—De los novios de estas tierras
aquí va la flor y nata.

Las otras seis, con igual aire y acompañamiento, respondieron:

—Válgale el Señor San Roque[9],
Nuestra Señora le valga.

Luego las doce:

—De los novios de estas tierras
aquí va la flor y nata.
Válgale el Señor San Roque,
Nuestra Señora le valga.

Alternando así otras dos veces las cantadoras y los gaiteros, llegó la comparsa á la portalada de don Robustiano, ante la cual se detuvieron y callaron todos por un instante. En seguida los mozos de la comitiva echaron una relinchada; pero tan firme, que llegó á los montes vecinos y aun quedó una gran parte para volver de rechazo hasta el punto de partida en ecos muy perceptibles. Acto continuo las de las panderetas, mientras Zancajos daba tres manotadas en los herrados portones, cantaron esta nueva estrofa:

—Sol devino de estos valles,
deja el escuro retiro,
que á tu puerta está el lucero
que va á casarse contigo.

Momentos después se abrió la portalada y aparecieron don Robustiano y Verónica: el primero pálido y con gesto de hiel y vinagre; la segunda trémula y ruborosa; aquél con su raído traje de etiqueta; ésta con las ricas flamantes galas de novia.

Zancajos, Antón y la alcaldesa se adelantaron á recibirlos, y como los cinco no cabían bien debajo de los arcos, se determinó que solamente ocuparan tan honorífico puesto los dos señores. Esta honorífica distinción no dejó de halagar la vanidad del solariego, que entró bajo los arcos dando la mano á su hija con aire majestuoso y ciertos asomos de desdén, como si aquello y mucho más se mereciera.

Las mozas se relamían al contemplar el lujo de Verónica; y más de cuatro de ellas, considerando que se había llevado el gran acomodo del pueblo, la miraban de bien mala voluntad.

Colocados así los solariegos, y á su lado, aunque fuera de los arcos, Toribio, su hijo y la alcaldesa, se puso en marcha la comitiva entre los relinchos y las aclamaciones de los curiosos, la música de las gaitas, las coplas de las cantadoras, el estallido de los cohetes y el toque de las campanas, porque es de advertir que el sacristán estaba encaramado en lo más alto de la torre, toda la mañana, con objeto de solemnizar á volteo limpio cualquier movimiento que notase entre la gente de la boda.

Cuando ésta llegó al portal de la Iglesia, salieron á recibirla el señor cura, el alcalde con una comisión del ayuntamiento, el maestro y los chicos de la escuela.

El primero, hombre prudente, se limitó á saludar á cada uno de los cuatro principales personajes del alegre y pintoresco grupo.

El alcalde, labrador pudiente, rapado á navaja en cuanto no fuese mejorar terrenos y amillarar riquezas imponibles, que en esto era capaz de marear al más lince; pero con presunciones de servir para todo por lo mismo que á saber ser alcalde nadie le echaba la pata, hallando sin aquél lo que hizo el señor cura por todo «homenaje» á los novios, se propuso darle una lección en tan solemnes momentos y mostrar al pueblo entero lo que él sabía hacer por lo fino cuando el caso lo requería. Al efecto, se afirmó bien sobre los pies, braceó tres veces, escupió cuatro, levantó la cabeza, medio cerró los ojos, y encarándose con los novios, dijo muy recio:

—¡Oh devinos misterios!... ¿Qué miro? ¿qué arreparo? ¿son fantesías de mis ojos? No, que seis vusotros que venéis; vusotros lo más runflante de mis... vasallos, á uncirvos... para sinfinito... en la santa... metripolitana parroquial... Yo, y la comisión del monicipio que aquí de cuerpo presente eisiste, vos... vos... inciensamos... vos requerimos y ensalzamos para que sea enhorabuena y por la gloria que vos deseo. Tal digo con esta fecha.

Y no dijo más el alcalde; pero miró en derredor de sí con aire de conquistador. Los concejales que le acompañaban añadieron unísonos estas lacónicas palabras, haciendo al propio tiempo una reverencia:

—La comisión otorga.

El maestro se limitó por de pronto á plegarse en dos mitades, sin decir una sola palabra; pero en seguida giró rápido sobre los talones, y vuelto hacia sus chicos, les gritó alzando los brazos:

—¡Á una!

Y los granujas comenzaron á cantar un himno compuesto por el pedagogo, formando al mismo tiempo, con la precisión de reclutas, en dos filas que terminaban á la puerta de la Iglesia.

Pasó la comitiva por en medio de ellas y entró en el templo. Don Robustiano fué á ocupar el sitial que á la sazón estaba cubierto con la mejor colcha de Toribio. Éste, como padrino; su hijo, Verónica, y la alcaldesa como madrina, se hincaron en las gradas del altar mayor. Los gaiteros y el maestro subieron al coro, aquéllos para tocar la misa, éste para echar la epístola y dirigir á los demás cantores.

Pasaré por alto los detalles de la ceremonia religiosa, pues, mutatis mutandis, fueron los que conoce todo fiel cristiano, como sin duda lo es el lector. Solamente haré notar que hubo tiros de escopeta y cohetes á la puerta, en el momento de la Consagración; que los novios, cuando fué ocasión de leerles la epístola de San Pablo, se trasladaron al sitial para oirla desde allí, como si de este modo se le diera más solemne posesión del privilegiado asiento al hijo de Mazorcas; que don Robustiano, aunque vió esta intrusión con amargo despecho, ya no sabía qué cara poner en fuerza de lo que, por otra parte, le halagaba la pompa desplegada en obsequio de su hija; y por último, que Toribio reía y lloraba á la vez, y no pudiendo contenerse, abrazó á su consuegro, y á Verónica, y á Antón, y á la alcaldesa, y estuvo en un tris que no abrazase también al señor cura.

Cuando se dió por terminada la ceremonia, y después de las felicitaciones y enhorabuenas de costumbre, volvió á formar la comitiva á la puerta de la Iglesia y se puso en marcha conforme había venido, con la sola diferencia de que ahora iba Antón también debajo de los arcos, y su padre echaba, durante el tránsito, puñados de tarines y aun de medias pesetas á la muchedumbre, cebo apetitoso y estimulante que hizo más de dos veces desorganizarse la comparsa por bajarse los danzantes, los gaiteros y las cantadoras á recoger tal cual moneda descarriada, no obstante haberles dicho Toribio, temiéndose tamañas informalidades, que para todos habría luego.

Una hora después que la boda llegó á casa del rico jándalo, la fiesta tomó un carácter muy distinto. El señor cura, don Robustiano, Zancajos, los novios, el alcalde, la alcaldesa, los concejales de la comisión, el maestro, el sacristán y más una docena de personas de lo más selecto del lugar, ocuparon la larga mesa que se había preparado en la sala principal.—Los danzantes, los gaiteros, las cantadoras y cuanta gente se presentó allí, se posesionaron del corral, donde había, para el que menos, abundante ración de guisado, pan y vino... y arroz con leche.