Qué más bronce
Que años once,
Y qué más lana
Que no pensar en mañana».
(Fol. 189 vuelto)[170].
Los apotegmas no son seiscientos, sino que llegan á setecientos, como expresa el mismo Rufo en una advertencia final. Á ésta como á casi todas las colecciones de sentencias, aforismos y dichos agudos cuadra de lleno la sentencia de Marcial sobre sus propios epigramas sunt bona, sunt quædam mediocria, sunt mala plura. Pero aunque muchos puedan desecharse por ser insulsos juegos de vocablos, queda en los restantes bastante materia curiosa, ya para ilustrar las costumbres de la época, ya para conocer el carácter de su autor, poeta repentista, decidor discreto y que, como todos los ingenios de su clase, tenía que brillar más en la conversación que en los escritos. Él mismo lo reconoce ingenuamente: «Importunándole que repitiesse los dichos de que se acordasse, dixo que no se podia hazer sin perderse por lo menos la hechura, como quien vende oro viejo: pues quando el oro del buen dicho se estuviesse entero, era la hechura la ocasion en que se dixo, el no esperarse entonces la admiracion que causó. Y que en fin, fuera de su primer lugar eran piedras desengastadas, que luzen mucho menos. O como pelota de dos botes, que por bien que se toque no se ganan quinze».
Tuvo Juan Rufo un imitador dentro de su propia casa en su hijo el pintor y poeta cordobés D. Luis Rufo, cuyos quinientos apotegmas (en rigor 455) ha exhumado en nuestros tiempos el erudito Sr. Sbarbi[171]. Pero la fecha de este libro, dedicado al Príncipe D. Baltasar Carlos (n. 1629, m. 1646), le saca fuera de los límites cronológicos del presente estudio, donde por la misma razón tampoco pueden figurar los donosos Cuentos que notó D. Juan de Arguijo, entre los cuales se leen algunas agudezas del Maestro Farfán, agustiniano[172].
Volviendo ahora la vista fuera de las fronteras patrias, debemos hacer mérito de algunas misceláneas de varia recreación impresas en Francia para uso de los estudiosos de la lengua castellana, cuando nadie, «ni varón ni mujer dejaba de aprenderla», según testifica Cervantes en el Persiles (Libro III, cap. XIII). Una porción de aventureros españoles, á veces notables escritores, como el autor de La desordenada codicia de los bienes ajenos y el segundo continuador del Lazarillo de Tormes, vivían de enseñarla ó publicaban allí sus obras de imaginación. Otros, que no llegaban á tanto, se limitaban á los rudimentos de la disciplina gramatical, hacían pequeños vocabularios, manuales de conversación, centones y rapsodias, en que había muy poco de su cosecha. Á este género pertenecen las obras de Julián de Medrano y de Ambrosio de Salazar.
Julián ó Julio Iñiguez de Medrano, puesto que de ambos modos se titula en su libro, era un caballero navarro que, después de haber rodado por muchas tierras de España y de ambas Indias, aprendiendo, según dice, «los más raros y curiosos secretos de natura», vivía «en la ermita del Bois de Vincennes», al servicio de la Reina Margarita de Valois. Á estos viajes suyos aluden en términos muy pomposos los panegiristas que en varias lenguas celebraron su libro, comenzando por el poeta regio Juan Daurat ó Dorat (Ioannes Auratus):
Julius ecce Medrana novus velut alter Ulysses,
A variis populis, a varioque mari,
Gemmarum omne genus, genus omne reportat et auri:
Thesaurus nunquam quantus Ulyssis erit.
La verdad es que de tales tesoros da muy pobre muestra su Silva Curiosa, cuya primera y rarísima edición es de 1587[173]. De los siete libros que la portada anuncia, sólo figura en el volumen el primero, que lleva el título de «dichos sentidos y motes breves de amor». Los otros seis hubieron de quedarse inéditos, ó quizá en la mente de su autor, puesto que parecen meros títulos puestos para excitar la curiosidad. El segundo debía tratar de «las yerbas y sus más raras virtudes»; el tercero, de las piedras preciosas; el cuarto, de los animales; el quinto, de los peces; el sexto, de las «aves celestes y terrestres»; el séptimo «descubre los más ocultos secretos de las muieres, y les ofrece las más delicadas recetas». Ni del tratado de los cosméticos, ni de la historia natural recreativa que aquí se prometen, ha quedado ningún rastro, pues aunque lleva el nombre de Julio Iñiguez de Medrano cierta rarísima Historia del Can, del Caballo, Oso, Lobo, Ciervo y del Elefante, que se dice impresa en París, en 1583, este libro no es más que un ejemplar, con los preliminares reimpresos, del libro Del can y del caballo que había publicado en Valladolid el protonotario Luis Pérez en 1568, sin que para nada se hable del oso ni de los demás animales citados en la portada[174]. La superchería que Medrano usó apropiándose este libro para obsequiar con él, no desinteresadamente sin duda, al Duque de Epernon, da la medida de su probidad literaria, que acaba de confirmarse con la lectura de la Silva, especie de cajón de sastre, con algunos retales buenos, salteados en ajenas vestiduras. No sería difícil perseguir el origen de las «letras y motes», de las preguntas, proverbios y sentencias morales; pero limitándonos á lo que salta á la vista en cuanto se recorren algunas páginas de la Silva, vemos que Medrano estampa su nombre al principio de un trozo conocidísimo de Cristóbal de Castillejo en su Diálogo de las condiciones de las mujeres y da por suyo de igual modo aquel soneto burlesco atribuido á D. Diego de Mendoza y que realmente es de Fray Melchor de la Serna:
Dentro de un santo templo un hombre honrado...
Tales ejemplos hacen sospechar de la legítima paternidad de sus versos. Y lo mismo sucede con la prosa. Casi todos los «dichos sentidos, agudas respuestas, cuentos muy graciosos y recreativos, y epitafios curiosos» que recoge en la segunda parte de la Silva, habían figurado antes en otras florestas, especialmente en el Sobremesa de Timoneda, del cual copia literalmente nada menos que cuarenta cuentos, con otros cinco de Juan Aragonés[175].
Hay, sin embargo, en el libro dos narraciones tan mal forjadas y escritas, que sin gran escrúpulo pueden atribuirse al mismo Julián de Medrano. Una es cierta novela pastoril de Coridón y Silvia; y aun en ella intercaló versos ajenos, como la canción de Francisco de Figueroa:
Sale la aurora, de su fértil manto
Rosas suaves esparciendo y flores...
La otra, que tiene algún interés para la historia de las supersticiones populares, es un largo cuento de hechicerías y artes mágicas, que el autor supone haber presenciado yendo en romería á Santiago de Galicia.
No es inverosímil que Lope de Vega, que lo leía todo y de todo sacaba provecho para su teatro, hubiese encontrado entre los ejemplos de la Silva Curiosa el argumento de su comedia Lo que ha de ser, aunque al fin de ella alega «las crónicas africanas».
Dice así el cuentecillo de la Silva, que no tengo por original, aunque hasta ahora no puedo determinar su fuente:
«Un caballero de alta sangre, fué curioso de saber lo que las influencias ó inclinaciones de los cuerpos celestiales prometian á un hijo suyo que él tenia caro como su propia vida, y así hizo sacar el juicio de la vida del mancebo (que era ya hombrecito) á un astrólogo el más famoso de aquella tierra; el cual halló por su sciencia que el mozo era amenazado y corría un grandísimo peligro, en el año siguiente, de recibir muerte por una fiera cruel, la cual él nombró y (pasando los límites de su arte) dijo sería un leon; y que el peligro era tan mortal, que si este caballero no defendia la caza á su hijo por todo aquel año, y no le ponia en algun castillo donde estuviese encerrado y muy bien guardado hasta que el año pasase, que él tenia por cosa imposible que este mancebo escapase al peligro de muerte. El padre, deseando en todo y por todo seguir el consejo del astrólogo (en quien él creia como en un oráculo verísimo), privando á su hijo del ejercicio que él más amaba, que era la caza, lo encerró en una casa de placer que tenia en el campo, y dejándole muy buenas guardas, y otras personas que le diesen todo el pasatiempo posible, los defendió á todos, so pena de la vida, que no dejasen salir á su hijo un solo paso fuera de la puerta del castillo. Pasando esta vida el pobre mancebo en aquella cárcel tristísima, viéndose privado de su libertad, dice la historia que un dia, paseándose dentro de su cámara, la cual estaba ricamente adornada y guarnecida de tapiceria muy hermosa, se puso á contemplar las diversas figuras de hombres y animales que en ella estaban, y viendo entre ellos un leon figurado, principió á enojarse con él como si vivo estuviera, diciendo: «¡Oh fiera cruel y maldita! Por ti me veo aqui privado de los más dulces ejercicios de mi vida; por ti me han encerrado en esta prision enojosa». Y arremetiendo con cólera contra esta figura, le dió con el puño cerrado un golpe con toda la fuerza de su brazo; y su desventura fué tal que detrás de la tapiceria habia un clavo que salia de un madero ó tabla que alli estaba, con el cual dando el golpe se atravesó un dedo; y aunque el mal no parecía muy grave al principio, fué tal todavía, que por haber tocado á un nervio, en un extremo tan sensible como es el dedo, engendró al pobre mancebo un dolor tan grande, acompañado de una calentura continua, que le causó la muerte»[176].
César Oudín, el mejor maestro de lengua castellana que tuvieron los franceses en todo el siglo XVII y el más antiguo de los traductores del Quijote en cualquier lengua, hizo en 1608 una reimpresión de la Silva, añadiendo al fin, sin nombre de autor, la novela de El Curioso Impertinente, que aquel mismo año publicaba en texto español y francés Nicolás Baudouin[177]. Por cierto que esta segunda edición de la Silva dió pretexto á un erudito del siglo XVIII para acusar á Cervantes de haber plagiado ¡á Medrano! Habiendo caído en manos del escolapio D. Pedro Estala un ejemplar de la Silva de 1608, donde está la novela, dedujo con imperdonable ligereza que también estaría en la de 1583, y echó á volar la especie de que Cervantes la había tomado de allí, «no creyendo haber inconveniente ó persuadido á que no se le descubriría el hurto, si así debe llamarse». Á esta calumniosa necedad, divulgada en 1787, se opuso, con la lógica del buen sentido, D. Tomás Antonio Sánchez, aun sin haber visto la primera edición de la Silva, de la cual sólo tuvo conocimiento por un amigo suyo residente en París[178].
Compilaciones del mismo género que la Silva son algunos de los numerosos libros que publicó en Francia Ambrosio de Salazar, aventurero murciano que después de haber militado en las guerras de la Liga, hallándose sin amparo ni fortuna, despedazado y roto, como él dice, se dedicó en Ruán á enseñar la lengua de Castilla, llegando á ser maestro é intérprete de Su Majestad Cristianísima. La vida y las obras de Salazar han sido perfectamente expuestas por A. Morel-Fatio en una monografía tan sólida como agradable, que agrupa en torno de aquel curioso personaje todas las noticias que pueden apetecerse sobre el estudio del español en Francia durante el reinado de Luis XIII y sobre las controversias entre los maestros de gramática indígenas y forasteros. Remitiendo á mis lectores á tan excelente trabajo[179], hablaré sólo de aquellos opúsculos de Salazar que tienen algún derecho para figurar entre las colecciones de cuentos, aunque su fin inmediato fuese ofrecer textos de lengua familiar á los franceses.
Tenemos, en primer lugar, Las Clavellinas de Recreacion, donde se contienen sentencias, avisos, exemplos y Historias muy agradables para todo genero de personas desseosas de leer cosas curiosas, en dos lenguas, Francesa y Castellana; obrita impresa dos veces en Ruán, 1614 y 1622, y reimpresa en Bruselas, 1625[180]. Es un ramillete bastante pobre y sin ningún género de originalidad, utilizando las colecciones anteriores, especialmente la de Santa Cruz, con algunas anécdotas de origen italiano y otras tomadas de los autores clásicos, especialmente de Valerio Máximo. Las Horas de Recreación de Guicciardini, el Galateo Español de Lucas Gracián Dantisco (del cual hablaré más adelante), pueden contarse también entre las fuentes de este libro, poco estimable á pesar de su rareza[181].
Más interés ofrece, y es sin duda el más útil de los libros de Salazar, á lo menos por los datos que consigna sobre la pronunciación de su tiempo y por las frases que recopila, ó interpreta, su Espejo General de la Gramática en diálogos, obra bilingüe publicada en Ruán en 1614 y de cuyo éxito testifican varias reimpresiones en aquella ciudad normanda y en París[182]. Este Espejo, que dió ocasión á una agria y curiosa polémica entre su autor y César Oudín, no es propiamente una gramática ni un vocabulario, aunque de ambas cosas participa, sino un método práctico y ameno para enseñar la lengua castellana en cortísimo tiempo, ya que no en siete lecciones, como pudiera inferirse de la portada. La forma del coloquio escolar, aplicado primeramente á las lenguas clásicas, y que no se desdeñaron de cultivar Erasmo y Luis Vives, degeneró en manos de los maestros de lenguas modernas, hasta convertirse en el pedestre manual de conversación de nuestros días. Y todavía en este género la degradación fue lenta: los Diálogos familiares que llevan el nombre de Juan de Luna, aunque no todos le pertenecen, tienen mucha gracia y picante sabor; son verdaderos diálogos de costumbres que pueden leerse por sí mismos, prescindiendo del fin pedagógico con que fueron trazados. Los de Salazar, escritor muy incorrecto en la lengua propia, y supongo que peor en la francesa, valen mucho menos por su estilo y tienen además la desventaja de mezclar la exposición gramatical directa, aunque en dosis homeopáticas, con el diálogo propiamente dicho. De éste pueden entresacarse (como previene el autor) algunas «historias graciosas y sentencias muy de notar»; por ejemplo, una biografía anecdótica del negro Juan Latino, que Morel-Fatio ha reproducido y comenta agradablemente en su estudio[183].
No importa á nuestro propósito, aunque el título induciría á creerlo, el Libro de flores diversas y curiosas en tres tratados (París, 1619), en que lo único curioso son algunos modelos de estilo epistolar, sobre el cual poseemos otros formularios más antiguos, castizos ó importantes, como el de Gaspar de Texeda. Salazar había pensado llenar con cuentos la tercera parte de su libro; pero viendo que ocupaban muchas hojas y que su librero no podía sufragar tanto gasto, guardó los cuentos para mejor ocasión y los reemplazó con un diálogo entre un caballero y una dama[184].
Podemos suponer que estos cuentos serían los mismos que en número de ochenta y tres publicó en 1632, formando la segunda parte de sus Secretos de la gramática española, que ciertamente no aclaran ningún misterio filológico. La parte teórica es todavía más elemental que en el Espejo, y la parte práctica, los ejercicios de lectura como diríamos hoy, están sacados, casi en su totalidad, de la Floresta Española de Melchor de Santa Cruz, según honrada confesión del propio autor: «Lo que me ha movido á hacer imprimir estos quentos ha sido porque veya que un librito que andava por aqui no so podia hallar, aunque es verdad que primero vino de España. Despues se imprimio en Brucelas (sic) en las dos lenguas, y aun creo que se ha impreso aqui en París, y he visto que lo han siempre estimado del todo. Este librito se llama Floresta española de apoystemas (sic) y dichos graciosos, del qual y de algunos otros he sacado este tratadillo»[185].
Salazar, que multiplicaba en apariencia más que en realidad las que apenas podemos llamar sus obras, con cuyo producto, seguramente mezquino, iba sosteniendo su trabajada vejez, formó con estos mismos cuentos un Libro Curioso, lleno de recreacion y contento, que es uno de los tres Tratados propios para los que dessean saber lengua española (París, 1643), donde también pueden leerse dos diálogos, no sé á punto fijo si suyos ó ajenos, «entre dos comadres amigas familiares, la una se llama Margarita y la otra Luciana».
Mencionaremos, finalmente, el Thesoro de diversa licion (París, 1636), cuyo título parece sugerido por la Silva de varia leccion de Pedro Mejía, que le proporcionó la mayor parte de sus materiales, puesto que no creo que Salazar acudiese personalmente á Eliano, Plinio, Dioscórides y otros antiguos á quien se remite[186]. El Thesoro viene á ser una enciclopedia microscópica de geografía ó historia natural, pero lleva al fin una serie de Historias verdaderas sucedidas por algunos animales, que entran de lleno en la literatura novelística. Algunas son tan vulgares y sabidas como la del león de Androcles, pero hay también cuentos españoles que tienen interés folklórico. Todos deben de encontrarse en otros libros, pero hoy por hoy no puedo determinar cuáles. La historia del prodigioso perro que tenía un maestro de capilla de Palencia en tiempo de Carlos V se lee en el Libro del Can y del Caballo del protonotario Luis Pérez[187], pero con notables variantes. La leyenda genealógica de los Porceles de Murcia, que sirvió á Lope de Vega para su comedia del mismo título[188], se encuentra referida en Salazar á Barcelona, y acaso sea allí más antigua, puesto que en Provenza hallamos la misma leyenda aplicada á los Pourcelet, marqueses de Maiano (Maillane), poderosos señores en la villa de Arlés, cuyo apellido sonó mucho en las Cruzadas, en la guerra de los Albigenses, en las Vísperas Sicilianas y en otros muchos sucesos, y de la cual es verosímil que procediesen el Guarner Porcel, el Porcelín Porcel y el Orrigo Porcel, que asistieron con D. Jaime á la conquista de Murcia, y están inscritos en el libro de repartimiento de aquella ciudad, puesto que el blasón de ambos linajes ostenta nueve lechoncillos[189].
Más curiosa todavía es otra leyenda catalana sobre la casa de Marcús, que Ambrosio de Salazar nos refiere en estos términos:
«En la decendencia de los Marcuses, linage principal de Cataluña, se lee una Historia de una Cabra y un Cabrito, que aunque fué sueño tubo un estraño effecto, que un Hidalgo llamado Marcus, por desgracias y vandos de sus antecessores, vino á una grande pobreza y necessidad, tanto que lo hazia andar muy afligido y cuydadoso pensando cómo podria echar de sí tan pesada carga. Y con tales pensamientos sucedió, que durmiendo soñó un sueño que si dexava su tierra y se yva á Francia, en una Puente que está junto á la Ciudad de Narbona hallaria un gran Thesoro. El qual despertando estubo pensando si aquello era sueño ó fantasía. Por entonces no quiso dar credito al sueño, pero bolviendo otras dos vezes al mesmo sueño determinó yr allá, y provar sueño y ventura. Estando pues en la dicha Puente un dia entre otros muchos acaeció que otro hidalgo de aquella ciudad, por la mañana y a la tarde se salia por aquella Puente passeando; y como notasse y viesse cada dia aquel Estrangero, y que por mucho que él madrugase ya lo hallava ally, y por tarde que bolviesse tambien, determinó preguntarle la causa, como de hecho se lo preguntó, rogándoselo muy encarecidamente.
«El hidalgo catalan después de bien importunado respondió diciendo: «Aveis de saber, señor, que un Sueño me ha traydo aqui, y es éste: que si me venia a esta Puente avia de hallar en ella un muy grande Thesoro, y esto lo soñé muchas vezes». El Francés burlándose del Cathalan y de su sueño respondió riendo: «Bueno estuviera yo que dexara mi patria y casa por un sueño que soñé los dias passados, y era, que si me yva á la Ciudad de Barcelona en casa de uno que se llama Marcus, hallaria debajo una escalera un grandíssimo y famoso Thesoro»; el hidalgo catalan, que era el mesmo Marcus, como oyó el sueño del Francés y su reprehensión, se despidió dél sin dársele á conocer y se bolvió á su casa. Luego que llegó començó en secreto á cavar debajo su escalera considerando que podria aver algun mysterio en aquellos sueños, y á pocos dias ahondó cavando tanto que vino á descubrir un gran cofre de hierro enterrado ally, dentro del qual halló una Cabra muy grande y un cabrito de oro maciço, que se creyó que avian sido idolos del tiempo de los Gentiles. Con las quales dos pieças, aviendo pagado el quinto, salió de miseria, y fué rico toda su vida él y los suyos: y instituyó cinco capellanias con sus rentas, que estan aun oy dia en la ciudad de Barcelona»[190].
No todos los librillos bilingües de anécdotas y chistes publicados en Francia á fines del siglo XVI y principios del XVII tenían el útil é inofensivo objeto de enseñar prácticamente la lengua. Había también verdaderas diatribas, libelos y caricaturas en que se desahogaba el odio engendrado por una guerra ya secular y por la preponderancia de nuestras armas. Á este género pertenecen las colecciones de fanfarronadas y fieros en que alternan los dichos estupendos de soldados y rufianes. Escribían ó compilaban estos libros algunos franceses medianamente conocedores de nuestra lengua, como Nicolás Baudoin, autor de las Rodomuntadas castellanas, recopiladas de diversos autores y mayormente del capitán Escardón Bonbardón, que en sustancia son el mismo libro que las Rodomuntadas castellanas, recopiladas de los commentarios de los muy aspantosos (sic), terribles e invincibles capitanes Metamoros (sic), Crocodrillo y Rajabroqueles[191]. Y en algunos casos también cultivaron este ramo de industria literaria españoles refugiados por causas políticas ó religiosas, como el judío Francisco de Cáceres, autor de los Nuevos fieros españoles[192].
En estos librejos pueden distinguirse dos elementos, el rufianesco y el soldadesco, ambos de auténtica aunque degenerada tradición literaria. Venía el primero de las Celestinas, comenzando por el Centurio y el Traso de la primera, siguiendo por el Pandulfo de la segunda, por el Brumandilón de la tercera, por el Escalión de la Comedia Selvagia, para no mencionar otras. En casi todas aparece el tipo del rufián cobarde y jactancioso, acrecentándose de una en otra los fieros, desgarros, juramentos, porvidas y blasfemias que salen de sus vinosas bocas. Algo mitigado ó adecentado el tipo pasó á las tablas del teatro popular con Lope de Rueda, que sobresalía en representar esta figura cómica, la cual repite tres veces por lo menos en la parte que conocemos de su repertorio. El gusto del siglo XVII no la toleraba ya, y puede decirse que Lope de Vega la enterró definitivamente en El Rufián Castrucho.
No puede confundirse con el rufián, reñidor de fingidas pendencias y valiente de embeleco, el soldado fanfarrón, el miles gloriosus, cuya primera aparición en nuestra escena data de la Comedia Soldadesca de Torres Naharro. Este nuevo personaje, aunque tiene á veces puntas y collares rufianescos y pocos escrúpulos en lo que no toca á su oficio de las armas, suele ser un soldado de verdad, curtido en campañas sangrientas, y que sólo resulta cómico por lo desgarrado y jactancioso de su lenguaje. Así le comprendió mejor que nadie Brantôme en el libro, mucho más admirativo que malicioso, de sus Rodomantades Espaignolles, donde bajo un título común se reúnen dichos de arrogancia heroica, con bravatas pomposas ó hipérboles desaforadas. El libro de Brantôme más que satírico es festivo, y en lo que tiene de serio fué dictado por la más cordial simpatía y la admiración más sincera. El panegírico que hace del soldado español no ha sido superado nunca. Era un españolizante fervoroso; cada infante de nuestros tercios le parecía un príncipe, y á los ingenios de nuestra gente, cuando quieren darse á las letras y no á las armas, los encontraba «raros, excelentes, admirables, profundos y sutiles». Sus escritos están atestados de palabras castellanas, por lo general bien transcritas, y él mismo nos da testimonio de que la mayor parte de los franceses de su tiempo sabían hablar ó por lo menos entendían nuestra lengua. No sólo le encantaba en los españoles la bravura, el garbo, la bizarría, sino esas mismas fierezas y baladronadas que recopila «belles paroles profferées à l'improviste», que satisfacen su gusto gascón y no hacen más que acrecentar su entusiasmo por esta nación «brave bravasche et vallereuse, et fort prompte d'esprit». Síguese de aquí que aunque Brantôme fuese el inventor del género de las Rodomontadas, y el primero que las coleccionó en un libro que no puede llamarse bilingüe, puesto que las conserva en su lengua original sin traducción[193], lo hizo sin la intención aviesa, siniestra y odiosa con que otros las extractaron y acrecentaron en tiempo de Luis XIII.
Hora es de que tornemos los ojos á nuestra Península, y abandonando por el momento los libros de anécdotas y chistes, nos fijemos más particularmente en las colecciones de cuentos y narraciones breves que en escaso número aparecen después de Timoneda y antes de Cervantes. Una de estas colecciones está en lengua portuguesa, y si no es la primera de su género en toda España, como pensó Manuel do Faria[194], es seguramente la primera en Portugal, tierra fertilísima en variantes de cuentos populares que la erudita diligencia de nuestros vecinos va recopilando[195], y no enteramente desprovista de manifestaciones literarias de este género durante los tiempos medios, aunque ninguna de ellas alcance la importancia del Calila y Sendebar castellanos, de las obras de D. Juan Manuel ó de los libros catalanes de Ramón Lull y Turmeda[196].
El primer cuentista portugués con fin y propósito de tal es contemporáneo de Timoneda, pero publicó su colección después del Patrañuelo. Llamábase Gonzalo Fernandes Trancoso, era natural del pueblo de su nombre en la provincia de Beira, maestro de letras humanas en Lisboa, lo cual explica las tendencias retóricas de su estilo, y persona de condición bastante oscura, apenas mencionado por sus contemporáneos. Aparte de los cuentos, no se cita más trabajo suyo que un opúsculo de las «fiestas movibles» (Festas mudaveis), dedicado en 1570 al Arzobispo de Lisboa.
Á semejanza de Boccaccio, á quien la peste de Florencia dió ocasión y cuadro para enfilar las historias del Decameron, Trancoso fué movido á buscar algún solaz en la composición de las suyas con el terrible motivo de la llamada peste grande de Lisboa en 1569, á la cual hay varias referencias en su libro. En el cuento 9.º de la 2.ª parte, dice: «Assi a exemplo deste Marquez, todos os que este anuo de mil e quinhentos e sessenta e nove, nesta peste perdemos mulheres, filhos e fazenda, nos esfoçaremos e nāo nos entristeçamos tanto, que caiamos em caso de desesperação sem comer e sem paciencia, dando occasião a nossa morte». Trancoso hizo la descripción de esta peste, no en un proemio como el novelista florentino, sino en una Carta que dirigió á la Reina Doña Catalina, viuda de D. Juan III y Regente del Reino. En esta carta, que sólo se halla en la primera y rarísima edición de los Contos de 1575 y fué omitida malamente en las posteriores, refiere Trancoso haber perdido en aquella calamidad á su mujer, á su hija, de veinticuatro años, y á dos hijos, uno estudiante y otro niño de coro. Agobiado por el peso de tantas desdichas, ni siquiera llegó á completar el número de cuentos que se había propuesto escribir. De ellos publicó dos partes, que en junto contienen veintiocho capítulos. Una tercera parte póstuma, dada á luz por su hijo Antonio Fernandes, añade otros diez.
Con el deseo de exagerar la antigüedad de los Contos e historias de proveito e exemplo, supone Teófilo Braga que Trancoso había comenzado á escribirlos en 1544[197]. Pero el texto que alega no confirma esta conjetura, puesto que en él habla Trancoso de dicho año como de tiempo pasado: «e elle levaba consigo duzentos e vinte reales de prata, que era isto o anno de 1544, que havia quasi tudo reales». Me parece evidente que Trancoso no se refiere aquí al año en que él escribía, sino al año en que pasa la acción de su novela. Tampoco hay el menor indicio de que la Primera Parte se imprimiese suelta antes de 1575, en que apareció juntamente con la Segunda, reimprimiéndose ambas en 1585 y 1589. La tercera es de 1596[198]. No cabe duda, pues, de la prioridad de Timoneda, cuyas Patrañas estaban impresas desde 1566, tres años antes de la peste de Lisboa. No creo, sin embargo, que Trancoso las utilizase mucho. Las grandes semejanzas que el libro valenciano y el portugués tienen en la narración de Griselda quizá puedan explicarse por una lección italiana común, algo distinta de las de Boccaccio y Petrarca.
Trancoso adaptó al portugués varios cuentos italianos de Boccaccio, Bandello, Straparola y Giraldi Cinthio, pero lo que caracteriza su colección y la da más valor folklórico que á la de Timoneda es el haber acudido con frecuencia á la fuente de la tradición oral. La intención didáctica y moralizadora predomina en estos cuentos, y algunos pueden calificarse de ejemplos piadosos, como el «del ermitaño y el salteador de caminos», que inculca la necesidad del concurso de las buenas obras para la justificación, aunque sin el profundo sentido teológico que admiramos en la parábola dramática de El Condenado por desconfiado, ni la variedad y riqueza de su acción, cuyas raíces se esconden en antiquísimos temas populares. Otros enuncian sencillas lecciones de economía doméstica y de buenas costumbres, recomendando con especial encarecimiento la honestidad y recato en las doncellas y la fidelidad conyugal, lo cual no deja de contrastar con la ligereza de los novellieri italianos, y aun de Timoneda, su imitador. El tono de la coleccioncita portuguesa es constantemente grave y decoroso, y aun en esto revela sus afinidades con la genuina poesía popular, que nunca es inmoral de caso pensado, aunque sea muchas veces libre y desnuda en la dicción.
El origen popular de algunos de estos relatos se comprueba también por los refranes y estribillos, que les sirven de motivo ó conclusión, v. gr.: «A moça virtuosa—Deus a esposa» (cont. III); «minha mãe, calçotes» (cont. X), y otros dichos que son tradicionales todavía en Oporto y en la región del Miño.
Algunas de las anécdotas recogidas por Trancoso son meramente dichos agudos y sentenciosos que corrían de boca en boca, y no todos pueden ser calificados de portugueses. Así el conocido rasgo clásico de la vajilla mandada romper por Cotys, rey de Tracia, que aquí se encuentra aplicado á un rey de España. La fuente remota pero indisputable de esta anécdota, que pasó á tantos centones, es Plutarco en sus Apotegmas, que andaban traducidos al castellano desde 1533. Es verosímil, además, que Trancoso manejase la Floresta Española de Melchor de Santa Cruz, impresa un año antes que los Contos, pues sólo así se explica la identidad casi literal de ambos textos en algunas anécdotas y dichos de personajes castellanos. Puede compararse, por ejemplo, el cuento 8.º de la Parte Primeira del portugués con éste, que figura en el capítulo III de la colección del toledano:
«Un contador de este Arzobispo (D. Alonso Carrillo) le dixo que era tan grande el gasto de su casa, que ningún término hallaba cómo se pudiese sustentar con la renta que tenia. Dixo el Arzobispo: «¿Pues qué medio te parece que se tenga?» Respondió el Contador: «Que despida Vuestra Señoria aquellos de quien no tiene necesidad». Mandóle el Arzobispo que diese un memorial de los que le sobraban, y de los que se habian de quedar. El Contador puso primero aquellos que le parecian á él más necesarios y en otra memoria los que no eran menester. El Arzobispo tuvo manera como le diese el memorial delante de los más de sus criados, y leyéndole, dixo: «Estos queden, que yo los he menester; esotros ellos me han menester á mí»[199].
También pertenece á la historia castellana este dicho del Marqués de Priego, viendo asolada una de sus fortalezas por mandado del Rey Católico: «Bendito y alabado sea Dios que me dió paredes en que descargase la ira del Rey». (Cont. IX, parte 1.ª de Trancoso.)
Llegando á los cuentos propiamente dichos, á las narraciones algo más extensas, que pueden calificarse de novelas cortas, es patente que el autor portugués las recibió casi siempre de la tradición oral, y no de los textos literarios. Por eso y por su relativa antigüedad merecen singular aprecio sus versiones, aun tratándose de temas muy conocidos, como el «del Rey Juan y el abad de Cantorbery» (que aquí es un comendador llamado D. Simón), ó el de «la prueba de las naranjas», ó el de «los tres consejos», parábola de indiscutible origen oriental, que difiere profundamente de todas las demás variantes conocidas y ofrece una peripecia análoga á la leyenda del paje de la Reina Santa Isabel[200].
Todavía tienen más hondas raíces en el subsuelo misterioso de la tradición primitiva, común á los pueblos y razas más diversas, otros cuentos de Trancoso, por ejemplo, el de la reina virtuosa y la envidia de sus hermanas, que la acusan de parir diversos monstruos, con los cuales ellas suplantan las criaturas que la inocente heroína va dando á luz. Innumerables son los paradigmas de esta conseja en la literatura oral de todos los países, como puede verse en los eruditísimos trabajos de Reinhold Köhler y de Estanislao Prato[201], que recopilan á este propósito cuentos italianos, franceses, alemanes, irlandeses, escandinavos, húngaros, eslavos, griegos modernos, en número enorme. Sin salir de nuestra Península, la encontramos en Andalucía, en Portugal, en Cataluña, y ni siquiera falta una versión vasca recogida por Webster[202]. La novelística literaria ofrece este tema con igual profusión en Las Mil y una noches, en Straparola (n. 4, fáb. III); en la Posilecheata del obispo Pompeyo Sarnelli, publicada por Imbriani (cuento tercero); en Mad. D'Aulnoy, La Princesse Belle-Etoile et le prince Chévi. Carlos Gozzi le transportó al teatro en su célebre fiaba filosofica «L'Augellino belverde», y D. Juan Valera le rejuveneció para el gusto español con la suave y cándida malicia de su deleitable prosa. Un nexo misterioso pero indudable, ya reconocido por Grimm, enlaza este cuento con el del caballero del Cisne y con las poéticas tradiciones relativas á Lohengrin. Tan extraordinaria y persistente difusión indica un simbolismo primitivo, no fácil de rastrear, sin embargo, aun por la comparación de las versiones más antiguas. La de Trancoso conserva cierta sencillez relativa, y no está muy alejada de las que Leite de Vasconcellos y Teófilo Braga han recogido de boca del pueblo portugués en nuestros días.
Persisten del mismo modo en la viva voz del vulgo el cuento del real bien ganado que conduce á un piadoso labriego al hallazgo de una piedra preciosa, y el de «quien todo lo quiere, todo lo pierde», fundado en una estratagema jurídica que altera el valor de las palabras. Y aunque todavía no se hayan registrado versiones populares de otras consejas, puede traslucirse el mismo origen en la de «la buena suegra», que tanto contrasta con el odioso papel que generalmente se atribuye á las suegras en cuentos y romances, y que en su desarrollo ofrece una situación análoga á la astucia empleada en la comedia de Shakespeare All's well that ends well, cuyo argumento está tomado, como se sabe, del cuento decameroniano de Giletta de Narbona (n. 9, giorn. III). Obsérvese que Trancoso conocía también á Boccaccio, pero en este caso no le imita, sino que coincide con él.
De El Conde Lucanor no creemos que tuviese conocimiento, puesto que la edición de Argote es del mismo año que la primera de los Contos; pero en ambas colecciones es casi idéntico el ejemplo moral que sirve para probar la piadosa máxima: «Bendito sea Dios, ca pues él lo fizo, esto es lo mejor»; salvo que en Trancoso queda reducido á la condición de médico el resignado protagonista de la pierna quebrada, que en la anécdota recogida por D. Juan Manuel tiene un nombre ilustre: D. Rodrigo Meléndez de Valdés, «caballero mucho honrado del reino de Leon». Los nombres y circunstancias históricas es lo primero que se borra en la tradición y en el canto popular.
El cuento «del hallazgo de la bolsa» se halla con circunstancias diversas en Sercambi, en Giraldi Cinthio y en Timoneda[203]; pero la versión de Trancoso parece independiente y popular, como lo es también el cuento de «los dos hermanos», que en alguna de sus peripecias (el pleito sobre la cola de la bestia, transportado por Timoneda á la patraña sexta y no olvidado por Cervantes en La Ilustre Fregona), pertenece al vastísimo ciclo de ficciones del «justo juez», que Benfey y Köhler han estudiado minuciosamente comparando versiones rusas, tibetanas, indias y germánicas.
La parte de invención personal en los cuentos de Trancoso debe de ser muy exigua, aun en los casos en que no puede señalarse derivación directa. Nadie le creerá capaz de haber inventado un cuento tan genuinamente popular como el «del falso príncipe y el verdadero», puesto que son folklóricos todos sus elementos: la fuerza de la sangre, que se revela por la valentía y arrojo en el verdadero príncipe, y por la cobardía en el falso é intruso, y el casamiento del héroe con una princesa, que permanece encantada durante cierto tiempo, en forma de vieja decrépita. Cuando Trancoso intenta novelar de propia minerva, lo cual raras veces le acontece, cae en lugares comunes y se arrastra lánguidamente. Tal le sucede en el cuento del hijo de un mercader, que en recompensa de su piedad llegó á ser rey de Inglaterra (cuento II de la 2.ª parte). Trancoso parece haberle compaginado con reminiscencias de libros caballerescos, especialmente del Oliveros de Castilla. Es una nueva versión del tema del muerto agradecido. Los agradecidos son aquí dos santos, cuyas reliquias había rescatado en Berbería el héroe de la novela, y que con cuerpos fantásticos le acompañan en su viaje y le hacen salir vencedor de las justas en que conquista la mano de la princesa de Inglaterra.
Los cuentos de Trancoso en que debe admitirse imitación literaria son los menos. De Boccaccio trasladó, no sólo la Griselda, sino también la historia de los fieles amigos Tito y Gisipo (Decameron, giorn. X, n. 8), transportando la acción á Lisboa y Coimbra. De Bandello, la novela XV de la Parte 2.ª, en que se relata aquel acto de justicia del Duque Alejandro de Médicis, que sirve de argumento á la comedia de Lope de Vega La Quinta de Florencia[204]. De las Noches de Straparola tomó, recortándola mucho, la primera novela, que persuade la conveniencia de guardar secreto, especialmente con las mujeres, y de ser obediente á los consejos de los padres. El cuento está muy abreviado, pero no empeorado, por Trancoso, y el artificio de simular muerto un neblí ó halcón predilecto del Marqués de Monferrato, para dar ocasión á que la mujer imprudente y ofendida delate á su marido y ponga en grave riesgo su vida, es nota característica de ambas versiones, y las separa de otras muchas[205], comenzando por la del Gesta Romanorum[206].
Giraldi Cinthio suministró á la colección portuguesa dos novelas, es á saber, la quinta de la primera década, en que el homicida, cuya cabeza ha sido pregonada, viene á ponerse en manos de la justicia para salvar de la miseria á su mujer é hijos con el precio ofrecido á quien le entregue muerto ó vivo[207]; y la primera de la década segunda, cuyo argumento en Trancoso, que sólo ha cambiado los nombres, es el siguiente: Aurelia, princesa de Castilla, promete su mano al que le traiga la cabeza del que asesinó á su novio Pompeyo. El incógnito matador Felicio, que había cometido su crimen por amor á Aurelia, vuelve del destierro con nombre supuesto, y después de prestar á la Princesa grandes servicios en la guerra contra el Rey de Aragón su despechado pretendiente, pone su vida en manos de la dama, la cual, no sólo le perdona, sino que se casa con él, cumpliendo lo prometido[208]. En la primera de estas leyendas fundó Lope de Vega su comedia El Piadoso Veneciano.
Si á esta media docena de novelas añadimos el conocido apólogo del codicioso y el envidioso, que puede leerse en muchos libros de ejemplos, pero que Trancoso, como maestro de latinidad que era, tomó probablemente de la fábula 22 de Aviano, que es el texto más antiguo en que se encuentra[209], tendremos apurado casi todo lo que en su libro tiene visos de erudición y es fruto de sus lecturas, no muchas ni variadas, á juzgar por la muestra. Ni estas imitaciones ocasionales, ni el fárrago de moralidades impertinentes y frías que abruman los cuentos, bastan para borrar el sello hondamente popular de este libro, que no sólo por la calidad de sus materiales, sino por su estilo fácil, expresivo y gracioso, es singular en la literatura portuguesa del siglo XVI, donde aparece sin precedentes ni imitadores. Los eruditos pudieron desdeñarle; pero el pueblo siguió leyéndole con devoción hasta fines del siglo XVIII, en que todavía le cita un poeta tan culto y clásico como Filinto Elysio: «os Contos de Trancoso, do tempo de nossos avoengos». Filinto se complacía en recordarlos y no desdeñaba tampoco (caso raro en su tiempo) los de tradición oral, «contos que ouvi contar ha mais de setenta e dois annos», como las Tres Cidras do Amor, João Ratão y la Princesa Doninha. «Com o titulo da Gata Borralheira, contava minha mãe a historia de Cendrillon. E nunca minha mãe soube francez»[210].
El cuento literario medró muy poco en Portugal después de Trancoso. Si alguno se halla es meramente á título de ejemplo moral en libros ascéticos ó de materia predicable, como el Baculo pastoral de Flores de Exemplos de Francisco Saraiva de Sousa (1657), el Estimulo pratico, la Nova floresta de varios Apophtegmas y otras obras del P. Manuel Bernardes, ó en ciertas misceláneas eruditas del siglo XVIII, como la Academia Universal de varia erudição del P. Manuel Consciencia, y las Horas de Recreio nas ferias de maiores estudos del P. Juan Bautista de Castro (1770). Sólo los estudios folklóricos de nuestros días han hecho reverdecer esta frondosa rama de la tradición galaico-lusitana, cuya importancia, literaria por lo menos, ya sospechaba un preclaro ingenio de principios del siglo XVII, que intentó antes que otro alguno reducir á reglas y preceptos el arte infantil de los contadores, dándonos de paso una teoría del género y una indicación de sus principales temas. Me refiero al curioso libro de Francisco Rodríguez Lobo Corte na aldea e noites de inverno, de que más detenidamente he de tratar en otra parte de los presentes estudios, puesto que por la fecha de su primera edición (1619) es ya posterior á las Novelas de Cervantes. Pero no quiero omitir aquí la mención de los dos curiosísimos diálogos décimo y undécimo, en que presenta dos tipos contrapuestos de narración, una al modo italiano (Historia de los amores de Aleramo y Adelasia—Historia de los amores de Manfredo y Eurice), otro al modo popular «con más bordones y muletas que tiene una casa de romería, sin que falten términos de viejas y remedios de los que usan los descuidados». Con este motivo establece una distinción Rodríguez Lobo entre los cuentos y las historias (sinónimo aquí de las novelle toscanas), donde puede campear mejor «la buena descripción de las personas, relación de los acontecimientos, razón de los tiempos y lugares, y una plática por parte de algunas de las figuras que mueva más á compasión y piedad, que esto hace doblar después la alegría del buen suceso», en suma todos los recursos patéticos y toda la elegancia retórica de Boccaccio y sus discípulos. «Esta diferencia me parece que se debe hacer de los cuentos y de las historias, que aquéllas piden más palabras que éstos, y dan mayor lugar al ornato y concierto de las razones, llevándolas de manera que vayan aficionando el deseo de los oyentes, y los cuentos no quieren tanta retórica, porque lo principal en que consisten está en la gracia del que habla y en la que tiene de suyo la cosa que se cuenta».
«Son estos cuentos de tres maneras: unos fundados en descuidos y desatientos, otros en mera ignorancia, otros en engaño y sutileza. Los primeros y segundos tienen más gracia y provocan más á risa y constan de menos razones, porque solamente se cuenta el caso, diciendo el cortesano con gracia propia los yerros ajenos. Los terceros sufren más palabras, porque debe el que cuenta referir cómo se hubo el discreto con otro que lo era menos ó que en la ocasión quedó más engañado...».
De todos ellos pone Rodríguez Lobo multiplicados ejemplos y continúa enumerando otras variedades: «Demás destos tres órdenes de cuentos de que tengo hablado hay otros muy graciosos y galanos, que por ser de descuidos de personas en quien había en todas las cosas de haber mayor cuidado, no son dignos de entrar en regla ni de ser traídos por ejemplo. Lo general es que el desatiento ó la ignorancia, donde menos se espera, tiene mayor gracia. Después de los cuentos graciosos se siguen otros de sutileza, como son hurtos, engaños de guerra, otros de miedos, fantasmas, esfuerzo, libertad, desprecio, largueza y otros semejantes, que obligan más á espanto que á alegría, y puesto que se deben todos contar con el mismo término y lenguaje, se deben en ellos usar palabras más graves que risueñas».
Trata finalmente de los dichos sentenciosos, agudos y picantes, dando discretas reglas sobre la oportunidad y sazón en que han de ser empleados: «Los cuentos y dichos galanes deben ser en la conversación como los pasamanos y guarniciones en los vestidos, que no parezca que cortaron la seda para ellos, sino que cayeron bien, y salieron con el color de la seda ó del paño sobre que los pusieron; porque hay algunos que quieren traer su cuento á fuerza de remos, cuando no les dan viento los oyentes, y aunque con otras cosas les corten el hilo, vuelven á la tela, y lo hacen comer recalentado, quitándole el gusto y gracia que pudiera tener si cayera á caso y á propósito, que es cuando se habla en la materia de que se trata ó cuando se contó otro semejante. Y si conviene mucha advertencia y decoro para decirlos, otra mayor se requiere para oirlos, porque hay muchos tan presurosos del cuento ó dicho que saben, que en oyéndolo comenzar á otro, se le adelantan ó le van ayudando á versos como si fuera salmo; lo cual me parece notable yerro, porque puesto que le parezca á uno que contará aquello mismo que oye con más gracia y mejor término, no se ha de fiar de sí, ni sobre esa certeza querer mejorarse del que lo cuenta, antes oirle y festejarle con el mismo aplauso como si fuera la primera vez que lo oyese, porque muchas veces es prudencia fingir en algunas cosas ignorancia... Tampoco soy de opinión que si un hombre supiese muchos cuentos ó dichos de la materia en que se habla, que los saque todos á plaza, como jugador que sacó la runfla de algún metal, sino que deje lugar á los demás, y no quiera ganar el de todos ni hacer la conversación consigo solo»[211].
De estos «cuentos galantes, dichos graciosos y apodos risueños» proponía Rodríguez Lobo que se formase «un nuevo Alivio de caminantes, con mejor traza que el primero». Es la única colección que cita de las anteriores á su tiempo, aunque no debía de serle ignorada la Floresta Española, que es más copiosa y de «mejor traza». Aunque Rodríguez Lobo imita en cierto modo el plan de El Cortesano de Castiglione, donde también hay preceptos y modelos de cuentos y chistes, sus advertencias recaen, como se ve, sobre el cuento popular é indígena de su país, y prueban el mucho lugar que en nuestras costumbres peninsulares tenía este ingenioso deporte, aunque rara vez pasase á los libros.
Algunos seguían componiéndose, sin embargo, en lengua castellana.
El más curioso salió de las prensas de Valencia, lo mismo que el Patrañuelo, y su autor pertenecía á una familia de ilustres tipógrafos y editores, de origen flamenco, que constituyen al mismo tiempo una dinastía de humanistas[212]. Aunque Sebastián Mey no alcanzó tanta fama como otros de su sangre, especialmente su doctísimo padre Felipe Mey, poeta y traductor de Ovidio, filólogo y profesor de Griego en la Universidad de Valencia, y hombre, en fin, que mereció tener por mecenas al grande arzobispo de Tarragona Antonio Agustín, es indudable, por el único libro suyo que conocemos, que tenía condiciones de prosista muy superiores á las de Timoneda, y que nadie, entre los escasos cuentistas de aquella Edad, le supera en garbo y soltura narrativa. La extraordinaria rareza de su Fabulario[213], del cual sólo conocemos dos ejemplares, uno en la Biblioteca Nacional de Madrid y otro en la de París, ha podido hacer creer que era meramente un libro de fábulas esópicas. Es cierto que las contiene en bastante número, pero hay, entre los cincuenta y siete capítulos de que se compone, otros cuentos y anécdotas de procedencia muy diversa y algunos ensayos de novela corta á la manera italiana, por lo cual ofrece interés la indagación de sus fuentes, sobre las cuales acaba de publicar un interesante trabajo el joven erudito norteamericano Milton A. Buchanan, de las Universidades de Toronto y Chicago[214].
Exacto es al pie de la letra lo que dice Sebastián Mey en el prólogo de su Fabulario: «Tiene muchas fábulas y cuentos nuevos que no están en los otros (libros), y los que hay viejos están aquí por diferente estilo». Aun los mismos apólogos clásicos, que toma casi siempre de la antigua colección esópica[215], están remozados por él con estilo original y con la libertad propia de los verdaderos fabulistas. Hubiera podido escribir sus apólogos en verso, y no sin elegancia, como lo prueban los dísticos endecasílabos con que expresa la moralidad de la fábula, á ejemplo, sin duda, de D. Juan Manuel, puesto que la compilación de Exemplos de Clemente Sánchez de Vercial debía de serle desconocida. Con buen acuerdo prefirió la prosa. Interrumpida como estaba después del Arcipreste de Hita la tradición de la fábula en verso, hubiera tenido que forjarse un molde nuevo de estilo y dicción, como felizmente lo intentó Bartolomé Leonardo de Argensola en las pocas fábulas que á imitación de Horacio intercala en sus epístolas, y como lo lograron, cultivando el género más de propósito, Samaniego é Iriarte en el siglo XVIII, y creemos que la pericia técnica de Sebastián Mey no alcanzaba á tanto. Pero en la sabrosísima prosa de su tiempo, y con puntas de intención satírica á veces, desarrolla, de un modo vivo y pintoresco, aun los temas más gastados. Sirva de ejemplo la fábula de El lobo, la raposa y el asno:
«Teniendo hambre la raposa y el lobo, se llegaron hazia los arrabales de una aldea, por ver si hallarian alguna cosa a mal recado, y toparon con un asno bien gordo y lucido, que estava paciendo en un prado; pero temiendose que por estar tan cerca de poblado corrian peligro si alli esecutavan en él su designio, acordaron de ver si con buenas razones podrian apartarle de alli, por donde acercando a él la raposa, le habló de esta suerte: «Borriquillo, borriquillo, que norabuena esteys, y os haga buen provecho la yervecica; bien pensays vos que no os conozco, sabed pues que no he tenido yo en esta vida mayor amiga que vuestra madre. Oh, qué honradaza era: no havia entre las dos pan partido. Agora venimos de parte de un tio vuestro, que detras de aquel monte tiene su morada, en unas praderias que no las hay en el mundo tales: alli podreys dezir que hay buena yerba, que aqui todo es miseria. El nos ha embiado para que os notifiquemos cómo casa una hija, y quiere que os halleys vos en las bodas. Por esta cuesta arriba podemos ir juntos; que yo sé un atajo por donde acortaremos gran rato de camino». El asno, aunque tosco y boçal, era por estremo malicioso; y en viéndolos imaginó hazerles alguna burla; por esto no huyó, sino que se estuvo quedo y sosegado, sin mostrar tenerles miedo. Pero quando huvo oido a la raposa, aunque tuvo todo lo que dezia por mentira, mostró mucho contento, y començó a quexarse de su amo, diziendo cómo dias havia le huviera dexado, si no que le devia su soldada; y para no pagarle, de dia en dia le traia en palabras, y que finalmente solo havia podido alcançar dél que le hiziese una obligacion de pagarle dentro de cierto tiempo, que pues no podia por entonces cobrar, a lo menos queria informarse de un letrado, si era bastante aquella escritura, la qual tenia en la uña del pie, para tener segura su deuda. Bolviose la raposa entonces al lobo (que ya ella se temió de algun temporal) y le preguntó si sus letras podian suplir en semejante menester. Pero él no entendiéndola de grosero, muerto porque le tuviesen por letrado, respondió muy hinchado que havia estudiado Leyes en Salamanca, y rebuelto muchas vezes a Bartulo y Bartuloto y aun á Galeno, y se preciava de ser muy buen jurista y sofistico, y estava tan platico en los negocios, y tan al cabo de todo, que no daria ventaja en la plaça a otro ninguno que mejores sangrias hiziese; por el tanto amostrase la escritura, y se pusiese en sus manos, que le ofrecia ser su avogado para quando huviese de cobrar el dinero, y hazer que le pagasen tambien las costas, y que le empeñava sobre ello su palabra; que tuviese buena esperança. Levantó el asno entonces el pie, diziendole que leyese. Y quando el lobo estava mas divertido en buscar la escritura, le asentó con entrambos piés un par de coces en el caxco, que por poco le hiziera saltar los sesos. En fin, el golpe fue tal, que perdido del todo el sentido, cayó el triste lobo en el suelo como muerto. La raposa entonces dándose una palmada en la frente, dixo assi: «Oh! cómo es verdadero aquel refran antiguo, que tan grandes asnos hay con letras como sin letras». Y en diziendo esto, echó a huir cada qual por su cabo, ella para la montaña y el asno para el aldea».
Compárese esta linda adaptación con el texto castellano del siglo XV, mandado traducir por el Infante de Aragón D. Enrique (Fábula 1.ª entre las extravagantes del «Isopo»), y se comprenderá lo que habían adelantado la lengua y el arte de la narración durante un siglo. Con no menos originalidad de detalle, picante y donosa, están tratadas otras fábulas de la misma colección, donde ya estaban interpoladas, además de las esópicas, algunas de las que Mey sacó de Aviano, v. gr.: la de fure et parvo: «del mozo llorante y del ladrón». Un muchacho engaña á un ladrón, haciéndole creer que se le ha caído una jarra de plata en un pozo. El ladrón, vencido de la codicia, se arroja al pozo, despojándose antes de sus vestidos, que el muchacho le roba, dejándole burlado. En la colección de Mey tiene el número 5.º y esta moraleja:
Al que engañado á todo el mundo ofende,
Quien menos piensa, alguna vez le vende.
De las fábulas de animales es fácil el tránsito á otros apólogos no menos sencillos, y por lo general de la misma procedencia clásica, en que intervienen, principal ó exclusivamente, personajes racionales, por ejemplo: «La Enferma de los ojos y el Médico»,[216] El avariento[217], «El padre y los hijos», todas ellas de origen esópico. Baste como muestra el último:
«Un labrador, estando ya para morir, hizo llamar delante sí a sus hijos; a los quales habló desta suerte: «Pues se sirve Dios de que en esta dolencia tenga mi vida fin, quiero, hijos mios, revelaros lo que hasta aora os he tenido encubierto, y es que tengo enterrado en la viña un tesoro de grandissimo valor. Es menester que pongays diligencia en cavarla, si quereys hallarle», y sin declararles más partió desta vida. Los hijos, despues de haver concluido con el entierro del padre, fueron a la viña, y por espacio de muchos dias nunca entendieron sino en cavarla, quando en una, quando en otra parte, pero jamás hallaron lo que no havia en ella: bien es verdad que por haberla cavado tanto, dió sin comparacion más fruto aquel año que solia dar antes en muchos. Viendo entonces el hermano mayor quánto se habian aprovechado, dixo a los otros: «Verdaderamente aora entiendo por la esperiencia, hermanos, que el tesoro de la viña de nuestro padre es nuestro trabajo.