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Cosas de España; tomo 1 / (El país de lo imprevisto)

Chapter 5: Capítulo II.
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About This Book

The author journeys through diverse Spanish regions, offering vivid, painterly descriptions of landscapes, towns, monuments, and vernacular speech while sketching local types, customs, and cuisine. Practical itinerary notes and anecdotal encounters are combined with reflections on regional contrasts and social institutions, mixing wry humor with candid critique. Scenes in inns, markets, and on rural roads illustrate everyday life, and extended passages evoke historic sites and popular sayings, creating a rich observational portrait that balances sensory detail, cultural commentary, and travel-minded practicality.

The Project Gutenberg eBook of Cosas de España; tomo 1

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Title: Cosas de España; tomo 1

Author: Richard Ford

Translator: Enrique de Mesa y Rosales

Release date: September 1, 2018 [eBook #57828]
Most recently updated: January 24, 2021

Language: Spanish

Credits: Produced by Ramon Pajares Box, Chuck Greif and the Online
Distributed Proofreading Team at http://www.pgdp.net (This
file was produced from images generously made available
by The Internet Archive/American Libraries.)

*** START OF THE PROJECT GUTENBERG EBOOK COSAS DE ESPAÑA; TOMO 1 ***

COSAS DE ESPAÑA
(EL PAÍS DE LO IMPREVISTO)

 

COLECCIÓN   ABEJA

1.—El tulipán negro, de A. Dumas (con un retrato del autor).—6 pesetas.

2.—La maja y el torero, de T. Gautier (con ilustraciones de Romero Calvet).—4,50 pesetas.

3.—Emelina, del Conde de Gobineau. (Viñetas de Alicia Rey Colaço.)—3,50 pesetas.

4.—Aventuras de un mayorazgo escocés, de R. L. Stevenson (con un retrato del autor).—5,50 pesetas.

5.—Cosas de España (El país de lo imprevisto), por Ricardo Ford. Tomo I.—5 pesetas.

6.—Cosas de España. Tomo II.—5 pesetas.

Colección Abeja

RICARDO FORD


(EL PAIS DE LO IMPREVISTO)

Traducción directa del inglés; prólogo de

Enrique de Mesa



Jiménez Fraud, Editor

Diego de León, 5.—Madrid



ES PROPIEDAD
QUEDA HECHO EL DEPÓSITO
QUE MARCA LA LEY

IMPRENTA DE RAFAEL CARO RAGGIO. MENDIZÁBAL, 34, MADRID

Al Índice

tomos III y IV-1-349 y 108-9)[1].

Pero sí queremos notar, sin que el elogio degenere en trasloa, su formidable potencia visiva, el relieve y plasticidad de sus descripciones, la finura de la percepción, la agudeza y gracia de su juicio y aquella noble y honrada sinceridad con que enaltece las virtudes de nuestra raza y declara y fustiga sus defectos.

Claro que una apreciación general sobre el carácter de España, dada la diversidad de sus regiones, tan distintas étnica y climatológicamente, aunque en unión secular por su política y su historia, puede conducir a errores fundamentales.

En este punto es discreto el razonamiento del alemán Víctor Aimé Huber, en sus Skizzen aus Spanien (Gotinga, 1828-30), donde, sin el artificio de una fábula mentirosa, dramatiza por manera originalísima sus recuerdos de la Península. «Según la opinión más generalizada—dice Huber—, los españoles son gente morena, de rostro sombrío, de ojos y cabellos negros; se tocan con sombreros de alas anchas; llevan redecillas y se envuelven con amplias capas pardas; son perezosos, sucios, desharrapados. Este retrato puede, en efecto, convenir a ciertas provincias; pero en otras, por ejemplo, en las provincias vascas, se buscaría inútilmente este tipo. Los vascos españoles son más bien rubios que morenos; no llevan ni sombreros de alas anchas, ni capas, ni redecillas; son, en su mayoría, activos y alegres, y, sin duda alguna, uno de los pueblos más industriosos del mundo».

En justicia, no puede achacarse este vicio a Ford, tan escrupuloso, veraz y concreto en sus aseveraciones. El escritor inglés ni emplea eufemismos hipócritas, ni adulzora con expresiones molitivas la dura acerbidad del juicio. Señala con índice seguro las más enconadas llagas de la entraña española. ¿Y cómo evitar el dolor y la sangre? La sola enumeración de las materias que tratan los capítulos de este libro, basta para percatarse del interés de su relato, donde armónicamente se coordinan y sintetizan detalles y pormenores de la más varia y curiosa erudición sobre costumbres españolas.

No es Ford un viajero poltrón, ni un espíritu vulgar, siervo del prejuicio. Sabe ver, en la más desolada sequedad espiritual española, los verdinales de la poesía soterraña. A lomos de su jaca cordobesa, recorre toda España por los más ásperos y huraños caminos de herradura. Lleva colgada del arzón de la silla la bota de vino, la que luego, en el cuarto de estudio de su patria, le recuerda, con un dejo de su aroma, el rubí de fuego de Toro, el jugo áspero y peceño de la Mancha. ¡Y con qué delicioso humorismo—ironía y añoranza—la coge entre sus manos, y la acaricia, y acerca hasta sus bordes rojos los labios que aun saben de la sed española!

Al cruzar la llana manchega evoca la escuálida figura de nuestro gran loco, neta y sobria, sin paracrónicos arambeles de ópera moderna, y junto al fuego de las ventas, en el corro de arrieros y trajinantes, va atesorando, para sazonar su prosa, los proloquios, adagios y sentencias de cualquier Sancho refranero y malicioso. Digamos de pasada que el paladar británico de Ford no se aviene a los quesos españoles. En este punto, nosotros, conformes en cuanto el viajero dice respecto al clero, la milicia, la política y la realeza, no podemos suscribir sus juicios, pues el sustancioso queso que encellan los pastores de la Mancha, demás de sernos gratos al gusto, evoca en nuestro espíritu aquellos sabrosos companages de nuestra novela inmortal, sin más sazón ni salsa que el hambre castellana de amo y mozo.

Uno de los comentadores ingleses de Ford, Tomás Okey, nos suministra datos muy interesantes respecto a su nacimiento, educación, cultura, y nos relata la laboriosa gestación de su obra literaria.

«Ricardo Ford—dice Okey—, que con el prosaico título de Guía del viajero en España, compuso uno de los mejores itinerarios publicados en lengua inglesa, nació en Chelsea el año 1796. Era el hijo mayor de un hombre conspicuo, sir Ricardo Ford, el amigo de Pitt, y durante algún tiempo subsecretario de Estado del Home Department, pero más conocido aún como el juez de Bow Street, que creó la policía montada de Londres. Ford pasó por todos los grados de instrucción de un inglés distinguido en una de las tradicionales «escuelas públicas» y en la Universidad; hizo en Oxford la licenciatura de Leyes, y en 1824 casó con la bella Harriet Capel, hija del conde de Essex. Seis años más tarde, el estado de salud de su mujer les obligó a trasladarse a un clima templado, y en el otoño de 1830 se embarcó para Gibraltar, acompañado de «tres niños y cuatro mujeres». A los veinte días de viaje desembarcaron felizmente, y poco después se instalaba la familia en Sevilla, con intención de pasar allí el invierno. Desde esta población y desde Granada (donde se alojó entre los ruinosos esplendores de la Alhambra) hizo esos viajes a todo lo largo y lo ancho de la Península, que le dieron asunto para las páginas de su Guía y para las Notas sobre España.

«Ford era un viajero ideal. En su casa vivió siempre en una atmósfera de arte y literatura, pues su madre, Lady Ford, era una mujer de educación muy amplia y refinada; pintaba muy bien y tenía gran afición a los cuadros de todos gustos y escuelas. La colección de la familia contenía magníficos ejemplares de los maestros italianos, ingleses y holandeses, y era el encanto del joven Ricardo, que llegó a dominar el arte pictórico de manera que, de dedicar a él más atención, hubiese seguramente conseguido muchos triunfos. Algunos de los mejores dibujos de los Picturesque Sketches in Spain, de David Robert, fueron tomados del cuaderno de apuntes de Ford; cuatro de los cuadros de Telbin, en el popular «Diorama de las campañas del duque de Wellington», están inspirados en originales de Ford, y en muchos otros, repartidos en los Anales del paisaje, de aquel período, y en ediciones del Childe Harold y de las Baladas Españolas, de Lockhart, pueden encontrarse admirables dibujos suyos. Pero, aparte de estos accidentes de su educación, Ford tenía condiciones naturales que le preparaban para ser un modelo de viajeros; poseía un oído maravilloso y gran facilidad para estudiar idiomas y dialectos; un espíritu firme y resuelto, al mismo tiempo que bondadoso y amable; una resistencia física extraordinaria y un temperamento ecuánime. Si bien es cierto que tenía todos los prejuicios religiosos y sociales de un inglés de buena familia, nunca los dejó traslucir en sus relaciones con los españoles, que, siendo especialmente sensibles al orgullo de raza, quedaban encantados con sus amables y elegantes modales y su constante cortesía, que le hacía ser igualmente bien recibido por aldeanos, nobles u oficiales rebeldes.

«La mejor prueba del notable poder de observación y asimilación que poseía Ford está en el hecho de que sólo pasó tres años en España. En diciembre de 1833 estaba de regreso en Inglaterra, y, después de una corta estancia en Exeter, donde empezó a escribir sus observaciones sobre España, se instaló con su familia en el verano de 1834 en Heavitree, una encantadora casa isabelina cerca de la ciudad, donde se dedicó a la jardinería, «entre libros y flores», dando de mano a sus trabajos literarios. La obra comenzada en Exeter no llegó a ver la luz. Hizo leer algunos capítulos a Addington, y la crítica severa de éste le desanimó por completo. «Su carta—le escribía—ha dejado mi pecho sin aliento y sin tinta mi pluma». Y con renovado celo volvió a dedicarse a la jardinería.

«En 1838, un artículo publicado en Quarterly Review sobre las corridas de toros en España llamó la atención del mundo literario, y al año siguiente fué invitado a comer por John Murray, el cual le rogó que le indicara quién podría hacer una Guía de España. Ford se ofreció, por broma, a hacerlo, pero luego desistió. En 1840 volvió a relacionarse con Murray, y en septiembre de este mismo año escribía a Addington: «Voy a hacer una Guía de España para Murray». El libro debía terminarse a los seis meses, pero durante cerca de cinco años fué el goce y la pesadilla de su vida. Mr. Prothero hace un retrato maravilloso del famoso viajero, escribiendo sobre unos manchados tablones de pino, en el invernadero, cubierto de hiedra y de mirto, de la casa de Heavitree, vestido con una negra zamarra de pastor, rodeado de estantes llenos de infolios y libros en 4.^o, de pergamino, y de casilleros abarrotados de notas, que poco a poco se esparcían por encima de las sillas y por el suelo. En noviembre escribe a Addington: «La Guía va despacio; no adelanto nada, y a veces estoy tentado de dejarla». En febrero de 1841 dice: «Estoy decidido a dar un avance a la Guía, y ya tengo en prensa cuarenta páginas». En abril se lamenta de la «mala impresión y del mucho original que lleva cada página». En noviembre aparece más animoso y cree que en mayo o junio siguientes estará terminada. Una quincena después está «hastiado» de la Guía, y para refrescar la imaginación vuelve a repasar la obra de Borrow Los gitanos en España[2], y da algunos consejos a su autor sobre su nuevo libro La Biblia en España. Ford era entusiasta admirador de su compatriota, y advirtió a Murray que Borrow era una mina, y que si quería coger huevos de oro, no tenía mas que poner un poco de sal en la cola de Borrow. Luego volvió nuevamente a su trabajo, y en julio de 1843 pudo escribir a Addington: «La Guía está escrita», y en enero de 1844: «La Guía está en prensa». Pasaron cuatro meses y los trabajos y molestias del autor no se vieron compensados; se queja de que «el mañana español había infectado hasta Albemarle Street». Sin embargo, el retraso no se debía a abandono. El libro pareció demasiado digresivo, y por consejo de Addington hubo que variar todo, y el pobre Ford sufrió una pérdida de quinientas libras esterlinas. En diciembre de 1844 tenía corregidas 64 páginas, y en febrero de 1845 escribe a su amigo y confidente: «Estoy decidido a rehacer por completo la Guía, omitiendo todo lo relativo a discusiones políticas, militares y religiosas y sin hacer mención de nada desagradable, y hacerlo sólo suave y atractivo». Finalmente, en el verano de 1845 apareció una obra en dos volúmenes, 1.064 páginas en total, titulada Guía para los viajeros en España y los lectores de nuestra patria. A pesar de su extensión y de su alto precio, se vendieron 1.389 ejemplares en tres meses, y Borrow, Prescott, Lockhart, y otras eminencias literarias, alabaron la obra con gran entusiasmo. Parte de las cuartillas suprimidas en la Guía, convenientemente aderezadas y unidas a algunos pasajes de ésta, se publicó en 1846, con el título de Notas sobre España, por el autor de la Guía de España, entresacadas en especial de esta obra y aumentadas notablemente. Este libro tuvo también un gran éxito, y Ford pudo escribir a Addington: «He ganado doscientas diez libras con un trabajo hecho en dos meses». Entonces se rehizo por completo la Guía, y en 1847 se publicó nuevamente, reducido a un solo volumen de 645 páginas. Aun se hizo otra tercera edición más compendiada en 1855, tres años antes de la muerte de su autor. En el British Museum existe una copia de la primitiva Guía, con una nota de puño y letra de Ford, que dice: «De esta edición sólo existen veinte ejemplares, y yo sólo he dado cinco, uno de ellos éste. Octubre de 1846».

A los jaleadores de un falaz casticismo que se basa en la perduración de la rutina, la pobreza y la cerrilidad nacionales, les escocerán algunos de los latigazos del viajero inglés, cuya visión, menos alborotada y colorida que la de los franceses, pero, sin duda, más sagaz y verídica, no se detiene en la haz de las cosas, sino que penetra hasta los entresijos de la psicología hispana.

¡Triste sino el de España, esclava acariciadora de su propia laceria por miedo al lancetazo! ¡Aciaga suerte la suya, condenada a sufrir a sus explotadores, que se abroquelan en las palabras representativas de las ideas y sentimientos más caros a sus nativos! La patriotería empercalinada y de bullanga, la contumacia lugareña, prorrumpen en un «¡viva España!» sin sentido, siempre que un bien intencionado observador o pensador, propio o extraño, luego de estudiar nuestras costumbres, nota los errores y lacras.

Con el cegador señuelo del patriotismo, la turba parasitaria y cínica, que realiza sus logros a favor del desbarajuste político y del caos administrativo, deslumbra a la muchedumbre de papanatas, esclavos de su propia ignorancia.

Cuando los españoles de esta laya flamean el punto de la honra, a buen seguro que tratan de celar, encubrir o cohonestar una acción deshonrosa; cuando las Cortes celebran alguna de las mal llamadas sesiones patrióticas, en que conviven y se aúnan los que desgobiernan o aspiran a desgobernar el país, sin duda lo que allí se acuerda contribuye a la ruina material o moral de la patria...

Quien esto escribe, español del siglo XX, ha recorrido, lleno de amor a España, llanos y sierras de su tierra vernácula por polvorientos caminos reales y angostas veredas de cabreros; ha padecido sed, frío y hambre en las ventas de los páramos y en los míseros e inhóspites burgos y aldeorrios de Castilla; ha admirado, como Ford admiraba, la honrada condición, la cortesía hidalga, la caballerosidad de los terrazgueros españoles; ha llorado calladamente ante las piedras rotas y las almas muertas...

Quizá por lo mismo pueda suscribir conscientemente lo que anotara un viajero inglés allá por los años de 1830.

Enrique DE MESA

 

 

A LA

HONORABLE MRS. FORD

dedico estas páginas, que tan amablemente
ha leído y aprobado, con
la esperanza de que sigan su ejemplo
otras bellas lectoras.

Su amantisimo esposo y servidor,

Ricardo Ford.

 

 

PREFACIO

Muchas señoras, algunas de las cuales incluso proyectan un viaje por España, se han dignado significar al editor su sentimiento porque la Guía estuviese impresa en una forma que hacía molesta y difícil su lectura. El autor, al tener noticia de esta señalada fineza, se ha apresurado a someter a la indulgencia de sus lectoras algunos extractos y trozos escogidos que puedan poner de manifiesto el carácter y las costumbres de un pueblo por todo extremo interesante, y más en estos momentos, en que de nuevo ve amenazada su existencia por un vecino astuto y agresivo.

Al arreglar estos trozos para enviarlos a la imprenta, ha habido necesidad de añadir algo que supliese lo que se omitía; pero con objeto de no hacer demasiado pesada la narración, el autor ha aligerado el libro de mucho aparato científico, y no ha vacilado en echar por la borda a Estrabón y aun al mismo San Isidoro. El progreso está a la orden del día en España, y su marcha es tanto más rápida cuanto mayor era su atraso con relación a otras naciones. Puede decirse que el país se halla en un período de transición y que el ayer deja su sitio al mañana. La inexorable marcha de la inteligencia europea aplasta muchas flores naturales que, sin otro mérito que su color y su aroma, han de verse arrancadas de raíz antes de que se construyan las fábricas de hilados y se cambien los cultivos. Muchos rasgos típicos de trajes y de costumbres van ya desapareciendo: ¡ya se han ido los frailes y, ¡ay!, las mantillas también se están yendo!

Con los cambios ocurridos últimamente, muchas cosas y muchos sitios que aquí se presentan al público serán pronto objeto de curiosidad histórica y arqueológica. Los trozos reunidos en este libro no se incluirán en la próxima edición de la Guía, a la que estas páginas pueden servir de complemento; su principal objeto ha sido proporcionar un rato de entretenimiento y de instrucción a los que permanecen en su hogar, y si el intento es acogido favorablemente por las bellas lectoras, el autor soportará con resignación verdaderamente española cualquier género de censuras que tengan a bien descargar sobre él los barbudos críticos de aquende o allende el mar.

Capítulo primero.

El reino de España, que aparece tan compacto en el mapa, se compone de varias regiones distintas, cada una de las cuales formó un reino independiente en tiempos pasados; y a pesar de que ahora están unidas por matrimonios, herencias, conquistas y otras circunstancias, las diferencias originales, tanto geográficas como sociales, continúan sin alteración. La lengua, trajes, costumbres y carácter local de los habitantes son tan varios como el clima y las producciones del suelo. Las cadenas de montañas que atraviesan toda la Península y los profundos ríos que separan algunas partes de ella han contribuído durante muchos años, como si fuesen murallas y fosos, a cortar la comunicación y a fomentar la tendencia al aislamiento, tan común en los países montañosos, donde no abundan los buenos caminos y los puentes. Una circunstancia semejante hizo que el pueblo de la antigua Grecia se dividiese en pequeños principados, tribus y familias. Asimismo, en España, el hombre de una comarca, siguiendo el ejemplo de la Naturaleza de que está rodeado, tiene poco de común con el de la comarca vecina; y estas diferencias se han aumentado y perpetuado por los antiguos celos y las inveteradas malquerencias que han persistido tenazmente en regiones pequeñas y contiguas.

El término general «España», conveniente para geógrafos y políticos, parece hecho para despistar al viajero, pues sería muy difícil afirmar una cosa por sencilla que fuese de España o los españoles que pudiera ser aplicable a todas sus heterogéneas partes. Las provincias del noroeste son más lluviosas que Devonshire, mientras que las llanuras del Centro son más secas que los desiertos de Arabia, y los litorales del Sur y Levante semejan totalmente a Argelia. El rudo agricultor gallego, el industrioso artista catalán, el alegre y voluptuoso andaluz, el taimado y vengativo valenciano, son tan esencialmente distintos entre sí como otros tantos personajes de una mascarada. Será más conveniente en todo caso al turista estudiar cada provincia aislada y analizarla en detalle, prosiguiendo las observaciones de sus particularidades, sus características sociales y naturales o la idiosincrasia de cada región, en particular, que la distingue de sus vecinas. Los españoles que han escrito su geografía y estadísticas, los cuales, lógicamente pensando, habrán de conocer perfectamente su país y sus instituciones, han encontrado prudente admitir este sistema, teniendo en cuenta la imposibilidad de tratar a España (donde la unidad no es unión) como un conjunto.

No hay rey de España: entre la infinidad de reinos que aparecen en las listas, el de «España» no figura: consta Rey de las Españas, Rex Hispaniarum, no Rey de España. Felipe II, llamado por sus conterráneos el Prudente, deseando unir a sus heterogéneos súbditos, después de consolidar su dominio con la conquista de Portugal, trató de llamarse rey de España, como en realidad era; pero esta alteración no estuvo al alcance de su despotismo, por oponerse a ella resueltamente Aragón y Navarra, que nunca perdieron la esperanza de sacudir el yugo de Castilla y recobrar su antigua independencia, mientras que las provincias de la vieja y la nueva Castilla rehusaban comprometer en modo alguno su derecho de preeminencia. Estas provincias, antiguamente como ahora, tomaron la primacía en la nomenclatura: castellano es sinónimo de español y de la cepa más genuina. Castellano a las derechas significa ser español hasta la médula; hablar castellano es la expresión más correcta para decir que se habla español. España estuvo mucho tiempo sin la ventaja de una metrópoli fija como Roma, París o Londres, que han sido capitales desde su fundación, y reconocidas y consideradas como tales. En España han sido capital León, Burgos, Toledo, Sevilla, Valladolid y otras. Este cambio constante y la preeminencia poco duradera ha contribuído a hacer insignificante la superioridad de una provincia sobre otra, y ha sido causa de una debilidad nacional que ha originado rivalidades y disputas por el derecho de prioridad, fuente la más copiosa de discusiones en un pueblo de reconocida suspicacia. De hecho, el Rey es el Estado, y dondequiera que se instale allí está la Corte, palabra sinónimo de Madrid, que pretende ser la única residencia del soberano—Die Residenz, como dirían los alemanes—. Comparada con las ciudades mencionadas anteriormente, es una población moderna que, no teniendo obispo[3] o catedral, como algunas provincias antiguas, que tienen incluso dos, no ha alcanzado el título de ciudad, sino el de villa. En momentos de peligro nacional ejerce poca influencia sobre la Península; al mismo tiempo, por ser la residencia de la Corte y del Gobierno, y por lo tanto el centro del favoritismo y de la moda, atrae a todos aquellos individuos que aspiran a hacer fortuna; pero la capital es presa de las ambiciones más bien que de los afectos de la nación. Los habitantes de las provincias creen de buena fe que Madrid es la Corte mayor y más rica del mundo, pero su corazón permanece fiel a sus respectivas regiones. Mi paisano no quiere decir español, sino andaluz, catalán, etc. Cuando se pregunta a un español: ¿de dónde es usted?, suele contestar: Soy hijo de Murcia, de Granada, etcétera. Algo semejante a los «hijos de Israel» y al «Beni» de los moros españoles. Hoy también los árabes de El Cairo se llaman hijos de tal ciudad: Ibn el Musr, etc.; asimismo los irlandeses se titulan «hijos de Tipperary», etc., y están dispuestos a pelearse con todos los que no son del mismo origen; y cosa parecida es la unión de los escoceses, que en realidad existe en todas partes, pero no tan extendida como en España, donde el ser de la misma provincia o ciudad crea una especie de masonería que une a sus individuos como compañeros de escuela. En realidad es un hogar (home) movido por las mismas pasiones. Todos sus recuerdos, sus comparaciones, sus elogios se refieren siempre al lugar de su nacimiento; nada para ellos puede rivalizar con su provincia: ésta es su única patria. La Patria, que significa España entera, es un motivo de declamación, de hermosas frases, palabras, a las que, como los orientales, todos gustan de entregarse, y para las que su idioma grandilocuente les presta facilidad; pero su patriotismo es de parroquia, y la propia persona es el centro de gravedad de todo español. Como los alemanes, gustan de cantar y declamar en honor de la Patria. En ambos casos la teoría es espléndida; pero en la práctica, cada español piensa que su provincia o su pueblo es lo mejor de España y él el ciudadano más digno de atención. Desde tiempos muy remotos hasta el presente a todos los observadores les ha sorprendido este localismo, considerándolo como uno de los rasgos característicos de la raza ibera, que nunca quiso uniones, que jamás, como dice Estrabón, puso juntas sus escuelas, ni consintió en sacrificar su interés particular en aras del bien general; por el contrario, en momentos de necesidad siempre ha propendido a separarse en juntas diversas, cada una de las cuales sólo piensa en sus propias miras, totalmente indiferente al daño ocasionado, que debería ser la causa de todos. El peligro y el interés general apenas logran reunirlos, pues la tendencia de todos es más bien huírse que atraerse unos a otros. Alejado el enemigo común, inmediatamente vienen a las manos, sobre todo si hay botín que repartir; apenas alguna vez, como sucede en Oriente, la energía de un hombre puede unir las voluntades sueltas con la fuerza de hierro de una inteligencia privilegiada, como el aro sujeta las duelas de un tonel; pero apenas el aro se afloja, se desunen aquéllas. De este modo se ha neutralizado la virilidad y vitalidad del noble pueblo, que tiene un corazón honrado y miembros fuertes, pero, como en la parábola oriental, necesita «una cabeza» que dirija y gobierne. España es hoy, como siempre ha sido, un conjunto de cuerpos sostenidos por una cuerda de arena, y, como carece de unión, tampoco tiene fuerza y ha sido vencida en grupos sueltos. La frase tan traída y llevada de Españolismo expresa más bien la «antipatía a un dominio extranjero» y el «orgullo» de los españoles—españoles sobre todos—, que un patriótico y verdadero amor a su país, a pesar de que coloca sus excelencias y superioridad muy por encima de las de otro cualquiera. Esta opinión está expresada muy gráficamente por uno de esos expresivos proverbios que, en España más que en parte alguna, son el reflejo del sentir popular: Quien dice España dice todo. Un extranjero encontrará esto, quizá, demasiado exclusivo y general, pero hará bien en no expresar dudas sobre este asunto, si no quiere ser considerado por todos los indígenas como una persona envidiosa, desconfiada o ignorante o, probablemente, las tres cosas juntas.

La debilidad nacional en España, decía el duque de Wéllington, es alardear de su fuerza. Cada partícula infinitesimal de lo que constituye nosotros, como dicen los españoles, hablará de su país como si aún sus ejércitos fuesen conducidos a la victoria por el poderoso Carlos V o los Consejos estuviesen gobernados por Felipe II en lugar de Luis-Felipe. Ventura grande fué, ciertamente, según un predicador español, que los Pirineos ocultasen a España cuando el Malo tentó al Hijo del Hombre con la oferta de todos los reinos del mundo y su gloria. Bien es cierto que esto se practicaba en la ignorante época medieval, pero pocos peninsulares, aun en estos tiempos, dejarían de estar conformes con la consecuencia. No hace muchos días que un extranjero contaba en una tertulia la muy conocida anécdota de la nueva visita de Adán a la tierra. El narrador explicaba cómo nuestro primer padre al aparecer en Italia quedó perplejo y sorprendido; cómo al cruzar los Alpes para ir a Alemania no encontró nada que pudiese comprender; cómo las cosas se le presentaron más obscuras y extrañas en París, hasta que al llegar a Inglaterra se halló completamente perdido, confuso y sin brújula, incapaz de hacer ni comprender nada. España era el sitio que le faltaba: allá se fué, y con gran satisfacción suya se encontró como en su propia casa; tan poco habían cambiado las cosas desde que se ausentó del mundo, mejor dicho, desde que el sol de la creación alumbrara a Toledo. Terminado el cuento, un distinguido español que estaba presente, un poco picado por el tono de guasa del narrador, contestó con anuencia de todos los contertulios: Sí, señor, Adán tenía razón; España es el Paraíso. Y, en realidad, este caballero, digno y entusiasta, no estaba equivocado, a pesar de que, según la afirmación de no pocos compatriotas suyos, hay algunas comarcas cuyos habitantes no están limpios, ni mucho menos, del pecado original; así, por ejemplo, los valencianos suelen decir de su deliciosa huerta: Es un paraíso habitado por demonios. Asimismo, Murcia, país rebosante de leche y miel, donde Flora y Pomona disputan el premio a Ceres y Baco, tiene, según los naturales, el cielo y el suelo buenos; el entresuelo, malo.

Otra anécdota podrá determinar el sentir del país del mismo modo que una paja arrojada al aire señala la dirección del viento. Thiers, el gran historiador, en su reciente viaje por la Península pasó unos días en Madrid. Siendo su inteligencia, como diría un lógico, de forma más subjetiva que objetiva, esto es, más sencilla a la consideración del ego y todo lo relacionado con él que a lo ajeno a su persona, durante su estancia en Madrid no se ocupó nada de la capital, lo mismo que hiciera en Londres en una excursión semejante. «Mirad, dijeron los españoles, a ese gabacho; no se atreve a quedarse ni a levantar los ojos del suelo, en este país cuya gran superioridad hiere su vanidad nacional y personal». La cosa no tiene nada de extraño. Hay en Castilla la Vieja un dicho antiguo que reza: Si Dios no fuese Dios, sería rey de las Españas, y el de Francia, su cocinero. Lope de Vega, sin renegar de estas pretensiones paradisíacas, tiene más consideración para Inglaterra. Su soneto en la romántica excursión a Madrid dice:

«Carlos Stuardo soy.
Que, siendo amor mi guía,
al cielo de España voy,
por ser mi estrella María».

Debe recordarse que la Virgen, cuyo nombre llevaba esta infanta, es considerada por los españoles como la luz más brillante y la única reina del cielo.

Capítulo II.

Siendo España el país más meridional de Europa, es muy natural que los que nunca han estado en él y que en Inglaterra critican a los que han estado, se figuren que su clima es más benigno que el de Italia o Grecia. Muy distinta es la realidad. Algunas costas y llanuras resguardadas de las provincias del Mediodía y Levante son ciertamente templadas en invierno y sufren los rigores de un sol africano en el estío; pero las comarcas del Norte y del Oeste son húmedas y lluviosas la mayor parte del año, mientras que el centro es, o frío y triste, o asoleado y azotado por el viento: ha habido inviernos tan crudos en Madrid que hasta se ha helado algún centinela, y con mucha frecuencia se interrumpe la comunicación entre las dos Castillas a causa de la nieve que se acumula en los puertos. Por esta causa, a todo el que intenta viajar por la Península se le advierte que debe hacer su itinerario previamente y determinar las regiones que ha de visitar en cada una de las estaciones del año, con objeto de evitar los inconvenientes que resultarían de visitarlas en época poco apropiada.

Una ojeada a un mapa de Europa dará más clara idea de la situación de España respecto a los demás países que muchas páginas impresas; y ésta es una ventaja que cualquier niño de la escuela le lleva a los Plinios y Estrabones de la antigüedad; los antiguos se conformaban con comparar la forma de la Península a una piel de vaca, semejanza que en realidad no está mal hallada. No cansaremos a los lectores con detalles de longitud y latitud, pero sí mencionaremos que la superficie total de la Península (incluyendo Portugal) es de unas 19.000 leguas cuadradas, de las cuales algo más de 15.500 corresponden a España; ésta, pues, resulta casi dos veces mayor que las Islas Británicas y solamente una décima parte más pequeña que Francia; la línea de costa está calculada en unas 750 leguas. Este aislado y compacto territorio, habitado por una raza fuerte, hermosa, guerrera, hubiera debido competir con Francia en poder militar, al mismo tiempo que su posición entre los dos grandes mares, dueños del comercio del viejo y el nuevo mundo, su extensa línea de costas, llenas de bahías y puertos, le ofrecía todas las ventajas para poder rivalizar con Inglaterra en empresas marítimas.

La Naturaleza ha proporcionado salidas para las infinitas producciones de un país, que es rico tanto en lo que puede hallar en la superficie como en las entrañas de la tierra, porque las minas y canteras contienen gran cantidad de preciosos metales y mármoles, desde el oro al hierro y desde el ágata al carbón. Su fértil suelo y el clima tan variado permite cultivar los productos de la zona templada a la tropical: así en Granada, la caña de azúcar y el algodonero se muestran lujuriantes de verdura al pie de los montes, cubiertos eternamente de nieve, ofreciendo un ancho campo al botánico, el cual puede ascender por zonas y estudiar sucesivamente toda la variedad de capas vegetales, desde la planta de estufa, que crece al aire libre, hasta el duro liquen. Se necesita, en verdad, una fuerza enorme de apatía y mal gobierno para neutralizar la abundancia de cualidades con que la Providencia ha favorecido pródigamente a este país, el cual, bajo la dominación de los romanos y de los árabes, semejaba un Edén, un jardín exuberante y delicioso, cuando, según las palabras de un autor, no había nada baldío ni estéril—nihil otiosum, nihil sterile in Hispaniá—. Este aspecto ha cambiado notablemente; y ahora la masa de la Península ofrece un aspecto de abandono y desolación moral y física que entristece el ánimo; la naturaleza, así como la inteligencia del hombre, han sido empequeñecidas y reducidas, o se han abandonado, y su fertilidad natural ha desbordado en hierbas inútiles, de las cuales se ven más que en ningún país del mundo, o sus energías han sido mal dirigidas y la capacidad para el bien se ha convertido en la misma fuerza para el mal; pues aquí, como en todas partes, la altivez y la pereza son llaves de pobreza.

La geología de España es muy peculiar y distinta de la de otros países; es casi una montaña o una aglomeración de montañas, como han tenido ocasión de comprobar nuestros compatriotas que han tomado parte en la construcción de ferrocarriles.

Desde la orilla del mar comienza a elevarse hacia el interior, y en la parte central llega a haber mesetas más altas que en ningún otro país de Europa, pues fluctúan entre 2 y 3.000 pies sobre el nivel del mar, y aun desde estas altas llanuras se elevan cadenas de montañas que alcanzan alturas mucho mayores. Madrid, que se halla situado en una de estas mesetas, está a 2.000 pies sobre el nivel de Nápoles, población colocada en la misma latitud. La latitud de Madrid es de 59°, mientras que la de Nápoles es 63° 30´, debiendo atribuírse la diferencia de clima y la que existe en la producción vegetal de las dos capitales a la distinta elevación de ambas. Frutas que se dan en las costas de Provenza y en Génova, situada cuatro grados más al norte que una gran parte de España, rara vez se encuentran en el elevado interior de la Península; en cambio, en las zonas marítimas bajas y asoleadas se da perfectamente toda la vegetación tropical. El aspecto general montañoso de la costa es casi el mismo en el circuito que se extiende desde las Provincias Vascongadas al Cabo de Finisterre, y ofrece notable contraste con las llanuras secas que se extienden de Cádiz a Barcelona, las cuales se suelen asemejar mucho en las producciones: higos, naranjas, granadas, áloe, algarroba y otras que crecen en profusión en todas ellas, excepción hecha de aquellos sitios en donde las montañas bajan rápidamente hasta el mar mismo. También las comarcas centrales, formadas por llanuras y estepas: parameras, tierras de campo, secanos, son muy semejantes entre sí, lo mismo en su aspecto monótono y pelado y la escasez de frutas y bosques, que en la abundancia de cereales.

Los geógrafos españoles han dividido la Península en siete cordilleras diferentes, comenzando por los Pirineos y terminando por la bética o andaluza: estas cordilleras o cadenas de cumbres se elevan desde las llanuras intermedias que fueron antaño las hoyas de los lagos internos, hasta que las aguas acumuladas rebosando los obstáculos que las oprimían se abrieron camino hacia el Océano. La inclinación del país es de este a oeste, y, por lo tanto, los ríos más caudalosos, que forman los desagües y las principales vertientes de la mayor parte de la superficie, desembocan en el Atlántico; su curso está en dirección transversal y casi paralela: el Duero, el Tajo, el Guadiana y el Guadalquivir corren hacia su desembocadura entre sus distintas cordilleras. Las fuentes de estos ríos principales están situadas en la línea longitudinal de montañas que desciende, atravesando toda la Península, inclinándose más bien a la costa este que a la oeste. Por esta causa el curso de estos ríos es muy largo, sobre todo comparándolo con el Ebro, que desemboca en el Mediterráneo.

El geógrafo árabe Alrasi fué el primero que consideró la diferencia de clima como la regla para dividir la Península en distintas comarcas; y algunas autoridades modernas, poniendo en práctica la idea, han trazado una línea imaginaria, nordeste al sudoeste, separando así la Península en parte norte o boreal y templada, y parte sur o tórrida, y subdividiendo éstas en cuatro zonas. No es esta división en modo alguno arbitraria, por cuanto no puede estar sujeto a capricho o equivocación lo que se basa en pruebas derivadas del mundo vegetal: las costumbres pueden hacer al hombre, pero sólo el sol modifica la planta; el hombre llegará por las necesidades sociales a convertirse en una masa dúctil, pero los elementos no podrían nunca civilizarse: la Naturaleza no puede hacerse cosmopolita, lo que el cielo no permita.

La primera de las zonas norte es la cantábrica, o europea, que se extiende a lo largo de la base de los Pirineos y comprende parte de Cataluña y Aragón, Navarra, las Provincias Vascongadas, Asturias y Galicia. Es la región más húmeda, y como el invierno es largo, y la primavera y el otoño lluviosos, sólo debe visitarse en verano. Se compone de colinas y cañadas, atravesadas por multitud de riachuelos y arroyos abundantísimos en pesca, los cuales riegan los prados, ricos en pastos. Los valles constituyen la comarca lechera de España, que ahora se mejora mucho, mientras que los montes encierran los mejores bosques de la Península. En algunos sitios apenas se produce el trigo; en cambio, otros son abundantes en cereales; también se fabrica la sidra y un vino corriente. Es una región habitada por una raza fuerte, independiente y rara vez vencida, ya que la naturaleza del país ofrece medios naturales de defensa: con un ejército pequeño sería inútil intentar la conquista, y uno numeroso no hallaría elementos de subsistencia en las comarcas hambrientas.

La segunda zona es la ibérica o de Levante. En su parte marítima, es más asiática que europea, y sus habitantes de las clases bajas tienen mucho del carácter griego y cartaginés: son falsos, crueles y traidores, al mismo tiempo que vivos, ingeniosos y aficionados a los placeres. Esta zona comienza en Burgos, y la integran el mediodía de Cataluña y Aragón, con algo de Castilla, Valencia y Murcia. La costa debe visitarse en primavera y otoño, épocas en que es verdaderamente deliciosa. En verano es demasiado caliente y está infestada de millones de mosquitos. La parte de cerca de Burgos es de las más frías de España, y en ella el termómetro alcanza temperaturas mucho más bajas que en los sitios más fríos de nuestro país; como al mismo tiempo no tiene gran cosa para llamar la atención del viajero, será bueno abstenerse de visitarla, excepto en los meses de riguroso verano. La población es seria, sobria y castellana. Su elevación es muy considerable; el valle superior del Miño y algunos lugares de Castilla la Vieja y de León están situados a más de 6.000 pies sobre el nivel del mar y la nieve dura muchas veces en ellos más de tres meses.

La tercera zona es la lusitana u occidental, que es la mayor de todas y comprende algo de España y Portugal. El interior de esta zona, principalmente las provincias de las dos Castillas y la Mancha, en la condición del suelo, así como en la moral de sus habitantes, presenta el punto de vista menos favorable de la Península. Estas estepas interiores están calcinadas por el sol en verano y muy castigadas por las tempestades y el viento en invierno. La total carencia de árboles, setos y cercas expone sus extensas e indefensas llanuras a la inclemencia de los elementos. Miserables casas de barro, desperdigadas aquí y acullá en la desolada planicie, proporcionan un mezquino hogar a una población pobre, orgullosa e ignorante; pero estas comarcas, que tan poco tienen en sí de agradable y de provechoso para el viajero, se avaloran con algunos sitios y ciudades de tan gran interés, que nadie que trate de conocer España puede pasarlas por alto. Las mejores épocas de visitar esta parte de España son mayo y junio, o septiembre y octubre.

Los distritos más occidentales de esta zona lusitana no son tan desagradables. En la parte alta abunda el acebo y el castaño, y en las llanuras se dan magníficas cosechas de trigo y muy exquisito vino tinto. La meseta central, muy semejante a la de Méjico, constituye cerca de la mitad del área de la Península. La particularidad del clima es la sequedad; no es, sin embargo, malsano, y se ve libre del paludismo, muy frecuente en las llanuras bajas, en los terrenos pantanosos y en los arrozales de Valencia y Murcia.

Las lluvias son tan escasas en esta comarca, que la cantidad anual de agua no pasará de tres pulgadas. Donde menos llueve es en la región montañosa de Guadalupe y en las mesetas altas de Cuenca y Murcia: en ellas se pasan ocho y nueve meses del año sin caer una sola gota. Las tormentas apenas hacen sentar el polvo, pues la humedad se seca más pronto que las lágrimas de una mujer. La superficie de la tierra está tostada, atezada, seca como una verdadera terra cotta; todo semeja muerto y quemado en una pira mortuoria. Parece milagroso que el germen de la vida se conserve en la hierba cuando se ve marchita y muerta, y, sin embargo, apenas empieza a llover, brota la vegetación, cual nuevo ave fénix, de las cenizas, lujuriante de vida. Las simientes caídas en el suelo germinan alfombrando el desierto de verdura, alegrando la vista con flores y embriagando los sentidos con su perfume. La tierra, agrietada y seca, absorbe con fruición la lluvia, y despertando después, como un gigante que refresca con vino, desarrolla todas sus fuerzas. Y de lo que es la vegetación en los sitios en que la humedad se combina con el gran calor, no puede darse idea el que haya vivido siempre en países de sol tibio. Los períodos de lluvias suelen ser en invierno y primavera, y cuando son abundantes se producen toda clase de granos y uvas. Los olivares sólo se encuentran en pocas regiones.

La cuarta zona es la bética, que es la más meridional y africana; costea el Mediterráneo, apoyándose en el pie de las montañas que se elevan a su espalda y forman la masa de la Península. Esta barrera constituye una protección contra los vientos fuertes que barren la región central. Nada más emocionante que descender desde las mesetas altas hasta las fajas marítimas; en pocas horas cambia por completo el aspecto de la Naturaleza, y el viajero pasa de la vegetación y el clima de Europa al de Africa. La característica de esta región es una atmósfera abrasadora y seca durante una gran parte del año. Los inviernos son cortos y benignos, más bien lluviosos que fríos, pues en los valles del Mediodía apenas si se conoce el hielo, como no sea en los helados; la primavera y el otoño son deliciosos, sobre toda ponderación. La mayor parte del cultivo es de regadío, sistema establecido por los árabes de una manera muy perfecta. El agua, con este sol abrasador y vivificante, es en realidad la sangre de la tierra y sinónimo de fertilidad. Las producciones son tropicales: caña de azúcar, algodón, arroz, naranja, limón, dátiles. El algarrobo y la adelfa son considerados como vegetación limítrofe entre esta tierra caliente y las regiones más frías porque está circundada.

Tales son las divisiones geográficas de la naturaleza con la cual tan íntimamente unidas están las producciones vegetales y animales; ahora entramos más de lleno a estudiar el clima de España, del cual están tan orgullosos los españoles como si lo hubieran hecho ellos mismos.

Esta zona bética, Andalucía, de la que forman parte muchas de las más interesantes ciudades y algunos de los lugares más bellos de la Península, debe ser objeto de preferencia para el viajero, y cada una de sus bellezas, considerada particularmente, abarca una gran extensión de variadas perspectivas y objetos, y, por lo tanto, como es accesible fácilmente, puede ser visitada durante la mayor parte del año. El invierno puede pasarse en Cádiz, Sevilla o Málaga; el verano, en las frescas sierras de Ronda, Aracena o Granada, siendo, sin embargo, preferibles siempre los meses de abril, mayo y junio, o septiembre, octubre y noviembre. Los que vayan en primavera deben reservar junio para las montañas; los que hagan el viaje en otoño deberán comenzar por Ronda y Granada, terminando por Sevilla y Cádiz.

España, como ya se ha dicho, es una montaña o, mejor dicho, un conjunto de montañas, porque las líneas principales y las secundarias están todas ellas unidas más o menos y descienden serpenteando a través de la Península con una inclinación marcada hacia el oeste. La Naturaleza, dislocando de este modo el país, parece haber iniciado, mejor aún, impuesto a los habitantes el localismo y el aislamiento, pues encontrándose en sus valles y pueblos completamente incomunicados con sus vecinos, es inútil que se les induzca a sostener relaciones de amistad.

La comunicación interior de la Península, dividida por cordilleras, se lleva a efecto por carreteras bastante buenas, pero pocas y distantes unas de otras. Están constituídas salvando los accidentes demasiado penosos del terreno, procurando que vayan por los sitios en que el declive es menor y las pendientes menos rápidas. Estos pasos entre montañas se llaman puertos (portæ-puertas). Hay sendas y veredas que unen entre sí varios puntos de la cordillera; pero suelen ser difíciles y peligrosos, y como en ellos no hay ventas, ni cruzan por pueblos, resultan más propios para contrabandistas y bandidos que para ciudadanos pacíficos, siendo por lo tanto, el mejor camino y el más corto, la carretera.

Las montañas españolas tienen generalmente un carácter triste y áspero, no exento de grandeza; las alturas están, por lo común, cubiertas de nieve, que brilla con el sol haciendo recortarse sobre el fondo azul del cielo la silueta escarpada y dentellada de las desnudas lomas; rara vez están cubiertas de bosque. Las masas graníticas se elevan sobre los verdes valles o los amarillos sembrados, semejando los castillos de un señor feudal, dueño de todo lo que está a sus pies, pero demasiado orgulloso para descender a tener nada de común con ello. Para ver estas montañas sin perder detalle de su forma, las mejores horas son a la salida y a la puesta del sol, pues durante el día los rayos verticales borran los contornos alejando las sombras.

Desde la costa se eleva el terreno directamente en las provincias del Noroeste y de algunas del Sur y de Levante hasta una faja intermedia seca y prominente; pero al terminar la ascensión no hay bajada propiamente dicha, sino que se encuentra el viajero en una vasta altiplanicie. Los caminos, aparentemente, tienen subidas y bajadas; pero, en realidad, no varía gran cosa la altura media; las llanuras y colinas interiores son ondulaciones de una misma montaña.

El viajero se engaña muchas veces por el bajo nivel aparente de las montañas nevadas, como el Guadarrama; y es que hay que añadirles la gran elevación de sus bases sobre el nivel del mar. El palacio del Escorial, emplazado en una especie de llano al pie mismo del Guadarrama, está situado a 2.725 pies sobre Valencia; y la residencia veraniega de los reyes en La Granja, en la misma cordillera, está 30 pies más alta que la cima del Vesubio. Esto, en verdad, es un castillo en el aire, un château en Espagne, digno del mayor potentado de Alemania, que es la dueña de aquel elemento, como Inglaterra lo es del mar.

La temperatura media de la meseta central de España es de 15° Reaumur, mientras que la de la costa llega a 18 ó 19°, aparte de la protección contra los vientos fríos que le proporciona las montañas que la guardan.

No se engaña menos el viajero que con la altura de las montañas interiores, con las campiñas y mesetas llanas. La vista alcanza un vastísimo espacio limitado por el horizonte o por una línea lejana de sierra; este espacio, que parece un desierto plano, está interrumpido por profundos barrancos, en los cuales se agrupan algunos pueblos y corren arroyos completamente inadvertidos. Otro efecto digno de tener en cuenta de esta planicie central es la completa oquedad y el enrarecimiento del aire, que suele ser muy perjudicial para los extranjeros; la puesta del sol, que es muy tentadora en un país cálido, produce fácilmente oftalmías, irritaciones intestinales e inflamaciones y trastornos pulmonares y de otros órganos vitales. Estas causas pueden producir la pulmonía, enfermedad que en pocos días acaba con el individuo y que es la plaga de Madrid. El viento helado del Guadarrama sorprende al incauto en las encrucijadas de las calles que arden bajo un sol abrasador. ¿Es de extrañar, pues, que esta capital sea tan malsana? Una persona que da un paseo higiénico, cruza con los poros abiertos por una cámara frigorífica viniendo de una estufa, se resfría, y el resfriado presenta al médico español, quien, a su vez, no tarda en presentar al funerario.

Como los Pirineos ofrecen un interés europeo en estos momentos en que el Napoleón de la paz pretende anular su existencia, que retó a Luis XIV y a Buonaparte, no estará de más dar algunos detalles acerca de ellos. Esta barrera gigantesca que separa España de Francia tiene semejanza con el espinazo que baja de Tartaria y Asia. Se extienden mucho más allá de la cadena transversal, pues las montañas de las Provincias Vascongadas, de Asturias y Galicia, son continuación suya. Los Pirineos, propiamente dichos, van de este a oeste en una extensión aproximada de 270 millas, alcanzando las mayores proporciones en las partes centrales, donde el ancho tiene hasta 60 millas y la altura excede de 11.000 pies. Las estribaciones de este espinazo atraviesan por ambos lados los valles, saliendo de él como las costillas. El núcleo central se inclina gradualmente del este al gentil Mediterráneo, y por el oeste, al fiero Atlántico, en ondulaciones largas y desiguales.

Esta cordillera era llamada por los romanos Montes y Saltus Pyrenei, y por los griegos, Πνρηνη, probablemente por alguna palabra ibérica que ellos—cogiéndola al oído sin atender al significado—relacionaban con su Πυρ, y para afirmar su errónea derivación forjaron una leyenda que casara con el nombre. En ella, unos atribuían el origen de éste a un fuego, mediante el cual se descubrieron algunos metales preciosos, y otros, a que las cimas por su gran elevación eran perfectamente batidas por los rayos y dislocadas por los volcanes. Según los iberos, Hércules, en su viaje para robar sus ganados a Gerión, fué recibido con amable hospitalidad por Bebryx, una especie de gobernador secundario de estas montañas; entonces el semidiós se emborrachó y violó a la hija de su huésped, Pyrene, la cual murió de pesadumbre; y Hércules, cuando se despejó, pesaroso de su acción, hizo resonar por toda la cordillera el nombre de ella. Esta leyenda, como otras muchas en España, está por confirmar. Los fenicios llamaban a estas montañas Purani, por sus bosques, pues en hebreo Pura significa madera. Los vascos también tienen su etimología, diciendo unos que la verdadera raíz es Biri, elevación, mientras otros prefieren Bierri enac, «los dos países», los cuales, separados por la sierra, fueron gobernados por Túbal. Pero cuando los españoles comienzan a hablar de Túbal, el mejor partido es cerrar el libro.

La Maladetta es el pico más alto, a pesar de que el Pico del Mediodía y el Canigú se han considerado mucho tiempo como los de mayor elevación, pues como se alzan rápidamente desde una llanura, parecen más altos de lo que son; pero ya han sido destronados estos usurpadores franceses. Vista de lejos la cordillera parece ser una línea de montañas con muchas alturas interrumpidas, que, en realidad, son dos líneas distintas, paralelas y no continuas. La que está delante es la que comienza en el Océano y avanza lo menos 30 millas más hacia el sur que la línea correspondiente, que comienza en el Mediterráneo. El centro es el punto de dislocación, y aquí la red de ramificaciones aparece más intrincada, como que es la clave del sistema, el cual está afianzado por las tres Sorellas: Monte Perdido, Cilindro y Marboré. Las fuentes del Garona se hallan en este punto; la perspectiva del paisaje es magnífica y los valles laterales son los más extensos. En las estribaciones menores también hay valles por los cuales corren algunos ríos: el Ebro, el Garona y el Bidasoa se alimentan en los manantiales de estas montañas. Estos tributarios son generalmente llamados en Francia gaves[4], y en la parte española, gabas. Pero gav significa río, y puede ser hallado en nuestro Avon; Humboldt lo deriva del vasco gav, «caverna o cueva». La corriente de estas aguas al norte o al sur marca la línea divisoria entre Francia y España; sin embargo, parte de Cerdaña pertenece a Francia, mientras que Aran es de España, con lo que resulta que cada país tiene un pie en el territorio vecino. Es raro que esto no se arreglase mediante un cambio cuando se discutió la cuestión de límites entre Carlos IV y la República Francesa.

La mayoría de los pasos de esta barrera alpina son impracticables para carruajes, y continúan en el mismo estado que en tiempos de los árabes, quienes llamaban a la cordillera pirenaica Albort, del latín Portæ, la sierra de los «puertos». Muchos de ellos sólo son conocidos de los naturales del país y de los contrabandistas; gran parte del año están cerrados a causa de la nieve, y aun en verano son peligrosos por las nieblas y los fortísimos huracanes. Las dos líneas de comunicación mejores están en ambos extremos: la del oeste por Irún y la del este por Figueras.

Los Pirineos españoles ofrecen pocos atractivos a los aficionados a las comodidades de la ciudad; pero el paisaje, el aliciente de las excursiones, la geología y la botánica son verdaderamente alpinos y compensarán con creces a los que se atrevan a «pasar trabajos» viajando por ellos. El contraste que presenta la parte española, poco frecuentada, con la opuesta es notable. A pesar de ser ésta más abrupta y más castigada por la nieve, los muchos establecimientos de baños de los Pirineos franceses son muy frecuentados y están llenos de caminos, diligencias, hoteles, caseríos donde se puede hacer alto para comer, cicerones, borriquillos de alquiler, etc., etc. Todo esto para los bobos de París que se pasan la vida decantando las excelencias de los verdes campos y de los belles horreurs; pero que no suelen alejarse mucho.

En pocas partes se dará una prueba más evidente de falta de gusto y de amor a lo bello y elevado—dice Mr. Erskine Murray—que en los Pirineos franceses, donde la mayor parte de la gente desconoce en absoluto la belleza de sus montañas, las cuales han sido exploradas principalmente por los ingleses, que aman la Naturaleza con alma y vida y la admiran lo mismo en sus formas más sencillas que en las más salvajes y bravías. Sin embargo, en la parte norte no es difícil encontrar algunas comodidades y facilidades para el turista; es más, los inválidos y las señoras que buscan lo pintoresco pueden ascender a la Brèche de Roland. Apenas se pasa la frontera la cosa cambia de aspecto por completo, en cuanto a facilidades y medios de locomoción. Agrio es el saludo primero del «duro país de Iberia», escaso el alimento, así corporal como espiritual, y difícil el acomodarse, lo mismo las personas que los animales; y todo esto, sencillamente porque no hay costumbre de que nadie viaje; ningún español va a los Pirineos por gusto. De aquí que sea una comarca entregada a los contrabandistas y cabras monteses.

La falta de curiosidad oriental por las cosas, las piedras viejas, los paisajes agrestes, etc., se une aquí a las razones políticas y al miedo. El vecino, desde los celtas hasta nuestros días, ha sido siempre codicioso, saqueador y el terror de España; sus tretas de zorro, fuego y rapiña, son demasiado numerosas para ser disimuladas o borradas y demasiado terribles para que puedan olvidarse: la venganza se convierte en un deber sagrado. Por más que hayan cambiado los gobiernos, la política de Francia es inmutable. La perfidia unida a la violencia ruse doublée de force es el programa desde Luis XIV y Buonaparte[5] hasta Luis Felipe. El principio es el mismo aun cuando el instrumento empleado haya sido unas veces la espada y otras el anillo de boda. La débil España se ha visto unida a su vecina, más fuerte, que la ha hecho víctima de sus engaños y manejos, la ha degradado hasta convertirla en un mero satélite y la ha arrastrado tras el fiero Marte. Francia la ha obligado siempre a sufrir sus desgracias; pero nunca la ha hecho partícipe de sus éxitos; la ha uncido al carro de sus derrotas, pero no la ha permitido montar en el de sus triunfos. Su amistad ha tenido siempre la tendencia de desnacionalizar España, y perpetuando la forzada enemistad de Inglaterra le ha causado la pérdida de sus barcos y de sus colonias del Nuevo Mundo.

«La frontera pirenaica—dice el duque de Wéllington—es la más vulnerable de Francia, quizá la única. En consecuencia, siempre ha procurado desguarnecer las defensas españolas y alentar las insurrecciones y pronunciamientos en Cataluña, porque la enfermedad de España es la ocasión de ellos, y, sin embargo, el resto de Europa suele creer a España fuerte, independiente y capaz de defender su llave de los Pirineos.

En tanto que Francia ha cultivado sus medios de aproximación y de invasión, España, para quien el pasado es una profecía del futuro, ha aumentado los obstáculos y ha dejado su barrera protectora tan quebrada y hambrienta como lo hubiera hecho su divinidad tutelar. Los habitantes de estas montañas no son más asequibles que sus fortalezas de granito. Están pobladas por contrabandistas, cazadores furtivos y toda clase de individuos que viven fuera de la ley; aquí se cría el campesino duro, que, habituado a escalar picachos y a luchar con los lobos, es materia perfectamente dispuesta para formar un guerrillero; y ningún enemigo fué nunca más terrible para Roma y Francia que los adiestrados en estos riscos por Sertorio y Mina. Apenas truena el toque de alarma, de cada roca, de cada matorral, surge un enjambre de hombres armados que, como son lo peor de cada casa, se juegan la vida sin reparo. El odio al francés, que, según el duque, «forma parte de la naturaleza española», parece aumentar en razón directa de la proximidad, pues cuanto más se acercan más rozamientos se ocasionan; es la antipatía que produce lo antitético, la incompatibilidad del triste y torpe con el listo y activo; del orgulloso, sufrido y asceta, con el vano, voluble y sensual; del enemigo de toda innovación y cambio, con el apasionado de las variaciones y novedades. Por mucho que se empeñen los embaucadores que auguran en las doradas galerías de Versalles que Il n’y a plus de Pyrénées, esta pared medianera de los Alpes, esta barrera cubierta de nieve y azotada por los huracanes existe y existirá siempre. Colocada aquí por la Providencia—dijo San Isidoro—ha evitado y evitará en el porvenir las proclamas de una alianza antinatural, como en los días de Silius Italicus: