunto, que tiene por base la forma de la producción material. Por lo tanto, su base es revolucionaria, mientras que la de todos los sistemas pasados de producción era esencialmente conservadora.

Si la naturaleza misma de la gran industria necesita el cambio continuo en el trabajo, la transformación frecuente de las funciones y la movilidad del trabajador, por otra parte, en su forma capitalista, reproduce la antigua división del trabajo todavía más odiosamente; si el obrero estaba encadenado durante su vida a una operación de detalle, hace de él el accesorio de una máquina parcial. Sabemos que esta contradicción absoluta entre las necesidades técnicas de la gran industria y los caracteres sociales que reviste bajo el régimen capitalista, acaba por destruir todas las garantías de vida del trabajador, siempre amenazado, según hemos visto en el apartado cuarto del presente capítulo, de verse privado, a la vez que del medio de trabajo, de los medios de subsistencia y de quedar inútil por la supresión de su función particular; este antagonismo da origen, como hemos visto también en el apartado quinto, a la monstruosidad de un ejército industrial de reserva que por la miseria está a disposición de la demanda capitalista; conduce a las sangrías periódicas de la clase obrera, al despilfarro más desenfrenado de las fuerzas de trabajo, a los estragos de la anarquía social, que hace de cada progreso industrial una calamidad pública para la clase obrera.

La fábrica y la instrucción.

A pesar de los obstáculos que encuentra la variación en el trabajo bajo el régimen capitalista, las catástrofes mismas que la gran industria ocasiona imponen la necesidad de reconocer el trabajo variado y, por consiguiente, el mayor desarrollo posible de las diversas aptitudes del trabajador como una ley de la producción moderna, siendo necesario a toda costa que las circunstancias se adapten al ejercicio normal de esta ley: es esta una cuestión de importancia vital. En efecto, la grande industria obliga a la sociedad, bajo pena de muerte, a reemplazar el individuo fraccionado, sobre el cual pesa una función productiva de detalle, por el individuo completo, que sabe hacer frente a las exigencias más diversas del trabajo y que en funciones alternativas no hace más que dar libre curso a sus diferentes capacidades naturales o adquiridas.

La burguesía, que al crear para sus hijos las escuelas especiales obedecía tan solo a las tendencias íntimas de la producción moderna, ha concedido únicamente a los proletarios una sombra de enseñanza profesional. Pero si la legislación se ha visto en la necesidad de combinar la instrucción elemental, siquiera sea mezquina, con el trabajo industrial, la inevitable conquista del Poder político por la clase obrera introducirá en las escuelas públicas la enseñanza de la tecnología práctica y teórica. En la educación del porvenir el trabajo manual productivo irá unido a la instrucción y a la gimnasia para todos los jóvenes de uno y otro sexo que pasen de cierta edad y a los ejercicios militares para los varones; este es el único método para formar seres humanos completos.

Evidentemente, el desarrollo de los elementos nuevos, que llegará por último a suprimir la antigua división del trabajo en la cual cada obrero está consagrado a una operación parcial, se halla en flagrante contradicción con el sistema industrial capitalista y con el medio económico en que coloca al obrero, pero el único camino por el que un sistema de producción y la organización social correspondiente marchan a su ruina y renovación, es el desenvolvimiento histórico de sus contradicciones y antagonismos.

¡Zapatero, a tus zapatos! Esta frase, última expresión de la sensatez durante el periodo del oficio y de la manufactura, pasa a ser una locura el día en que el relojero Watt inventa la máquina de vapor, el barbero Arkwright el telar continuo y el platero Fulton el barco de vapor.

La fábrica y la familia.

Ante la vergonzosa explotación del trabajo de los niños, los legisladores se han visto en la necesidad de intervenir poniendo coto no solamente a los derechos señoriales del capital, sino también a la autoridad de los padres; aunque afecto al capital, viendo la torpe crueldad de estos, el legislador ha tenido precisión de preservar a las generaciones venideras de una decadencia prematura; los representantes de las clases que dominan han tenido necesidad de dictar medidas contra los excesos de la explotación capitalista; ¿hay algo que pueda caracterizar mejor este sistema de producción como la necesidad de esas medidas?

No es el abuso de la autoridad paterna el que ha creado la explotación de la niñez, antes al contrario, la explotación capitalista es la que ha hecho que esa autoridad degenere en abuso; la intervención de la ley es la confesión oficial de que la grande industria ha hecho una fatalidad económica de la explotación de mujeres y niños por el capital, que, al descomponer el hogar doméstico, ha destruido la familia obrera de otras épocas; es la confesión de que la gran industria ha convertido la autoridad paterna en dependencia del mecanismo social, destinada a hacer suministrar directa o indirectamente niños al capitalista por el proletario, que bajo pena de muerte tiene que desempeñar su papel de abastecedor y de mercader de esclavos. Así, pues, la legislación solo atiende a impedir los excesos de este sistema de esclavitud. Por terrible y desagradable que parezca en el medio actual la disolución de los antiguos lazos de la familia, la grande industria, por la decisiva importancia que concede a las mujeres y a los niños fuera del círculo doméstico en la producción socialmente organizada, no deja por eso de crear la nueva base económica sobre la cual se ha de constituir una forma superior de familia y de relaciones entre los sexos. Tan absurdo es considerar como absoluta y definitiva la actual constitución de la familia como sus constituciones oriental, griega y romana. La misma composición del trabajador colectivo por individuos de los dos sexos y de todas edades, fuente de corrupción y de esclavitud bajo la dominación capitalista, contiene los gérmenes de una próxima evolución social. En la Historia, como en la Naturaleza, la putrefacción es el laboratorio de la vida.

Consecuencias revolucionarias de la legislación de fábrica.

Si bien imponen a cada establecimiento industrial, considerado aisladamente, la uniformidad y la regularidad, las leyes sobre la limitación de la jornada de trabajo, que han llegado a ser indispensables para proteger física y moralmente a la clase obrera, multiplican la anarquía y las crisis de la producción social por el enérgico impulso que dan al desarrollo mecánico; exageran la intensidad del trabajo y aumentan la competencia entre el obrero y la máquina; apresuran la transformación del trabajo aislado en trabajo organizado en grande y la concentración de capitales.

Al destruir la pequeña industria y el trabajo domiciliario suprime el último refugio de una masa de trabajadores, a quienes priva de sus medios de subsistencia, y que quedan por este motivo a disposición del capital para el día en que a este le convenga admitirlos a trabajar; suprime, por lo tanto, la válvula de seguridad de todo el mecanismo social. Generaliza al mismo tiempo la lucha directa entablada contra la dominación del capital, y desarrolla, a la vez que los elementos de formación de una nueva sociedad, las fuerzas destructoras de la antigua.

X.  Gran industria y agricultura.

Si el empleo de las máquinas en la agricultura se halla en gran parte exento de los inconvenientes y peligros físicos a que expone al obrero de fábrica, su tendencia a suprimir, a quitar de su puesto al trabajador, se realiza en ella con mayor fuerza.

La gran industria obra en el dominio de la agricultura más revolucionariamente que en ningún otro punto, porque hace que desaparezca el labrador, baluarte de la sociedad antigua, y le sustituye con el asalariado. Las necesidades de transformación social y la lucha de clases quedan así reducidas en los campos al mismo nivel que en las ciudades.

En la agricultura como en la manufactura, la transformación capitalista de la producción parece ser tan solo el suplicio del trabajador, el medio de trabajo un medio de subyugar, de explotar y empobrecer al trabajador, y la combinación social del trabajo la opresión combinada de su independencia individual. Pero la disgregación de los trabajadores agrícolas en vastos espacios quebranta su fuerza de resistencia, mientras que la concentración aumenta la de los obreros de las ciudades.

En la agricultura moderna, de igual modo que en la industria de las ciudades, el aumento de productividad y el rendimiento superior del trabajo se obtienen a costa de la destrucción de la fuerza de trabajo. Además, cada progreso de la agricultura capitalista es un adelanto, no solamente en el arte de explotar al trabajador, sino también en el de agotar el suelo; cada progreso en el arte de hacerlo más fértil por un tiempo dado, un adelanto en la ruina de sus principios de fertilidad.

La producción capitalista solo desarrolla el sistema de producción social agotando a la vez las dos fuentes de toda riqueza: la tierra y el trabajador.