HIPÓLITO
¡Ay de mí! ¿Qué haces? ¿No esperarás que el tiempo, maestro de verdades, aclare esta, sino que me desterrarás de aquí?
TESEO
Te lanzaría más allá del Océano y de las orillas del Atlántico,[136] si pudiese y atendiera al odio que me inspiras.
HIPÓLITO
¿Y sin apelar a los juramentos, sin examen de pruebas, sin oír a los adivinos, me desterrarás indefenso?
TESEO
Esta carta, sin necesidad de más adivinaciones, por sí sola, cual testigo fidedigno te condena, y vuelen cuanto quieran las aves que pasan por encima de mi cabeza.
HIPÓLITO
¿Por qué, ¡oh dioses!, no despliego mis labios, puesto que vosotros, a quienes doy culto, me perdéis? No, seguramente; no persuadiría a quienes quisiera, y violaría inútilmente mi juramento.[137]
TESEO
¡Ah! ¡Cómo me atormenta tu hipocresía! ¿No huirás cuanto antes de tu patria?
HIPÓLITO
¿Adónde me dirigiré? ¿En dónde pediré hospitalidad, desterrado por este delito?
TESEO
No faltan quienes reciban placer en darla a los seductores de mujeres, ni escasearán criminales, autores como tú de delitos domésticos.
HIPÓLITO
Hasta el corazón me traspasas, y estoy a punto de llorar, porque parezco criminal y soy infortunado.
TESEO
Debiste gemir y ser más precavido cuando pensabas deshonrar a la mujer de tu padre.
HIPÓLITO
¡Oh palacio! ¡Ojalá que hablases, y testificaras si yo era delincuente!
TESEO
¿A testigos mudos apelas? Esta carta, que no habla, claramente prueba tu culpa.
HIPÓLITO
¡Ay de mí! ¡Ay, si pudiera mirarme frente a frente para llorar los males que sufro!
TESEO
Mucho más te has cuidado de ti mismo que de ser, como debías, piadoso con tus padres.
HIPÓLITO
¡Oh infelicísima madre! ¡Oh funesto día en que nací! Que ninguno de mis amigos sea jamás bastardo.
TESEO
¿No os lo llevaréis, esclavos? ¿No habéis oído hace ya tiempo que lo destierro?
HIPÓLITO
Llorará el que ose tocarme: si lo deseas, expúlsame tú de esta región.
TESEO
Así lo haré, si no obedeces mis órdenes; tu destierro no excita en mí la más ligera compasión.
HIPÓLITO
Decretado está, según parece. ¡Cuánta es mi desventura! Aunque sé lo que ha sucedido, no acierto, sin embargo, a declararlo. ¡Oh, hija de Leto, diosa la más amada, tú que vives conmigo en las selvas y eres mi compañera de caza! ¡Huiremos de la ínclita Atenas! Adiós, pues, ciudad y tierra de Erecteo; adiós, suelo de la Trecenia, que tantos solaces ofreces a la juventud; yo te saludo por última vez. Venid, ¡oh jóvenes amigos!, despedidme y llevadme de aquí; jamás veréis otro hombro más casto, aunque no lo crea mi padre. (Retírase con su séquito. Teseo entra en su palacio).
EL CORO
Estrofa 1.ª — Sin duda mi piedad para con los dioses me libra de los dolores que pueden aquejar mi ánimo; pero cuando más confío en la divina Providencia, desmayo contemplando la varia suerte y las acciones de los mortales. Todo cambia en este mundo, e inconstante es la vida humana, y sujeta a muchos errores.
Antístrofa 1.ª — Que el cielo oiga mis súplicas y me dé fortuna próspera; que viva feliz, libre de penas; no sea mi fama insigne ni de mala ley, suaves mis costumbres, variables según la necesidad de cada día, y que ninguna duda turbe mi dicha.
Estrofa 2.ª — Perdí la tranquilidad de mi alma; engañome mi esperanza desde que vi a la estrella más brillante de la Grecia lanzada a otras regiones por la ira paternal. ¡Oh arena de las riberas de mi país natal! ¡Oh selvas de los montes, en donde con tus ágiles perros matabas a las fieras, acompañado de la casta Dictina!
Antístrofa 2.ª — No subirás más al carro[138] tirado de yeguas vénetas, refrenando en Limne con tu diestro pie a los dóciles caballos, y tu no interrumpido canto, que acompañado de la lira se oía antes, no resonará en el palacio paterno, y escasearán las guirnaldas en los santuarios en que habita la hija de Leto en la profunda selva, y con tu destierro se acabará la lucha que por obtener tu mano han entablado las doncellas.
Epodo. — Yo lloraré tu triste destino, y recordaré tu desdicha. ¡Oh mísera madre, en vano lo diste a luz! ¡Ay! Me indigno contra los dioses. ¿Cómo vosotras, Gracias fraternales, lanzáis de su palacio a tierra extraña a este infortunado, inocente de toda culpa? Pero veo al servidor de Hipólito, que triste y con paso rápido se dirige hacia aquí.
EL MENSAJERO
¿En dónde, ¡oh mujeres!, encontraré a Teseo, rey de este país? Si lo sabéis, decídmelo. ¿Está acaso en el palacio?
EL CORO
Míralo ya, que sale de él.
EL MENSAJERO
Triste mensaje, ¡oh Teseo!, traigo a ti y a los ciudadanos que habitan en la ciudad de los atenienses y en los confines de la Trecenia.
TESEO
¿Qué hay? ¿Alguna calamidad ha invadido acaso a las dos ciudades vecinas?
EL MENSAJERO
Para decírtelo en pocas palabras, Hipólito morirá, aunque todavía lo queden algunos momentos de vida.
TESEO
¿Cómo así? ¿Ha muerto quizá a manos de algún enemigo, cuya esposa violara, como la de su padre?
EL MENSAJERO
Su propio carro ha sido la causa de su muerte, y las imprecaciones que pronunciaste pidiendo su cumplimiento a tu padre, señor de los mares.
TESEO
¡Oh dioses, y tú, Poseidón! Seguramente eres mi padre, pues si no lo fueras, no hubieras oído mis imprecaciones. Di cómo ha muerto, cómo lo hirió la espada de la justicia por haberme deshonrado.
EL MENSAJERO
Peinábamos nosotros llorando las crines de sus caballos, junto a las riberas que el mar lava con sus olas, por haber venido cierto mensajero diciendo que Hipólito no pisaría más esta tierra, y que lo habías condenado a triste destierro. Él mismo llegó después confirmando tan lamentable nueva, y le seguían muchos de sus amigos y compañeros. Cuando sus llantos cesaron, dijo: «¿Por qué lloro? Es preciso obedecer las órdenes de mi padre. Esclavos, uncid los caballos al yugo de los carros; Atenas murió ya para mí». Todos, pues, nos apresuramos, y en un momento llevamos a nuestro dueño los caballos enjaezados. Fijó las riendas en el extremo delantero del carro, y aseguró sus pies en los borceguíes adheridos a él.[139] Primero suplicó a los dioses de esta manera, levantando al cielo las manos: «Si soy criminal, ¡oh Zeus!, que no viva más, y que mi padre conozca que ha sido injusto conmigo, ya después de mi muerte, ya mientras vea la luz». Y mientras tanto, cogió el látigo y aguijó los caballos; nosotros, sus servidores, seguíamos cerca del carro a nuestro dueño, que se encaminó en derechura a Argos y Epidauro. Poco después que entramos en lugares desiertos, más allá de esta tierra,[140] y llegamos a la orilla del mar Sarónico, se oyó cierto ruido horrible, como si fuera el de un trueno subterráneo de Zeus, que nos hizo temblar a todos; los caballos levantaron la cabeza y enderezaron las orejas; nosotros teníamos gran miedo, no sabiendo cuál fuese la causa que lo producía; pero habiendo mirado a la orilla del alborotado mar, vimos una espantosa ola que amenazaba al cielo, hasta el punto de ocultarnos la ribera Sarónica, y el istmo y el promontorio de Esculapio. Hinchándose más después, y derramando en torno mucha espuma, y bramando horriblemente, se estrelló en la orilla, en donde estaba la cuadriga, y del seno de la tempestad y de las agitadas olas salió un toro, monstruo fiero, con cuyos mugidos resonaba pavorosamente la tierra; a todos los que presenciamos este espectáculo parecía espantoso, y no podíamos mirarlo sin estremecernos. El miedo se apoderó de los caballos, y mi señor, muy diestro en manejarlos, cogió en sus manos las riendas y tiró hacia atrás, como el marinero hace con el remo, y con ellas ciñó su cuerpo; pero los caballos, tascando el bocado endurecido al fuego, arrancaron con ímpetu, sin cuidarse de la mano que los regía, ni e las riendas, ni de los carros bien labrados; siempre que en tierra llana, y sin soltar las riendas, cambiaba su carrera, aparecía el toro delante, como para acometer al carro, e infundía en los caballos invencible miedo; si con furia lo llevaban contra los peñascos, seguía acercándose en silencio, hasta que le embistió y volcó, rompiendo las ruedas contra una peña. Todo fue entonces confusión; los rayos de las ruedas y los clavos de los ejes saltaron en todas direcciones. El desventurado, sujeto por las riendas, se estrelló la cabeza contra los peñascos y se magulló el cuerpo, exclamando con la mayor amargura: «Deteneos, caballos alimentados en mis pesebres; no me matéis. ¡Oh, cruel maldición de mi padre! ¿Quién quiere socorrerme y salvar a un hombre bueno si los hay?». Muchos que lo deseábamos, con tardo paso le seguíamos de lejos. Al fin, desenredándose de las riendas, cayó no sé de qué modo, y le quedan pocos instantes de vida, y los caballos y el malhadado y milagroso toro se escondieron no sé en qué lugar montañoso. Yo soy, en verdad, un siervo de tu palacio, ¡oh rey!, pero jamás podré creer que tu hijo ha delinquido, aunque se ahorquen todas las mujeres y escriban tantas tablillas cuantas pueden hacerse de las selvas del Ida,[141] seguro como estoy de su inocencia.
EL CORO
¡Ay, ay de mí! Consumáronse nuevos desastres, e inevitable es el destino.
TESEO
Gozo me infundieron tus palabras por el odio que tengo a la víctima de estos males; venerando ahora a los dioses, y recordando que es mi hijo, ni sus desdichas me placen ni me afligen.
EL MENSAJERO
¿Qué hacemos, pues? ¿Lo traemos aquí? ¿Cuáles son tus órdenes acerca de ese desventurado? ¿Cómo te agradaremos? Piénsalo bien, y si quieres seguir mi consejo, no seas cruel con tu infortunado hijo.
TESEO
Traedme para que vean mis ojos al que negó haber profanado mi lecho, y lo convenzan mis palabras, y la desgracia que le agobia, obra de los dioses.
EL CORO[142]
Tú, Afrodita, doblegas el ánimo inflexible de los hombres y de los dioses con ayuda de tu hijo, revestido de variado plumaje, que los cobija bajo sus alas velocísimas. Vuela por toda la tierra y por el salado mar, que profundamente resuena. Cupido ablanda los corazones y los asalta con su antorcha, resplandeciente como el oro, que inspira el furor, y a las fieras que viven en los montes, y a los peces del mar, y a cuanto alimenta la tierra, que el sol purifica con sus rayos: todos los hombres están sujetos a su imperio, y Afrodita sola manda en todos a un tiempo como reina.
ARTEMISA (en un carro de nubes doradas).[143]
Óyeme, que tal es mi voluntad, noble hijo de Egeo; yo soy Artemisa, hija de Leto, ¡oh Teseo! ¿Por qué, mísero mortal, te deleitan estos males, y has dado injusta muerte a tu hijo, creyendo lo que no es cierto, seducido por las falsas palabras de tu esposa? Manifiesta es la desdicha que te pierde. ¿Cómo no te precipitas con rubor en los abismos de la tierra, o evitas este daño volando? Ya no podrán contarte entre los justos. Entérate, Teseo, de sus desdichas, que esto, aunque de nada te sirva, te llenará al menos de dolor. No tiene otro objeto mi venida que probar la piedad de tu hijo, y su gloria al morir, y el furor de tu esposa, y hasta cierto punto su nobleza. Estimulada por la diosa más aborrecida de los que rendimos grato culto a la virginidad, se enamoró de Hipólito, intentó vencer su pasión, y murió inesperadamente por la imprudencia de su nodriza, que la descubrió a tu hijo mediante juramento. Él, como era honrado, no accedió a sus deseos ni fue impío, a pesar de tu enojo, violando después su juramento. Pero Fedra, temiendo que supieras su delito, escribió una carta falsa y te persuadió lo que quiso, y perdió con engaño a tu hijo.
TESEO
¡Ay, ay de mí!
ARTEMISA
¿Te afligen mis palabras? Tranquilízate, oye lo restante y llorarás más. ¿No sabías que tu padre[144] había de cumplir tres votos tuyos? Contra tu hijo, ¡oh tú, el más malvado de los hombres!, fulminaste uno de ellos, como si hubiese sido tu mayor enemigo. Tu marino padre, que bien te quiere, te concedió lo que debía, puesto que lo había prometido; pero tú has sido criminal con él y conmigo, y no esperaste que las pruebas te convencieran, ni oíste a los adivinos, ni nada averiguaste, ni aguardaste a que el tiempo descubriese la verdad, sino que más pronto de lo que convenía maldijiste a tu hijo y ocasionaste su muerte.
TESEO
Que yo muera, ¡oh diosa!
ARTEMISA
Cometiste atrocidades, pero aún puedes obtener el perdón. Afrodita ha sido causa de todo por saciar su ira: es ley entre los dioses que ninguno se oponga a los deseos del otro, y que todos cedan cuando es menester. Ten por cierto que, de otra manera, y a no temer a Zeus, no me deshonraría hasta el punto de consentir en la muerte del mortal que más amo. Tu ignorancia demuestra que has faltado sin malicia, y además tu esposa al morir destruyó las pruebas orales que te hubiesen convencido. Sobre ti principalmente descargan ahora estos males, aunque yo también los sienta. No agrada a los dioses la muerte de los piadosos, sino la ruina de los malvados, con sus hijos y su familia. (Hácese invisible).
EL CORO
Ya llega el infeliz, desgarrados horriblemente sus miembros juveniles y desaliñada su blonda cabellera. ¡Oh palacio infortunado! ¡Que doble calamidad[145] te agobia por mandato del cielo!
HIPÓLITO (que llega en una camilla).
¡Ay de mí! ¡Ay de mi! ¡Ay de mí! ¡Cuánta es mi desventura!, despedazado injustamente a causa de las imprecaciones[146] de un padre, también injusto. No tiene remedio mi desdicha; ¡ay de mí, mísero! ¡Ay, ay! Dolores intolerables atormentan mi cabeza, e incesantes espasmos acometen mi cerebro. Dejadme descansar, dejad que reciba algún consuelo mi fatigado cuerpo. (Ponen en tierra la camilla). ¡Ay, ay de mí! ¡Oh caballos odiosos que alimentó mi mano, me habéis perdido, me habéis dado la muerte! (Mientras lo sientan sus servidores). ¡Ay, ay, por los dioses! ¡Oh esclavos, tocad con cuidado mis doloridos miembros! ¿Quién está a mi derecha? Levantadme con amor, con suave movimiento, que mi desdicha es grande y mi padre me maldijo equivocado. Zeus, Zeus, ¿ves esto? Yo soy aquel varón casto que daba a los dioses culto, el que en la práctica de esta virtud superó a todos, y ahora pierdo la vida y me aguarda la muerte debajo de la tierra; en vano fui piadoso entre los hombres y sufrí grandes molestias, ¡ay, ay, ay, ay de mí!, y ahora el dolor, sí, el dolor me aflige de nuevo. Dejadme abandonado a mi desventura; no prolongad mi martirio, y que la muerte cure mis males. Matadme, matadme, que soy un desdichado; ojalá que me hiera una espada de dos filos y acabe de una vez conmigo. ¡Oh malhadada imprecación de mi padre! ¡Oh parientes manchados de sangre![147] Mi desdicha corona ahora sin vacilar las de mis viejos progenitores, y viene contra mí, que nada tengo que ver con ellas. ¡Ay de mí, ay de mí! ¿Qué diré? ¿Cómo me libertaré de este dolor cruel? Que la negra y nocturna Necesidad, que habita en el palacio de Hades, aletargue mis sentidos.
ARTEMISA (invisible).
¡Oh infeliz! ¡Qué calamidad te atormenta! La grandeza de tu alma ha sido causa de tu ruina.
HIPÓLITO
¡Ay de mí! ¡Oh divino y embriagador perfume![148] Aun en medio de mis males te he percibido, y mi cuerpo siente consuelo. Aquí está la diosa Artemisa.
ARTEMISA
¡Oh mísero! A tu lado está la diosa que más te ama.
HIPÓLITO
¿Vesme, señora, en la desventura en que me hallo?
ARTEMISA
Te veo; pero no me es lícito derramar lágrimas de mis ojos.
HIPÓLITO
Ya no sobrevivirá a su desdicha tu cazador y sacerdote.
ARTEMISA
No, seguramente; pero mueres amado de mí.
HIPÓLITO
Ni el que guiaba tus caballos y guardaba tus estatuas.
ARTEMISA
Obra es de la engañosa Afrodita.
HIPÓLITO
¡Ay de mí! Ya reconozco la deidad causa de mis males.
ARTEMISA
Enojada porque no la adorabas, se vengó de tu castidad.
HIPÓLITO
Ella sola, según veo, nos ha perdido a los tres.
ARTEMISA
A tu padre, a ti, y en tercer lugar a su esposa.
HIPÓLITO
También deploro los infortunios de mi padre.
ARTEMISA
Ha sido engañado por las sugestiones de la diosa.
HIPÓLITO
¡Oh padre infeliz! ¡Grande es tu desventura!
TESEO
Perecí, ¡oh hijo!; no me deleita ya la vida.
HIPÓLITO
Deploro tu suerte más que la mía, a causa de tu yerro.
TESEO
¡Ojalá, ¡oh hijo!, que yo hubiese muerto en tu lugar!
HIPÓLITO
¡Oh dones crueles de tu padre Poseidón!
TESEO
Quisiera no haberlo evocado nunca.
HIPÓLITO
¿Y por qué? Segura era siempre mi muerte, siendo tanta tu ira.
TESEO
Los dioses habían perturbado mi juicio.
HIPÓLITO
¡Ay de mí! ¡Ojalá que los mortales pudiesen maldecir a los dioses![149]
ARTEMISA (invisible).
Déjame, que ni aun cuando vayas a las tinieblas que hay debajo de la tierra se ensañarán en ti impunemente las iras de Afrodita, acordes con su deseo, pues de ellas te libraron tu piedad y buenos pensamientos. Yo, con mi misma mano, y con mis inevitables saetas, te vengaré, dando muerte a uno de sus favoritos, al mortal que más ame.[150] Te concederé, ¡oh desventurado!, por tus graves desdichas los más grandes honores en la ciudad de Trecén; las doncellas, antes de casarse, cortarán en tu honor sus cabellos, y gozarás largo tiempo de sus lágrimas copiosas.[151] Siempre te honrará música de vírgenes, y se hará público el amor que inspiraste a Fedra. Y tú, hijo del viejo Egeo, toma en tus brazos a tu hijo, y oprímelo contra tu pecho. Involuntariamente lo has perdido, pero errar es natural en los hombres, consintiéndolo los dioses. Ruégote, ¡oh Hipólito!, que no odies a tu padre, que el destino ha sido causa de tu muerte. Adiós, que no me es lícito mirar los muertos ni empañar mis ojos con el aliento del moribundo, y veo que se aproxima ya tu última hora.
HIPÓLITO
Adiós, tú también, virgen bienaventurada; olvida sin pena mi trato cotidiano. Perdono a mi padre, accediendo a tus ruegos, como antes te obedecí siempre en todo. (Retírase Artemisa). ¡Ay, ay de mí! ¡Que las tinieblas envuelven ya mis ojos! Abrázame, padre, y levanta mi cuerpo.
TESEO
¡Ay de mí, hijo mío! ¿Cómo me abandonas así, sumido en la mayor desventura?
HIPÓLITO
Yo muero; ya veo las puertas de los infiernos.
TESEO
¿Y me dejas el alma mancillada?
HIPÓLITO
De ningún modo, puesto que no te imputo este desastre.
TESEO
¿Qué dices? ¿Me absuelves de haber derramado tu sangre?
HIPÓLITO
Por testigo pongo a Artemisa, la de las irresistibles saetas.
TESEO
¡Oh hijo el más amado! ¡Cuánta es tu generosidad para con tu padre!
HIPÓLITO
Adiós, tú también, ¡oh padre!; adiós muchas veces.
TESEO
¡Ay, cuán piadoso y bueno eres!
HIPÓLITO
Pide que así sean tus hijos legítimos.
TESEO
No me abandones, ¡oh hijo!; recobra tus fuerzas.
HIPÓLITO
Mis fuerzas se acaban; yo muero, ¡oh padre!; cubrid cuanto antes mi rostro con el peplo.[152]
TESEO
¡Oh maldita región de Atenas y de Palas! ¡Qué hombre has perdido! ¡Oh desventurado de mí! ¡Cuántas veces, ¡oh Afrodita!, recordaré los males que me causas!
EL CORO
A todos nos sorprende esta desgracia; ríos correrán de lágrimas, porque la memoria de los grandes hombres debe llorarse mucho tiempo.