EL CORO
He aquí al rey, que desde Delfos lo traen a su palacio. ¡Oh desventurado que sufriste tales oprobios!, ¡oh desventurado!, y tú también, anciano; tú recibes en su palacio al hijo de Aquiles, no como quisieras: fatal desdicha te hiere; su calamidad es también la tuya.
PELEO
Estrofa. — ¡Ay de mí! ¡Qué infortunio contemplo! ¡Cómo lo recibo en mi propio palacio! ¡Ay de mí, ay de mí, ah, ah! ¡Oh ciudad tesálica, morimos, perecemos, desapareció ya mi linaje; ya no me sobrevivirán mis hijos en mi palacio patrimonial! ¡Qué desdichado me hacen estos males! ¿En qué ser amado se recrearán mis ojos? ¡Oh labios y mejillas tan queridos! ¡Ojalá que el destino te hubiese arrancado la vida junto a Ilión, a las orillas del Simois!
EL CORO
Y muerto entonces, ¡oh anciano!, lo fuera con más honra, no como ahora, y más feliz hubieras tú sido.
PELEO
Antístrofa. — ¡Oh nupcias, oh nupcias, causa de perdición, causa de perdición para esta familia y para mi ciudad! ¡Ah, ah, ah, ah! ¡Oh hijo, ojalá que el linaje de tu esposa, infausto para mí, para mis hijos y para mi palacio, no te hubiese acarreado la muerte a que te destinaba Hermíone, ¡oh hijo!, sino que ella pereciese, herida por el rayo, por haber cometido el sangriento crimen! ¡Ojalá que nunca acusases a Febo de lanzar contra tu padre mortíferas saetas, tú mortal y él dios!
EL CORO
¡Ay, ay! Mis lamentos acompañarán los fúnebres cantos que voy a entonar a los manes de mi señor, muerto.
PELEO
¡Ay, ay de mí! ¡Yo también lloro, anciano mísero y desventurado!
EL CORO
¡Destino del dios, calamidad obra de un dios!
PELEO
¡Oh tú, que dejas desierto tu palacio, abandonando a un anciano sin hijos!
EL CORO
Tú, viejo Peleo, debías morir, sí; debías morir antes que tus hijos.
PELEO
¿No arrancaré mis cabellos, no golpearé mi cabeza con mis manos al llorarlo? ¡Oh ciudad!, Febo me arrebató dos hijos.
EL CORO
¡Oh infeliz anciano, que contemplas y sufres estos males, qué triste será tu existencia!
PELEO
Sin hijos, solitario, sin ver el fin de mis desdichas, pasaré trabajos hasta la muerte.
EL CORO
De nada te sirvió que los dioses te hicieran feliz en tus nupcias.
PELEO
Todo se desvaneció en los aires, humo fue tan vana pompa.
EL CORO
Solitario discurrirás en tu desierto palacio.
PELEO
Ni ciudad quiero tampoco, ni ciudad; que este cetro vegete en la tierra; y tú, hija de Nereo, que vives retirada en las cavernas, me verás postrado sin vida ni movimiento.
EL CORO
¡Hola, hola!, ¿qué sucede?; ¿tiembla el suelo?; ¿qué numen se presenta? Ved, mirad, doncellas; algún dios, atravesando el blanco éter, penetra en los campos de la Ftía, fecunda en caballos.
TETIS
Dejando el palacio de Nereo vengo yo, Tetis, acordándome de los nupciales lazos que antes nos unieron, ¡oh Peleo! Ruégote primero que no te dejes abatir por tus males, puesto que yo misma, que nunca debí llorar a mis hijos, perdí a Aquiles, de pies ligeros, príncipe de la Grecia e hijo tuyo. Pero te diré el motivo que aquí me trae, para que le conozcas. Sepulta al difunto hijo de Aquiles junto al ara de Apolo Pítico: eterno oprobio será de Delfos y monumento que recuerde el sangriento atentado de Orestes. La cautiva Andrómaca debe, ¡oh anciano!, habitar en la Molosia, unida a Héleno en legítimas nupcias, y con ella ese niño, el único que queda de la estirpe de Éaco;[117] de él descenderán los felices reyes de la Molosia, porque no ha de perecer tu linaje y el mío y el de Troya, que de ella cuidan también los dioses, aunque la perdiera el odio de Palas. Y para que sepas lo que vale tu himeneo conmigo, que nací diosa e hija de un dios, te libertaré de los humanos y te haré inmortal e incorruptible. Y en adelante, ya dios, vivirás conmigo, también diosa, en el palacio de Nereo; y desde él, saliendo del mar con los pies secos, verás a Aquiles, hijo tuyo y mío muy amado, que mora en los palacios de la isla de Leuca, en el estrecho Euxino. Ve, pues, a la divina ciudad de Delfos, y acompaña a este muerto; y cuando lo cubra la tierra, vuelve a la lejana caverna de la antigua roca de Sepia,[118] y detente allí y espérame, que yo iré a buscarte desde el mar acompañada de un coro de cincuenta nereidas. Así lo ha dispuesto el destino, así agrada a Zeus. No llores más a los muertos; todos los hombres están sujetos a este decreto inevitable de los dioses.
PELEO
¡Oh esposa noble y veneranda, hija de Nereo, salve!; digna de ti y de tus hijos es tu conducta. Calmaré mi dolor, que tú, diosa, lo mandas, y sepultado este, iré a las cavernas del Pelión, en donde mis manos palparán tu hermosísimo cuerpo. ¿No conviene, pues, elegir noble esposa, de honrada familia, y no es esto lo más sensato, y no anhelar funestos himeneos, aun cuando la desposada aporte riquísima dote? Jamás los que así obran temerán el castigo del cielo.
EL CORO
Vario es el destino de los hombres; inesperadas son muchas veces las órdenes de los dioses, y las que se aguardan no llegan, y en ocasiones desenlazan lo que parecía inextricable. Así ha acontecido ahora.