SECCIÓN QUINTA
Nuevas consideraciones acerca de la producción de la supervalía.
SUPERVALÍA ABSOLUTA Y SUPERVALÍA RELATIVA
Lo que caracteriza al trabajo productivo. — La productividad del trabajo y la supervalía.
Lo que caracteriza al trabajo productivo.
Hemos visto en el capítulo séptimo que si se considera el acto de trabajo desde el punto de vista de su resultado, que es el producto, medio y objeto de trabajo se presentan al mismo tiempo como medios de producción, y el trabajo mismo como trabajo productivo. Al adaptar un objeto exterior a sus necesidades, el hombre crea un producto, hace un trabajo productivo; mas, durante esta operación, el trabajo manual y el trabajo intelectual están unidos por lazos indisolubles, del mismo modo que el brazo y la cabeza no obran el uno sin la otra.
Sin embargo, desde que el producto individual se ha transformado en producto social, en producto de un trabajador colectivo cuyos diferentes miembros toman parte en variadas operaciones para la confección del producto, si esta determinación del trabajo productivo, derivada de la naturaleza misma de la producción material, es verdadera en lo que se refiere al trabajador colectivo considerado como una sola persona, no es aplicable a cada uno de sus miembros individualmente.
Para efectuar un trabajo productivo no es necesario que se ejecute un trabajo manual, basta con ser un órgano del trabajador colectivo o desempeñar una función cualquiera de él. Pero no es esto lo que caracteriza de una manera especial al trabajo productivo en el sistema capitalista.
En este, el objeto de la producción es la supervalía, y no se reputa como trabajo productivo sino el del trabajador que produce supervalía al capitalista o cuyo trabajo fecunda el capital. Por ejemplo, un profesor en una escuela es un trabajador productivo, no porque forma útilmente el ánimo de sus alumnos, sino porque haciendo esto produce dinero a su patrono. El que este haya colocado su capital en una fábrica de lecciones, como hubiera podido colocarlo en una fábrica de embutidos, importa poco para la cuestión de negocio; es preciso ante todo que el capital produzca.
Para en adelante, la idea de trabajo productivo no indica ya simplemente una relación entre actividad y resultado útil, sino ante todo una relación social que convierte al trabajo en instrumento inmediato para hacer producir valor al capital. También la Economía política clásica ha sostenido siempre que lo que caracterizaba al trabajo productivo era el crear supervalía.
La productividad del trabajo y la supervalía.
La producción de la supervalía absoluta consiste, según hemos visto en el capítulo duodécimo, en la prolongación de la jornada de trabajo más allá del tiempo necesario al obrero para producir un equivalente de su subsistencia, y en la asignación de este trabajo al capitalista. A fin de aumentar ese sobretrabajo, se acorta el tiempo de trabajo necesario, haciendo producir el equivalente del salario en menos tiempo, y la supervalía así realizada es la supervalía relativa.
La producción de la supervalía absoluta solo afecta a la duración del trabajo, mas la producción de la supervalía relativa transforma completamente sus procedimientos técnicos y sus combinaciones sociales. La supervalía se desarrolla, pues, juntamente con el sistema de producción capitalista propiamente dicho. Una vez establecido y generalizado este, la diferencia entre supervalía relativa y supervalía absoluta se echa de ver cuando se trata de elevar el tipo de la supervalía.
Si se supone pagada la fuerza de trabajo en su justo valor, dados los límites de la jornada de trabajo, el tipo de la supervalía no puede elevarse sino aumentando la intensidad o la productividad del trabajo. Por el contrario, permaneciendo las mismas la intensidad y la productividad del trabajo, el tipo de la supervalía no puede elevarse sino merced a una prolongación de la jornada.
No obstante, cualquiera que sea la duración de la jornada, el trabajo no creará supervalía si no posee el mínimum de productividad que pone al obrero en condiciones de producir, tan solo en una parte de la jornada, el equivalente de su propia subsistencia.
Supongamos que el trabajo necesario para el sustento del productor y de su familia absorbe todo su tiempo disponible: ¿cómo encontraría medio de trabajar gratuitamente para otro? Sin un cierto grado de productividad del trabajo, no hay tiempo disponible; sin este exceso de tiempo, no hay sobretrabajo, y, por consiguiente, no hay supervalía, ni producto neto, pero tampoco hay capitalistas, ni esclavistas, ni señores feudales; en una palabra, no hay clase propietaria.
Se ha tratado de explicar este grado de productividad necesaria, como una cualidad natural del trabajo; pero esta sería una productividad precoz con que la Naturaleza hubiera dotado al hombre al colocarlo en el mundo.
Por el contrario, las facultades del hombre primitivo no se forman sino lentamente, bajo la presión de sus necesidades físicas. Cuando, merced a rudos esfuerzos, los hombres consiguen elevarse sobre su primer estado animal, y cuando ya, por consiguiente, su trabajo está en cierto modo socializado, entonces, y solamente entonces, se producen condiciones tales que el sobretrabajo de uno puede llegar a ser origen de vida para otro que se descarga sobre él del peso del trabajo, lo cual jamás se efectúa sin el auxilio de la fuerza, que somete el uno al otro. La productividad del trabajo es el resultado de un largo desenvolvimiento histórico.
Excepción hecha del modo social de producción, la productividad del trabajo depende de las condiciones naturales en que se efectúa el trabajo. Todas estas condiciones pueden referirse al hombre mismo, a su raza, o a la Naturaleza que le rodea. Las condiciones naturales exteriores se descomponen, desde el punto de vista económico, en dos grandes clases: riqueza natural en medios de subsistencia, es decir, fertilidad del suelo, pesca abundante, etc., y riqueza natural en medios de trabajo, tales como saltos de agua, ríos navegables, maderas, metales, carbón, etc. En los orígenes de la civilización, la primera de las dos clases la simboliza; en una sociedad más adelantada, la civilización está representada por la segunda.
La ventaja de las circunstancias naturales proporciona, si se quiere, la posibilidad, pero nunca la realidad del sobretrabajo, ni, por consiguiente, del producto neto o de la supervalía. Según sea el clima más o menos dulce, el suelo más o menos fértil, etc., el número de las primeras necesidades (alimento, vestido) y los esfuerzos que su satisfacción exige, serán mayores o menores; de suerte que, en circunstancias por otra parte semejantes, el tiempo de trabajo necesario variará de un país a otro; pero el sobretrabajo no puede comenzar sino allí donde acaba el trabajo necesario. Las influencias físicas que determinan la extensión relativa de este último imponen, pues, un límite natural al sobretrabajo; este límite natural retrocede a medida que la industria adelanta y, al paso que ella, los medios de producción.
En nuestra sociedad, en la que el trabajador solo obtiene el permiso de trabajar para atender a su subsistencia a condición de producir supervalía, se cree generalmente que es una cualidad del trabajo humano el crear supervalía. Fijémonos, por ejemplo, en el habitante de las islas orientales del archipiélago asiático donde la palmera sagú crece en los bosques. Del interior de cada árbol se sacan, por término medio, de trescientas a cuatrocientas libras de harina comestible. Allí se va al bosque y se extrae el pan como entre nosotros se va a cortar la leña. Supongamos que un habitante de esas islas emplee una jornada de trabajo a fin de procurarse lo necesario para la satisfacción de sus necesidades durante una semana; se ve, pues, que la Naturaleza lo ha otorgado un favor, es decir, mucho descanso, y solo obligado por la fuerza emplearía ese tiempo de ocio en trabajar para otro, en sobretrabajo.
Si la producción capitalista se introdujese en su isla, el buen insular debería trabajar tal vez seis días por semana para poder consagrar a su subsistencia el producto de una jornada de trabajo. La concesión de la Naturaleza no explicaría por qué trabajaba ahora seis días por semana en lugar de uno que antes bastaba para su subsistencia, en otros términos, por qué creaba supervalía. Únicamente explicaría por qué el sobretrabajo puede ser de cinco días y el trabajo necesario de uno solamente. En resumen, la productividad explica el grado alcanzado por la supervalía, pero nunca es causa de ella; la causa de la supervalía es siempre el sobretrabajo, cualquiera que sea el modo de arrancarlo.