La historia de Amadís de Grecia, biznieto del de Gaula é hijo de Lisuarte y Onoloria, llamado también el caballero de la Ardiente Espada, «por haber nacido con una figura de espada bermeja, que le cogia desde la rodilla izquierda hasta ir a darle en derecho del corazon la punta, y en ella se parescian unas letras blancas muy bien talladas», contiene algunos episodios interesantes que prueban cierto grado de imaginación poética, como los amores de la princesa de Tebas, Niquea, con el caballero de la Ardiente Espada, y el encantamiento de esta princesa y de su hermano Anastarax en una cámara de cristal llamada la Gloria de Niquea. Pero lo más curioso que ofrece, bajo el aspecto literario, es la introducción de un nuevo elemento, el pastoril, con anterioridad á todas las novelas de este género publicadas en España, sin excluir Menina é Moça, que no es bucólica más que en parte, y que de todas suertes no se imprimió hasta 1544. Tuvo, pues, Feliciano de Silva, ó quien quiera que fuese el autor del Amadís de Grecia, la prioridad cronológica, sin que se le puedan señalar otros modelos que la Arcadia de Sannazaro y las églogas que á imitación de ella y de los bucólicos antiguos empezaban á componerse en Italia y en España[391]. Verdad es que la tentativa del cronista caballeresco fué infelicísima. Las cuitas amorosas de los pastores alejandrinos Darinel y Silvia, y la transformación en pastor también del infante D. Florisel, hijo de Amadís de Grecia y de Niquea, constituye uno de los más fastidiosos episodios del libro y justifica la indignación de Cervantes.
En 1532, y ya declarando el nombre de Feliciano, apareció en Valladolid La coronica de los muy valientes y esforçados e invencibles cavalleros don Florisel de Niquea y el fuerte Anaxartes, hijos del muy excelente Principe Amadis de Grecia; enmendada del estilo antiguo segun que la escriuio Cirfea, reyna de Argines... traduzida de griego en latin y de latin en romance castellano por el muy noble cauallero Feliciano de Silva. Inútil es advertir que la reina Zirfea pertenece á la misma bibliografía fantástica que el Maestro Elisabad y el mago Alquife. Este libro, que en la serie de los Amadises es el décimo, abre al mismo tiempo una nueva serie, la de las aventuras de D. Florisel y su familia, que se dilataron hasta cuatro partes, de las cuales este volumen contiene sólo las dos primeras. ¡Qué abundancia tan ridícula y tan estéril! Aquí es donde se encuentra la aventura del Palacio del Universo, á que alude D. Diego de Mendoza. D. Florisel vence aquel temeroso encantamiento en que yacían su tercer abuelo el sempiterno Amadís de Gaula y diez príncipes ó reyes de su familia. El episodio pastoril continúa, y hay en la segunda parte una disparatada historia de «la segunda Elena» y de las grandes guerras que por ella hubo en torno de Constantinopla, donde se trasluce el empeño de imitar á los autores de las crónicas troyanas.
Se cuenta como libro onceno de Amadís la Parte tercera de la Crónica de D. Florisel de Niquea, que más bien debiera llamarse Don Rogel de Grecia, puesto que de sus espantables hazañas trata principalmente, y también de las de otro caballero llamado Agesilao, hijo de D. Falanges de Astra.
Pero todavía con este formidable volumen, impreso en Medina del Campo en 1535, no se agotó la vena de Feliciano de Silva, puesto que, viendo cada vez más celebrados sus disparates, vació el saco de ellos en una Cuarta parte de D. Florisel (Salamanca, 1551), donde principalmente trata de los amores del príncipe D. Roger y de la muy hermosa Archisidea. Tanto en este libro como en el anterior prescinde ya de las crónicas de la reina Zirfea y alega otros dos historiadores no menos auténticos, Filastes Campaneo y el sabio Galersis. El tono de este libro, dedicado á la reina de Hungría Doña María, hija de Carlos V, es más grave y sentencioso que en los anteriores, porque, según dice el autor, así lo demandaba su edad; y aun da á entender en el prólogo que quiso aludir á las hazañas del emperador: «quiero en esta soberana imagen de la fortaleza cesarea tractar un poco de su dibujo, con los colores, oscuridades, claros y lexos que yo supiere, para dezir con lo menos algo de lo más».
Como ya la novela pastoril había aparecido con todos sus caracteres, entre ellos el de intercalar gran número de poesías en la prosa, Feliciano de Silva dió gran desarrollo al intermedio pastoril tímidamente ensayado en el Amadís de Grecia, y quiso presentarse bajo un nuevo aspecto, el de poeta, tanto en los antiguos metros castellanos como en los italianos, y tan mal en los unos como en los otros, dicho sea de pasada. Éstas son las églogas de que tanto se burla Cervantes: «Y quisiera yo (dice Don Quijote á Cardenio) que vuestra merced le hubiera enviado, junto con Amadis de Gaula, al bueno de Don Rogel de Grecia; que yo sé que gustara la señora Luscinda mucho de Daraida y Garaya, y de las discreciones del pastor Darinel, y de aquellos admirables versos de sus bucólicas, cantadas y representadas por él con todo donaire, discreción y desenvoltura».
Adviértese que Feliciano de Silva estaba muy atento á todas las modas literarias y cambios de gusto, como quien había convertido en oficio el arte de novelar. Era imposible que el público no comenzara á hartarse de un género que, en medio de su aparente complicación, era la monotonía misma. En la segunda mitad del siglo XVI el cansancio se acentúa hasta el punto de que nadie se atrevió á continuar la fábula de Amadís después del doceno libro, «que trata de los grandes hechos en armas del esforzado caballero Don Silves de la Selva... junto con el nascimiento de los principes Espheramundi y Amadis de Astra, y assimismo de los dos esforzados principes Fortunian y Astrapolo», obra que salió anónima de las prensas de Sevilla en 1546, pero de la cual se declara autor Pedro de Luján en la segunda parte del Lepolemo. Era Luján hombre de cultura clásica, secuaz de las doctrinas de Erasmo y mucho mejor prosista que Feliciano de Silva, como lo acreditan sus elegantes y sesudos Colloquios Matrimoniales. Pero Don Silves de la Selva, por bien escrito que estuviera, llegaba tarde; no fué reimpreso más que una vez, y ni siquiera el anuncio del nacimiento de Esferamundi y de los otros príncipes fué parte á excitar la curiosidad de nadie, por lo cual sus hechos hubieron de quedarse sin cronista español, aunque no italiano, puesto que Mambrino Rosseo los refirió, muy á la larga, en seis volúmenes ó partes, que supuso traducidas de nuestro idioma y publicó en Venecia, desde 1558 á 1565.
Á todo esto, Amadís de Gaula debía de tener más de doscientos años, aunque aparentaba muchos menos gracias á una confección que le había propinado la sabia Urganda. Por fin el continuador italiano se decidió á librarnos de él, haciéndole morir á manos de dos gigantes en una batalla en que perecen también tres emperadores, varios reyes y hasta cincuenta y cinco mil caballeros cristianos: que no se requería menor hecatombe para los funerales de Amadís. Nicolás Antonio consigna también la noticia de un libro de caballerías portugués, Penalva[392], en que Amadís moría á manos de un caballero de aquella nación, por lo cual decían burlescamente los castellanos que sólo un portugués podía haber acabado con Amadís; pero nadie ha visto el tal Penalva, que parece invención chistosa, nacida de la antigua malquerencia entre ambos pueblos y de las pullas que en sus cuentos vulgares suelen lanzarse el uno al otro.
Sobre esta bastarda progenie de Amadís hay que estar al fallo inapelable del licenciado Pero Pérez, hombre docto, graduado en Sigüenza. «Este que viene (dijo el barbero) es Amadis de Grecia, y aun todos los deste lado, a lo que creo, son del mismo linaje de Amadis. Pues vayan todos al corral (dijo el Cura), que a trueco de quemar a la Reina Pintiquiniestra y al pastor Darinel, y a sus églogas y a las endiabladas y revueltas razones de su autor, quemara con ellos al padre que me engendró, si anduviera en figura de caballero andante».
Aquel auto de fe imaginario, seguido por ventura de otros más reales, cuando estos infolios cayeron en absoluto desdén y vilipendio, fué causa remota de que andando el tiempo lograsen el único género de perpetuidad que merecían, renaciendo, como el fénix, de sus cenizas, á impulsos de la curiosidad bibliográfica avivada por el cervantismo. Pero en el limbo bibliográfico se quedaron, y no hay fuerza humana que los resucite. ¡Triste y memorable ejemplo de lo efímeras que son las modas literarias, y más si se trata de obras de entretenimiento, destinadas á un pasatiempo fugaz, y no concebidas en las regiones superiores del arte! Porque se ha de tener en cuenta que el éxito de estos libros no fué exclusiva ni principalmente español, sino que la sociedad más culta y privilegiada de Europa se recreó por más de un siglo con las grotescas invenciones de Feliciano y con las bizarrías de D. Silves, que no sólo fueron traducidas y adaptadas al italiano, al francés, al alemán y á otras lenguas, sino que suscitaron nuevas é inacabables continuaciones, todavía peores que sus originales, y llegó á duplicarse la serie de los Amadises; resultando una maraña tan inextricable de personajes y aventuras, que un señor Du Verdier tuvo que emplear siete grandes volúmenes, publicados desde 1626 á 1629, con el título de Le Roman des Romans, en la absurda tarea de recoger todos los cabos sueltos de estas historias y dar á cada una de ellas el debido complemento y desenlace, lo que ejecutó también con El Caballero del Sol y con Don Belianis de Grecia; que á tanto llegaba su furor de continuarlo y acabarlo todo. Obsérvese que esto pasaba en Francia nueve años después de la muerte de Cervantes, y más de veinte después de publicada la primera parte del Quijote, que si en España consumó la ruina del género, ya muy decaído y postrado entonces, no tuvo por de pronto el mismo benéfico influjo en la novela de otros países, donde las corrientes realistas eran menos enérgicas.
Tales como son, los libros de Feliciano de Silva tuvieron, aun en el teatro y en la poesía lírica, menos ilustre descendencia en España que fuera de ella. Aquí sólo podemos citar alguna comedia mediana cuyo argumento esté tomado de esos libros, como La Gloria de Niquea, del conde de Villamediana, representada en el Palacio de Aranjuez á 8 de Abril de 1622 con las novelescas circunstancias que son notorias; ó el Don Florisel de Niquea, del doctor Juan Pérez de Montalbán; ó el Amadís y Niquea, del poeta malagueño D. Francisco de Leyva. En cambio Roberto Southey afirma que hay imitaciones del Amadís de Grecia en la Arcadia de Sidney, en la Reina de las Hadas (Faery Queene) de Spenser (episodio de la máscara de Cupido) y finalmente en el don Florisel que Shakespeare introduce en su comedia Cuento de Invierno (Winter's Tale). Si todo esto es verdad, y debe serlo, puesto que lo afirma un inglés tan profundamente versado en ambas literaturas, ¡qué honor para el pobre caballero de Ciudad Rodrigo! No he estudiado bastante á Sidney y á Spenser para hacer la comparación; pero siendo el primero traductor é imitador de la Diana y de otros libros españoles, el caso es muy verosímil. En lo tocante al Cuento de Verano, cuyo argumento principal se deriva, como es notorio, de la novela de Roberto Greene Pandosto ó el Triunfo del Tiempo (1588), creo que tiene razón Southey, y que el personaje episódico de D. Florisel, hijo de rey y enamorado de una pastora, es el mismo D. Florisel del libro nono de Amadís, enamorado de la pastora Silvia.
Simultáneamente con la estirpe de los Amadises floreció en España otra familia caballeresca menos dilatada, que tiene con ella muy próximo parentesco: la de los Palmerines, que sólo ceden en antigüedad á las dos obras de Montalvo, puesto que la primera edición del Palmerín de Oliva es de 1511[393], posterior sólo en tres años á la que pasa por primera del Amadís de Gaula, y en uno á la más antigua del Esplandián. ¡Bien madrugaba entonces la imitación literaria, aunque tengamos por muy verosímil que ambos libros corrían ya de molde desde el siglo anterior! Porque no hay duda que el Palmerín de Oliva carece de originalidad, y no es más que un calco servil de las principales aventuras de Amadís y de su hijo. El nacimiento secreto de Palmerín de Oliva, que se llamó así por haber sido expuesto entre palmas y olivos cerca de Constantinopla, tiene las mismas circunstancias que el de Amadís y el de Esplandián, salvo que éste fué recogido por un ermitaño y Palmerín por un colmenero. La historia amorosa de Palmerín y Polinarda reproduce punto por punto la de Amadís y Oriana. Si Amadís triunfa del endriago, Palmerín mata á la gran sierpe que guardaba la maravillosa fuente Artifaria. Si Amadís se resiste á los halagos de la reina Briolanja, Palmerín, no menos constante en amores, rechaza á Archidiana, hija del Soldán de Babilonia, y á la infanta Ardemia. Finalmente, Palmerín, lo mismo que Esplandián, llega á ser emperador de Constantinopla. En suma, el primer Palmerín es un calco mal hecho de un excelente original. Si alguna aventura añade, es del género más extravagante, como la lucha de Palmerín con tres leones, á quienes rinde y mata sin la menor dificultad (germen de un episodio de la segunda parte del Quijote). En cambio le faltan todas las bellezas del Amadís: el estilo es pobre, el sentimiento ninguno. En las descripciones de batallas y desafíos es pesadísimo; en las escenas amorosas, lúbrico por extremo[394], aunque no iguala al Tirante. Este libro no tiene orígenes antiguos ni puede ser muy anterior á la fecha de su impresión. Se compuso seguramente poco después de la guerra de Granada, de la cual parece que conserva algunas reminiscencias. Gayangos hizo notar el gran número de personajes con nombres moros que andan en el libro, y apuntó la sospecha muy fundada de que la batalla en que Palmerín y Trineo hacen prisionero al Soldán de Babilonia (cap. CLXII) sea trasunto anovelado de la prisión del rey Boabdil por el conde de Cabra y el Alcaide de los Donceles. De este modo se confirma lo que dió á entender Francisco Delicado en el prólogo á la edición de Venecia de 1534[395].
El Palmerín de Oliva, á pesar de su nulidad, gustó tanto, que tuvo inmediatamente un libro segundo (Salamanca, 1516), salido al parecer de la misma fábrica, pero algo mejor escrito. Uno y otro están dedicados á don Luis de Córdoba, hijo del conde de Cabra don Diego, y en ambos (si hemos de creer al cordobés Delicado) se ensalza bajo nombres supuestos á los caballeros de este linaje, y al Gran Capitán entre ellos, aunque por mi parte no he llegado á percibir las alusiones históricas. El Primaleón, fábula más complicada que el Palmerín, tiene en realidad tres protagonistas: Primaleón mismo, su hermano Polendos (hijos uno y otro del de Oliva) y el príncipe de Inglaterra don Duardos, que es realmente el que interesa más por sus amores con la infanta Flérida, hija del emperador de Constantinopla. De este romántico episodio, en que el príncipe se disfraza de hortelano, sacó el gran poeta portugués Gil Vicente su tragicomedia castellana de Don Duardos, escrita en pulidas y gentiles coplas de pie quebrado. Toda la pieza es un delicioso idilio; pero como si al fin de ella hubiese querido Gil Vicente dar una muestra de lo más exquisito de su poesía lírica, hizo cantar al coro un romance incomparable, como, apenas se hallará otro compuesto por trovador ó poeta de cancioneros: tan próximo está á la inspiración popular, y de tal modo la remeda, que casi se confunde con ella. No podemos menos de copiarlo íntegro, porque él basta para justificar y dar por bien empleada la existencia del Primaleón, del cual se deriva:
En el mes era de Abril,
De Mayo antes un dia,
Cuando los lirios y rosas
Muestran más su alegria,
En la noche más serena
Que el cielo hacer podia,
Cuando la hermosa Infanta
Flérida ya se partia.
En la huerta de su padre
A los arboles decia:
—«Quedaos a Dios, mis flores,
Mi gloria que ser solia,
Voyme a tierras extranjeras
Pues ventura allá me guia.
Si mi padre me buscare,
Que grande bien me queria,
Digan que el Amor me lleva,
Que no fue la culpa mia;
Tal tema tomó conmigo,
Que me venció su porfia.
Triste, no se a donde vo
Ni nadie me lo decia».
Alli hablara don Duardos:
«No lloreis, mi alegria;
Que en los reinos de Inglaterra
Más claras aguas habia,
Y más hermosos jardines,
Y vuestros, señora mia.
Terneis trescientas doncellas
De alta genealogia;
De plata son los palacios
Para vuestra señoría,
De esmeraldas y jacintos,
De oro fino de Turquia,
Con letreros esmaltados
Que cuentan la vida mia;
Cuentan los vivos dolores
Que me distes aquel dia
Cuando con Primaleon
Fuertemente combatia.
Señora, vos me mataste,
Que yo a él no lo temia».
Sus lagrimas consolaba
Flérida, que aquesto oia.
Fueronse a las galeras
Que don Duardos tenia.
Cincuenta eran por cuenta.
Todas van en compañia;
Al son de sus dulces remos
La princesa se adormia
En brazos de don Duardos,
Que bien le pertenecia.
Sepan cuantos son nacidos
Aquesta sentencia mia:
«Que contra muerte y amor
Nadie no tiene valia»[396].
Sin fundamento alguno, y generalizando malamente lo que sólo es verdad respecto del Palmerín de Inglaterra, se ha supuesto que también el de Oliva y el Primaleón eran de origen portugués. Uno y otro nacieron en Castilla, aunque muy cerca de la raya, y uno y otro son de autor femenino, cuyo nombre no ha podido descubrirse hasta ahora. En la primera edición del Palmerín, hecha en Salamanca en 1511, se leen después del colofón unos versos latinos, sumamente bárbaros, de un Juan Augur de Trasmiera, que con su verdadero apellido Agüero (tan frecuente en aquella parte de las montañas de Santander) publicó algunos opúsculos de gran rareza. El tal Augur dice repetidas veces que la obra que recomienda ha sido escrita por una mujer:
.....Collige flores
Quos sevit, quos dat femina corde tibi.
....................................................
Hunc lege quo tractat femina multa sua.
Quanto sol lunam superat, Nebrissaque doctos,
Tanto ista hispanos femina docta viros
....................................................
Pero hace la oportuna insinuación de que en la parte militar del libro, que en efecto está recargadísima, fue asistida la autora por un hijo suyo:
Femina composuit: generosos atque labores
Füius altisonans scripsit et arma libro.
En varias ediciones del Primaleón, tales como la de Medina del Campo, 1563; la de Lisboa, 1566, se hallan seis coplas de arte mayor en elogio de la obra. La última, cuyo verso final solía cambiarse según el punto de impresión, dice de esta manera:
En este esmaltado e muy rico dechado
Van esculpidas muy bellas labores,
De paz y de guerra y de castos amores,
Por mano de dueña prudente labrado;
Es por exemplo de todos notado
Que lo verisimil veamos en flor;
Es de Augustobriga aquesta labor,
Que en Medina se ha agora estampado.
Augustobriga no es Burgos, como creyó Wolf, ni mucho menos ninguna población portuguesa[397], sino el nombre que en la imperfecta geografía histórica del siglo XVI solía darse á Ciudad Rodrigo, que el P. Flórez y la mayor parte de los modernos reducen á Mirobriga.
Pero es el caso que en la edición sevillana del Primaleón (1524), y es de presumir que también en la primera de Salamanca, que no hemos visto, se dice que tanto este libro como el Palmerín fueron «trasladados de griego en nuestro lenguaje castellano, corregidos y emendados en la muy noble cibdad de Ciudarrodrigo (sic) por Francisco Vazquez, vecino de la dicha ciudad». Dejando aparte la ficción del origen griego, ¿este Francisco Vázquez sería sólo un corrector ó tuvo alguna parte en la composición de ambas novelas? ¿Sería, por ventura, aquel hijo altisonante que colaboró con su madre en las escenas belicosas del Palmerín, según indica Juan Agüero? No nos atrevemos á afirmarlo, pero lo que parece fuera de duda es el origen femenino de la obra. Francisco Delicado, corrector de la edición veneciana de 1534, insiste en él varias veces, aunque confiesa que no sabía el nombre de la autora: «Avisandoos que cuanto más adelante va es más sabroso, porque como la que lo compuso era mujer, y filando al torno se pensaba cosas fermosas, que dezia a la postre, fue más encimada al amor que a las batallas, a las quales da corto fin». Y en la introducción al libro tercero de la obra: «Digo que es sabroso; mas no sé quién lo hizo, porque calló su nombre al principio y al fin... Y es opinion de personas que fue muger la que lo compuso, fija de un carpintero...» y defendiendo luego el libro de los defectos que se le achacaban: «Mas el defeto está en los impresores y en los mercaderes que han desdorado la obra de la señora Augustobrica con el ansia de ganar».
El autor del Diálogo de la lengua, que juzga con mucha severidad toda la literatura caballeresca, parece indulgente con el Palmerín y el Primaleón, aunque no da los motivos de su juicio, limitándose á decir que por ciertos respetos habían ganado crédito con él. En cambio Cervantes ni siquiera menciona el Primaleón, y manda que la oliva de Palmerín se haga «luego rajas y se queme, que aun no queden della las cenizas». Nadie dirá que la sentencia sea injusta, pero contrasta con tan fiero y ejecutivo rigor el exorbitante panegírico que á renglón seguido hace del Palmerín de Inglaterra: «Esa palma de Inglaterra se guarde y se conserve como a cosa unica, y se haga para ella otra caja como la que halló Alejandro en los despojos de Dario, que la diputó para guardar en ella las obras del poeta Homero. Este libro, señor compadre, tiene autoridad por dos cosas: la una porque él por sí es muy bueno, y la otra porque es fama que le compuso un discreto rey de Portugal. Todas las aventuras del castillo de Miraguarda son bonisimas y de grande artificio; las razones cortesanas y claras, que guardan y miran el decoro del que habla con mucha propiedad y entendimiento».
Á estas palabras debe su fortuna póstuma el Palmerín de Inglaterra, que en su tiempo no la tuvo muy grande, puesto que una sola vez fué impreso en lengua castellana. Aquí también nos encontramos con un problema de historia literaria, pero nos detendrá poco, porque á mi juicio está definitivamente resuelto en favor de los portugueses, y nada tengo que añadir á los argumentos que expusieron, en dos curiosas monografías el brasileño Manuel Odorico Mendes[398] y el agudo, aunque descarriado comentador del Quijote, D. Nicolás Díaz de Benjumea[399]. Claro es que si á las pruebas extensas y bibliográficas se atendiera únicamente, tendrían razón Salvá y Gayangos, y el Palmerín castellano impreso en Toledo durante los años 1547 y 1548[400], atribuido primero á Miguel Ferrer y luego á Luis Hurtado, sería el original, y el texto portugués de Francisco de Moroes, del cual no se conoce ejemplar anterior al de Évora de 1567, una mera traducción posterior á la francesa de Jacobo Vincent y á la italiana de Mambriano Roseo, que aparecieron en 1553.
Pero las pruebas intrínsecas que el mismo libro de Toledo, cotejado con el de Évora, suministra, nos llevan forzosamente á la conclusión contraria. Es traducción del portugués y traducción muy desaliñada, en que no han desaparecido los rastros de su origen, hasta el punto de llamarse Tejo al Tajo, forma inverosímil en un toledano. Por ningún concepto puede atribuirse la prosa del Palmerín al elegante escritor Luis Hurtado, que terminó la Comedia Tibalda del comendador Perálvarez de Ayllón, las Cortes de la Muerte de Miguel de Carvajal, y compuso con fecundo estro la Égloga Silviana, el Teatro pastoril, el Hospital de necios, el Espejo de gentileza, el Hospital de galanes enamorados, el Hospital de damas heridas de amor, los Esponsales de amor y sabiduría y otras ingeniosas obrillas; amén del inestimable Memorial de las cosas de Toledo, escrito en 1576 para contestar al célebre interrogatorio de Felipe II. En 1547, el futuro rector de la parroquia de San Vicente, que en su poema de las Trecientas, acabado en 1582, declaró haber cumplido cincuenta años, no podía tener más que diez y ocho, edad muy tierna para producir una obra que revela tanta madurez, cultura mundana y experiencia de la vida, como el Palmerín de Inglaterra. En las octavas acrósticas que van al fin de la dedicatoria de la primera parte, y juntando las letras iniciales, dicen: Lvys Hurtado Avtor al lector da salud, dice bien claramente que la obra era ajena, y ni siquiera insinúa que la traducción fuese suya:
Leyendo esta obra, discreto lector,
Vi ser espejo de hechos famosos,
Y viendo aprovecha á los amorosos,
Se puso la mano en esta labor.
Hallé que es muy digno de todo loor
Un libro tan alto, en todo facundo;
....................................................
Lo de autor (que se repite en el epígrafe de las octavas) ha de entenderse, para que no resulte contradicción, ó en el sentido de autor de la composición poética laudatoria, ó en la acepción vaga y general de escritor. No creo que quisiera apropiarse el Palmerín de un modo vergonzante, ni tampoco la Tragedia Policiana, impresa aquel mismo año, y en la misma oficina, con tres octavas del mismo corte, que bien leídas sólo indican que Hurtado fué el corrector de la edición y que pide perdón por las erratas que puedan encontrarse:
Y si algún error hallases mirando,
Supla mi falta tu gran discrecion,
Pues yerra la mano y no el corazon,
Que aqueste lo bueno va siempre buscando.
El que, al parecer, quiso adjudicarse la paternidad del Palmerín, llamándole fruto, trabajo y atrevimiento suyo, fué el mercader de libros Miguel Ferrer, que en un enfático prólogo dirigido á su Mecenas, Galasso Rótulo, después de haber enumerado los grandes capitanes y excelentes artífices «que han sido aficionados a escrebir y en tiempos hurtados de sus trabajos han sacado maravillosas historias recreando sus ánimos en cosas delicadas, dando a los que después dellos venimos doctrina y dechado», se pone modestamente en el número: «Todo esto he dicho a vuestra magnificencia para excusarme que siendo hombre que deprendi arte para sustentar la vida, ocupe mi tiempo en escrebir hystorias».
Si Miguel Ferrer no hubiera tenido otra intervención en el libro que la de pagar los gastos de la edición para especular con ella, habría razón para calificarle de imprudente plagiario, pero todo puede conciliarse suponiéndole traductor. Al cabo, la traducción era fruto, trabajo y atrevimiento suyo, y había empleado su tiempo en escribir con palabras castellanas aquella historia. Las expresiones son vagas de intento, y hay sin duda un conato vergonzante de apropiarse el libro; pero si omitió el nombre del autor original, fué acaso porque no le conocía. El Palmerín portugués que llegó á sus manos, impreso ó manuscrito, y que tradujo con la rudeza y desmaño propios de un hombre inculto, estaba anónimo probablemente.
Pero en la misma obra revelaba el autor no solamente su patria portuguesa, sino hasta su historia personal é íntima. «Quien estudia el Palmerín (dice Odorico Mendes) reconoce á cada paso la complacencia con que se extiende en los loores de aquella tierra y la preferencia en que la tiene sobre todas las de España; reconoce que Moraes, tan abundante en las descripciones, se esmeró más en las de Portugal, y no perdió ocasión de exaltar á sus naturales, tal vez con quiebra de los demás españoles». Miraguarda, una de las principales heroínas del libro, es portuguesa, y la predilección con que el autor la trata á pesar de su carácter soberbio, altivo, áspero y cruel, contrasta con las liviandades que atribuye á una pobre reina Arnalta de Navarra y á las hijas del duque Calistrano de Aragón. No tienen término los elogios de la belicosa Lusitania, «provincia entonces poblada de muchos y muy esforzados caballeros, donde, por virtud del planeta que la rige, los hubo siempre muy famosos». Hay menudos detalles de topografía local muy significativos. El castillo de Miraguarda existe hoy mismo, con el nombre de castillo de Almourol, donde el autor le puso, cerca de Tancos y de Thomar. La leyenda que en el Palmerín se refiere acerca de este castillo y el de Cárdiga es de seguro un cuento popular.
Pero lo que pone el sello á la demostración son los capítulos CXXXVII á CXLVIII, en que se refiere cierta aventura de cuatro damas francesas, apellidadas Mansi, Telensi, Latranja y Torsi, siendo castigada la soberbia y coquetería de esta última por el príncipe Floriano del Desierto, hermano de Palmerín, que emplea un procedimiento análogo al de El desdén con el desdén. Pues bien, la señora Torsi es personaje real, y si no la misma aventura, otras muy semejantes acontecieron con ella al hidalgo portugués Francisco de Moraes, que fué víctima de los desdenes de aquella presuntuosa doncella, por la cual había concebido una vehemente pasión cuando estuvo en París desde 1541 á 1543, como secretario del embajador D. Francisco de Noronha, segundo conde de Linhares. Francisco de Moraes, en el discurso que tituló Desculpa de uns amores[401], hace en forma directa una confesión, que nos da la clave de este episodio del Palmerín. Y como este episodio se halla, no sólo en la edición portuguesa de 1567, en que Moraes descubrió su nombre, sino en el texto castellano de 1547, donde también ocupa once capítulos, no es posible admitir que Ferrer ni nadie escribieran antes que él cosas tan íntimas suyas y que á él sólo interesaban. La presencia de este elemento personalísimo en la novela quita toda duda sobre su autor, aunque no lo persuadiese el estilo, que en la versión castellana es muy flojo y en portugués de calidad superior, quizá la mejor prenda del libro.
Que apareciese la traducción antes que el original es caso raro, pero no único en los anales de la bibliografía; sin salir de estos pleitos entre castellanos y portugueses, le tenemos también en la Nise lastimosa de Fr. Jerónimo Bermúdez (1577), impresa antes que la Castro de Ferreira (1598). Nadie puede negar la posibilidad de que el manuscrito de Moraes llegase á Toledo, pero todo induce á creer que la edición de 1567 no es la primera del Palmerín portugués. El que reimprimió esta novela en 1786 dice en su prefacio: «En la copiosa librería del convento de San Francisco de esta ciudad (Lisboa) se conserva, aunque muy estragada y falta, una edición de esta obra en carácter entre gótico y redondo, que da algunas muestras de ser impresa fuera del Reino». Esta edición, que sin fundamento alguno da el prologuista por segunda, ¿no podría ser la primera, hecha en París muy probablemente? No puede decirse con certeza, porque, al parecer, ese ejemplar ha perecido.
Pero el punto principal está fuera de litigio. De la vida de Francisco de Moraes se sabe muy poco, pues hasta se disputan el lugar de su nacimiento Lisboa, Braganza y otros pueblos. Dicen que murió asesinado en 1572 en la puerta del Rocío de la ciudad de Évora.
Pero si hay algo relativamente claro en su biografía, es el tiempo y circunstancias de su viaje á París, que es precisamente la época de la composición del Palmerín de Inglaterra, del cual es único ó incontrastable autor, aunque, siguiendo la costumbre de sus colegas en este género de literatura, le supusiese traducido de antiguas crónicas. Dice así en el prólogo, dirigido á la infanta doña María, hija del rey D. Manuel: «Yo me hallé en Francia los dias pasados, en servicio de D. Francisco de Noronha, embajador del rey nuestro señor y vuestro hermano (D. Juan III), donde vi algunas cronicas francesas e inglesas: entre ellas vi que las princesas y damas loaban por extremo la de D. Duardos, que en esas partes (es decir en España) anda trasladada en castellano y estimada de muchos. Esto me movio a ver si hallaria otra antigualla que pudiese trasladar, para lo cual conversé en Paris con Alberto de Renes, famoso cronista de este tiempo, en cuyo poder hallé algunas memorias de naciones estrañas, y entre ellas la cronica de Palmerin de Inglaterra, hijo de D. Duardos, tan gastada por la antigüedad de su nacimiento que con asaz trabajo la pude leer».
Desmintiendo una vez más el vulgar proverbio que afirma la inferioridad de las segundas partes, escribió Moraes un libro que deja á larga distancia al Palmerín de Oliva, al Primaleón y á todos los de la misma familia: libro que para los portugueses es un texto de lengua de los mejores que tienen en prosa, aunque no deja de fatigarles á ellos mismos la cadencia algo monótona y acompasada de los períodos y la afectación retórica, que poco ó nada se disimula, especialmente en las descripciones. De todos modos sería gran temeridad decir como Clemencín que «allá se van ambos Palmerines». El de Inglaterra tiene estilo, y de calidad no vulgar; el de Oliva, si no tan detestable como Cervantes da á entender, es por lo menos adocenado y pedestre, sin ningún género de estudio ni artificio de dicción. Y si el estilo no es la única prenda en una novela, nadie puede negar que sea parte muy principal, y que sirve de piedra de toque para distinguir las obras verdaderamente literarias de las que no lo son. Dentro de su elegancia un poco amanerada, Francisco de Moraes tiene trozos que pueden servir de modelo: en vano se buscarían en el Palmerín de Oliva descripciones tan pulidas y galanas como la del jardín de la Ínsula Encubierta; cuadros de tan brillante color como el incendio de la flota musulmana y los combates que se riñeron en el cerco de Constantinopla; invenciones fantásticas tan felices como el desencanto de Leonarda por el caballero del Dragón, ó la aventura de la copa mágica donde estaban congeladas las lágrimas de Brandisia, esperando que viniese á liquidarlas la mano del caballero que más fiel y profundamente amase á su dama.
Pero si de los episodios interesantes, aunque no todos nuevos; de los rasgos de ingenio, que no son escasos; de las páginas bien escritas, que son muchas, se pasa á la fábula misma, es imposible para un lector moderno suscribir al juicio encomiástico de Cervantes, cuya crítica, como genial é intuitiva que era, no podía menos de tener los caprichos propios de la crítica de los grandes artistas. Ni acierto á comprender cómo el brasileño Odorico Mendes, humanista de fino gusto y hábil intérprete de Virgilio, pudo hacer tan desaforada apoteosis del Palmerín de Inglaterra, que á sus ojos era un poema épico en prosa como el Telémaco y los Mártires, atreviéndose á comparar á Moraes nada menos que con el divino Ariosto. Ni en el plan, ni en los caracteres, ni en los afectos, ni en la máquina sobrenatural, ni en la mayor parte de los lances y aventuras tiene el segundo Palmerín cosa alguna que no se encuentre hasta la saciedad en todos los libros de su clase. Si alguna originalidad se le concede, sólo puede consistir en los recuerdos personales y en cierto espíritu cáustico y desengañado respecto de las mujeres, nacido quizá de los desvíos y burlas de la señora Torsi. La relativa perfección y tendencia clásica del estilo no trascienden á la composición, que es tan floja y descosida como en cualquier obra de Feliciano de Silva. El interés se divide entre una porción de caballeros, á cual más incoloros. En el protagonista se repite el eterno tipo de Amadís, como el de su hermano Galaor en Floriano del Desierto, enamoradizo perpetuo é inconstante; como el de Florisel, disfrazado de pastor en Florimán. El encantador Arcalaus tiene nueva encarnación en Dramusiando, aunque por fin se convierte y hace cristiano. Urganda la Desconocida reaparece con todos sus prestigios. Florendos, el caballero de las Armas Negras, resiste á los halagos de la reina Arnalta por amor de Miraguarda, como Amadís á los de la reina Briolanja por amor de Oriana. En suma, el Palmerín de Inglaterra yacería confundido entre el fárrago de libros de su género si no le salvase el estilo y no le hubiese hecho famoso la recomendación de Cervantes. Así y todo, cuesta verdadero esfuerzo terminar la lectura de los tres gruesos volúmenes de que consta en la edición portuguesa más estimada[402].
Como este segundo Palmerín se enlaza directamente con el Primaleón por medio del personaje de D. Duardos, no he hecho mérito de las peregrinas historias de Don Polindo (1526) y del caballero Platir (1533), que algunos cuentan como libro tercero y cuarto de esta serie, aunque en rigor son novelas independientes. En lengua portuguesa continuaron el Palmerín de Inglaterra con poca fortuna Diego Fernandes, que escribió la tercera y cuarta parte (1587), y Baltasar Gonzales Lobato, á quien se deben la quinta y sexta (1604). En estos libros fastidiosísimos puede enterarse quien tenga valor para ello de las empresas de un segundo D. Duardos, hijo de Palmerín, y de D. Clarisel de Bretaña, su nieto.
Estas últimas partes portuguesas apenas circularon fuera de la Península, pero todas las demás crónicas de esta familia fueron puestas en italiano por el infatigable Mambrino Roseo (1544-1553), añadiendo todavía la historia del caballero Flotir, hijo de Platir, que dice traducida del castellano, pero que hasta ahora no se conoce en nuestra lengua. Al francés tradujo Juan Maugin, en 1546, el Palmerín de Oliva[403]; Francisco Vernassol y Gabriel Chapuis el Primaleón (1550-1597), y Jacobo Vincent, en 1553, el Palmerín de Inglaterra. Sobre las traducciones francesas é italianas se hizo la inglesa que lleva el nombre de Antonio Munday[404], aunque, según Southey, sólo en parte le pertenece (1581-1588-1589); siendo de notar que el traductor inglés alteró el orden de la serie, poniendo primero el Palmerín de Inglaterra. Si bien las novelas de este ciclo han sido menos leídas en todo tiempo que los Amadises, todavía prestaron inspiración á algunas obras literarias. El fecundísimo poeta veneciano Ludovico Dolce, siguiendo el ejemplo de Bernardo Tasso en su Amadigi, versificó enteros el Palmerín de Oliva y el Primaleón en dos poemas en octavas reales, el primero de treinta y dos cantos y el segundo de treinta y nueve, que trabajó con celeridad increíble en el corto plazo de dos años (1561-62) y yacen hoy en el olvido más profundo[405]. Finalmente, el erudito poeta inglés Roberto Southey, que con tanto arte y buen gusto había compendiado el Amadís de Gaula, llevó á cabo la misma tarea con la obra de Moraes, tomando por base el texto portugués, cuya originalidad adivinó y defendió antes que nadie[406].
No se agotó en los Amadises y Palmerines la fecundidad estéril de los forjadores de narraciones caballerescas. Más de cien cuerpos de libros grandes de este género tenía D. Quijote, aunque en el escrutinio de su librería no se citan nominalmente más que quince, condenándose los demás en masa al brazo seglar del ama y de la sobrina. Seguramente no eran todos los que existían, y en el curso mismo de la inmortal novela están citados ó aludidos algunos más, con los cuales debe contar el que aspire á reunir (empeño casi temerario) lo que suele llamarse la biblioteca de D. Quijote. Pero los hay más peregrinos é inaccesibles todavía entre los omitidos por Cervantes, si bien la mayor parte de ellos no merecen salir de los limbos más oscuros de la bibliografía, á cuyo dominio pertenecen más que al de la historia literaria. Nada podré decir, puesto que nunca he tenido ocasión de leerlas, de las rarísimas historias del caballero Arderique (1517); de D. Clarián de Landanis (1518), que acaso tenga algún interés para la historia de las leyendas nacionales, puesto que una de las aventuras del héroe es (según se encarece en la portada) «la muy espantosa entrada en la gruta de Hercules (¿la de Toledo?), que fué un hecho maravilloso que parece exceder a todas las fuerzas humanas»; de sus continuaciones Floramante de Colonia y Lidamán de Ganayl (1528); de D. Floriseo, llamado por otro nombre el Caballero del Desierto, «el qual por su gran esfuerzo y mucho saber alcanzó a ser rey de Bohemia» (1517), obra del bachiller Fernando Bernal, que no debe de ser de los peores, á juzgar por el romance juglaresco que sobre él compuso Andrés Ortiz (núm. 287 de Durán); de D. Reymundo de Grecia (1524), que es del mismo autor de D. Floriseo y no menos inaccesible que él; de Don Valerián de Hungría, obra del notario valenciano Dionisio Clemente (1540), que, según se dice, contiene alusiones á los hechos de D. Rodrigo de Mendoza, marqués del Zenete, durante la guerra de las Germanías; de D. Florando de Inglaterra y sus amores con la princesa Roselinda (1545). Con algún más fundamento podría hablar del D. Florambel de Lucea, puesto que poseo un ejemplar algo incompleto de sus tres primeras partes (Sevilla, 1548), pero confieso que todavía no he tenido valor para enfrascarme en su lectura[407].
Dos grandes y famosos historiadores, uno de las Indias Orientales y otro de las Occidentales, honran con sus nombres la bibliografía caballeresca, y prueban que no siempre eran ingenios baladíes los que en estas composiciones se ejercitaban. Gonzalo Fernández de Oviedo, que con el tiempo había de tronar contra la vana lección de los Amadises[408], había dado principio á su carrera literaria publicando El libro del muy esforzado et invencible caballero de la Fortuna propiamente llamado «Don Claribalte» (1519), y Juan de Barros, antes de convertirse en el Tito Livio de las hazañas lusitanas en Oriente, imprimía en su lengua nativa la Crónica do emperador Clarimundo (1522), fabuloso antepasado de los Reyes de Portugal, la cual suponía haber traducido del húngaro. Pero contra lo que pudiera esperarse del nombre del autor, y aun del propósito declarado en el título, son muy raras en este libro las alusiones históricas y geográficas[409].
Más notable es bajo este aspecto el «Don Florindo, hijo del buen Duque Floriseo de la Extraña Aventura, que con grandes trabajos ganó el castillo encantado de las Siete Venturas, en el qual se contienen differenciados riebtos de carteles y desafios, juyzios de batallas, experiencias de guerras, fuerzas de amores, dichos de reyes, assi en prosa como en metro, y escaramuzas de juego e otras cosas de mucha utilidad para el bien de los lectores y plazer de los oyentes» (1530), obra del aragonés Fernando Basurto, de la cual hizo Gayangos un análisis extenso y suficiente. Hay en ella episodios de las campañas de Italia, minuciosas descripciones de fiestas, torneos y pasos de armas, saraos y diversiones populares; reminiscencias de la Crónica General, como la noticia de los castillos levantados por los fabulosos reyes Ispan y Pirrus, y lo que es más de notar, aventuras enteramente realistas, del género de Tirante el Blanco. El personaje mismo de D. Florindo dista mucho de realizar con pureza el ideal caballeresco, y sobre todo se deja arrastrar y vencer constantemente por la pasión del juego. Es, en suma, un héroe degenerado, un aventurero bastante vulgar y más bien un espadachín que un caballero andante.
Mención particular y muy honrosa debe hacerse de la extensa novela que otro aragonés mucho más célebre, el capitán Jerónimo de Urrea, infeliz traductor del Orlando Furioso, pero autor del precioso Diálogo de la honra militar[410], compuso con el título de D. Clarisel de las Flores, obra todavía inédita en su mayor parte[411], pero ya estudiada con toda minuciosidad y conciencia por el difunto catedrático de la Universidad de Zaragoza D. Jerónimo Borao en una apreciable memoria[412]. Si se atiende á los méritos del estilo puro, abundante y lozano, y á veces muy expresivo y pintoresco, á la prodigiosa riqueza y variedad de incidentes y aventuras, y al interés y amenidad de algunas de ellas, D. Clarisel es uno de los mejores libros de caballerías y de los que pueden leerse con menos trabajo: vale bastante más que el ponderado Palmerín de Inglaterra, y si no puede hombrearse con el Amadís y el Tirante, porque le falta la originalidad creadora de aquéllos y es fruto tardío de una moda literaria que comenzaba á decaer, debe ser citado inmediatamente después de ellos, á pesar de la falta de consistencia de los caracteres y del embrollo desmesurado de la fábula, que llega á convertirse en un laberinto. Pero si se considera aisladamente cada relato de los que en esta maraña se cruzan, hay muchos que agradan y entretienen. Como podía esperarse de un traductor del Ariosto, se inspira Urrea en su poema tanto ó más que en los libros de caballerías indígenas, aunque también reproduce las principales situaciones del Amadís. El episodio de Astrafélix, por ejemplo, corresponde al de Briolanja, si bien la infidelidad de D. Clarisel (llamado entonces el Caballero del Rayo), á su amada Felisalva, resulta involuntaria por haber sido maleficiado el caballero con una yerba mágica que le propinó, á instancias de la apasionada princesa, la anciana Sofronisa. Las reminiscencias del Orlando son tan continuas que imprimen carácter al libro[413] y explican la liviandad de algunos trozos. Á veces se inspira también en la comedia latina ó italiana: la estratagema de que se vale Belamir para engañar á Lirope, transformándose por arte de nigromancia en la figura de su esposo el duque de Silesia, es la misma en que está fundado el Amphitrion de Plauto, con todas sus imitaciones, haciendo aquí el mayordomo Rustán el papel de Sosia.
Además de estos elementos, ó nuevos ó poco usados en esta clase de libros, Urrea introdujo, en mayor escala que sus predecesores (exceptuando á Feliciano de Silva), la forma poética que en el Amadís se inicia tímidamente con dos canciones. Todos los versos intercalados en Don Clarisel son de arte menor, versos de Cancionero, en los cuales era Urrea tan aventajado como torpe en los endecasílabos. De Juan del Enzina parecen, por ejemplo, estas coplas pastoriles: