AQUILES

Que no venga; yo respeto su decoro.

CLITEMNESTRA

Pero solo hasta cierto punto debe respetarse.

AQUILES

¡Oh mujer!, no me traigas a tu hija para que yo la vea, ni cometamos esa falta. Un numeroso ejército, libre de cuidados domésticos, propende a acoger falsos y escandalosos rumores. Lo mismo conseguirás, sin duda, ya me supliques o no; porque estoy firmemente decidido a libraros de vuestros males. No olvides tan solo que yo no falto a mi palabra; y si no la cumplo y os engaño, que muera en castigo; evitaré la muerte si salvo a tu hija.

CLITEMNESTRA

Que seas feliz socorriendo siempre a los desdichados.

AQUILES

Oye, pues, para obrar como debo.

CLITEMNESTRA

¿Qué has dicho?, que sin duda me interesa.

AQUILES

Hablemos antes con tu esposo. Acaso la razón recobre en él su imperio.

CLITEMNESTRA

Es cobarde, y teme al ejército demasiado.

AQUILES

Pero hay ciertas razones más convincentes que otras.

CLITEMNESTRA

¡Triste esperanza! Di, no obstante, lo que he de hacer.

AQUILES

Primero le suplicarás que no sacrifique a tu hija, y si se resistiese, recurre a mí. Si lo persuades, como deseas, no hay necesidad de que yo intervenga en nada, que así se salvará tu hija, y él, que es mi amigo, me lo agradecerá, y el ejército no me culpará porque haya empleado la persuasión, no la fuerza. Y si consigues tu objeto, tú y los demás os congratularéis de que todo se haya acabado sin mi mediación.

CLITEMNESTRA

¡Cuán juiciosamente has hablado! Se hará como deseas. Y si no realizo mi propósito, ¿en dónde podré verte? ¿Adónde he de acudir en mi desventura, para encontrar tu mano, que ha de consolarme en mis males?

AQUILES

A mí cargo queda defenderte cuando sea menester, y yo cuidaré también de que nadie te vea atravesar consternada el ejército; que no deshonres tu linaje paterno, porque Tindáreo es famoso entre los griegos.

CLITEMNESTRA

Así será; manda y yo obedeceré. Si hay dioses, tú, que eres justo, serás premiado; si no, ¿para qué afligirnos?

EL CORO

Estrofa. — ¿Qué epitalamio resonó acompañado de la flauta líbica y de la cítara, que alegra a los coros, y de las flautas de leve caña, como cuando atravesaron el Pelión las piérides de hermosos cabellos, e hirieron la tierra con sus doradas sandalias, y vinieron a las nupcias de Peleo, y en las selvas peliacas, en los montes de los centauros, alabaron a Tetis, al hijo de Éaco, con sus voces melodiosas? El hijo de Dárdano, delicia de Zeus, el frigio Ganimedes, escanció el néctar en copas profundas de oro, y las cincuenta hijas de Nereo celebraron juntas las bodas, saltando en círculo sobre la blanca arena.

Antístrofa. — Con dardos de abeto y coronas de grama acudió la ecuestre muchedumbre de los centauros al festín de los dioses, y a gustar el licor de Dioniso. Tales fueron las aclamaciones de las hijas de Tesalia: «Brillante, brillante astro, ¡oh hija de Nereo!, anuncian el profeta Apolo y el centauro Quirón (discípulo de las musas y conocedor de las generaciones futuras) que vendrá al campo troyano con los mirmidones armados de lanzas, a arrasar con el fuego la tierra ínclita de Príamo, revestido de armas de oro fabricadas por Hefesto, y don de su madre, la diosa Tetis, que lo dio a luz en hora afortunada». Entonces celebraron los dioses el noble enlace de Peleo con la primera de las nereidas.

Epodo. — Pero los griegos, ¡oh Ifigenia!, coronarán tu apuesta cabellera, gala de tu cabeza, como si fueses ternerilla inmaculada y de manchada piel que viene de las peñascosas cavernas de los montes, y llenarán de mugre tu cerviz, sin haberte criado al son de la flauta ni de los cantos de los pastores, sino al lado de tu madre, que te destinaba para esposa de alguno de los hijos de Ínaco.[270] ¿Qué valdrán el pudor y la virtud en donde domina la impiedad, en donde los mortales desprecian lo bueno y la injusticia se sobrepone a las leyes, y no todos se afanan en huir de la cólera del cielo?

CLITEMNESTRA

Separada ha tiempo de mi esposo, salí del palacio a verlo. Y mi hija mísera yace anegada en lágrimas, y exhala tiernas quejas desde que sabe el inhumano proyecto de su padre. Pero he aquí a Agamenón, que se acerca al nombrarlo, y que no tardará en cometer contra sus hijos impíos atentados.

AGAMENÓN

A tiempo, ¡oh hija de Leda!, te encuentro fuera del palacio, para hablarte sin que la virgen nos escuche, que mis palabras no deben ser oídas de las que van a casarse.

CLITEMNESTRA

¿Qué quieres? ¿Tanto te interesa aprovechar esta oportuna ocasión de hablarme?

AGAMENÓN

Llama a tu hija del palacio, para que yo la acompañe; ya la aguarda el agua consagrada y la salsamola que consumirá el fuego lustral, y las ternerillas que se han de sacrificar a Artemisa antes de las bodas, derramando su negra sangre.

CLITEMNESTRA

Buenas son tus palabras, pero no sé cómo calificar tus obras. Sal, hija mía; tú sabes cuanto trama tu padre; debajo de tu manto trae también a tu hermano Orestes. Hela aquí obediente a tus órdenes; en su nombre y en el mío diré lo que debes oír.

AGAMENÓN

¿Por qué lloras, hija, y no me miras afable, sino que con tu manto cubres tu rostro, fijo en tierra?

CLITEMNESTRA

¡Ay de mí! ¿Cuál será el exordio de mis males? ¿Cuándo brotará todo mi discurso, así en su principio como en su medio y fin?

AGAMENÓN

¿Pero qué hay? ¿Por qué conspiráis todos contra mí, retratándose en vuestros semblantes la confusión y el miedo?

CLITEMNESTRA

Contesta ingenuamente a mis preguntas, ¡oh esposo!

AGAMENÓN

No necesitas rogármelo; yo deseo que me interrogues.

CLITEMNESTRA

¿Quieres matar a tu hija y a la mía?

AGAMENÓN

¿Cómo? ¡Horribles son tus palabras! Sospechas sin motivo.

CLITEMNESTRA

No te alteres, y replícame a mi primera pregunta.

AGAMENÓN

Si fuera sensata, lo sería también mi respuesta.

CLITEMNESTRA

Solo esto te pregunto; contéstame, pues, y no divagues.

AGAMENÓN

¡Oh fortuna veneranda! ¡Oh destino y genio maléfico que me persigues!

CLITEMNESTRA

Y a mí también y a mi hija; es uno mismo el de estos tres desventurados.

AGAMENÓN

¿Cuál es tu ofensa?

CLITEMNESTRA

¿Tienes valor de hablar así? Tu disimulo es algo necio.

AGAMENÓN

¡Muerto soy! ¡Descubriose mi secreto!

CLITEMNESTRA

Todo lo sé; informáronme bien de tus inicuos proyectos. Tu mismo silencio y tus repetidos sollozos equivalen a una confesión. No pierdas tiempo en negarlos.

AGAMENÓN

Mira cómo callo. ¿A qué agravar mis males fingiendo engañosa impudencia?

CLITEMNESTRA

Oye, pues; seré franca y no usaré de enigmas, ajenos a mi propósito. En primer lugar, y para que esta sea también mi primera reconvención, te casaste conmigo contra mi voluntad, y me robaste a la fuerza, matando a Tántalo,[271] mi primer esposo, y estrellaste en el suelo a mi tierno niño, arrancándolo violentamente de mis pechos. Y los hijos de Zeus, mis hermanos, apuestos caballeros, te hicieron la guerra, y te libró de ella a tu ruego Tindáreo, mi anciano padre, y entonces te di mi mano. Así me reconcilié contigo, y tú mismo podías atestiguar que he sido esposa fiel, digna de ti y de tu linaje, y casta, y económica, de suerte que cuando entrabas en tu palacio gozabas, y cuando salías de él eras feliz. Preciosa joya es para un hombre tal esposa, así como no es raro tenerla mala. Y además de tres hijas te di este hijo, y tú piensas arrebatarme bárbaramente una de ellas. Si alguno te pregunta por qué la matas, dime, ¿qué contestarás? ¿Debo yo hablar en tu nombre, para que Menelao recobre a Helena? Laudable costumbre, sin duda, que nuestros hijos paguen las culpas de una criminal mujer. Rescatamos lo más odioso a costa de lo que más amamos. Ea, pues; si vas a la guerra y me dejas abandonada en mi palacio largo tiempo, ¿cuáles serán mis pensamientos, viendo los solitarios aposentos que mi hija ocupaba, y solitaria también la morada de las vírgenes, y me halle sola llorando, y lamentándome siempre de este modo?: «Te ha perdido, hija mía, el padre que te engendró; él mismo te ha dado muerte, no otro, ni ajena mano; tal es el premio que da el traidor a su familia». Bastará entonces leve pretexto para que yo y las hijas que dejas te recibamos a tu vuelta como es justo. Por los dioses, no me obligues a faltarte ni tú me faltes. Pero supongamos que sacrificas a tu hija. ¿Qué preces recitarás en los altares? ¿Qué bien orarás dándole muerte? Seguramente será funesto tu regreso si así sales de tu palacio. Y yo, ¿qué podré pedir para ti? Creeríamos sin duda que son necios los dioses, si pidiésemos beneficios en pro de infanticidas. ¿Cómo abrazarás a tus hijos al tornar a Argos? No te será lícito. ¿Cuál de ellos podrá mirarte sin horror cuando deliberadamente has inmolado a uno de sus hermanos? ¿Reflexionaste en todo esto? ¿Solo anhelas llevar el cetro y mandar? En rigor, tal debía ser tu réplica a los griegos: «¿Queréis, ¡oh griegos!, navegar a la Frigia? Que decida la suerte cúya sea la hija que haya de morir». Esto sería equitativo; no que tú solo, entre todos, des a la tuya; o que Menelao, a quien más interesa, ofreciese a Hermíone por recobrar a su madre. Pero ahora me arrancan mi hija amada, cuando tan santamente cumplo mis deberes conyugales, y la que delinquió será feliz conservando a la suya en Esparta. Respóndeme si no tuviere razón en cuanto he dicho; pero si la tengo, no mates a Ifigenia, y serás prudente y justo.

EL CORO

Accede a sus ruegos, Agamenón, que honra a los padres conservar a sus hijos la vida, y ningún mortal osará contradecirlo.

IFIGENIA

Si yo tuviese la elocuencia de Orfeo, ¡oh padre!, y las piedras me siguiesen cuando cantara, y mis palabras ablandasen los corazones, a ello apelaría. Pero lloraré ahora, que tal es mi única elocuencia y lo que puedo hacer. Y estrecho tu cuerpo, como rama de suplicantes, con este que dio a luz mi madre, no para que me sacrifiques prematuramente, ni me obligues a visitar las entrañas de la tierra. Yo la primera te llamé padre, y tú a mí hija; yo la primera, sentada en tus rodillas, te infundí dulce deleite y lo sentí a mi vez. Así hablabas tú: «¿Te veré feliz algún día, ¡oh hija!, al lado de tu esposo, llena de vida y de vigor, como mereces?». Y yo a mi vez te decía estas palabras, cerca de tus mejillas, que ahora tocan mis manos: «¿Y qué haré yo contigo? ¿Te recibiré anciano en mi palacio, ¡oh padre!, dándote grata hospitalidad en premio de las penalidades que sufriste al criarme?». Conservo el recuerdo de estas pláticas, pero tú las olvidaste y quieres matarme. ¿Por qué he de ser víctima de las nupcias de Alejandro y de Helena? ¿Por qué, ¡oh padre!, ha de ser su venida causa de mi perdición? Mírame, déjame tu rostro, y dame tierno ósculo, para que, a lo menos, al morir tenga esta memoria tuya, si no accedes a mi ruego. Tú, hermano, eres débil socorro a tus amigos, pero lloras sin embargo, y pides suplicante a tu padre que no muera tu hermana; hasta los niños que no hablan tienen cierto presentimiento de los males. Mira, padre, cómo te suplica callado; compadécete de mí y de mi vida. Sí, por tus rodillas te rogamos dos a quienes amas: este, que aún no habla, y yo, mísera jovencilla. Basten estas frases para refutar todos tus argumentos. Ver la luz es lo más grato a los mortales; los muertos nada son, y delira el que anhela perecer. Más vale penosa vida que gloriosa muerte.

EL CORO

¡Oh infausta Helena! Por ti y por tu himeneo aflige horrible lucha a los Atridas y a sus hijos.

AGAMENÓN

Conozco, sin duda, cuándo debo compadecerme y cuándo no, y amo a mis hijos, que de otro modo sería insensato. Mucho, ¡oh mujer!, me aflige realizar mí proyecto, mucho también no osarlo, pero es mi deber. Ya veis qué formidable escuadra está aquí reunida, y cuántos griegos armados de bronce, a quienes no es permitido acercarse a las torres de Ilión si no te sacrifico, como ha dicho el adivino Calcas, ni les es lícito arruinar a la famosa Troya. Cierto afán insano de navegar cuanto antes a la tierra de los bárbaros se ha enseñoreado del ejército, y de castigar el rapto de una esposa griega, y matarán en Argos a mis hijos, y a vosotras y a mí, si por mi culpa no se cumple el oráculo de Artemisa. No me arrastra Menelao, ¡oh hija!, ni me conformé con su opinión, sino Grecia me obliga, en cuyo provecho, ya quiera o no, he de inmolarte, porque somos más débiles. Conviene que sea libre en cuanto de ti y de mí dependa, ¡oh hija!, y que los bárbaros no roben a los griegos sus esposas. (Vase).

CLITEMNESTRA

¡Oh hija, oh extranjeras, cuán desventurada me hace tu inevitable pérdida! Tu padre huye, entregándote a Hades.

IFIGENIA

¡Ay de mí, madre, madre mía, un mismo canto de muerte conviene a nuestra común desgracia, que ya se acabó para mí la luz y este resplandor del sol! ¡Ay, ay de mí! Montes nevados de los frigios y selvas del Ida, en donde Príamo en otro tiempo expuso tierno niño[272] lejos de su madre, y condenó a Paris a funesta muerte, y se llamaba Ideo, sí, llamábanle Ideo en la ciudad de Dárdano. Ojalá que nunca se criase con sus toros el boyero Paris, por orden de Príamo, cerca de cristalinas aguas, en donde yacen las fuentes de las ninfas, y el verde prado de lozanas flores, y rosas y jacintos que habían de coger las diosas. Allí vino después Palas, y la dolosa Afrodita, y Hera, y Hermes, el mensajero de Zeus; Afrodita, envanecida con sus atractivos; Palas con su lanza, y Hera con su esposo el rey Zeus. Y acorrieron a juicio odioso y a disputar cuál era la más hermosa, y también a darme muerte, único medio de que logren fama los hijos de Dánao; tales son, ¡oh doncellas!, las princesas que Artemisa pide para favorecer la expedición contra Troya. Mas quien engendró a esta desventurada, ¡oh madre, madre mía!, huye y me abandona y me vende. ¡Ay de mí, mísera, que he visto a la funesta, a la funesta e infausta Helena sacrificarme, y perezco por orden impía de un padre, también impío! ¡Ojalá que no se refugiasen en Áulide las popas de mis naves con sus espolones de bronce, ni la armada que ha de llevar los griegos a Troya, ni que Zeus enviase al Euripo contrarios vientos, él, que a unos concede propicias auras, que llenan plácidamente sus velas, causa para otros de llanto; a estos para envolverlos el destino en sus redes, a aquellos para dejar puerto, a otros para recoger las velas, y a otros, en fin, para morir! Desdichado es, sin duda, sí, desdichado es el linaje humano, y fatal desgracia que los hombres se atraigan además nuevos infortunios. ¡Ay, ay de mí! Fuente de graves males, fuente de graves dolores es para los griegos la hija de Tindáreo.

EL CORO

Compadézcome de ti; triste es tu suerte, y ojalá que nunca te amenazase.

IFIGENIA

¡Oh madre, que me diste a luz, yo veo multitud de hombres que se acercan aquí!

CLITEMNESTRA

Y el hijo de la diosa, causa de tu venida.

IFIGENIA

Abrid, esclavas, las puertas, que voy a ocultarme.

CLITEMNESTRA

¿Por qué huyes, hija?

IFIGENIA

Me avergüenzo de ver a Aquiles.

CLITEMNESTRA

¿Por qué?

IFIGENIA

El malogrado éxito de mi himeneo tiñe de rubor mis mejillas.

CLITEMNESTRA

No es lisonjera tu derrota. No te muevas; tan grande es nuestro dolor, que ni aun lugar deja a la vergüenza.

AQUILES

¡Oh hija de Leda, mujer desventurada!

CLITEMNESTRA

No es falso lo que dices.

AQUILES

Óyense horribles clamores entre los argivos.

CLITEMNESTRA

¿Qué clamores son esos? Dímelo.

AQUILES

Acerca de tu hija.

CLITEMNESTRA

De mal agüero son tus primeras palabras, y nada bueno anuncian después.

AQUILES

Dicen que es menester sacrificarla.

CLITEMNESTRA

¿Nadie lo contradice?

AQUILES

Yo vengo, como ves, exponiéndome al peligro.

CLITEMNESTRA

¿A cuál, ¡oh extranjero!?

AQUILES

A morir apedreado.

CLITEMNESTRA

¿Porque deseas salvar a mi hija?

AQUILES

Ciertamente.

CLITEMNESTRA

¿Quién sería tan osado que se atreviera a tocarte?

AQUILES

Todos los griegos.

CLITEMNESTRA

¿Y no te defenderá el ejército de los mirmidones?

AQUILES

Son mis mayores enemigos.

CLITEMNESTRA

Sin duda perecemos, ¡oh hija!

AQUILES

Afirmaban que me había seducido Ifigenia.

CLITEMNESTRA

¿Y qué respondiste?

AQUILES

Que por los dioses no mataran a mi futura esposa.

CLITEMNESTRA

Bien dicho.

AQUILES

La que me prometió su padre.

CLITEMNESTRA

Llamada por él de Argos.

AQUILES

Pero sus clamores ahogaban los míos.

CLITEMNESTRA

Intolerable es la muchedumbre.

AQUILES

Te ayudaré, sin embargo.

CLITEMNESTRA

¿Y pelearás solo contra tantos?

AQUILES

¿No ves esos que vienen armados?

CLITEMNESTRA

Que los dioses premien tu nobleza.

AQUILES

Así lo harán.

CLITEMNESTRA

¿No morirá ya mi hija?

AQUILES

No, a lo menos con mi asentimiento.

CLITEMNESTRA

¿Llegará acaso alguno que me la arrebate?

AQUILES

Muchos, sin duda, y Odiseo a su frente.

CLITEMNESTRA

¿El nieto de Sísifo?[273]

AQUILES

El mismo.

CLITEMNESTRA

¿Espontáneamente, o en nombre del ejército?

AQUILES

Elegido por él y por su propia voluntad.

CLITEMNESTRA

Mala elección, de seguro, para mancharos de sangre.

AQUILES

Pero yo lo impediré.

CLITEMNESTRA

¿Y se la llevarán resistiéndose?

AQUILES

Arrastrándola de sus rubios cabellos.

CLITEMNESTRA

¿Y qué haré yo entonces?

AQUILES

No soltarla.

CLITEMNESTRA

Si de esto depende su salvación, no la matarán.

AQUILES

Pero vendrán sin tardanza.

IFIGENIA

Madre, escúchame: veo que te indignas en vano contra tu esposo, pretendiendo imposibles. Justo es que alabemos por su decisión a este extranjero; pero tú debes evitar las acusaciones del ejército, y que por nuestra resistencia sobrevenga a Aquiles alguna calamidad. Oye, madre, lo que pensando se me ha ocurrido: resuelta está mi muerte, y quiero que sea gloriosa, despojándome de toda innoble flaqueza. Vamos, madre, atiéndeme, aprueba mis razones: la Grecia entera tiene puestos en mí sus ojos, y en mi mano está que naveguen las naves y sea destruida la ciudad de los frigios, y que en adelante los bárbaros no osen robar mujer alguna de nuestra afortunada patria, si ahora expían el rapto de Helena por Paris. Todo lo remediará mi muerte, y mi gloria será inmaculada, por haber libertado a la Grecia. Ni debo amar demasiado la vida, que me diste para bien de todos, no solo para el tuyo. Muchos armados de escudos, muchos remeros vengadores de la ofensa hecha a su patria acometerán memorables hazañas contra sus enemigos, y morirán por ella. ¿Y yo sola he de oponerme? ¿Es acaso justo? ¿Podremos resistirlo? Pero vengamos a lo principal. No conviene que Aquiles pelee contra todos los griegos por una mujer, ni que por ella muera. Un solo hombre es más digno de ver la luz que infinitas mujeres. Y si Artemisa pide mi vida, ¿me opondré, simple mortal, a los deseos de una diosa? No puede ser. Doy, pues, mi vida en aras de la Grecia. Matadme, pues; devastad a Troya. He aquí el monumento que me recordará largo tiempo, esos mis hijos, esas mis bodas, esa toda mi gloria. Madre, los griegos han de dominar a los bárbaros, no los bárbaros a los griegos, que esclavos son unos, libres los otros.

EL CORO

Generosos sentimientos, ¡oh tierna joven!, víctima de tu adversa suerte y de Artemisa.

AQUILES

Algún dios, ¡oh hija de Agamenón!, me hubiese hecho feliz concediéndome tu mano. ¡Bienaventurada es la Grecia por tu causa, y tú por ella! No oponiéndote a una deidad más poderosa que tú, has pensado lo que es útil y necesario. Mayor es mi deseo de casarme contigo ahora que conozco tu noble índole y tu sin par grandeza. Escúchame, pues: quiero hacerte dichosa y llevarte a mi palacio, y sentiré, poniendo a Tetis por testigo, no salvarte y pelear contra toda la Grecia. Mira que la muerte es mal grave.

IFIGENIA

Hablo así sin acordarme de nadie. Baste a la hija de Tindáreo ser causa, por su hermosura, de batallas y muertes entre los hombres. Tú, ¡oh extranjero!, no mueras por mí, ni mates a nadie, sino déjame que si puedo, salve a la Grecia.

AQUILES

¡Oh criatura nobilísima! Nada te replicaré ya si así piensas. Generosos son tus sentimientos; ¿por qué no se ha de decir la verdad? Pero quizás te arrepientas de tu propósito. Para que comprendas bien mis intenciones, me colocaré junto al ara y apostaré allí estos soldados, no para asegurar, sino para impedir tu muerte, que acaso sigas luego mis consejos, al ver la cuchilla que amenaza a tu cuello. No te dejaré, pues, morir tan audaz y temerariamente, sino que iré acompañado de estos guerreros al templo de la diosa, y allí te esperaré. (Vase).

IFIGENIA

Madre, ¿por qué lloras en silencio?

CLITEMNESTRA

Bastante es mi desdicha para llorar.

IFIGENIA

Déjame, no me intimides; aprueba mi resolución.

CLITEMNESTRA

Habla, hija, porque yo no seré contigo injusta.

IFIGENIA

Que no cortes los rizos de tu cabellera ni te cubran negros vestidos.

CLITEMNESTRA

¿Qué has dicho, hija? ¿Cuándo te perderé?

IFIGENIA

Tú a mí no; me he salvado; por mi causa será más ilustre tu nombre.

CLITEMNESTRA

¿Qué dices? ¿Por qué no he de llorar tu muerte?

IFIGENIA

De ninguna manera, porque no me elevarán túmulo alguno.

CLITEMNESTRA

Qué, ¿la muerte no es una sepultura?

IFIGENIA

El ara de la diosa, hija de Zeus, será mi sepulcro.

CLITEMNESTRA

Te obedeceré, pues, ¡oh hija!, porque eres generosa.

IFIGENIA

Como feliz que soy, y causa de bien para la Grecia.

CLITEMNESTRA

Pero ¿qué diré de tu parte a tus hermanas?

IFIGENIA

No las obligues a ponerse negros vestidos.

CLITEMNESTRA

¿Qué diré en tu nombre que sea grato a las vírgenes?

IFIGENIA

Que deseo su felicidad. A Orestes edúcamelo como conviene a un hombre de su calidad.

CLITEMNESTRA

Abrázalo, que no volverás a verlo.

IFIGENIA

¡Oh tú, el más amado, ayudásteme cuanto podías!

CLITEMNESTRA

¿Qué haré en Argos en tu obsequio?

IFIGENIA

No aborrecer a mi padre y a tu esposo.

CLITEMNESTRA

Terrible desastre le acarreará tu muerte.

IFIGENIA

Contra su voluntad me sacrifica por salvar a la Grecia.

CLITEMNESTRA

Pero con dolo, no cual cumple al linaje de Atreo.

IFIGENIA

¿Quién me llevará antes que me arrastren por los cabellos?

CLITEMNESTRA

Yo iré contigo...

IFIGENIA

De ninguna manera; no dices bien.

CLITEMNESTRA

Sin soltar tu vestido.

IFIGENIA

Obedéceme, madre, no te muevas, que así lo aconseja tu decoro y el mío. Alguno de estos servidores de mi padre me acompañará hasta el prado de Artemisa, en donde me han de sacrificar.

CLITEMNESTRA

¡Oh hija, te separas de mí!...

IFIGENIA

Y no volveré más.

CLITEMNESTRA

Y abandonas a tu madre.

IFIGENIA

Y, como ves, sin merecerlo.

CLITEMNESTRA

Detente, no me dejes.

IFIGENIA

No quiero que llores más. Vosotras, ¡oh doncellas!, cantad lúgubre himno en honor de Artemisa, hija de Zeus, y que felices presagios favorezcan a los griegos. Así, que se preparen los cestos y arda el fuego destinado a la salsamola; que mi padre toque el ara con su diestra, porque voy a dar a los griegos victoria salvadora. Llevadme al sacrificio, que triunfo de Troya y de los frigios. Traed las coronas que han de ceñir mis sienes, y dádmelas; ved mi cabellera, pronta a recibirlas, y el agua lustral dispuesta. Danzad vosotras alrededor del templo y del altar, alabad a Artemisa, a Artemisa, reina y bienaventurada, que, a costa de mi sangre y de mi vida, por ser necesario, cumpliré voluntaria el oráculo. ¡Oh madre mía veneranda, para ti son estas lágrimas que derramo, no lícitas en los sacrificios! ¡Oh doncellas, alabad conmigo a Artemisa, protectora de este lugar frontero a Calcis, en cuyo puerto estrecho de Áulide anclaron las naves griegas, y hará inmortal mi nombre! ¡Oh tierra mía natal, oh pelásgico Argos, oh Micenas, en donde me he criado!

EL CORO

¿Invocas a la ciudad fundada por Perseo,[274] obra de los cíclopes?

IFIGENIA

Eduqueme en su seno, y glorificará a Grecia, y no me apena la muerte.

EL CORO

Imperecedera será tu fama.

IFIGENIA

¡Oh día claro y luz de Zeus!, vivamos otra vida y sea otra nuestra suerte. ¡Adiós luz, para mí grata! (Vase).

EL CORO

Vedla, vedla cómo se encamina a regar con su sangre el ara de numen cruento, la vencedora de Troya y de los frigios, purificada con el agua lustral y coronada su cabeza, que se doblará en el sacrificio sobre su elegante cuello. Aguárdante las aguas lustrales paternales,[275] y los sagrados vasos, y el ejército griego, impaciente por llegar a Troya. Pero invoquemos a Artemisa, hija de Zeus, divina reina, para que favorezca al ejército. ¡Oh deidad augusta, a quien deleitan víctimas humanas, lleva al ejército griego al país de los frigios y a la pérfida Ilión, y concede a Agamenón llenar de gloria inmarcesible al ejército griego y ceñir sus sienes con aureola eterna!

EL MENSAJERO

¡Oh Clitemnestra, hija de Tindáreo, deja el palacio y óyeme!

CLITEMNESTRA

He venido al escuchar tu voz, temblando de miedo y temerosa de que me anuncies alguna nueva calamidad.

EL MENSAJERO

Al contrario, quiero contarte maravillas y portentos acerca de tu hija.

CLITEMNESTRA

No vaciles, pues; habla sin tardar.

EL MENSAJERO

Claramente lo sabrás todo, ¡oh cara dueña! Todo te lo contaré, desde el principio, a no ser que la emoción que siento trabe mi lengua. Después que llegamos con Ifigenia al prado florido de Artemisa, hija de Zeus, en donde estaba reunido el ejército de los griegos, acudió a verla inmensa muchedumbre. Cuando el rey Agamenón vio a la doncella que se encaminaba a la muerte, gimió y volvió hacia atrás su cabeza, y lloró ocultando los ojos bajo el manto. Al detenerse ella junto a su padre dijo así: «¡Oh padre, aquí me tienes, que de buen grado vengo a dar mi vida por mi patria y por la Grecia, para que me sacrifiquéis en el ara de la diosa, ya que así lo pide el oráculo! Mi único deseo es que seáis afortunados, y que alcancéis insigne victoria, y regreséis después a vuestra patria. Así, que ningún griego me toque; callada y animosa entregaré mi cerviz al hierro». Tales fueron sus palabras, sorprendiendo a cuantos las oyeron la grandeza de ánimo y el valor de la virgen. Taltibio, de pie en medio de todos, como heraldo del ejército, pidió a los dioses felices presagios, e impuso silencio. Y el adivino Calcas, desenvainando la afilada cuchilla, la depositó en el dorado cesto, y coronó a la doncella. Pero Aquiles entonces se acercó presuroso al ara, y apoderándose del cesto y del agua lustral, dijo: «¡Oh Artemisa!, hija de Zeus, que gozas matando fieras y mueves de noche tu luz brillante, acepta propicia esta víctima que te ofrecemos el ejército de los griegos y el rey Agamenón, sangre inmaculada de la bella cerviz de una virgen; concédenos favorable navegación y que conquistemos con nuestras armas la ciudadela de Troya». Y los Atridas y todo el ejército quedaron suspensos mirando a la tierra. El sacerdote empuñó la cuchilla, recitó sus preces y examinó el cuello antes de herirlo. Dolor no leve afligía mi corazón, y no separaba mis ojos de la tierra. Entonces ocurrió un milagro repentino: todos oyeron claramente el ruido del golpe al herir, pero ninguno vio en dónde se había ocultado la virgen. Clama el sacerdote, conclama todo el ejército, admirado de tal portento, obra sin duda de los dioses, y al cual, aun presenciándolo, no se daba crédito. En lugar de Ifigenia, yacía en tierra una cierva palpitante, muy grande y de maravillosa hermosura, inundando con su sangre el ara de la diosa. Imagínate, pues, con qué gozo pronunciaría Calcas estas palabras: «¡Oh capitanes del ejército griego!, ¿veis esta víctima, esta cierva de los montes, que la diosa ha traído al ara? Acéptala con preferencia a la doncella, para que tan noble sangre no mancille su altar. Y lo hace de buen grado, y nos concede favorable navegación y que conquistemos a Ilión. Cobren ánimo los marinos, y váyanse a las naves; hoy atravesaremos el mar Egeo, dejando las sinuosas ensenadas de Áulide». Después que la llama de Hefesto consumió a la víctima, pidió a los dioses que favoreciesen la vuelta del ejército. Agamenón me envió, pues, para anunciarte estas nuevas y el acuerdo de los dioses, y la gloria inmortal que ha alcanzado en Grecia. Yo que, presente, lo vi todo, te aseguro que Ifigenia ha volado al Olimpo. Que desaparezca, pues, tu dolor y se aplaque tu indignación contra tu esposo; inesperados sucesos ocurren a los mortales por mandato de los dioses, y así salvan a los que aman. Hoy he visto a tu hija viva y muerta.

EL CORO

¡Cuánta es mi alegría al oír estas nuevas! El Mensajero dice que tu hija vive entre los dioses.

CLITEMNESTRA

¡Oh hija! ¿Qué dios te ha arrebatado? ¿Cómo te invocaré? ¿Cómo hablarte? ¿Si habrá fingido este discurso para consolarme y para que cesen mis tristes lágrimas?

EL CORO

Mira al mismo rey Agamenón, que viene a repetirte sus palabras.

AGAMENÓN

Nada debemos temer por nuestra hija, ¡oh esposa! No dudes que se halla ahora con los dioses. Conviene que regreses a tu palacio, en compañía de este tierno novillejo, pues el ejército se prepara a darse a la vela. Adiós; largo tiempo ha de transcurrir antes que oigas mi voz y vuelva de Troya. Que la dicha te acompañe.

EL CORO

Que gozoso, ¡oh Atrida!, llegues a la Frigia, y que tornes contento, trayéndome de Troya bellísimos despojos.