EL CORO

¡Oh virgen sin ventura! Tu mirada fija en la tierra y tu silencio anuncian que lágrimas, acompañadas de gemidos, inundarán bien pronto tu faz.

ELECTRA

Estrofa 1.ª — Ya comienzo mis lamentaciones, ¡oh Pelasgia!, desgarrando mis mejillas con mis blancas uñas,[288] tiñéndolas de sangre y golpeando mi cabeza en honor de la diosa, tan joven como bella, que reina en la subterránea mansión de los infiernos. Gima la clamorosa tierra ciclópea, y corten los argivos sus cabellos. ¡Familia criminal! ¡Compadeceos, compadeceos de los que han de morir en breve, hijos del que capitaneó en otro tiempo a todos los griegos!

Antístrofa 1.ª — La estirpe de Pélope, su estirpe y sus hijos no existirán dentro de poco, que los dioses tuvieron envidia de su pasada ventura. Sí, la envidia de los dioses y una sentencia inicua y sanguinaria la han derribado en tierra. ¡Ay de mí! ¡Ay de mí! Ved, mortales que lloráis y os afligís, cómo sin esperarlo se cumple el destino. Otros tardan a veces mucho tiempo en sufrir desdichas, porque la vida entera de los mortales es instable de suyo.

Ojalá que yo vea este peñasco suspendido entre el cielo y la tierra con eslabones de oro, montaña pendiente del Olimpo que se revuelve en remolinos,[289] para aclamar lamentándome a mi viejo abuelo Tántalo, tronco, tronco de mi familia, que presenció tantas desdichas, cuando Pélope, que llevaba a Mírtilo[290] en ligera cuadriga de veloces yeguas, lo precipitó en la mar, turbando el hinchado Ponto en la costa espumosa del Geresto.[291]

De aquí los llantos y la maldición de mi linaje, cuando en el rebaño de Atreo, rico en caballos, y por obra del hijo de Maya, nació un prodigio mortífero, sí, mortífero, revestido de vellón de oro, causa bastante de discordia para alterar el curso del sol,[292] que, en vez de dirigirse por su camino de Occidente, retrocedió hacia la Aurora, que cabalga en un solo caballo, mientras Zeus llevaba por otro rumbo a las siete Pléyades. Los asesinatos se suceden unos a otros en esta familia; celébrase el festín, llamado de Tiestes, mánchase el lecho de Aérope, la pérfida cretense, y los últimos males alcanzan a mi padre y a mí después. ¡Oh familia de fatal destino!

EL CORO

Mira cómo se acerca tu hermano, condenado a muerte por los sufragios, y Pílades, el más fiel de los amigos, ayudándole como un hermano a sostenerse.

ELECTRA

¡Ay de mí! Yo gimo, ¡oh hermano!, viéndote ya delante del túmulo y de la pira que ha de enviarte al infierno. ¡Ay otra vez de mí!, que pierdo la razón al mirarte por última vez.

ORESTES

¿No te someterás en silencio a lo resuelto, absteniéndote de mujeriles lamentos?[293] Necesario es que sufras estos nuevos males, que tal es nuestra desgracia.

ELECTRA

¿Y cómo he de callar? ¿Tan grande ha de ser nuestra desdicha, que no veré más la luz?

ORESTES

No me mates tú también; basta a mi desventara que lo hagan los argivos; olvídate de nuestros infortunios presentes.

ELECTRA

¡Oh Orestes, tan joven y tan desdichado, y debiendo morir tan prematura muerte! Pereces cuando debías vivir.

ORESTES

Por los dioses, no contristes mi ánimo deplorando nuestra suerte.

ELECTRA

Moriremos, pero no puedo menos de deplorarla, que la vida, aun llena de amargura, es amada de todos los mortales.

ORESTES

Este es nuestro último día; menester es, por tanto, preparar los lazos que han de ahorcarnos, o aguzar el acero.

ELECTRA

Mátame tú, pues, ¡oh hermano!, para que ningún argivo llene de ignominia a los hijos de Agamenón.

ORESTES

Bastante tengo con la muerte de mi madre; no te mataré: tú, como puedas, morirás por tu propia mano.

ELECTRA

Sea así: tu espada me servirá, pero quiero estrechar tu cuello entre mis brazos.

ORESTES

Goza de este vano placer, si placer es abrazar a los que caminan a la muerte.

ELECTRA

¡Oh, tú, hermano el más querido! ¡Oh rostro dulcísimo y muy amado!; si tus facciones son las de tu hermana, la misma es también tu alma.[294]

ORESTES

Tú me obligarás a deshacerme en lágrimas; abrazándote, quiero también corresponderte: ¿y por qué me he de ruborizar? ¡Oh pecho fraternal, oh dulces abrazos! Consolémonos así en nuestro infortunio, ya que somos el uno para el otro el hijo y la esposa o el esposo.

ELECTRA

¡Ay de mí! Que el mismo puñal, si es posible, nos dé la muerte, y que un mismo féretro, obra artística de cedro, nos encierre a ambos.

ORESTES

Sería para mí lo más grato; pero ya ves cómo nos abandonan los amigos, para juntarnos después en la tumba. Nada ha dicho en tu favor, nada ha hecho para que no mueras ese villano Menelao, traidor a mi padre; ni siquiera lo hemos visto; atento solo a no perder su cetro, tuvo miedo de salvar a sus amigos. ¿Qué hemos de hacer? Que sea gloriosa nuestra muerte y digna de los hijos de Agamenón. Y yo probaré mi nobleza a los ciudadanos atravesando mis entrañas con la espada; tú debes hacer lo mismo. Pílades, preside a nuestro suicidio, tributa a nuestros cadáveres los últimos deberes y entiérranos juntos, llevándonos al sepulcro de mi padre. Y adiós; como ves, ahora mismo voy a cumplir mi sentencia.

PÍLADES

Espera. Tengo que reconvenirte porque has creído que yo querría vivir sin ti.

ORESTES

¿Y por qué has de morir conmigo?

PÍLADES

¿Qué has dicho? ¿Cómo he de vivir sin verte?

ORESTES

No mataste a tu madre como yo.

PÍLADES

Pero sí la tuya, y debo morir como tú.

ORESTES

Vuelve a buscar a tu padre, y no mueras conmigo. Tú tienes patria, yo no la tengo ya; tu hogar paterno, puerto que te sonríe, ofreciéndote grandes riquezas. Verdad es que no has podido casarte con Electra, como te prometí, para estrechar más nuestra amistad, pero no te faltará otra que te haga padre de larga prole; ya no puede haber ese lazo entre los dos. Que la dicha te acompañe, ¡oh Pílades!, nombre grato entre todos mis iguales. A nosotros nos está vedada la felicidad, no a ti, porque muertos, se acabaron nuestros placeres.

PÍLADES

Muy distinto es tu parecer del mío. Que ni la fértil tierra acepte mi sangre, ni el éter mi alma[295] si por libertarme yo de la muerte te abandono y te vendo; no niego que yo también maté a tu madre y te aconsejé cuanto te ha acarreado estos males; debo, pues, morir contigo, y con esta al mismo tiempo. Como a mi esposa miro a la que prometí mi mano: ¿cómo podré vindicarme si vuelvo a Delfos al alcázar de los focenses? Yo, que fui vuestro amigo antes de ser vosotros desgraciados, ¿no lo seré ya porque eres infeliz? No es así por cierto; vuestros infortunios serán también los míos. Ya que hemos de morir, discurramos el medio de perder también a Menelao.

ORESTES

Que así suceda y moriré contento.

PÍLADES

Haz, pues, lo que te digo, y aplaza ahora tu muerte.

ORESTES

Sea, pues, si de cualquier manera me vengo de mi enemigo.

PÍLADES

Calla; tengo en las mujeres poca confianza.

ORESTES

No desconfíes de estas: son nuestras amigas.

PÍLADES

Matemos a Helena; el dolor más acerbo para Menelao.

ORESTES

¿Cómo? Dispuesto estoy a ello si se presenta ocasión favorable.

PÍLADES

Degollándola; está oculta en tu palacio.

ORESTES

Sin duda acogiéndose ya a lugar seguro.

PÍLADES

Pero no dentro de poco, que será esposa de Hades.

ORESTES

¿Y cómo lo lograremos? Bárbaros la acompañan.

PÍLADES

¿Cuáles? Nunca he temido a los frigios.

ORESTES

Como deben ser los que cuidan de sus espejos y perfumes.

PÍLADES

¿Todavía le place el lujo y la molicie troyana?

ORESTES

Tan es así, que la Grecia es para ella estrecha y pobre morada.

PÍLADES

Nada son los esclavos comparados con los que no lo son.

ORESTES

Y si lo consigo, no rehusaré morir dos veces.

PÍLADES

Ni tampoco yo, siempre que te vengue.

ORESTES

Di cómo hemos de realizar nuestro deseo.

PÍLADES

Entraremos en el palacio como si fuésemos a morir.

ORESTES

Entiendo esto, no lo demás.

PÍLADES

Nos lamentaremos en su presencia de los males que sufrimos.

ORESTES

Para que llore, aunque en su corazón se ría.

PÍLADES

Lo mismo que nos sucederá a nosotros.

ORESTES

¿Y cómo terminaremos la lucha?

PÍLADES

Ocultaremos nuestros puñales debajo de los vestidos.

ORESTES

Pero ¿cómo la hemos de matar, presentes sus servidores?

PÍLADES

Los enviaremos a distintas partes del palacio.

ORESTES

Y mataremos al que no callare.

PÍLADES

Después veremos lo que se ha de hacer.

ORESTES

Muerte a Helena: he aquí la señal.

PÍLADES

Ya lo has comprendido: ahora te probaré la excelencia de mi proyecto. Si fuese una mujer honesta, sería infame nuestra acción; pero ella pagará lo que debe a toda la Grecia, cuyos padres mató, cuyos hijos perdió, cuyas esposas dejó abandonadas. Habrá júbilo y el fuego brillará en las aras de los dioses; nos colmarán a los dos de bendiciones, porque hemos dado muerte a una mujer criminal. No te llamarán matricida, si la matas, y se olvidará ese nombre odioso, y te apellidarán matador de Helena, causa de muchas muertes. No es lícito, no, que Menelao sea nunca feliz, y que perezcan tu padre, tú, tu hermana y tu madre (dejando esto aparte, que no conviene ahora decirlo), y que posea tu palacio, habiendo recobrado su esposa por la lanza de Agamenón. No viviré más si no esgrimo contra ella el negro acero.[296] Y si no logramos matar a Helena, moriremos después de pegar fuego a este palacio: como no se puede frustrar uno de estos dos propósitos, alcanzaremos fama y pereceremos con honor, o nos salvaremos con gloria.

EL CORO

Digna es la hija de Tindáreo, que ha deshonrado a su sexo, del odio de todas las mujeres.

ORESTES

¡Ah! Nada vale tanto, ni el cetro, ni las riquezas, como un leal amigo; y de necio es posponerlo, siendo fiel, al favor popular. Porque tú hallaste medio de vengarme de Egisto, y me ayudaste en el peligro, y me vuelves a vengar ahora de mis enemigos, y no te alejas de mi lado. Pero no te alabaré, porque la alabanza exagerada es enojosa. Yo, pues, a punto de morir, deseo con todas mis veras ofender a mis enemigos; perdámoslos, pues, que me han hecho traición, y giman por haberme causado tantos males. Hijo soy de Agamenón, que dominó en toda la Grecia, y lo creyeron digno de ese honor por su divina fortaleza, no un tirano; no lo deshonraré sufriendo muerte servil, que moriré como hombre libre, vengándome de Menelao; si realizamos uno solo de nuestros deseos seremos felices; esto es, si matamos, no moriremos, y de cualquier modo nos salvamos. Así lo pido, porque me place y me regocija el ánimo repetir con mis labios estas palabras, que se lleva el aire, expresión de mi mayor anhelo.

ELECTRA

Creo, ¡oh hermano!, que he encontrado medio de librarte de la muerte, y a este y a mí misma.

ORESTES

Sería obra de los dioses; pero veámoslo, pues conozco tu prudencia.

ELECTRA

Oye, y tú (A Pílades) atiende.

ORESTES

Habla, porque se siento cierto deleite acariciando esa consoladora esperanza.

ELECTRA

¿Sabes quién es la hija de Helena? Pregunto a quien puede responderme.

ORESTES

Conozco a Hermíone, a quien educó mi madre.

ELECTRA

Ha ido al sepulcro de Clitemnestra.

ORESTES

¿A qué? ¿Qué esperanza me haces concebir?

ELECTRA

A hacer libaciones en el sepulcro en nombre de su madre.

ORESTES

Y bien, ¿qué tiene esto que ver con nuestra salvación?

ELECTRA

Cuando vuelva, apoderaos de ella, para que sirva de rehén.

ORESTES

¿Y cómo nos salvará a los tres?

ELECTRA

Muerta Helena, si Menelao quiere ofenderte, o a este, o a mí (pues los tres somos uno solo, unidos por la amistad), amenázale con la muerte de Hermíone, desenvaina tu espada, suspéndela sobre el cuello de la virgen, y si Menelao por recobrar su hija no te mata, viendo ya a Helena en tierra, bañada en su sangre, devuélvela a su padre; pero si se deja llevar de la ira y de su rabia impotente y quiere matarte, hiere tú también el cuello de la virgen. Yo creo que aunque se enfurezca al principio, después se ablandará su ánimo: no es osado ni fuerte. Tal es mi áncora de salvación, y lo que tenía que decir.

ORESTES

¡Oh doncella de ánimo varonil, y hermosa entre las mujeres! ¡Cuánto más digna eras de vivir que de morir! ¿Perderás, ¡oh Pílades!, esta esposa, cuando si vives serás feliz con ella?

PÍLADES

Ojalá se realicen tus deseos, y vaya a la ciudad de los focenses, y celebre en ella suntuosas nupcias.

ORESTES

¿Cuándo vendrá Hermíone? Porque habrás acertado, si tenemos la dicha de apoderarnos de la hijuela de ese padre impío.

ELECTRA

Debe estar cerca de aquí, atendiendo al tiempo transcurrido desde que salió.

ORESTES

Muy bien: tú, hermana Electra, sal del palacio y recibe a la virgen, y observa si alguno se aproxima antes de ejecutar nuestro proyecto, ya sea amigo suyo, ya el hermano de nuestro padre, y avisa entonces, o llamando a la puerta, o dando una voz. Entremos nosotros, ¡oh Pílades!, y armemos con la espada nuestras diestras para el último combate, que tú eres el que me ayudas en mis trabajos. ¡Oh padre, que habitas en la morada de la negra noche!; tu hijo Orestes te invoca para que vengas y lo auxilies: desgraciado, sufro por tu causa injustamente, y a pesar de esto, me hace traición tu hermano, cuya esposa quiero matar: que nos socorras en este trance.

ELECTRA

Ven al fin, ¡oh padre!, si debajo de la tierra oyes a tus hijos, que te llaman y que mueren por tu causa.

PÍLADES

Oye también, ¡oh Agamenón!, pariente de mi padre,[297] mis súplicas, y salva a tus hijos.

ORESTES

Maté a mi madre...

PÍLADES

Y yo esgrimí la espada.

ELECTRA

Y yo los animé, y desvanecí sus temores.

ORESTES

Por vengarte, ¡oh padre!

ELECTRA

Y yo no te hice traición.

PÍLADES

Ensalza, pues, estas súplicas, y salva a tus hijos.

ORESTES

Sírvante de libaciones estas lágrimas.

ELECTRA

Y yo te ofrezco mis lamentos.

PÍLADES

Cesad ya, y ejecutemos nuestro proyecto. Sin duda nos ha oído, si las súplicas penetran debajo de la tierra. Tú, ¡oh Zeus!, padre de mi linaje y protector de la justicia, muéstrate propicio a este, y a mí, y a aquella; una es la causa que a los tres mueve, lucha igual nos amenaza, y nos salvaremos o moriremos. (Orestes y Pílades entran en el palacio).

ELECTRA

Estrofa. — ¡Oh hijas amadas de Micenas, las primeras en el pelásgico suelo de los argivos!

EL CORO

¿Qué voz haces oír, ¡oh princesa nuestra!? Al menos te queda este título en la ciudad de las Danaides.

ELECTRA

Que parte de vosotras guarde este camino, y otras esta senda que viene hacia el palacio.

EL CORO

¿Por qué me ordenas esto, dime, ¡oh amada!?

ELECTRA

Temo que alguno se acerque y nos amenace de muerte, y añada nuevos males a los que ya sufrimos. (El coro se divide en dos mitades, y cada una se sitúa en un extremo del teatro, entre el escenario y los espectadores).

PRIMER SEMICORO (mirando hacia la ciudad).

Ea, apresurémonos; yo vigilaré la senda que se dirige hacia el oriente.

SEGUNDO SEMICORO (hacia la parte opuesta).

Y yo esta otra, que lleva al ocaso.

ELECTRA

Mirad a uno y otro lado, y después a vuestro frente.

PRIMER SEMICORO

Ya te obedecemos.

ELECTRA

Antístrofa. — Mirad alrededor, y que vuestros ojos, atravesando los rizos de vuestra cabellera, lo vean todo.

SEGUNDO SEMICORO

¿Quién está en la senda? ¿Quién es ese rústico que da vueltas alrededor de tu palacio?

ELECTRA (al primer semicoro).

Perdidas somos, ¡oh amigas!; descubrirá pronto a los enemigos, a las fieras armadas que están aquí escondidas.

SEGUNDO SEMICORO

No tengas miedo; nadie hay en la senda, aunque creas lo contrario.

ELECTRA (al primer semicoro).

¿Cómo, pues? ¿No hay temor por esta parte? Dadme una respuesta favorable, y decidme si nada se ve delante del palacio.

PRIMER SEMICORO

Por aquí todo va bien; pero observa por ahí, para que ninguno de los hijos de Dánao se acerque por esta parte.

SEGUNDO SEMICORO

Lo mismo decimos; por aquí nadie se mueve.

ELECTRA (dirigiéndose hacia la puerta).

Ea, pues; avisaré llamando a la puerta. (Hablando a los de dentro). ¿Por qué vaciláis, vosotros los que estáis dentro, y no inmoláis tranquilamente a la víctima?

Epodo. — No me oyen, ¡oh desventurada! La belleza embota vuestras cuchillas.[298] No tardará en acometerlos algún argivo armado que se acercará a pie a auxiliar a Helena. (Al coro). Mirad con más cuidado, que ahora no es ocasión de estar sentadas, sino de que unas y otras observéis lo que sucede.

EL CORO (varían de lugar los dos semicoros).

Cambiemos de puesto, y miremos por todas partes.

HELENA (desde dentro).

¡Oh pelásgica Argos! ¡Miserablemente muero!

SEGUNDO SEMICORO

¿Oís? Ya los hombres han dado principio a la obra.

PRIMER SEMICORO

Al parecer son los clamores de Helena.[299]

ELECTRA

¡Oh Zeus, oh Zeus de eterno poder; ven, ven a ayudar a mis amigos!

HELENA

¡Yo muero, ¡oh Menelao!, y tú no me socorres!

ELECTRA (hablando a los de dentro).

Asesinad, matad, herid; que vuestras manos esgriman las espadas cortadoras de dos filos contra la que abandonó a sus padres y a su esposo y causó la muerte de muchos griegos, que perecieron en la guerra a las orillas del río Escamandro, desde donde las saetas de punta acerada hicieron derramar tantas lágrimas.

PRIMER SEMICORO (acercándose a Electra).

Callad, callad: oigo cierto ruido, como si alguno viniera corriendo a la senda próxima al palacio.

ELECTRA (alejándose un poco y mirando con atención).

Hermíone, ¡oh mujeres muy queridas!, llega ahora, en el momento más crítico; cesen vuestros clamores, que viene a caer en las redes. Presa egregia será si se enreda en ellas. Estaos, pues, otra vez quietas, y que vuestros rostros no den a entender lo que ha sucedido (Reúnense los semicoros), que mis ojos aparecerán mustios, como si no supiera nada. (Detiénese un momento, y habla con Hermíone). ¿Llegaste al fin, ¡oh virgen!, después de coronar el sepulcro de Clitemnestra y de ofrecer las libaciones a los dioses infernales?

HERMÍONE

Vengo después de ofrecer las libaciones, pero tengo miedo, porque allá a lo lejos creo haber oído cierto grito en este palacio.

ELECTRA

¿Cómo así? Las nuevas desdichas que nos atormentan bien merecen tales lamentos.

HERMÍONE

No pronuncies palabras de mal agüero. ¿Hablas de nuevas desdichas?

ELECTRA

Los ciudadanos han decretado mi muerte y la de mi hermano.

HERMÍONE

Que no lo permitan los dioses, porque sois mis parientes.

ELECTRA

Se ha decretado ya; el yugo de la necesidad nos oprime.

HERMÍONE

¿Es esa la causa de los clamores que se oían?

ELECTRA

Suplicante y prosternado a las rodillas de Helena exclama...

HERMÍONE

¿Quién? Nada sé si no me lo dices.

ELECTRA

El desdichado Orestes, por salvar su vida y la mía.

HERMÍONE

Con razón, pues, se oyen tristes clamores en el palacio.

ELECTRA

¿Y qué motivo más justo? Pero ven, acompáñanos en nuestras súplicas; prostérnate con tus amigos ante tu madre muy feliz, para que Menelao no presencie nuestro suplicio. Y ya que te educó la mía, compadécete de nosotros y consuélanos en nuestros males; ven y serás testigo de nuestras angustias; yo te precederé, porque en ti sola ciframos nuestra esperanza.

HERMÍONE (dirigiéndose con rapidez hacia la puerta).

Mira cómo me apresuro a entrar en el palacio. Os salvaré, pues, si está en mi mano.

ELECTRA (a los de dentro).

Vosotros, mis amigos, que dentro estáis armados, ¿no os apoderaréis de vuestra presa? (Orestes y Pílades aparecen a la puerta).

HERMÍONE

¡Ay de mí! ¿A quiénes veo?

ORESTES (apoderándose de ella).

Calla por tu bien; prenda de salvación eres para nosotros, no para ti.

ELECTRA (mientras se llevan a Hermíone).

Aseguradla, aseguradla, y acercando a su cuello la espada, estaos quietos hasta que sepa Menelao que, habiendo aquí hombres, no cobardes frigios, ha sufrido la pena que merecen los villanos. (Entra en el palacio).

EL CORO

Estrofa. — ¡Hola, hola, amigas!; haced ruido, clamad y gritad delante del palacio, para que no se aterren los argivos al saber el asesinato cometido y socorran a los tiranos antes de que yo vea muerta a Helena, yaciendo en tierra ensangrentada, o lo anuncie alguno de sus servidores, pues aunque algo ha llegado a mi noticia, no lo sé bien todo. Justa es la venganza que los dioses toman de Helena, que llenó de lágrimas a la Grecia a causa del funesto, del funesto pastor del Ida. Pero callaos, porque se oye ruido en los regios aposentos, y sale algún frigio, que nos contará lo ocurrido en ellos.

EL FRIGIO[300] (saliendo precipitadamente del palacio).

Con mi bárbaro calzado[301] me libré de la muerte con que me amenazaba la espada argiva, dejando los artesonados de cedro del tálamo nupcial, y los dóricos triglifos,[302] lejos, lejos, ¡oh tierra, oh tierra!, en mi bárbara fuga. ¡Ay de mí! ¿Cómo, ¡oh vosotras, que me dais hospitalidad!, cortaré volando el aire lúcido, o las ondas, que con su cabeza de toro revuelve el Océano,[303] que cerca a la tierra?

EL CORO

¿Qué sucede, servidor de Helena, habitante del Ida?

EL FRIGIO

¡Ilión! ¡Ilión! ¡Ay de mí! Ciudad frigia de fértil tierra, sagrado monte Ida, lloro tu ruina en triste canto, sí, en triste canto y bárbaro lenguaje, que te derribó la hija de Leda y del Cisne, la hermosa y funesta Helena, furia que allanó las murallas labradas por Apolo.[304] Oye mis lamentos, oye mis lamentos, mísera fundación de Dárdano,[305] cuna de Ganimedes, aficionado a los ejercicios ecuestres y querido de Zeus.

EL CORO

Dinos con claridad lo que ha sucedido en el palacio, que ni aun por conjetura puedo entender lo que acabas de decir ahora.

EL FRIGIO

Ælinon, ælinon, clamoroso grito con que principian los bárbaros sus fúnebres plegarias en lenguaje asiático cuando la cuchilla afilada de Hades derrama sobre la tierra sangre de reyes. Dos leones griegos gemelos, para contártelo todo, llegaron al palacio, y el uno llevaba el nombre del capitán de toda la Grecia,[306] y el otro era hijo de Estrofio, pérfido forjador de males, astuto y doloso como Odiseo, pero amigo fiel, osado en la pelea, hábil en la guerra y mortífero dragón. ¡Muera por su serena prudencia, porque es un malvado! Penetraron hasta el trono de la que fue esposa del flechero Paris, llenos de lágrimas sus ojos, y se sentaron humildes uno a un lado, otro al otro, y los dos nos espiaban a todos. Con sus manos suplicantes abrazan las rodillas de Helena uno y otro, sí, uno y otro. Presurosos acudieron los servidores frigios, presurosos acudieron, y hablaban entre sí temiendo algún lazo. Y los unos creían que no había motivo de desconfianza, y los demás que el dragón matricida atraería a sus dolosas redes a la hija de Tindáreo.

EL CORO

¿Y en dónde estabas tú entonces? ¿Habías huido ya?

EL FRIGIO

Casualmente, según costumbre, según costumbre frigia, echaba yo aire de frente con un abanico de plumas a los cabellos de Helena, de Helena, a la usanza bárbara. Ella hilaba lino con sus dedos y hacía girar la rueca, cayendo en tierra los hilos, porque quería engalanar con ellos frigios despojos para el túmulo de Clitemnestra, y ofrecerle un vestido de púrpura. Así habló Orestes a la lacedemonia: «Que tus plantas toquen la tierra, ¡oh hija de Zeus!: desciende de ese trono al hogar de mi viejo abuelo Pélope, para que oigas mi ruego». Llevósela, llevósela en efecto, y ella le siguió sin adivinar su propósito. El malvado focense le ayudaba también diciendo: «¿Por qué no os alejáis de aquí, frigios imprudentes?»; y nos encerró en distintos lugares, ya en las cuadras, ya en las exedras, ya en distintos aposentos, separándonos a todos de nuestra señora.[307]

EL CORO

¿Y qué calamidad sucedió después?

EL FRIGIO

¡Poderosa, propicia madre idea![308] ¡Ay, ay, sangrienta calamidad! ¡Males impíos, que vieron mis ojos en la mansión de los reyes! Protegidos por la oscuridad sacan las espadas ocultas bajo sus vestidos de púrpura y miran a todas partes, temiendo que acudiese alguno. Como jabalíes de las selvas revuélvense contra Helena, y le dicen: «Morirás, morirás; te mata tu pérfido esposo, que ha vendido al hijo de su hermano, entregándolo en Argos a la muerte». Ella exclamó, ella gritó: «¡Ay de mí, ay de mí!», y con su blanca mano lastimó su pecho, y golpeó tristemente su cabeza, y huyó, huyó con sus doradas sandalias; pero Orestes la agarró por los cabellos, después de alcanzarla con su calzado miceno, y doblando su cuello sobre el hombro izquierdo, se disponía a hundir en la garganta la negra cuchilla.

EL CORO

Y los frigios que allí estaban, ¿no la socorrían?

EL FRIGIO

Después que, dando espantosos gritos, derribamos con palancas los postes y las puertas de los aposentos en que estábamos encerrados, cada cual acudió al socorro desde distintos puntos, este con piedras, el otro con armas arrojadizas, estotro esgrimiendo en sus manos la espada. Contra nosotros se adelantó el invencible Pílades, cual el frigio Héctor o cual Áyax,[309] insigne por su casco de tres penachos, al que yo vi, sí, yo mismo vi a las puertas de Príamo, y comenzamos a pelear. Entonces, en verdad, probamos los frigios cuán inferiores somos a los griegos en la guerra: el uno huyó, el otro cayó muerto, este fue herido, aquel suplicaba pidiendo que le perdonasen la vida, pero las tinieblas nos salvaron a algunos. Parte exhalaban el alma, parte caían; otros, en fin, yacían heridos mortalmente. Hermíone, la desventurada, llegó al palacio cuando ya su madre no respiraba, su mísera madre, la que le dio la vida, y como tierna ciervecilla fue arrebatada por ellos, como ligeras bacantes sin tirsos, e hirieron otra vez a la hija de Zeus, que desapareció del lecho, ¡oh Zeus, y Tierra, y Luz, y Noche!, por encanto, o por arte mágica, o por obra de los dioses. Lo que después sucediera no lo sé, que fugitivo he salido del palacio. Menelao, víctima de tantas calamidades, ha recobrado inútilmente de los troyanos su esposa Helena.

EL CORO

Después de tan extraños sucesos algún otro ocurrirá, porque veo venir a Orestes hacia aquí con trémulo paso esgrimiendo su espada.

ORESTES[310]

¿En dónde está el que se escapó de mis manos en el palacio?

EL FRIGIO (cayendo a sus pies).

Yo te adoro, ¡oh rey!, prosternado a la usanza bárbara.

ORESTES

Aquí no estamos en Troya, sino en Argos.

EL FRIGIO

En todas partes creen los sabios que es más dulce la vida que la muerte.

ORESTES

¿No has llamado a Menelao para que te socorra?

EL FRIGIO

Al contrario, para que te diesen ayuda: tú vales más que él.

ORESTES

¿Ha sido justa la muerte de la hija de Tindáreo?

EL FRIGIO

La más justa, aunque tuviese tres gargantas para morir.

ORESTES

De miedo me alabas, aunque no digas lo que sientes.

EL FRIGIO

¿Cómo no, si nos ha perdido a todos, frigios y griegos?

ORESTES

Jura (porque si no, te mato) que no hablas así por congraciarte conmigo.

EL FRIGIO

Lo juro por mi alma, por la cual siempre he jurado santamente.

ORESTES

¿Tanto miedo tenían en Troya al acero todos los frigios?

EL FRIGIO

Separa de mí tu espada, que cerca vibra su resplandor cruelmente.

ORESTES

¿Temes convertirte en piedra, como si vieras la Gorgona?

EL FRIGIO

Morir es lo que temo: no he visto nunca la cabeza de la Gorgona.

ORESTES

Siendo esclavo, ¿odias la muerte, que te librará de tus males?

EL FRIGIO

Todos los hombres, aunque sean esclavos, gozan viendo la luz.

ORESTES

Dices bien; tu prudencia te salva, pero entra en el palacio.

EL FRIGIO

¿No me matarás?

ORESTES

Nada temas.

EL FRIGIO

Grata palabra has pronunciado.

ORESTES

Pero la retractaré.

EL FRIGIO

Estas no son gratas. (Vase).

ORESTES

Necio eres si piensas que tengo empeño en derramar tu sangre, porque ni naciste mujer, ni te puedo contar entre los hombres. Vengo del palacio para que no alborotes con tus gritos, que los argivos pronto acudirán si te oyen. No temo salir con mi espada al encuentro de Menelao, aunque venga ostentando sus blondos cabellos esparcidos por los hombros; pero si trae en su ayuda tropas argivas para vengar la muerte de Helena, y no me perdona la vida, ni a mi hermana, ni a Pílades, que ha sido en todo mi cómplice, verá dos cadáveres, el de su esposa y el de su hija virgen. (Entra en el palacio).

EL CORO

¡Ay, ay! ¡Nueva lucha, nueva y terrible lucha amenaza al linaje de los Atridas!

PRIMER SEMICORO

¿Qué hacemos? ¿Lo anunciamos a los ciudadanos? ¿Nos callamos?

SEGUNDO SEMICORO

Esto es lo más seguro, ¡oh amadas!

PRIMER SEMICORO

Mira cómo se eleva el humo por los aires delante del palacio, y anuncia algún nuevo suceso.

SEGUNDO SEMICORO

Encienden las antorchas como para abrasar la morada de Tántalo, y no desisten de su sanguinario proyecto.

EL CORO

Los dioses acaban con los hombres, sí, acaban con ellos cuando quieren. Su fuerza es incontrastable; un numen vengador ha derruido, ha derruido este palacio con sangrientos horrores, por haber precipitado a Mírtilo de su carro. Pero veo a Menelao, que se acerca a paso rápido, sabedor acaso de la desgracia que aquí ha ocurrido. Atridas, que dentro estáis, que las barras cierren pronto las puertas. Cruel es que el hombre, mimado por la fortuna, haga la guerra a quienes, como a ti ahora, ¡oh Orestes!, se muestra adversa.

MENELAO

Traénme las execrables maldades cometidas por dos leones osados, pues no los debo llamar hombres. Me han dicho que no ha muerto mi esposa, sino que ha desaparecido del palacio, según cuenta un vano rumor, hijo acaso del miedo del que me lo refirió; pero estas son maquinaciones matricidas y un horrible sarcasmo. Que abra alguno el palacio; mandaré a los esclavos que penetren en él a la fuerza para arrancar al menos a mi hija del poder de estos hombres manchados de sangre, y recobraré el cuerpo de mi desventurada esposa; si no, sus osados asesinos morirán como ella a mis manos.

(Orestes, Pílades y Electra aparecen en lo alto del palacio. Orestes amenaza con su espada el cuello de Hermíone. Pílades y Electra agitan antorchas encendidas).

ORESTES

¡Ay de ti si te acercas a estos aposentos!; a ti digo, ¡oh Menelao!, hinchado por la soberbia, que romperé tu cabeza con esta almena, destrozando tan antiguos techos, obra de ingenioso artífice: con barras están aseguradas las puertas, que te impedirán traer auxilio y entrar.

MENELAO

¡Hola! ¿Qué significa esto? Veo el resplandor de las llamas, y a los que aparecen en lo alto del palacio amenazando con su espada el cuello de mi hija.

ORESTES

¿Quieres preguntarme, oírme?

MENELAO

Ni una cosa ni otra; pero por lo visto es necesario escucharte.

ORESTES

Mataré a tu hija, si quieres saberlo.

MENELAO

Después de sacrificar a Helena, ¿intentas cometer otro asesinato?

ORESTES

Ojalá que así hubiera sido y no me engañaran los dioses.

MENELAO

¿Niegas que la has asesinado, y lo dices para insultarme?

ORESTES

Con tristeza lo niego: ojalá que hubiese logrado...

MENELAO

¿Qué hacer? Me vence el terror que me inspiras.

ORESTES

Lanzar al Orco a la furia de la Grecia.

MENELAO

Devuélveme el cadáver de mi esposa para depositarlo en su sepulcro.

ORESTES

Pídela a los dioses; pero mataré a tu hija.

MENELAO

El matricida comete un asesinato tras otro.

ORESTES

Vengador de mi padre, a quien tú vendiste para que muriese.

MENELAO

¿No te basta tu reciente matricidio?

ORESTES

No me cansaré nunca de matar mujeres perversas.

MENELAO

¿Tú también, ¡oh Pílades!, eres cómplice de este asesino?

ORESTES

Quien calla otorga; basta que yo hable.[311]

MENELAO

Pero no te alegrarás mucho tiempo si no tienes alas para huir.

ORESTES

No huiremos, que el fuego devorará al palacio.

MENELAO

¿Osarás destruirlo, siendo de tu padre?

ORESTES

Para que tú no lo poseas, y mataremos además a esta en medio de las llamas.

MENELAO

Mátala, que si lo haces, me lo pagarás todo.

ORESTES

Así será.

MENELAO

¡Ay, ay! ¡No, por los dioses!

ORESTES

Calla ya, y ten paciencia, sufriendo este mal merecido.

MENELAO

¿Y es justo que tú vivas?

ORESTES

Y que reine en este país.

MENELAO

¿En cuál?

ORESTES

En la pelásgica Argos.

MENELAO

¿Osarías tocar sin escrúpulos las libaciones?...

ORESTES

¿Por qué no?

MENELAO

¿Y tirar en tierra las víctimas antes de la pelea?[312]

ORESTES

¿Y tú puedes hacerlo sin obstáculo?

MENELAO

Porque están puras mis manos.

ORESTES

Pero no tu alma.

MENELAO

¿Quién te hablará?

ORESTES

Todo el que ame a su padre.

MENELAO

¿Y el que honre a su madre?

ORESTES

Es feliz.

MENELAO

No tú.

ORESTES

No me agradan las malvadas.

MENELAO

Aleja tu cuchilla de mi hija.

ORESTES

Te engañas.

MENELAO

¿Pero la matarás?

ORESTES

No lo dudarás mucho tiempo.

MENELAO

¡Ay de mí! ¿Qué haré?

ORESTES

Ve a Argos y persuade...

MENELAO

¿Qué?

ORESTES

A los ciudadanos que anulen nuestra sentencia de muerte.

MENELAO

¿O mataréis a mi hija?

ORESTES

Justamente.

MENELAO

¡Oh desventurada Helena![313]

ORESTES

Y mis desdichas, ¿nada son para ti?

MENELAO

Desde Troya te traje una víctima...

ORESTES

Ojalá que así hubiera sido.

MENELAO

Después de sufrir innumerables trabajos.

ORESTES

Solo que no han sido por mi causa.

MENELAO

Crueles fueron mis males.

ORESTES

Con razón: nada podías hacer entonces.

MENELAO

A ti me someto.

ORESTES

Tu misma maldad ha forjado tus cadenas. Pero tú, Electra, incendia este palacio, y tú, Pílades, el más leal de mis amigos, haz lo mismo con los techos sostenidos por estos muros.

MENELAO

¡Oh tierra de los dánaos y fundadores de la ecuestre Argos! ¿No acudís armados a mi socorro? Este devasta con violencia vuestra ciudad para salvar su vida, después de haber dado a su madre muerte abominable.

APOLO (que aparece sobre el palacio).[314]

Aplaca tu furia, ¡oh Menelao!, que yo, Febo, te lo digo, hijo de Leto, a quien ves delante de ti; y tú, Orestes, que con tus armas no te separas de esa virgen, oye mis palabras. Helena, a quien deseabas matar por vengarte de Menelao, no teme ya tu ira, y es esta que contemplas en los senos etéreos, salvada por mí, y no muerta a tus manos. Yo la liberté, yo la libré del filo de tu espada por mandato de Zeus, nuestro padre: basta que sea su hija para que viva inmortal con Cástor y Pólux y proteja a los navegantes desde los etéreos senos. Elige, pues, otra esposa, ya que los dioses, a causa de su belleza, hicieron combatir a griegos y frigios y consintieron esos horrores para purgar a la tierra de la soberbia de tantos mortales. Esto por lo que toca a Helena: tú, Orestes, después de atravesar los confines de este territorio, habitarás un año[315] en el suelo parrasio,[316] que en memoria de tu destierro se llamará Oresteo por los arcadios y azanes.[317] Desde allí irás a la ciudad de los atenienses, y darás cuenta a las tres Furias del asesinato de tu madre; pues los dioses, patronos de tu causa, te harán cumplida justicia en el Areópago, y tú vencerás. El destino manda, ¡oh Orestes!, que te cases con Hermíone, cuya cerviz amenazas ahora, pues nunca será esposa de Neoptólemo, a pesar de sus esperanzas. Una espada délfica lo inmolará cuando pida que yo sea castigado por la muerte de su padre Aquiles. Que el himeneo selle la unión de tu hermana con Pílades, a quien en otro tiempo la prometiste, y su vida será feliz en adelante. Tú, Menelao, deja a Orestes reinar en Argos, y regirás a Esparta, dote de tu esposa, causa para ti hasta ahora de incesantes trabajos. Yo arreglaré tus asuntos en aquella ciudad,[318] puesto que te obligué a matar a tu madre.

ORESTES

¡Oh profeta Apolo!, no nos engañaron tus oráculos, que has sido veraz, aunque temí haber oído la voz de algún otro numen, creyendo escuchar la tuya; pero todo se ha cumplido felizmente, y te obedeceré en cuanto mandan. Perdono a Hermíone la vida, y será mi esposa si lo aprueba su padre.

MENELAO

Salve, Helena, hija de Zeus: yo celebraré tu gloria, porque habitas en la afortunada mansión de los dioses. Ya que Febo lo ordena, te doy mi hija por esposa: noble eres tú, y noble ella y su linaje; que seas dichoso y yo también, que te la entrego.

APOLO

Obedecedme, y que acaben de una vez vuestras disensiones.

MENELAO

Obedezcamos.

ORESTES

Y yo también. Propicia como la tuya es ya mi fortuna, ¡oh Menelao!, y propicios son también tus oráculos, ¡oh Apolo!

APOLO

Andad, pues, y venerad a la Paz, la más bella de las diosas: yo, atravesando el polo, sembrado de espléndidos astros, llevaré a Helena al palacio de Zeus, en donde se sentará al lado de Hera y de Hebe,[319] la esposa de Heracles, y será diosa entre los hombres, y la honrarán con libaciones, juntamente con los Tindáridas, hijos de Zeus, que protegen en el mar a los navegantes.

EL CORO

¡Oh Victoria, digna de la mayor veneración!; favoréceme mientras viva, y nunca dejes de coronarme.