¿Por qué te has vestido de esta manera?
EVADNE
Algo nuevo indican estas galas, ¡oh padre!
IFIS
No es tu aspecto de quien llora a su marido.
EVADNE
Preparada estoy a osar inaudita empresa.
IFIS
¿Y por qué te has puesto tan cerca del sepulcro y de la pira?
EVADNE
He venido aquí a ganar preclara palma.
IFIS
¿Qué palma ganarás? Deseo saberlo.
EVADNE
Seré superior a todas las mujeres que el sol alumbra.
IFIS
¿En las labores de Atenea o en prudencia?
EVADNE
En fortaleza; muerta yaceré al lado de mi marido.
IFIS
¿Qué dices? ¿Qué das a entender con tan necio enigma?
EVADNE
Me precipitaré en esa pira de Capaneo.
IFIS
¡Oh hija!, no profieras tales palabras delante del vulgo.
EVADNE
Justamente deseo que lo sepan todos los argivos.
IFIS
Pero yo no lo consentiré.
EVADNE
Lo mismo da, no pudiendo impedirlo. Ya me precipito, aunque no te sea grato; pero lo será para mí y para el esposo que se ha de quemar conmigo.[155]
EL CORO
Atroz hazaña, ¡oh mujer!, has ejecutado.
IFIS
Yo, desventurado, muero, ¡oh mujeres argivas!
EL CORO
¡Ay, ay! Horrible, ¡oh desdichado!, es tu suplicio; has presenciado un acto inaudito de osadía.
IFIS
No encontraréis otro más infortunado que yo.
EL CORO
¡Oh infeliz! Hasta cierto punto, ¡oh anciano!, tú y tu mísera ciudad habéis participado de la muerte de Edipo.
IFIS
¡Ay de mí! ¿Por qué no es lícito a los hombres ser dos veces jóvenes y otras tantas viejos? Si en nuestro palacio hay algo que no nos parezca bien, podemos corregirlo, no así en la vida. Si fuésemos dos veces jóvenes y ancianos y faltásemos, dotados de dos vidas podríamos enmendarnos. Al ver yo a otros con hijos también los deseaba, y atormentábame ese deseo; pero si hubiera experimentado lo que es su pérdida para un padre, jamás sufriera el infortunio que ahora me aqueja por haber contraído himeneo y dado vida a un fortísimo joven, que me han arrancado después. Pero así es. ¿Qué debo hacer en mi desventura? ¿Iré a mi palacio? ¿Veré allí la espantosa soledad que en él reina, desesperación de mi vida? ¿Me encaminaré a la morada de Capaneo? Mucho gozaba antes en ella cuando mi hija vivía, pero ya no existe: ella besaba siempre mis mejillas, y con sus manos sustentaba mi cabeza. Nada es más sabroso para un padre anciano que una hija, pues aunque sean más nobles los varones son menos cariñosos. ¿No me llevaréis cuanto antes a mi palacio, y me sepultaréis en las tinieblas, para que el hambre acabe al fin con mi viejo cuerpo? ¿De qué me servirá tocar las cenizas de mi hija? ¡Oh vejez incontrastable, cómo te aborrezco! Odio a cuantos quieren alargar la vida y previenen la muerte con determinados alimentos, con abrigos y artes mágicas, cuando lo que convenía, ya que de nada sirven, es que dejaran de existir y cedieran su puesto a los más jóvenes.
EL CORO
¡Ay, ay de mí! ¡Ved cómo traen los restos de nuestros hijos, consumidos por el fuego! Tomadlos, esclavas de ancianas débiles (que las lágrimas que por ellos hemos derramado nos han dejado exánimes) que han vivido largo tiempo y se desvanecen agobiadas por las desdichas. ¿Qué desventura hay mayor para el hombre que contemplar las cenizas de sus hijos?
UN NIÑO
Estrofa 1.ª — Traigo, traigo de la pira, ¡oh mísera madre!, los restos de mi padre, peso no leve por los dolores que causa, y reducido cuanto me es caro a breve espacio.
EL CORO
¡Ay, ay de mí! ¿A qué traes lágrimas a la madre amada de estos muertos, y un puñado de cenizas, en vez de los cuerpos de aquellos que en otro tiempo fueron ilustres en Micenas?
EL NIÑO
Antístrofa 1.ª — ¡Oh dolor, oh dolor! Desventurado huérfano de mi mísero padre, viviré en desierto palacio, no en los brazos del que me engendró.
EL CORO
¡Ay, ay de mí! ¿Qué se hizo mi dolor al dar a luz mis hijos? ¿Qué mis desvelos y mi educación maternal, y los insomnios que sufrí por ellos y mis tiernos besos?
ADRASTO
Estrofa 2.ª — Desaparecieron, ya no existen para ti, ¡oh madre!, ya no viven tus hijos; volverán al éter reducidos a cenizas por el fuego, y después de visitar veloces el palacio de Hades.
EL NIÑO
Padre, ¿oyes tú también los gemidos de tus hijos? ¿No vengaré algún día tu muerte con las armas?
EL CORO
¡Ojalá, hijo, que así sea!
EL NIÑO
Antístrofa 2.ª — Alguna vez, con ayuda de los dioses, vengaré a mi padre; aún no duerme en el olvido esta desgracia.
EL CORO
¡Ah, ah! ¡Bastante he llorado mi desdicha; bastantes dolores sufro!
EL NIÑO
¿No me verán las corrientes del Asopo capitaneando huestes argivas armadas de bronce para vengar la muerte de mi difunto padre?
EL NIÑO
Estrofa 3.ª — Paréceme, ¡oh padre!, que todavía te miran mis ojos...
EL CORO
... dando un dulce beso en tus mejillas.
EL NIÑO
Que te oigo hablar.
EL CORO
Y que sus palabras se han desvanecido en el aire.
EL NIÑO
Para dos dejó llantos y también para una madre.
EL CORO
Antístrofa 3.ª — Y nunca te abandonará la amarga memoria de tu padre. Tan grave es el peso que me agobia, que me ha perdido. Vamos, en el pecho guardaré las cenizas.
EL NIÑO
Me lamento al oír esta tristísima palabra; llegome al corazón.
EL CORO
¡Desapareciste, ¡oh hijo!; no te veré ya más, imagen querida de una madre que te amaba!
TESEO
¡Oh Adrasto y mujeres argivas! ¿Veis a estos niños, que en sus manos llevan los restos de sus esforzadísimos padres, rescatados por mí? A mí y a la ciudad los debéis. Conservadlos, acordándoos de este favor que de mí habéis recibido. Lo mismo digo a estos niños: honrad a Atenas, y que los hijos de vuestros hijos no lo olviden nunca. Testigo es Zeus y los dioses del cielo del beneficio que os hago al ausentaros.
ADRASTO
Conocemos bien, ¡oh Teseo!, todo lo que has hecho en pro del territorio argivo cuando más necesitaba de bienhechores, y nuestro agradecimiento será eterno; porque si tu servicio ha sido señalado, nuestra gratitud debe ser lo mismo.
TESEO
¿En qué otra cosa puedo mostraros mi afecto?
ADRASTO
Libre estás: digno eres de tu ciudad y ella de ti.
TESEO
Así sea; que la dicha también te acompañe.
ATENEA
Oye, Teseo, las palabras de Atenea, para que sepas lo que has de hacer en provecho de Atenas. No des estos restos mortales a los niños que han de llevarlos al campo argivo, ni los dejes ir tan fácilmente sin exigirles que presten juramento, en justa reciprocidad de tus servicios y de los de tu ciudad: conviene que jure Adrasto por toda la tierra de las danaides que, como rey, tiene autoridad. Ha de obligarse a impedir que los argivos pisen nunca el territorio ateniense con ejército enemigo, y que si vienen otros, los rechazará con las armas, y si violando su solemne promesa acomete a esta ciudad, ruega a los dioses que perezca. Yo te señalaré el lugar en donde has de sacrificar las víctimas. En tu palacio tienes un trípode de pies de bronce que te dio en otro tiempo Heracles para el ara pítica, derribadas las murallas de Ilión y presuroso de dar cima a otro trabajo suyo. En él cortarás los cuellos de tres ovejas e inscribirás el juramento en su cavidad, y lo darás después a guardar al dios que cuida de Delfos, como monumento de tu alianza y testimonio irrecusable para la Grecia. La afilada cuchilla con que abrirás las víctimas y las matarás, será escondida por ti en la tierra, junto a las piras de los siete muertos; que bastará mostrarla para inspirarles miedo si alguna vez vinieren contra esta ciudad, y les deparará vuelta funesta. Hecho esto, saca de aquí las cenizas, y que junto a la misma encrucijada istmia sea en adelante un bosque consagrado a Apolo el lugar en donde sus cuerpos han sido purificados por el fuego. Esto para ti; a los hijos de los argivos anuncio que conquistarán la ciudad que besa el Ismeno, y vengarán a sus padres. Tú, Egialeo,[156] joven capitán, mandarás en lugar del tuyo, y el hijo de Tideo, que vendrá de la Etolia, a quien el suyo llamó Diomedes. Que la barba cubra cuanto antes vuestras mejillas para que al frente del ejército bien armado de los danaides vengáis contra las siete torres de los cadmeos; cuando seáis hombres, las acometeréis con terrible ímpetu como leoncillos que las han de conquistar. No sucederá de otra manera: vosotros, con el nombre de epígonos, daréis en toda la Grecia a la posteridad abundante materia para la poesía: a tales tropas mandaréis, y Dios os será propicio.
TESEO
Atenea, mi señora, obedeceré tus órdenes (que tú me diriges para que no yerre) y me obligaré a ello con juramento: llévame tú tan solo por el camino derecho, porque si tú eres propicia a la ciudad, siempre viviremos seguros.
EL CORO
Vamos, Adrasto, prestemos ese juramento a este héroe y a Atenas: bien merece lo que han sufrido antes que nosotros que les demos esta prueba de gratitud.