—Vinieron para llevarse el tesoro hace muchos años. Yo les hablé en medio de la obscuridad, y se quedaron quietos para siempre.

—Pero ¿para qué necesito yo eso que se llama tesoro? Si me quieres dar el ankus para llevármelo, ya habré cazado todo lo que deseo. Si no, me es igual. Yo no me bato con los del Pueblo Venenoso, y, además, ya me enseñaron la palabra mágica para los de tu tribu.

—¡Aquí no hay más palabra mágica que una, y ésta es la mía!

Lanzóse Kaa hacia adelante con los ojos echando llamas.

—¿Quién me invitó á traer al Hombre á este sitio? dijo silbando.

—Yo, no hay duda, balbuceó la vieja cobra. Hace mucho tiempo que no he visto al hombre, y, además, éste conoce nuestro lenguaje.

—Pero no se habló de matar. ¿Cómo puedo yo ahora volver á la Selva diciendo que le he traído aquí á morir? dijo Kaa.

—Yo no hablo de matar hasta que llega la hora. Y respecto á irte ó no irte tú, ahí está el agujero en la pared. Déjame, pues, en paz, matadora de monos. No tengo que hacer más que tocarte en el cuello, y la Selva no volverá ya á tener noticias tuyas. Jamás entró aquí hombre alguno que volviera á salir con vida. Yo soy la Guardiana del tesoro perteneciente á la ciudad del Rey.

—Pero si te digo, gusano blanco de esas tinieblas, que no hay ya Rey ni ciudad. ¡La Selva es la que reina en torno nuestro!

—Aún existe el tesoro. Mas verás lo que podemos hacer: espera un poco, Kaa de las Peñas, y mira cómo corre el muchacho. Hay aquí sitio suficiente para entregarnos á ese juego. La vida es algo bueno. ¡Corre de un lado á otro, y juguemos, muchacho!

Mowgli colocó, calmosamente, la mano sobre la cabeza de Kaa.

—Esa cosa blanca no ha tratado hasta ahora más que con hombres de los que forman parte de la manada humana. Á mí no me conoce, murmuró. Ella misma ha pedido esa clase de caza; otorguémosela, pues.

Había estado Mowgli, todo ese tiempo, de pie, sosteniendo el ankus con la punta hacia abajo. Arrojólo lejos de sí, con gran rapidez, y fué aquél á caer de lado, precisamente detrás de la capucha de la gran serpiente, clavando á ésta en el suelo. Como una exhalación lanzó Kaa todo su peso sobre aquel cuerpo que se retorcía, inmovilizándolo hasta la cola. Los colorados ojos parecían de fuego, y las seis pulgadas de la cabeza que quedaban libres golpeaban furiosamente á derecha é izquierda.

—¡Mata! dijo Kaa en el instante en que Mowgli echaba mano al cuchillo.

—No, contestó él, al sacarlo, nunca más mataré como no sea para procurarme comida. Pero ¡mira Kaa!

Cogió á la serpiente por detrás de la capucha, le abrió violentamente la boca con la hoja de acero, y mostró los terribles colmillos venenosos de la mandíbula superior, ya negros y consumidos en la encía. La cobra blanca había sobrevivido á su veneno, como les ocurre á las serpientes.

Thuu (está seco)[28] dijo Mowgli; y, haciendo seña á Kaa para que se alejara, cogió el ankus, dejando á la cobra en libertad.

—El tesoro del Rey necesita un nuevo guardián, dijo con gravedad. Thuu, has hecho mal. ¡Corre de un lado á otro y juguemos, Thuu!

—¡Qué vergüenza para mí! ¡Mátame! silbó la cobra blanca.

—Demasiado hemos hablado ya aquí de matar. Ahora nos iremos. Me llevo esa cosa de punta de espina, Thuu, porque con ella he peleado y te he vencido.

—Cuida, pues, de que esa cosa no te mate, al fin, á tí. ¡Es la muerte! ¡Acuérdate de lo que te digo: es la muerte! Hay en ella lo suficiente para quitar la vida á todos los hombres de mi ciudad. No estará mucho tiempo en tu poder, hombre de la selva, ni tampoco en el del que de tí lo tome. ¡Por ello se matarán sin cesar unos á otros! Mi fuerza se ha consumido; pero el ankus continuará mi tarea. ¡Es la muerte!... ¡La muerte!... ¡La muerte!

Arrastróse Mowgli por el agujero hasta llegar de nuevo al pasadizo, y lo último que desde allí vió fué cómo la cobra blanca golpeaba furiosamente con sus inofensivos colmillos las estúpidas caras doradas de los dioses tendidos en el suelo, silbando al propio tiempo: «¡es la muerte!»

Alegráronse de ver una vez más la claridad del día, y, cuando se hallaron de vuelta en la propia Selva y Mowgli hizo brillar el ankus con los reflejos de la luz matinal, estuvo casi tan contento como si hubiera hallado un ramo de flores nuevas que prenderse en el cabello.

—Esto brilla aun más que los ojos de Bagheera, dijo, con verdadero júbilo, al dar vueltas rápidamente al rubí. Se lo enseñaré; pero ¿qué es lo que quiso decir la Thuu cuando habló de la muerte?

—Lo ignoro. Lo que siento con todo mi cuerpo, desde la cabeza hasta la punta de la cola, es que no le hicieras probar tu cuchillo. Siempre hay algo malo en las Moradas Frías... sobre el suelo ó por debajo de él. Pero, tengo ahora hambre. ¿Cazas conmigo esta mañana? dijo Kaa.

—No: Bagheera ha de ver esto. ¡Buena suerte!

Marchóse Mowgli bailando, blandiendo el gran ankus y parándose, de cuando en cuando, para admirarlo, hasta que llegó á aquella parte de la Selva donde solía estar con preferencia Bagheera, y la halló bebiendo, después de haber cazado, no sin cierta fatiga. Contóle Mowgli todas sus aventuras, desde el principio hasta al fin, y, de cuando en cuando, olfateaba Bagheera el ankus. Al llegar Mowgli á las últimas palabras de la cobra blanca la pantera lanzó un susurro especial de aprobación.

—¿Entonces, la cobra blanca dijo lo que realmente es? preguntó, en seguida, Mowgli.

—Nací en las jaulas del Rey de Oodeypore, y tengo la seguridad de conocer un poco á los hombres. Muchísimos de ellos darían muerte á tres de sus semejantes en una sola noche nada más que por tener esa gran piedra roja.

—Pero esa piedra no hace otra cosa que añadir peso. Mi brillante cuchillo, aunque pequeño, es mejor; y además... ¡mira! la piedra roja no sirve para comer. Por lo tanto ¿para qué esas muertes que dices?

—Mowgli, vete á dormir. Has vivido entre los hombres, y...

—Ya me acuerdo. Los hombres matan cuando no van de caza... matan por ociosidad y por gusto. Despiértate, Bagheera. ¿Á qué uso destinaron esa cosa con punta de espina, cuando la hicieron?

Abrió á medias los ojos Bagheera (que tenía mucho sueño) y guiñó maliciosamente.

—La hicieron los hombres para meterla en la cabeza de los hijos de Hathi, de modo que la sangre corriera. Yo he visto una semejante en la calle de Oodeypore, delante de nuestras jaulas. Cosa es ésta que ha probado la sangre de muchos como Hathi.

—Pero ¿por qué se la meten en la cabeza á los elefantes?

—Para enseñarles la Ley del Hombre. Como no tienen garras ni dientes, los hombres fabrican esas cosas... y aun otras peores.

—Siempre sangre y más sangre, aun en aquello que hizo la manada humana, dijo Mowgli con ademán de asco, y comenzando ya á sentirse algo cansado de sostener el peso del ankus.

—Si hubiera sabido eso no me lo llevo. Primero, sangre de Messua sobre sus ataduras, y ahora sangre de Hathi. No quiero usarlo más. ¡Mira!

Voló el ankus por los aires, lanzando chispas de luz, y se clavó de punta á más de veinticinco metros de distancia, entre los troncos de los árboles.

—Así quedan mis manos limpias de toda muerte, dijo Mowgli, frotando las palmas de aquéllas contra la fresca, húmeda tierra. Dijo la Thuu que la Muerte seguiría mis pasos. Es vieja, y blanca, y está loca.

—Sea blanca ó negra, trátese de muerte ó de vida, lo que es yo me voy á dormir, Hermanito. No puedo estar cazando toda la noche y aullando todo el día, como hacen algunos.

Marchóse Bagheera á un cubil que conocía, y usaba al ir de caza, á media legua de distancia. Mowgli encaramóse á un árbol que le pareció apropiado, anudó allí tres ó cuatro enredaderas, y, en menos tiempo del que se emplea en decirlo, se balanceaba ya en una hamaca, á quince metros sobre el nivel del suelo. Aunque no le molestara realmente la fuerte luz del día, Mowgli, siguiendo en esto la costumbre de sus amigos, la usaba tan poco como le era posible. Al despertarse entre el coro de chillonas voces de los habitantes de los árboles, era ya otra vez la hora del crepúsculo, y recordó haber soñado en las hermosas piedrecillas que acababa de tirar.

—Cuando menos, volveré á contemplar aquello una vez más, dijo, y se deslizó por una enredadera hasta tocar el suelo.

Ante él estaba Bagheera. Mowgli podía oirla olfatear en medio de la relativa obscuridad que reinaba.

—¿Dónde está aquello que tiene punta de espina? gritó Mowgli.

—Se lo ha llevado un hombre. Ahí está el rastro.

—Ahora veremos si la Thuu dijo la verdad. Si esa cosa puntiaguda es la Muerte, ese hombre morirá. Sigámosle.

—Mata primero, contestó Bagheera. Con el estómago vacío no se tiene muy buen ojo. Andan los hombres muy despacio, y la Selva está suficientemente húmeda para conservar hasta la más ligera señal del que haya pasado.

Mataron lo más pronto que les fué posible; pero casi tres horas habían transcurrido cuando hubieron terminado la comida, bebido y preparádose á seguir la pista. El Pueblo de la Selva sabe que no hay nada que compense el daño causado por la precipitación en las comidas.

—¿Crees tú que aquella cosa puntiaguda se volverá en las mismas manos del hombre contra él y lo matará? preguntó Mowgli. La Thuu dijo que era la Muerte.

—Ya lo veremos al llegar, contestó Bagheera, siguiendo al trote con la cabeza baja. No hay más que un pie (quería decir que no había más que un solo hombre) y el peso de esa cosa le ha hecho apretar el talón profundamente en el suelo.

—Efectivamente: esto es claro como un relámpago de verano, contestó Mowgli.

Y ambos tomaron el cortado y rápido trote con que se sigue un rastro, metiéndose ya dentro de los trozos de tierra iluminados por la luna, ya saliendo fuera, siempre tras las huellas de aquellos dos pies desnudos.

—Ahora corre muy aprisa, dijo Mowgli. Las señales de los dedos están muy separadas.

Siguieron por una tierra húmeda.

—Y ahora ¿por qué tuerce hacia á un lado?

—¡Espera! dijo Bagheera, y lanzóse hacia delante de un salto magnífico, que procuró fuera lo más largo posible.

Lo primero que hay que hacer cuando una pista deja de ser clara y explicable es ir hacia delante, sin dejar en el suelo las propias huellas, que acabarían de confundir. Volvióse Bagheera en cuanto tocó á tierra, y dirigiéndose al muchacho gritó:

—Ahí viene otro rastro á encontrarse con el primero. Es de un pie más pequeño, y las marcas de los dedos están vueltas hacia dentro.

Corrió, entonces, Mowgli y miró á su vez.

—Es el pie de un cazador gondo, dijo. ¡Mira! Aquí ha arrastrado el arco por encima de la yerba. Por esto el primer rastro torcía hacia un lado tan rápidamente. Pie grande quería esconderse, viéndose perseguido por Pie pequeño.

—Es verdad, dijo Bagheera. Ahora, para que no ocurra que cruzando el rastro del uno con el del otro embrollemos las señales, vamos á seguir cada uno el suyo. Yo soy Pie grande, Hermanito, y tú eres Pie pequeño, el gondo.

Saltó Bagheera hacia atrás, volviendo á tomar el primer rastro, y dejando á Mowgli agachado curiosamente sobre las estrechas huellas del salvaje habitante de los bosques.

—Ahora, dijo Bagheera, siguiendo paso á paso la hilera de huellas, yo, Pie grande, tuerzo aquí hacia un lado. Ahora me escondo detrás de una roca y me estoy quieto, sin atreverme á levantar ni un pie. Dí tú cómo es tu rastro, Hermanito.

Ahora yo, Pie pequeño, llego á la roca, dijo, á su vez, Mowgli, siguiendo la pista. Ahora me siento debajo de ella, apoyándome sobre la mano derecha y descansando el arco entre los dedos de los pies. Espero largo rato, porque mis huellas son aquí profundas.

—Lo propio me ocurre á mí, observó Bagheera, que estoy escondido detrás de la roca. Espero, descansando sobre ella el extremo del objeto que llevo, y que tiene punta de espina. Resbala, porque aquí hay una raya sobre la piedra. Dí tú ahora tu pista, Hermanito.

—Una... dos ramillas... y una rama grande... se ven aquí rotas, fué diciendo Mowgli en voz baja. ¿Y cómo explicaré ahora esto? ¡Ah! Ya lo veo claro. Yo, Pie pequeño, me voy, haciendo ruido y pisando fuerte, á fin de que Pie grande pueda oirme.

Apartóse, entonces, de la roca, paso á paso, por entre los árboles, elevando la voz, desde lejos, al irse acercando á una cascada pequeña, y diciendo:

—Yo... me voy... muy lejos... al sitio... donde... el... ruido... del agua... que cae... apaga... mi propio... ruido... y... aquí... espero. ¡Dí tú ahora tu pista, Bagheera, Pie grande!

La pantera había estado saltando en todas direcciones para ver cómo el rastro de Pie grande se apartaba de la roca. Al fin gritó:

—Salgo de detrás de la roca, caminando á gatas y arrastrando el objeto que tiene punta de espina, y no viendo á nadie echo á correr. Yo, Pie grande corro velozmente. El rastro está aquí claro. Sigamos cada uno el suyo. ¡Yo voy corriendo!

Hizo Bagheera lo que decía, siguiendo el rastro claramente marcado, y, entre tanto, Mowgli siguió los pasos del gondo. Reinó por algún tiempo el silencio en la Selva.

—¿Dónde estás, Pie pequeño? gritó Bagheera. La voz de Mowgli le contestó á unos cuarenta metros de distancia hacia la derecha.

—¡Je! exclamó la pantera tosiendo con una tos profunda. Ambos corren, uno al lado de otro, y acercándose.

Continuó la carrera durante un rato, conservándose los dos casi á la misma distancia, hasta que Mowgli, que no tenía la cabeza tan cerca del suelo como Bagheera, gritó:

—Ya se han encontrado. ¡Buena ha sido la caza!... ¡Mira! Aquí se paró Pie pequeño, con la rodilla puesta sobre una roca... y más allá está, realmente, Pie grande.

Frente á ellos, á menos de nueve metros, tendido sobre un montón de rocas desmenuzadas, veíase el cuerpo de un aldeano de la comarca, atravesados espalda y pecho por un largo dardo de plumas muy cortas, como los que usan los gondos.

—¿Merecía la Thuu que se la calificara de vieja y de loca, Hermanito? dijo Bagheera muy suavemente. Cuando menos ya hemos encontrado un muerto.

—Sigue hacia adelante. Pero ¿dónde está lo que bebe la sangre de los elefantes... la espina que tiene un ojo colorado?

Pie pequeño la tiene... tal vez. De nuevo, no se ve ya más que un solo pie.

El rastro único de un hombre muy ligero, que había estado corriendo con gran velocidad, llevando un peso sobre el hombro izquierdo, continuaba alrededor de una larga y baja tira de yerba seca, que ofrecía la forma de una espuela, y en la cual cada pisada parecía, á los penetrantes ojos de los que iban siguiendo la pista, como impresa con un hierro candente.

Ni uno ni otro dijo una palabra más, hasta que el rastro les llevó á un sitio donde se veían las cenizas de una hoguera, ocultas en el fondo de un barranco.

—¡Otra vez! exclamó Bagheera parándose, de pronto, como petrificada.

El cuerpo de un gondo, pequeño y apergaminado, yacía allí, puestos los pies sobre las cenizas, y, al verlo, levantó Bagheera los ojos hacia Mowgli como interrogándole.

—La muerte ha sido causada con un bambú, dijo el muchacho después de lanzar una ojeada. Yo lo usé también para ir con los búfalos, cuando servía en la manada de los hombres. La Madre de las cobras (y ahora siento haberme burlado de ella) conocía á fondo la raza, como debía haberla conocido yo. ¿No dije yo mismo que los hombres mataban por culpa de la ociosidad?

—La verdad es que han matado, en este caso, por culpa de las piedras rojas y azules, contestó Bagheera. Acuérdate de que yo estuve en las jaulas del Rey, en Oodeypore.

—Uno, dos, tres, cuatro rastros diferentes, dijo Mowgli, agachándose sobre las cenizas. Cuatro rastros de hombres con los pies calzados. No van éstos tan aprisa como los gondos. Pero ¿qué daño les había hecho ese hombrecillo de las selvas? Mira: los cinco habían estado juntos, hablando, antes de que lo mataran. Volvámonos, Bagheera. Tengo lleno el estómago, y, sin embargo, lo siento moverse, subiendo y bajando como el nido de una oropéndola en la punta de una rama.

—No es cazar bien el dejar de pie una pieza. ¡Sigue! exclamó la pantera. No han ido muy lejos esos ocho pies calzados.

Nada más hablaron por espacio de una hora, mientras iban siguiendo el ancho rastro dejado por los cuatro hombres.

La luz del día era ya clara y el sol calentaba, cuando Bagheera dijo:

—Siento olor de humo.

—Siempre están los hombres más dispuestos á comer que á correr, contestó Mowgli, describiendo curvas por entre los arbustos bajos de la nueva selva que exploraban. Bagheera, algo hacia la izquierda del muchacho, producía un ruido gutural indescriptible.

—Aquí hay uno que no comerá ya más, dijo aquel.

Bajo un arbusto veíase un montón de ropas de vivos colores, y alrededor alguna harina esparcida.

—También esta muerte fué causada con un bambú, observó Mowgli. ¡Mira! Ese polvo blanco es lo que comen los hombres. Le han quitado su presa (él era quién llevaba los comestibles de todos) para convertirle á él mismo en presa de Chil, el milano.

—Este es el tercero, dijo Bagheera.

—Le llevaré ranas, lo más grandes posible, á la Madre de las cobras, para engordarla, pensó Mowgli. Eso que bebe la sangre de los elefantes es la Muerte misma... pero, á pesar de todo, hay algo que no entiendo.

—¡Sigue adelante! dijo Bagheera.

No habían andado aun un cuarto de legua cuando oyeron ya á Ko, el cuervo, cantando la canción de la Muerte en la punta de un tamarisco, á cuya sombra yacían los cadáveres de tres hombres. En el centro del círculo humeaba un fuego medio apagado, sobre el cual había un plato de hierro que contenía una torta negra y quemada, hecha de pan ázimo. Junto al fuego, y brillando á la luz del sol, estaba el ankus de los rubíes y turquesas.

—Muy aprisa trabaja eso: todo termina aquí, dijo Bagheera. Y éstos ¿cómo murieron, Mowgli? En ninguno de ellos se vé señal que lo indique.

Llega un habitante de la Selva á aprender, por medio de la experiencia, tanto como lo que muchos médicos saben acerca de las propiedades de ciertas plantas y frutos venenosos. Olió Mowgli el humo que se elevaba del fuego, partió un pedazo del ennegrecido pan, probólo, y lo escupió en seguida.

—La manzana de la Muerte, dijo. El primero debió de mezclarla en la comida para éstos, que lo mataron á él, después de haber matado al gondo.

—En verdad, que buena ha sido la cacería. Las muertes se suceden, y muy cerca unas de otras, dijo Bagheera.

«La manzana de la Muerte» es lo que en la Selva se llama manzana espinosa ó datura, el veneno más activo que existe en toda la India.

—¿Y ahora? dijo la pantera. ¿Qué haremos? ¿Matarnos uno á otro por ese asesino del ojo colorado, que está ahí en el suelo?

—¿Puede hablar? preguntó Mowgli en voz tan baja que parecía leve susurro. ¿Le ofendí al tirarlo? Á nosotros dos no puede ya causarnos daño, porque no deseamos lo que desean los hombres. Si lo dejamos aquí, de fijo que seguirá matándolos uno tras otro, tan aprisa como caen las nueces cuando sopla el huracán. No siento yo cariño por los hombres; pero, aun así, no quisiera ver muy á menudo eso de que mueran seis en una noche.

—¿Qué importa? No son más que hombres. Se mataron unos á otros, y con ello quedaron muy satisfechos, dijo Bagheera. El primero, el hombrecillo de las selvas, cazaba bien.

—Á pesar de todo, no son más que cachorros; y un cachorro sería capaz de ahogarse por el gusto de pegarle un mordisco á la luz de la luna reflejada en el agua. La culpa la tuve yo, dijo Mowgli, que hablaba como si supiera cuanto hay que saber sobre todo lo de este mundo. Nunca más traeré á la Selva cosas extrañas... aunque fueran tan hermosas como las flores. Esto (y al decirlo manejaba cautelosamente el ankus), va á volver á donde está la Madre de las cobras. Pero antes tenemos que dormir, y no podemos hacerlo junto á durmientes como éstos. Además, hemos de enterrarle también á él, para que no se escape y mate á seis más. Hazme un hoyo bajo ese árbol.

—Pero, Hermanito, dijo Bagheera, dirigiéndose al sitio que se le indicaba, yo te aseguro que la culpa no la tiene ese bebedor de sangre. El mal proviene de los hombres.

—Lo mismo da, contestó Mowgli. Haz el hoyo bien hondo. Cuando nos despertemos, cogeré eso é iré á devolverlo.


Dos noches después, mientras la cobra blanca estaba entre la obscuridad de la caverna, desolada, solitaria, llena de vergüenza por haber sido robada, el ankus de las turquesas pasó, dando vueltas, por el agujero que había en la pared, y cayó, con estrépito, sobre el suelo, cubierto de monedas de oro.

—Madre de las cobras, dijo Mowgli, que tuvo buen cuidado de quedarse al otro lado de la pared, busca entre las de tu raza alguna más joven y más á propósito que tú para que te ayude á guardar el tesoro del Rey, de modo que no te suceda más que otro hombre salga de aquí vivo.

—¡Ah! ¿Con que vuelve eso? Ya te dije que era la muerte. ¿Y cómo tú estás aun vivo? murmuró la cobra vieja, enroscándose amorosamente al mango del ankus.

—¡Por el buey que me rescató te aseguro que no lo sé! Esa cosa ha matado seis veces en una sola noche. No la dejes salir de aquí nunca más.