Se ve en el teatro el palacio de Agamenón, y en el hueco de la puerta principal el lecho de Orestes, que yace en él enfermo y duerme un sueño inquieto. Delante está sentada Electra, que se levanta al caer el telón.
ELECTRA
Nada hay, por horrible que sea la palabra que lo exprese, ni aflicción, ni calamidad de origen divino, cuyo peso no resista la naturaleza humana. Pues aquel feliz Tántalo,[244] hijo, según dicen, de Zeus (y no lo nombro para insultarlo en su desgracia), temeroso del peñasco que amenaza su cabeza, está suspendido en el aire, y expía así, si creemos lo que nos cuentan, el desenfreno vergonzoso de su lengua, cuando siendo un simple mortal tenía el honor de sentarse a la mesa de los dioses. Tántalo engendró a Pélope,[245] padre de Atreo, condenado por la diosa que hila el fatal estambre[246] a perpetua discordia, y a hacer la guerra a su hermano Tiestes.[247] ¿A qué he de referir estos crímenes nefandos? Invitolo a comer Atreo después de matar a sus hijos; de él (omitiendo lo que le sucedió después) fue hijo aquel ínclito Agamenón, si en verdad fue ínclito, y Menelao, y madre de ambos Aérope la cretense. Menelao se casó con Helena, aborrecida de los dioses, y el rey Agamenón con Clitemnestra, matrimonio famoso entre los griegos. Fueron hijos de estos Crisótemis, Ifigenia, yo, Electra y Orestes, el varón, todos de una madre muy malvada, que mató a su marido envolviéndolo en un velo inextricable.[248] Decir por qué lo mató no es decoroso a una virgen;[249] que el público averigüe ese misterio. Pero ¿por qué he de quejarme de la injusticia de Febo? Ello es que persuadió a Orestes que matase a la madre que le engendró; acción, en verdad, que no todos alaban. La mató, sin embargo, obedeciendo al dios, y yo fui su cómplice en cuanto puede serlo una mujer, y Pílades, que nos ayudó a perpetrarlo. Cruel dolencia consume desde entonces al mísero Orestes, y yace en su lecho delirando por haber derramado la sangre materna, pues temo llamar por su nombre a las Euménides, causa de su delirio. Seis días hace que mi madre murió asesinada, y que el fuego purificó su cuerpo, y en este tiempo ni ha tomado alimento ni se ha bañado; envuelto en su vestido, cuando la enfermedad lo deja recobrar el juicio, llora, y otras voces salta veloz del lecho como el caballo del yugo. Los argivos han decretado que ningún hogar nos dé asilo y que nadie hable con los matricidas, y hoy mismo decidirán con sus sufragios si nos han de matar a pedradas o herir nuestro cuello con afilada cuchilla. No obstante, tenemos alguna esperanza de salvarnos, porque Menelao ha llegado a su patria desde Troya, y llenando con sus naves el puerto de Nauplia,[250] ha arribado a la orilla después de andar perdido largo tiempo, y ha enviado delante a nuestro palacio a la llorosa Helena, amparándose de las tinieblas de la noche, para que no la vea entrar de día alguno de aquellos cuyos hijos murieron en Troya por su causa y la maten a pedradas, y está aquí dentro llorando la muerte de su hermana y las calamidades de su familia. Tiene, sin embargo, algún consuelo en sus dolores, puesto que Menelao trajo de Esparta a Hermíone,[251] y la dejó en mi palacio cuando navegó hacia Ilión, dándola a mi madre para que la educase, y con ella se consuela y se olvida de sus males. Miro con cuidado a lo largo del camino por si llega Menelao, pues leves son las esperanzas que en los demás ciframos si él no nos socorre.
HELENA (que sale del palacio).[252]
¡Oh Electra!, hija de Agamenón y de Clitemnestra, virgen ha tanto tiempo: ¿cómo, ¡oh mísera!, os va a ti y a tu hermano, el infortunado Orestes, asesino de su madre? Tu palabra no me mancilla, porque atribuyo a Febo este delito. Lloro el destino de Clitemnestra, mi hermana, a la que no veo desde mi partida a Troya, cuando la ira divina me obligó a navegar hacia ella, y no encontrándola, lloro su desgracia.
ELECTRA
¿Qué he de decir estando tú presente? ¿Que los hijos de Agamenón son desdichados? Yo, sin dormir, asisto a este mísero muerto (tal es su débil respiración, que muerto parece) sin insultarlo en su desgracia, cuando tú, feliz, en compañía de tu afortunado esposo, nos halláis sumidos en la mayor desventura.
HELENA
¿Hace mucho tiempo que yace Orestes en el lecho?
ELECTRA
Desde que asesinó a su madre.
HELENA
¡Oh infeliz, e infeliz también la madre que así pereció!
ELECTRA
Tan triste es nuestro estado, que he perdido toda esperanza.
HELENA
Por los dioses te lo pido, ¡oh virgen!, ¿querrás complacerme?
ELECTRA
En cuanto pueda, y siempre que no me separe de mi hermano.
HELENA
¿Quieres ir al sepulcro de mi hermana?
ELECTRA
¿De mi madre dices? ¿Para qué?
HELENA
Para llevar la primicias de mis cabellos y hacer libaciones en mi nombre.
ELECTRA
Pues ¿por qué no puedes ir tú al sepulcro de tu hermana?
HELENA
Me avergonzaría si me viesen los argivos.
ELECTRA
Tarde lo sientes, habiendo abandonado indignamente tu palacio.
HELENA
Con razón hablas, pero no como amiga.
ELECTRA
¿Pero por qué te avergüenzas de que te vean los habitantes de Micenas?[253]
HELENA
Temo a los padres de los que han muerto en el sitio de Troya.
ELECTRA
Y en verdad que los argivos te acusan con encono.
HELENA
Líbrame de estos temores haciéndome el favor que te pido.
ELECTRA
Yo no podré mirar el sepulcro de mi madre.
HELENA
Pero será indecoroso que las esclavas lleven las ofrendas.
ELECTRA
¿Por qué no va tu hija Hermíone?
HELENA
No está bien que las vírgenes se presenten al vulgo.
ELECTRA
Y seguramente le pagaría lo que le debe por haberla educado.
HELENA
Hablas bien, y haré lo que dices, ¡oh doncella!, enviando a mi hija; me parece sensato tu consejo. Sal, ¡oh hija Hermíone!, ven (Entra Hermíone) delante de este palacio, y toma estas libaciones y mis cabellos para los manes (Dale el vaso y parte de sus cabellos, que corta con cuidado), y acercándote al sepulcro de Clitemnestra, derrama miel mezclada con leche[254] y espuma de vino, y subiéndote en lo alto del túmulo di lo siguiente: «Tu hermana Helena te ofrece estas libaciones, temerosa de aproximarse a tu sepulcro por miedo al populacho argivo». Ruégale que me sea propicia, y a ti y a mi esposo, y a estos dos desdichados que un dios ha perdido, y prometo ofrecerle todos los fúnebres dones que yo debo a mi hermana. Ve, pues, ¡oh hija!; apresúrate, y hechas las libaciones al sepulcro, vuelve cuanto antes. (Retíranse Helena y Hermíone).
ELECTRA
¡Oh ingenio, qué mal tan grande eres a veces para los mortales, y qué saludable dote siendo bueno! ¿Habéis visto cómo ha cortado las puntas de sus cabellos para que no sufra detrimento su belleza? ¡Siempre la misma! Aborrézcante los dioses porque me perdiste, y a este y a toda la Grecia.
¡Cuán desgraciada soy! Otra vez llegan mis compañeras amadas para asociarse a mis lamentos; acaso interrumpirán su sueño,[255] cuando ahora descansa, y llenarán mis ojos de lágrimas si veo delirar a mi hermano. Andad con cuidado, ¡oh mujeres muy queridas!; no haced ruido, que nada se oiga. Aunque vuestra amistad es para mí muy grata, sentiré mucho que lo despertéis.
EL CORO (que llega de la ciudad).
Estrofa 1.ª — Callad, callad; pisad con tiento, no hagáis ruido, que nada suene.
ELECTRA
Alejaos por allí, alejaos del lecho.
EL CORO
Ya ves si te obedezco.
ELECTRA
Háblame como el dulce son de la flauta, formada de tenue caña, ¡oh amada![256]
EL CORO
Mira cómo hablo, cual si mi voz saliese de debajo de la tierra.
ELECTRA
Así, así; ten cuidado, ten cuidado; acércate en silencio; anda con sigilo; dime por qué has venido, que este, aunque tarde, se ha dormido al fin.
EL CORO
Antístrofa 1.ª — ¿Cómo está? Dímelo, ¡oh amiga!
ELECTRA
¿Qué te diré de su infortunio, qué de sus males? Todavía respira y gime débilmente.
EL CORO
¿Qué dices? ¡Oh desgraciado!
ELECTRA
Lo mataréis si le obligáis a abrir sus párpados cuando disfruta del placer dulcísimo del sueño.
EL CORO
¡Oh desdichado, que tanto sufres por haber obedecido las órdenes nefandas de los dioses!
ELECTRA
¡Oh tú sin ventura, qué trabajos padeces! Loxias, injusto, pronunció un injusto oráculo, sí, un injusto oráculo, cuando desde la trípode de Temis decretó el execrable asesinato de mi madre.
EL CORO
Estrofa 2.ª — ¿Ves? Su cuerpo se remueve bajo los vestidos.
ELECTRA
Tu voz, ¡oh imprudente!, lo ha despertado.
EL CORO
Creí que dormía.
ELECTRA
¿No te alejarás de nosotros y de este palacio sin hacer ruido?
EL CORO
Mucho duerme.
ELECTRA
Dices bien. Noche, Noche veneranda, diosa que das el sueño a los cansados mortales: ven desde el Érebo, ven, ven volando al palacio de Agamenón, que los dolores y las penas acaban con nosotros, acaban con nosotros. Habéis hecho ruido. ¿Por qué no en silencio, o hablando en voz baja, huyes del lecho y lo dejas dormir tranquilo, ¡oh amada!?
EL CORO
Antístrofa 2.ª — Di: ¿cuál será el término de sus males?
ELECTRA
Morir, morir. ¿Cuál otro puede ser? No apetece ningún alimento.
EL CORO
Tendrá, pues, que morir.
ELECTRA
Febo nos mata ahora, habiéndonos ordenado cometer el asesinato impío de una madre.
EL CORO
Justo fue, es verdad.
ELECTRA
Pero no digno de alabanza. Muerta estás, ¡oh madre que me diste a luz!; muerta estás, aunque perdiste a mi padre y a estos hijos, nacidos de tu sangre. Como muertos estamos, sí, como muertos, y tú descansas entre ellos, y mi vida triste es entre lamentos y suspiros y lágrimas nocturnas; sin esposo, sin hijos arrastro siempre mi existencia.
EL CORO
Acércate, virgen Electra, y mira no te engañes y haya muerto tu hermano, porque tan largo descanso no me agrada. (Al volverse Electra hacia el lecho despierta Orestes).
ORESTES
¡Oh sueño, dulce alivio, remedio de dolores, que tan a tiempo y tan suavemente te deslizas por mis párpados! ¡Olvido adorable de los males! ¡Cuánta es tu sabiduría y cuánto te aman los desventurados! (Mirando alrededor). ¿De dónde vine aquí? ¿Cómo llegué? No me acuerdo de nada de lo que pensaba antes.
ELECTRA
¡Oh hermano muy querido, cuán grande ha sido mi alegría viéndote dormir! ¿Quieres que te ayude a levantarte?
ORESTES
Sí, sí, y limpia de mi boca y de mis ojos la espuma que los cubre.
ELECTRA
Grata obligación; nunca me opondré a tributar a mi doliente hermano mis cuidados fraternales.
ORESTES
Sostenme con tu pecho y sepárame del rostro estos desaliñados cabellos, que no me dejan ver.
ELECTRA (sentándose a su lado
y echando hacia atrás
sus cabellos).
¡Oh mísera cabeza de sórdidos rizos! ¡Cuán hórrida pareces descuidada ha tanto tiempo!
ORESTES
Reclíname otra vez en el lecho; cuando el delirio me deja, me siento débil y languidecen mis miembros.
ELECTRA
Ya está; amado es el lecho por el enfermo; molesto es, aunque necesario.
ORESTES
Levántame otra vez y vuélveme; las angustias impacientan a los que sufren.
ELECTRA
¿Quieres bajarte al suelo y andar un poco con cuidado? La variación es en todo muy agradable.
ORESTES (Electra lo sienta en el lecho).
Seguramente, y parecerá que estoy bueno; engaña la apariencia, aunque diste mucho de la realidad.
ELECTRA (sentándose a su lado).
Oye, ¡oh hermano!, mientras las Furias no alteran tu razón.
ORESTES
¿Podrás decirme algo nuevo? Si es bueno, me alegraré; si desagradable, bastante tengo con mis desdichas.
ELECTRA
Ha llegado Menelao, el hermano de tu padre; los bancos de remeros de sus naves tocan ya a las costas de Nauplia.
ORESTES
¿Qué dices? ¿Aliviará mis males y los tuyos la venida de ese pariente, que tantos beneficios recibió de mi padre?
ELECTRA
Ha llegado ya, y como prueba de ello, sabe que, desde Troya, viene con él Helena.
ORESTES
Sería más envidiable su suerte si se hubiese salvado solo; pero si trae a su esposa, gran calamidad le acompaña.
ELECTRA
Tindáreo ha engendrado hijas insignes por sus maldades, e infames en toda la Grecia.
ORESTES
Que no te parezcas a esas mujeres malvadas; en tu mano está, y que no solo lo digas, sino que también lo sientas.
ELECTRA
¡Ay de mí! ¡Oh hermano!, túrbanse tus ojos y pronto deliras, estando bueno hace muy poco.
ORESTES (levantándose).
Ruégote, ¡oh madre!, que no concites contra mí a esas vírgenes que destilan sangre, agitando sus cabellos de serpiente. ¡Helas, helas aquí, que saltan hacia mí!
ELECTRA (sujetándolo).
Estate quieto en el lecho, ¡oh desventurado!; nada ves de lo que te figuras.
ORESTES
¡Oh Apolo!, me matarán como perros estas diosas atroces de torva mirada, ministros del infierno.
ELECTRA (estrechándolo en sus brazos).
No te soltaré, sino que, sujetándote con mis manos, refrenaré tus furiosos transportes.
ORESTES (desasiéndose de ella).
Suéltame; tú eres una de las Furias, que me oprime entre sus brazos, y me vas a lanzar en el Tártaro.
ELECTRA
¡Oh desventurada de mí! ¿A quién llamaré en mi auxilio, si los dioses nos son adversos? (Se sienta llorando en el lecho, y se cubre la cabeza).
ORESTES
Dame el arco de cuerno, presente de Apolo, con el cual me ordenó que ahuyentase a esas diosas si me aterraba su rabia. (Coge el arco). Ya vienen, sí, ya se abalanzan (tiende el arco) hacia mí. Pues diosas y todo, recibirán mis flechas[257] si no se apartan de mi presencia. (Dispara el arco). ¿No oís? ¿No veis las aladas flechas, que vuelan de sus arcos de largo alcance? ¡Ah, ah! ¿Por qué vaciláis? Subid con vuestras alas a lo alto del Éter, y acusad a los oráculos de Febo. (Deja caer las manos). ¡Ah! ¿Por qué desfallezco y respiro con tanto trabajo? ¿Por qué, por qué he saltado de mi lecho? Después de la tempestad, veo renacer la calma. (Andando hacia su lecho). ¿Por qué lloras, hermana, y ocultas tu cabeza bajo tus vestidos? Avergüénzome de que compartas mis trabajos, y de que mi dolencia moleste a una virgen como tú. No te aflijas por mis males, pues aunque tú aprobaste el asesinato, yo lo cometí; solo acuso a Apolo, que me excitó a perpetrar este crimen muy impío, y me ha consolado con palabras, no con obras. Creo que mi mismo padre, si yo le preguntara si había de matar a mi madre, tocaría muchas veces mi barba, rogándome que no hundiera mi cuchilla en su cerviz, puesto que él no recobraría la vida y yo había de sufrir tantas desdichas.
Descúbrete, pues, ahora, ¡oh hermana!, y no llores, por grandes que sean nuestros infortunios; y ya que me ves desfallecer, aplaca mi furia, y refrena y alivia mis sentidos perturbados y descompuestos, que cuando tú lloras, yo debo consolarte blandamente; tal es el deber de los que se aman. Entra, pues, ¡oh mísera!; descansa y cierra tus soñolientos párpados; aliméntate y lava tu cuerpo. Si tú me abandonas, o enfermas a causa de tus asiduos cuidados, no nos queda ningún recurso. Tú sola me asistes, que los demás, como ves, nos han abandonado.
ELECTRA
No será así; contigo quiero vivir y morir; es lo mismo, porque si tú mueres, ¿qué haré yo, mujer infeliz? ¿Cómo viviré sola, sin hermano, sin padre y sin amigos? Pero, si te parece, haz lo que debes; reclina en el lecho tu cuerpo, y no temas ni te asustes, ni saltes de él tan fácilmente, huyendo de soñados fantasmas; descansa ahora; aunque nada tengas, solo con pensarlo te sucederá lo que a los demás, que sufren y se fatigan. (Orestes vuelve a su lecho, y Electra entra en el palacio).
EL CORO
Estrofa 1.ª — ¡Ay, ay! ¡Negras Euménides, divinidades furiosas de ligeras alas, que jamás asististeis a las fiestas de Dioniso, tocándoos tan solo en suerte las lágrimas y los gemidos, y azotando los aires castigáis a los que derraman sangre, y vengáis los asesinatos! Una y otra vez os suplico que libréis de vuestra rabia loca y frenética a los hijos de Agamenón, de los males y tormentos que sufren desde que Febo, sí, desde que Febo habló en la trípode de los oráculos,[258] en donde se dice que está la entrada del centro de la tierra.
Antístrofa 1.ª — ¡Oh Zeus! ¿Qué desdicha, qué lucha homicida es esta que te persigue, sirviéndote tan solo para que algún dios añada nuevas lágrimas a tus lágrimas, o inunde tu hogar con la sangre de tu madre, que te hace delirar? ¡Yo me lamento, yo me lamento! Una gran dicha no es duradera entre los hombres, que la mano de los dioses, rasgándola cual velamen de ligera navecilla, la sumerge, como en el mar, en horribles males y en ondas agitadas y mortíferas. ¿A qué familia debo venerar más bien que a esta, que desciende de Tántalo, fruto de sus nupcias divinas? Pero he aquí a mi dueño Menelao, que se acerca, demostrando con su lujo que es uno de los Tantálidas. Salve, tú, que concitaste contra el Asia una armada de mil naves; grande ha sido tu dicha, cuando con el favor divino has realizado tu deseo.
MENELAO (que llega de sus naves).
En parte, ¡oh palacio!, recibo placer al verte a mi vuelta de Troya; en parte gimo al mirarte, porque jamás hubo otro en todo el orbe tan visitado de míseros males. Ya conozco la desdicha de Agamenón, y la muerte que le dio su esposa cuando acercó su proa a Malea;[259] desde las olas me lo anunció el profeta Glauco,[260] dios veraz, hijo de Nereo, y vate de los marinos, diciéndome con voz clara: «Yace muerto tu hermano, ¡oh Menelao!, cayendo sin vida en el último baño que le preparó su esposa»; y me hizo derramar muchas lágrimas, y a todos mis marineros. Después que arribé a Nauplia, envié delante a mi esposa, y cuando esperaba a Orestes, hijo de Agamenón, y a su madre para abrazarlos, creyéndoles felices, me contó un pescador el impío asesinato de la hija de Tindáreo. Decid, pues, ahora, ¡oh tiernas jóvenes!, ¿en dónde está el hijo de Agamenón, autor de tales iniquidades? Niño era aún en brazos de Clitemnestra cuando dejé mi patria para bogar hacia Troya, por cuya razón no lo conocería si lo viese.
ORESTES (levantándose de su lecho y dirigiéndose hacia Menelao).
Yo soy ese Orestes a quien buscas, ¡oh Menelao! Yo mismo te contaré mis males, aunque suplicante tocaré primero tus rodillas, y te rogaré sin ceñir de hojas mis sienes:[261] ¡sálvame! Has venido en el instante más crítico de mis desdichas.
MENELAO
¡Oh dioses! ¿Qué veo? ¿Vienes acaso de los infiernos?
ORESTES
Has dicho bien; mis males no me dejan vivir, aunque vea la luz.
MENELAO
¡Cuán hórridos parecen tus desaliñados cabellos, oh mísero!
ORESTES
No mi aspecto; mis hechos me atormentan.
MENELAO
Y horriblemente miras con tus descarnados ojos.
ORESTES
Mi cuerpo ha desaparecido, pero mi nombre es el mismo.
MENELAO
¡Oh! ¡Qué deforme me pareces, cuando esperaba lo contrario!
ORESTES
Yo soy el asesino de mi desgraciada madre.
MENELAO
Lo sé; pero deja eso ahora, para que no hables tanto de tus males.
ORESTES
Sea como dices, y a pesar de las calamidades que contra mí suscita alguna deidad adversa.
MENELAO
¿Qué te ha sucedido? ¿Qué enfermedad te consume?
ORESTES
Mi conciencia, porque conozco que he ejecutado acciones atroces.
MENELAO[262]
¿Cómo dices? Es de sabios hablar claramente, no en términos oscuros.
ORESTES
Profunda tristeza me devora.
MENELAO
Diosa cruel, pero que puede aplacarse.
ORESTES
Y delirios que castigan el asesinato de mi madre.
MENELAO
¿Cuándo comenzó tu locura? ¿Qué día?
ORESTES
El mismo día en que sepulté a mi desventurada madre.
MENELAO
¿En tu palacio, o cuando estabas junto a la pira?
ORESTES
Velando sus huesos.
MENELAO
¿Había algún otro contigo para compartir tus fatigas?
ORESTES
Pílades, mi cómplice en el cruel asesinato de mi madre.
MENELAO
¿Qué fantasmas te atormentaron?
ORESTES
Creí ver tres vírgenes semejantes a la Noche.
MENELAO
Sé quiénes son, pero no quiero nombrarlas.
ORESTES
Intolerables en verdad. Haces bien en no pronunciar su nombre.
MENELAO
¿Y son las que te atormentan por el asesinato de tu madre?
ORESTES
Cruel persecución que me hace delirar.
MENELAO
No es intolerable que sufran graves penas los que cometieron delitos atroces.
ORESTES
Pero tengo una excusa de esta calamidad...
MENELAO
No digas que la muerte de tu padre; no sería una razón.
ORESTES
Febo me ordenó matar a mi madre.
MENELAO
Ignorante como el que más de lo honesto y de lo justo.[263]
ORESTES
Obedecemos a los dioses, sean como fueren.
MENELAO
¿Y cómo no te socorre Apolo en tus males?
ORESTES
Duda, que tal es la naturaleza de los dioses.
MENELAO
¿Cuánto tiempo hace que expiró tu madre?
ORESTES
Seis días: calientes están aún las cenizas de su pira.
MENELAO
¡Qué pronto te castigaron las diosas por haber derramado su sangre!
ORESTES
No sagaz; franco he sido con mis amigos.[264]
MENELAO
¿De qué te ha servido hasta ahora haber vengado a tu padre?
ORESTES
Todavía de nada, y esta dilación y no hacer nada en mi favor, es para mí lo mismo.
MENELAO
¿Y cómo califican tu acción los ciudadanos?
ORESTES
Tanto me odian, que ni siquiera me hablan.
MENELAO
¿No has purificado tus manos de la sangre que derramaron, según las leyes?
ORESTES
Me rechazan de todas las casas a que me acerco.
MENELAO
¿Cuáles son los ciudadanos de este país que más guerra te hacen?
ORESTES
Éax,[265] que me odia como a mi padre desde el sitio de Troya.
MENELAO
Ya entiendo: te aborrece por la muerte de Palamedes.
ORESTES
Con la cual nada tenía que ver, pero siempre resulta que mi suerte es desastrosa.
MENELAO
¿Hay más? ¿Quizá algún amigo de Egisto?[266]
ORESTES
Los que mandan en la ciudad son los que me insultan.
MENELAO
Pero ¿consienten los ciudadanos que tú empuñes el cetro de Agamenón?
ORESTES
¿Cómo, si no me dejan vivir?
MENELAO
¿Qué piensas hacer? Dímelo sin ambages.
ORESTES
Hoy votarán contra nosotros.
MENELAO
¿Para desterraros, para condenaros a muerte, o para obedeceros?
ORESTES
Para matarme a pedradas.
MENELAO
¿Y por qué no huyes, y te alejas de este país?
ORESTES
Cércannos bronceadas armaduras.
MENELAO
¿Son enemigos tuyos particulares, o tropas de los argivos?
ORESTES
Todos los ciudadanos para darme la muerte: helo aquí en pocas palabras.
MENELAO
¡Oh desventurado!; no puede ser mayor tu desdicha.
ORESTES
Tú eres el único refugio de mis males, y ya que, afortunado, encuentras amigos infelices, comparte con ellos tu dicha, y no seas egoísta poseedor de ella; sufre algo a tu vez, y muéstrate agradecido con los hijos del que te favoreciera. Solo en el nombre son amigos los que no nos socorren en la desgracia.
EL CORO
He aquí que llega con tardos pasos el espartano Tindáreo,[267] vestido de negro y rasurada su cabeza en señal de duelo por su hija.
ORESTES
¡Muerto soy, oh Menelao! Tindáreo se acerca, y me avergüenzo mucho de verlo al recordar mis acciones. Él y Leda[268] me amaron no menos que a los Dioscuros, y me alimentó cuando era niño, y me besaba con frecuencia, y llevaba en sus brazos al hijo de Agamenón; y no he correspondido a estos beneficios: ¡oh corazón y ánima desventurada! ¿En qué tinieblas ocultaré mi rostro? ¿Qué nube pondré delante de mí para que no me vea ese anciano?
TINDÁREO
¿En dónde, en dónde encontraré a Menelao, el esposo de mi hija? Al hacer las libaciones en el sepulcro de Clitemnestra, supe que, al cabo de tantos años, había desembarcado en Nauplia con su esposa. Llevadme adonde esté, porque quiero saludarlo en persona, estrechar su diestra y verlo después de tan larga ausencia.
MENELAO
Salve, anciano, que tuviste a Zeus por compañero de tu lecho.
TINDÁREO (estréchanse las manos).
Salve, tú también, ¡oh Menelao, mi pariente! ¡Qué dañoso es ignorar lo futuro! Este dragón matricida,[269] a quien detesto, vibra delante del palacio sus pestíferos rayos. ¿Hablarás tú, ¡oh Menelao!, a este criminal?
MENELAO
¿Por qué no? Es hijo de un padre a quien yo amaba.
TINDÁREO
¿Y ha nacido de él tal como es?
MENELAO
Sin duda; y si está afligido, debe respetarse.
TINDÁREO
Se ha hecho un bárbaro, viviendo entre ellos tanto tiempo.
MENELAO
Al contrario; los griegos honran como nadie a sus parientes.
TINDÁREO
Sí, pero siempre sin sobreponerse a las leyes.
MENELAO
El sabio es esclavo de la necesidad.
TINDÁREO
Aunque sea esta tu opinión, yo no la aceptaré.
MENELAO
Tu ira en tus años no es de sabio.
TINDÁREO
¿A qué disputar sobre la sabiduría con este hombre? Si todos distinguen lo justo de lo injusto, ¿qué mortal hubo más necio que este, que ni se cuidó de las leyes, ni del derecho común a todos los griegos? Después de morir Agamenón, herido en la cabeza por mi hija, crimen de los más infames (que nunca alabaré), debió perseguir al asesino, acusando a su culpable madre, y expulsarla del palacio: semejante moderación en medio de talos desdichas, sería celebrada; hubiera obedecido las leyes y obrado piadosamente. Su destino es ahora igual al de su madre, porque creyendo, con razón, que era criminal, él lo ha sido más dándole muerte. Esto tan solo te preguntaré, ¡oh Menelao!: si la esposa que te acompaña en el tálamo te mata, y después la asesina su hijo, y el nieto hace lo mismo con su padre, ¿cuándo se acabarán tantos males? Con razón dispusieron nuestros antepasados que ni se dejase ver de nadie el reo de homicidio, ni hablase con ninguno; y lo castigaban con el destierro, no autorizando interminables asesinatos, porque siempre había uno amenazado de muerte y contaminadas las manos con la última mancha de sangre. Aborrezco, en verdad, a las mujeres impías, y a mi hija la primera por haber asesinado a su esposo, y ni alabaré jamás a tu esposa Helena, ni te alabaré tampoco, ni celebraré que hayas ido a Troya por una mujer impúdica: defenderé la ley en cuanto pueda, anulando esta costumbre bestial y parricida, perdición de reinos y ciudades. (Volviéndose hacia Orestes.) ¿Qué sentías, ¡oh miserable!, cuando tu madre descubrió su pecho suplicándote? Yo, que no lo presencié, derramo lágrimas de mis arrugados ojos. Confirma también mi parecer que los dioses te aborrecen, y pagas la pena que debes a tu madre vagando aterrado y delirante. ¿A qué hemos de oír testigos, cuando nosotros mismos vemos las cosas? Sabe, pues, Menelao, que no debes oponerte a la voluntad de los dioses ayudando a este, sino dejar que lo maten a pedradas; de otro modo no entres en Esparta. Justa ha sido la muerte de mi hija, pero no por mano de este: yo, afortunado en otras cosas, no lo soy con mis hijas, que seguramente no me hacen dichoso.[270]
EL CORO
Digno de envidia es el que tiene fortuna con sus hijos y no sufre por su causa grandes calamidades.
ORESTES
Temo, ¡oh anciano!, hablar contra ti, porque te he de afligir y contristar tu ánimo. No nos acordemos ahora de tu vejez, que me turba cuando hablo, y persistiré en mi propósito, rindiendo antes, como he dicho, homenaje a tu años. Yo, en verdad, impío por haber asesinado a mi madre, soy piadoso bajo otro aspecto por haber vengado a mi padre. ¿Qué debía yo hacer? Compara unas cosas con otras: mi padre me engendró, y tu hija me parió, recibiendo como un campo su semilla, pues sin padre nunca nace el hijo.[271] Yo creía, pues, que debía hacer más por el que me engendró que por la que solo me alimentó; pero tu hija (temo llamarla madre), casándose sin más guía que su capricho, subió al tálamo de otro esposo. Si hablo mal de ella, hablaré también de mí; pero no callaré: Egisto era su marido, oculto en el palacio; lo maté y a mi madre después, cometiendo una impiedad, pero también vengando a mi padre. En cuanto a tu amenaza de que he ser apedreado, óyeme para que lo sepa toda la Grecia: si la audacia de las mujeres llega al extremo de matar a sus maridos, buscando luego auxilio en sus parientes y moviendo a lástima con sus desnudos pechos, poco les importará asesinarlos todos pretextando cualquier motivo; pero yo, en el momento en que ejecuté las atrocidades de que hablas, abolí esta ley. Odiaba a mi madre, y la maté con razón, porque ella faltó a su esposo, general de todos los griegos, y ausente antes con su ejército, y no mantuvo su tálamo inmaculado, y cuando conoció que pecaba, no se castigó a sí misma, sino que, en vez de expiar su delito, quedó impune y mató a mi padre. Por los dioses (no debí nombrarlos defendiendo un asesinato), si callando hubiese yo aprobado el delito de mi madre, ¿qué hubiera hecho conmigo el muerto? Si me odiaba, ¿no suscitaría contra mí a las Furias? ¿Auxiliarán acaso a mi madre y no a mi padre, más ofendido y con mejor derecho? Tú, ¡oh anciano!, que engendraste una hija malvada, tú me has perdido, que por su osadía me quedé sin padre y fui matricida. Telémaco no mató a la mujer de Odiseo: no se casó en vida de su primer marido, sino que fue fiel a su esposo. ¿No sabes que Apolo habita en el centro de la tierra, y pronuncia para los mortales certísimos oráculos, a quien todos obedecemos, mande lo que quiera? Por obedecerlo maté a la que me dio a luz. Sea él el impío, y dadle muerte, que él pecó, no yo. ¿Qué debía yo hacer? ¿No te satisface que un dios tome sobre sí la responsabilidad de la expiación? ¿Qué refugio buscarán los hombres, si el que lo ordenó no me libra de la muerte? No digas, por tanto, que no es justo lo que he hecho, sino que fue adversa mi suerte. Feliz la vida de aquellos cuyo casamiento es afortunado: los que no tienen esa dicha, infelices son dentro y fuera de su casa.
EL CORO
Siempre las mujeres sirvieron de pesada rémora a la fortuna de los hombres.
TINDÁREO
Ya que tú cobras aliento y no cedes, sino que me respondes de tal modo que me afliges y me incitas a perseverar en tu muerte, coronaré el propósito laudable que aquí me trajo de honrar el sepulcro de mi hija. Yo me presentaré a la asamblea de los argivos cuando se reúna, y excitaré a los ciudadanos, ya inclinados a hacerlo, contra ti y tu hermana, para que sufráis la pena de ser apedreados, pues ella merece morir más bien que tú, porque te alentó contra tu madre, animándote siempre con sus palabras y contándote los sueños en que se le aparecía Agamenón, y hablándote del adúltero Egisto: ojalá que siga siendo odiosa a los dioses infernales, ya que aun en la tierra la aborrecían, llegando a incendiar el palacio con fuego, que no era de Vulcano. Dígote, ¡oh Menelao!, y yo mismo lo haré, que no los defiendas de la muerte contra los dioses si en algo estimas mi amistad y mi parentesco, sino que dejes a los ciudadanos que los maten a pedradas, o de lo contrario, que no entres en territorio espartano. No olvides mis palabras, y no prefieras amigos impíos rechazando los piadosos. Vosotros, servidores, llevadme de este palacio. (Vase).
ORESTES
Vete, para que libre prosiga mi discurso y persuada a Menelao sin el temor que me inspiran tus años. ¿Por qué discurres así, paseándote a uno y otro lado, y en lucha con dos opuestos sentimientos?
MENELAO
Déjame; por más que reflexiono, no sé qué hacer.
ORESTES
No te decidas ni deliberes sin oírme antes.
MENELAO
Habla, que has dicho bien. Hay ocasiones en que el silencio debe ceder su puesto a las palabras, y otras en que las palabras han de cederlo al silencio.
ORESTES[272]
Hablaré, pues. Más vale una oración larga que breve, que así se comprenderá más fácilmente. No me des nada tuyo, ¡oh Menelao!, sino devuélveme tan solo lo que recibiste de mi padre. No hablo de riquezas, que la más preciada es para mí ahora la vida. Obré mal, y por esta razón debo sufrir algún daño de tu parte, ya que mi padre Agamenón, juntando injustamente a los griegos, fue a Troya, no por falta suya, sino para enmendar la de tu esposa y su injusticia. Solo por esto debes tú concederme otra gracia. Ya he dicho que convocó a unos amigos para favorecer otros, y se puso a tu servicio, pasando por ti trabajos en el campo de batalla para que recobraras a tu Helena. Devuélveme, pues, ahora lo que entonces recibiste de él, trabajando un solo día en mi favor, no diez años cumplidos. No hablaré ahora del sacrificio de mi hermana en Áulide,[273] ni exijo que mates a Hermíone, porque encontrándome en tan triste situación has de tener más ventajas que yo, y me toca ser indulgente. Devuelve mi vida a mi desgraciado padre, y también la de mi hermana, virgen ha largo tiempo, porque si yo muero, se acaba el linaje de mi padre. Dirás que es imposible acceder a mi ruego; pero si no hay duda que los amigos deben socorrerse unos a otros en la desgracia, ¿qué necesidad hay de ellos, si los dioses han de hacer buenamente sus veces? Basta que un dios quiera para auxiliar a quien lo agrade. Todos los griegos creen que amas a tu esposa, y no te lo digo por adularte, sino para suplicarte en su nombre (Aparte).[274] (¡Oh cuánta es mi desventura cuando a tales extremos recurro!) (En voz alta). ¿Por qué he de sufrir tanto? Por mi linaje imploro tu ayuda. ¡Oh tú, hermano de mi padre; imagínate que oye mis ruegos debajo de la tierra, que su alma vuela a tu alrededor, y que dice lo que yo digo! Tales son mis súplicas entre lágrimas, gemidos y males sin cuento, para pedirte la vida, amada no solo por mí, sino por todos.[275]
EL CORO
Y yo te suplico, aunque sea una mujer, que, ya que puedes, socorras a quienes imploran tu auxilio.
MENELAO
Yo respeto tu desgracia, ¡oh Orestes!, y quiero ayudarte en tus males, pues debemos aliviar los de nuestros parientes, si el cielo nos da fuerzas, ya muriendo por ellos, ya matando a sus enemigos. Pido a los dioses que me lo concedan, aunque solo traigo mi lanza, y he sufrido infinitas penalidades y sobrevivido a ellas con un puñado de amigos. Peleando no podemos, pues, vencer a los pelásgicos argivos; pero esperamos lograrlo con palabras persuasivas. Porque ¿cómo hacer grandes cosas con escasas fuerzas? Hasta de necios es intentarlo. Cuando el pueblo se amotina, ardiendo en ira, es tan difícil apaciguarlo como un fuego terrible; pero si se cede con maña y se aprovecha la ocasión oportuna, se mitigará quizá su cólera, y en este caso se conseguirá de él lo que se desee. Domínalo a veces la compasión, a veces espantosa rabia, joya preciosa para el que aguarda el momento favorable. Iré, pues, para persuadir a Tindáreo y a la muchedumbre que moderen sus ímpetus. La nave se sumerge si tiendes demasiado las amarras de las velas, pero vuelve a salir a flote si las aflojas. El cielo odia los arrebatos apasionados, los ciudadanos también; conviene, pues, que yo (y no hablo temerariamente) te libre con cordura de los que pueden más que tú, no por la violencia. No lo conseguiría, como tú crees, empleando la fuerza de las armas, porque una sola lanza no triunfa de los males que te cercan. Nunca fui humilde con los argivos; pero es necesario que los sabios se hagan esclavos de la fortuna. (Vase hacia la ciudad).
ORESTES
Hombre, que solo sirves para pelear por mujeres, ¡oh tú el más cobarde en defender a tus amigos! ¿Huyes y me dejas? Vanos fueron los beneficios de Agamenón. En la adversa fortuna, ¡oh padre!, te abandonan tus amigos. ¡Ay de mí, que me hacen traición y pierdo toda esperanza de escapar al suplicio a que me condenan los argivos! Este era mi único recurso en medio de mis males. Pero veo a Pílades, que viene corriendo de la Fócide,[276] grato consuelo, porque es para mí el mortal más querido; que al hombre que no nos abandona en el infortunio se mira con mejores ojos que al mar tranquilo los navegantes. (Llega Pílades corriendo).
PÍLADES
Más presuroso de lo que debía he atravesado la ciudad y asistido en parte a la asamblea de los ciudadanos convocada contra ti y contra tu hermana, al parecer para mataros en breve. ¿Qué es esto? ¿Cómo van tus asuntos? ¿Que haces tú, el más amado de mis compañeros, amigos y parientes? Todo esto a un tiempo eres para mí.
ORESTES
Perdidos somos, para darte cuenta de mis males en pocas palabras.
PÍLADES
Perdido soy yo también, que las desgracias de mis amigos son las mías.
ORESTES
La conducta de Menelao conmigo y con mi hermana es lo más infame.
PÍLADES
Natural es que sea esposo malvado de mujer malvada.
ORESTES
Como si no hubiese venido, puesto que con su llegada no se han aliviado mis cuitas.
PÍLADES
¿Pero ha venido aquí en efecto?
ORESTES
Mucho tiempo ha tardado, pero pronto dio pruebas de deslealtad a sus amigos.
PÍLADES
¿Y ha traído en su misma nave a su criminal esposa?
ORESTES
No él a ella, sino ella a él.
PÍLADES
¿En dónde está la mujer que ha perdido sola a tantos argivos?
ORESTES
En mi propio palacio, si puedo llamarle mío.
PÍLADES
¿Y qué has dicho al hermano de tu padre?
ORESTES
Que hiciese lo posible para no presenciar mi suplicio y el de mi hermana, si así lo decretan los ciudadanos.
PÍLADES
¡Por los dioses!, ¿qué dijo? Deseo saberlo.
ORESTES
Contestó con cautela, como hacen los malos amigos.
PÍLADES
¿Y cuáles fueron sus razones? Sabido esto, todo lo comprendo.
ORESTES
También vino el padre de tan excelentes hijas.
PÍLADES
¿Aludes a Tindáreo?; acaso esté airado contigo por la muerte de su hija.
ORESTES
Así es: entre Tindáreo, su suegro, y mi padre, que es su hermano, se decide por el primero.[277]
PÍLADES
¿Y estando aquí, no se ha atrevido a socorrerte en tus males?
ORESTES
No es guerrero, sino esforzado entre mujeres.
PÍLADES
Terribles son tus infortunios, y tienes que morir.
ORESTES
No tardarán los ciudadanos en emitir sus sufragios.
PÍLADES
¿Y qué resolverán?, dime; yo tengo miedo.
ORESTES
Que muera, o que viva: pocas palabras su necesitan para resolverlo, no obstante la importancia del asunto.
PÍLADES
¿Por qué no huyes con tu hermana y abandonas este palacio?
ORESTES
¿No ves? Por todas partes nos cercan.
PÍLADES
He visto las plazas de Argos guardadas por soldados.
ORESTES
Como ciudad sitiada por enemigos estamos nosotros.
PÍLADES
Pregúntame también lo que me sucede: mi perdición es segura.
ORESTES
¿A quién la deberás? Esto solo me faltaba.
PÍLADES
Mi padre Estrofio me ha desterrado lleno de ira.
ORESTES
¿Por algún delito común, o por alguno público contra tu patria?
PÍLADES
Porque, en su juicio, me había contaminado, siendo cómplice tuyo en el asesinato de tu madre.
ORESTES
¿Tú también, ¡oh mísero!, vas a verte envuelto en mis males?
PÍLADES
No soy como Menelao; no hay más recurso que sufrirlos.
ORESTES
¿No temes que también te maten los argivos?
PÍLADES
No deben ellos castigarme, sino mis conciudadanos los focenses.
ORESTES
Atroz es el pueblo cuando son malos sus gobernantes.
PÍLADES
Pero si son buenos, resuelve siempre lo mejor.[278]
ORESTES
Sea en buen hora; pero deliberemos ambos.
PÍLADES
¿Acerca de nuestra crítica situación?
ORESTES
Si yo me acerco a los ciudadanos para decirles...
PÍLADES
¿Que has obrado en justicia?
ORESTES
Que lo hice por vengar a mi padre.
PÍLADES
Mira no se alegren de que caigas en sus manos.
ORESTES
¿Moriré callando de miedo?
PÍLADES
Es de cobardes.
ORESTES
¿Y qué he de hacer?
PÍLADES
¿Tienes alguna esperanza de salvarte si nada haces?
ORESTES
No.
PÍLADES
Y si vas allá, ¿podrás lograrlo?
ORESTES
Quizá lo consiga, si la fortuna me favorece.
PÍLADES
Luego es preferible a permanecer aquí.
ORESTES
Iré, pues.
PÍLADES
Si mueres, mueres con honra.
ORESTES
Dices bien: así no incurriré en la nota de cobarde.
PÍLADES
Mejor que si te quedas.
ORESTES
Y por una causa que creo justa.
PÍLADES
Ojalá que lo mismo parezca a ellos.
ORESTES
Y alguno acaso se compadecerá de mí...
PÍLADES
Vale mucho tu noble alcurnia.
ORESTES
Recordando la muerte de mi padre.
PÍLADES
Todo esto es claro.
ORESTES
Hay que ir: es de cobardes morir deshonrados.
PÍLADES
Alabo tu propósito.
ORESTES
¿Lo diremos a mi hermana?
PÍLADES
No, por los dioses.
ORESTES
Tendremos llantos.
PÍLADES
Y será mal presagio.
ORESTES
Conviene, pues, callar.
PÍLADES
Y aprovecharás el tiempo.
ORESTES
Solo temo...
PÍLADES
¿Qué dices ahora?
ORESTES
Que las diosas me hagan delirar otra vez.
PÍLADES
Yo te curaré.
ORESTES
Molesto es vivir un hombre enfermo.
PÍLADES
Tú no lo estás para mí.
ORESTES
Guárdate, no te contagie mi locura.
PÍLADES
Suceda lo que quiera.
ORESTES
¿No vacilarás?
PÍLADES
La duda es mal grave entre amigos.
ORESTES
Anda pues, que tú eres el timón que gobierna mis pasos.
PÍLADES
Grato es para mí este cuidado.
ORESTES
Y llévame al sepulcro de mi padre.
PÍLADES
¿Para qué?
ORESTES
Para suplicarle que me salve.
PÍLADES
Paréceme bien.
ORESTES
Y que no vea la tumba de mi madre.[279]
PÍLADES
Era tu enemiga. Pero apresúrate, no te condenen los sufragios de los argivos; y apóyate en mi brazo, que la enfermedad ha debilitado tus fuerzas. Atravesaré contigo la ciudad sin curarme de la plebe y sin que la vergüenza me intimide. ¿Cuándo te probaré mi amistad, si no te ayudo ahora, agobiado de males tan terribles?
ORESTES
Esto es tener amigos, no solo parientes. El hombre que, libre de ese sagrado lazo, simpatiza con nosotros, nos sirve mucho más que un ejército de aquellos. (Vanse a la ciudad).
EL CORO
Estrofa 1.ª — Las grandes riquezas y el vano esplendor de los Atridas, que, llenando la Grecia, penetraron hasta las orillas del Simois, se desvanecieron desde aquella antigua calamidad de su linaje, cuando la discordia dio a los Tantálidas la oveja de vellón dorado,[280] y desde aquel misérrimo banquete y muerte de nobles hijos; y un asesinato sucede al otro, y una nube de sangre envuelve a los dos Atridas.
Antístrofa 1.ª — No honra, que deshonra es herir con el acero el cuerpo de nuestros padres, y enseñarlo a la luz del sol manchado de sangre; al contrario, cometer tales atentados es impiedad insana y delirio de hombres criminales. El miedo a la muerte hizo exclamar así a la hija de Tindáreo: «¡Oh hijo, no eres piadoso matando a tu madre; que por congraciarte con tu padre no contraigas perpetua infamia!».
Epodo. — ¿Qué causa más justa de dolor y de lágrimas, qué calamidad hay mayor en la tierra que asesinar a una madre? El hijo de Agamenón, que cometió ese crimen, será presa del delirio, y en él se cebarán las Furias para castigar su delito, y andará errante con ojos extraviados. ¡Oh mísero, que sin cuidarse del seno maternal, que dejaron ver sus vestidos desgarrados, se atrevió a matar a su madre por vengar a su padre!
ELECTRA (que sale del palacio).
¡Oh mujeres!, ¿adónde ha ido Orestes desde este palacio, dominado por el furor que los dioses le inspiran?
EL CORO
No ha sido así, que fue a la asamblea de los argivos para defenderse en esa terrible lucha, en la cual se ha de decidir de vuestra vida o de vuestra muerte.
ELECTRA
¡Ay de mí! ¿Qué ha hecho? ¿Quién lo ha persuadido?
EL CORO
Pílades; pero pronto nos anunciará aquel mensajero lo que ha sucedido allá a tu hermano.
EL MENSAJERO
¡Oh mísera! ¡Oh veneranda Electra, hija infeliz del guerrero Agamenón! Oye la triste nueva que te traigo.
ELECTRA
¡Ay, ay! Cierta es nuestra muerte; así lo indican tus palabras; mensajero eres de malas nuevas, según parece.
EL MENSAJERO
Los sufragios de los argivos han decretado hoy tu muerte y la de tu hermano.[281]
ELECTRA
¡Ay de mí! Acaeció lo que esperaba, lo que temía hace ya tiempo, causa de mis lágrimas incesantes. Pero ¿qué certamen, qué discursos precedieron al decreto de los argivos que nos condena a muerte? Di, ¡oh anciano!, si exhalaremos el alma apedreados, o por medio del hierro, víctimas ambos de una misma desventura.
EL MENSAJERO
Casualmente yo había venido del campo deseando conocer la decisión de este asunto, que os interesaba; porque siempre tuve afecto a tu padre, y tu familia me mantuvo, pobre, es verdad, aunque fiel a mis amigos. Vi al pueblo que se encaminaba a la colina,[282] en donde dicen que Dánao lo convocó primero para resolver su litigio con Egipto. Ya en la asamblea pregunté a uno de los ciudadanos: «¿Qué ocurre en Argos? ¿Alguna nueva de enemigos alborota así la ciudad de las Danaides?». Él me respondió: «¿No ves a Orestes, que llegó hace poco para sufrir su juicio capital?». Entonces presencié un espectáculo inesperado que nunca hubiera creído; a saber: a Pílades y a Orestes, que llegaban juntos, triste este y devorado por su mal, como un hermano aquel, compartiendo los dolores de su amigo, y asistiéndolo en sus males, y cuidándolo como a un hijo. Después que todos se reunieron, levantose el heraldo y dijo: «¿Queréis declarar si Orestes debe o no morir, por haber asesinado a su madre?». Entonces Taltibio, que con tu padre combatió contra los troyanos, pronunció palabras ambiguas, como quien se doblega ante los poderosos, celebrando en verdad a Agamenón, pero sin alabar a tu hermano, y haciendo malévolas alusiones a la ley nada buena que se establecería contra los padres, y mirando siempre a los amigos de Egisto con ojos expresivos. Tales son los heraldos: sonríen siempre a los felices, y son amigos de los que más pueden, y de los magistrados de las ciudades. Luego habló el rey Diomedes,[283] oponiéndose a tu muerte y a la de tu hermano, y defendiendo por piedad la pena del destierro. Aclamáronlo algunos, porque, en su concepto, decía la verdad; otros no lo alababan. Después se levantó un hombre de lengua desenfrenada, temible por su audacia, argivo no verdadero sino intruso,[284] confiado en el tumulto, y a quien su osadía, no su saber, inspiraba, capaz de persuadirle todo lo malo; porque cuando elocuente en sus discursos, aunque de ideas funestas, convence al vulgo, gran daño resulta a la ciudad. Al contrario, los que solo atienden a su bien, son siempre a la larga útiles a su patria. Así debemos juzgar al que más manda en una ciudad, si examinamos este punto, porque igual es la condición del orador a la del que desempeña los cargos más importantes. Este, pues, proponía que tú y Orestes murieseis a pedradas, sobornado por Tindáreo para que hablase en este sentido y recayera sentencia de muerte. Otro sostuvo lo contrario: su traza no era brillante, pero grande su fortaleza, poco amigo de visitar la ciudad y el ágora, dedicado a labrar sus tierras, de los que sirven a su país, de agudo ingenio cuando quiere disputar, íntegro, que vive honradamente: declaró que Orestes, hijo de Agamenón, debía ser coronado porque obró así por vengar a su padre, dando muerte a una mujer tan malvada como impía, y cuando de no hacerlo, nadie querría tomar las armas y hacer la guerra, abandonando su casa, si los que se quedan seducen y corrompen a las mujeres, encargadas de los cuidados domésticos. Aprobáronlo los buenos, y fue el último que habló. Entonces se acercó tu hermano y dijo: «Por vengaros a vosotros, los que poseéis el país pelásgico[285] de Ínaco,[286] y por vengar también a mi padre, di muerte a mi madre. Porque si es lícito a las mujeres asesinar a sus esposos, pronto moriréis o seréis sus esclavos, y haréis lo contrario de lo que debéis hacer. Ha muerto, es verdad, la que fue infiel a mi padre; pero si me condenáis al último suplicio, la ley es inútil, y ninguno evitará la muerte, puesto que la osadía de Clitemnestra tendrá muchas imitadoras». Mas no persuadió a la muchedumbre, aunque pensaron que hablaba con cordura, consiguiéndolo aquel malvado que había sostenido que tú y tu hermano debíais perecer. Con dificultad obtuvo Orestes que no se le apedreara en el acto, prometiendo que ambos os suicidaríais hoy mismo. Pílades, llorando, se lo llevó de la asamblea en compañía de otros amigos, llenos los ojos de lágrimas y compadecidos de sus desdichas; pronto presenciarás un espectáculo doloroso y digno de lástima.[287] Prepara, pues, el puñal o el lazo que ha de poner fin a tu vida, ya que precisamente has de dejar la luz: ni vuestra nobleza ni el pítico Apolo, sentado en su trípode, os han servido para otra cosa que para perderos.